El náufrago del Cynthia

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EL CABALLERO TUDOR BROWN

Cierta mañana del mes de mayo el doctor estaba en su gabinete, cuando entró el criado y le presentó una tarjeta; era de dimensiones pequeñas, como todas las que se hacen en Inglaterra, y leíase en ella el nombre Tudor Brown, habiéndose escrito debajo con lápiz la indicación siguiente: "A bordo del Albatros."

– ¿Tudor Brown?, se preguntó el doctor, buscando en sus recuerdos y sin hallar nada que le diese idea de este nombre.

– Ese caballero desea ver al señor doctor, dijo el criado.

– ¿Y no podría venir a las horas acostumbradas de la consulta?

– Dice que es para asuntos personales.

– Pues que entre, repuso el doctor, ahogando un suspiro.

Al oír que se abría de nuevo la puerta, levantó la cabeza y examinó con cierto asombro al singular personaje, cuyo nombre, Tudor, esencialmente feudal, iba acompañado del apellido Brown, muy plebeyo.

Era hombre de unos cincuenta años; su frente, de color zanahoria, llamaba desde luego la atención, por la infinidad de sortijillas que la adornaban, y que a primera vista se veía que no habían sido hechas con cabello, sino con seda cruda; la nariz, saliente y encorvada, sostenía unos enormes anteojos de oro con cristales ahumados; los dientes, muy largos, asemejábanse a los de algún cuadrúpedo; el cuello de la camisa, postizo y de enormes dimensiones, ocultaba en parte las mejillas; su escasa barba era de color rojizo, y llevaba cubierta la cabeza con un sombrero de copa alta que parecía estar atornillado, pues su dueño no hizo el menor ademán para descubrirse. Aquel hombre se distinguía también por su elevada estatura; era muy delgado, de formas angulosas, mal disimuladas con un traje de lana a cuadros verdes y grises; un alfiler de corbata con un diamante del tamaño de una avellana, una cadena de reloj que recorría los pliegues de un chaleco con botones de amatista, y diez o doce anillos en los dedos, tan nudosos como los de un chimpancé, completaban el conjunto más presuntuoso, extravagante y grotesco que se pudiera imaginar.

Aquel personaje penetró en el gabinete del doctor como quien entra en una estación de ferrocarril, sin cambiar siquiera un saludo, y detúvose de pronto para decir con un acento a la vez gutural y nasal:

– ¿Es usted el doctor Schwaryencrona?

– El mismo, contestó el doctor, muy admirado por aquellos modales.

Y ya se preguntaba si debería llamar para que hiciesen salir al grosero visitante, cuando una palabra del recién venido le contuvo.

– He visto, dijo, el anuncio referente a Patricio O'Donoghan, y me ha parecido que le agradaría a usted conocer lo que yo sé de él.

El doctor iba a rogar al visitante que se sentara, pero al punto vio que no era necesaria la invitación, porque el otro, después de escoger el sillón que le pareció más cómodo, hacíalo rodar hasta la mesa del doctor, sentábase, introducía las manos en los bolsillos y después de apoyar los tacones de las botas en el borde oe la ventana inmediata fijaba la mirada en su interlocutor con aire satisfecho.

– He pensado, añadió, que escucharía usted con gusto mis informes, puesto que ofrece quinientas libras por conocerlos, y he aquí por qué se los traigo... El doctor se inclinó en silencio. — Sin duda se pregunta usted quién soy, continuó el extranjero con su voz gangosa; y por si es así, voy a decírselo. Como habrá visto ya por mi tarjeta, me llamo Tudor Brown, y ahora añadiré que soy subdito británico.

– Tal vez natural de Irlanda, dijo el doctor con interés.

El extranjero, visiblemente sorprendido, vaciló un instante, y repuso:

– No; soy escocés. . Oh! Ya sé que no lo parezco y que más bien me toman por americano;

pero esto no importa. ¡Soy escocés!

Y al repetir esta afirmación, miraba al doctor como si quisiera decirle:

– Puede usted creer lo que le parezca; es cosa que me tiene sin cuidado.

– Tal vez sea usted de Inverness, repuso el doctor, persistiendo en su tema favorito.

– No, contestó el extranjero después de vacilar un instante; soy de Edimburgo; pero esto importa poco, y nada tiene que ver con la cuestión... Poseo una fortuna saneada; no debo nada a nadie, y si le digo a usted quién soy, es porque me acomoda, pues nadie me obliga a ello.

– Permítame usted observar que yo no se lo he preguntado, replicó el doctor sonriendo.

– No, es verdad; pero si me interrumpe usted no llegaremos nunca al fin. Usted publica anuncios para averiguar el paradero de Patricio O'Donoghan, ¿no es cierto? Esto prueba que necesita de aquellos que lo saben... ¡Pues yo, que le hablo en este momento, lo sé!

– ¿Usted lo sabe?, preguntó el doctor acercando su sillón al del extranjero.

– ¡Yo lo sé!, repuso el desconocido; pero antes de decírselo quiero preguntar a usted qué interés tiene en buscar a ese hombre. —Es muy justo, replicó el doctor. Y en pocas palabras refirió la historia de Erik, que su interlocutor escuchó con la más profunda atención.

– ¿Y vive aún ese muchacho?, preguntó cuando el doctor hubo concluido.

– Sí, señor, contestó Schwaryencrona; vive, y goza de la mejor salud; en octubre próximo comenzará sus estudios de medicina en la universidad Upsala.

– ¡Ah, ah!, replicó el extranjero con aire pensativo; y dígame usted, ¿no le queda más medio que dirigirse a Patricio O'Donoghan para penetrar el misterio del nacimiento de ese muchacho?

– Yo no veo otro, replicó el doctor; después de muchas averiguaciones he llegado a saber que ese O'Donoghan posee el secreto, que él sólo podría revelármelo, y he aquí por qué pido informes por medio de los anuncios, aunque sin muchas esperanzas de obtenerlos.

– ¿Por qué?

– Por que debo creer que O'Donoghan tiene graves motivos para permanecer oculto y por consiguiente, no es de presumir que conteste a mis anuncios. Por eso es mi intención apelar a otro medio muy pronto; tengo sus señas personales, sé cuáles son los puertos que visitará con preferencia, y me propongo hacerle buscar por agentes especiales.

El doctor no decía estas cosas a la ligera, sino con la formal intención de ver qué efecto producían en su interlocutor; así es que observó muy bien, a pesar de la flema de que hacía alarde el extranjero, un temblor de los párpados y una ligera contracción de la comisura de los labios, al paso que una ligera palidez en el rostro; pero Tudor Brown se repuso muy pronto.

– Pues bien, doctor, dijo al fin; si para informarse no tiene usted más medio que encontrar a O'Donoghan, nunca sabrá nada, porque ese hombre ha muerto.

Por más que esta noticia le sorprendiera dolorosamente, el doctor no pestañeó, contentándose con observar al extranjero, que continuó diciendo:

– Sí, señor; ha muerto y está enterrado, o mejor dicho, sepultado a trescientas brazas de fondo. La casualidad quiso que ese hombre, cuyo pasado me parecía misterioso, y que por lo mismo me llamó la atención, fuese admitido hace tres años en calidad de gaviero a bordo de mi yate, el Albatros, que es un barco grande, pues me sirve para hacer viajes hasta de siete a ocho meses. Pues bien; a los pocos días de estar aquel hombre a mi servicio, y hallándonos a la altura de Madera, Patricio O'Donoghan cayó al mar. Detuve al punto la marcha, echáronse las embarcaciones al agua y se buscó tan bien, que se encontró al marinero, a quien se pretendió revivir, aunque inútilmente, pues O'Donoghan estaba muerto. Fue preciso devolver al mar la presa que habíamos querido arrebatarle. En cumplimiento de nuestro deber, instruyóse al punto proceso verbal en el registro, y pensando que el acta podría serle a usted útil, he mandado sacar una copia certificada, y se la traigo.

Así diciendo, Tudor Brown sacó del bolsillo de su cartera, tomó de ella un papel con muchos sellos, y presentólo al doctor.

Schwaryencrona leyó su contenido rápidamente; era, en efecto, un extracto del proceso verbal instruido a bordo del Albatros, propietario Tudor Brown, en cuyo documento se consignaba la defunción del gaviero Patricio O'Donoghan, a la altura de la isla de Madera.

Todo estaba debidamente certificado bajo el juramento de dos testigos, como conformes con el original, constando también que se había registrado en Londres, en Sommersethouse, por las autoridades de S. M. Británica.

Aquella copia tenía evidentemente todos los caracteres de la autenticidad; pero llegaba de una manera tan singular a manos del doctor, que éste no pudo menos de manifestar en alta voz su extrañeza, si bien lo hizo con su cortesía habitual.

– Permítame usted una pregunta, sólo una, dijo a su visitante.

– Hable usted, doctor.

– ¿Cómo es que lleva usted en la cartera, ya preparado, semejante documento, con la debida certificación y legalización?... Y, sobre todo,

¿por qué me lo trae usted?

– Si no me engaño, se me dirigen dos preguntas, contestó Tudor Brown; pero contestaré punto por punto. Llevo este documento en el bolsillo por la sencilla razón de que, habiendo leído sus anuncios hace dos meses y siéndome fácil proporcionarle los informes que solicita, he querido dárselos completos en cuanto me lo permitían mis medios... Y le traigo la copia porque, al recorrer estos parajes en mi yate, me ha parecido natural presentarle en persona este papel para satisfacer a la vez mi curiosidad y la de usted. Nada se podía contestar a semejante razonamiento, así es que el doctor se limitó a preguntar vivamente:

– ¿Conque ahora se pasea usted por aquí con el Albatros? —Precisamente.

– ¿Y hay a bordo de su yate algunos marineros que hayan conocido a Patricio O'Donoghan?

– Seguramente; hay varios.

– ¿Me permitiría usted verlos?

– Todo lo que usted quiera. ¿Quiere usted venir a bordo ahora mismo?

– Si no hay inconveniente...

– Ninguno, dijo el extranjero poniéndose de pie. El doctor tocó un timbre, mandó que le trajeran la pelliza, el bastón y el sombrero, y marchó con Tudor Brown. Cinco minutos después llegaron al muelle, donde estaba amarrado el Albatros.

Fueron recibidos por un viejo marinero de tez curtida y patillas grises, cuyas facciones expresaban franqueza y lealtad.

– Amigo Ward, dijo Tudor Brown acercándose a él: he aquí un caballero que desea informarse sobre la suerte de Patricio O'Donoghan.

– iPatricio O'Donoghan!... replicó el marinero. ¡Dios le tenga en su gloria!... ¡Bastante nos dio que hacer para pescarle el día en que se ahogó cerca de la isla de Madera! ¡Y todo para nada, puesto que fue preciso devolvérselo a los peces!

– ¿Le conocía usted desde mucho tiempo atrás?, preguntó el doctor.

– ¿A ese tiburón?... ¡A fe mía que no! Tal vez un año o dos... Creo que fue en Zanzíbar donde lo enganchamos. ¿No es verdad, tú,

Tommy Duff?

– ¿Quién me habla?, preguntó un marinero joven, muy ocupado en aquel momento en limpiar una bola de cobre en la rampa de la escalera.

– ¡Ven aquí!, contestó el otro. Dime, ¿no fue en Zanzíbar donde recluíamos a Patricio O'Donoghan?

– ¡Patricio O'Donoghan!, repitió el marinero, como si sus recuerdos no fuesen; al pronto muy precisos. ¡Ah! sí, ya caigo... ¡Aquel gaviero que se ahogó cuando cayó al agua a la vista de la isla de Madera! Sí, señor Ward, fue en Zanzíbar. El doctor pidió la señas personales de O'- Donoghan, y reconoció que coincidían bien con las que él guardaba. Aquellos hombres tenían el semblante de expresión franca y bonachona;

la uniformidad de sus respuestas podía parecer, no obstante, algo extraña y convenida; pero bien mirado, ¿no era consecuencia natural de los hechos mismos? No habiendo conocido a O'Donoghan hasta un año antes, y no recordando apenas de él más que sus señas personales y su muerte, no les era posible saber mucho, ni decir más. de lo que sabían.

Por otra parte, el Albatros era un yate bien equipado, al que sólo faltaban algunos cañones para pasar por un buque de guerra. El aseo era notorio; los tripulantes estaban muy bien vestidos, y reinaba la más admirable disciplina, pues todos permanecían en su puesto cuando de un salto hubieran podido hallarse en tierra.

En una palabra, el conjunto de cosas llevaba al ánimo una convicción que influyó invenciblemente en el doctor.

En consecuencia, declaróse completamente satisfecho; e impelido por un sentimiento hospitalario, no quiso retirarse sin haber invitado a comer a Tudor Brown, que se paseaba por el puente silbando una tonada popular.

Pero Tudor Brown no juzgó oportuno aceptar la invitación y rehusó diciendo:

– No; es imposible. ¡Jamás como en la ciudad!

No quedaba otra cosa que retirarse, y esto es lo que el doctor hizo, sin obtener ni un saludo de aquel extraño personaje.

Su primera diligencia fue ir a contar la aventura a su amigo Bredejord, quien le escuchó en silencio, prometiéndose realizar un segundo interrogatorio.

Pero cuando quiso hacerlo, aquel mismo día, acompañado de Erik, que lo había sabido todo al volver del colegio, tropezó con una dificultad, y era que el Albatros se alejaba de Estocolmo sin haber dicho su dueño dónde iba, ni dejado tampoco sus señas.

Sólo quedaba la partida de defunción de Patricio O'Donoghan, debidamente legalizada.

¿Tendría algún valor este documento? El señor Bredejord lo ponía en duda, a pesar del testimonio del cónsul general de Inglaterra en Estocolmo, a quien se había enterado del asunto y que declaraba reconocer la autenticidad de los sellos y firmas del escrito. También se tomaron informes en Edimburgo por medio de agentes, y resultó que allí no se conocía a ningún Tudor Brown, lo cual parecía sospechoso.

Pero lo positivo y lo que no se podía negar era que no se oía hablar ya de Patricio O'Donoghan y que los anuncios no surtían efectos.

Ahora bien, habiendo desaparecido para siempre aquel hombre, no quedaba esperanza alguna de penetrar el misterio del nacimiento de Erik; así lo comprendía éste, viéndose obligado a reconocer que todo informe ulterior sería inútil.

Por eso no opuso la menor dificultad, llegado el otoño siguiente, a continuar sus estudios de medicina en la Universidad de Upsala, según los deseos del doctor; pero se empeñó en someterse antes al examen de capitán de barco mercante. Esto sólo demostraba que no había renunciado a sus proyectos de viaje.

Y era que Erik, dominado ahora por otra preocupación que le acosaba sin cesar, no veía para su mal otro remedio sino la agitación y las grandes aventuras. Sin que el doctor lo sopechase, experimentaba la necesidad de buscar un pretexto para abandonar la casa apenas concluyera sus estudios, y este pretexto no podría encontrarlo sino en un plan general de viajes.

La causa de todo esto era la aversión, cada vez más marcada, que la señorita Kajsa, la sobrina del doctor, manifestaba al joven en cuantas ocasiones le era posible, y de la cual no hubiera querido Erik hablar a su protector por nada del mundo.

Sus relaciones con la joven habían sido siempre de lo más singulares. Durante siete años, es decir, desde el primer día de su llegada a Estocolmo, Kajsa se había mostrado a los ojos de Erik como un modelo de todas las elegancias y perfecciones mundanas; siempre la admiró sin reserva, e hizo esfuerzos heroicos para granjearse su amistad; pero ella no pudo avenirse nunca a aquel intruso, como ella le llamaba, tomando pie en casa del doctor, fuera tratado como hijo adoptivo y favorito de los tres amigos. En el fondo, la joven no viendo en Erik más que un pobre pescador, o un aldeano, no podía perdonarle su humilde condición, pareciéndole que su presencia la rebajaba a ella, impidiéndole figurar en el alto grado de la escala social que en su concepto le correspondía.

Pero cuando supo que Erik era huérfano o por mejor decir, expósito, lo que en su concepto equivalía a menos aún que campesino, esto le pareció una deshonra, una ignominia, pues no estaba lejos de pensar que un expósito debía clasificarse entre los seres inferiores al perro y al gato. Y este sentimiento se manifestaba en ella por las miradas más desdeñosas, por las reticencias más insinuantes y las más crueles indirectas. Si Erik era invitado con ella a una reunión infantil, rehusaba siempre bailar con él;

en la mesa no contestaba nunca a lo que decía, o no hacía caso de sus palabras, y en todas las ocasiones procuraba humillarle.

El pobre Erik había adivinado la causa de aquella conducta poco caritativa; pero érale imposible comprender por qué la inmensa desgracia de no conocer a su familia ni su patria había de considerarse como una falta suya. Cierto día trató de discutir con Kajsa para hacerle comprender la injusticia y crueldad de semejante actitud, pero la joven no se dignó siquiera escucharle; y a medida que ambos crecían, más se ensanchaba, al parecer, el abismo que los separaba. Kajsa, que había cumplido ya los dieciocho años, habíase presentado en el gran mundo, donde se la mimaba y adulaba como a una heredera, y estas lisonjas la afirmaban más en la opinión de que era superior a la generalidad de los mortales.

Erik, afligido al principio por tantos desdenes, llegó a indignarse al fin; juróse triunfar de ellos; y hasta podría decirse que este sentimiento de humillación influyó mucho en el ardimiento con que se entregaba a sus estudios.

Deseaba colocarse a tanta altura en la estimación pública a fuerza de trabajo, que todos debieran inclinarse ante él con respeto; pero prometíase también marchar a la primera oportunidad y no continuar en aquella casa, donde cada día era para él una nueva humillación. Sin embargo, importaba que el buen doctor ignorase los motivos de su marcha y que la atribuyera sólo a la afición a los viajes. He aquí por qué Erik hablaba a menudo de tomar parte en alguna expedición científica; y por la misma razón, mientras estudiaba medicina en Upsala, preparábase por los trabajos y ejercicios más rudos, para las fatigas y peligros a que deben someterse los grandes viajeros.

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