Un capitan de quince anos

IV

EL PERRO DINGO

Aunque el capitán Hull sentía cierta preocupación por aquella constante calma que le obligaría a invertir un par de semanas más en la travesía desde Nueva Zelanda a Valparaíso, la señora Weldon no se quejaba y se tomaba con filosófica paciencia aquel contratiempo. La goleta, una vez reanudada la marcha, había derivado al máximo hacia el Este. Los cinco náufragos, que deseaban ser útiles, fueron instalados a bordo con la máxima comodidad posible. Cuando se trataba de realizar alguna maniobra, Tom, Austin, Bat, Acteón y Hércules rivalizaban en ayudar a la tripulación y, ciertamente, cuando el colosal Hércules tomaba parte en alguna maniobra, nadie más tenía que trabajar. Aquel imponente negro era capaz de mover, él solo, todo el aparejo. El pequeño Jack contemplaba a aquel gigante con admiración, sin tenerle ningún miedo. Por eso no es extraño que el hijo de la señora Weldon se sintiese contento cuando el hercúleo negro lo cogía entre sus manazas y le hacía dar vueltas en alto. También Dick era un gran amigo de Jack, de la misma manera que enseguida lo fue Dingo, que a bordo se comportaba muy bien. Aquel hermoso animal demostró pronto una particular preferencia por el pequeño, aviniéndose a que su joven compañero le hiciese servir de caballo, montado como un jinete sobre su robusta anatomía. Dingo se convirtió muy pronto en el favorito de toda la tripulación. Sólo Negoro evitaba el encuentro con el animal, cuya antipatía, en cierto modo inexplicable, se mantenía desde el primer momento. La señora Weldon estaba satisfecha con aquellas nuevas amistades de su hijo, particularmente del joven grumete, del que con mucha frecuencia hablaba con el capitán. En una ocasión, el 6 de febrero, el comandante de la goleta le dijo a la señora Weldon.-

-Le garantizo que este muchacho será un buen marino bien pronto. Tiene el instinto del mar y esto suple lo que ignora todavía, por su edad, de la teoría del oficio.

-Es un excelente muchacho -aprobó la señora Weldon-, que nos ha causado una inmejorable ocasión desde que lo conocemos. Mi marido piensa hacerle estudiar para que a su tiempo obtenga el título de capitán.

-Creo muy acertada esta decisión -afirmó el comandante del navío. El primo Benedicto apareció en aquel momento, tan ajeno y absorto como siempre a cuanto acontecía a su alrededor. Con la mirada reseguía todos los intersticios, huroneando debajo de las jaulas de las gallinas.

– ¿Qué busca debajo de este banco? -le preguntó la señora Weldon.

– ¡Insectos! -respondió el aludido.

– ¡Pues lo que es en el mar no acrecentará usted su colección! -aseveró el capitán.

– ¿Y por qué no, caballero?

-Porque el capitán tiene su navío tan limpio que nada cazará en él -aseguró la señora Weldon.

De esta manera transcurrían las interminables horas de aquella tediosa navegación. El mar continuaba tranquilo y la calma obligaba a la Pilgrim a detenerse. Muy poco se adelantaba hacia el Este en busca de vientos que le fuesen más favorables. Durante aquellas jornadas, la señora Weldon no perdía el tiempo. Enseñaba a leer y a escribir a su hijo, cuidando de la aritmética su amigo Dick, que había apelado a un original sistema para que las lecciones fuesen bien asimiladas por el pequeño discípulo. El abecedario y los números habían sido pintados en rojo sobre dados de madera, confeccionando un abecedario móvil que el niño iba manejando guiado por sus maestros para formar las palabras. Un día, el 9 de febrero, por la mañana, Jack estaba tendido en el puente, entretenido en formar una palabra que el viejo Tom debía reconstruir, una vez las letras hubiesen sido revueltas. De pronto, Dingo empezó a dar vueltas alrededor del niño, hasta que se detuvo con la mirada fija, su pata derecha levantada, mientras su cola se agitaba furiosamente. Después de algunos instantes, se arrojó de repente sobre uno de aquellos dados y cogiéndolo entre los dientes lo colocó al lado de Jack. Aquel cubo ostentaba una letra mayúscula: la S.

– ¿Qué te pasa, Dingo? -gritó el pequeño. El perro, sin hacer caso, realizó por segunda vez la misma operación, cogiendo otro dado que colocó al lado del primero. Aquel segundo cubo tenía pintada la letra V en mayúscula. Jack, asombrado ante aquellas maniobras, llamó a cuantos pasaban por cubierta, para referirles lo que sucedía.

-¡Dingo conoce las letras! ¡Dingo sabe leer! -gritaba con entusiasmo. Dick trató de recobrar los dos dados, pero el perro le mostró los colmillos. No obstante, el grumete logró lo que se proponía y los puso de nuevo entre los demás. Dingo, sin vacilar, cogió las dos mismas letras y las apartó, apoyándose con las patas delanteras en ambos cubos, pareciendo dar a entender que estaba dispuesto a que no se los arrebatasen de nuevo.

-¡Es asombroso! -exclamó la señora Weldon.

-En efecto -intervino el capitán-, es una cosa singular - y contemplando con atención las dos letras, añadió-: S. V.; las letras que tiene grabadas en el collar. Entonces volvióse hacia Tom para preguntarle:

– ¿No me había dicho usted que este perro pertenecía al capitán del Waldeck?

-Sí, señor -respondió el negro-. Dingo pertenecía a nuestro capitán hacía unos dos años, desde que lo recogió en la costa occidental de África, en los alrededores de la desembocadura del Congo.

-O sea -comentó el capitán-, que nadie sabía de dónde procedía este perro ni quién había sido su antiguo dueño.

-Nunca, señor. Un perro no puede dar explicaciones y no tiene tampoco documentos. El capitán reflexionaba.

-Estas dos letras -acabó por decir-, me recuerdan algo y me hacen sospechar un hecho harto singular. Pueden tener un sentido e informarnos de la suerte de un intrépido explorador. Todos los presentes aguardaron expectantes las explicaciones del capitán.

-Hace dos años -continuó-, o sea en 1871, un explorador francés salió, auspiciado por la Sociedad Geográfica de París, con intención de atravesar África de Oeste a Este, escogiendo la desembocadura del Congo como punto de partida. Este viajero se llamaba Samuel Vernon.

– ¡Samuel Vernon! -repitió la señora Weldon-. Las dos iniciales que el perro ha escogido entre todas y son las que están grabadas en su collar.

-Así es, en efecto -dijo el capitán-. Ese francés emprendió el viaje y nada más pudo saberse de él, lo que hizo suponer que no pudo llegar a la costa oriental, bien por haber caído prisionero de los indígenas, bien porque la muerte le sorprendiese en la expedición.

-Y entonces ese perro...

-Ese perro debe de haberle pertenecido y, con más suerte que su amo, logró volver al litoral del Congo donde fue recogido por el capitán del Waldeck, suponiendo, claro está, que mi hipótesis sea cierta, y teniendo en cuenta que estos hechos se produjeron en la misma época. Pero, sea como sea, lo cierto es que Dingo conoce las letras S y V, que son las iniciales del nombre y apellido del viajero francés. Entretanto, nadie había reparado en que Negoro había aparecido en el puente, dirigiendo al perro una mirada especial. Fue Dingo quien señaló la presencia del cocinero con un movimiento de extremo furor. Negoro, sin poder ocultar un gesto de amenaza hacia el perro, regresó a la cocina.

– ¡Algún misterio existe en todo esto! -comentó el capitán Hull, que se había dado cuenta de todos los detalles de aquella corta escena. El grumete no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Encontraba muy extraño que un perro pudiese conocer las letras del alfabeto.

– ¡Si Dingo pudiese hablar -exclamó-, tal vez nos dijese por qué enseña los dientes al cocinero y lo que significan estas dos letras!

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