La caza del meteoro

CAPÍTULO XI

EN EL QUE MR. DEAN FORSYTH Y EL DOCTOR HUDELSON

EXPERIMENTAN UNA VIOLENTA EMOCIÓN

YA estaba perfectamente conocido el bólido. Con el pensamiento cuando menos, se le había dado la vuelta. Habíase determinado su órbita, su velocidad, su volumen, su masa, su naturaleza, su valor. Ya ni siquiera causaba inquietud, puesto que, siguiendo su trayectoria con un movimiento uniforme, no se hallaba destinado a tocar nunca sobre la tierra. Nada más natural por consiguiente, que la atención pública dejase de fijarse en aquel meteoro inaccesible, que había perdido todo su misterio.

Sin duda que, en los observatorios, algunos astrónomos lanzaban todavía, de tiempo en tiempo, una mirada rápida sobre la esfera de oro que gravitaba por encima de sus cabezas, pero se apartaban de él en seguida, para fijarse en otros problemas del espacio.

La Tierra poseía un segundo satélite; he ahí todo. Pero que ese satélite fuese de hierro o de oro, ¿qué podía eso importar a los sabios, para quienes el mundo apenas es otra cosa que una abstracción matemática?

El tiempo, que se mantenía espléndido, favorecía de un modo deplorable su manía, permitiéndoles percibir el astro errante una docena de veces cada veinticuatro horas. Que debiese o no caer sobre la Tierra, las insólitas particularidades del meteoro, que le hacían único y para siempre célebre, aumentaban más todavía su enfermizo deseo de ser declarados cada uno de ellos el único descubridor.

En semejantes condiciones, locura era intentar una reconciliación de ambos rivales, entre los cuales, por el contrario, se alzaba cada día una nueva barrera de odio. Ni Mrs.

Hudelson ni Francis Gordon se hacían ilusiones sobre el particular.

Estaba, no obstante, escrito que aquella situación, ya grave, se complicaría más aún.

La tarde del 11 de mayo, Mr. Dean Forsyth, que, como de costumbre, miraba por el telescopio, se apartó bruscamente del instrumento, lanzando una exclamación ahogada, y tomó unas cuantas notas sobre un papel, volviendo luego al aparato y a tomar nuevas notas, continuando en este manejo hasta la desaparición del bólido del horizonte.

En tal momento, tan pálido estaba Mr. Dean Forsyth y con tantos esfuerzos respiraba, que

«Omicron», creyendo a su amo enfermo, se precipitó en su socorro. Pero éste le apartó con un gesto y, con el paso incierto de un borracho, refugióse en su gabinete de trabajo, en donde se encerró bajo doble vuelta de llave.

Desde entonces no se había vuelto a ver a Mr. Dean Forsyth; durante más de treinta horas había permanecido sin comer ni beber. Una sola vez había logrado Francis forzar la puerta, permaneciendo en su umbral al observar el deplorable estado en que se encontraba su tío.

– ¿Qué me quieres? —había dicho Mr. Dean Forsyth.

– Pero, tío —había dicho Francis— hace ya veinticuatro horas que está usted encerrado… ¡Permítanos, cuando menos, que le traigamos de comer!

– No necesito nada —había respondido Mr. Dean Forsyth—, si no es silencio y tranquilidad, y te suplico, como un verdadero favor, que no turbes mi soledad.

Ante semejante respuesta, formulada con invencible firmeza, y al propio tiempo con una suavidad a la que no estaba acostumbrado Francis, no había tenido este último valor para resistir. Habría sido, por lo demás, bastante difícil lo contrario, ya que con aquellas últimas palabras el astrónomo había vuelto a encerrarse y Francis se había retirado sin saber nada.

En la mañana del 13 de mayo, antevíspera del matrimonio, exponía Francis por la vigésima vez esta nueva causa de cuidados a Mrs. Hudelson, que le escuchaba suspirando.

– No puedo comprender nada de lo que pasa —dijo al fin—. Es de creer que Mr. Forsyth y mi marido se han vuelto locos.

– ¡Cómo! —exclamó Francis—. ¿Su marido…? ¿Habíale ocurrido también algo al doctor?

– Sí —dijo Mrs. Hudelson—. Aun cuando se hubieran puesto de acuerdo, no obrarían de otro modo. Para mi marido la crisis ha comenzado más tarde; he ahí todo; sólo desde ayer mañana está encerrado en su despacho. Desde ese momento nadie le ha visto, y puede usted imaginarse nuestras inquietudes.

– Es para volverse loco —exclamó Francis.

– Lo que me dice de Mr. Forsyth —repuso Mrs. Hudelson—, me hace creer que ambos habrán hecho a la vez alguna observación a propósito de su maldito bólido.

– ¡Ah, si en mi mano estuviera! —intervino Loo. —¿Qué haría mi querida hermanita? — preguntó Francis Gordon.

– ¿Que qué haría…? Pues muy sencillo: enviaría a esa estúpida bola de oro a pasearse tan lejos que ni los mejores anteojos pudieran descubrirla.

Tal vez, en efecto, la desaparición del bólido habría vuelto la calma a Mr. Forsyth y al doctor Hudelson. ¿Quién sabe si, ausente el bólido para no volver, no se curarían de repente sus absurdos celos?

Pero no parecía que debiera producirse esta eventualidad. El bólido estaría allí el día del matrimonio, lo estaría después y lo estará siempre, hasta la consumación de los siglos, puesto que gravitaba con una regularidad constante sobre su imperturbable órbita.

– En fin —dijo Francis—, ya veremos. Antes de cuarenta y ocho horas habrá que tomar un partido definitivo, y entonces sabremos a qué atenernos.

Al volver a la casa de Elisabeth Street pudo creer, por lo demás, que el nuevo incidente no tendría nuevas consecuencias funestas. Mr. Dean Forsyth había, en efecto, salido de su aislamiento y devorado silenciosamente una copiosa comida y a la sazón dormía a pierna suelta, mientras que «Omicron» desempeñaba en la ciudad una comisión de su amo.

– ¿Viste tú a mi tío antes de acostarse? —preguntó Francis a Mitz.

– Como te estoy viendo a ti —respondió ésta—, toda vez que fui yo quien le sirvió la comida.

– ¿Tenía hambre?

– Un hambre canina. Nada absolutamente dejó del almuerzo.

– ¿Y cómo estaba?

– No del todo mal, salvo que estaba pálido como un espectro y con los ojos enrojecidos.

Yo le aconsejé que se los lavase con agua borricada. Pero creo que ni me oyó siquiera.

– ¿No dijo nada para mí?

– Ni para ti ni para nadie. Comió sin despegar los labios y marchó a acostarse después de enviar al ami Krone al Whaston Standard.

– ¡Al Whaston Standard! —exclamó Francis—. Apostaría que es para comunicarle el resultado de su trabajo. ¡Otra vez van a comenzar las polémicas de prensa…! ¡No nos faltaba más que eso!

Con desolación leyó Francis al día siguiente la comunicación al periódico, comprendiendo que un nuevo alimento se daba con ella a la funesta rivalidad tan perjudicial para los intereses de su corazón. Y esa desolación aumentó, cuando vio que ambos rivales habían coincidido una vez más en sus juicios, pues mientras el Standard publicaba la nota de Mr. Dean Forsyth, el Whaston Morning publicaba una nota semejante del doctor Hudelson. Seguía, pues, aquella lucha encarnizada, en la que ninguno de los combatientes había conseguido la menor ventaja.

Al mismo tiempo que Francis, todo Whaston, y al mismo tiempo que Whaston, todo el mundo, conocieron la sorprendente nueva dada al público por los astrónomos de Elisabeth Street y de Moriss Street, que fue asunto de los más apasionados comentarios en ambos hemisferios.

Mr. Dean Forsyth y el doctor Sydney Hudelson comenzaban por exponer que sus continuas observaciones les habían permitido notar una incontestable perturbación en la marcha del bólido. Su órbita, hasta entonces exactamente Norte-Sur, había ahora derivado ligeramente hacia Nordeste-Sudoeste. Por otra parte una modificación mucho más importante había sido comprobada en lo relativo a su distancia de la Tierra, distancia que, ligera, pero incontestablemente, se había reducido, sin que se aumentase la velocidad de traslación. De esas observaciones, y de los cálculos que habían sido su consecuencia, inferían ambos astrónomos que el meteoro, en lugar de seguir una órbita eterna, caería forzosamente sobre la Tierra, en un punto y una fecha, que al presente era ya posible precisar.

Si hasta aquí se hallaban de acuerdo Mr. Forsyth y el doctor Hudelson, dejaban de estarlo en lo demás. Mientras que las sabias ecuaciones del uno le llevaban a predecir que el bólido caería el 28 de junio en la extremidad Sur del Japón, las ecuaciones igualmente sabias del otro le obligaban a afirmar que esta caída se produciría el 7 de julio en un punto de la Patagonia.

¡He ahí la manera que tienen de entenderse los astrónomos! ¡Qué el público eligiera lo que tuviese por conveniente!

Por el momento el público no pensaba en elegir. Un solo hecho le interesaba, y era que el asteroide caería y con él millones que paseaban en el espacio; esto era lo esencial.

Las consecuencias de semejante acontecimiento eran el tema de todas las conversaciones.

En lo que concierne a Francis, experimentó una verdadera desesperación. ¿Qué le importaban aquellos millones? El único bien que deseaba era a su amada Jenny.

Corrió a la casa de Moriss Street. También allí se conocía la funesta nueva y se comprendían sus lamentables consecuencias. La riña violenta y sin remedio era inevitable entre los dos insensatos que se atribuían derechos sobre un astro del cielo, ahora que al amor propio profesional se unía el interés material.

¡Cuántos suspiros exhaló Francis al estrechar las manos de Mrs. Hudelson y de sus amables hijas! ¡Qué estallidos de cólera se permitió la inquieta Loo! ¡Cuántas lágrimas vertió la encantadora Jenny, lágrimas que ni su madre, ni su hermana, ni su novio, pudieron secar, ni aun habiéndole este último jurado eterna fidelidad y esperar hasta que se gastase el último céntimo de aquellos millones por el propietario definitivo del fabuloso meteoro; juramento imprudente que, según todas las apariecias, le condenaba a un celibato eterno!

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