El pais de las pieles · Parte 2

X

LA CORRIENTE DE KAMCHATKA

Fácil es imaginar la acogida que los habitantes del fuerte dispensaron a Kalumah. Parecióles que, con su llegada, se habían reanudado los lazos que les unía con. el resto del mundo, rotos hacía mucho tiempo. Las señoras MacNap, Joliffe y Rae prodigáronle sus caricias. Kalumah corrió hacia el niño, en cuanto lo divisaron sus ojos, cubriéndolo de besos.

Los obsequios y atenciones de sus amigos europeos conmovieron verdaderamente a la joven esquimal. Todos la agasajaron a porfía, y recibieron extraordinario placer al enterarse de que pasaría todo el invierno en el fuerte toda vez que la estación, ya demasiado avanzada, no le permitiría regresar a los establecimientos de la Nueva Georgia.

Pero si los habitantes de la factoría se mostraron agradablemente sorprendidos por la llegada de la joven indígena, ¿qué debió pensar Jasper Hobson al ver aparecer a Kalumah del brazo de Paulina Barnett? No podía dar crédito a sus ojos. Un pensamiento súbito, que tuvo sólo la duración de un relámpago, atravesó su mente: la idea de que la isla Victoria, sin que nadie lo hubiese advertido, y a pesar de las situaciones diariamente calculadas, había tocado tierra en algún punto del continente.

Paulina Barnett leyó en los ojos del teniente Hobson esta inverosímil hipótesis y sacudió la cabeza con ademán negativo.

Entonces comprendió Jasper Hobson que la situación no se había alterado, y esperó a que Paulina Barnett le explicase la presencia allí de Kalumah.

Algunos instantes después, Jasper Hobson y la viajera paseábanse al pie del cabo Bafhurst, escuchando el primero con verdadera avidez el relato de las aventuras de Kalumah.

Así, pues, ¡todas las suposiciones de Jasper Hobson se habían realizado! Durante la tempestad, el huracán del Nordeste había sacado a la isla errante fuera de la corriente. En aquella terrible noche del 31 de agosto el témpano se había aproximado a menos de una milla de distancia del continente americano. No habían sido la luz de un buque ni el grito de un náufrago los que a la vez impresionaron los ojos y los oídos del teniente. La tierra había estado junto a ellos, y si el viento hubiera seguido soplando siquiera una hora más en la misma dirección, la isla Victoria habría tropezado contra el litoral de la América rusa.

Pero en aquel instante, un funesto cambio de dirección del viento había empujado a la isla hacia alta mar. La irresistible corriente habíala recibido nuevamente en su seno, y, desde entonces, animada de una velocidad excesiva, imposible de contrarrestrar, impulsada por las violentas brisas del Sudeste, había derivado hasta el punto peligroso en que se hallaba, situada, entre dos corrientes contrarias, que podían ocasionar ambas su pérdida y la de todos los desdichados seres que sobre su superficie llevaba. Por centésima vez, el teniente y Paulina Barnett conversaron largamente acerca de todo esto. Después preguntó Jasper Hobson si entre el cabo Bathurst y la bahía de las Morsas se habían producido importantes modificaciones.

Respondióle Paulina Barnett que en ciertas partes el nivel litoral habíase, al parecer, deprimido, y que bañaban las olas parajes adonde no llegaban antes. Refirióle también el incidente del cabo Esquimal, dándole a conocer la importante rotura que sé había producido en esta parte del litoral de la isla.

Ninguna de estas noticias era tranquilizadora. Era evidente que el campo de hielo que constituía la base de la isla se disolvía poco a poco; que las aguas, relativamente más cálidas, carcomían su superficie inferior. Lo que había sucedido en el cabo Esquimal podía reproducirse en el instante menos pensado en el cabo Bathurst. Las casas de la factoría podían a cada momento del día o de la noche hundirse para siempre en el abismo, y el único remedio para tan apurada situación era el invierno, con todos sus rigores; el invierno, que no tardaría ya en llegar.

Al siguiente día, 4 de septiembre, una obseravción hecha por el teniente Hobson puso de manifiesto que la situación de la isla Victoria no se había modificado sensiblemente desde la víspera. Permanecía inmóvil entre las dos corrientes contrarias, lo cual, en las circunstancias presentes, era lo mejor que podía suceder.

– Que nos sorprenda aquí el frío, qué el gran banco polar se oponga a nuestro paso — dijo Jasper Hobson—, que el mar se solidifique alrededor de nosotros, ¡y nos habremos salvado! La costa en este momento sólo dista de nosotros escasamente 200 millas, de suerte que, aventurándonos sobre el campo de hielo endurecido, será posible llegar, bien a la América rusa, bien a las costas asiáticas. Pero, ¡que venga el invierno, y que venga a toda prisa!

Entretanto, y siguiendo las órdenes del teniente, terminábanse los últimos preparativos para la invernada. Se almacenaba todo lo necesario para la alimentación de los animales domésticos durante la interminable noche polar. Los perros disfrutaban de excelente salud y engordaban en fuerza de estar ociosos; pero había que tratarlos muy bien, pues tendrían que trabajar mucho cuando se abandonase el fuerte Esperanza para llegar al continente a través del campo de hielo. Era, pues, necesario velar porque conservasen sus fuerzas, y por eso no se les escatimaba la carne ensangrentada, y, en especial, la de los renos que se dejaban matar en los alrededores de la factoría.

En cuanto a los renos domésticos, marchaban perfectamente. Había sido su establo convenientemente instalado, encerrándose en los almacenes del fuerte gran cantidad de musgo para su sostenimiento. Las hembras suministraban abundante leche a la señora Joliffe, quien la empleaba diariamente en sus preparaciones culinarias.

El cabo y sü mujer habían repetido la siembra que durante la estación cálida tan opimos frutos había dado, habiéndose preparado el terreno antes de la llegada de las nieves para las plantaciones de acederas, codearías y té del Labrador. Estos preciosos antiescorbúticos no debían faltar a la colonia.

Por lo que respecta a la leña, los cobertizos se hallaban llenos hasta los topes. Ya podía llegar el invierno, por duro y glacial que fuese, y helarse en la cubeta del termómetro el mercurio, sin temor a verse en el caso de tener que quemar el mobiliario de la casa, como el invierno anterior. El carpintero Mac-Nap y sus peones, aleccionados por la experiencia, habían adoptado las medidas oportunas con objeto de evitarlo, siendo de advertir, además, que los despojos de la madera empleada en la construcción del buque proporcionaron también abundante combustible.

Por esta época empezaron a cazarse algunos animales que habían echado ya el espléndido pelo de invierno, como martas, visones, zorras azules y armiños. Marbre y Sabine habían sido autorizados por el teniente para establecer algunas trampas en los alrededores del recinto. Jasper Hobson no había creído conveniente negarles este permiso, temeroso de excitar la desconfianza de sus hombres, porque no había ningún pretexto serio que alegar para interrumpir la recolección de pieles; sin embargo, no ignoraba que trabajaban en balde, y que aquella destrucción de animales preciosos e inofensivos a nadie aprovecharía. Por otra parte, como se alimentaba a los perros con carne de estos roedores, se iba economizando una gran cantidad de la de reno.

Todo se preparaba, pues, para el invierno como si el fuerte Esperanza hubiera estado construido sobre el terreno firme, y los soldados trabajaban con un celo que no hubiesen tenido, por cierto, si hubiesen estado en el secreto de la situación.

Durante los días sucesivos, las operaciones verificadas con el mayor esmero no acusaron cambio alguno apreciable en la situación de la isla Victoria. Jasper Hobson, al verla inmóvil, recobraba la esperanza. Si bien es cierto que los síntomas invernales no habían hecho todavía su aparición en la naturaleza inorgánica, y que la temperatura media seguía manteniéndose a 49° Fahrenheit (9º centígrados sobre cero), habíanse visto ya algunos cisnes que se dirigían hacia el Sur en busca de regiones más templadas. Otras aves, excelentes voladoras, a quienes las grandes travesías por encima de los mares no arredran, abandonaban poco a poco las costas de la isla. Sabían perfectamente que los continentes americano y asiático, con su temperatura menos áspera, sus territorios más hospitalarios, sus recursos de todas clases, no se hallaban muy lejos, y que sus alas eran lo suficientemente vigorosas para conducirles a ellos. Cogiéronse varios de estos pájaros, y, siguiendo los consejos de Paulina Barnett, atóles Jasper Hobson al cuello un trozo de tela engomada, en el cual se escribía previamente la situación de la isla¡errante y los nombres de los que la habitaban, dejándoles después que emprendiesen su vuelo hacia el Sur, y viéndoles marchar no sin envidia.

Excusado es decir que estas operaciones realizábanse en secreto y sin otros testigos que Paulina Barnett, Madge, Kaluirían, Jasper Hobson y el sargento Long.

En cuanto a los cuadrúpedos aprisionados en la isla, no les era posible buscar en las regiones del Sur sus acostumbrados refugios invernales. Ya en esta época del año, pasados los primeros días de septiembre, los renos, las liebres polares y hasta los mismos lobos, habrían abandonado, en circunstancias normales, los alrededores del cabo Bathurst, parai ir a refugiarse en las proximidades del lago del Gran Oso; o del lago del Esclavo, situados muy debajo del Círculo Polar. Pero ahora oponíales el mar una infranqueable barrera, y tendrían que esperar a que el frío lo solidificase para trasladarse a las expresadas regiones. Sin duda estos animales, impulsados por su instinto, habrían tratado de dirigirse hacia el Sur; pero, detenidos en el litoral de la isla, habían, instintivamente, también regresado a las proximidades del fuerte Esperanza, al lado de aquellos hombres, sus más temidos enemigos de ayer, y presos hoy como ellos.

Las observaciones de los días 5, 6, 7, 8 y 9 no acusaron ninguna modificación en la situación de la isla Victoria. Aquel amplio remolino situado entre las dos corrientes, cuyas aguas no habían abandonado, la mantenía estacionaria.

Con quince días más, tres semanas a lo sumo, en aquel statu quo, Jasper Hobson podría considerarse salvado.

¡Pero la mala suerte no se había cansado aún, y todavía reservaba a los habitantes del fuerte Esperanza otras pruebas sobrehumanas!

En efecto, el 10 de septiembre acusaron las observaciones astronómicas un desplazamiento hacia el Norte, aunque poco rápido aún, de la isla Victoria.

¡Jasper Hobson quedóse aterrado! ¡La corriente de Kamchatka habíase apoderado, al fin, de la isla, y la arrastraba hacia los desconocidos parajes donse se formaban los grandes bancos de hielo! ¡Caminaban hacia esas espantosas soledades del océano Glacial cerradas a las navegaciones del hombre! ¡Hacia esas regiones de las que jamás se regresa! El teniente Hobson no ocultó este nuevo peligro a los que se hallaban iniciados en el secreto de la situación; empero todos ellos recibieron con resignación la fatídica noticia. —¡Puede ser —dijo la viajera— que la isla se detenga todavía! ¡Quizá su movimiento sea lento! ¡No perdamos la esperanza...! ¡Aguardemos! El invierno ya está cerca, y, además, marchando hacia el Norte, le salimos al encuentro. Sobre todo, ¡que se cumpla la voluntad de Dios!

– Amigos míos —dijo el teniente Hobson—, ¿creen ustedes que debo prevenir a nuestros compañeros? ¡Ya ven ustedes en qué situación nos hallamos, y lo que puede ocurrimos! ¿No es incurrir en una responsabilidad espantosa el ocultarles los peligros que les amenazan?

– Yo esperaría algo más —respondió sin vacilar Paulina Barnett—. Mientras no hayamos perdido todas las esperanzas, no debemos hacer que ellos las pierdan.

– Esa es también mi opinión — añadió simplemente el sargento.

Jasper Hobson quedó muy satisfecho al oir el parecer de sus compañeros, porque él era también de este modo de pensar.

En los días 11 y 12 acentuóse más el desplazamiento hacia ei Norte. La isla Victoria caminaba con una velocidad de doce a trece millas por día; es decir, que se alejaba diariamente esta distancia de toda tierra, elevándose hacia el Norte, siguiendo la curva que forma la corriente de Kamchatka en aquella latitud. No tadaría en rebasar el paralelo 70° que cortaba en otro tiempo la extremidad del cabo Bathurst, más allá del cual no existe tierra alguna en aquella porción de las regiones árticas.

Jasper Hobson marcaba diariamente en la carta la situación de la isla, pudiendo apreciar de este modo los abismos infinitos que recorría. La única circunstancia menos adversa consistía en que marchaban al encuentro del invierno, como acertadamente había dicho Paulina Barnett. Al derivar hacia el Norte, tropezarían más pronto con el frío y con las aguas heladas que debían consolidar y robustecer poco a poco el témpano inmenso que les servía de base.

Pero si los habitantes del fuerte podían abrigar la esperanza de no hundirse en el mar, ¡qué camino interminable, impracticable tal vez, tendrían que recorrer para regresar de aquellas profundidades hiperbóreas! ¡Ah! si la embarcación, por deficiente que fuese, hubiera estado lista, no hubiese vacilado Jasper Hobson ante la idea de embarcarse con todo el personal de la colonia; pero, a pesar de la diligencia desplegada por los carpinteros, no estaba concluida ni lo estaría en mucho fiempo; porque Mac-Nap tenía que desplegar gran esmero en la construcción de un casco al que debía confiarse la vida de Veinte personas en mares en extremo tormentosos.

El 16 de septiembre la isla Victoria se encontraba de 75 a 80 millas más al norte del punto donde había quedado estacionada durante algunos días, entre las corrientes de Behring y la de Kamchatka; pero se acentuaron entonces los síntomas de la aproximación del invierno. La nieve caía a menudo, siendo a veces sus copos apretados y abundantes. La columna mercurial descendía lentamente; y, si bien el promedio de la temperatura era aún de 44° Fahrenheit (de 6º a 7º centígrados sobre cero), durante la noche solía descender a 32°, que es el cero del termómetro centígrado. El sol describía una curva sumamente deprimida por encima del horizonte. A mediodía sólo se elevaba algunos grados, permaneciendo ya oculto por espacio de once horas de las veinticuatro del día.

Por fin, del 16 al 17 de septiembre, los primeros indicios de hielos viéronse sobre el mar. Eran pequeños cristales aislados, que semejaban una especie de nieve, los cuales formaban manchas sobre la superficie límpida del agua. Era fácil comprobar que, según una observación hecha ya por el célebre navegante Scoresby, el efecto inmediato de esta nieve era calmar las olas, como hace el aceite que los marineros derraman para calmar momentáneamente la agitación del mar. Estos pequeños carámbanos tenían una tendencia especial a soldarse, y así lo hubieran hecho en aguas tranquilas; pero las ondulaciones en las olas quebrábanlos, desuniéndolos tan pronto como formaban superficies algo considerables.

Jasper Hobson observó con extraordinaria atención la primera aparición de estos nuevos hielos. Sabía perfectamente que bastaban veinticuatro horas para que la capa de hielo, creciendo por su parte inferior, alcanzase un espesor de dos o tres pulgadas, el cual era suficiente para resistir el peso de un hombre, y abrigaba, por tanto, la esperanza de que la isla Victoria no tardaría en verse detenida en su movimiento hacia el Norte.

Pero hasta entonces, el día desbarataba el trabajo de la noche, y si bien es cierto que la marcha de la isla se retardaba durante las horas de tinieblas por el obstáculo que le ponían la acumulación de los hielos, rotos éstos o fundidos por el calor del sol, dejaban de embarazar su desplazamiento, cuya rapidez aceleraba una corriente de notable intensidad.

Así, pues, el avance hacia las regiones septentrionales proseguía sin que nada pudiera detenerlo.

El 21 de septiembre, en el momento del equinoccio, el día se igualó con la noche, y, a partir de aquel momento las horas de esta última se fueron alargando a expensas de las del primero. El invierno avanzaba sensiblemente pero no era riguroso ni temprano. Por entonces, la isla Victoria se había aproximado ya al paralelo 71°, y experimentó por primera vez un movimiento de rotación sobre sí misma que evaluó Jasper Hobson aproximadamente en un cuarto de circunferencia.

Fácil es concebir las inquietudes del teniente Hobson. La naturaleza amenazaba revelar, hasta a los menos clarividentes, el secreto de una situación que por todos los medios a su alcance había tratado de ocultarles; pues, a consecuencia de este movimiento de rotación, habíanse trastocado los puntos cardinales de la isla. El cabo Bathurst no demoraba ya al Norte, sino al Este. El sol, la luna y las estrellas no salían y se ocultaban por los mismos puntos que antes, y era imposible que personas que todo lo observaban, tales como Mac-Nap, Marbre, Rae y otros, no advirtiesen este cambio que los pondría al corriente de todo.

Pero, con gran satisfacción de Jasper Hobson, aquellos valerosos soldados no se dieron, al parecer, cuenta de nada. El desplazamiento, con respecto a los puntos cardinales, no había sido considerable, y la atmósfera, cubierta casi siempre de brumas, no permitía observar exactamente los lugares por donde se verificaban el orto y el ocaso de los astros.

Este movimiento de rotación pareció coincidir con otro de traslación más rápido todavía. A partir de aquel día caminó la isla Victoria con una velocidad de cerca de una milla por hora elevándose siempre hacia las latitudes superiores y alejándose de la tierra. Jasper Hobson no se desanimaba por eso, pues no era hombre que perdiese fácilmente la esperanza; pero se consideraba perdido y clamaba a toda costa por el frío, es decir, por el invierno.

Entretanto, la temperatura había bajado más aún. Nevó abundantemente los días 23 y 24 de septiembre, y, soldándose: los copos a la superficie de los témpanos, que ya el frío había consolidado, aumentó su volumen. La inmensa llanura de hielos formábase poco a poco. La isla, aún se abría caminoi entre ellos; pero su resistencia aumentaba de hora en hora.: El mar se iba congelando hasta donde alcanzaba la vista.

Por fin, la observación del 27 de septiembre demostró que la isla Victoria, aprisionada en medió de un inmenso campa de hielo, había permanecido inmóvil desde la víspera, siendtf su situación de 177° 22' de longitud y 72° 57' de latitud; es decir, que se hallaban a más de 600 millas de todo continente.

Telegrama

Oficina de origen: la red mundial · Destino: a bordo del Nautilus

0 palabras · tarifa: 0 kreuzers (los puntos se convierten en STOP)