El pais de las pieles · Parte 2

XXI

DONDE LA ISLA SE CONVIERTE EN ISLOTE

Tres horas más tarde, los últimos restos del gran banco polar habían desaparecido detrás del horizonte. Esta rápida desaparición demostraba que la isla había permanecido casi estacionaria, por residir toda la fuerza de la corriente en sus capas inferiores, y no en la superficie del mar.

Calculóse a mediodía, por medio de observaciones astronómicas, la situación de la isla, y repetida la operación veinticuatro horas después, vióse que sólo había avanzado una milla.

No quedaba, por consiguiente, nada más que una esperanza de salvación, ¡una sola! Que un ballenero, que cruzase por aquellos parajes, recogiera a los náufragos, bien se hallasen todavía sobre la isla, bien a bordo de la balsa por haber aquélla fundido.

La isla se encontraba entonces en 54° 33' de latitud y 177° 19' de longitud, a varios centenares de millas de la tierra más cercana, es decir, de las Aleutinas.

Jasper Hobson congregó a sus compañeros aquel día y pidióles consejo por la postrera vez.

Todos fueron del mismo parecer: permanecer en la isla mientras ésta no se hundiese, porque su magnitud la hacía todavía insensible al estado del mar; y después, cuando amenazara disolverse por completo, embarcar toda la pequeña colonia en la balsa, y esperar.

¡Esperar!

La balsa estaba ya concluida. Mac-Nap había construido a su bordo una amplia cámara donde podría cobijarse todo el personal del fuerte. No se había olvidado hacer su palo correspondiente, para arbolarlo si se consideraba necesario, y las velas que habían de impulsar el artefacto estaban listas también desde mucho tiempo atrás. El aparato era sólido, y, si el viento soplaba en dirección conveniente, quizá aquel conjunto de tablas y maderos salvase a la colonia entera.

– ¡Nada! ¡nada es imposible —exclamó Paulina Barnett— para aquel que dispone de los vientos y las olas!

Jasper Hobson había hecho el inventario de los víveres. Las reservas no eran demasiado abundantes, pues los destrozos producidos por la avalancha las habían disminuido considerablemente; mas no faltaban rumiantes ni roedores, y la isla, llena de arbustos y de musgos que la cubrían de verdor, los alimentaría fácilmente. Juzgóse necesario aumentar las provisiones de carne en conserva, y los cazadores mataron al efecto un número prudente de renos y de liebres.

En resumen, la salud de los colonos era buena. Habían padecido bien poco en un invierno tan benigno como el último, y los sufrimientos morales no habían doblegado aún su vigor físico. Sin embargo, preciso es decirlo, no veían sin extrema aprensión, sin siniestros presentimientos, el momento en que tuviesen que abandonar la isla, o, hablando con mayor propiedad, el instante en que la isla los abandonase a ellos. Aterrábales la idea de flotar sobre la superficie de aquel inmenso mar, en una frágil balsa de madera que sería juguete de las caprichosas olas y la barrerían a su antojo haciendo en ella la vida punto menos que imposible.

Téngase también en cuenta que aquellos hombres no eran realmente marinos; no pertenecían a esa clase de viejos lobos de mar, avezados a sus azares, que no temen aventurarse en unas tablas; eran soldados habituados a los sólidos territorios de la Compañía. Cierto que su isla era frágil, que sólo descansaba sobre un delgado campo de hielo; pero sobre éste había tierra, y sobre ella verdeaba una frondosa vegetación, y crecían arbustos y árboles. Poblábanla además numerosos animales y permanecía indiferente á los movimientos del mar, hasta el extremo de parecer inmóvil. Le habían tomado cariño a aquella isla Victoria en la cual habitaban hacía cerca de dos años; a aquella isla que habían recorrido tantas veces, en todas direcciones, explorando hasta sus más escondidos rincones; cuyo suelo habían cultivado y que había resistido hasta entonces tan frecuentes cataclismos. Por eso no podrían dejarla sin pena, ni la abandonarían hasta el momento mismo en que materialmente les faltase de debajo de los pies.

Conocía Jasper Hobson la disposición de ánimo en que se hallaban sus gentes, juzgándola muy lógica. No ignoraba con qué gran repugnancia se embarcarían sus compañeros en la balsa; pero los acontecimientos iban a precipitarse, pues en aquellas aguas calientes no podría tardar en disolverse la isla. En efecto, presentáronse graves síntomas que sembraron entre la colonia la alarma.

La balsa era cuadrada, midiendo treinta pies de lado, lo que hacía una superficie de 900 pies cuadrados. Su suelo se elevaba dos pies sobre el nivel del agua, defendiéndola una especie de borda contra las pequeñas olas; pero era evidente que tan pronto se alborotase el mar pasarían aquéllas por encima de esta insuficiente barrera. En medio de la balsa había construido Mac-Nap una verdadera cámara, capaz para veinte personas; y a su alrededor grandes cofres destinados a las provisiones y aljibes para el agua, todo sólidamente fijo a la plataforma por medio de chavetas de hierro. El mástil, que medía unos treinta pies de altura, apoyábase sobre la cámara central, y era sostenido en equilibrio por obenques que iban a hacerse firmes a los cuatro ángulos del aparato, y estaba destinado a soportar una vela cuadrada que no servía, naturalmente, más que para navegar en popa, a pesar de haberse dotado al artefacto de una especie de timón, muy deficiente, sin duda.

Tal era la balsa sobre la cual deberían refugiarse veinte personas, sin contar con el niño de Mac-Nap, y que flotaba tranquilamente sobre las aguas de la laguna, retenida cerca de la playa por una fuerte amarra. Es muy cierto que había sido construida con mucho más esmero que las balsas improvisadas a toda prisa por los náufragos a quienes, de repente, sorprende la destrucción de su buque, y era, por tanto, más sólida y acabada; mas no por eso dejaba de ser una frágil balsa.

El 1.° de junio produjese un nuevo incidente. El soldado Hope había ido a traer agua de la laguna para las necesidades de la cocina, y, al probarla la señora Joliffe, notó que era salada. Entonces llamó a Hope y le dijo que ella le había pedido agua dulce, y no agua del mar.

Contestóle Hope que la había sacado de la laguna, y no del mar, entablándose entonces una especie de discusión entre ambos, en medio de la cual intervino Jasper Hobson, quien, al oir las manifestaciones de Hope, palideció intensamente y se dirigió hacia el pequeño lago...

¡Sus aguas se habían vuelto completamente saladas! Era evidente que su suelo se había hundido, penetrando en su interior las aguas del mar.

Tan luego como se conoció esta noticia, todos los ánimos quedaron sobrecogidos por idéntico temor.

– ¡Se acabó el agua dulce! — exclamaban aquellos desdichados.

Y, en efecto, después del río Paulina, acababa de desaparecer a su vez el lago Barnett.

Pero el teniente Hobson apresuróse a tranquilizar a sus compañeros acerca del agua potable.

– El hielo no nos falta, amigos míos —les dijo—, así que no temáis nada. Bastará con fundir algunos trozos de nuestra isla, y me atrevo a asegurar que no nos la beberemos entera — añadió, procurando sonreir.

En efecto, el agua salada, bien se evapore, bien se solidifique, abandona por completo la sal que contiene en disolución. Desenterráronse, pues, si nos es permitida la expresión, algunos trozos de hielo, los cuales fueron fundidos, no sólo para las necesidades diarias, sino para llenar los aljibes de la balsa.

Sin embargo, no había que olvidar este nuevo aviso que acababa la Naturaleza de darles. La isla se disolvía evidentemente por su base, como lo demostraba la invasión del mar en la laguna a través de su fondo. El suelo podía hundirse a cada instante, y Jasper Hobson no permitió ya a sus gentes que se alejasen, porque habrían corrido el riesgo de ser arrastrados mar adentro.

También los animales parecían presentir un peligro muy próximo, y se apiñaban alrededor de la antigua factoría. Desde que desapareció el agua dulce, veíaseles venir a lamer los bloques de hielo extraídos de la tierra. Mostrábanse muy inquietos, y algunos de ellos parecían atacados de locura, en especial los lobos que llegaban en grandes tropeles, y desaparecían en seguida lanzando roncos aullidos. Los animales dotados de pieles valiosas permanecían aglomerados alrededor del hoyo circular por donde la casa se hundiera, pudiéndose contar varios centenares de ellos de diferentes especies. El oso rondaba por los alrededores, tan inofensivo para los animales como para los hombres. Parecía instintivamente inquieto, y hubiera de buena gana pedido protección contra el inevitable peligro que presentía sin poderlo evitar.

Los pájaros, hasta entonces muy numerosos, fueron disminuyendo también poco a poco. Durante aquellos últimos días, bandos considerables de grandes voladores, dotados de alas vigorosas que les permitían atravesar largos espacios, los cisnes, entre otros, emigraron hacia el Sur, con dirección, sin duda, a las primeras tierras de las islas Aleutinas que les ofrecerían un abrigo seguro.

Paulina Barnett y Madge, que se paseaban por el litoral, observaron esta emigración, en la que creyeron ver un mal presagio.

– Estas aves —dijo Paulina— encuentran en la isla una alimentación suficiente, y, sin embargo, se marchan. ¡No será sin motivo, pobre Madge mía!

– Sí, su instinto les guía —respondió Madge—; pero si nos avisan debemos estar alerta. Me parece también que los otros animales se muestran más inquietos que nunca.

Aquel día resolvió Jasper Hobson trasladar a la balsa la mayor parte de los víveres y efectos del campamento, y se decidió también que todos embarcasen en ella.

Pero, precisamente, el mar estaba agitado, y, en aquel Mediterráneo formado en la actualidad por las aguas de Behring en el interior del lago, reproducíanse ahora todos los movimientos de las olas con gran intensidad; y encerradas éstas en aquel espacio relativamente pequeño, estrellábanse contra sus playas, reventando allí con furor. Era una tempestad en un lago, o, por mejor decir, en un abismo tan profundo como el mar circunvecino. Las olas agitaban ía balsa de una manera violenta, y barrían su cubierta sin cesar, habiendo necesidad de suspender el embarque de los víveres y efectos.

Ante semejante estado de cosas, no quiso el teniente Hobson imponer su voluntad a sus compañeros. Lo mismo daba pasar una noche más en tierra, y al día siguiente, si el mar estaba tranquilo, se proseguiría el embarque.

No se obligó, pues, a nadie a dejar su alojamiento y abandonar la isla, pues refugiarse en la balsa era abandonarla realmente.

Por lo demás, la noche fue mejor de lo que hubiera podido esperarse. Calmó el viento y el mar se tranquilizó poco a poco. La borrasca había pasado con esa rapidez especial de los meteoros eléctricos. A las ocho de la noche, el mar se había serenado casi por completo, y sólo pequeñas olas agitaban el interior de la laguna.

Cierto que la isla no tenía más remedio que hundirse en plazo breve; mas siempre era preferible que se hundiese poco a poco, que no súbitamente, destrozada por una tempestad, como podía ocurrir el momento menos pensado cuando el mar se agitaba iracundo en torno suyo, y las olas inmensas, tan altas como montañas, se precipitaban rugientes, contra sus frágiles costas.

A la tempestad había seguido una ligera niebla, que amenazaba hacerse más espesa cuando llegase la noche. Procedía del Norte, y, por lo tanto, debido a la nueva orientación de la isla, cubría la mayor parte de ésta.

Antes de irse a acostar, examinó Jasper Hobson las amarras de la balsa, perfectamente atadas a fuertes troncos de abedules, y para mayor seguridad, dieseles otra vuelta. En realidad, lo peor que podía ocurrir era que la balsa se marchase a la deriva por el lago, pero éste no era tan grande que pudiera perderse.

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