César Cascabel · Parte 1

CAPÍTULO IV

FIRME RESOLUCIÓN

anallas ! Éste era el calificativo más Csuave que merecían aquellos bribones. Sin embargo, por mucho que les increparan, la familia no resultaba por eso menos robada. Menos la última, todas las tardes Cascabel había tenido la costumbre de mirar si el arca estaba en su sitio. Pero la víspera, aún lo recordaba, de resultas de las grandes fatigas de la jornada, como se caía de sueño no había hecho su acostumbrada visita. Evidentemente, mientras que Juan, Sandre y Clou habían ido con él a buscar los objetos abandonados a la vuelta del paso, los dos conductores, después de haber penetrado, sin ser vistos, hasta el último departamento, se apoderaron del arca y la habían ocultado bajo algunas malezas en el límite del campamento. De ahí que rehusaran pasar la noche en el interior de la Belle Roulotte. Después habían esperado que toda la familia se durmiese para huir con la caja y los caballos del granjero.

De todas las economías de la compañía no quedaba nada, excepto algunos dólares que Cascabel tenía en su bolsillo. Y aún podían darse por contentos de que aquellos infames no se hubieran llevado a Vermout y Gladiador porque los perros, acostumbrados ya a la presencia de los dos hombres después de su permanencia de veinticuatro horas, no habían dado aviso, y el robo no había tenido dificultad.

¿Dónde encontrar a los ladrones, ahora que se habrían internado a través de la sierra...?

¿Dónde encontrar el dinero...? Y sin este dinero, ¿cómo atravesar el Atlántico?

La desesperación de la familia se traducía por las lágrimas de los unos y por el furor de los otros. De momento, Cascabel fue presa de un verdadero acceso de rabia, y su mujer y sus hijos tuvieron bastante trabajo para calmarle. Pero, después de haberse abandonado a su cólera, volvió a ser dueño de sí mismo, como hombre que no debe perder el tiempo en vanas recriminaciones.

– ¡Maldito cofre! –no pudo menos de decir Cornelia en medio de sus lágrimas.

– Es cierto –confirmó Juan–; de no haber tenido el arca, nuestro dinero...

– ¡Sí...! ¡Bonita idea la que tuve al comprar esa endiablada caja! –exclamó Cascabel–. Decididamente, cuando se tiene un cofre, lo más prudente es no guardar nada en él. ¡Valiente ventaja que sea a prueba de fuego, como me decía el comerciante, desde el momento en que no está hecho a prueba de ladrones!

Preciso es reconocerlo; era un golpe muy rudo para la familia, y no debe extrañar que todos estuviesen agobiados. ¡Robados los dos mil dólares, ganados a fuerza de tantos trabajos!

– ¿Qué vamos a hacer? –dijo Juan.

– ¿Qué quieres que hagamos? –respondió Cascabel, cuyos dientes apretados parecían mascar las palabras–. Sin caballos de refuerzo no podemos continuar subiendo el paso... En fin... Propongo que volvamos a la granja. Tal vez hayan ido a parar allí esos infames...

– ¡A menos que no hayan vuelto! –observó atinadamente Clou de Girofle.

Y, en efecto, esto era más que probable. Sin embargo, como repetía Cascabel, no había otro camino a tomar que el de volverse atrás, puesto que no podían seguir adelante.

Vermout y Gladiador fueron, pues, enganchados, y el coche empezó a bajar el desfiladero de la sierra.

Esto fue sumamente fácil. Se va deprisa cuando no hay más que bajar pendientes; pero marchaban con las orejas bajas, en silencio sólo interrumpido por las maldiciones que de cuando en cuando se escapaban de los labios de Cascabel.

Al mediodía la Belle Roulotte se detuvo delante de la granja. Los dos ladrones no habían vuelto. Enterado de lo que había pasado, el granjero montó en cólera, pero no se inquietó gran cosa por lo que había sucedido a aquella familia.

Si les habían robado su dinero, a él le habían robado sus tres caballos. Después de haberse escapado a la montaña, los malhechores debían de haberse dirigido al otro lado del paso. ¡Vaya usted a correr tras de ellos! Y el granjero no estaba muy lejos de querer hacer responsable a Cascabel del robo de sus caballerías.

– ¡Esto sí que es bueno! –dijo éste–. ¿Por qué tenéis semejantes criminales a vuestro servicio, y por qué los alquiláis a la gente honrada?

– ¿Acaso lo sabía? –respondió el granjero–. ¡Jamás había tenido queja de ellos! Venían de la Columbia Británica...

– ¿Eran ingleses?

– Sin duda.

– ¡En ese caso, se previene a la gente, señor mío, se le previene! –gritó Cascabel.

En fin, como quiera que fuese, el robo se había cometido y la situación era extremadamente grave.

Pero si la señora Cascabel no llegaba a dominar su disgusto, su marido, con aquel fondo de filosofía ambulante que le era peculiar, no tardó en recobrar su sangre fría.

Y cuando estuvieron reunidos en la Belle Roulotte se suscitó una conversación de la mayor importancia, de la que iba a salir una gran determinación, como dijo Cascabel recalcando las erres.

– Muchachos –declaró–, hay en la vida circunstancias en las que un hombre resuelto debe saber decidirse... He observado también que estas circunstancias son generalmente desagradables. Tales son las en que nos encontramos por la hazaña de esos malhechores... ¡ingleses! ¡Englishmen...! Se trata, pues, de no vacilar entre cuatro caminos, tanto más cuanto que no los hay... ¡No hay más que uno, y es el que vamos a tomar!

– ¿Cuál? –preguntó Sandre.

– Os haré saber ahora mismo el proyecto que se me ha ocurrido –respondió Cascabel–. Pero, para saber si puede realizarse, es necesario que Juan me traiga sus mapas...

– ¿Mi atlas? –exclamó Juan.

– ¡Sí, tu atlas! ¡Debes de estar muy fuerte en geografía...! Ve a buscar ese atlas.

– Al instante, padre.

Y cuando el libro quedó extendido sobre la mesa, Cascabel volvió a hablar en estos términos:

– Es un hecho notorio, hijos míos, que estos pícaros ingleses, ¡cómo no habré adivinado que lo eran!, nos han robado nuestro cofre... ¿Por qué habré tenido la idea de comprarlo? Es bien notorio, digo, que por esto no vamos a renunciar a nuestra idea de volver a Europa...

– ¿Renunciar...? ¡Jamás! –exclamó la señora Cascabel.

– ¡Bien respondido, Cornelia! ¡Deseamos volver a Europa, y volveremos! ¡ Queremos ver de nuevo Francia, y la volveremos a ver! No porque nos hayan despojado... Necesito el aire de mi tierra, o moriré.

– ¡Y yo no quiero que mueras, César! Hemos partido para Europa. ¡Pues bien, llegaremos a ella!

– ¿Y de qué modo? –preguntó Juan–. ¿Cómo podremos conseguirlo?

– Cómo, es lo que se va a decidir... – manifestó Cascabel, que se rascaba la frente–. Seguramente que dando representaciones por el camino llegaríamos a ganar, un día con otro, lo suficiente para conducir la Belle Roulotte hasta Nueva York... Pero una vez allí no dispondríamos de la suma necesaria para pagar su transporte en el buque. ¡Y sin el paquebote no es posible atravesar el mar de otra manera que a nado...! ¡Y me parece que esto sería bastante difícil!

– Muy difícil, patrón –confirmó Clou de Girofle.–. A menos de tener aletas.

– ¿Las tienes tú? –No lo creo.

– Pues cállate y escucha.

Después, dirigiéndose a su primogénito, le dijo:

– Juan, abre tu atlas y enséñanos sobre la carta en qué punto estamos.

Juan buscó el mapa de la América Septentrional y lo colocó ante los ojos de su padre. Todos le miraron, mientras que él indicaba con el dedo un punto de la Sierra Nevada, situada un poco más al este de Sacramento.

– He aquí el sitio –dijo.

– Bien –musitó Cascabel–. ¿De modo que, después de haber pasado al otro lado de la montaña, tendríamos que atravesar todo el territorio de Estados Unidos hasta Nueva York?

– Sí, padre.

– ¿Y cuántas leguas hay?

– Mil trescientas, aproximadamente.

– Bueno. ¿Y luego es necesario franquear el océano?

– Sin duda.

– ¿Cuántas leguas tiene este océano?

– Cerca de novecientas hasta Europa.

– Y, una vez llegados a Francia, ¿vale tanto como decir que estamos en nuestra Normandía?

– ¡Eso mismo!

– ¿Y todo suma...?

– ¡Dos mil doscientas leguas! –exclamó la pequeña Napoleona, que había contado con los dedos.

– ¡Miren la chiquilla! –dijo Cascabel–. Ya sabe aritmética. ¿Quedamos en que dos mil doscientas leguas?

– Aproximadamente, padre, aunque creo que ha medido bien –respondió Juan.

– Pues bien, muchachos, esta longaniza no sería nada para la Belle Roulotte si no se encontrase un maldito mar que le cierra el camino. Y este mar no se puede pasar sin dinero, es decir, sin barco.

– O sin nadaderas –repitió Clou.

– ¡Dale con lo mismo...! –exclamó Cascabel.

– Es, pues, evidente –dijo Juan– que no podemos ir por el Este...

– Es imposible, como dices, hijo mío: ¡absolutamente imposible! Pero, ¿puede ser por el Oeste...?

– ¿Por el Oeste? –exclamó Juan mirando a su padre.

– ¡Sí! Mira ahí, y enséñanos por dónde sería preciso tomar para dirigirnos por el Oeste.

– Sería necesario primeramente subir a través de California, el Oregón y el territorio de Washington hasta la frontera de Estados Unidos.

– ¿Y después...?

– ¿Después...? Está la Columbia Británica.

– ¡Fuá! –dijo Cascabel–. ¿Y no habría medio de evitar esta Columbia...?

– No, padre.

– Pasémosla, entonces. ¿Y después?

– Una vez llegados a la frontera Norte de Columbia, encontraríamos la península de Alaska...

– ¿Que es también inglesa...?

– No, rusa; por lo menos hasta ahora, porque se trata de anexionarla...

– ¿A Inglaterra?

– No. A Estados Unidos.

– Perfectamente. Y después de Alaska, ¿qué hay?

– Está el Estrecho de Behring, que separa los dos continentes, América del Asia.

– ¿Y cuántas leguas hay desde el punto en que nos encontramos hasta ese estrecho?

– Mil cien leguas.

– Acuérdate bien, Napoleona, y sumarás enseguida.

– ¿Y yo? –preguntó Sandre.

– Tú también.

– Ahora, Juan, ¿qué anchura viene a tener el estrecho?

– Veinte leguas, padre.

– ¡Uf! ¡Veinte leguas...! –ponderó mamá Cascabel.

– Un arroyo, Cornelia; como si dijéramos un arroyo.

– ¿Qué dices...? ¿Un arroyo...?

– Sí. Dime, Juan: ¿no está helado en invierno ese estrecho de Behring?

– Sí, padre. Durante cuatro o cinco meses está completamente congelado.

– ¡Bravo! ¿Se puede entonces marchar sobre el hielo?

– Se puede y se hace.

– ¡Ah, qué excelente estrecho!

– Pero –preguntó Cornelia–, ¿no hay más mar que atravesar?

– No. De allí el continente asiático se tiende hasta la Rusia europea.

– Muéstranoslo, Juan.

Y Juan buscó en su atlas la carta general de Asia.

– ¡Bah! Todo se arregla a medida de nuestro deseo –aseguró Cascabel examinando el atlas–, si no hay países salvajes en demasía en tu Asia.

– No los hay, padre.

– ¿Y dónde está Europa?

– Aquí –respondió Juan, apoyando su dedo sobre la cadena de los montes Urales.

– ¿Y qué distancia hay desde este estrecho, este arroyo de Behring, hasta la Rusia europea?

– Se cuentan mil seiscientas leguas.

– ¿Y hasta Francia?

– Cerca de otras seiscientas.

– ¿Y todo esto suma desde Sacramento...?

– ¡Tres mil trescientas veinte leguas! – exclamaron a la vez Sandre y Napoleona.

– ¡Un premio para cada uno! –dijo Cascabel–. ¿Entonces, por el Este, dos mil doscientas leguas...?

– Sí, padre.

– ¿Y por el Oeste tres mil trescientas aproximadamente?

– Sí, o sean mil cien leguas de diferencia.

– ¡De diferencia en más por el Oeste – confirmó papá Cascabel–, pero sin mar en el camino! Por lo tanto, muchachos, cuando no se puede ir por un lado, es necesario ir por el otro, y esto es lo que os propongo sencillamente.

– ¿El qué...? ¡Un viaje hacia atrás! –exclamó Sandre.

– No, hacia atrás, no... Un viaje en sentido inverso.

– Muy bien, padre –dijo Juan–. Sin embargo, te advertiré que, visto el largo camino que vamos a emprender, jamás podremos llegar este año a Francia si vamos por el Oeste.

– ¿Por qué?

– Porque mil cien lenguas de más son algo para nuestra Belle Roulotte y su tiro...

– Pues bien, muchachos; si no estamos en Europa este año, estaremos en ella el año que viene. Y pienso, puesto que tenemos que atravesar Rusia, donde están las ferias de Perm, de Kazan y de Nijni, de las que tanto he oído hablar, que nos detengamos, y os prometo que la célebre familia de los Cascabel hará en ellas muy buen papel, y también muy buenos cuartos.

¿Qué objeciones podían hacerse a un hombre como aquél que tenía respuesta para todo?

Sucede con el alma lo que con el hierro. Bajo los golpes repetidos se contrae, se forja, se hace más resistente. Y eso era precisamente el efecto que se producía en aquellos audaces saltimbanquis. Durante aquella penosa existencia nómada y aventurera, en que habían soportado tantas pruebas, jamás, sin duda, se habían encontrado en peores circunstancias: perdidas sus economías, se hacía imposible la vuelta al país por las vías ordinarias.

Pero este último martillazo fue tan rudamente asestado por la mala suerte, que se sentían con la fuerza necesaria para desafiarlo todo en el porvenir.

Mamá Cascabel, sus dos hijos y su hija aplaudieron, pues, la proposición de su padre. Y, sin embargo, era verdaderamente insensata y se necesitaba que Cascabel estuviera singularmente «empeñado» en su deseo de volver a Europa. ¡Bah! ¿Qué era tener que atravesar el Oeste de América y la Siberia asiática desde el momento en que se dirigían a Francia?

– ¡Bravo...! ¡Bravo...! –exclamó Napoleona.

– ¡Que se repita! ¡Que se repita! –añadió Sandre, que no encontró frase más significativa para expresar su entusiasmo.

– Dime, padre –preguntó Napoleona–: ¿veremos al emperador de Rusia?

– Ciertamente, si Su Majestad el zar tiene costumbre de ir a divertirse a la feria de Nijni.

– ¿Y trabajaremos delante de él?

– Sí, por poco que lo desee.

– ¡Ah! ¡Cómo me gustará besarle en los dos carrillos !

– Puede ser que debas contentarte con uno, niñita –replicó Cascabel–. Pero si le besas, ten cuidado de no aplastar su corona.

Clou de Girofle, por su parte, sintió que aumentaba aún mucho más la ya grande admiración que experimentaba por el genio de su amo.

Quedó, pues decidido que la Belle Roulotte caminaría a través de California, el Oregón y el territorio de Washington hasta la frontera anglo-americana.

Quedaban cincuenta dólares, aproximadamente, el dinero del bolsillo, que, por fortuna, no había sido depositado en el arca de hierro. Sin embargo, como tan débil suma no podría basta para los gastos cotidianos del viaje, se convino en que la compañía daría representaciones en las villas y pueblecillos del tránsito.

En efecto, no había que preocuparse por el retraso que estos altos ocasionaran. ¿No sería necesario esperar a que el estrecho estuviera helado en toda su superficie para abrir paso al vehículo? Esto no podía ser antes de siete u ocho meses.

– Y el diablo ha de andar en ello –dijo papá Cascabel para concluir–, si no nos metemos en el bolsillo algunas buenas colectas antes de llegar al límite de América.

Verdad es que en toda la parte superior de Alaska «el hacer dinero» en medio de las tribus errantes de los indios era muy problemático. Pero hasta la frontera occidental de Estados Unidos, en aquella parte del Nuevo Continente que no había visitado todavía la familia Cascabel, no cabía duda que el público se apresuraría a acogerla como se merecía, nada más que por su reputación.

También era verdad que al otro lado se encontraría la Columbia Británica; y aunque las villas fuesen en ellas numerosas, jamás se rebajaría César Cascabel a postular chelines o peniques. Ya era bastante, ¡demasiado!, que la Belle Roulotte y su personal se viesen obligados a pisar durante más de doscientas leguas el suelo de una colonia inglesa.

En cuanto a la Siberia asiática, con sus largas estepas desiertas, apenas encontrarían algunos de esos pueblecillos samoyedos o Chukchis, que casi nunca abandonan las regiones del litoral. Allí, sin duda, no habría entrada en perspectiva. ¡Harto lo experimentarían cuando estuvieran allí!

Habiendo quedado todo convenido, Cascabel decidió que la Belle Roulotte partiera al día siguiente al amanecer.

Lo que ahora urgía era la cena. Cornelia puso manos a la obra con su desparpajo acostumbrado, y mientras guisaba, ayudada por Clou de Girofle, dijo:

– Es una buena idea la que ha tenido papá Cascabel.

– Sí, patrona, buena idea, como todas las que se cuecen en su cacerola; quiero decir, en su cerebro...

– Eso de que no haya mar que atravesar en esa dirección... Que no haya mareo...

– ¡A menos que no haya balanceos de hielo en el estrecho!

– ¡Chist! Calla, Clou; nada de malos presagios.

Entretanto, Sandre ejecutaba algunos saltos mortales que arrebataban a su padre. Y por su parte, Napoleona danzaban graciosamente, mientras los perros saltaban cerca de ella...

Era necesario ponerse en forma, en vista de que las representaciones iban a dar principio nuevamente.

De pronto, Sandre exclamó:

– ¿Y las bestias, a las que no hemos consultado para nuestro gran viaje?

Corrió enseguida a Vermout:

– Y bien, mi viejo jaco, ¿te conviene un trote de tres mil leguas?

Después, dirigiéndose a Gladiador:

– ¿Qué es lo que van a decir tus viejas piernas?

Los dos caballos relincharon a un tiempo, para dar su aquiescencia.

Sandre volvióse entonces a los perros:

– Y Wagram, y Marengo, ¿qué dicen? ¡Menudas carreras vais a daros! ¡Ya os divertiréis!

Ladridos y saltos cariñosos, que fueron acompañados de algunas piruetas significativas. No cabía duda: Wagram y Marengo darían la vuelta al mundo a una señal de su amo.

Se presentó al mono para darle el aviso.

– ¡Veamos, John Bullí –exclamó el pilluelo–. ¡No tomes ese aire tan abatido! Vas a ver tierra. Y si tienes frío, se te pondrá una casaca bien forrada. ¿Y tus muecas? Creo que no las habrás olvidado.

No, John Bull no las había olvidado; y las hizo tan graciosas, que provocó la hilaridad general.

Quedaba el papagayo.

Sandre le hizo salir de su jaula, y el pájaro se paseó, moviendo la cabeza y balanceándose sobre sus patas.

– ¿Qué, Jako? –preguntó Sandre–. ¿No me respondes...? ¿Es que has perdido la lengua? ¡Vamos a hacer un buen viaje, muy bonito! ¿Estás contento, Jako?

Jako sacó del fondo de su garganta una serie de sonidos articulados en que las erres se notaban como si fueran arrojadas por la poderosa laringe de papá Cascabel.

– ¡Bravo! –exclamó Sandre–. \Jako está satisfecho! \Jako lo aprueba...! \Jako ha dicho que sí...!

Y el muchacho, echando la cabeza abajo y los pies por alto, emprendió una serie de volteretas y contorsiones que le valieron las felicitaciones paternales. En aquel momento apareció Cornelia.

– ¡A la mesa! –anunció.

Un instante después estaban sentados a la mesa, y la comida fue devorada hasta la última migaja.

Parecía que todo se había olvidado ya, cuando Clou volvió a la conversación sobre la famosa arca de hierro, diciendo:

– Y ahora que pienso, patrón, ¡vaya un chasco que se van a llevar esos tunantes!

– ¿Por qué? –preguntó Juan.

– Puesto que no conocen la palabra, no podrán jamás abrir el cofre.

– ¡Por eso no dudo que me lo devolverán! – saltó papá Cascabel, riéndose estrepitosamente.

Porque aquel hombre extraordinario, en tregado por completo a su nuevo proyecto, había olvidado ya el robo y los ladrones.

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