XII
EN LA PLAYA
La Pilgrim se había perdido. Ya no era más que un casco sin valor, cuyos restos, al cabo de unas horas, destrozaría la resaca. Sin embargo, en pocos viajes pudieron trasladar a la costa algunos elementos que Dick creyó que podrían serles útiles. Lo importante era que se encontraban en un continente y que su repatriación, fuese cual fuese el punto de América donde habían desembarcado, no ofrecería, al parecer, grandes dificultades. La mayor satisfacción de Dick era que la señora Weldon y su hijo se hallaban a salvo. El lugar donde habían desembarcado era una playa estrecha que cerraba un acantilado de mediana altitud, si bien en algunos puntos unas suaves pendientes parecían ascender a lo alto. La desembocadura de un riachuelo se abría por el Norte a un cuarto de milla y sobre sus orillas crecían numerosos árboles de la especie de los mangles, muy distintos de sus parientes de la India. La vegetación era lujuriosa y los plataneros, tamarindos y cien vegetales más, que un americano no está acostumbrado a ver en la región septentrional del nuevo mundo, se entrelazaban en un laberinto. Sin embargo, existía un curioso detalle en aquella abundancia forestal y es que entre la misma no se veía un solo ejemplar de la familia de las palmeras, que tanto abundan en toda la superficie del planeta. También un gran número de pájaros chillones revoloteaba por encima de la playa, pájaros que en su mayor parte pertenecían a una variedad de golondrinas de plumaje negro y que no parecían demasiado salvajes. Se acercaban sin temor alguno a los náufragos, lo que daba a entender que aquellas aves no habían aprendido aún a temer la presencia del hombre y por tanto que aquella costa se hallaba totalmente abandonada y lejos de la civilización. También vieron algunas gaviotas y varios pelícanos. Aquellos animales parecían ser los únicos seres vivos que frecuentaban aquella parte del litoral. Ninguna señal, ningún indicio, ninguna huella revelaba, en una extensión muy considerable, la presencia de seres humanos. "¿Dónde nos encontramos?", se preguntaba Dick Sand bastante sorprendido. De pronto, la señora Weldon exclamó:
-Fíjate en Dingo, Dick. El perro iba y venía por la playa con el hocico pegado al suelo, gruñendo sordamente y con la cola entre las patas. Parecía que trataba de encontrar una pista.
-Es muy extraño -comentó Dick-. Y mucho más por cuanto Negoro parece hacer otro tanto paseándose por la playa. El grumete no apartaba la vista del portugués, que parecía medir la playa con sus pasos, contemplando al mismo tiempo la costa y el acantilado como si tratase de recordar algo. "¿Conocerá Negoro este lugar?", se dijo para sí Dick. Negoro, finalmente, se dirigió hacia el riachuelo y desapareció. Lo importante en aquellos momentos era encontrar un abrigo donde instalarse provisionalmente y pensar y planear lo que convenía hacer. El asunto de la alimentación estaba resuelto, puesto que la despensa del navío había sido desembarcada. Además, podían contar también con los recursos naturales que, sin lugar a dudas ofrecería el país. El agua potable no faltaba tampoco ya que el grumete había mandado a Hércules a buscarla al riachuelo. Tampoco el fuego iba a ofrecer dificultades. La leña por los alrededores era abundante y el viejo Tom, empedernido fumador, poseía cierta cantidad de yesca bien conservada, en una caja que cerraba herméticamente. Sólo era preciso encontrar un lugar donde guarecerse, y fue el pequeño Jack quien lo descubrió, detrás de una roca. Había allí una gruta muy limpia que los embates del mar habían formado. El grupo se dirigió hacia aquel lugar, ya que no era de temer, debido a que la Luna se hallaba en cuarto creciente, que las mareas alcanzasen la gruta. Unos minutos más tarde y cuando los náufragos reponían fuerzas con un ligero refrigerio, apareció Negoro que seguramente consideró una buena idea compartir la comida que se preparaba en común. Mientras el grupo comía, Dingo, que cazaba al vuelo parte de las provisiones que los comensales le tiraban, vigilaba al mismo tiempo. Si alguien se hubiera acercado el perro lo descubriría inmediatamente. Por este lado podían estar tranquilos. La conversación pronto derivó hacia la actitud que debían adoptar. Sólo Negoro no tomó parte en la discusión.
-Lo más importante -dijo Dick, después de reflexionar un rato- es averiguar dónde nos encontramos. Los vientos y las corrientes que hemos soportado me hacen confiar en que hemos llegado a un punto de la costa peruana. Estoy seguro, pues, de que estamos en alguna provincia meridional del Perú, o sea en la parte menos habitada del país que limita con las Pampas. Si así fuera, es posible que estemos muy alejados de la civilización. Hizo una pausa y continuó:
-Mi consejo es que no debemos abandonar este refugio sin conocer exactamente nuestra situación. Pasaremos la noche en este lugar y mañana, dos de nosotros podremos realizar algunas caminatas hacia el interior, sin alejarnos demasiado. Si encontramos algún indígena, nos informará y sabremos a qué atenernos. No creo posible que en algunas millas a la redonda no se encuentre algún ser humano. La señora Weldon hizo un gesto de contrariedad. Dick Sand, interpretando aquel movimiento, dijo:
-No existe otra solución. Es necesario que nos separemos para llevar a cabo las averiguaciones que he indicado. En el supuesto de que no encontremos a nadie, decidiremos lo más conveniente. Tom y yo llevaremos a cabo la exploración. Dingo nos acompañará y nos será de gran ayuda, porque supongo
-y la voz de Dick mostró ironía- que Negoro preferirá permanecer aquí.
-Eso depende -respondió Negoro con igual ironía. Después de esta conversación, Negoro abandonó la gruta, dirigiéndose con paso lento hacia el riachuelo, por la orilla del cual desapareció. Pensando que muchos objetos que llevaba el barco podían ser útiles, Dick Sand y sus compañeros se dirigieron hacia la playa para comprobar si el estado del mar les permitía acceder al casco del navío. El grumete se extrañó al comprobar que los arrecifes en los que había encallado la Pilgrim estaban completamente secos. "¡Qué raro! -pensó-. Las mareas son muy débiles en el litoral americano del Pacífico y este fenómeno sólo puede explicarse por la furia del viento que soplaba hacia la costa." El aspecto del barco era lastimoso, aunque Dick Sand y los negros pudieron introducirse entre sus restos tratando de sacar del mismo todo lo que pudiera serles útil, especialmente alimentos y bebida. Fueron recuperados también cuatro fusiles en buen estado y un centenar de cartuchos que el agua había respetado, una linterna y varios cuchillos de caza. El grupo se hallaba, pues, bien aprovisionado de víveres y armamento. Al regresar a la gruta la señora Weldon se interesó por el dinero recuperado del barco, y se extrañó al comprobar que solamente se habían recogido unos pocos dólares, cuando lo cierto es que la madre de Jack había embarcado con una suma muy superior a la hallada. ¿Quién podía haberse adelantado, mermando las reservas de la señora y del difunto capitán? De nadie podía sospecharse, aparte de Negoro, que probablemente había sido el ladrón. De aquel hombre podía esperarse todo. No cabía duda de que era un ser malo, pero Dick vacilaba y le costaba mucho asegurar que fuese un malhechor. "Cuando Negoro vuelva -pensó-, lo haré registrar si es preciso. Quiero saber exactamente a qué atenerme." Mientras tanto, el Sol se hundía en el horizonte y en la gruta empezaron los preparativos para pasar la noche lo mejor posible. Todos se hallaban allí, a excepción de Negoro, que no había regresado a pesar de que la noche cerraba por completo.
-Será mejor no preocuparnos por él -dijo Dick-. Sus motivos tendrá para abandonarnos, uno de los cuales puede haber sido el robo del dinero. Dos negros se dispusieron a velar en el exterior de la cueva, mientras que en el interior, las restantes personas del grupo prepararon su lecho de la mejor manera posible.