Los hermanos Kip

XV

HOBART TOWN

Tasmania, descubierta en 1642 por el holandés Abel Tasman, regada con sangre del francés Manon en 1772, visitada por Cook en 1784 y por Entrecasteaux en 1793, fue, por fin, reconocida como isla por Bass, cirujano de la colonia australiana. Se llamó primeramente Tierra de Van Diemen, en honor del gobernador de Batavia, capital del dominio colonial de los Países Bajos en esta parte del Extremo Oriente.

En 1804 fue cuando Tasmania pasó a poder de Gran Bretaña, en la época en que los emigrantes ingleses fundaron Hobart Town, su capital.

Después de haber pertenecido al territorio político de Nueva Gales del Sur, una de las provincias de la Australia meridional, de la que sólo está separada por las 150 millas del estrecho de Bass, la Tierra de Van Diemen se desligó por completo de aquélla, y desde entonces conserva su autonomía bajo el protectorado de Inglaterra, como la mayor parte de las posesiones británicas.

Es una isla casi triangular, situada en el 43 paralelo sur y el 147 meridiano al este de Greenwich. Es bastante grande, pues mide 175 millas por 150, aproximadamente; es fértil, puesto que en ella se recolectan en abundancia todas las producciones de la zona templada. Dividida en nueve distritos, tiene dos ciudades principales, Hobart Town y Lanwceston —antiguamente PortDelrympe—; la una en la costa septentrional, en la meridional la otra, unidas por una magnífica carretera construida por los reclusos australianos.

Los primeros habitantes de Tasmania fueron penados, y allí se fundaron importantes establecimientos penitenciarios, entre otros, el de Puerto Arturo. Actualmente, gracias al genio colonizador de Inglaterra, aquél es un país de hombres libres donde la civilización ha echado profundas raíces, y reina en el solar donde en otro tiempo imperaba el salvajismo más completo.

La población indígena ha desaparecido. En 1884 se pudo mostrar como una curiosidad etnológica el último, o, mejor dicho, la última tasmaniense, una anciana del país. De aquellos negros estúpidos y feroces, del más ínfimo orden dentro de lo humano, no existe ni un solo representante; y lo mismo sucederá con los de Australia, que irán desapareciendo al empuje civilizador de Gran Bretaña.

Hobart Town está construida a nueve millas de la desembocadura del río Derwent, en el fondo de la bahía de Sullivan-Cove. Su trazado es regular, demasiado regular tal vez, a semejanza de las poblaciones americanas, en las que todas las calles se cortan en ángulos rectos; pero sus alrededores son pintorescos en extremo, con sus valles profundos, sus espesos bosques dominados por las altas montañas. Por otra parte, la extraordinaria escotadura del litoral alrededor de Storm Bay, las múltiples franjas de Cookville Island, los caprichosos accidentes de la península de Tasman, dicen cuán grande fue la violencia de las fuerzas telúricas durante el período plutoniano de formación.

El puerto de Hobart Town está muy abrigado de los vientos de alta mar. Sus aguas son profundas y el anclaje es muy seguro en plena rada. Está defendido por una escollera, que hace el oficio de rompeolas, y el James Cook encontró en el muelle su sitio habitual, frente al comptoir de la casa Hawkins.

Hobart Town no tiene más que 25 o 26.000 habitantes. Todos se conocen en aquella sociedad de armadores, de negociantes, de agentes marítimos, que constituyen el núcleo más considerable de aquella población esencialmente comercial. Y aunque los estudios artísticos, científicos y literarios no dejan de cultivarse, es natural que sea el comercio lo que ocupe el primer lugar. El territorio tasmano es de una gran fertilidad; los bosques son, por decirlo así, inagotables. En cuanto a las producciones del suelo, bajo una latitud que es la de España en el hemisferio septentrional, produce cereales, café, tabaco, té, lino, lana, algodón, vino, azúcar, etc. El ganado abunda extraordinariamente, y respecto a sus frutas, ha podido decirse: Tasmania bastaría para surtir de conservas a todo el resto del mundo.

Hawkins ocupaba una posición muy distinguida entre el alto comercio de Hobart Town. Su casa, de la que el pobre Gibson formaba parte en calidad de asociado y de capitán para hacer el cabotaje en gran escala, gozaba de la estimación y simpatía públicas. La desgracia que acababa de herirle había de tener una dolorosa resonancia. Y antes de que el James Cook hubiera lanzado a tierra sus amarras, la ciudad tenía la certidumbre de que se había producido a bordo alguna catástrofe.

En cuanto el bergantín fue avistado por el vigía del semáforo, uno de los empleados del comptoir fue a prevenir a la señora Hawkins, que, acompañada de su amiga la señora Gibson, acudió al puerto apresuradamente. Las dos querían estar allí cuando el James Cook atracase al muelle.

Su presencia fue objeto de algunos cuchicheos y miradas de conmiseración. Efectivamente, no había lugar a dudas; el pabellón británico flotaba a media driza.

Unos cuantos marineros que lo observaban desde la escollera cambiaron las siguientes impresiones:

– ¡Ha ocurrido a bordo una desgracia!…

– Algún marinero que habrá sucumbido durante la travesía.

– Es seguro que alguien ha muerto.

– Puede que haya sido el capitán.

– ¿Llevaba pasajeros el James Cook?

– Sí, según han dicho, debió recoger en Wellington al señor Hawkins y a Nat Gibson.

– ¿Se pondría el pabellón de duelo por un hombre de la tripulación?

– ¡Desde luego!

Las dos señoras no estaban lo bastante al corriente de las costumbres marinas para observar lo que ya había sorprendido a la gente del puerto. Se hubieran guardado bien de llamarles la atención acerca del caso. Hubiese sido alarmarlas, acaso sin razón.

Pero cuando el bergantín llegó al muelle, cuando la señora Gibson no reconoció a su marido en el capitán que mandaba la maniobra, cuando no vio a su hijo lanzarse para estrecharla en sus brazos, sino sentado a popa, las facciones contraídas, sin atreverse apenas a mirarla, y cerca de él a Hawkins en dolorosa actitud, se le escapó este grito:

– ¡Harry!… ¿Dónde está Harry?

Un momento después, Nat estaba a su lado y la estrechaba contra su corazón, sofocándola a besos en medio de sus sollozos. Y entonces fue cuando comprendió la espantosa desgracia, y murmurando con voz angustiada algunas frases, hubiera caído a tierra, si Hawkins no le hubiera servido de apoyo.

– ¡Muerto!… —le dijo.

– ¿Muerto? —repitió con espanto la viuda.

– ¡Muerto!… ¡Asesinado!

La infeliz señora se desvaneció, y hubo necesidad de colocarla en un coche; a su lado tomaron asiento su hijo y los señores Hawkins. El carruaje, dando la vuelta al puerto, se dirigió hacia aquella casa en la que entraba el hijo y adonde el padre no había de volver. La desgraciada viuda fue trasladada a su habitación sin recobrar el conocimiento. Se pasó más de una hora sin que pudiese responder más que con lágrimas a los sollozos de su hijo.

Aquella funesta noticia corrió por la ciudad como un reguero de pólvora. La sensación fue muy honda; tanta era la simpatía de que gozaba entre sus conciudadanos la honrada familia de Gibson. Y, además, que nada entristece tanto como el regreso a su puerto de matrícula de un barco que no lleva a bordo su capitán.

El armador pidió a Karl Kip que continuase en sus funciones durante la descarga del James Cook. Éste no emplearía más que unos cuantos días, y los dos hermanos podrían vivir a bordo. Esto no era obstáculo para que se procurasen paraje en un barco que fuese a Europa, y el armador les tendría al corriente de todas las expediciones.

Karl y Pieter Kip aceptaron de muy buen grado la proposición de Hawkins, quien procuraría inmediatamente ponerles en comunicación con su casa de comercio.

El primer cuidado de Karl Kip fue conferenciar con el oficial del puerto, a fin de tomar sus medidas respecto a Flig Balt y sus cómplices.

Este oficial no tardó en presentarse en el James Cook, donde se enteró de la sublevación ocurrida a bordo en las condiciones que el lector ya conoce.

– ¿El contramaestre está en el cepo? —preguntó.

– Sí, señor, con dos marineros reclutados en Dunedin —contestó Karl Kip.

– ¿Y el resto de la tripulación?

– Salvo tres o cuatro que desembarcaré, con los demás puedo contar totalmente.

– Bien, señor —dijo el oficial—; voy a enviarle un piquete de constables, y los rebeldes serán encerrados en la prisión del puerto.

Un cuarto de hora después estaban en cubierta los agentes de policía.

Flig Balt, Len Cannon y Kyle fueron entonces extraídos de la cala.

El contramaestre, con los dientes apretados, sin pronunciar una palabra, se limitó a lanzar sobre Karl Kip una mirada de odio y de venganza.

Len Cannon, más demostrativo, le amenazó con el puño, saludándole con un chaparrón de injurias tales, que uno de los constables le tuvo que amordazar.

Durante este tiempo, Vin Mod, inadvertido detrás del cabestrante, pudo deslizar en el oído de Flig Balt estas palabras:

– No se ha perdido todo… Haga usted lo convenido… Se encontrarán los papeles y el dinero…

Evidentemente Vin Mod había conseguido comunicar con el contramaestre, a pesar de todas las precauciones adoptadas. Entre ellos había un plan, al que Flig Balt había de acomodarse. Así es que al oír a su cómplice contestó con un imperceptible gesto afirmativo.

Cuando los constables se disponían a llevarse a los tres prisioneros, produjéronse murmullos en el grupo formado por Sexton, Bryce y el cocinero Koa. Pero fueron reprimidos inmediatamente, y poco faltó para que el capitán no los enviase a hacer compañía a sus compinches.

Un instante después Flig Balt, Len Cannon y Kyle desembarcaban en el muelle, y, seguidos de una multitud bulliciosa, ingresaron en la prisión del puerto, donde habían de permanecer hasta el día de su comparecencia ante el Consejo marítimo.

Inmediatamente después de la partida de los rebeldes, Karl Kip llamó a Vin Mod, Sexton, Bryce y el cocinero, y sin más explicaciones les despidió, con prohibición absoluta de reaparecer a bordo bajo ningún pretexto. Podían dirigirse al comptoir del armador, donde se les liquidaría su cuenta.

Vin Mod esperaba esta solución, que sin duda alguna le satisfacía. Desapareció por la escotilla, y poco después estaba en el puente con su saco. En cuanto a Sexton y Bryce, ya sabemos en qué condiciones embarcaron en Dunedin para escapar de las garras de la policía después de los incidentes ocurridos en la taberna de Las Tres Urracas, y todo su equipaje lo llevaban consigo.

– Vámonos —les dijo Vin Mod.

Y siguieron al marinero, que los condujo primeramente a las oficinas del armador, luego a una casa conocida, donde los tres tomaron hospedaje.

Ahora, con Hobbes, Wickley, Burnes y Jim, Karl Kip no tenía nada que temer. Con ellos bastaría para el servicio de a bordo hasta que concluyese la descarga del James Cook.

No es posible describir la angustiosa noche que Nat Gibson pasó con su madre. La señora Hawkins no quiso abandonar un momento a la desgraciada mujer para prodigarle de continuo sus cuidados, sus cariñosas solicitudes.

Fue necesario contar la dolorosa historia… ¡No hubo más remedio que decir cómo había muerto el infortunado capitán, sin que hubiese sido posible encontrar la pista del asesino!… ¡Fue indispensable indicar en qué rincón del reducido cementerio de Kerawara reposaba su marido!… ¡Imposible evitar que viese las fotografías que Hawkins había hecho!… ¡Lo pidió con tal insistencia, que no hubo manera de rehusar!… Y cuando vio la imagen fiel del capitán con el pecho desgarrado por el puñal asesino, los ojos desmesuradamente abiertos, fijos sobre ella, la acometió un ataque de nervios, y fue necesario velarla durante aquella interminable noche.

Al día siguiente la visitó un médico, que logró calmar sus nervios. Pero ¡qué existencia le esperaba entre las tristezas de aquella casa!

Transcurrieron los días. Habíase concluido la descarga del bergantín, bajo la dirección de Karl Kip. Las 300 toneladas de copra y las cajas de nácar estaban ya depositadas en los almacenes del comptoir. Los marineros ocupábanse en el desarme y limpieza del barco desde la cala hasta el puente. El James Cook no debía volver al mar hasta pasados algunos meses; después de que la tripulación hubo cobrado su paga, se condujo el bergantín al fondo del puerto, donde permanecería bajo la vigilancia de un guarda.

Los hermanos Kip tuvieron que tomar alojamiento en tierra. Inútil es decir que estaban en continua relación con el armador. Comieron en su casa varias veces, y la señora Hawkins, que participaba de los sentimientos de su marido, les daba constantes muestras de simpatía.

La viuda de Gibson no recibía a nadie. Una o dos veces, sin embargo, hizo una excepción en obsequio de los dos hermanos, quienes, respetando su dolor, observaron una extremada reserva en su presencia. En cuanto a Nat Gibson, que había ido varias veces a bordo, ya sabemos que profesaba un verdadero afecto a los dos náufragos que le debían su salvación.

El 7 de enero, antes de que Karl y Pieter Kip hubiesen abandonado el barco, el armador estuvo conversando con ellos acerca de su situación, y no es de extrañar que les hiciera la siguiente proposición:

– Señor Karl —le dijo—, no tengo más que motivos de agradecimiento hacia usted por su abnegación y celo en las tristes circunstancias que se ha encontrado nuestro barco… Debemos a usted su salvación y la de todos los que íbamos a bordo. Sin su intervención es seguro que hubiéramos perecido durante aquella horrorosa tempestad que nos abordó en el mar del Coral…

– Me considero feliz, señor Hawkins, por haber logrado serle útil.

– Y yo por darles las gracias —repuso el armador—. Si el james Cook, hubiera podido hacerse a la mar en plazo breve, yo le hubiera ofrecido el mando del barco.

– Es usted muy bueno, señor Hawkins, y su proposición me honra en extremo. Hubiera aceptado sin vacilar si los apremiantes graves asuntos que usted ya conoce no nos llamasen a Europa.

– Efectivamente, señor Hawkins —añadió Pieter—, estamos deseando saber que parte un barco cualquiera en esa dirección.

– Lo comprendo —declaró Hawkins—; pero no me separaré de ustedes sin verdadero disgusto; tal vez no nos volvamos a ver…

– ¡Quién sabe!… Una vez arreglados nuestros asuntos en Groninga, donde nuestra presencia es indispensable, ¿por qué no hemos de establecer relaciones comerciales entre nuestras dos casas?

– Lo deseo vivamente, y me satisfaría mucho que así fuera.

– Y a nosotros también —contestó Karl—. Yo pienso buscar un puesto en un barco en cuanto acabemos nuestra liquidación, y es posible que vuelva a Hobart Town.

– Donde siempre será usted recibido como amigo —aseguró Hawkins, con el tono más cordial del mundo—. Ya saben ustedes que tienen mi caja abierta. Lo perdieron todo en el naufragio de la Wilhelmina, y ahora necesitan dinero… Ya arreglaremos cuentas más tarde…

– Damos a usted las gracias por tanta bondad, y espero que no tengamos necesidad de hacer uso de ella. Tal vez encuentre ocasión de llenar las funciones de segundo en un navío que nos conduzca a Europa, y con mis emolumentos podré pagar el pasaje de mi hermano…

– Bien, señor Karl; pero si esta ocasión no se presenta, no olvide usted que estoy a su disposición.

Los dos hermanos contestaron con un apretón de manos.

– En todo caso —repuso el armador—, conste que le adeudo a usted los honorarios de capitán por esta última parte de la travesía del James Cook, y no podrá usted rehusarlos.

– Sea, señor Hawkins —contestó Karl Kip—; pero no podemos olvidar el recibimiento que obtuvimos a bordo. Usted se ha conducido con nosotros, pobres náufragos, como hombre de corazón, y, sea lo quiera, siempre resultaremos nosotros los deudores.

Entonces Hawkins prometió buscar un barco que condujese a los hermanos Kip. Los tendría al corriente de las salidas de puerto, y haría cuanto estuviera de su parte por proporcionar a Karl una plaza de segundo, que le permitiera regresar a Europa sin auxilio de nadie, ya que ése era su deseo.

Luego, el armador y los dos hermanos se separaron, no sin cambiar sus calurosas protestas de afecto y amistad.

Karl y Pieter Kip se ocuparon en buscar un alojamiento modesto donde estar hasta su salida de Hobart Town. Tuvieron, pues, ocasión de visitar la ciudad, que no conocían.

Es indudable que la capital de Tasmania merece la atención de los turistas. Hobart Town es una de las poblaciones más bonitas de la Australia británica. Sus calles son largas, aireadas, bien cuidadas, con árboles que dan sombra a las casas, pequeñas y agradablemente dispuestas. No le faltan squares, y tiene un magnífico parque de una extensión de 400 hectáreas, que domina al oeste el monte Wellington, cuyas nevadas cumbres se pierden entre las nubes.

Durante sus paseos, Karl y Pieter encontraron con frecuencia a algunos marineros del James Cook, entre otros, a Vin Mod y Bryce. ¿Estaban en disponibilidad de embarque, o se proponían permanecer algún tiempo en tierra?… En todo caso, parecía que aquellos hombres eran inseparables, pues siempre se les veía juntos por las calles de la población. Pero lo que Pieter y Karl Kip no advirtieron fue la persecución constante de que fueron objeto por parte de Vin Mod y Bryce, durante todo el tiempo que estuvieron buscando alojamiento.

A los dos marineros les interesaba evidentemente conocer el domicilio de los hermanos Kip, que se hubieran puesto sobre aviso, de haber oído estas palabras, cambiadas entre Vin Mod y su compañero:

– ¡No van a concluir nunca!… ¡Cuidado que son dificultosos para encontrar hotel!…

– ¡Y eso que deben de tener el bolsillo vacío, o poco menos! —hizo observar Bryce.

– A menos que ese animal de armador, que el demonio se lleve, no se haya cuidado de llenárselo…

– Pero, por lo visto, no les ha ofrecido alojamiento —repuso Bryce.

– ¡No, afortunadamente! —exclamó Vin Mod—. Preferiría, antes que eso, pagarles una hermosa habitación de diez chelines diarios.

Estas impresiones, cambiadas entre Vin Mod y Bryce, probaban dos cosas: primera, que se preocupaban de dónde iban a vivir los hermanos Kip; segunda, que si Hawkins les ofrecía hospitalidad en su casa, experimentarían una gran contrariedad.

¿Cuáles eran sus proyectos?…

Seguramente alguna fechoría contra los hermanos Kip, y sin duda era interesante que pudieran introducirse en su domicilio.

La cosa sería posible si los hermanos iban a vivir a un hotel; pero no había esperanza de realizarlo si se alojaban en casa del armador.

Ésta fue, pues, la razón del continuo espionaje de que hicieron objeto a los dos hermanos, sin preocuparse de que pudieran ser vistos.

El 8 de enero pudieron satisfacer su interesada curiosidad.

Por la mañana, el marinero Burnes, llevando la caja encontrada en los restos de la Wilhelmina, que contenía todo lo perteneciente a Karl y Pieter Kip, acompañaba a estos dos por una de las calles próximas al puerto.

Allí, no en un hotel, sino en una casa de modesta apariencia, habían escogido una habitación en el primer piso.

Vin Mod se aproximó para asegurarse bien, y cuando se hubo reunido con Bryce, que le esperaba en el muelle, le dijo:

– Flect street, posada del Great Old Man… ¡Ya les tenemos!

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