Un drama en Livonia

CAPÍTULO VI

ESLAVOS Y GERMANOS

EL primer té con tostadas con mantequilla se servía exactamente a las nueve de la mañana en el comedor de los hermanos Johausen. La exactitud «llevada hasta la décima decimal», como ellos mismos decían, era una de las cualidades principales de estos ricos banqueros, lo mismo en la vida corriente que en los negocios, tanto cuando se trataba de recibir, como cuando se trataba de pagar. Frank Johausen, el hermano mayor, tenía reglamentadas militarmente las comidas, visitas, la hora de levantarse, de acostarse, y también los sentimientos y los placeres, al igual que las notas del libro mayor de su casa de banca, una de las más importantes de Riga.

Pero aquella mañana a la hora indicada, la tetera no se encontraba dispuesta. ¿Por qué causa? Algo de pereza, de la que se reconoció culpable Trankel, el ayuda de cámara, encargado especialmente de este servicio.

Aconteció, pues, que en el momento en que Frank Johausen y su hermano, la señora Johausen y su hija Margarit penetraron en el comedor, el té no estaba en condiciones de ser servido.

Se sabe la pretensión, poco justificada ciertamente, que tienen estos ricos alemanes de las provincias bálticas de tratar paternalmente a sus criados. La familia tiene cierto carácter patriarcal, los sirvientes son considerados como hijos, y por esto, sin duda, no escapan a los castigos paternales.

– ¿Cómo es que no está servido el té, Trankel? - preguntó el señor Frank Johausen.

– Excúseme el señor - respondió Trankel con lastimero tono- . Me he olvidado…

– No es la primera vez que esto sucede, Trankel - respondió el banquero- , y todo me hace creer que no será la última.

La señora Johausen y su cuñado hicieron un signo de aprobación y se aproximaron a la artística estufa, que, afortunadamente, no estaba apagada como la tetera.

Trankel bajó los ojos sin responder. No, no era su primera falta a la exactitud, tan querida a los Johausen.

El banquero sacó de su bolsillo un cuaderno de volantes, y en uno de ellos escribió con lápiz algunas líneas. Después entregó el papel a Trankel, diciéndole:

– Lleva esto a su destino y espera la respuesta.

Trankel sabía, sin duda, la dirección y la respuesta. No pronunció una palabra; se inclinó, besó la mano de su señor y se dirigió a la puerta para tomar el camino de las oficinas de policía.

El volante no contenía más que estas palabras: Vale por veinticinco azotes a mi criado Trankel.

Frank Johausen.

En el momento de salir el criado dijo el banquero:

– No te olvides de traer el recibo.

Trankel se hubiera guardado de olvidarlo. Aquel recibo permitía al banquero pagar el precio del castigo conforme a la tarifa adoptada por el coronel de policía.

Así pasaban las cosas en aquella época, y así pasan todavía en Curlandia, Estonia, Livonia y, sin duda, en alguna otra provincia del imperio moscovita.

Algunos detalles acerca de la familia Johausen.

Se sabe cuál es la importancia del funcionario en Rusia. Está sometido al imperioso reglamento del Michina, esa escala de catorce peldaños jerárquicos que deben franquear los empleados del Estado, desde el puesto más ínfimo hasta el de consejero privado.

Pero hay altas clases que nada tienen de común con la de los funcionarios: tal es, en las provincias bálticas, la nobleza, que goza de gran consideración y efectivo poder. Por su origen germánico es más antigua que la nobleza rusa, y ha conservado importantes privilegios, entre otros, el derecho de otorgar diplomas, que no son desdeñados por los miembros de la familia imperial.

Junto a estos nobles coexiste la clase burguesa, su igual, casi superior por su intervención en la administración provincial y municipal, y, como aquélla, también de raza alemana en su mayor parte. Comprende a los comerciantes y a los ciudadanos honorarios, y un poco más abajo a los simples burgueses, que forman una capa intermedia.

Comprende a los banqueros, armadores, artistas, comerciantes, que pagan un impuesto que les permite comerciar con el extranjero. En esta burguesía la alta clase es instruida, laboriosa, hospitalaria, de honradez y moralidad probadas. En este primer rango la opinión pública colocaba con justicia a la familia Johausen y a la casa de banca, cuyo crédito era superior a todo encomio, tanto en Rusia como en el extranjero.

Por debajo de estas clases privilegiadas, que se han impuesto en las provincias bálticas, vegetan esos campesinos, labradores, agricultores sedentarios un millón por lo menos , que formaban la verdadera población indígena, esos letones que hablan su antigua lengua eslava, mientras que los ya citados hablan el alemán, y que no son realmente más que siervos, como tales tratados, y que se casan entre ellos para aumentar las familias, de las que los señores tienen el derecho de exigir un canon.

Explicase, pues, que el soberano de Rusia tenga el pensamiento de modificar este deplorable estado de cosas; y que su gobierno busque el modo de introducir el elemento eslavo en las asambleas y administración municipal. De aquí una lucha cuyos terribles efectos se verán en el curso de este relato.

El director de la casa de banca era el mayor de los dos hermanos, Frank Johausen. El menor permanecía soltero. El mayor, de cuarenta y cinco años de edad, se había casado con una alemana de Francfort. De este matrimonio habían nacida, los hijos: un varón, Karl, de diecinueve años, y una niña de doce. Karl terminaba por aquella época sus estudios en la Universidad de Dorpat, donde también iba a terminar los suyos Jean, el hijo de Dimitri Nicolef.

Riga, cuya fundación se remonta al siglo XIII, es, conviene repetirlo, una ciudad más germánica que eslava, origen que se reconoce en sus tejados y en las altas paredes terminadas en punta, por más que algunos edificios afecten las formas de la arquitectura bizantina por la disposición de sus cúpulas doradas.

La plaza principal es la del Ayuntamiento, donde se puede admirar, de un lado el Exhausta, o casa del Consejo, coronada por un alto campanario, y de otro el antiguo monumento de los Caballeros de la Cabeza Negra, erizado de cimbalillos puntiagudos, cuyas veletas chirrían lamentablemente, y que presenta un aspecto arquitectónico más extraño que artístico.

En esta plaza está situada la casa de banca dé los Johausen, hermoso edificio de construcción moderna. Las oficinas están en el piso bajo y las habitaciones de recepción en el primer piso. Se halla, pues, en pleno barrio comercial, y gracias a la importancia de sus negocios y la extensión de sus relaciones, goza en la ciudad de considerable influencia.

La familia Johausen está muy unida: los dos hermanos se entienden admirablemente.

El mayor lleva la dirección general de la casa; el menor se dedica más especialmente a la oficina y la contabilidad. La señora Johausen es una mujer tan alemana como es posible, pero orgullosa en extremo con el elemento eslavo. La nobleza de Riga la recibe bien, lo que contribuye a sostener sus instintos de vanidad nativa.

Si la familia Johausen ocupaba el primer rango en la alta sociedad burguesa de la ciudad, también lo ocupaba en el mundo financiero de las provincias bálticas. Además, gozaba de un crédito excepcional en la banca rusa para el comercio extranjero, igualmente que con los bancos de Vodka Ama, la banca de Descuento y el Banco Internacional de San Petersburgo. La liquidación de sus negocios hubiera asegurado a los hermanos Johausen una de las mejores fortunas de las provincias bálticas.

Frank Johausen era uno de los miembros más influyentes del consejo municipal de la ciudad, pues defendía siempre con indomable tenacidad los privilegios de su casta. Se admiraba en él al representante de las ideas arraigadas en el espíritu de las altas clases, desde la conquista. Debía, pues, molestarle personalmente la tendencia del gobierno a rusificar aquellas obstinadas razas de sangre germánica.

Las provincias bálticas eran entonces administradas por el general Gorko, persona de gran inteligencia, que comprendía las dificultades de su cargo, y que, muy prudente en sus relaciones con la población alemana, trabajaba por el triunfo del elemento eslavo, procurando modificar las costumbres públicas sin emplear medios brutales. Era severo, mas justo, y le repugnaban todos los procedimientos que pudieran provocar conflictos.

Al frente de la policía estaba el coronel Raguenof, un verdadero ruso, menos hábil que su jefe y dispuesto a ver un enemigo en todo livonio, estonio o irlandés que no hubiera mamado leche eslava. De cincuenta años de edad, era hombre audaz, resuelto, indomable policía, que no cejaba ante ningún obstáculo y al que el gobernador no dominaba sin trabajo.

No extrañe al lector que fijemos con rasgos precisos a estos personajes; representan un papel importante en este drama judicial, al que las pasiones políticas y las diferencias de nacionalidad han dado tan terrible relieve en las provincias bálticas.

Después del coronel Raguenof, y por contraste, la atención debe fijarse en el mayor Verder, su subordinado inmediato en el departamento de policía. El mayor es de origen puro germano, y lleva al ejercicio de sus funciones las exageraciones de su raza. Siente por los alemanes lo que el coronel por los eslavos; persigue a los unos con encarnizamiento, con tibieza a los otros; y a pesar de la diferencia de grados, entre ambos personajes se hubieran producido indudablemente conflictos graves sin la prudente intervención del general Gorko.

Preciso es advertir que el mayor Verder era secundado por el cabo Eck, al que hemos visto al principio de esta historia en persecución de un evadido de las minas de Siberia. No necesitaba Eck ser estimulado para cumplir con su deber en las expediciones que se le confiaban cuando se lanzaba sobre la pista de un eslavo. Era también muy estimado por los hermanos Johausen, a los que. había prestado algunos servicios personales, generosamente recompensados.

Con lo dicho queda definida la situación. Se sabe sobre qué terreno van a encontrarse los adversarios en las elecciones municipales: Frank Johausen, resuelto a no ceder su puesto; Dimitri Nicolef, arrastrado, a pesar suyo, por las autoridades rusas y por la clase popular.

El hecho de que este profesor libre, sin fortuna, sin posición, fuera llevado a la lucha contra el poderoso banquero, representante de la alta burguesía y de la orgullosa nobleza, era un síntoma que los hombres inteligentes debían tener en cuenta. ¿No significaba que en un próximo futuro las condiciones políticas de las provincias serían modificadas con detrimento de los de tentadores actuales de los poderes municipal y administrativo?

Los hermanos Johausen no desesperaban de combatir con ventaja, por lo menos a su rival. Esperaban matar en flor la popularidad naciente de Dimitri Nicolef. Antes de seis semanas se vería si podía otorgarse un mandato público al mísero deudor condenado civilmente, arruinado y sin domicilió.

No se habrá olvidado que el 15 de junio vencía la obligación suscrita por Dimitri Nicolef a favor de la casa Johausen. Se trataba de una suma de dieciocho mil rublos, cantidad enorme para el modesto profesor de ciencias. ¿Estaría éste en condiciones de pagar?

Los Johausen creían poder afirmar que no. Los últimos intereses habían sido pagados con gran esfuerzo, y desde entonces la situación pecuniaria de Dimitri Nicolef no parecía haber mejorado. No… no le sería posible hacer el pago. Si pedía un plazo, la casa no se lo concedería. No hería al deudor, sino al adversario político.

Los hermanos Johausen no sospechaban que una circunstancia imprevista iba a favorecer sus proyectos. Aunque hubieran tenido a su disposición el rayo del cielo, no hubieran herido más mortalmente a su rival.

Conforme a la orden de su amo, Trankel se había apresurado tal vez esta palabra no es la más apropiada a obedecer. Con el rostro apenado y el pie vacilante, pero como hombre que conocía el camino de las oficinas de policía, por haberlo recorrido varias veces, salió de la casa de banca, dejó a la izquierda el castillo de murallas amarillas, donde reside el gobernador, y pasó entre los puestos del mercado, donde se vende todo lo que es vendible, cachivaches de poco valor, restos lamentables, objetos religiosos y utensilios de cocina.

Después, deseoso de cobrar ánimos, se propinó una taza de té caliente, adicionado de vodka, con lo que los mercaderes ambulantes hacen un lucrativo comercio; echó una vaga mirada a las lavanderas en el lavadero; atravesó las calles, por las que desfilaban presidiarios tirando de carros bajo las órdenes de un vigilante lleno de miramientos hacia esos buenos muchachos, a los que no deshonra una condena a presidio por alguna infracción de la disciplina, y por fin llegó tranquilamente a la jefatura de policía.

Allí fue recibido por los agentes como persona conocida. Algunas manos se tendieron hacia él, que las estrechó afectuosamente.

– ¡Ah.! Tiempo hacía que no te veía, Arandela. - dijo uno de los policías- . Seis meses por lo menos.

– ¡No tanto! - respondió Trankel.

– ¿Y quién te envía?

– Mi amo, el señor Frank Johausen.

– Bueno… ¿Querrás hablar con el mayor Verder?

– Si es posible…

– Precisamente acaba de llegar a su despacho, y si quieres tomarte el trabajo de acercarte a él, te recibirá con mucho gusto.

Trankel se dirigió al despacho del mayor y golpeó discretamente en la puerta. A una invitación lacónica que salió del interior, entró.

El mayor estaba sentado en su mesa y hojeaba un legajo. Levantó los ojos para ver al que entraba, y dijo:

– ¡Ah!, ¿eres tú, Trankel?

– Yo mismo, señor mayor.

– ¿Y a qué vienes?

– Vengo de parte del señor Johausen.

– ¿Es cosa grave?

– La tetera, que se ha obstinado en no funcionar esta mañana.

– Porque te has olvidado de encenderla, sin duda observó el mayor sonriendo.

– Tal vez por eso…

– ¿Y cuánto?

– Aquí está el vale… Y Trankel se lo entregó al mayor, que lo leyó.

– ¡Bah…! No es gran cosa dijo.

– ¡Hum…! murmuró Trankel.

– ¡Veinticinco azotes nada más!

Seguramente Trankel hubiera preferido doce.

– Pues bien - añadió el mayor- ; se te va a servir sin hacerte esperar.

Y llamó a uno de sus agentes, que entró y quedase parado militarmente.

– Veinticinco azotes - ordenó el mayor- , pero no muy duros… como para un amigo… ¡Ah, si se tratase de un eslavo…! Anda a desnudarte, Trankel, y cuando termines vuelve a por el recibo.

– ¡Gracias, señor mayor!

Y Trankel, seguido del agente, se dirigió hacia donde debía realizarse el acto. Se le trataría como amigo, parroquiano de la casa… No tenía motivo de queja.

Trankel se desnudó, dejando el torso al aire, y después se inclinó, mientras el agente, con la vara en la mano, se preparaba a esgrimirla.

Pero en el momento en que iba a descargar el primero de los veinticuatro golpes, ante la puerta de la oficina se produjo un gran tumulto.

Un hombre, sin aliento por la rapidez de la carrera, gritó:

– ¡El mayor Verdear.! ¡El mayor Verder!

La vara, levantada sobre el cuerpo de Trankel, se detuvo, y el agente abrió la puerta de la habitación para enterarse de lo que ocurría.

Trankel, no menos interesado, miró también.

Al ruido, el mayor Verder acababa de aparecer.

– ¿Qué ocurre? - preguntó.

El hombre avanzó hacia él, llevase la mano a la gorra y le entregó un telegrama, diciendo:

– Se ha cometido un crimen.

– ¿Cuándo?

– Esta noche.

– ¿Qué crimen?

– Un asesinato.

– ¿Dónde?

– En el camino de Pernau, en la posada de la Cruz Rota.

– ¿Y quién es la víctima?

– El dependiente de la casa de banca de los hermanos Johausen.

– ¿Cómo? ¡Ese pobre Poch! - exclamó Trankel- . ¿Mi amigo Poch?

– ¿Se conoce el móvil del crimen? preguntó Verder.

– El robo, pues la cartera de Poch ha sido encontrada vacía en la habitación donde fue asesinado.

– ¿Se sabe lo que contenía?

– Lo ignoro, señor mayor, pero en la casa de banca lo sabrán.

El telegrama, expedido en Pernau, decía lo que el portador, acababa de manifestar.

El mayor Verder dijo a sus agentes:

– Tú, ve a prevenir al juez Kerstorf.

– Sí, señor mayor.

– Tú, corre a casa del doctor Hamine.

– Sí, señor mayor.

– Y les decís que vayan inmediatamente a la casa de banca, donde les esperaré.

Los agentes salieron precipitadamente, y algunos instantes después el mayor Verder se dirigía a la casa de banca.

Y he aquí cómo, por efecto de la emoción que produjo la noticia del crimen, Trankel no recibió aquel día los veinticinco azotes a que había sido castigado.

Telegrama

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