El náufrago del Cynthia

12

PASAJEROS IMPREVISTOS

La petición del señor Malarius tenía un carácter demasiado conmovedor para no ser acogida con benevolencia; de modo que recibió unánime aprobación, y el digno maestro, cuya reputación como botánico estaba más extendida de lo que él mismo pensaba, fue nombrado naturalista de la expedición.

En cuanto a la condición fijada por Tudor Brown, si se aceptaban sus veinticinco mil kroners, el doctor Schwaryencrona y el abogado Bredejord se mostraron al principio dispuestos a rechazarla; pero cuando reflexionaron sobre los motivos de su repugnancia, parecióles difícil dar una negativa. ¿Qué razón alegarían ante la Junta para inducirla a rechazar una oferta tan importante? No encontraban ninguna valedera.

Tudor Brown había llevado al doctor la partida de defunción de Patricio O'Donoghan, y ahora resultaba que este hombre vivía; pero ¿dónde estaba la prueba de la mala fe de Tudor Brown en aquel asunto? Esto era lo que se preguntarían, naturalmente, antes de rehusar una suma que bastaba para salir de apuros. Tudor Brown podía sostener muy bien que había sido sincero, y el paso que acababa de dar parecía demostrarlo. Tal vez fuese su único objeto ir a enterarse también de cómo Patricio O'Donoghan, a quien creía ahogado a la altura de la isla de Madera, se hallaba ahora en la costa de Siberia.

Aun suponiendo que Tudor Brown tuviese otros proyectos, podría interesarle vigilar a aquel hombre, conocerle y saber su paradero.

De todos modos, o nada tenía que ver con las averiguaciones que hacía tanto tiempo preocupaban a los amigos de Erik, y entonces era absurdo tratarle como enemigo, o, por el contrario, interesábase personalmente en aquel tenebroso asunto, y en este caso más valía cien veces verle obrar para combatirle.

El doctor y Bredejord empezaron, pues, por no oponerse a su embarque, y después, poco a poco, les acosó el deseo de estudiar por sí mismos a aquel hombre extraño y averiguar por qué había querido ser pasajero del Alaska. Sin embargo, este deseo no tenía nada de absurdo, pues el itinerario del buque era seductor, al menos en su primera parte; y he aquí por qué Schwaryencrona, muy aficionado a los viajes, solicitó también marchar como pasajero, aunque sólo fuese para acompañar a la expedición hasta los mares de China, pagando el pasaje que se juzgara conveniente.

Su resolución influyó irresistiblemente en el señor Bredejord, que soñaba hacía largo tiempo con una excursión a los países del sol, y también solicitó un camarote en las mismas condiciones.

Todo Estocolmo creyó entonces que el profesor Hochstedt haría lo mismo, tanto por curiosidad científica como por el temor de pasar largos meses sin sus dos amigos; pero la esperanza de todos quedó defraudada. El profesor, aunque muy inclinado a marchar, pesó tan bien el pro y el contra que no pudo llegar a decidirse; en consecuencia, jugó el viaje a cara o cruz, y la suerte dispuso que se quedara. El día de la marcha se había fijado definitivamente para el 10 de febrero; el 9, Erik esperaba al señor Malarius, y sorprendióle agradablemente verle llegar con Catalina y Vanda, que habían tomado el tren para ir a despedirlos; en Estocolmo hubieron de alojarse en una modesta posada;

pero el doctor exigió que fueran a su casa, con no poco disgusto de Kajsa, a quien no parecían distinguidos aquellos huéspedes.

Vanda era una mujer ya formada, cuya belleza se había desarrollado con todos los encantos que en la niñez prometía. Acababa de obtener nota de sobresaliente en los difíciles exámenes a que debía someterse en Bergen, y érale ya permitido pretender una cátedra en alguna escuela superior; pero prefería permanecer en Noroé, junto a su madre, e iba a sustituir al señor Malarius durante su ausencia. Siempre grave y bondadosa, su sólida instrucción, que en nada había cambiado sus costumbres sencillas, comunicábale un encanto indecible y sumamente original. Nada podia ser tan curioso como ver aquella hermosa joven, con su pintoresco traje noruego, explicando tranquilamente las más profundas cuestiones científicas, o tocando al piano, con notable maestría, alguna composición de Beethoven; pero el mayor atractivo de Vanda consistía en no tener pretensión alguna y en la naturalidad de sus modales; no trataba de hacerse valer, ni se envanecía de sus conocimientos, así como tampoco se avergonzaba por llevar zapatos con hebillas. Y con su encantadora gracia desarrollábase como una flor silvestre crecida a orillas del fiordo y cultivada por su anciano maestro en el jardincillo situado detrás de la escuela.

Por la noche formóse una tertulia íntima, reuniéndose en la sala toda la familia adoptiva de Erik. El señor Bredejord y el doctor empeñaron la última partida de whist, y entonces se supo que el señor Malarius era maestro en este noble juego, lo cual contribuía a matar el tiempo agradablemente a bordo del Alaska. Por desgracia, el digno profesor declaró al mismo tiempo que, como se mareaba mucho cuando se embarcaba, érale forzoso acostarse apenas pisaba un buque. Para decidirle a emprender el viaje había sido necesario todo el cariño que profesaba a Erik, así como también el constante deseo, acariciado durante su laboriosa existencia, de agregar algunas nuevas variedades a las especies botánicas de su catálogo.

Después del whist hubo un poco de música: Kajsa tocó con aire desdeñoso un vals de moda;

Vanda cantó con admirable tono y dulcísima voz una antigua melodía escandinava, y después sirvióse el té con un bol de ponche para brindar por el buen éxito de la expedición. Erik observó que Kajsa rehuía tocar su vaso.

– ¿No brindará usted por el éxito de nuestra expedición?, preguntó a media voz.

– ¿A qué brindar por lo que no se espera?, contestó la joven.

A la mañana siguiente, al rayar el día, todo el mundo estaba a bordo, excepto Tudor Brown, de quien no se había vuelto a saber nada después del envío de su cheque.

A las diez en punto se debía levar anclas;

apenas sonó la primera campanada, el comandante Marsilas mandó levar anclas, e hízose la señal para que todos los visitantes se retirasen.

– ¡Adiós, Erik!, exclamó Vanda abrazando al joven.

– ¡Adiós, hijo mío!, dijo Catalina, estrechando entre sus brazos al novel teniente.

– Y usted, Kajsa, ¿no me dice nada?, preguntó el joven, adelantándose como para abrazar a la sobrina del doctor.

– Yo le desearé tan sólo que no se le hielen las narices, y que descubra usted al fin que es un príncipe disfrazado, replicó Kajsa con burlona sonrisa.

– Y si fuese así, ¿me concedería usted un poco de su amistad?, dijo Erik, procurando disimular la amargura que le hacia experimentar aquel sarcasmo.

– ¡Cómo dudarlo!, exclamó Kajsa, volviéndose hacia su tío, cual si quisiera indicarle que la despedida había terminado.

A esto se redujo todo. Las advertencias de la campana eran más imperiosas, y los visitantes corrieron hacia la escalerilla, alrededor de la cual se apiñaban las embarcaciones que debian recibirlos. En medio de esta confusión, nadie observó la llegada de un viajero que se había retardado, y que subió a cubierta llevando en la mano un maletín.

Era Tudor Brown, que se presentó al capitán para reclamar su camarote, el cual se le indicó al punto.

Un minuto después resonaron dos o tres silbidos estridentes y prolongados; la hélice comenzó a funcionar, llenando de espuma las aguas por la popa, y el Alaska, deslizándose majestuosamente sobre las verdes olas del Báltico, salió de Estocolmo en medio de las aclamaciones de la multitud, que agitaba sombreros y pañuelos.

Erik, de pie en el puente, mandaba la maniobra; el señor Bredejord y el doctor, apoyados en la banda de babor, hacían la última señal de despedida a Kajsa y a Vanda; y el señor Malarius, aquejado ya del mareo, había ido a acostarse en su lecho. Preocupados todos por la separación, ni unos ni otros advirtieron la llegada de Tudor Brown.

Por eso el doctor no pudo reprimir un movimiento de sorpresa cuando, al volverse, viole salir de las profundidades del buque y avanzar hacia él con las manos en los bolsillos, vistiendo el mismo traje que llevaba el día de su visita y llevando siempre calado el sombrero.

– ¡Buen tiempo!, dijo Tudor Brown a manera de saludo, y como para entablar conversación.

El doctor quedó estupefacto ante aquel aplomo, y esperó algunos instantes para ver si el extraño personaje le daba una excusa o explicación de su proceder; mas viendo que no abría la boca, decidió romper las hostilidades.

– Según parece, caballero, dijo, ahora resulta que Patricio O'Donoghan no está tan muerto como usted pensaba.

– Eso es precisamente lo que se trata de averiguar, replicó el extranjero con su imperturbable calma, y sólo para tener la conciencia tranquila he querido emprender el viaje.

Al decir eso, Tudor Brown dio media vuelta; y juzgando sin duda que la explicación era bastante satisfactoria, comenzó a pasear por el puente silbando su tonada favorita.

Erik y el señor Bredejord habían seguido este rápido coloquio con una curiosidad bastante natural; la persona de Tudor Brown era nueva para ellos, y por eso la estudiaban con atención, más aún que el mismo doctor. Parecióles entonces que el extranjero, afectando indiferencia, dirigía de vez en cuando una mirada furtiva hacia ellos, como para ver la impresión que producía; así es que inmediatamente, como de común acuerdo, aparentaron no ocuparse de su presencia; pero muy pronto, cuando hubieron bajado al salón celebraron consejo.

¿Cuáles serían los fines de Tudor Brown y la causa de aquel empeño en probar la muerte de Patricio O'Donoghan? ¿Qué objeto perseguía al embarcarse en el Alaska? Era imposible decirlo; pero también difícil no creer que aquel paso se relacionara más o menos directamente con la historia del Cynthia y del "niño del salvavidas".

Si Erik y sus amigos tenían mucho interés en dar con Patricio O'Donoghan, era sólo porque le creían relacionado con aquel asunto, y únicamente por esto necesitábase encontrar al irlandés. Ahora bien; hallábanse en presencia de un hombre que, sin ser interrogado, había ido a declarar que el tal marinero no existía ya, y este hombre osaba acompañar a los expedicionarios precisamente cuando su declaración quedaba desmentida del modo más imprevisto. En consecuencia, era forzoso deducir que tenía un interés personal, y el hecho mismo de haber ido a casa del doctor indicaba la conexión de este interés con la investigación practicada.

Todo parecía demostrar, pues, que Tudor Brown era en el problema un factor al menos tan importante como el mismo Patricio O'Donoghan. Tal vez fuese dueño del secreto que tan lejos se iba a buscar; y en este caso, ¿deberían Erik y sus amigos felicitarse de tenerle a bordo, o inquietarse, por el contrario? El señor Bredejord se inclinaba por esto último, pareciéndole poco tranquilizadora la figura del personaje; el doctor, por su parte, alegaba que Tudor Brown podía muy bien ser hombre de buena fe y honrado a pesar de sus excentricidades.

– Si sabe alguna cosa, decía, siempre podremos esperar que lo revele en el seno de la familiaridad que forzosamente se produce en un largo viaje, y en este caso sería una fortuna tenerle junto a nosotros. En el peor caso, averiguaremos de qué asunto quiere tratar con O'- Donoghan, admitiendo que se encuentre al irlandés.

En cuanto a Erik, ni aun osaba manifestar la impresión que el aspecto del personaje le había producido; era más que un sentimiento de repulsión...; era odio; un deseo irresistible de lanzarse contra él y arrojarle al agua. La íntima convicción de que aquel hombre había intervenido en alguna forma en la desgracia de su vida imponíase en su espíritu poderosamente; pero se habría avergonzado de formular semejante prevención o dejarse dominar por ella. Por esto se limitó a decir que si él hubiera tenido voz y voto no se habría admitido a bordo a Tudor Brown.

¿Qué conducta se observaría con aquel hombre? Sobre este punto estaban divididos los pareceres; el doctor alegaba que convenía tratar a Tudor Brown benévolamente, al menos en apariencia, para hacerle hablar; al abogado Bredejord y a Erik les causaba repugnancia invencible semejante comedia, y, por otra parte, tampoco era muy seguro que el mismo doctor tuviese fuerza de voluntad suficiente para apegarse a su programa. En consecuencia, se resolvió tratar a Tudor Brown como su conducta y las circunstancias lo aconsejasen.

No fue necesario esperar mucho para saber a qué atenerse. A mediodía la campana anunció la hora de comer; Bredejord y el doctor fueron a sentarse a la mesa del comandante, y encontraron ya en ella a Tudor Brown, siempre con el sombrero calado y sin manifestar intención de comunicarse con sus compañeros. Aquel hombre era de lo más grosero que se hubiera podido imaginar; parecía desconocer los principios elementales de la buena educación; servíase el primero, elegía las mejores porciones, y comía y bebía como un ogro. El comandante y el doctor le dirigieron dos o tres veces la palabra; pero no se dignó contestar, o hízolo sólo por ademanes.

Sin embargo, al finalizar la comida, y mientras se limpiaba los dientes, recostóse en su silla y preguntó al capitán.

– ¿Qué día estaremos en Gibraltar?

– Creo que el diecinueve o el veinte, contestó el interpelado.

– Quiere decir, repuso como hablando para sí, que el veintidós estaremos en Malta, el veinticinco en Alejandría, y a fin de mes en Aden.

En seguida levantóse y, sin pronunciar una palabra más, subió al puente y comenzó de nuevo a pasear.

– ¡Buen compañero de viaje nos ha tocado!, exclamó el capitán Mársilas.

El abogado Bredejord iba a contestar, cuando un súbito estrépito, resonando en lo alto de la escalera, le cortó la palabra: oíanse gritos, ladridos y voces confusas; todos se levantaron y corrieron al puente.

El alboroto había sido ocasionado por Klaas, el corpulento perro groenlandés de maese Hersebom, que al ver pasar y repasar a Tudor Brown, cuyo aspecto le desagradara indudablemente, y después de manifestarle su hostilidad con sordos gruñidos, acabó por precipitarse hacia él para morderle las piernas; Tudor Brown había sacado un revólver del bolsillo, y ya iba a disparar cuando Otto llegó a tiempo de impedirlo, enviando a Klaas a la perrera. Entonces habíase promovido una discusión bastante viva. Tudor Brown, pálido de cólera o de espanto, quería matar al perro a todo trance;

pero maese Hersebom, llegando al punto, protestó contra semejante empeño. El capitán se presentó oportunamente para poner término a la contienda, rogando a Tudor Brown que guardase su revólver y disponiendo que se tuviera a Klaas sujeto con cadena.

Este ridículo incidente fue el único ocurrido durante los primeros días del viaje. Todos fuéronse acostumbrando al mutismo y extraño proceder de Tudor Brown, y en la mesa se acabó por no hacer caso de él, creándose cada cual sus costumbres y distracciones. El señor Malarius, después de permanecer dos días en su camarote, se halló en estado de tomar parte en las interminables partidas de whist con el doctor y su amigo Bredejord; y Erik, muy ocupado en su servicio, consagraba a la lectura todos sus ratos de ocio. La navegación del Alaska seguía su curso regular.

El 11 se había pasado de la isla de Oland; el 12 franqueábase el Sund, llegándose al Skager- Rack el 13; el 14 se dio vista a Heligoland; y, penetrando en el Paso de Calais el 15, doblóse el cabo de Hague el 16.

A eso de las doce de la noche siguiente, Erik que dormía en su camarote, se despertó de pronto y llamóle la atención el profundo silencio que reinaba en el buque, pues ni siquiera se oía la trepidación de la hélice. No era cosa de inquietarse, pues el oficial Kjellquist estaba de cuarto; pero levantóse por curiosidad a fin de ver qué sucedía.

Entonces supo por el maquinista que la espiga de la bomba de circulación estaba averiada, lo cual había exigido la extinción de los fuegos; de modo que en aquel momento navegaban a la vela aprovechando una escasa brisa del Sudoeste. La inspección fue bastante larga y no arrojó ninguna luz sobre las causas de la avería.

El maquinista declaró que era forzoso hacer escala en el puerto más próximo para efectuar la reparación.

El capitán Mársilas, después de practicar la inspección personalmente, fue de la misma opinión, y como entonces se estaba a unas treinta millas de Brest, dióse orden de enderezar el rumbo hacia el gran puerto francés.

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