El pais de las pieles · Parte 2

XXIII

SOBRE UN TÉMPANO DE HIELO

¡Un témpano! ¡Un témpano irregular, en forma de triángulo, que medía 100 pies de base, y apenas 150 en su lado mayor, sob,re el cual se encontraban veintiún seres humanos, un centenar de animales de piel valiosa, algunos perros y un oso gigantesco, agazapado en aquel raomento en la punta extrema del islote!

¡Sí! Por fortuna, todos los náufragos se hallaban allí reunidos. El abismo no se había tragado ni uno solo. La rotura se había operado en un instante en qué todos se hallaban reunidos en el alojamiento común. ¡La suerte los había respetado una vez más, deseosa, sin duda, de que pereciesen todos juntos!

Pero, ¡qué situación! Nadie hablaba ni se movía, temerosos de que el menor movimiento, la más ligera sacudida hubiera bastado para romper la base de hielo.

¡Nadie quiso ni pudo tocar los trozos de cecina que distribuyó, como cena, la señora Joliffe! ¿Con qué objeto? La mayor parte de aquellos infortunados seres pasaron la noche al aire libre, prefiriendo ser tragados por el mar, libres de toda traba, y no encerrados en una estrecha cabaña de tablas.

Al siguiente día, 5 de junio, un sol esplendoroso elevóse sobre el triste grupo. Los sin ventura, apenas cambiaban entre sí palabra. Aguzaban la inteligencia buscando la manera de escapar, y escudriñaban con ojos extraviados el horizonte circular en cuyo centro se hallaba aquel miserable témpano.

El mar estaba completamente desierto. Ni una vela, ni siquiera una isla de hielo o un islote. ¡Aquel témpano era el último, sin duda, que flotaba sobre el mar de Behring!

La temperatura seguía siendo cada vez más elevada, y reinaba en la atmósfera una calma desesperante. La mar tendida mecía dulcemente aquel último trozo de tierra y hielo que quedaba de la isla Victoria, que subía y bajaba sin desplazarse, cual despojo de una embarcación náufraga. Pero los despojos de un buque, los restos de su casco, los trozos de sus m astiles, sus vergas detrozadas, sus tablones, resisten, sobrenadan, no pueden hundirse nunca; en tanto que aquel lémpano de hielo, de agua solidificada, iba a ser en breve plazo disuelto por los rayos del sol...

Aquel témpano constituía la porción más espesa de la antigua isla, y por esta razón había resistido tanto tiempo. Cubríalo una capa de tierra y vegetación, y era de suponer que su base congelada midiese un espesor bastante grande. Los persistentes fríos del océano Glacial habrían ido, sin duda acumulando sobre él hielo y más hielo, cuando, durante períodos seculares, formaba el cabo Bathurst la punta más avanzada del continente americano.

En aquellos momentos, aun se elevaba el témpano unos cinco o seis pies, término medio, sobre el nivel del mar, de suerte que podía calcularse que su base tendría un espesor próximamente igual. Por tanto, si en aquellas aguas tranquilas no corría de momento peligro de quebrarse, se iría por lo menos licuando lentamente. Y bien se echaba de ver esto en sus bordes que se iban desgastando pocoa poco bajo la acción de las olas, y, casi incesantemente, aígún pedazo de tierra, con su frondosa vegetación, se precipitaba en el agua.

Aquel mismo día ocurrió un desprendimiento de esta naturaleza, hacia la una de la tarde, en la parte ocupada por el alojamiento, que se hallaba emplazado en la orilla misma del témpano. Afortunadamente, la improvisada cabaña hallábase vacía en el momento de la catástrofe; pero no fue posible salvar más que, algunas de las tablas que la formaban, y dos o tres vigas del techo. La mayor parte de las herramientas y los instrumentos astronómicos se perdieron, y toda la pequeña colonia tuvo que refugiarse entonces en la parte más elevada del islote, sin protección alguna contra las inclemencias del cielo.

Aun conservaban algunas herramientas, las bombas y el depósito de aire, que utilizó Jasper Hobson para recoger algunos litros de agua de lluvia, que caía en abundancia, a fin de no descarnar más el suelo sacando los trozos de hielo que hasta entonces les habían suministrado el agua potable. Era preciso economizar a toda costa hasta las más insignificantes partículas de témpano.

A eso de las cuatro, Kellet, el soldado en quien ya se habían observado síntomas de locura, presentóse a Paulina Barnett y le dijo:

– Señora, voy a ahogarme.

– ¡Kellet! — le gritó la viajera.

– ¡Le digo a usted que voy a ahogarme! — repitió el soldado—. Lo he reflexionado muy bien, y no hay medio de salir de esta ratonera; así que prefiero acabar de una vez por mi propia voluntad.

– ¡No, Kellet, no! —dijo Paulina Barnett, apoderándose con dulzura de la mano del soldado, cuya mirada brillaba de una manera siniestra—. ¡Usted no hará tal cosa!

– ¡Ya lo creo que lo haré! Pero, como usted siempre ha sido tan buena para nosotros, no he querido morir sin despedirme de usted. ¡Adiós, señora, adiós!

Y Kellet encaminóse hacia el mar. Paulina Barnett, aterrada, asióle fuertemente, y a sus gritos acudieron Jasper Hobson y el sargento, tratando entre los tres de lograr que el infeliz soldado desistiese de sus funestos propósitos; pero él, obcecado en su idea, movía negativamente la cabeza.

Imposible hacer entrar en razón a aquella inteligencia extraviada. Y, sin embargo, era preciso evitar que consumase sus fatales propósitos; porque su funesto ejemplo habría podido contagiar a los demás. ¿Quién sabe si algunos de sus compañeros, instigados por la desesperación, se habrían suicidado igualmente?

– Kellet —dijo entonces Paulina Barnett, hablándole con cariño y casi sonriendo—, ¿es usted realmente mi amigo?

– Sí, señoía — respondió el soldado con calma.

– Pues bien, Kellet, si quiere usted darme gusto, moriremos los dos juntos... mas no hoy.

– ¡Señora!...

– No, mi valiente Kellet, hoy no estoy preparada... mañana, sí... mañana, si ustea quiere.

El soldado contempló con más firmeza que nunca a la valerosa mujer; pareció vacilar un instante, dirigió una mirada de feroz envidia a aquel mar reposado y azul, y, pasándose luego la mano por la frente, exclamó:

– ¡Bien, mañana!

Y dichas estas palabras, marchóse con paso tranquilo, mezclándose con sus compañeros.

– ¡Pobre infeliz! —murmuró Paulina Barnett—; le he rogado que espere hasta mañana, y, ¡quién sabe si de aquí a entonces a todos nos habrá tragado el abismo!...

Entretanto, Jasper Hobson, que no desesperaba nunca, pensaba si existiría un medio de detener la disolución del islote, a fin de conservarlo hasta el momento en que se hallasen a la vista de alguna tierra.

Paulina Barnett y Madge no se separaban un momento. Kalumah permanecía tendida como un perro al lado de su señora, procurando comunicarle calor. La mujer de MacNap, envuelta en algunas pieles, restos de las valiosas existencias del fuerte Esperanzarse hallaba adormecida con su hijo contra su seno.

Los otros náufragos, tendidos de trecho en trecho, no se movían siquiera, cual si fuesen cadáveres abandonados sobre los restos de un buque náufrago. Ningún ruido turbaba aquella calma terrible. Sólo se oían las olas que desgastaban lentamente el témpano, y algún ligero estrépito que denunciaba un nuevo derrumbamiento.

A veces se levantaba el sargento; paseaba la vista en torno suyo, y escudriñaba luego el horizonte del mar, hecho lo cual volvía a tumbarse de nuevo. En el extremo del témpano formaba el oso una especie de bola blanca de nieve que no hacía el menor movimiento.

Una hora duró la obscuridad, sin que ningún incidente viniese a modificar la situación. Las brumas matinales adquirieron por el Este matices algo amarillentos. Disipáronse algunas nubes que ocupaban el cénit, y pronto los rayos del soi hirieron la superficie del mar.

El primer cuidado del teniente fue reconocer el témpano. Su perímetro habíase reducido más aún; pero, lo que era aún más grave, su altura media sobre el nivel del mar había decrecido de un modo bien sensible. Las ondulaciones del mar, por débiles que fuesen, bastaban para cubrirla parcialmente, respetando tan sólo la parte superior de la loma que ocupaban los náufragos.

El sargento Long, por su parte, había observado también los cambios que se habían producido. Los progresos de la disolución del hielo eran tan evidentes, que ya no quedaba esperanza.

Paulina Barnett aproximóse al teniente Hobson, preguntándole :

– ¿Será hoy?

– Sí, señora; de suerte que podrá usted cumplir la palabra que le tiene dada a Kellet.

– Señor Jasper —dijo con acento grave la viajera—, ¿hemos hecho ya cuanto se puede hacer?

– Sí, señora.

– Pues entonces, ¡que se cumpla la voluntad de Dios!

Sin embargo, durante aquel día se hizo aún otra desesperada tentativa. Habíase levantado una brisa bastante fuerte que soplaba de alta mar, es decir, que impelía hacia el Sudeste, dirección en que se hallaban las tierras menos remotas de las islas Aleutinas. ¿A qué distancia? Imposible precisarlo, ya que faltos de instrumentos, había sido imposible situar de nuevo el islote. Pero, no debía haber derivado mucho, a menos que no lo hubiese arrastrado alguna poderosa corriente; porque su superficie presentaba muy poca resistencia al viento.

Había, sin embargo, una duda. ¿Y si se encontrase el témpano más próximo a la tierra de lo que suponían los náufragos? ¿Y si alguna corriente cuya dirección no era posible comprobar, lo hubiera acercado a las tan deseadas Aleutinas? El viento soplaba entonces en dirección a estas islas, y podría rápidamente arrastrar el islote si se le prestase ayuda. Aunque el témpano no pudiese ya flotar sino muy escasas horas, en este corto plazo podía divisar la tierra, o por lo menos alguno de esos buques de cabotaje o pesca que nunca se separan de las costas.

Una idea, al principio confusa en el entendimiento del teniente, no tardó en adquirir una extraña fijeza. ¿Por qué no arbolar una vela sobre aquel témpano como pudiera hacerse en una balsa ordinaria? En efecto, la cosa era sencilla.

Jasper Hobson comunicó al carpintero su idea.

– Tiene usted mucha razón —le respondió Mac-Nap—. ¡A largar el aparejo en seguida!

El proyecto, por muy pocas probabilidades de éxito que encerrase, reanimó a aquellos infelices. ¿Podía ser de otro modo? ¿No debían agarrarse con las ansias de la desesperación a todo lo que fuese una esperanza?

Todos pusieron manos a la obra, incluso el mismo Kellet, que aún no había reclamado a Paulina Barnett el cumplimiento de su fatídica promesa.

Una gran viga, que en otro tiempo formara la cumbre del alojamiento de los soldados, fue izada y profundamente hundida en la tierra y la arena que formaban el cerro, fijándola sólidamente por medio de obenques y estays. En una verga improvisada con una percha bastante resistente envergóse una especie de vela hecha con las mantas y sábanas que guarnecían las últimas camas, izóse en lo alto del mástil, y, orientada de modo conveniente, hinchóse bajo el soplo de la brisa, conociendo los infelices náufragos, por la estela que dejaba tras sí el témpano, que éste se desplazaba rápidamente hacia el Sudeste.

Fue un verdadero triunfo, que hizo renacer la esperanza en los abatidos espíritus. A la inmovilidad había reemplazado la marcha, causándoles verdadero entusiasmo aquella velocidad, por muy modesta que fuese. El más satisfecho del éxito era el carpintero Mac-Nap.

Todos inmediatamente constituyéronse en vigías, no cesando de escudriñar el horizonte con la vista; y si alguien les hubiese dicho que la tierra jamás se presentaría ante sus ojos, no le hubieran dado crédito. El tiempo les dio la razón.

El témpano se deslizó de esta suerte por espacio de tres horas sobre las tranquilas aguas del mar, al impulso del viento y de las olas; empero el horizonte seguía formando una circunferencia perfecta, sin que ningún obstáculo alterase su nitidez. Los infelices náufragos no perdían, sin embargo, la esperanza.

A eso de las tres de la tarde, llamó aparte Jasper Hobson al sargento, y le dijo:

– Avanzamos sin duda, pero es a expensas de la solidez y duración del islote.

– ¿Qué quiere usted decir, mi teniente? — Quiero decir que el témpano se desgasta rápidamente a consecuencia del calor producido por el rozamiento de las aguas, que la velocidad acrecienta. Se va descarnando y rompiendo, habiendo disminuido en una tercera parte de su volumen desde que izamos la vela. —¿Está usted seguro...? %

– Absolutamente seguro, Long. El témpano se alarga y se estrecha. Mire usted, el mar llega ya a sólo diez pies de la loma.

Tenía razón Jasper Hobson, y así tenía que ocurrir por razón natural.

– Sargento —dijo entonces el teniente—, ¿no le parece a usted que debiéramos suspender nuestra marcha?

– Creo que debiéramos antes consultar a nuestros compañeros —respondió el sargento Long—. En circunstancias tan críticas, la responsabilidad de nuestras decisiones debe afectar a todos.

El teniente hizo un gesto afirmativo. Ambos ocuparon de nuevo su puesto sobre la loma, y Jasper Hobson refirió a los demás lo que ocurría.

– Esta velocidad —les dijo— desgasta rápidamente nuestro témpano, y precipitará algunas horas la inevitable catástrofe. Decid, pues, amigos míos, ¿queréis que prosigamos adelante?

– ¡Adelante! — gritaron como un solo hombre aquellos desdichados.

Siguieron, pues, navegando, y esta resolución de los náufragos debía tener consecuencias incalculables. A las seis de la tarde, levantóse de repente Madge, y, señalando con la mano hacia el Sur, exclamó medio loca de entusiasmo:

– ¡Tierra!

íodos se levantaron como galvanizados.

Una costa, en efecto, divisábase por el Sudeste, a doce millas de distancia.

– ¡Más vela! — gritó Jasper Hobson.

Comprendido por todos, amarraron a los obenques vestidos, pieles y cuanto encontraron a mano, y orientaron estas prendas de manera conveniente para que tomasen viento.

Creció la velocidad con tanto mayor motivo cuanto que había refrescado la brisa; pero el témpano se fundía por todos sus cuatro costados. Sentíasele temblar, y podía quebrarse a cada instante.

Nadie quería pensar en semejante cosa. La esperanza los cegaba. La salvación estaba allí, en aquel continente. ¡Lo llamaban, le hacían señas! ¡Aquello era un delirio! 1

A las siete y media, el témpano se había aproximado sensiblemente a la costa; pero se fundía a ojos vistas, y se hundía al mismo tiempo; el agua amenazaba ya cubrirlo, y las olas lo barrían llevándose poco a poco a los animales enloquecidos de terror. A cada instante era de temer que el témpano se hundiese en el abismo. Fue necesario aligerarlo de peso, cual si se tratase de un buque que se fuese a pique. Después se esparció cuidadosamente la poca tierra y arena que quedaba sobre la superficie del témpano, llevándola hacia sus bordes, con objeto de preservarlos de la acción directa de los rayos solares, cubriéndolos además con pieles, que son, por naturaleza, muy malas conductoras del calor. En una palabra, aquellos hombres enérgicos valiéronse de todos los medios imaginables para retardar la catástrofe suprema. Mas todo resultaba insuficiente. Se oían crujidos en el interior del témpano, y aparecían grietas en su superficie, por las que comenzaba a entrar el agua, ¡y la costa distaba aún cuatro millas!

– ¡Vamos a hacer una señal, amigos míos!

– exclamó el teniente Hobson, sostenido por una heroica energía—. ¡Puede ser que nos vean!

Formóse en seguida un montón con todos los objetos combustibles que quedaban, dos o tres tablas y una viga, y prendiósele fuego al instante, elevándose en seguida una gran llama sobre tan frágil despojo.

Pero el témpano se fundía cada vez más, hundiéndose al mismo tiempo, y pronto no quedó más fuera del agua que el cerro en el que todos se habían refugiado, sobrecogidos de espanto, y con ellos los escasos animales que el mar no se había aún llevado. El oso lanzaba formidables rugidos.

El agua subía sin cesar, y nada demostraba que los náufragos hubieran sido vistos. No transcurriría ciertamente siquiera un cuarto de hora sin que se los tragase el abismo...

¿No existía ningún medio de prolongar la duración del témpano? Tres horas solamente, tres horas nada más, y llegarían tal vez a la costa, que ya sólo distaba tres millas. Pero, ¿qué hacer? ¿qué hacer?

– ¡Ah! —exclamó Jasper Hobson—, dadme un medio, uno solo, para impedir que se disuelva el témpano, y os daré en premio mi vida. ¡Sí! ¡mi vida!

En aquel momento oyóse una vocecilla, que dijo: —¡Hay uno!

Era Tomás Black quien hablaba. Era el astrónomo que desde hacía tanto tiempo no había despegado los labios, y a quien ya no se contaba como a vivo entre aquellos seres condenados a muerte. Y las primeras palabras que pronunció, fueron para decir:

– ¡Sí! ¡hay un medio de impedir que el témpano se disuelva! ¡Existe todavía un medio de salvarnos!

Jasper Hobson corrió hacia donde se encontraba el astrónomo, y él y sus compañeros interrogáronle con la mirada, creyendo haber oído mal.

– ¿Qué medio es ése? — exclamó el teniente Hobson.

– ¡A las bombas! — respondió .solamente Tomás Black.

– ¿Se había vuelto loco el astrónomo? ¿Tomaba acaso el témpano por un buque que amenaza irse a pique con diez pies de agua dentro de la bodega?

Sin embargo, allí estaban las bombas de ventilación y el depósito de aire que se utilizaba entonces como aljibe para el agua potable. Pero, ¿qué utilidad podían tener aquellas bombas? ¿Cómo podrían endurecer las aristas de aquel témpano que se fundía por todas partes? — ¡Está loco! — dijo el sargento.

– ¡A las bombas! —respondió el astrónomo—. ¡Llenad de aire el depósito!

– Hagamos lo que dice — exclamó Paulina Barnett. Uniéronse las bombas, por medio de sus correspondientes mangueras, al depósito, cuya cubierta se cerró herméticamente. Funcionaron en seguida las bombas, y almacenóse aire en el depósito a una presión de varias atmósferas. Tomó después Tomás Black una de las mangueras de cuero soldadas al depósito, y, abriendo en seguida la llave, dirigió un chorro de aire comprimido sobre los bordes del témpano en todos aquellos sitios que derretía el calor.

Con asombro de todos, se produjo un maravilloso efecto. En todos los lugares en que era proyectado aquel aire por la mano del astrónomo, cesaba inmediatamente el deshielo, soldándose las grietas y volvía la congelación.

– ¡Hurra! ¡hurra! — exclamaban locos de júbilo aquellos infelices.

El trabajo de mover las bombas era en extremo penoso; pero no faltaban brazos, relevándose con frecuencia los soldados. Las aristas del témpano se solidificaban de nuevo como si hubiesen estado sometidas a un frío intenso.

– ¡Nos ha salvado usted, señor Black! — exclamó Jasper Hobson.

– ¡Pero si es lo más natural del mundo! — dijo sencillamente el astrónomo.

Y en efecto, nada más natural.

La congelación del hielo se restablecía de nuevo por dos motivos: primero, porque bajo la presión del aire, el agua, al evaporarse en la superficie del témpano, producía un intenso frío; y, segundo, porque el aire comprimido robaba, para dilatarse, su calor a las superficies desheladas. En todos los sitios donde se producía una fractura, el frío provocado por la distensión del aire solidificaba los bordes de la grieta; y, gracias a este recurso supremo, recuperaba el témpano su solidez lentamente.

La faena se polongó muchas horas. Los náufragos, alentados por una esperanza inmensa, trabajaban con ardor inquebrantable.

Cada vez se aproximaban más a la tierra.

Cuando no distaba más que un cuarto de milla de la costa, arrojóse el oso al agua, ganó a nado la orilla y desapareció.

Algunos instantes después, el témpano encallaba en la playa. Los pocos animales que quedaban en él, huyeron a la desbandada. Después, desembarcaron los náufragos, postrándose de rodillas y dieron gracias al Cielo por su salvación milagrosa.

CONCLUSIÓN Todo el personal del fuerte Esperanza había desembarcado en la isla de Blejinic, última de las Aleutinas, al extremo del mar de Behring, después de haber recorrido más de 1.800 millas desde la época del deshielo. Los pescadores aleutinos acudieron en su socorro, y dispensáronles una muy hospitalaria acogida, y antes de mucho, el teniente Hobson y los suyos pusiéronse en relación con los agentes ingleses del continente que pertenecían a la Compañía de la Bahía de Hudson.

Después de nuestra detallada narración, inútil nos parece ponderar el valor de todos aquellos valientes, bien dignos de su jefe, y la energía que supieron demostrar durante aquella interminable serie de pruebas. No había faltado el ánimo a los hombres ni a las mujeres, a quienes la valerosa Paulina Barnett había dado siempre ejemplo de energía en la desgracia, y de resignación en la voluntad del Cielo. Todos habían luchado hasta el fin, sin dejarse abatir por la desesperación, ni aun siquiera cuando vieron el continente sobre el cual habían fundado el fuerte Esperanza convertirse en isla errante, la isla en islote, el islote en témpano, ni cuando vieron, en fin, que el témpano se fundía bajo la doble acción de los rayos solares y de las aguas cálidas. Si la tentativa de la Compañía había fracasado, sucumbiendo el nuevo fuerte, no eran por ello merecedores de reproche Jasper Hobson ni sus compañeros, víctimas, no culpables, de espantosos cataclismos imposibles de prever. En todo caso, de las diez y nueve personas confiadas al teniente Hobson, no faltaba ni una sola, antes bien se había aumentado la pequeña colonia en dos miembros: la joven esquimal, Kalumah, y el hijo del carpintero Mac-Nap, ahijado de Paulina Barnett.

Seis días después del salvamento, los náufragos llegaban a Nuevo Arcángel, capital de la América rusa.

Allí, todos aquellos amigos, que tan íntimamente ligados habían estado los unos a los otros por el peligro común, iban a separarse, quién sabe si para siempre. Jasper Hobson y los suyos debían regresar al fuerte Resolución a través de los territorios de la Compañía, en tanto que Paulina Barnett, Kalumah, que no quería volver a separarse de ella, Madge y Tomás Black, pensaban regresar a Europa por San Francisco de California y los Estados Unidos. Pero antes de separarse, Jasper Hobson, con voz emocionada y en presencia de todos sus compañeros reunidos, dijo a Paulina Barnett:

– ¡Señora, que Dios la bendiga a usted por todo el bien que ha derramado entre nosotros! ¡Ha sido usted nuestra fe, nuestro consuelo, el alma de nuestro pequeño mundo! ¡En nombre de todos nosotros, doy a usted las más expresivas gracias!

Tres hurras clamorosos resonaron en honor de Paulina Barnett, y después los soldados quisieron estrechar uno por uno la mano de la animosa exploradora. Las mujeres se abrazaron entre sí con verdadera efusión.

En cuanto al teniente Hobson, que había concebido un afecto sincero hacia Paulina Barnett, dióle un prolongado y postrero apretón de manos, diciéndole al mismo tiempo con el corazón dolorido:

– ¿Será posible que no nos volvamos a ver algún día?

– No, Jasper Hobson —respondió la viajera—, no, ¡eso sería imposible! Si usted no va a verme a Europa, seré yo quien venga a verle a usted aquí.., aquí, o en la nueva factoría que fundará usted andando el tiempo...

En aquel preciso momento, Tomás Black, que desde que puso el pie en tierra había recuperado el uso de la palabra, adelantóse y dijo con el aire más convencido del mundo:

– Sí, sí; ya nos veremos... ¡dentro de treinta y seis años! Amigos míos, se me ha escapado el eclipse de 1860; pero no se me escapará el que ha de tener efecto, en las mismas condiciones y sitios, en 1896. Así, pues, quedamos citados, mi querida señora y mi valeroso teniente, para dentro de treinta y seis años, en los límites del océano Glacial Ártico.

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