César Cascabel · Parte 3

CAPÍTULO III

DERIVANDO CON LOS HIELOS

a sido descrita la situación de los

Hnáufragos el día 27 de octubre. Hubiera sido absurdo hacerse ilusiones sobre su suerte, y guardar la más débil esperanza... Derivando a través del estrecho de Behring, la única probabilidad de salvación era la de verse atraídos por la corriente del Sur, en dirección de la costa asiática... Pero no sucedía así: ¡era la corriente del Norte la que les arrastraba!

Una vez en el océano Glacial, ¿qué sería del témpano de hielo? Sí no se disolvía, ¿resistiría los choques? ¿Iría a perderse en alguna tierra ártica? Empujado por los vientos del Este, que entonces dominaban, ¿no sería arrojado sobre los escollos del Spitzberg o de Nueva Zembla? En este último caso, aunque fuera a costa de terribles fatigas, ¿llegarían los náufragos a ganar el continente?

El conde Sergio pensaba en las consecuencias de esta última hipótesis. Hablaba con César Cascabel y Juan, sondeando con su mirada el horizonte perdido en medio de las brumas.

– Amigos míos –dijo–, estamos evidentemente en gran peligro, puesto que el témpano puede estrellarse o abrirse a cada instante, y no es imposible abandonarlo...

– ¿En éste el mayor peligro que nos amenaza? –preguntó papá Cascabel.

– ¡Por el momento, sí! –respondió el señor Sergio–. Pero con la vuelta del frío este peligro disminuirá y acabará por desaparecer. Ahora bien; en esta época y bajo esta latitud, es imposible que el alza de la temperatura se mantenga más allá de algunos días.

– Tenéis razón, señor Sergio –convino Juan–.

Únicamente me gustaría saber, si el témpano resiste, ¿a dónde irá a parar...?

– En mi concepto, no será muy lejos, y no tardará en soldarse a algún icefield. Entonces, cuando el mar esté definitivamente congelado, veremos de ganar el continente, con el fin de volver a tomar nuestro antiguo itinerario...

– ¿Y cómo lo haremos, ahora que nuestro tiro ha perecido? –exclamó papá Cascabel–. ¡Ah, mis pobres caballos...! Señor Sergio, habéis de saber que aquellos bravos animales formaban parte de mi familia, y por culpa mía...

Cascabel no podía consolarse. Su pesar era inmenso. Se reprochaba haber sido la causa de aquella catástrofe. ¿Cuándo se había visto atravesar caballos el mar...? Y pensaba más en ellos que en el peligro en que les colocaba su desaparición.

– Desde luego es una irreparable desgracia las condiciones en que nos ha puesto este deshielo –convino el noble ruso–. Que nosotros, hombres, podamos soportar las privaciones, las fatigas que resultan de esta pérdida, sea; pero la señora Cascabel, Kayette y Napoleona, estas dos casi unas niñas, ¿qué harán cuando tengamos que abandonar la Belle Roulotte?

– ¡Abandonarla! –gritó César Cascabel.

– ¡Será necesario, padre!

– Verdaderamente –gimió el acróbata Cascabel, amenazándose con los puños–, era tentar a Dios el emprender tal viaje... ¡Seguir semejante camino para volver a Europa!

– No os dejéis abatir, amigo mío –indicó el señor Sergio–. Miremos el peligro sin acobardarnos. ¡Es el mejor medio para vencerlo!

– Padre –añadió Juan–, lo hecho, hecho está, y todos hemos estado de acuerdo al hacerlo. No te acuses, pues, de haber sido imprudente; vuelve a recobrar tu energía de otras veces.

Pero, a pesar de darle estos ánimos. Cascabel estaba anonadado, y su confianza en sí mismo, su filosofía natural, habían recibido un rudo golpe.

El ruso buscaba por todos los medios puestos a su alcance, consultando la brújula, puntos de referencia. A este género de observaciones consagró las pocas horas de día que alumbraban el horizonte de aquella latitud.

No era fácil este trabajo, porque los puntos de referencia cambiaban sin cesar. Más allá del estrecho parecía estar libre el mar, en una gran extensión. Evidentemente, con aquella temperatura anormal no se había formado jamás el icefield ártico. Si pareció estarlo durante algunos días, fue porque los témpanos que bajaban del Norte o los que subían del Sur bajo la influencia de las dos corrientes, se habían reunido en aquella porción de mar, estrechada por los dos continentes.

Después de haber repetido sus operaciones, el conde creyó poder afirmar que la dirección seguida estaba sensiblemente inclinada hacia el Noroeste. Este resultado tenía sin duda por origen el que la corriente de Behring dirigida hacia el litoral siberiano, después de haber rechazado la corriente de Kamchatka, se recogía al salir del estrecho de Behring, formando un extenso arco, subtendido por el paralelo polar.

El ruso pudo observar al mismo tiempo que el viento, muy fuerte, siempre venía completamente del Sudeste. Si bien sopló un momento del Sur, fue porque la disposición de las costas había modificado su dirección general, que al cabo concluía por recobrar.

Cuando se conoció este resultado, el señor Sergio se reunió a César Cascabel, y no le ocultó que nada mejor hubiera podido producirse en aquellas circunstancias. Esta buena noticia tranquilizó un poco al jefe de la familia.

– Sí –respondió–, algo es el ir precisamente hacia donde se desea... ¡Pero qué vuelta habremos dado, Dios mío, qué vuelta!

Los náufragos se ocupaban entonces de instalarse lo mejor posible, como si su permanencia en el islote en deriva debiese durar mucho tiempo. Ante todo, se decidió que continuarían habitando la Belle Roulotte, menos expuesta a un vuelco, puesto que cedía el empuje del huracán. Cornelia, Kayette y Napoleona volvieron a tomar su puesto en el interior, y a ocuparse de la cocina, absolutamente descuidada desde hacia veinticuatro horas. La cena estuvo bien pronto dispuesta; sentáronse a la mesa; y si las alegres conversaciones habituales no sazonaban aquella comida, por lo menos reanimó a los comensales, tan duramente probados desde su salida del islote Diomedes.

El día terminó en aquellas condiciones. Las ráfagas no cesaban de desencadenarse con terrible violencia. El espacio se animaba con el vuelo de grandes bandadas de pájaros, petreles, ptarmigans y otros, tan justamente llamados pájaros de las tempestades.

En los días siguientes, del 28 al 31 de octubre, no sucedió nada de extraordinario. El viento se mantenía del Este, y no modificó en nada el estado de la atmósfera.

El señor Sergio había estudiado cuidadosamente la forma y extensión del témpano. Era una especie de trapecio irregular, de cien a ciento veinte metros de largo, por treinta de ancho. Este trapecio, que se elevaba sobre sus aristas más de un metro, aumentaba ligeramente de altura hacia el interior. No había ninguna hendidura sobre su superficie, aunque sordos crujidos corrían a veces a través de su masa. No parecía, pues, que su solidez hubiera sido, por lo menos hasta entonces, comprometida por el asalto de las olas y de la borrasca.

No sin grandes esfuerzos pudo ser llevada la Belle Roulotte hasta el centro. Allí, las cuerdas y piquetes de la tienda que servía para las representaciones ambulantes, la sujetaron tan fuertemente, que no había temor de que zozobrase.

Lo que más les alarmaba eran los choques, debidos a frecuentes encuentros con enormes icebergs, que cambiaban de lugar con velocidades desiguales, según obedecieran a las corrientes o giraran en medio de los remolinos. Algunos medían a veces cinco o seis metros de altura, pareciendo precipitarse como para un abordaje. Se les percibía desde lejos, se les veía venir y ¿cómo evitar su brutal contacto? Había algunos que caían con estrépito cuando el cambio de su centro de gravedad modificaba el equilibrio; pero cuando chocaban, sus colisiones eran en extremo temibles.

La sacudida era tal algunas veces, que, sin ciertas precauciones, tomadas a tiempo, todo hubiera sido destrozado en el interior del coche.

Estaban siempre bajo la amenaza de una dislocación posible y repentina. Así es que cuando se señalaba la aproximación de algún enorme bloque, el señor Sergio y sus compañeros se reunían alrededor de la Belle Roulotte, agarrándose los unos a los otros. Juan se aproximaba a Kayette. De todos los peligros, el más terrible hubiera sido el verse separados sobre los diversos pedazos del témpano. Además ofrecía menos seguridad en sus bordes que en su parte central, donde el espesor era mayor.

Durante la noche el conde y Cascabel, Juan y Clou velaban por turno. Ponían todo su cuidado en vigilar, en medio de aquella profunda oscuridad, rodeada de formas blancas que se movían como fantasmas. Aunque el espacio estaba cubierto de brumas, azotadas por la interminable borrasca, la luna, muy baja en el horizonte, le impregnaba de una luz pálida, y los icebergs podían ser vistos a cierta distancia. Al grito del que velaba, todo el mundo se ponía en pie, esperando el resultado del choque.

A veces, la dirección del iceberg se modificaba, pasando a contrabordo; pero a menudo chocaban, y la sacudida rompía las cuerdas y arrancaba las estacas de la Belle Roulotte. Era de creer que todo iba a ser destruido; después del choque podían considerarse dichosos de haber resistido a la colisión.

¡Y la temperatura, que no cesaba de ser anormal! ¡Y aquel mar seguía sin congelarse en la primera semana de noviembre! ¡Y aquellos sitios, que continuaban siendo navegables, a pesar de encontrarse por encima del círculo polar! ¡Era verdaderamente tener mala suerte! Y todavía si algún ballenero, retrasado en su campaña de pesca, hubiese pasado a la vista, se le habrían hecho señales, o se hubiera llamado su atención por medio de disparos... Después de haber recogido a los náufragos los hubiera llevado a algún puerto del litoral americano, a Victoria, a San Francisco, a San Diego, o sobre la costa siberiana, a Petropavlosk, a Ojotsk...

Pero no; ¡ni un buque! ¡Nada más que icebergs en movimiento! ¡Sólo el inmenso mar desierto, que limitaba al Norte el infranqueable icefield!

Afortunadamente, a menos de una prolongación inverosímil de aquella anomalía climática, la cuestión de víveres no era para inquietar, aun cuando la deriva durase algunas semanas. En la previsión de un largo viaje a través de los territorios asiáticos, donde hubiera sido difícil procurarse víveres en abundancia, se había hecho gran acopio de harina, arroz, grasa, etc. No tenían tampoco que preocuparse, por desgracia, del alimento del tiro. Y hay que convenir en que si Vermout y Gladiador hubieran sobrevivido al deshielo, no habría sido posible subvenir a sus necesidades.

Del 2 al 6 de noviembre nada ocurrió de nuevo; únicamente el viento mostraba gran tendencia a calmarse, subiendo un poco hacia el Norte. Apenas si el día duraba dos horas, lo que contribuía al horror de la situación. A pesar de las incesantes observaciones del señor Sergio, se hacía muy difícil determinar la deriva; y en la imposibilidad de marcarla sobre el mapa, no sabían dónde se encontraban.

Sin embargo, al otro día, el 7, apareció un punto de referencia que fue reconocido, y después fijado con cierta exactitud.

Aquel día, a cosa de las once, en el momento en que los vagos rayos del sol impregnaban el espacio, el señor Sergio y Juan, acompañados de Kayette, se dirigieron hacia la parte delantera del témpano. Había en el material ambulante un anteojo de larga vista, bastante bueno, y que servía a Clou cuando enseñaba a los papanatas el ecuador, figurado por un hilo extendido en el objetivo, y los habitantes de la Luna, representados por insectos introducidos en el tubo. Después de haber limpiado cuidadosamente este anteojo, Juan lo llevó consigo, y con el ocular en los ojos procuraba reconocer alguna tierra.

Hacía poco que examinaba atentamente el horizonte, cuando Kayette, extendiendo la mano hacia el Norte, dijo:

– Me parece, señor Sergio, que allí veo... ¿No es aquello una montaña...?

– ¿Una. montaña? –exclamó Juan–. ¡No...! ¡Será probablemente un iceberg!

Volvió el anteojo hacia el punto indicado por la india.

– ¡Kayette tiene razón! –rectificó casi enseguida.

Dio el instrumento al señor Sergio, que lo dirigió a su vez hacia el mismo lado.

– ¡Sí! –dijo–. ¡Es una montaña bastante alta...! ¡Kayette no se ha engañado!

Después de una nueva observación, se pudo afirmar que alguna tierra debía encontrarse en la dirección Norte, a una distancia aproximada de veinticinco a treinta kilómetros.

Era un hecho de verdadera importancia.

– Para que una tierra esté dominada por una montaña tan alta –observó Juan–, es necesario que tenga considerable extensión...

– En efecto, Juan –reconoció el conde ruso–, y cuando volvamos a la Belle Roulotte, trataremos de encontrar su posición en el mapa. Esto nos permitirá saber exactamente nuestra situación.

– ¡Juan...! Me parece que se escapa humo de aquella montaña –dijo entonces Kayette.

– ¿Será acaso un volcán...? –replicó el señor Sergio?

– ¡Sí...! ¡Sí...! –añadió Juan, que había vuelto a mirar con el anteojo–. Se distingue perfectamente una humareda...

Pero el día comenzaba a extinguirse, y, aun con el aumento del ocular, la silueta de la montaña se fue disipando poco a poco.

Una hora más tarde, cuando la oscuridad fue casi completa, aparecieron vivos resplandores en la dirección que había sido señalada por medio de una línea trazada sobre la nieve.

– Vamos a consultar la carta –propuso el señor Sergio, volviendo con sus amigos al campamento.

Juan buscó en el atlas el mapa que representaba el conjunto de las regiones boreales, más allá del Estrecho de Behring, y se estableció la siguiente proposición:

Puesto que el señor Sergio había reconocido ya, por una parte, que la corriente, después de haber subido al Norte, se torcía hacia el Este a unos trescientos kilómetros fuera del Estrecho, y, por otra, que el témpano seguía esta dirección desde hacía algunos días, se trataba de averiguar si existía al Noroeste alguna tierra que pudiera señalarse. Precisamente, a cien kilómetros del continente indicaban el mapa la existencia de una gran isla, que los geógrafos designan con el nombre de isla Wrangel, cuyos contornos están vagamente determinados por su parte septentrional. Era muy probable, por otra parte, que el témpano no la abordara, si la corriente continuaba llevándoles a través del ancho brazo de mar que la separa de la costa.

El señor Sergio no tuvo ninguna duda sobre la identidad de la isla Wrangel. En efecto, entre los dos cabos que proyecta su costa meridional, el cabo Hawan y el cabo Thomas, está dominada por un volcán en actividad, anotado en las cartas modernas. No podía ser éste más que el visto por Kayette, y cuyos fuegos se habían mostrado perfectamente a la caída del día.

Entonces fue fácil reconocer el camino seguido por el témpano desde su salida del estrecho de Behring. Después de haber rodeado la costa, había doblado el cabo Serdtse Kamen, la bahía Kolvutchin, el promontorio de Wankarem y el cabo Norte; después se había internado a través del canal de Long, que separa la isla Wrangel del litoral de la provincia de los Chukchis.

Era imposible saber si en aquellos parajes se detendría el témpano, cuando la corriente le hubiera arrojado fuera del canal de Long.

Lo que debía preocupar más particularmente al señor Sergio era que hacia el Norte la carta no mencionaba ya ninguna tierra, y que en este inmenso espacio se extiende el gran banco de hielos, cuyo centro está formado por el mismo polo.

La única probabilidad en que podrían confiar en adelante era que el mar se congelara completamente por la acción de un frío más intenso, lo que no podía tardar en suceder, y que debiera haberse producido ya algunas semanas antes. Entonces la deriva se detendría sobre los bordes del icefield. y bajando hacia el Sur, podrían los náufragos intentar ganar el continente siberiano. ¿Qué harían si la necesidad les obligaba a abandonar la Belle Roulotte por falta de caballos, y tenían que recorrer a pie un largo trayecto?

El viento se mantenía al Este, soplando con violencia, aunque no ya de tempestad. Pero en aquellos detestables parajes, enormes rompientes de olas corrían con gran estrépito, y venían a estrellarse contra las aristas del témpano flotante; después, rebotando al choque, lo cubrían en gran parte, como el puente de un buque capeando un temporal, y provocaban tales sacudidas, que el témpano retemblaba hasta en su parte central, haciendo que se entreabriera bruscamente. Además estos enormes golpes de mar llegaban hasta la Belle Roulotte y amenazaban arrastrar a los que se encontraban fuera de ella.

Por consejo del señor Sergio, se tomaron algunas precauciones.

Como cayeron abundantes nevadas en la primera semana de noviembre, fue fácil construir una especie de dique en la parte posterior del témpano, con el fin de protegerlo contra las olas, que casi siempre lo asaltaban por aquel lado. Todos pusieron manos a la obra, y cuando la nieve, convenientemente removida y batida, se endureció a una altura y un espesor de cuatro o cinco palmos, presentó un obstáculo a los golpes de mar, pasando solamente algunas gotas por encima de su cresta. Era como una especie de parapeto levantado en la popa de un barco desamparado.

Durante estos trabajos, Sandre y Napoleona se tiraban bolas de nieve, no economizándolas tampoco para las espaldas de Clou de Girofle.

Pero aunque no estuvieran en la situación más a propósito para divertirse, César Cascabel no se puso serio hasta un día en que una bola, mal dirigida, vino a chocar con el sombrero del señor Sergio.

– ¡Quién es el torpe que...! –empezó a decir.

– ¡He sido yo, padre! –hizo saber Napoleona que había quedado completamente desconcertada.

– ¡Eres una torpe! –afirmó su padre–. Dispensad, señor Sergio, a esta revoltosa...

– ¡Bah! Dejadla divertirse, amigo Cascabel – respondió el conde–; que venga a darme un beso, y como si nada hubiera ocurrido.

No solamente se había construido un dique en la parte posterior del témpano, sino que bien pronto la Belle Roulotte se vio rodeada por una especie de barrera de hielo, que debía protegerla más eficazmente todavía, mientras que sus ruedas, empotradas hasta los cubos, le daban una inmovilidad absoluta. Dentro de esta barrera, que subía hasta la altura de su galería, se había practicado un estrecho pasillo, que permitía circular a su alrededor. Parecía un buque haciendo invernada en medio de los icebergs, y cuyo casco estaba protegido contra el frío y las borrascas por una coraza de nieve. Si el témpano no se fundía, los náufragos no tenían nada que temer de las olas, y en estas condiciones quizá sería posible esperar el momento en que el invierno ártico hubiera tomado definitivamente posesión de aquellos parajes hiperbóreos.

Pero entonces, llegado este momento, sería necesario partir para ganar el continente.

¡Sería preciso abandonar aquella casa ambulante, que había paseado a sus huéspedes a través del Nuevo Mundo! ¡Habría que renunciar a tan sólido y seguro abrigo de la familia!

¡Dejar la Belle Roulotte en medio del mar Polar para que luego desapareciese con los deshielos!

Cuando papá Cascabel pensaba en esto, él, tan inclinado a tomar las cosas por su lado bueno, levantaba las manos al cielo, maldecía la mala suerte, se acusaba de todos estos desastres, olvidando que eran debidos a los ladrones que le habían robado en las gargantas de la Sierra Nevada, y a los que incumbía por completo la responsabilidad de todo.

En vano la excelente Cornelia trataba de arrancarle de estos sombríos pensamientos, por buenas palabras primero, por violentas reprensiones después. En vano sus hijos, y hasta el mismo Clou, reclamaban su parte en las consecuencias de tan funestas decisiones. En vano repetían que este proyecto de viaje había obtenido el consentimiento de toda la familia. Inútilmente el señor Sergio y la joven Kayette procuran consolar al inconsolable César... ¡No quería escuchar nada!

– Pero, ¿has dejado de ser hombre? –le dijo un día Cornelia, sacudiéndole bruscamente.

– ¡No tanto como crees, esposa mía! – respondió, procurando recobrar el equilibrio algo comprometido por aquella amonestación conyugal.

En el fondo, mamá Cascabel estaba en extremo alarmada por el porvenir, y, por tanto, sentía la necesidad de luchar contra el abatimiento de su marido, tan valeroso otras veces frente a los infortunios.

La cuestión de alimentos empezaba a preocupar al señor Sergio. No solamente importaba que la alimentación estuviera asegurada hasta el día en que fuera posible marchar a través del iceberg, sino también hasta el día en que la Belle Roulotte hubiera llegado a la costa siberiana. Inútil era contar con la caza, en una época en que las bandadas de aves acuáticas no pasarían ya, sino muy raras veces, por medio de las brumas. La prudencia aconsejaba, pues, racionarse, en previsión de un trayecto cuya duración podría prolongarse.

En aquellas condiciones, el témpano, irresistiblemente empujado por las corrientes, llegó a la altura de las islas de Aïon, situadas al norte del litoral asiático.

Telegrama

Oficina de origen: la red mundial · Destino: a bordo del Nautilus

0 palabras · tarifa: 0 kreuzers (los puntos se convierten en STOP)