Capítulo XI
En el cual aumenta la cólera de Uncle Prudent hasta el cuadrado de la velocidad
Si en alguna ocasión Uncle Prudent y Phil Evans debieron abandonar la esperanza de fugarse del aparato, fue durante las cincuenta horas que siguieron. ¿Temía Robur que la custodia de sus prisioneros resultase menos fácil durante la travesía de Europa? Es posible. Sabía por otra parte que estaban decididos a escaparse.
De cualquier manera que fuese, cualquier tentativa en este sentido hubiera sido un suicidio. Que salte una persona desde un expreso, marchando a una velocidad de cien kilómetros por hora, y no hará otra cosa que exponer su vida; pero en una velocidad a razón de doscientos kilómetros, era buscar una muerte segura.
Ahora bien; precisamente ésta era la velocidad, el máximo que se pudo lograr, que se imprimió al Albatros.
Por algún tiempo debió observarse que los vientos del Nordeste dominaban con una persistencia muy favorable a la dirección del Albatros, puesto que marchaba en el mismo sentido, es decir, en forma general al Oeste. Pero los vientos comenzaban a calmarse, y llegó a ser muy pronto imposible poder sostenerse sobre la plataforma, sin sentir la respiración cortada por la rapidez de la marcha. Los dos prisioneros, en algunos momentos, hubieran caído sobre la plataforma, y aun fuera del aparato, por la presión del aire, de no encontrar rápido su camarote.
Afortunadamente, a través de los tragaluces de su departamento, el timonel los distinguió, y un timbre avisó a las gentes encerradas en el departamento de proa.
Cuatro de los tripulantes se deslizaron al instante hacia popa, arrastrándose sobre la plataforma. Aquellos que hayan navegado sobre el puente de un buque, de pie y a todo viento durante alguna tempestad, con evocar la situación, comprenderán lo que debía ser la violencia de semejante presión. Solamente que aquí era el Albatros quien la creaba por su terrible velocidad.
En suma, fue menester moderar la marcha, lo que permitió a Uncle Prudent y Phil Evans poder ocupar de nuevo sus camarotes. En el interior de sus cabinas, como ya anunciara el ingeniero, reinaba una atmósfera respirable.
Pero ¡qué solidez había de tener aquel mecanismo para poder resistir una marcha semejante! Era cosa prodigiosa. En cuanto a los propulsores de proa y popa; ni aún se los veía girar; con infinito poder de penetración se movían sobre la capa del aire.
La última ciudad vista desde la aeronave fue Astrakán, situada en la extremidad orte del mar Caspio.
«La Estrella del Desierto» (sin duda que algún poeta ruso la ha nombrado así) ha descendido ahora desde la primera a la quinta o a la sexta magnitud. Aquella sencilla obra maestra del Gobierno ruso mostró un instante sus antiguas murallas, coronadas de torreones inútiles, sus antiguas torres en el centro de la ciudad, sus mezquitas contiguas de estilo moderno, su catedral, cuyas cinco cúpulas doradas y sembradas de estrellas azules parecían cortadas de un pedazo del firmamento; toda la ciudad casi al nivel de la embocadura del Volga, que mide dos kilómetros de anchura.
Después, a partir de este punto, el vuelo del Albatros no fue más que una especie de correría a través de las alturas del cielo, como si hubiese estado adherido a estos fabulosos hipogrifos que atraviesan una legua de un vuelo.
Eran las diez de la mañana del 4 de julio, cuando la aeronave apuntó su dirección al Noroeste; siguiendo poco después el valle del Volga. Las estepas (llanuras) del Don y del Ural desfilaban por las dos márgenes del río. Si hubiera sido posible dirigir una mirada sobre estos vastos territorios, apenas se hubiera tenido el tiempo de contar las ciudades y las aldeas. En fin, llegada la noche, la aeronave traspasó a Moscú, sin saludar siquiera la bandera del Kremlin. En diez horas había recorrido los dos mil kilómetros que separan a Astrakán de la antigua capital de todas las Rusias17 .
Desde Moscú a San Petersburgo, la línea ferroviaria no cuenta más de mil doscientos kilómetros. Era, pues, asunto de una media jornada. Así, el Albatros, tan exacto como un expreso, alcanzó a San Petersburgo, y a las orillas del Neva a las dos de la madrugada. La claridad de la noche bajo esta elevada latitud, que abandona tan poco el Sol de junio, permitió abarcar un instante el conjunto de esta vasta capital.
Después divisaron el golfo de Finlandia, el archipiélago de Abo, el Báltico, Suecia a la latitud de Estocolmo, Noruega a la latitud de Cristianía. Solo diez horas emplearon para recorrer estos dos mil kilómetros. Ciertamente no hubiera podido creerse en la existencia de un poder humano que hubiese sido capaz de producir la velocidad del Albatros; como si la resultante de su fuerza de proyección y de atracción terrestre le hubiese mantenido en un trayecto inmutable en derredor del Globo.
Detúvose, sin embargo, y precisamente encima del salto de Rjukanfos, en Noruega. El Gousta, cuya cima domina aquella admirable región del Telemark, fue como un límite gigantesco que no debía llegar más allá del Oeste.
A partir de este punto, el Albatros retrocedió decididamente hacia el Sur, sin moderar su velocidad.
Y durante este vuelo inverosímil, ¿qué hacía Frycollin? El pobre permanecía mudo en el fondo de su camarote durmiendo de la mejor manera que podía, excepto en las horas de comida.
Tapage le acompañaba entonces y se reía de sus temores.
-¡Vaya, vaya, negrito! -le decía-. Anda, no temas. No te preocupes. Te convendrían dos nuevas horas de suspensión... ¿qué te parece? Con la rapidez que volamos ahora, ¡qué baño tan excelente de aire para aliviar el reumatismo!
-Me parece que todo se disloca -murmuró una vez Frycollin.
-Puede ser, amigo Fry. Pero avanzamos con tanta velocidad, que no podríamos caer. Esto debe tranquilizarte.
-¿Eso creéis?
-¡A fe de gascón!
Para decir verdad, y sin exagerar nada, como decía Tapage, era cierto que merced a tal velocidad, el trabajo de las hélices suspensoras había disminuido un poco. El Albatros se deslizaba sobre la capa de aire a la manera de un cohete.
-Y esto, ¿durará mucho tiempo? - preguntó Frycollin.
-¿Mucho tiempo? ¡Oh, no! -respondió el cocinero-. ¡Toda la vida!
-¡Ah! -exclamó el negro, volviendo a sus pasadas lamentaciones.
-¡Mucho cuidado, Fry, mucho cuidado! -le advirtió Tapage-; el amo podría enviarte al balancín...
Y Frycollin, al mismo tiempo que se tragaba la comida a grandes bocados, tragaba también los suspiros.
En este tiempo, Uncle Prudent y Phil Evans, que no eran hombres para recriminar inútilmente, acababan de tomar partido. Era evidente que la fuga no podía verificarse. No obstante, si no era posible poner el pie en tierra, ¿no podía hacerse saber a sus habitantes lo que les había pasado desde su desaparición, al presidente y el secretario del Weldon Institute? ¿Cómo habían sido engañados y luego conducidos a bordo, en qué máquina volante habían sido detenidos, y tal vez provocar, ¡de qué manera, gran Dios!, una audaz tentativa por parte de sus amigos para rescatarlos de las manos de Robur?
-¡Escribir! ¿Y cómo mandarlo? ¿Bastaría con imitar a los marineros en peligro, que encierran en una botella un documento indicando el sitio del naufragio, y arrojándola al mar?
Pero aquí el mar era la atmósfera. La botella no flotaría. A menos que caiga justo sobre un transeúnte, a quien podría muy bien romper el cráneo, la botella correría el riesgo de no ser encontrada.
En definitiva, los dos colegas no tenían otro medio de qué valerse, y se disponían a sacrificar una de las de la aeronave, cuando concibió otra idea Uncle Prudent. Este tomaba tabaco en polvo, y se podía perdonar este ligero vicio a un yanqui, que podría tener otro peor. Ahora bien; en su calidad de aspirador de rapé, tenía una tabaquera, a la sazón vacía. Esta tabaquera era en parte de aluminio, y una vez lanzada fuera del aparato, si algún ciudadano honrado la hallaba, la recogería; si la recogía, la llevaría a un departamento de policía, y allí verían el documento destinado a dar a conocer la situación de las dos víctimas de Robur el Conquistador.
Determinaron hacer eso. La nota era corta, pero explicaba todo y daba la dirección del Weldon Institute, con la súplica de remitirla allí.
Uncle Prudent, después de haber introducido la nota, rodeó la tabaquera con una gruesa tira de lana sólidamente atada, no sólo para impedir que se abriese durante la caída, sino para que no se rompiese al caer al suelo. Faltaba únicamente encontrar la oportunidad favorable.
En realidad, la maniobra más difícil durante esta travesía prodigiosa en Europa, era salir del camarote, arrastrarse sobre la plataforma, a riesgo de un accidente, y todo esto secretamente. Por otra parte, podía caer la tabaquera en algún mar, golfo, lago u otra corriente de agua, y todo se habría perdido.
Sin embargo, no era imposible que los norteamericanos consiguieran por este medio entrar en comunicación con el mundo habitado.
Pero era de día en ese momento y parecía mejor esperar la noche y aprovechar, o la disminución de la velocidad, o un alto para salir del camarote. Acaso se podría entonces llegar a plataforma y no dejar caer la linda tabaquera sino sobre una ciudad. Además, aunque se hubiesen encontrado todas estas condiciones, el proyecto no habría podido ponerse en ejecución, en este día por lo menos.
El Albatros, en efecto, luego de haber dejado el territorio de Noruega a la altura del Gousta, se había encaminado hacia el Sur, y seguía precisamente el cero de longitud, que no es otro en Europa, que el meridiano de París.
Pasó, pues, por encima del Mar del Norte, no sin provocar una estupefacción muy natural a bordo de aquellos innumerables buques que hacen cabotaje entre Inglaterra, Holanda, Francia y Bélgica. Si la tabaquera no caía sobre el puente de un barco, existía la eventualidad más que probable de que se fuese al fondo del mar.
Uncle Prudent y Phil Evans se vieron, por lo tanto, obligados a esperar un momento más propicio. Por lo demás, como vamos a verlo, debía ofrecérseles una buena ocasión.
A las diez de la noche, el Albatros acababa de llegar a las costas de Francia, cerca de la altura de Dunkerque. La noche era bastante sombría; un momento pudo verse el faro de Gris Nez cruzar sus rayos eléctricos con los de Douvres, de una ribera a la otra del estrecho del Paso de Calais. Luego, el Albatros avanzó por encima del territorio francés, manteniéndose a una altura de mil metros.
La velocidad no fue moderada. Pasaba como una bomba por encima de las ciudades, de los barrios y de las aldeas, tan numerosas en estas ricas provincias de la Francia septentrional. Se hallaban sobre el meridiano de París, luego de presenciar Dunkerque, Doullens, Amiens, Creil y Saint Denis. Nada lo obligaba a desviarse de la línea recta. De este modo se colocó a las doce de la noche encima de Ville Lumière, que merece este nombre cuando sus habitantes duermen, o debían dormir.
¿Por qué extraño capricho se le antojo al ingeniero hacer un alto encima de la ciudad parisiense? No se sabe. Lo cierto fue que el Albatros descendió de manera que quedase a algunos centenares de pies.
Robur salió entonces de su camarote, y todo su personal vino a respirar un poco de aire sobre la plataforma.
Uncle Prudent y Phil Evans no dejaron de observar la excelente ocasión que se les presentaba. Ambos, después de haber salido de su camarote, procuraron aislarse, a fin de poder aprovechar el instante oportuno. Era menester, sobre todo, no ser vistos.
El Albatros, semejante a un gigantesco escarabajo, se situaba suavemente encima de la gran ciudad. Recorrió la línea de los bulevares, tan brillantemente alumbrados por los aparatos Edison. Hasta él subía el ruido de los carruajes que circulaban todavía por las calles, el rodar de los trenes sobre los múltiples rieles que convergen en París. Después vino a mecerse a la altura de los más elevados monumentos, como si hubiera querido chocar contra la bola del Panteón o la cruz de los Inválidos. Revoloteó luego sobre los torreones del Trocadero hasta la torre metálica del Campo de Marte, cuyo reflector inundaba toda la capital con sus rayos eléctricos.
Este panorama aéreo, este entretenimiento nocturno, duró cerca de una hora. Fue como un alto en los aires, antes de volver a emprender el ya interminable viaje.
El ingeniero Robur quiso tal vez dar a los parisienses el espectáculo de un meteoro que no habían podido preveer sus astrónomos. Los fanales del Albatros se pusieron en actividad. Dos faros brillantes se pasearon sobre las plazas, los muelles, los jardines, los palacios y sobre las sesenta mil casas de la ciudad, arrojando rayos de luz del uno al otro horizonte.
Ciertamente el Albatros fue visto esta vez, no solo bien visto, sino escuchado, pues Tom Turner, tomando su bocina, envió sobre la ciudad una brillante sonata.
En aquel momento, Uncle Prudent se inclinó sobre la baranda, abrió la mano, y dejó caer la tabaquera… Casi al mismo tiempo se elevó rápidamente el Albatros. Entonces, a través de las alturas del cielo parisiense subió un enorme grito de entusiasmo de la multitud, grande todavía sobre los bulevares; hurras de admiración que se dirigían al fantástico aparato.
De repente, los fanales de la aeronave se extinguieron, la sombra se rehizo en su derredor, al mismo tiempo que el silencio, y la marcha volvió a emprenderse con una velocidad de doscientos kilómetros por hora.
Era todo lo que debía verse de la capital de Francia.
A las cuatro de la mañana, el Albatros había cruzado en oblícuo todo el territorio. Luego, a fin de no perder tiempo en rebasar los Pirineos o los Alpes, avanzó sobre la superficie de Provenza hasa llegar a la punta del cabo de Antibes. A las nueve, los San Pietrini, reunidos sobre la terraza de San Pedro en Roma, quedaban perplejos viéndole pasar sobre la Ciudad Eterna. Dos horas después, dominando la bahía de Nápoles, se balanceaba por encima de las lavas incandescentes del Vesubio. Finalmente, luego de haber cortado el Mediterráneo con un vuelo oblícuo, desde la primera hora de la tarde era señalado por los vigías de La Goleta, sobre la costa tunecina.
¡Después de América, Asia! ¡Después de Asia, Europa! ¡Eran ya más de treinta mil kilómetros los que el prodigioso aparato acababa de recorrer en solo veintitrés días! ¡Y ahora, héle aquí empeñándose en colocarse sobre las regiones conocidas del África!
Sin duda se querrá saber lo que había sido de la famosa tabaquera después de su caída.
La tabaquera cayó en la calle de Rivoli frente al número doscientos diez, al instante en que esta calle se encontraba desierta. Al día siguiente fue recogida por una honrada barrendera, que se apresuró a llevarla a la prefectura de policía.
Aquí, considerada al inicio como un aparato explosivo, fue desatada, desenvuelta y abierta con extremada prudencia.
De pronto se oyó una especie de explosión. Se trataba de un formidable estornudo que no había podido contener el jefe de Seguridad.
Sacóse el documento de la tabaquera, y con sorpresa general se leyó lo siguiente:
Uncle Prudent y Phil Evans, presidente y secretario del Weldon Institute, Filadelfia, dentro de la aeronave “Albatros”, del ingeniero Robur.
Dése parte de ello a sus amigos y conocidos.
U. P. y P. E.
Así quedaba aclarado el inexplicable fenómeno a los habitantes de los dos mundos. Se devolvía la tranquilidad a los sabios de los numerosos Observatorios que operaban en la superficie terrestre.
Notas de la fuente
17. La distancia entre Askatrán y Moscú es de 1.500 km. Desde 1918, la capital de Rusia volvió a ser Moscú.