César Cascabel · Parte 4

CAPÍTULO IV

LOS MONTES URALES

En verdad que la cadena de los Urales merece ser visitada por los turistas, tanto, por lo menos, como los Pirineos y los Alpes. En lenguaje tártaro, la palabra ural significa cinturón, y es propiamente un cinturón que se desarrolla desde el mar Caspio hasta el mar Ártico, en 2.900 kilómetros de extensión, un cinturón adornado de piedras preciosas, enriquecido con metales finos, oro, plata y platino; un cinturón que ajusta el talle del viejo continente, entre los límites de Asia y de Europa. Su sistema orográfico es muy vasto, y vierte sus aguas a través de los cauces del Ural, del Hara, del Petchora, del Kama y numerosos tributarios, alimentados por la fusión de las nieves. Es una soberbia barrera de granito y cuarzo, irguiendo sus agujas y sus picos a una altura media de dos mil trescientos metros sobre el nivel oceánico.

– ¡Éstas sí que pueden llamarse verdaderamente montañas rusas! –dijo alegremente César Cascabel–. Pero no ruedan solas como las de la puerta Maillot, o las del Bulevar de los Capuchinos.

En primer lugar, durante la travesía de la montaña, sería difícil evitar las aldeas, los zavodys, aquellos numerosos pueblecillos, cuyos habitantes deben su origen a los antiguos obreros que se ocupaban en la explotación de las minas.

Sin embargo, al franquear aquellos grandiosos desfiladeros, la troupe de papá Cascabel no debía temer el encuentro de puestos militares, toda vez que sus papeles estaban en regla. Y aunque hubieran abordado los montes Urales por su parte media, no habrían vacilado en seguir el pintoresco camino de Ekaterinemburgo, uno de los más frecuentados del país, con el fin de desembocar en el Gobierno de este nombre. Pero puesto que el itinerario de Ortik les había llevado más al Norte, era mejor seguir el paso del Petchora y bajar enseguida hasta Perm.

Esto es lo que iban a hacer al día siguiente.

Cuando amaneció, pudieron convencerse de que el número de los agresores había sido considerable. Si hubieran llegado a penetrar en el interior de la Belle Roulotte, ni uno de sus huéspedes se hubiese salvado de aquella carnicería.

Unos cincuenta lobos yacían en el suelo; eran animales de gran tamaño, tan temibles para los viajeros que se aventuran en la estepa. Los demás habían huido, escapando como si tuvieran el fuego a sus espaldas; metáfora absolutamente justificada esta vez.

Los dos animales, abrasados, fueron hallados a unos cien pasos de la pradera.

Se presentaba una cuestión importante: al entrar por el desfiladero del Petchora, la Belle Roulotte se había alejado de los zavodys, muy raros en la vertiente oriental de los Urales.

– ¿Cómo nos compondremos ahora, habiendo huido nuestro tiro? –preguntó Juan.

– ¡Si no hubieran hecho más que huir, no sería difícil volverlos a encontrar! –respondió papá Cascabel–. Pero es probable que nuestros renos hayan sido devorados.

– ¡Pobres animales! –dijo Napoleona–. Los quería como amaba antes a Vermout y Gladiador...

– ¡Habrán perecido bajo el diente de los lobos, si no se han ahogado! –añadió Sandre.

– ¡Sí, eso es lo que habrá sucedido! –opinó también papa Cascabel, dejando escapar un fuerte suspiro.

– En fin, ¿cómo reemplazar nuestro tiro...?

– Voy a dirigirme al pueblo más próximo, donde me procuraré caballos pagando lo que quieran –decidió el conde–. Si Ortik me quiere servir de guía.

– Partiremos cuando queráis, señor Sergio – respondió Ortik.

– Evidentemente no se puede hacer otra cosa –dijo Cascabel.

Y esto se hubiera hecho aquel mismo día, si, con general sorpresa, no hubieran aparecido, a las ocho de la mañana, dos renos en el borde del claro.

Sandre fue el que los descubrió.

– ¡Padre! ¡Padre! –gritó–. ¡Miradlos...! ¡Vuelven...!

– ¿Vivos...?

– No los han debido devorar, puesto que andan...

– ¡A menos que no les hayan dejado las piernas! –saltó el necio Clou.

– ¡Ah, qué buenos animales! –exclamó

Napoleona–. ¡Es necesario que los abrace!

Y pasándoles los brazos alrededor del cuello, les abrazó de todo corazón.

Pero dos renos no eran suficiente para arrastrar la Belle Roulotte. Por fortuna, otros varios se presentaron en el límite del bosque. Una hora después contaban con catorce de los veinte que habían traído del archipiélago de las Liakhoff.

– ¡Vivan los renos! –gritó el revoltoso Sandre, sin que este grito tuviese nada de monárquico (18).

No faltaban más que seis de aquellos animales, los que los lobos habían atacado antes que hubieran podido romper sus trabas, y cuyos restos se encontraron en los límites del bosque. Los otros catorce hablan huido antes del ataque, y el instinto los devolvía al campamento.

¡Imagínese el recibimiento que se haría a tan excelentes animales! Con ellos el vehícu lo podría volver a marchar a través del desfi ladero de los Urales. Todos empujarían las ruedas cuando las pendientes fuesen muy grandes, y papá Cascabel podría hacer una solemne entrada en la plaza de Perm.

Lo que le entristecía era que la Belle Roulotte habla perdido algo de su esplendor de otras veces, con sus costados roídos por los dientes de los lobos y sus tableros arañados por las uñas de estos feroces carnívoros. Antes de esta agresión, desteñida por las ráfagas, desdorada por las intemperies, deteriorada por las fatigas de semejante viaje, estaba ya casi desconocida. El escudo de los Cascabel se había medio borrado por los fuertes v repetidos choques contra las ventiscas.

¡Cuántos brochazos y pinceladas serían necesarios para darle su primitivo lustre!

A las diez fueron enganchados los renos, y se pusieron en marcha. Como el camino subía sensiblemente, los hombres marcharon a pie.

El tiempo era bueno, y el calor bastante soportable en aquella elevada parte de la montaña. Pero ¡cuántas veces hubo necesidad de ayudar al tiro y levantar las ruedas, hundidas hasta los cubos en el fondo de las rodadas!. A cada revuelta demasiado rápida de la garganta era preciso sostener a la Belle Roulotte, que amenazaba dar con la delantera o la trasera en los ángulos de las rocas.

Los desfiladeros de los Urales no son obra del hombre. Sólo la naturaleza ha abierto un paso a las aguas de la cadena a través de estos sinuosos despeñaderos. Un riachuelo, afluente del Sosva, bajaba serpenteando hacia el Oeste. A veces su lecho se ensanchaba hasta el punto de no dejar más que un estrecho sendero en zigzag. Aquí se elevaban taludes cortados a pico dejando ver su armazón de roca, muy visible bajo el tapiz de musgos y plantas lapidarias. Mas allá los flancos se prolongaban en suaves pendiente erizadas de árboles, pinos y abetos, álamos blancos y cedros, especies propias de las comarcas septentrionales de Europa. Y a lo lejos, perdidas en las nubes, se perfilaban las crestas nevadas que alimentan sus numerosos torrentes.

Durante aquella primera jornada no encontraron a nadie, sin duda por seguir un camino evidentemente poco frecuentado. Ortik y Kirschef parecían conocerlo bien. Dos o tres veces, sin embargo, vacilaron al llegar a sitios donde varias gargantas se ramificaban a través del macizo. Entonces se detenían o hablaban en voz baja, lo que no podía parecer sospechoso, puesto que nadie tenía el menor motivo para dudar de su buena fe.

Kayette no dejaba de observarles, sin que ellos lo advirtiesen. Estas conversaciones secretas, y ciertas miradas que cambiaban, excitaban cada vez más su desconfianza. Ellos, por otra parte, estaban lejos de suponer que la joven india tuviera algún motivo para creerlos sospechosos.

Cuando llegó la tarde, el señor Sergio escogió un lugar de descanso en el borde del arroyo. Terminada la comida, César Cascabel, Kirschef y Clou de Girofle se tomaron el cuidado de velar alternativamente, como medida de prudencia, costándoles gran trabajo no dormirse en sus puestos después de las fatigas de aquella jornada y los insomnios de la noche anterior.

A la mañana siguiente volvieron a emprender la caminata, subiendo el desfiladero, que se elevaba y se estrechaba a la vez. Hubo que luchar con las mismas dificultades que la víspera, exigiendo los mismos esfuerzos. En suma: sólo quince o veinte kilómetros en las veinticuatro horas. Pero esto se había ya tenido en cuenta para el paso de los Urales.

El conde y su amigo Juan sintieron más de una vez la tentación de perseguir alguna hermosa pieza a través de las profundidades que se abrían en la garganta. Entre los matorrales se veían pasar antas, gamos y liebres en gran número. Cornelia no hubiera hecho ascos a la caza fresca. Pero si ésta abundaba, ya sabemos que las municiones se habían concluido en el ataque de los lobos, y no podían ser renovadas hasta llegar al próximo pueblecillo.

Por consiguiente, las carabinas estaban condenadas al descanso, y Wagram miraba fijamente a su amo, como queriéndole decir:

«¿Qué es esto...? ¿No se caza ya?»

Y, sin embargo, se presentó una ocasión en que la intervención de las armas de fuego hubiera estado plenamente justificada.

Eran las tres de la tarde; la Belle Roulotte seguía un ribazo pedregoso, cuando apareció un oso al otro lado de la corriente. Era un animal de gran tamaño, y su presencia se advirtió por los significativos aullidos de los dos perros. Sentado sobre sus patas traseras, movía su enorme cabeza y agitaba su oscura piel, mirando a !a pequeña caravana.

¿Pensaba atacarles? ¿Era una mirada de curiosidad o una mirada de codicia la que dirigía al tiro y a sus conductores?

Juan había impuesto silencio a Wagram y Marengo, juzgando inútil excitar a tan terrible fiera, puesto que estaban desarmados. ¿Por qué arriesgarse a cambiar sus propósitos, pacíficos tal vez, en hostiles, cuando le era tan fácil pasar de una ribera a la otra?

Sucedió, pues, que se quedaron mirando tranquilamente como viajeros que se cruzan en un camino, mientras papá Cascabel se limitaba a decir:

– ¡Qué lástima no podemos apoderar de ese hermosa fiera de los Urales! ¡Qué buen papel haría entre nuestro personal!

Pero hubiera sido difícil ofrecer a este oso un ajuste en la compañía. Además, prefiriendo sin duda la existencia agreste a la ambulante, se levantó, movió por última vez su enorme cabeza, y desapareció trotando.

Como a un saludo se contesta con otro, Sandre lo gratificó con un sombrerazo, que Juan hubiera sustituido de buena gana por un tiro.

A las seis da la tarde hicieron alto casi en las mismas condiciones que la víspera.

A las cinco de la mañana siguiente partieron, preparados para una penosa jornada. Como siempre, tuvieron que soportar grandes fatigas, pero no hubo accidentes.

Lo más rudo había sido hecho, puesto que la Belle Roulotte se encontraba en el punto culminante del paso, en la misma garganta del desfiladero. No quedaba ya más de bajar, siguiendo las pendientes occidentales que se dirigen a Europa.

Aquella tarde, 6 de julio, el tiro, muy fatigado, se paró cerca de la entrada de una garganta tortuosa, flanqueada a la derecha por un espeso bosque.

El calor había sido sofocante durante esta jornada. Hacia el Este, grandes nubes, partidas por una larga franja en su parte inferior, recortaban los lívidos vapores del horizonte.

– Vamos a tener tempestad –dijo Juan.

– ¡Mal negocio! –exclamó Ortik–; porque las tormentas son terribles a veces en los Urales.

– Nos pondremos al abrigo –decidió papá Cascabel.

– Kayette –preguntó Napoleona–, ¿tienes miedo a la tempestad?

– No, querida mía –respondió Kayette.

– Y haces bien, Kayette –afirmó Juan–. Es necesario no tener miedo...

– ¡Psch! –exclamó Napoleona encogiéndose de hombros–. Cuando no se puede remediar...

– ¡Oh! ¡Es una miedosa! –replicó Sandre–. ¡Pero, tonta, el trueno no es más que un juego de bolos!

– ¡Sí...! De bolos de fuego que caen sobre la cabeza –replicó la niña, cerrando los ojos ante la luz de un vivo relámpago.

Se apresuraron a organizar el campamento, con el fin de que cada cual pudiera guarecerse de la tormenta. Después, cuando terminó la cena, se decidió que los hombres velarían, alternando como las noches anteriores.

El conde iba a comprometerse, cuando Ortik se le antepuso diciendo:

– ¿Queréis que empecemos la velada Kirschef y yo?

– Como queráis –manifestó el señor Sergio– . A medianoche vendré con Juan a relevaros.

– Perfectamente, señor Sergio –respondió Ortik.

Aquella proposición, tan fraternal al parecer, fue sospechosa para Kayette, y, sin darse cuenta, tuvo el presentimiento de que ocultaba alguna maquinación.

En aquel momento la tempestad empezaba a desencadenarse con extraordinaria violencia. Los relámpagos proyectaban grandes y rápidos resplandores a través de la masa de árboles, y el trueno retumbaba en el espacio, multiplicándose con los ecos de la montaña. Para cerrar mejor los oídos y los ojos, Napoleona se había envuelto en su manta. Cada cual se apresuró a acostarse, y a las nueve todos se habían dormido en el interior de la Belle Roulotte, a despecho del estrépito del rayo y el silbido estruendoso de las ráfagas constantes.

Kayette no dormía. No se había desnudado, y, aunque muy fatigada, no hubiera podido conciliar el sueño ni un momento. Una profunda inquietud se apoderó de ella al pensar que la seguridad de sus compañeros estaba confiada a los dos rusos. Una hora después, queriendo enterarse de lo que hacían, levantó la cortinilla de la ventana situada encima de su lecho, y miró a la luz de los relámpagos.

Ortik y Kirschef, que estaban hablando, interrumpieron de pronto su conversación y se dirigieron a la entrada de la garganta, en la cual en aquel mismo momento apareció un hombre.

Ortik le hizo seña para que no avanzase mucho, por temor a los perros. Si Wagram y Marengo no habían avisado su aproximación era porque en aquella sofocante temperatura, producida por la tormenta, hablan buscado un abrigo bajo la Belle Roulotte

Después de haberse reunido a este hombre, Ortik y Kirschef cambiaron algunas palabras, y, al resplandor de un relámpago, Kayette vio que le seguían bajo los árboles.

¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué los dos marineros se habían puesto en relaciones con él? Era necesario saberlo a todo trance.

Kayette abandonó su lecho, y tan suavemente, que no despertó a nadie. Al pasar cerca de Juan, le oyó pronunciar su nombre...

¿La había visto...?

No. Juan soñaba... ¡y soñaba con ella!

Cuando llegó a la puerta, Kayette la abrió con precaución y la cerró sin ruido.

Una vez fuera, díjose a sí misma:

«Vamos.»

No vaciló ni experimentó ningún temor. ¡Y, sin embargo, su vida estaba en peligro inminente si llegara a ser descubierta!

Kayette se internó en el bosque, cuyo fondo se iluminaba como por el reflejo de un incendio cuando un ancho relámpago desgarraba las nubes.

Arrastrándose bajo las malezas, desapareciendo entre las altas hierbas, anduvo hasta colocarse detrás del tronco de un enorme cedro.

Un murmullo de voces que oyó veinte pasos la hizo detenerse.

Allí, agrupados bajo los árboles, había siete hombres, a los que Kirschef y Ortik acababan de reunirse.

Lo que Kayette pudo oír de la conversación entre estos hombres sospechosos fue lo siguiente, que expresaron en lengua rusa:

– A fe mía –dijo Ortik–, he tenido acierto en seguir el desfiladero del Petchora. Siempre se tiene la seguridad de encontrar antiguos camaradas. ¿No es verdad, Rostof?

Rostof era el hombre que Ortik y Kirschef habían visto en el límite del bosque.

– Hace dos días –respondió Rostof– que seguimos ese carro, teniendo cuidado de no dejarnos ver. Como os habíamos reconocido a Kirschef y a ti, pensábamos que se podría dar un buen golpe.

– Uno... y aun quizá dos –respondió Ortik.

– ¿Y de dónde venís? –preguntó Rostof.

– De la lejana América del Norte, donde estábamos afiliados a la banda de Karnof.

– Y los que os acompañan, ¿quiénes son?

– Saltimbanquis franceses, una tal familia Cascabel, que vuelve a Europa. Os contaremos más tarde nuestras aventuras de viaje... Vamos a lo más importante.

– Ortik –preguntó uno de los compañeros de Rostof–, ¿hay dinero en ese coche?

– Dos o tres mil rublos.

– ¿Y no os habéis despedido todavía de esas buenas gentes? –observó irónicamente Rostof.

– No, porque hay a la vista un asunto mucho más importante que ese robo tan mezquino, y para el que tengo necesidad de algún refuerzo.

– ¿Y qué es?

– Escuchadme, amigos míos –repuso Ortik– Si Kirschef y yo hemos podido atravesar la Siberia sin peligros y llegar hasta la frontera rusa, se lo debemos a la familia Cascabel. Pero lo que nosotros hemos hecho en estas circunstancias, otro lo ha hecho también, creyendo que no se le iría a buscar en medio de una troupe de saltimbanquis. Es ése un ruso, que no tiene más derecho que nosotros para penetrar en Rusia, aunque sea por otros motivos; un condenado político de alto nacimiento y de gran fortuna. Su secreto, que no era conocido más que del señor Cascabel y su esposa, ha sido descubierto por nosotros.

– ¿Y cómo ha ocurrido eso?

– Por una conversación que oímos una tarde entre Cascabel y el ruso.

– ¿Cómo se llama ese hombre?

– El señor Sergio para todo el mundo. En realidad, es el conde Narkin, y su vida está en peligro si llega a ser descubierto en territorio moscovita.

– ¡Espera! –dijo Rostof–. Este conde Narkin, ¿no es el hijo del príncipe Narkin, y no ha sido desterrado a Siberia, donde su evasión produjo tanto ruido hace algunos años.

– Precisamente –respondió Ortik–. Pues bien : el conde Narkin tiene millones, y creo que no vacilará en darnos por lo menos uno, bajo la amenaza de ser denunciado.

– Bien pensado, Ortik. Pero, ¿por qué tienes necesidad de nosotros para ejecutar este plan? – preguntó, suspicaz siempre, el tal Rostof.

– Porque conviene que Kirschef y yo no aparezcamos mezclados en este primer negocio, dado el caso de que fracase, para podernos desquitar en el segundo. Y si saliera bien, porque para apoderarnos del coche y el dinero de la familia Cascabel es preciso que sigamos siendo los dos náufragos rusos, que les deben su vida y su repatriación. Entonces, después de habernos desembarazado de esta familia, podremos correr las ciudades y campiñas sin que a la policía se le ocurra venir a buscarnos bajo nuestro disfraz de saltimbanquis.

– Ortik, ¿quieres que los ataquemos esta misma noche, que nos apoderemos del conde Narkin, y que le hagamos saber bajo qué condiciones no se denunciará su vuelta a Rusia?

– ¡Paciencia...! ¡Paciencia! –respondió Ortik– . Puesto que el conde Narkin tiene la intención de ir a Perm, con el fin de ver a su padre, más vale dejarle llegar. Una vez allí, recibirá una carta en que se le rogará, como asunto muy urgente, acuda a una entrevista, donde tendrá el placer de conoceros.

– ¿De modo que nada hay que intentar por el momento?

– Nada –declaró Ortik–, pero obrad de manera que podáis precedernos sin ser vistos, y encontraros en Perm un poco antes que nosotros.

– Convenido –respondió Rostof.

Y los malhechores se separaron, sin sospechar que su conversación había sido escuchada por Kayette.

Ortik y Kirschef volvieron al campamento algunos instantes después persuadidos de que nadie había notado su ausencia.

Kayette era ya sabedora del plan de aquellos miserables. Al mismo tiempo acababa de saber que el señor Sergio que ella conocía era el conde Narkin, cuya vida estaba en peligro, como la de sus compañeros. ¡El incógnito que le ocultaba iba a ser descubierto, si no consentía dar parte de su fortuna!

Kayette, atemorizada por lo que acababa de oír, tardó algunos instantes en reponerse. Resuelta a despistar las maniobras de Ortik, buscó con empeño la manera de lograrlo. Pasó la noche presa de las mayores inquietudes, preguntándose si lo que había oído no era producto de un mal sueño.

Desgraciadamente, era una absoluta realidad.

Y no pudo dudarlo, cuando a la mañana siguiente

Ortik dijo a papá Cascabel:

– Ya sabéis que Kirschef y yo teníamos la intención de dejaros al otro lado de los Urales, para dirigirnos a Riga. Pero hemos pensado que valía más bajar hasta Perm, donde rogaremos al Gobernador que tome algunas medidas concernientes a nuestra repatriación... ¿Nos permitiréis continuar el viaje en vuestra compañía?

– ¡Con mucho gusto, amigos míos! – respondió el confiado Cascabel–. Cuando se viene juntos desde tan lejos, es menester separarse lo más tarde posible, y aun entonces es demasiado pronto.

Notas de la fuente

18. Juego de palabras intraducible. Reines (reinas), rennes (renos), se pronuncian de la misma manera.

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