Los hijos del capitán Grant · Parte 2

Capítulo IV

Las apuestas de Jacques Paganel y del mayor Mac Nabbs

El 7 de diciembre, a las tres de la madrugada, los fogones del Duncan rugían ya; se viró al cabrestante; el ancla quedó a pique, abandonó el fondo arenoso del pequeño puerto, subió al serviola, la hélice se puso en movimiento y el yate tomó la mar. Cuando los pasajeros subieron a cubierta a las ocho, la isla de Ámsterdam desaparecía entre las brumas del horizonte. Era la última etapa en la ruta del paralelo treinta y siete, y tres mil millas la separaban de la costa australiana. Si el viento del oeste se mantenía una docena de días más, si el mar se mostraba favorable, el Duncan alcanzaría la meta de su viaje. Mary Grant y Robert no contemplaban sin emoción esas aguas que el Britannia surcara sin duda pocos días antes de su naufragio. Allí, quizá, el capitán Grant, con su navío ya desarbolado y su tripulación mermada, luchaba contra los temibles huracanes del mar de las Indias y se sentía arrastrado hacia la costa con una fuerza irresistible. John Mangles mostraba a la joven las corrientes indicadas en las cartas del barco; le explicaba su dirección constante. Una de ellas, en particular, la corriente transversal del océano Índico, lleva al continente australiano, y su acción se deja sentir de oeste a este en el Pacífico no menos que en el Atlántico. Así pues, el Britannia, destrozado de su arboladura y sin timón, es decir, desarmado ante las violencias del mar y del cielo, había debido correr hacia la costa y estrellarse en ella. Sin embargo, se presentaba aquí una dificultad. Las últimas noticias del capitán Grant eran de El Callao, del 30 de mayo de 1862, según la Mercantile and Shipping Gazette. ¿Cómo podía el Britannia, el 7 de junio, ocho días después de haber abandonado la costa del Perú, encontrarse en el mar de las Indias? Paganel, consultado al respecto, dio una respuesta muy plausible, con la que los más exigentes se habrían dado por satisfechos. Era una tarde, el 12 de diciembre, seis días después de la partida de la isla de Ámsterdam. Lord y lady Glenarvan, Robert y Mary Grant, el capitán John, Mac Nabbs y Paganel charlaban en la toldilla. Según la costumbre, se hablaba del Britannia, pues era el único pensamiento del barco. Pues bien, precisamente esa dificultad antes mencionada fue planteada de pasada, y tuvo por efecto inmediato frenar los ánimos en esa ruta de la esperanza. Paganel, ante esa observación inesperada de Glenarvan, levantó vivamente la cabeza. Luego, sin responder, fue a buscar el documento. Cuando regresó, se contentó con encogerse de hombros, como un hombre avergonzado de haber podido ser detenido un instante por «semejante nadería».

– Bueno, querido amigo —dijo Glenarvan—, pero dadnos al menos una respuesta.

– No —respondió Paganel—, solo haré una pregunta, y se la dirigiré al capitán John.

– Hable usted, señor Paganel —dijo John Mangles.

– ¿Puede un navío de buena marcha atravesar en un mes toda la parte del océano Pacífico comprendida entre América y Australia?

– Sí, haciendo doscientas millas en veinticuatro horas.

– ¿Es eso una marcha extraordinaria?

– En modo alguno. Los clippers a vela obtienen con frecuencia velocidades superiores.

– Pues bien —continuó Paganel—, en lugar de leer «7 de junio» en el documento, suponed que el mar haya borrado una cifra de esa fecha, leed «17 de junio» o «27 de junio», y todo se explica.

– En efecto —respondió lady Helena—, del 31 de mayo al 27 de junio...

– ¡El capitán Grant pudo atravesar el Pacífico y encontrarse en el mar de las Indias! Un vivo sentimiento de satisfacción acogió esa conclusión de Paganel.

– ¡Otro punto aclarado! —dijo Glenarvan—, y gracias a nuestro amigo. No nos queda, pues, más que llegar a Australia y buscar las huellas del Britannia en su costa occidental.

– O en su costa oriental —dijo John Mangles.

– En efecto, tenéis razón, John. Nada indica en el documento que la catástrofe haya tenido lugar antes en las orillas del oeste que en las del este. Nuestras pesquisas deberán, pues, extenderse a esos dos puntos donde Australia es cortada por el paralelo treinta y siete.

– Así pues, milord —dijo la joven—, ¿existe duda a ese respecto?

– ¡Oh! No, señorita —se apresuró a responder John Mangles, que quiso disipar esa aprensión de Mary Grant—. Su señoría se servirá advertir que si el capitán Grant hubiera tomado tierra en las costas del este de Australia, casi al instante habría encontrado socorro y asistencia. Toda esa costa es inglesa, por así decirlo, y está poblada de colonos. La tripulación del Britannia no tenía que hacer diez millas para encontrar compatriotas.

– Bien, capitán John —replicó Paganel—. Me sumo a vuestra opinión. En la costa oriental, en la bahía Twofold, en la ciudad de Eden, Harry Grant no solo habría encontrado asilo en una colonia inglesa, sino que no le habrían faltado medios de transporte para regresar a Europa.

– Entonces —dijo lady Helena—, ¿los náufragos no pudieron encontrar los mismos recursos en esa parte de Australia adonde nos lleva el Duncan?

– No, señora —respondió Paganel—. La costa está desierta. Ninguna vía de comunicación la enlaza con Melbourne o Adelaida. Si el Britannia se perdió en los arrecifes que la bordean, todo socorro le faltó, como si se hubiera estrellado en las playas inhospitalarias de África.

– Pero entonces —preguntó Mary Grant—, ¿qué ha sido de mi padre durante dos años?

– Mi querida Mary —respondió Paganel—, ¿tenéis por cierto, ¿verdad que sí?, que el capitán Grant llegó a tierra australiana tras su naufragio?

– Sí, señor Paganel —respondió la joven.

– Pues bien, una vez en ese continente, ¿qué ha sido del capitán Grant? Las hipótesis aquí no son numerosas. Se reducen a tres. O Harry Grant y sus compañeros han llegado hasta las colonias inglesas, o han caído en manos de los indígenas, o bien se han perdido en las inmensas soledades de Australia. Paganel calló y buscó en los ojos de sus oyentes una aprobación a su sistema.

– Continúe, Paganel —dijo lord Glenarvan.

– Continúo —respondió Paganel—, y ante todo rechazo la primera hipótesis. Harry Grant no pudo llegar a las colonias inglesas, pues su salvación habría estado asegurada, y desde hace mucho tiempo estaría ya junto a sus hijos en su buena ciudad de Dundee.

– ¡Pobre padre! —murmuró Mary Grant—. ¡Desde hace dos años separado de nosotros!

– Deja hablar al señor Paganel, hermana —dijo Robert—. Acabará por enseñarnos...

– ¡Ay, no, muchacho! Todo lo que puedo afirmar es que el capitán Grant es prisionero de los australianos, o...

– Pero esos indígenas —preguntó vivamente lady Glenarvan—, ¿son acaso...?

– Tranquilizaos, señora —respondió el sabio, que comprendió el pensamiento de lady Helena—. Esos indígenas son salvajes, embrutecidos, en el último peldaño de la inteligencia humana, pero de costumbres suaves y no sanguinarios como sus vecinos de Nueva Zelanda. Si han hecho prisioneros a los náufragos del Britannia, jamás han amenazado su existencia, podéis creerme. Todos los viajeros son unánimes en que los australianos sienten horror de derramar sangre, y en muchas ocasiones han encontrado en ellos fieles aliados para rechazar el ataque de las bandas de presidiarios, mucho más crueles.

– Oís lo que dice el señor Paganel —retomó lady Helena dirigiéndose a Mary Grant—. Si vuestro padre está en manos de los indígenas, cosa que por lo demás hace presagiar el documento, le encontraremos.

– ¿Y si está perdido en ese inmenso país? —respondió la joven, cuya mirada interrogaba a Paganel.

– ¡Pues bien! —exclamó el geógrafo con tono confiado—. ¡Le encontraremos igualmente! ¿Verdad que sí, amigos míos?

– Sin duda —respondió Glenarvan, que quiso dar a la conversación un sesgo menos triste—. No admito que uno pueda perderse...

– Ni yo tampoco —replicó Paganel.

– ¿Es grande Australia? —preguntó Robert.

– Australia, muchacho, tiene algo así como setecientos setenta y cinco millones de hectáreas, lo que equivale a cuatro quintas partes de Europa.

– ¿Tanto? —dijo el mayor.

– Sí, Mac Nabbs, con un yard de diferencia. ¿Creéis que semejante país tiene derecho a tomar la calificación de «continente» que le da el documento?

– Desde luego, Paganel.

– Añadiré —continuó el sabio— que se citan pocos viajeros que se hayan perdido en ese vasto territorio. Creo incluso que Leichardt es el único cuya suerte se ignora, y aún me habían informado en la Sociedad de Geografía, algún tiempo antes de mi partida, que Mac Intyre creía haber encontrado sus huellas.

– ¿No ha sido Australia recorrida en todas sus partes? —preguntó lady Glenarvan.

– No, señora —respondió Paganel—, ¡ni con mucho! Este continente no es mejor conocido que el interior de África, y sin embargo no es por falta de viajeros emprendedores. Desde 1606 hasta 1862, más de cincuenta, en el interior y en las costas, han trabajado en el reconocimiento de Australia.

– ¡Oh! Cincuenta —dijo el mayor con aire de duda.

– ¡Sí, Mac Nabbs, nada menos! Me refiero a los marinos que han delimitado las costas australianas en medio de los peligros de una navegación desconocida, y a los viajeros que se han lanzado a través de ese continente.

– No obstante, cincuenta es mucho decir —replicó el mayor.

– E iré más lejos, Mac Nabbs —continuó el geógrafo, excitado siempre por la contradicción.

– Vaya más lejos, Paganel.

– Si me lo desafiáis, os citaré esos cincuenta nombres sin vacilar.

– ¡Oh! —dijo tranquilamente el mayor—. ¡Bien que se conocen los sabios! No dudan de nada.

– Mayor —dijo Paganel—, ¿apostáis vuestra carabina de Purdey Moore y Dickson contra mi anteojo de Secretan?

– ¿Por qué no, Paganel, si eso os place? —respondió Mac Nabbs.

– ¡Bien, mayor! —exclamó el sabio—. ¡He ahí una carabina con la que ya no mataréis muchos sarrios ni zorros, a menos que os la preste, cosa que haré siempre con mucho gusto!

– Paganel —respondió seriamente el mayor—, cuando necesitéis mi anteojo, estará siempre a vuestra disposición.

– Comencemos pues —replicó Paganel—. Señoras y señores, vosotros componéis el palco que nos juzga. Tú, Robert, irás marcando los puntos. Lord y lady Glenarvan, Mary y Robert, el mayor y John Mangles, a quienes divertía la discusión, se dispusieron a escuchar al geógrafo. Se trataba, por lo demás, de Australia, hacia donde les conducía el Duncan, y su historia no podía venir más a propósito. Paganel fue invitado a comenzar sin demora sus proezas de mnemotecnia.

– ¡Mnemósine! —exclamó—. ¡Diosa de la memoria, madre de las castas musas, inspira a tu fiel y ferviente adorador! Hace doscientos cincuenta y ocho años, amigos míos, Australia era aún desconocida. Se sospechaba bien la existencia de un gran continente austral; dos mapas conservados en la biblioteca de vuestro Museo Británico, mi querido Glenarvan, fechados en 1550, mencionan una tierra al sur de Asia a la que llaman la Gran Java de los portugueses. Pero esos mapas no son suficientemente auténticos. Llego pues al siglo XVII, en 1606. Ese año, un navegante español, Quirós, descubrió una tierra a la que llamó Australia del Espíritu Santo. Algunos autores han sostenido que se trataba del grupo de las Nuevas Hébridas, y no de Australia. No discutiré la cuestión. Cuenta ese Quirós, Robert, y pasemos a otro.

– Uno —dijo Robert.

– Ese mismo año, Luiz Vaz de Torres, que mandaba en segundo la flota de Quirós, prosiguió más al sur el reconocimiento de las nuevas tierras. Pero al holandés Théodoric Hertoge corresponde el honor del gran descubrimiento. Desembarcó en la costa occidental de Australia a 25 grados de latitud, y le dio el nombre de Eendracht, que era el de su navío. Después de él, los navegantes se multiplican. En 1618, Zeachen reconoce en la costa septentrional las tierras de Arnhem y de Diemen. En 1619, Juan Edels prolonga y bautiza con su propio nombre una parte de la costa oeste. En 1622, Leuwin desciende hasta el cabo que se convirtió en su homónimo. En 1627, De Nuitz y De Witt, uno por el oeste, el otro por el sur, completan los descubrimientos de sus predecesores, y son seguidos por el comandante Carpenter, que penetra con sus buques en esa vasta ensenada que lleva aún el nombre de golfo de Carpentaria. Por fin, en 1642, el célebre marino Tasman costea la isla de Van Diemen, que cree unida al continente, y le da el nombre del gobernador general de Batavia, nombre que la posteridad, más justa, cambió por el de Tasmania. Entonces el continente australiano estaba bordeado; se sabía que el océano Índico y el Pacífico lo rodeaban con sus aguas, y en 1665 el nombre de Nueva Holanda, que no había de conservar, fue impuesto a esa gran isla austral, precisamente en la época en que el papel de los navegantes holandeses iba a terminar. ¿En qué número estamos?

– En diez —respondió Robert.

– Bien —continuó Paganel—, hago una cruz y paso a los ingleses. En 1686, un jefe de bucaneros, un hermano de la costa, uno de los más célebres filibusteros de los mares del sur, Williams Dampier, tras numerosas aventuras mezcla de placeres y miserias, llegó a bordo del navío el Cygnet a la orilla noroeste de Nueva Holanda a 16 grados 50 de latitud; se comunicó con los naturales e hizo de sus costumbres, su pobreza y su inteligencia una descripción muy completa. Volvió en 1689 a la misma bahía donde Hertoge había desembarcado, ya no como filibustero sino como comandante del Roebuck, un buque de la marina real. Hasta aquí, sin embargo, el descubrimiento de Nueva Holanda no había tenido otro interés que el de un hecho geográfico. Nadie pensaba en colonizarla, y durante tres cuartos de siglo, de 1699 a 1770, ningún navegante fue a desembarcar en ella. Pero entonces apareció el más ilustre de los marinos de todo el mundo, el capitán Cook, y el nuevo continente no tardó en abrirse a las emigraciones europeas. Durante sus tres célebres viajes, James Cook abordó las tierras de Nueva Holanda, y por primera vez el 31 de marzo de 1770. Tras haber observado felizmente en Otahití el paso de Venus por el sol, Cook lanzó su pequeño navío la Endeavour al oeste del océano Pacífico. Habiendo reconocido Nueva Zelanda, llegó a una bahía de la costa oeste de Australia, y la encontró tan rica en plantas nuevas que le dio el nombre de Bahía Botánica. Es el actual Botany Bay. Sus relaciones con unos naturales medio embrutecidos fueron poco interesantes. Remontó hacia el norte y a 16 grados de latitud, cerca del cabo Tribulation, la Endeavour tocó sobre un fondo de coral a ocho leguas de la costa. El peligro de irse a pique era inminente. Víveres y cañones fueron arrojados al mar; pero en la noche siguiente la marea puso a flote el navío aligerado, y si no se fue a fondo fue porque un pedazo de coral encajado en la abertura cegó suficientemente la vía de agua. Cook pudo conducir su barco hasta una pequeña ensenada donde desembocaba un río al que se llamó Endeavour. Allí, durante los tres meses que duraron las reparaciones, los ingleses intentaron establecer comunicaciones útiles con los indígenas; pero poco lo lograron, y volvieron a hacerse a la vela. La Endeavour continuó su ruta hacia el norte. Cook quería saber si existía un estrecho entre Nueva Guinea y Nueva Holanda; tras nuevos peligros, tras haber sacrificado veinte veces su navío, divisó el mar que se abría ampliamente hacia el suroeste. El estrecho existía. Fue franqueado. Cook desembarcó en una pequeña isla, y tomando posesión en nombre de Inglaterra del largo tramo de costas que había reconocido, les dio el muy británico nombre de Nueva Gales del Sur. Tres años después, el audaz marino comandaba la Aventure y la Résolution; el capitán Furneaux fue en la Aventure a reconocer las costas de la tierra de Van Diemen y volvió suponiendo que formaba parte de Nueva Holanda. No fue hasta 1777, durante su tercer viaje, cuando Cook fondeó con sus navíos la Résolution y la Découverte en la bahía de la Aventure sobre la tierra de Van Diemen, y fue desde allí de donde partió para ir a morir, pocos meses después, en las islas Sandwich.

– Era un gran hombre —dijo Glenarvan.

– El más ilustre marino que haya existido jamás. Fue Banks, su compañero, quien sugirió al gobierno inglés la idea de fundar una colonia en Botany Bay. Tras él, se lanzan navegantes de todas las naciones. En la última carta recibida de La Pérouse, escrita desde Botany Bay y fechada el 7 de febrero de 1787, el infortunado marino anuncia su intención de visitar el golfo de Carpentaria y toda la costa de Nueva Holanda hasta la tierra de Van Diemen. Parte, y no regresa. En 1788, el capitán Phillip establece en Port Jackson la primera colonia inglesa. En 1791, Vancouver levanta un considerable periplo de costas meridionales del nuevo continente. En 1792, d'Entrecasteaux, enviado a la búsqueda de La Pérouse, da la vuelta a Nueva Holanda, por el oeste y el sur, descubriendo islas desconocidas en su ruta. En 1795 y 1797, Flinders y Bass, dos jóvenes, prosiguen valientemente en un bote de ocho pies de largo el reconocimiento de las costas del sur, y en 1797 Bass pasa entre la tierra de Van Diemen y Nueva Holanda, por el estrecho que lleva su nombre. Ese mismo año, Vlaming, el descubridor de la isla de Ámsterdam, reconocía en las orillas orientales el río Swan River, donde se bañaban cisnes negros de la más bella especie. En cuanto a Flinders, reanudó en 1801 sus curiosas exploraciones, y a 138° 58' de longitud y 35° 40' de latitud, se encontró en Encounter Bay con el Géographe y el Naturaliste, dos navíos franceses que mandaban los capitanes Baudin y Hamelin.

– ¡Ah! ¿El capitán Baudin? —dijo el mayor.

– ¡Sí! ¿Por qué esa exclamación? —preguntó Paganel.

– ¡Oh! Nada. Continuad, mi querido Paganel.

– Continúo pues añadiendo a los nombres de esos navegantes el del capitán King, que de 1817 a 1822 completó el reconocimiento de las costas intertropicales de Nueva Holanda.

– Son veinticuatro nombres —dijo Robert.

– Bien —respondió Paganel—, ya tengo la mitad de la carabina del mayor. Y ahora que he terminado con los marinos, pasemos a los viajeros.

– Muy bien, señor Paganel —dijo lady Helena—. Hay que reconocer que tiene usted una memoria asombrosa.

– Lo cual es harto singular —añadió Glenarvan— en un hombre tan...

– Tan distraído —se apresuró a decir Paganel—. ¡Oh! Solo tengo memoria para las fechas y los hechos. Eso es todo.

– Veinticuatro —repitió Robert.

– Pues bien, veinticinco: el teniente Daws. Era en 1789, un año después del establecimiento de la colonia en Port Jackson. Se había dado la vuelta al nuevo continente; pero lo que encerraba, nadie habría podido decirlo. Una larga cadena de montañas paralela a la orilla oriental parecía prohibir todo acceso al interior. El teniente Daws, tras nueve jornadas de marcha, tuvo que desandar el camino y regresar a Port Jackson. Ese mismo año, el capitán Tench intentó franquear esa alta cordillera, y no pudo lograrlo. Esos dos fracasos apartaron durante tres años a los viajeros de volver a intentar esa difícil tarea. En 1792, el coronel Paterson, un audaz explorador africano sin embargo, fracasó en el mismo intento. Al año siguiente, un simple cabo de la marina inglesa, el valeroso Hawkins, superó en veinte millas la línea que sus predecesores no habían podido franquear. Durante dieciocho años solo tengo dos nombres que citar, los del célebre marino Bass y del señor Bareiller, un ingeniero de la colonia, que no tuvieron más éxito que sus predecesores, y llego al año 1813 en que se descubrió por fin un paso al oeste de Sídney. El gobernador Macquarie se aventuró por él en 1815, y la ciudad de Bathurst fue fundada al otro lado de las montañas Azules. A partir de ese momento, Throsby en 1819, Oxley que atravesó trescientas millas de país, Howel y Hune cuyo punto de partida fue precisamente Twofold Bay, por donde pasa el paralelo treinta y siete, y el capitán Sturt, que en 1829 y 1830 reconoció los cursos del Darling y del Murray, enriquecieron la geografía con nuevos hechos y contribuyeron al desarrollo de las colonias.

– Treinta y seis —dijo Robert.

– ¡Perfecto! Voy adelantado —respondió Paganel—. Cito para memoria a Eyre y a Leichardt, que recorrieron una parte del país en 1840 y 1841; a Sturt en 1845; a los hermanos Grégory y a Helpmann en 1846, en Australia occidental; a Kennedy en 1847, en el río Victoria, y en 1848, en Australia del norte; a Grégory en 1852; a Austin en 1854; a los Grégory de 1855 a 1858, en el noroeste del continente; a Babbage, del lago Torrens al lago Eyre, y llego por fin a un viajero célebre en los fastos australianos, Stuart, que trazó tres veces sus audaces itinerarios a través del continente. Su primera expedición al interior es de 1860. Más adelante, si lo deseáis, os contaré cómo Australia fue atravesada cuatro veces de sur a norte. Hoy me limito a terminar esta larga nomenclatura, y de 1860 a 1862 añadiré a los nombres de tantos audaces pioneros de la ciencia los de los hermanos Dempster, de Clarkson y Harper, los de Burke y Wills, los de Neilson, Walker, Landsborough, Mackinlay, Howit...

– ¡Cincuenta y seis! —exclamó Robert.

– ¡Bien, mayor! —continuó Paganel—. Os voy a dar buena medida, pues no os he citado ni a Duperrey, ni a Bougainville, ni a Fitz-Roy, ni a De Wickam, ni a Stokes...

– Basta —dijo el mayor, abrumado por la cantidad.

– Ni a Pérou, ni a Quoy —continuó Paganel, lanzado como un expreso—, ni a Bennett, ni a Cuningham, ni a Nutchell, ni a Tiers...

– ¡Piedad!...

– Ni a Dixon, ni a Strelesky, ni a Reid, ni a Wilkes, ni a Mitchell...

– Deteneos, Paganel —dijo Glenarvan, que reía de buena gana—. No abruméis al infortunado Mac Nabbs. ¡Sed generoso! Se da por vencido.

– ¿Y su carabina? —preguntó el geógrafo con aire triunfal.

– Es vuestra, Paganel —respondió el mayor—, y bien que me pesa. Pero tenéis una memoria capaz de ganarse todo un museo de artillería.

– Es ciertamente imposible —dijo lady Helena— conocer mejor Australia. Ni el más pequeño nombre, ni el más pequeño hecho...

– ¡Oh! ¿El más pequeño hecho? —dijo el mayor meneando la cabeza.

– ¡Eh! ¿Qué es eso, Mac Nabbs? —exclamó Paganel.

– Digo que los incidentes relativos al descubrimiento de Australia quizá no os son todos conocidos.

– ¡Vaya! —exclamó Paganel con un supremo movimiento de orgullo.

– Y si os cito uno que no sabéis, ¿me devolvéis la carabina? —preguntó Mac Nabbs.

– Al instante, mayor.

– ¿Trato hecho?

– Trato hecho.

– Bien. ¿Sabéis, Paganel, por qué Australia no pertenece a Francia?

– Pero me parece...

– O, al menos, ¿qué razón dan de ello los ingleses?

– No, mayor —respondió Paganel con aire contrariado.

– Es sencillamente porque el capitán Baudin, que no era tímido sin embargo, tuvo tanto miedo en 1802 del croar de las ranas australianas que levó anclas a toda prisa y huyó para no volver jamás.

– ¿Cómo? —exclamó el sabio—. ¿Eso se dice en Inglaterra? ¡Pero eso es una broma de mal gusto!

– Muy mala, lo reconozco —respondió el mayor—, pero es histórica en el reino unido.

– ¡Es una indignidad! —exclamó el patriótico geógrafo—. ¿Y eso se repite en serio?

– Me veo obligado a reconocerlo, mi querido Paganel —respondió Glenarvan en medio de una carcajada general—. ¡Cómo! ¿Ignorabais esta particularidad?

– En absoluto. ¡Pero protesto! Por lo demás, ¡los ingleses nos llaman «comedores de ranas»! Pues bien, en general no se tiene miedo de lo que uno come.

– No por eso se deja de decir, Paganel —respondió el mayor sonriendo modestamente. Y así fue como esa famosa carabina de Purdey Moore y Dickson siguió siendo propiedad del mayor Mac Nabbs.

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