César Cascabel · Parte 4

CAPÍTULO II

SE LLEGA AL RIO OBI

onviene volvamos a ocuparnos de la

Csituación de aquellos dos rusos, que la mala suerte había reunido a la familia Cascabel.

Podría creerse que, reconocidos a la acogida que habían recibido, Ortik y Kirschef habían modificado sus intenciones. Pero no era así. Aquellos miserables, cuyo pasado contaba ya tantos crímenes con la banda de Karnof, sólo pensaban en cometer otros nuevos. Querían apoderarse de la Belle Roulotte, como también del dinero devuelto por Tchu Tchuk, y, una vez internados en Rusia con el disfraz de saltimbanquis, volver a empezar su existencia criminal.

Para poner en ejecución estos proyectos, necesitaban, en primer lugar, desembarazarse de sus compañeros de viaje, de aquellas honradas gentes a quienes debían su libertad, y esto no vacilarían en hacerlo.

Pero como este proyecto no podían ejecutarlo por sí solos, se dirigían a uno de los pasos de los Urales, frecuentado por malhechores, sus antiguos cómplices, y allí contaban reclutar el número de bandidos necesario para atacar a las gentes de la Belle Roulotte.

¿Y quién hubiera podido suponer tan abominable traición?

Trataban de hacerse útiles, y nadie había tenido jamás que dirigirles el menor reproche.

Si no inspiraban simpatía, tampoco despertaban desconfianza, a excepción de Kayette, que siempre conservaba dudas respecto de ellos. Hubo un momento en que creyó haber oído la voz de Kirschef la noche en que el señor Sergio fue atacado en el límite de Alaska. Pero, ¿cómo admitir que los autores de aquel crimen fuesen precisamente los dos marinos que se habían encontrado a mil doscientas leguas de allí, en una de las islas del archipiélago Liakhoff. Así es que, sin cesar de observarlos, se guardaba muy bien de decir nada de sus sospechas inverosímiles.

Conviene notar que si Ortik y Kirschef eran sospechosos para la joven, ellos a su vez encontraban muy singular la situación del señor Sergio.

Después de herido gravemente en la frontera de Alaska, había sido transportado a Sitka y cuidado por la familia Cascabel. Hasta aquí nada más natural. Pero una vez curado, ¿por qué no había permanecido en Sitka? ¿Por qué los había seguido hasta Port Clarence? ¿Por qué los acompañaba a través de la Siberia? La presencia de aquel ruso formando parte de una compañía ambulante, era, por lo menos, extraña.

Cierto día Ortik dijo a Kirschef:

– ¿Por ventura ese señor Sergio procurará entrar en Rusia, tomando sus precauciones para no ser reconocido? ¡Tal vez se pueda sacar algún partido de esta circunstancia! ¡Será cosa de aguzar la vista!

Y sin que pudiera figurárselo, el conde Narkin ara espiado continuamente por Ortik, que esperaba sorprender su secreto.

El 23 de abril, al salir del país de los yakutos, la caravana se internó en el territorio de los ostiacos.

Estos siberianos forman un pueblo bastante miserable, poco civilizado, por más que esta parte de la Siberia encierre algunos ricos distritos, entre otros el de Berezov.

Cuando la Belle Roulotte atravesó uno de los pueblecillos de este distrito, pudieron observar cuánto difieren de las pintorescas y seductoras aldeas yakutas. Cuevas infectas, apenas a propósito para albergue de animales, en cuyo interior es casi imposible respirar.

En parte alguna podía imaginarse seres más repugnantes que aquellos indígenas, de los que Juan pudo decir, citando un párrafo de geografía general que les concernía: «Los ostiacos de la Alta Siberia llevan una doble vestidura para preservarse del frío: una capa de mugre, y encima una piel de reno.» (17)

En cuanto a su alimento, se compone casi únicamente de pescado medio crudo, y de carne, a la que no hacen jamás sufrir la más mínima cocción.

Sin embargo, esto, que es habitual a los nómadas, cuyos rebaños están dispersos por la estepa, no lo es en igual grado cuando se trata de los habitantes de las principales poblaciones. Así es que en el pueblo de Starokhantaskii, los viajeros encontraron gentes menos groseras, aunque poco hospitalarias para con los extranjeros. Las mujeres, tatuadas con dibujos azules, llevaban el vakocham, especie de velo rojo guarnecido de bandas azules, la falda de colores chillones, el corpiño de tinte más claro, cuyo defectuoso corte deforma su talle, ceñido por un ancho cinturón adornado de cascabeles, que suenan a cada movimiento, como los arreos de una mula española.

En cuanto a los hombres, durante el invierno, y algunos estaban aún vestidos de esta manera, parecen animales, por estar cubiertos con un vestido de piel cuyo pelo está vuelto al exterior. Su cabeza desaparece bajo el capuchón del maltza y del parka, en el que hay varias aberturas para los ojos, la boca y las orejas. Imposible ver ningún rasgo de su fisonomía.

La Belle Roulotte encontró en su camino varios trineos de los llamados narkes, tirados por tres renos por medio de una simple correa que pasa por debajo del vientre de aquellos animales, y una sola rienda que se ata a sus cuernos. Estos narkes pueden hacer de siete a ocho leguas sin que el tiro tenga necesidad de tomar aliento.

No había que pensar en obtener un esfuerzo semejante de los renos que arrastraban el carruaje. Sin embargo, no había razón para quejarse; prestaban buenos servicios.

Y con este motivo, como el señor Sergio dijese un día que quizá sería prudente re emplazarlos por caballos en cuanto se los pudieran procurar, saltó el buen Cascabel:

– ¿Reemplazados...? ¿Y por qué? ¿Creéis que éstos no tendrán fuerzas para conducirnos a Rusia?

– Si nos dirigiésemos a la Rusia septentrional no me preocuparía –dijo el noble ruso–; pero la Rusia central es otra cosa. Estos animales soportan difícilmente el calor; éste les aniquila y los hace incapaces de cualquier trabajo. Así, hacia el mes de abril se ven numerosos rebaños de renos dirigirse a los territorios del Norte, y principalmente a las mesetas de los Urales, siempre cubiertas de nieves.

– Pues bien, señor Sergio, nos decidiremos cuando hayamos llegado a la frontera. ¡Y verdaderamente será un gran sacrificio se pararnos de estos animales! ¡Figuraos el efecto que produciría nuestra entrada en la feria de Perm, con un tiro de veinte renos enganchados al carro de la familia Casca bel...! ¡Qué efecto, y qué reclamo!

– ¡Evidentemente, sería magnífico! – convino el noble, sonriendo.

– ¡Triunfal...! ¡Decid triunfal...! Y a propósito –añadió papá Cascabel–, queda convenido que el conde Narkin forme parte de mi compañía, y que, en caso necesario, no rehusará trabajar ante el público..., ¿no es así?

– Por supuesto.

– Entonces, no descuidéis vuestras lecciones de escamoteo, señor Sergio- Como se figuran que aprendéis por gusto, ni mis hijos ni los dos marineros podrán sorprenderse de vuestra aplicación. ¿Y sabéis que sois ya bastante diestro?

– ¡Y cómo no había de serlo con un profesor como vos!

– Perdonad, señor, pero os aseguro que tenéis disposiciones naturales muy notables... ¡Con un poco de costumbre, llegaréis a ser un malabarista de primer orden, y estoy seguro de que llegaréis a hacer fortuna!

El 6 de mayo la Belle Roulotte llegó a las márgenes del Yenisei, a unas cien leguas del lago Yege.

El Yenisei es uno de los principales ríos del continente siberiano, y desagua a través del golfo de este nombre, que se encuentra en el paralelo 70, en el mar Ártico.

En aquella época no quedaba ya ni un sólo témpano en la superficie de aquel ancho río. Una gran barca para carruajes y viajeros, que establecía la comunicación entre las dos orillas, permitió a la pequeña caravana, material y personal, pasar a la otra orilla, no sin haber pagado un cuantioso derecho de peaje.

La estepa empezaba al otro lado, con sus interminables horizontes. En varias ocasiones pudieron observarse grupos de ostiacos que cumplían con sus deberes religiosos. Por más que la mayor parte hayan sido bautizados, la religión cristiana tiene poco imperio sobre ellos, y aún se les ve prosternarse ante los ídolos paganos de los shaïtans. Son imágenes con rostro humano, tallados en gruesos postes de madera, de los que cada casa, cada cueva, posee un modelo adornado con una cruz de cobre.

Parece ser que los sacerdotes ostiacos, los schamans, sacan buenos productos de esta religión por partida doble, sin contar con que ejercen gran influencia sobre aquellos fanáticos, a la vez cristianos e idólatras. ¡No es posible imaginarse con qué convicción se agitan aquellos poseídos en presencia de los ídolos! ¡A qué contorsiones de epilépticos se entregan!

La primera vez que encontraron una media docena de aquellos energúmenos, el joven Sandre se puso a imitarlos, marchando sobre las manos, derrengándose, dando volteretas como un payaso y terminando el ejercicio por una serie de saltos de carpa.

Ejercicio que produjo en su padre esta reflexión:

– ¡Veo, hijo mío, que no has perdido nada de tu elasticidad! ¡Está bien! ¡Pero no nos descuidemos! ¡Pensemos en la feria de Perm! ¡Va en ello el honor de la familia Cascabel!

Desde que la Belle Roulotte abandonó la desembocadura del Lena, el viaje se había llevado a cabo sin sufrir grandes fatigas. A veces tenía que rodear espesos bosques de pinos y abedules, que variaban la monotonía de las llanuras, a través de las cuales no hubiera encontrado paso.

El país estaba desierto. Se andaban leguas y leguas sin encontrar ni una aldea ni una granja.

La densidad de la población de esta comarca es en extremo reducida, y el distrito de Berezov, que es el más rico, no cuenta más que con 15.000 habitantes en una superficie de 3.000 kilómetros. En cambio, y tal vez por esta razón, la caza abunda en la campiña.

El conde y Juan pudieron, pues, entregarse con todo su ardor a este ejercicio, al mismo tiempo que surtían la despensa de mamá Cascabel. Ortik les acompañaba a menudo y daba muestras de una notable destreza. Las liebres recorrían la estepa por millares, sin contar con las aves, en bandas innumerables. Había también alces, gamos, renos salvajes y hasta jabalíes de gran tamaño; animales temibles que los cazadores se abstuvieron prudentemente de desemboscar.

En cuanto a aves, había patos, somormujos, ocas, ortegas de monte, tordos, zorzales, gallinetas y perdices blancas; ¡podía elegirse! Así es que cuando algún disparo hacía blanco sobre una pieza poco comestible, Cornelia la abandonaba a los dos perros, que la recibían con mucho gusto.

De aquella abundancia de caza fresca resultaba que se comía perfectamente, demasiado tal vez, lo que obligaba a papá Cascabel a predicar la sobriedad a sus artistas.

– ¡Eh chicos! Mucho cuidado, mucho ojo con engordar. La grasa es la ruina de las articulaciones, es el azote de los acróbatas. ¡Coméis demasiado! ¡Moderación, qué diablo! Sandre, me parece que vas echando barriga. ¡A tu edad! ¿No te da vergüenza?

– Padre, te aseguro...

– No asegures nada. Desde hoy te mediré todas las noches, y si te encuentro panza, te la vuelvo a introducir en el estómago. ¡Lo mismo que Clou! ¡Se le ve engordar!

– ¿Yo, patrón?

– Sí, tú; y no conviene que un payaso sea gordo..., sobre todo cuando se llama Clou. Concluirás por redondearte como un tonel de cerveza.

– A menos que no vuelva a convertirme en estaca andando el tiempo –respondió Clou.

La Belle Roulotte tuvo que pasar el Taz, que vierte sus aguas en el golfo de Yenisei, poco más o menos en el punto en que el itinerario venía a cortar el Círculo Polar Ártico para penetrar en la zona templada.

Con este motivo, el señor Sergio, siempre religiosamente escuchado, creyó deber explicar a su auditorio habitual lo que era aquel círculo polar, más allá del cual el sol, durante el verano, no se eleva nunca a más de 23° sobre el horizonte.

Juan, que tenía ya algunas nociones de cosmografía, comprendió perfectamente la explicación dada por el señor Sergio. Pero papá Cascabel, por más que puso en juego todos los resortes de su inteligencia, no llegó a imaginarse lo que era el círculo polar.

– En cuestión de círculos –dijo– no conozco más que los aros a través de los cuales saltan las écuyéres. Pero eso no es una razón para que no mojemos éste.

Y el círculo polar fue mojado con una botella, como los marinos mojan la Línea a bordo de los buques que pasan de uno a otro hemisferio.

La travesía del Taz no se hizo sin algunas dificultades. Ninguna barca aseguraba la comunicación entre las dos orillas de aquel pequeño río, y hubo que buscar un paso vadeable, lo que exigió algunas horas Los dos rusos demostraron mucho celo, y en varias ocasiones tuvieron que meterse en el agua a fin de desatascar las ruedas del coche.

El 16 de mayo se transbordó, con mucho menos trabajo, a la Belle Roulotte al otro lado del Pur, estrecho río que no es ni rápido ni profundo.

A principios del mes siguiente el calor se hizo excesivo, lo que siempre parece anormal tratándose de países tan elevados en latitud. Durante la última quincena de este mes el termómetro marcaba de veinticinco a treinta grados. Como la sombra falta absolutamente en la estepa, el señor Sergio y sus compañeros estaban agobiados por aquella temperatura. La noche misma no dulcificaba gran cosa los ardores del día, porque en aquella época apenas si el sol desaparecía tras el horizonte de aquellas vastas llanuras. Después de haberlo rozado casi al Norte, su disco volvía a levantarse inmediatamente, para emprender de nuevo su diurna carrera.

– ¡Ese maldito sol! –repetía Cornelia enjugándose el sudor que corría por su rostro–. ¡Vaya una boca de horno! ¡Y todavía si esto sucediese durante el invierno!

– Si sucediese durante el invierno –indicó el conde ruso–, el invierno sería verano.

– ¡Claro! –admitió Cascabel–. Pero lo que me parece mal combinado es que no tengamos ni el más pequeño pedazo de hielo para refrescarnos, después de haber tenido más de lo necesario durante meses enteros.

– Pero, amigo Cascabel, si tuviéramos hielo, sería porque haría frío, y...

– ¡No haría calor! También es verdad.

– A menos que no hiciese ni frío ni calor – creyó deber añadir Clou.

A pesar de esto, los cazadores no habían abandonado sus excursiones, sólo que se ponían en marcha al amanecer, y no tenían motivo para quejarse.

Cierto día tuvieron ocasión de hacer una buena caza, cuya honra recayó por completo sobre Juan.

En efecto, el animal que había derribado no pudo ser transportado sin trabajo. Era un animal de pelo corto y rojizo por delante, después de haber sido gris durante el período invernal. Sobre su lomo corría una raya amarilla como la que presentan los lomos de las mulas. Sus largos cuernos se encorvaban graciosamente por encima de su cabeza, lo que indicaba un macho de aquella especie de rumiantes.

– ¡Vaya un hermoso reno! –exclamó Sandre.

– ¡Oh! –dijo Napoleona, dirigiéndose a su hermano con tono de reproche–. ¿Por qué has matado a un reno?

– ¡Para comerlo, hermanita!

– ¡Yo, que los quiero tanto!

– Pues ya que los quieres tanto –añadió Sandre–, podrás regalarte bien, porque habrá para todos.

– ¡Consuélate, hija mía! –intervino el noble ruso–; este animal no es un reno.

– ¿Pues qué es? –preguntó Napoleona.

– Un argalí; esto es, una especie de carnero.

El señor Sergio no se engañaba: aquellos animales que habitan las montañas durante el invierno y la llanura durante el verano, no son sino enormes carneros.

– Pues bien, Cornelia –observó César Cascabel–, puesto que es un carnero, nos servirás sus chuletas asadas a la parrilla.

Así se hizo; y como la carne del argalí es en extremo sabrosa, es probable que aquel día el vientre de César Cascabel tomase un volumen algo mayor que el que convenía a las exigencias de su profesión.

A partir de este punto, la Belle Roulotte tuvo que hacer un largo trayecto en medio de un país casi árido para ganar el curso del Obi.

Los pueblecillos ostiacos eran cada vez más raros, y apenas si se encontraban algunos grupos de nómadas emigrando hacia las provincias del Este. Por otra parte, no sin razón el señor Sergio procuraba atravesar las partes menos populosas del distrito. Le convenía evitar la importante ciudad de Berezov, situada un poco más allá del Obi. Rodeada de un magnífico bosque de cedros, escalonada sobre una colina abrupta, dominada por los campanarios de sus dos iglesias, regada por el Sosva, surcado incesantemente por embarcaciones y buques de comercio, aquella ciudad, con sus doscientas casas, es el centro de un mercado continuo, en el que se aglomeran los productos de la Siberia septentrional.

Era casi seguro que la llegada de la Belle Roulotte a Berezov habría excitado la curiosidad pública, y la Policía hubiera examinado muy de cerca a la familia Cascabel. Valía, pues, mucho más evitar la entrada en Berezov.

Los policías son siempre los policías, sobre todo cuando son cosacos, y es más prudente no tener nada que entender con ellos.

Con motivo de esto, Ortik y Kirschef observaron perfectamente que no convenía al señor Sergio pasar por Berezov, y esto les confirmó en la idea de que aquel ruso intentaba penetrar secretamente en Rusia.

Durante la segunda semana de junio, el itinerario sufrió una ligera modificación, a fin de tomar al Norte del distrito de Berezov. Esto significaba, a lo más, un aumento de unos setenta kilómetros, y el 16 de junio la pequeña caravana, después de haber descendido a lo largo de un gran río, acampó sobre su margen derecha.

Aquel río era el Obi.

La Belle Roulotte había franqueado unos mil kilómetros aproximadamente desde la cuenca del Pur.

Se encontraba a seiscientos kilómetros de la frontera europea. La cadena de los Urales, que se levanta entre estas dos partes del mundo, no tardaría en cerrar el horizonte.

Notas de la fuente

17. Crasse: grasa, mugre. Juego de palabras, en francés, in traducible.

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