El pais de las pieles · Parte 2
III
UNA VUELTA ALREDEDOR DE LA ISLA
A partir de aquel día, decidióse hallar diariamente la situación de la isla, como es costumbre hacer en los barcos, a no ser que el estado de la atmósfera impidiese toda observación astronómica. ¿No era acaso la isla Victoria un bajel desamparado, que erraba a la aventura, sin velas y sin timón?
Al día siguiente, después de las observaciones de rúbrica, comprobó el teniente Hobson que la isla, sin haber variado de latitud, había sido arrastrada algunas millas más hacia el Oeste.
Mac Nap recibió orden de construir una amplia embarcación, dándole Jasper Hobson por pretexto que deseaba reconocer, el verano próximo, el litoral de la América rusa. El carpintero, sin meterse en más averiguaciones, dedicóse a elegir las maderas y dispuso su astillero en la playa situada al pie del cabo Bathurst, a fin de poder botar al agua fácilmente su nave.
Aquel mismo día hubiera Jasper Hobson deseado poner en ejecución el proyecto que había concebido de reconocer el territorio sobre el cual sus compañeros y él se hallaban aprisionados. Podían verificarse cambios considerables en la configuración de aquella isla de hielo, expuesta a la influencia de la temperatura variable de las aguas, e importaba determinar su forma actual, su superficie y hasta sü espesor en algunos lugares. Era preciso examinar con detenimiento y cuidado la línea de ruptura, que debía hallarse en el istmo, y sobre la fractura aún reciente tal vez fuese posible distinguir las capas estratificadas de hielo y de tierra que constituían el suelo de la isla.
Pero aquel día el cielo se nubló súbitamente, y, una fuerte borrasca, acompañada de nieblas espesísimas, se desencadenó por la tarde, no tardando en llover torrencialmente. El granizo chocaba con estrépito contra el techo de la casa, y hasta oyéronse algunos truenos lejanos, fenómeno que se observa raras veces en latitudes tan altas.
El teniente Hobson tuvo que aplazar su viaje en espera de que los elementos se calmasen; pero durante los días 20, 21 y 22 de julio no se modificó el estado de la atmósfera. La tempestad fue violenta,, cargóse extraordinariamente el cielo y las olas azotaron el litoral con ensordecedor estruendo. Las avalanchas líquidas estrellábanse contra el cabo Bathurst con tan extraordinaria violencia, que hacían temer por su solidez, que era bien problemática, toda vez que se trataba únicamente de una masa de tierra y arena sin una base estable. ¡Desdichados los buques a quienes cogiese en el mar aquel temporal deshecho! Pero la isla errante se mantenía en reposo, porque su enorme masa hacíala insensible a la agitación de las aguas.
Durante la noche del 22 al 23 amainó la tempestad súbitamente. Una fuerte brisa de Nordeste barrió las últimas brumas acumuladas en el horizonte; el barómetro subió algunas líneas y el teniente juzgó favorables las condiciones atmosféricas para emprender el viaje.
Paulina Barnett y el sargento Long deberían acompañarle en el reconocimiento. Tratábase de una ausencia de uno o dos días, que no podía despertar sospecha alguna en los habitantes del fuerte, y se proveyeron para ella de cierta cantidad de cecina, de galleta y de algunos frascos de aguardiente, sin recargar excesivamente las mochilas de los exploradores. Los días eran a la sazón muy largos y el sol no abandonaba el horizonte más que contadas horas.
No era de temer, probablemente, ningún encuentro con fieras; pues los osos, guiados por su instinto, parecían haber abandonado la península Victoria antes de que se convirtiese en isla. Sin embargo, Jasper Hobson, el sargento y Paulina Barnett armáronse de fusiles, por pura precaución. Además, el teniente y el suboficial llevaban consigo el hacha y el cuchillo de nieve, instrumentos que no abandona jamás un buen explorador de las regiones polares.
Durante la ausencia del teniente Hobson y del sargento Long, recaía el mando del fuerte, según jerarquía militar, en el cabo Joliffe, es decir, en su mujer, y Jasper Hobson sabía perfectamente que podía tener en ésta una confianza absoluta. En cuanto a Tomás Black, no podía contarse ya con él para nada, ni aun siquiera para acompañar a los exploradores. Sin embargo, el astrónomo prometió vigilar cuidadosamente los parajes del Norte, durante la ausencia del teniente, y anotar cuantos cambios pudieran producirse, ya en el mar, ya en la orientación de la isla.
Paulina Barnett había tratado de hacer entrar en razón al pobre sabio, pero sin conseguirlo. Considerábase engañado por la Naturaleza, y no perdonaba a ésta que se hubiese burlado de él.
Después de vigorosos apretones de manos cambiados entre los expedicionarios y los que se quedaban, a guisa de despedida, Paulina Barnett y sus dos compañeros abandonaron la casa del fuerte, traspusieron la poterna y se dirigieron hacia el Oeste, siguiendo la curva prolongada que formaba el litoral desde el cabo Bathurst hasta el cabo Esquimal.
Eran las ocho de la mañana. Los oblicuos rayos del sol animaban la costa matizándola con sus dorados efluvios. El mar se serenaba lentamente. Los petreles, urías, chochas, alcas y demás aves dispersadas por la tempestad, habían vuelto por millares. Grandes bandadas de patos acudían presurosos a las orillas del lago Barnett, yendo a caer, incautos, en la cacerola de la señora Joliffe. Algunas liebres polares, martas, ratas almizcleras y armiños salían de entre los pies de los viajeros, huyendo, aunque no con demasiada precipitación. Los animales se sentían evidentemente impulsados a buscar la compañía del hombre por el presentimiento instintivo de un inmediato peligro.
– Saben perfectamente que se hallan rodeados por el mar —dijo Jasper Hobson; y que no pueden ya abandonar la isla.
– Estos roedores —preguntó Paulina Barnett—, ¿no tienen la costumbre de trasladarse hacia el Sur, antes de la llegada del invierno, en busca de otros climas más benignos?
– Sí, señora —respondió Jasper Hobson—, pero esta vez, a menos que no puedan huir a través de los campos de hielo, tendrán que permanecer presos como nosotros, siendo muy de temer que, durante la estación invernal, la mayor parte de ellos mueran de inanición o de frío.
– Me parece que estos animales nos harán el favor de alimentarnos —observó el sargento Long—; y a fe que ha sido suerte que su instinto no les haya iducido a escapar antes de la ruptura del istmo.
– Pero los pájaros sí nos abandonarán, ¿no es cierto, señor Hobson? — preguntó Paulina Barnett.
– Sí, señora —respondió Jasper Hobson—. Todos estos ejemplares de la especie de los volátiles huirán con los primeros fríos. Pueden cruzar, sin cansarse, considerables distancias, y más felices que nosotros, lograrán alcanzar la tierra firme.
– Y, ¿por qué no los utilizamos como mensajeros? — propuso Paulina Barnett.
– Es una idea excelente, señora —dijo el teniente Hobson—. Nada nos impedirá atrapar algunos centenares de estos pájaros y amarrarles al cuello un papel donde se indique el secreto de nuestra situación. Ya Juan Ross, en 1848, trató, por un medio análogo, de dar a conocer la presencia de sus buques, la Entreprise y el Investigator, en los mares polares, a los supervivientes de la expedición de Franklin. Cogió, por medio de lazos, algunos centenares de zorras blancas, colocóles al cuello collares de latón que llevaban grabadas las oportunas indicaciones, y soltólas después en todas direcciones.
– ¿Y caerían, por ventura, algunos de esos animales en manos de los náufragos? — preguntó Paulina Barnett.
– Tal vez —respondió Jasper Hobson—. En todo caso, recuerdo que una de estas zorras, ya vieja, fue capturada por el capitán Hatteras durante su viaje de exploración, y llevaba aún en el cuello un collar ya en mal estado, oculto entre su blanco pelo. Nosotros, como no nos es posible repetir el expediente con cuadrúpedos, lo haremos con estas aves.
Conversando de esta suerte y forjando proyectos para lo porvenir, los dos exploradores y su compañera seguían el litoral de la isla, sin observar en él cambio alguno. Eran siempre las mismas playas, bastante acantiladas, recubiertas de tierra y arena, las cuales no presentaban ninguna nueva fractura que hiciera sospechar que el perímetro de la isla se había modificado en época reciente. Sin embargo, era de temer que el inmenso témpano, al atravesar corrientes más cálidas, se desgastase por su base, disminuyendo, por tanto, su espesor, hipótesis que con razón inquietaba al teniente.
A las once de la mañana habían los exploradores salvado las ocho millas que los separaban del cabo Esquimal, sobre cuyo litoral encontraron vestigios del campamento que ocupara la familia de Kalumah. Las casas de nieve habían desaparecido, como es fácil suponer; mas las cenizas y los huesos de foca delataban aún el paso de los esquimales.
Paulina Barnett, Jasper Hobson y el sargento Long hicieron alto en aquel lugar, con el propósito de pasar las cortas horas de noche en la bahía de las Morsas, adonde esperaban llegar algunas horas más tarde. Almorzaron sentados sobre un pequeño cerro, cubierto de raquítica hierba. Ante sus ojos extendíase un bello horizonte de mar cuya línea destacábase con notable nitidez. Ni un iceberg, ni una vela animaban aquel inmenso desierto de agua.
– ¿Le sorprendería a usted, señor Hobson, que algún buque se presentase a la vista? — preguntó Paulina Barnett.
– No me sorprendería demasiado, señora
– respondió el teniente Hobson—; y, sobre todo, confieso que la sorpresa sería muy agradable. Durante la buena estación, no es raro que los balleneros de Behring se remonten hasta estas latitudes, en especial desde que el océano Ártico se ha convertido en vivero de cachalotes y ballenas. Pero estamos a 23 de julio y el verano está ya muy avanzado. Toda la flotilla pescadora se encuentra, sin duda alguna, en los presentes momentos, en el golfo de Kotzebue, a la entrada del estrecho. Los balleneros desconfían, con razón, de las sorpresas del mar Ártico. Temen sus hielos y procuran no dejarse aprisionar por ellos. Y, ¡oh contraste!, esos icebergs, esos témpanos, ese banco de hielo que ellos tanto temen, son precisamente los que anhelamos nosotros con todo nuestro corazón.
– Ya vendrán, mi teniente —exclamó el sargento Long—; armémonos de paciencia, que, antes de un par de meses, dejarán de azotar las olas las tierras del cabo Esquimal.
– ¡El cabo Esquimal! —dijo Paulina Barnett, sonriendo—; ese nombre, como todos los que hemos dado a las bahías y puntas de la península, me parece un poco aventurado. Hemos perdido ya el puerto Barnett y el río Paulina, ¿quién sabe si el cabo Esquimal y la bahía de las Morsas no desaparecerán a su vez?
– También desaparecerán, señora —dijo el teniente Hobson—, y tras ellos, la isla Victoria entera, supuesto que nada la liga ya al continente y se halla fatalmente condenada a perecer. Este resultado es inevitable, de suerte que hemos creado en balde toda una nomenclatura geográfica. Menos mal que nuestras denominaciones no habían sido aún adoptadas por la Real Sociedad, y su digno presidente, Roderico Murchison, no tendrá que hacer borrar ningún nombre de sus mapas.
– ¡Sí, uno solo! — dijo el sargento.
– ¿Cuál? — preguntó Jasper Hobson?
– El cabo Bathurst — respondió el sargento.
– En efecto, tiene usted razón, sargento; hay que hacer desaparecer el cabo Bathurst de la cartografía polar.
Dos horas de reposo habían bastado a los exploradores, quienes se dispusieron a proseguir su viaje a la una de la tarde.
En el momento de partir, Jasper Hobson dirigió una última mirada, desde lo alto del cabo Esquimal, al mar que les rodeaba; y, después, como no viene nada que le llamase la atención, volvió a bajar y se unió a Paulina Barnett y al sargento que le esperaban.
– Señora —preguntó a la primera—, ¿ha olvidado usted la familia de esquimales que epcontramós en este lugar algo antes de terminar el invierno?
– No, señor Hobson —respondió la viajera—; por el contrario, he conservado de aquella simpática Kalumah un excelente recuerdo. Por cierto que ya no podrá cumplir la promesa que nos hizo de hacernos una visita este año eri el fuerte Esperanza. Pero, ¿a propósito de qué me dirige usted esa pregunta?
– Porque recuerdo un hecho, señóYa, al cual entonces no concedí mucha importancia, y que ahora acude a mi mente.
– ¿Cuál?
– ¿Se acuerda usted de aquel asombro, no exento de inquietud, de que los esquimales dieron muestras al ver que habíamos fundado una factoría en el cabo Bathurst?
– Perfectamente, señor Hobson.
– ¿Se acuerda usted que hice cuanto me fue posible por comprender, por adivinar el pensamiento de aquellos indígenas, sin lograrlo?
– En efecto.
– Pues bien, ahora —dijo el teniente Hobson— me explico perfectamente todos sus aspavientos. Por tradición, experiencia u otro motivo cualquiera, conocían, sin duda, la naturaleza de la península Victoria. Sabían que no habíamos edificado sobre un terreno sólido; pero como aquel estado anómalo de cosas debía datar de muchos siglos, no han debido considerar el peligro inminente y por eso no se han explicado de un modo más categórico.
– Así debe ser, señor Hobson —respondió Paulina Barnett—; pero seguramente Kalumah ignoraba las sospechas de sus compañeros, porque, si la pobre niña hubiese estado en el secreto, no habría titubeado en decírmelo.
Acerca de este particular fue Jasper Hobson de la misma opinión que Paulina Barnett.
– ¡Preciso es reconocer —dijo el sargento— que ha sido una gran fatalidad que hayamos venido a instalarnos en esta península precisamente en la época en que había de separarse del continente para navegar por los mares! Porque la verdad es, mi teniente, que hacía mucho tiempo que las cosas permanecían en este estado. ¡Tal vez siglos!
– Ya puede usted decir millares y millares de años, sargento —respondió Jasper Hobson— . Considere usted que esta tierra vegetal que pisamos ha sido traída aquí por los vientos, que esta arena ha volado hasta aquí grano a grano. ¡Considere usted el tiempo que han necesitado las simientes de pinos, abedules y madroños para germinar, multiplicarse y convertirse en arbustos y árboles! ¡Es posible que el témpano que nos sostiene y arrastra se soldase al continente aun antes de la aparición del hombre sobre la tierra!
– ¡Bien podía haber esperado algunos siglos más este caprichoso témpano antes de marcharse a la deriva! —dijo el sargento Long—. Así nos hubiera evitado numerosas inquietudes y tal vez muchos peligros.
Con esta razonable reflexión del sargento terminó la pequeña plática, y los tres exploradores reanudaron su viaje. Desde el cabo Esquimal a la bahía de las Morsas corría la costa sensiblemente de Norte a Sur, siguiendo la proyección del meridiano 127°. Por detrás divisábase, a una distancia de cuatro a cinco millas, la extremidad puntiaguda de la laguna, que reflejaba los rayos del sol, y, un poco más allá, las laderas cubiertas de bosque cuya verdura formaban marcp a sus aguas.
Algunas águilas silbadoras cruzaban el firmamento atronando el espacio con el ruido de sus alas. Numerosos animales de piel fina, como martas, visones y armiños, agazapados tras las dunas u ocultos entre los raquíticos matorrales de sauces y madroños, contemplaban confiados a los viajeros, cual si comprendiesen que no tenían que temer de ellos ningún tiro. Jasper Hobson descubría también algunos castores que erraban a la aventura, desorientados, sin duda, desde la desaparición del riachuelo. Sin cabañas donde abrigarse, ni corrientes de agua donde construir sus viviendas, estaban destinados a perecer de frío en cuanto se presentasen las grandes heladas. El cargento Long vio igualmente una banda de lobos que corría a través de la planicie.
Había, pues, motivos suficientes para creer que en la isla flotante había aprisionados animales de todas las especies polares, y que los carnívoros, cuando llegase el invierno, hananse temibles para los habitantes del fuerte, toda vez que les sería imposible ir a buscar su alimento a otros climas más templados.
Sólo los osos blancos parecían haber desaparecido de la isla, lo cual no era poca suerte; sin embargo, el sargento creyó distinguir, a través de un grupo de abedules, una enorme masa blanca que se movía lentamente; pero, después de un más detenido examen, creyó haberse equivocado. Esta parte del litoral, que confinaba con la bahía de las Morsas, era, por lo general, poco elevada sobre el nivel del mar. En determinados puntos apenas sobresalía sobre la masa líquida, de suerte que las últimas ondulaciones de las olas corrían, espumosas, sobre su superficie, como si se tratase de una extensísima playa. Era, pues, de temer que en esta parte de la isla hubiese descendido el suelo en época reciente; pero, como no existían puntos de referencia, era imposible comprobar esta modificación y determinar su importancia. Jasper Hobson arrepintióse de no haber establecido en los alrededores del cabo Bathurst, antes de su partida, señales que le hubiesen permitido apreciar los hundimientos, y deformaciones del litoral, y resolvió adoptar esta precaución a su regreso.
El carácter explorador de la excursión no permitía a los viajeros caminar con rapidez, pues se detenían con frecuencia a examinar el suelo, a indagar si había motivo para temer alguna fractura del litoral, teniendo que internarse a veces media milla en el interior de la isla. En ciertos puntos tuvo la precaución el sargento de clavar estacas de madera, que debían, en lo porvenir, desempeñar el papel de jalones especialmente en los parajes más abruptos cuya solidez parecía problemática. De este modo, sería fácil reconocer los cambios que se produjesen.
No obstante, se avanzaba siempre, aunque poco, y. a eso de las tres de la tarde, la bahía de las Morsas distaba sólo tres millas hacia el Sur; pudiendo desde luego Jasper Hobson hacer observar a Paulina Barnett la importante modificación que la ruptura del istmo había ya producido.
Antes, el horizonte hallábase limitado por una larga línea de alturas ligeramente arqueada, que forman el litoral de la extensa bahía de Liverpool. Ahora se hallaba formado por una línea de agua. El continente había desaparecido. La isla Victoria terminaba en un ángulo brusco, en el paraje mismo donde la fractura debió tener lugar, comprendiéndose claramente que, al doblar aquel ángulo, el mar inmenso se presentaría ante la vista, bañando la parte meridional de la isla en toda aquella línea, sólida en otro tiempo, que se extendía desde la bahía de las Morsas a la de Washburn.
Paulina Barnett contempló este nuevo aspecto no sin cierta emoción. Aunque ya se lo esperaba, su corazón latió con violencia. Buscó con la mirada aquel continente que faltaba en el horizonte, aquel continente que se encontraba ahora a más de doscientas millas de distancia, y sintió perfectamente que sus pies no se apoyaban ya en la tierra americana. Para todos los que poseen un alma sensible, es inútil insistir sobre este punto, y es justo hacer constar que Jasper Hobson y el sargento participaron de esta emoción.
Todos aligeraron el paso, con objeto de llegar cuanto antes al ángulo brusco que aún cerraba la parte Sur. El terreno se elevaba algo en aquella porción del litoral. La capa de tierra y arena era más espesa, lo que se explicaba por la proximidad de aquella parte al verdadero continente del cual formó parte la isla durante tanto tiempo. El espesor de la corteza helada y de la capa de tierra en aquellos lugares, aumentado probablemente cada siglo, demostraba por qué el istmo había resistido mientras un fenómeno geológico no provocó la ruptura. El terremoto del 8 de enero sólo había agitado el continente americano; pero la sacudida había bastado para segregar la península, entregándola a los caprichos del Océano.
Por fin, llegaron al ángulo a las cuatro de la tarde. La bahía de las Morsas, formada por una escotadura de la tierra firme, había desaparecido, por haber quedado unida al continente.
– A fe mía, señora —dijo el sargento Loflg a Paulina Barnett—, que es suerte para usted que no le hubiésemos dado su nombre a esta bahía.
– En efecto —respondió Paulina Barnett—; porque empiezo a convencerme de que soy una madrina desgraciada en materia de nomenclatura geográfica.