Los hermanos Kip

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REMONTANDO HACIA EL NORTE

Cuando se disiparon las últimas sombras de la noche, todas las miradas escudriñaron el mar en torno del bergantín. El James Cook ocupaba el mismo lugar que la víspera, a tres millas al este de Entrecasteaux, con la misma inmovilidad que si hubiese estado anclado. Ninguna corriente se dejaba sentir, ni un soplo de viento rizaba la superficie del mar, hinchado levemente por un lento y suave oleaje que no desplazaba el barco ni una braza.

No había a la vista ni una piragua; únicamente flotaban aquí y allá los restos de la que el proyectil había destrozado. En cuanto a los que la tripulaban, o fueron recogidos por sus compañeros o tragados por el abismo.

El capitán examinó con el anteojo todo el litoral de la isla y los arrecifes de coral que rodeaban el extremo meridional de la misma. Millares de pájaros volaban por encima de las rocas. No se divisaba ni un hombre ni un bote, y era indudable que los indígenas habían desaparecido para no volver.

Sin embargo, era prudente huir de aquellos parajes todo lo antes posible. Por ciertos indicios, Gibson conoció que la brisa no tardaría mucho en levantarse.

Ésta fue también la opinión de Karl Kip cuando el sol se elevó entre los purpurinos vapores del horizonte. El mar sentía algo en esta dirección, como lo acusaba un ligero rumor que procedía de aquella parte.

– Me sorprendería mucho que no tuviésemos buen viento antes de un par de horas —dijo el capitán.

– Y si se mantiene nada más que cuatro días, arribaremos a puerto — afirmó el armador.

– Efectivamente, apenas si nos faltan trescientas millas para llegar a Nueva Irlanda.

Suponiendo que así fuera, que la calma cesara en aquella mañana, la navegación del James Cook resultaría muy favorecida. Se encontraba entonces en plena zona de los vientos alisios del sudeste, que reinan de mayo a noviembre, a los cuales sucede el monzón durante los otros meses del año.

El capitán Gibson estaba dispuesto a largar sus velas en cuanto el viento las pudiera hinchar. Nunca sería pronto para alejarse de esta peligrosa región de las Luisíadas. Impulsado por un buen viento, nada había que temer de las piraguas, si los indígenas intentaban repetir el ataque.

Pero no había cuidado de que volvieran a parecer. Así es que los fusiles y revólveres volvieron a su armero, y se retiró también el cañoncito de su emplazamiento, porque el bergantín no tenía para qué permanecer por más tiempo a la defensiva.

Hablando de los sucesos de la víspera, Gibson aludió a la bala que se le llevó el sombrero, en el momento en que Karl Kip rechazaba al capitán de los indígenas, precipitándole en el mar.

– ¡Cómo! —exclamó el armador lleno de extrañeza—. ¿Tú has estado expuesto?…

– A ser una baja del combate, amigo mío —le interrumpió Gibson—; ha estado en un tris que la bala no me agujerease la cabeza…

– No sabíamos nada —dijo el menor de los Kip—. Pero ¿está usted seguro de que era una bala y no una azagaya de alguno de esos salvajes?

– No —contestó Nat—. Aquí está el sombrero de mi padre, y ya ven ustedes que está atravesado por una bala.

Después del examen del sombrero, no quedó duda alguna acerca del caso. En suma, no era de extrañar que, durante la lucha, en medio de aquella profunda oscuridad, uno de los revólveres hubiera sido mal dirigido; y no se volvió a pensar más en ello.

Hacia las siete y media la brisa había adquirido bastante fuerza y regularidad para que el bergantín pudiera continuar su ruta. Terminado el aparejo, el James Cook reanudó su navegación, interrumpida hacia veinte horas.

Antes de mediodía había doblado el extremo norte de la isla de Entrecasteaux. Más allá apareció por última vez la costa oriental de Nueva Guinea, dominada por las altas montañas que proyectaban sobre el azul del cielo su caprichosa cresteria.

El mar estaba completamente desierto en toda la extensión que la vista podía abarcar. Había desaparecido el temor de una segunda agresión. Al este se desarrollaba la inmensa llanura líquida, que sólo el horizonte limitaba.

Sin embargo, a falta de los ataques por parte de los indígenas, era preciso contar con los bruscos golpes de viento que tan peligrosa hacía aquella zona del Pacífico entre las islas Salomón y los archipiélagos del norte. Duran poco tiempo, y sólo son temibles para los capitanes negligentes o poco prácticos, víctimas de sus sorpresas.

Se les llama simiente negra, y un barco que no esté sobre aviso se expone a zozobrar.

Durante todo aquel día y la noche siguiente no hubo necesidad de precaverse contra ese peligro. La dirección del viento continuó invariable. Cuando el James Coa hubo dejado a babor la isla de Mouyon, árida y desierta, que surge en medio de un anillo coralino, encontró un mar más desembarazado de bancos madrepóricos y pudo mantener su marcha a una velocidad media de diez millas por hora.

En estas condiciones, fácil es comprender que la ocasión tan deseada por Flig Balt, Vin Mod y los otros no se presentaba. Gibson, su hijo, el armador y los hermanos Kip no pasaban las noches en sus camarotes; ni los marineros Hobbes, Wickley, Burnes y Jim, el grumete, desaparecían de cubierta. Era, pues, imposible desembarazarse del capitán… por accidente, puesto que nunca estaba solo.

El bergantín no encontró ningún barco en su ruta. Esto se debía a que los comptoirs no son bastante numerosos, no tienen toda la importancia que debían tener en estos archipiélagos, y, por consiguiente, no hay tráfico constante que el porvenir desarrollará sin duda alguna.

He aquí cómo están distribuidos los archipiélagos, desde el doble punto de vista político y geográfico.

Desde hace muchos años, Inglaterra, según su costumbre, ejercía, más o menos legalmente, su protectorado sobre las islas vecinas de Nueva Guinea, cuando en 1884 intervino una comisión mixta de Alemania y del Reino Unido.

Como consecuencia de las negociaciones entabladas, todas las islas existentes en estos parajes, hasta el 41° del meridiano de Greenwich, fueron declaradas posesión germánica.

Constituían una población calculada en 100.000 almas, que acrecentaban el dominio colonial de Alemania, que había tenido buen cuidado de favorecer la emigración.

Por lo que a este relato respecta, conviene llamar la atención del lector sobre el grupo principal.

Las dos islas más importantes del mismo son Tombara, o Nueva Irlanda, y Birara, o Nueva Bretaña. La primera está separada de Nueva Guinea por el estrecho de Dampier. El canal Saint-Georges se dibuja entre la parte sur y la nordeste de la segunda, en medio de numerosos arrecifes coralinos.

El mapa indica a continuación la isla Nueva Hannover, la isla de York, y algunas otras, habitadas o desiertas, y que en total tendrán una superficie de 1680 kilómetros cuadrados.

Después del tratado de particiones entre las dos potencias, cambiaron de nombre algunas islas: así Tombara, o Nueva Irlanda, se denominó Nueva Mecklenburg; Birara, o Nueva Bretaña, se convirtió en Nueva Pomerania. York se llamó Nueva Senimburg. Solamente Nueva Hannover ha conservado su nombre, y con razón, puesto que estaba ya germanizado.

Quedaba por bautizar el conjunto de estas islas, que constituyen una posesión de bastante importancia en aquella parte del Pacífico. Actualmente este grupo se denomina archipiélago Bismarck.

Pieter Kip preguntó a Hawkins qué relaciones comerciales tenía con el archipiélago, y especialmente con Nueva Irlanda.

– Yo estaba en relación con una casa de Wellington, en Nueva Zelanda, que tenía negocios en Tombara —dijo el armador.

– ¿Antes del tratado de particiones, señor Hawkins?

– Sí, señor Kip, unos diez años antes; y cuando aquella casa liquidó, continué yo con sus negocios. Luego, después del convenio entre Inglaterra y Alemania en 1884, me puse en contacto con los nuevos comptoirs, fundados por los colonos alemanes.

– ¿El comercio se ha desarrollado más después del tratado?

– Seguramente, señor Kip; y creo que ha de adquirir mayores proporciones… La raza teutónica emigra con la esperanza de hacer fortuna.

– ¿Y qué exporta el archipiélago principalmente?

– Nácar, que es aquí muy abundante; y como se encuentran en estas islas los cocoteros más hermosos del mundo, como tendrá usted ocasión de apreciar, proporcionan grandes cargamentos de copra, del que tomaremos trescientas toneladas en Port Praslin.

– ¿Y cómo ha establecido Alemania su dominación en el archipiélago?

– Muy sencillamente: arrendando las diferentes islas a una compañía comercial. En realidad su poder no está muy extendido, y su acción sobre los indígenas es poco considerable. Se limita a procurar la seguridad de los emigrantes y la de las transacciones.

– Como dice el señor Hawkins —dijo Nat Gibson, interviniendo en la conversación—, todo indica que la prosperidad del archipiélago aumentará con el tiempo. Se han podido comprobar grandes progresos, sobre todo en Tombara, descubierta en 1616 por el holandés Shouten. Fue uno de sus compatriotas, señor Kip, el primero que se aventuró a través de estos peligrosos mares.

– Lo sé, señor Nat. Holanda ha dejado su huella en estos parajes, y cuenta con muchos marinos ilustres.

– Así es —dijo el capitán Gibson.

– Sin embargo, no ha conservado todos sus descubrimientos —hizo observar el armador.

– No; pero al conservar las Molucas le ha quedado una buena parte, y ha cedido voluntariamente a Alemania su archipiélago Bismarck.

El navegante Shouten fue, efectivamente, quien a principios del siglo XVII recorrió la parte oriental de Nueva Irlanda. Las primeras relaciones con los indígenas fueron hostiles, y muchos de éstos pagaron con la vida sus ataques a los europeos.

Después de Shouten fue también un holandés, Tasman, el que dio su nombre a Tasmania, llamada también Dimania, porque otro holandés, Van Diemen, visitó esta costa en 1643.

Después de éstos fueron los ingleses, y entre ellos Dampier, que dio nombre al estrecho que separa Nueva Guinea de Birara. Dampier recorrió la costa de norte a sur, desembarcó en varios puntos, teniendo que rechazar la agresión de los insulares en una había que él denominó de los Honderos.

En 1767, Carteret, un navegante inglés, visitó la parte sudoeste de la isla e hizo escala en Port Praslin.

En 1768, en el curso de un viaje alrededor del mundo, Bougainville fondeó también en Port Praslin, y le dio este nombre en honor del ministro de Marina promotor del primer viaje de los franceses alrededor del mundo.

En 1792 Entrecasteaux se dirigió hacia la parte occidental de la isla, desconocida hasta entonces, marcó sus contornos y pasó una semana en el abra Carteret.

Por último, en 1823, Duperrey condujo su navío a Port Praslin, levantando el plano hidrográfico de aquel lugar. Tuvo frecuentes relaciones con los indígenas, que las piraguas conducían desde el poblado de Like-Like, establecido en la parte oriental de Nueva Irlanda.

En la mañana del 18 hubo que variar el rumbo del bergantín durante algunas horas. El viento, que soplaba con la constancia habitual de los alisios, cambió súbitamente. Las velas batieron contra los palos, y el James Cook se encontró sin gobierno.

Esta modificación meteorológica no podía coger desprevenido a tan excelente marino como el capitán Gibson.

En este momento Karl Kip, que observaba el horizonte, le señaló una nube, cuya marcha debía de ser muy rápida, porque por instantes su volumen crecía a simple vista.

– Vamos a tener vendaval —dijo el capitán Gibson.

– Creo que no durará mucho —repuso el mayor de los Kip.

– No, pero puede ser de gran violencia.

Inmediatamente, obedeciendo la orden del capitán, los marineros empezaron a recoger velas. El James Cook quedó bajo sus gavias, su trinquete y su segundo foque.

Ya era tiempo. Apenas el bergantín había reducido su velamen, el vendaval se desencadenó con extraordinaria impetuosidad.

Mientras los marineros estaban en su puesto, el capitán delante de la camareta, Hawkins, Nat Gibson y Pieter Kip habían ganado la popa. Karl Kip se había puesto al timón, y entre sus manos el bergantín maniobraría hábilmente.

Al primer asalto del viento, el barco fue sacudido como en un abordaje. Se inclinó de tal modo sobre estribor, que la extremidad de su gran verga se mojó en el agua. Una rápida virada lo levantó y lo mantuvo. Mejor que mantenerse a la capa, haciendo frente al vendaval, el capitán prefirió huir delante de él, sabiendo, por experiencia, que estos huracanes pasan como meteoros y duran poco.

Sin embargo, era cosa de preguntarse si no sería arrastrado el bergantín hasta las islas Salomón, por lo menos hasta la de Bougainville, la primera de este grupo que se extiende al nordeste de las Luisíadas.

Lógicamente, Flig Balt y Vin Mod no experimentaron contrariedad alguna al ver que se apartaban de su ruta. Al contrario, todo lo que fuese retardar su viaje a Nueva Irlanda favorecía sus propósitos. Este archipiélago de las Salomón es propicio a los golpes de mano. Abundan allí los aventureros, y sus parajes han sido frecuentemente teatro de escenas criminales. El contramaestre podía encontrar algún antiguo conocido, que seguramente no había de negarle su concurso.

Por otra parte, Len Cannon y sus camaradas le apremiaban sin cesar. No querían continuar la navegación en estas condiciones, y no cesaban de repetirle:

– Si no damos el golpe antes de Port Praslin, nosotros desembarcarnos allí para no volver a bordo… Es cosa resuelta.

– Y ¿qué vais a hacer en Nueva Irlanda? —observaba Vin Mod.

– Nos quedaremos como colonos —contestaba Len Cannon—. Los alemanes necesitan brazos. Esperaremos alguna buena ocasión, que no había de presentarse en Tasmania, y de ninguna manera pisaremos nunca Hobart Town.

Esta resolución era más bien una añagaza para hostigar a Flig Balt y a su cómplice. Sin los cuatro bribones de Dunedin no tenían más remedio que renunciar a sus proyectos. ¿Y había de terminar la campaña del James Cook sin haberlos llevado a cabo?

Si Len Cannon, Kyle, Sexton y Bryce desertaban en Port Praslin, el capitán se encontraría imposibilitado de hacerse a la mar. No había que pensar en que había de poder sustituirles. Port Praslin no era Dunedin, ni Wellington, ni Auckland, donde pululan de ordinario marineros en disponibilidad de embarque.

Aquí no hay más que colonos, instalados por su cuenta, o empleados de las casas de comercio. No hay, pues, posibilidad de completar una tripulación.

Pero el capitán Gibson ignoraba todo lo que se urdía contra él y su barco. Los nuevos marineros no daban lugar a ninguna queja. En cuanto al contramaestre, siempre adulador, siempre obsequioso, no podía despertar sospechas. Si había conseguido engañar también a Hawkins, no había tenido la misma fortuna con los hermanos Kip, que sentían hacia él instintiva desconfianza y habían guardado cierta reserva, que no pasó inadvertida para el astuto Flig Balt. ¡Verdaderamente que había sido mala sombra salvar a estos náufragos en la isla de Norfolk!… ¡Y si todavía los dejaran en Port Praslin!… Pero no; ¡habían de llevarles hasta el fin del viaje, hasta Hobart Town!…

La esperanza de que pudiera el viento transportarles hasta los siniestros parajes de las Salomón duró poco en el ánimo de los criminales. Al cabo de tres horas, durante las cuales sopló con violencia inaudita, el viento se calmó súbitamente. Bajo la mano de Karl Kip el barco se portó admirablemente, sin recibir ninguno de esos golpes de mar tan temibles cuando se navega huyendo del vendaval. En estos casos un barco no puede gobernarse, o se gobierna mal, y nada más difícil que evitar las embestidas del mar. Karl Kip había tenido ocasión de demostrar su habilidad y su sangre fría. Ningún hombre de la tripulación hubiera manejado tan bien el timón durante la borrasca.

Si el viento se calmó de improviso, no siguió su ejemplo el mar; espantosamente agitado. Sus olas entrechocaban con tal furia, que no parecía sino que el barco navegaba en medio de rompientes o de la escora de bancos madrepóricos. Y, sin embargo, en la atmósfera reinaba la calma, y después de la lluvia torrencial que había acompañado al vendaval y vaciado las nubes del oeste, los alisios recobraron enseguida su dirección normal.

El bergantín, con sus amuras a estribor, hizo tan buena marcha, que al día siguiente, 19, se encontraba por el canal de San Jorge, estrechamente encajonado entre las dobles alturas de Nueva Irlanda y de Nueva Bretaña.

El canal no medía más que unas cuantas millas de ancho. La navegación no se hace cómodamente por entre sus peligrosos arrecifes, pero abrevia la distancia en una mitad, por lo menos.

Y ya no había más qué hacer, puesto que Port Praslin está situado en la parte sur de Nueva Irlanda, sobre el litoral del Pacífico, cerca del cabo de San Jorge, casi a la entrada del estrecho.

Como el James Cook navegaba muy cerca de tierra, el armador, Nat y los hermanos Kip tuvieron ocasión de observar toda aquella parte de la costa.

La orografía de la isla está formada por una doble cadena de montañas de una altura media de 6000 pies. Los bosques las llenan por completo, desde la falda a la cima. Impenetrables a los rayos del sol, despréndese de ellos una humedad constante, y la temperatura es más soportable que en otras comarcas vecinas al ecuador, donde el aire es seco y abrasador. Esta circunstancia atenúa, afortunadamente, el calor que reina de ordinario en el archipiélago Bismarck, y es raro que la columna termométrica se eleve por encima de 30 grados centígrados.

Durante esta jornada el bergantín sólo se cruzó con unas cuantas piraguas, de velas cuadrangulares. Se deslizaban a lo largo de la costa, sin tratar de acercarse al James Cook. Nada había que temer de estos indígenas de Nueva Irlanda, o, mejor dicho, de Nueva Mecklenburg, desde que el archipiélago está bajo el pabellón de Alemania.

Ningún incidente turbó la noche. Cuando volvió la brisa, después de veinticuatro horas de calma, fue preciso maniobrar con reducido velamen por entre los bancos madrepóricos y los arrecifes coralinos, muy numerosos en las proximidades de Port Praslin. Toda la tripulación tuvo, pues, que permanecer en el puente para ejercer la más exquisita vigilancia.

Cuando empezó a amanecer, el vigía avistó la entrada de la rada de Port Praslin, cubierta por las altas montañas de Lanut. El James Cook continuó su marcha por los pasos navegables, y a las nueve de la mañana, aproximadamente, fondeaba sobre dos anclas en medio del puerto.

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