El pais de las pieles · Parte 2
XVIII
¡A TRABAJAR TODO EL MUNDO!
Habíase producido un cataclismo espantoso. El gran banco polar se había precipitado sobre la isla errante. Sumergido a una gran profundidad por debajo del nivel de las aguas, a una profundidad cinco veces mayor que la altura de la parte que emergía, no había podido resistir la acción de las corrientes submarinas; y, abriéndose camino a través de los hielos quebrantados, habíase precipitado sobre la isla Victoria, que, impelida por tan poderoso motor, derivaba hacia el Sur rápidamente...
En los primeros momentos, advertidos por el estruendo de la avalancha que destrozaba la perrera, el establo y la casa principal de la factoría, Mac-Nap y sus compañeros habían tenido tiempo de abandonar su amenazado alojamiento; mas ya se había completado la obra de destrucción. De aquellas airosas construcciones no quedaban ya vestigios, y ahora arrastraba la isla a sus infortunados habitantes hacia los abismos del Océano. Pero, ¿quién era capaz de afirmar que bajo los destrozos causados por la avalancha no alentaban aún con vida Paulina y su fiel criada, la joven esquimal y el astrónomo? Era preciso llegar hasta ellos, aunque sólo se encontrasen sus cadáveres.
Aterrado al principio Jasper Hobson, no tardó en recuperar su serenidad de siempre, y gritó con voz de trueno: — ¡A los picos y las palas! ¡La casa era bien sólida y puede haber resistido! ¡Pronto! ¡Manos a la obra!
Herramientas y picos no faltaban; pero en aquel momento no había posibilidad de aproximarse a la empalizada. Los témpanos rodaban sobre ella desde la cumbre de los icebergs desmochados, algunos de los cuales se elevaban aún 200 pies sobre el nivel de la isla. ¡Imagínese el poder destructor de aquellas masas desgajadas que parecían surgir de toda la parte septentrional del horizonte! La porción del litoral comprendida entre los cabos Bathurst y Esquimal, hallábase no sólo dominada, sino invadida por aquellas móviles montañas. Impelidas con fuerza irresistible, habían avanzado ya un cuarto de milla hacia dentro de la playa. A cada instante, un estremecimiento del suelo y una detonación espantosa anunciaban el derrumbamiento de alguna de aquellas masas, siendo muy de temer que se sumergiese la isla bajo tan enorme peso. Un desnivel muy sensible indicaba que toda aquella parte de la costa se hundía poco a poco, y el mar avanzaba ya en anchas olas hasta las proximidades de la laguna.
Terrible era en verdad la situación de los invernantes, teniendo que aguardar toda la noche, presas de mortal inquietud, sin poder intentar nada para salvar a sus compañeros, rechazados del recinto por las avalanchas, e incapaces de detener su invasión o desviarla.
Por fin amaneció el día. ¡Qué terrible aspecto ofrecían los alrededores del cabo Bathurst! Dondequiera que se dirigía la mirada hallábase cerrado el horizonte por la barrera de hielos; mas la invasión parecía detenida, al menos por el momento. Sin embargo, algunos témpanos mal equilibrados desprendíanse aún de las cumbres de los icebergs. Pero la masa entera, profundamente surnergida en el agua por su base, comunicaba a la isla toda la impulsión que recibía de las corrientes profundas empujándola hacia el Sur, es decir, hacia el abismo, con considerable velocidad.
Aquellos a quienes arrastraba consigo no se daban cuenta de nada. Tenían que salvar varias víctimas, y entre ellas a la valerosa y estimada mujer por la que hubieran dado todos la vida. Era ya hora de obrar, pues podía llegarse hasta la cerca, y no convenía perder ni un solo instante. Hacía ya diez horas que aquellos infelices permanecían sepultados bajo los destrozos de la avalancha.
Ya se ha dicho que el cabo Bathurst no existía. Empujado por un enorme iceberg, habíase desplomado sobre la factoría, aplastando la embarcación, y cubriendo en seguida el establo y la perrera, que quedaron destrozados, juntamente con los animales encerrados en ellos. Después, la casa principal había desaparecido bajo una capa de tierra y arena, que se hallaba cubierta por un montón de témpanos, los cuales se elevaban a una altura de cincuenta o sesenta pies y la oprimían con su peso. El patio del fuerte estaba abarrotado, y de la empalizada no se veía ni siquiera una estaca. De debajo de aquella masa enorme de témpanos, tierra y arena, y a costa de incalculables trabajos, era preciso sacar a las víctimas de aquella catástrofe.
Antes de comenzar la tarde, Jasper Hobson llamó al carpintero, preguntándole:
– Mac-Nap, ¿cree usted que la casa habrá podido resistir el peso de la avalancha?
– Lo creo, mi teniente —respondió MacNap—, y casi estoy tentado de afirmarlo de un modo terminante. Ya sabe usted que la habíamos reforzado. Estaba perfectamente apuntalada, y los maderos colocados verticalmente entre las vigas del tejado y las del techo han debido resistir. Observe usted, además, que la casa ha sido recubierta primero con una capa de tierra y arena que ha podido amortiguar el choque de los témpanos desplomados desde lo alto de los icebergs.
– ¡Dios quiera que acierte usted, Mac-Nap
– respondió Jasper Hobson—, y no nos haga pasar por semejante dolor!
Después mandó llamar a la señora Joliffe, preguntándole:
– ¿Hay víveres en la casa?
– Sí, señor Jasper —respondió la interpelada—; la despensa y la cocina encierran todavía cierta cantidad de conservas.
– ¿Y agua?
– Y agua y coñac también. — Bueno —dijo el teniente— no perecerán de hambre ni de sed; pero, ¿les faltará el aire?
A esta pregunta no pudo contestar el carpintero. Si la casa había resistido, como suponía él, la falta de aire era entonces el peligro más grave que amenazaba a las cuatro víctimas. Pero, en fin, este peligro podía conjurarse sacándolas rápidamente, o por lo menos, estableciendo lo más pronto posible una comunicación entre la casa sepultada y la atmósfera exterior.
Todos, hombres y mujeres, habían puesto manos a la obra, manejando con febril ardor los picos y los azadones. Todos se habían colocado sobre la masa de arena, tierra y hielos, con riesgo de provocar nuevos derrumbamientos, Mac-Nap había asumido la dirección de los trabajos, y lo hacía con inteligencia.
Parecióle lo más conveniente atacar por su cumbre la masa, porque de esta manera podrían echar a rodar hacia la laguna los témpanos de hielo. Con las palas y palancas dieron pronto buena cuenta de los bloques de mediano tamaño; pero los grandes témpanos fue preciso destrozarlos con los picos. Algunos cuya masa era demasiado grande hubo necesidad de fundirlos por medio de grandes hogueras alimentadas con árboles resinosos. Recurríase a la vez a todos los medios imaginables para destruir o apartar aquella gran masa de témpanos en el más corto plazo posible.
Pero el hacinamiento era enorme, y, a pesar de haber trabajado aquellos animosos obreros sin, permitirse más descanso que el indispensable para tomar algún alimento, apenas había disminuido, al parecer para la cantidad de hielos, cuando el sol se ocultó detrás del horizonte. Sin embargo, la parte superior del montón empezaba ya a nivelarse, y se resolvió proseguir durante toda la noche el trabajo de nivelación. Una vez logrado esto, no serían ya de temer los derrumbamientos, y había proyectado Mac-Nap abrir un pozo vertical a través de la masa compacta, que permitiese llegar con mayor rapidez al lugar apetecido y dar acceso al aire exterior.
Jasper Hobson y sus hombres no cesaron en toda la noche en su tarea, valiéndose del hierro y del fuego para conseguir su objetivo. Los hombres manejaban los azadones y picos; las mujeres atizaban el fuego. A todos dominaba un mismo pensamiento y deseo: salvar a sus cuatro infelices compañeros.
Pero cuando amaneció hacía ya treinta horas que aquellos infelices permanecían sepultados bajo la espesa capa de tierra, arena y hielo, en medio de una atmósfera sin duda enrarecida.
El carpintero, terminados los trabajos de la noche, pensó en seguida en perforar el pozo vertical que debía ir a parar directamente al tejado de la casa, el cual, según sus cálculos, no debía medir menos de cincuenta pies de profundidad. El trabajo sería fácil, sin duda, en el hielo, es decir, durante unos veinte pies; pero después se tropezaría con grandes dificultades para perforar la capa de tierra y arena, necesariamente deleznable, y sería preciso apuntalarlo en toda la extensión de los treinta pies restantes. Preparáronse, pues, al efecto largas piezas de madera, y dio principio la perforación del pozo, en el que no podían trabajar a la vez más que tres hombres. Los soldados tenían, pues, la posibilidad de relevarse a menudo, así que era de esperar que la perforación se realizase en poco tiempo.
Como suele ocurrir en estas terribles circunstancias, aquellas pobres gentes pasaban por todas las alternativas de la esperanza y la desesperación. Cada vez que tropezaban con alguna dificultad, o destruía algún desmoronamiento parte del trabajo realizado, el desaliento se apoderaba de ellos, y era preciso que la voz firme y confortadora del maestro carpintero les reanimase. Mientras trabajaban los hombres, las esposas de Mac-Nap, Joliffe y Rae, agrupadas al pie de un montículo, esperaban sin apenas hablar, elevando sus plegarias al Cielo. No tenían más ocupación que preparar los alimentos que los trabajadores devoraban en los instantes de reposo.
Entretanto, iba perforándose el pozo sin grandes dificultades; pero el hielo era extremadamente duro y el trabajo no se podía efectuar con la rapidez deseada. Al finalizar la jornada, sólo se había logrado llegar a la capa de tierra y arena, la cual no podía esperarse que quedara perforada hasta el anochecer del día siguiente.
Cuando llegó la noche, decidióse trabajar a la luz de las antorchas, a fin de no interrumpir la perforación del pozo. Practicaron a toda prisa una especie de gruta en uno de los cerros del litoral, para que sirviese de abrigo a las mujeres y al niño. El viento habíase rolado al Sudoeste, y caía una lluvia helada, intercalada a veces de copioso aguacero. Ni el teniente ni sus compañeros pensaron en suspender el trabajo.
Entonces comenzaron las grandes dificultades, porque no se podía perforar la arena movediza, haciéndose preciso practicar una entibación con maderos que contuviesen las tierras en el interior del pozo. Después, los obreros situados en la boca de éste elevaban, por medio de un cubo suspendido en una cuerda, las tierras que se desprendían. Se comprende que en estas condiciones el trabajo no podía ser muy rápido. Eran siempre de temer los desmoronamientos, siendo preciso adoptar minuciosas precauciones para que los trabajadores no quedasen sepultados.
El maestro carpintero permanecía a menudo en el fondo del pozo, dirigiendo los trabajos y sondando frecuentemente con un pico bien largo, pero sin tropezar con ninguna resistencia que le anunciase la proximidad del techo de la casa.
Cuando llegó la mañana, sólo se había profundizado diez pies en la masa de tierra y arena, faltando por lo tanto otros veinte para llegar a la altura que ocupaba la cumbre del tejado antes de la avalancha, suponiendo que no hubiese cedido.
¡Hacía ya cincuenta y cuatro horas que Paulina Barnett, Madge, Kalumah y el astrónomo permanecían sepultados!
Varias veces habían pensado el teniente y Mac-Nap si intentarían las víctimas abrirse una comunicación con el exterior. Dado su carácter intrépido y su serenidad, no cabía la menor duda de que, si Paulina Barnett era dueña de sus movimientos, lo habría intentado ya. Algunas herramientas habían quedado en la casa, y Kellet recordaba muy bien que había dejado su azadón en la cocina. ¿No habrían destrozado los presos una de las puertas de la casa y comenzado la perforación de una galería a través de la capa de tierra? Pero esta galería sólo podía perforarse en dirección horizontal, y representaba un trabajo mucho más largo y penoso que el del pozo ideado por Mac-Nap; porque el amontonamiento producido por la avalancha, que no medía menos de sesenta pies de altura, cubría una extensión de más de 500 pies de diámetro. Los presos ignoraban esta disposición, de suerte que, aun admitiendo que hubiesen logrado abrir la galería horizontal, no podrían perforar la última capa de hielo antes de ocho días, por lo menos; y antes, si no los víveres, el aire tes habría faltado.
Sin embargo, Jasper Hobson vigilaba por sí mismo todas las partes del macizo, escuchando si algún ruido delataba un trabajo subterráneo. Pero no logró oir nada.
Los operarios reanudaron al amanecer, con más actividad que nunca, su penoso trabajo. La tierra subía sin cesar a la boca del pozo, que se hacía cada vez más profundo. La tosca entibación sostenía suficientemente la deleznable arena. Sin embargo, produjéronse algunos derrumbamientos que fueron rápidamente contenidos, y durante aquel día no hubo que deplorar ninguna nueva desgracia. Sólo el soldado Garry fue herido en la cabeza por la caída de un trozo de hielo; mas su herida fue tan leve que ni aun quiso abandonar el trabajo.
A las cuatro había adquirido el pozo una profundidad total de cincuenta pies, o sea, veinte de hielo y treinta de tierra y arena.
A esta profundidad esperaba Mac-Nap encontrar la techumbre de la casa, en el caso de haber resistido la presión de la avalancha.
Encontrábase en aquel momento en el fondo del pozo y, juzgúese su contrariedad y decepción cuando, al hundir profundamente el pico, no encontró la menor resistencia.
Permaneció un instante con los brazos cruzados, mirando a Sabine que se hallaba con él.
– ¿Nada? — preguntó el cazador.
– ¡Nada! —respondió el carpintero—. ¡Absolutamente nada! Pero continuemos. El techo habrá cedido sin duda; pero no es posible que el piso del desván se haya hundido. Antes de ahondar seis pies tropezaremos necesariamente con este suelo... de lo contrario...
Mac-Nap no acabó de expresar su pensamiento, y, con la ayuda de Sabine, reanudó su trabajo con desesperado ardor.
A las seis de la tarde habíanse ahondado diez o doce pies más.
Mac-Nap sondeó de nuevo. Nada aún. Su pico se hundía siempre en la tierra movediza.
El carpintero, abandonando un instante su herramienta, cogióse la cabeza entre ambas manos.
– ¡Desdichados! — murmuró.
Y, subiendo después por los puntales que sostenían la entibación, llegó hasta la boca del pozo.
Allí encontró al teniente y al sargento, más ansiosos que nunca, y, llevándolos aparte, refirióles el horrible desengaño que acababa de sufrir.
– Pero, entonces —le dijo Jasper Hobson—, la casa ha sido aplastada por la avalancha, y esos infortunados...
– ¡No! —respondió el carpintero con acento de íntima convicción—; ¡no! la casa no ha sido aplastada. Con lo reforzada que estaba, ha debido resistir. ¡No! ¡No ha sido aplastada! ¡Es imposible!
– Pues, entonces, ¿qué ha sucedido, MacNap? — preguntó el teniente Hobson, de cuyos ojos se escaparon dos lágrimas.
– El suelo sobre el cual reposaba la casa ha cedido evidentemente, hundiéndose a la vez ambas cosas, y pasando a través de la corteza de hielo que forma la base de la isla. La casa no ha sido aplastada, sino engullida... Y las desdichadas víctimas...
– ¡Ahogadas! — exclamó el sargento Long.
– ¡Ahogadas! ¡Sí, sargento! ¡Ahogadas antes de que pudiesen hacer un movimiento! ¡Ahogadas como los pasajeros de un buque que zozobra!
Durante algunos instantes, los tres permanecieron en silencio. La hipótesis de Mac-Nap era muy verosímil. Nada más lógico que suponer que la capa de hielo que formaba la base de la isla habíase hundido bajo tan enorme presión, La casa, gracias a los puntales que sostenían las vigas del techo, apoyadas sobre las del piso, había debido horadar el suelo de hielo y hundirse en el abismo.
– Bueno, Mac-Nap —dijo el teniente Hobson—, si no podemos encontrarlos vivos...
– Sí —respondió el carpintero—, ¡es preciso a toda costa que los encontremos muertos!
Dicho esto, Mac-Nap, sin comunicar a sus compañeros sus terribles hipótesis, descendió nuevamente al fondo del pozo en donde reanudó su interrumpido trabajo. Jasper Hobson también bajó con él.
Durante toda la noche .prosiguió la perforación, relevándose los hombres de hora en hora, pero todo este tiempo, mientras dos soldados sacaban la tierra y la arena, Mac-Nap y Jasper Hobson premanecieron algo más arriba, de pie sobre un puntal.
A las tres de la mañana, el pico de Kellet, tropezando de repente con un cuerpo duro, produjo un ruido seco. El maestro carpintero más bien lo sintió qué lo oyó.
– ¡Ya llegamos! —exclamó el soldado—. ¡Ya están salvados!
– ¡Cállate y continúa! — respondió el teniente Hobson con voz sorda.
Hacía en aquel instante cerca de setenta y seis horas que la avalancha se había precipitado sobre la casa.
Kellet y su compañero, el soldado Poúd, habían reanudado el trabajo. La profundidad del pozo debía casi haber alcanzado el nivel del mar, y, por consiguiente, Mac-Nap no conservaba la menor esperanza.
En menos de veinte minutos, el cuerpo duro con que el pico tropezara quedó al descubierto. Era uno de los maderos del tejado. El carpintero lanzóse al fondo del pozo, cogió un azadón e hizo saltar las tablas del techo, quedando en algunos instantes practicada una bien amplia abertura.
Por ella apareció un rostro apenas reconocible en medio de las sombras.
¡Era el rostro de Kalumah!
– ¡Socorro! ¡socorro! — murmuraba débilmente la desdichada joven.
Jasper Hobson deslizóse por la abertura, y, al hacerlo, sintióse sobrecogido por un intenso frío. El agua le llegaba a la cintura. Contra lo que se esperaba, el techo no había sido aplastado; mas, como supusiera Mac-Nap, la casa habíase hundido a través del suelo, penetrando el agua en ella; pero, afortunadamente, no había llenado por completo el desván, elevándose un pie escaso sobre el piso de éste. ¡Aún quedaba una esperanza...!
El teniente avanzó en la obscuridad, y tropezó con un cuerpo privado de movimiento. Lo arrastró. hacia la abertura, a través de la cual Pond y Kellet lo sacaron. Era el astrónomo Black.
Después extrajo otro cuerpo, que resultó ser Madge. Ambos fueron izados, por medio de cuerdas, a la boca del pozo, y al sentir el benéfico contacto del aire puro exterior, recobraron poco a poco el sentido.
Quedaba por salvar todavía Paulina Barnett. Jasper Hobson, guiado por Kalumah, llegó a la extremidad del desván, encontrando allí, por fin, a la que buscaba, privada de movimiento y con la cabeza que apenas sobresalía del agua. El teniente tomóla en sus brazos y la transportó a la abertura, y, pocos instantes después, él y ella, Kalumah y Mac-Nap llegaban a la boca del pozo.
Paulina Barnett estaba como muerta.
Todos los compañeros de la valerosa mujer contemplábanla en silencio, dando muestra de profundo dolor.
La joven esquimal, a pesar de hallarse tan débil, habíase arrojado sobre el cuerpo de su amiga.
Paulina Barnett respiraba y su corazón aún latía. El aire puro, absorbido por sus enjutos pulmones, devolvióle lentamente la vida.
Por fin, abrió los ojos, y un grito se escapó de todos los pechos. ¡Un grito de acción de gracias que debió llegar hasta el cielo, donde fue, sin duda, escuchado!
En aquel momento amanecía, y el sol inundaba el espacio con sus primeros rayos.
Haciendo un supremo esfuerzo, incorporóse Paulina; y, contemplando después lo alto de aquella montaña, formada por la avalancha y que dominaba la isla, cuanto la rodeaba, murmuró con extraño acento:
– ¡El mar! ¡el mar!
Y, en efecto, a ambos lados del horizonte, al Este y al Oeste, el mar, libre de hielos, rodeaba a la isla Victoria.