El conde de Chanteleine

VI

La posada del triángulo igualitario.

La situación de Kernan era terrible; había que poner al conde a salvo de cualquier mirada antes de que recobrase el conocimiento. ¡Sus primeras palabras no podían dejar de delatarle! Pediría a gritos a su hija y descubriría al conde de Chanteleine bajo el traje del campesino bretón.

Corriendo por las calles, Kernan divisó una especie de posada ante la cual se detuvo, arrastrando o más bien cargando a su señor.

La posada tenía un letrero adornado con todos los atavíos de la época, picas y haces romanos, con estas palabras:

AL TRIÁNGULO IGUALITARIO. EN CASA DE MUTIUS SCÉVOLA, posada a pie y a caballo.

«Una posada de bandidos —se dijo—; ¡pues bien, estaremos más seguros! Además no tengo elección.»

Tan poca elección tenía, que no habría encontrado en la ciudad ni una taberna sin rótulo cívico.

Entró pues en la sala baja, depositó su inerte carga en una silla y pidió una habitación. El posadero, Mutius Scévola en persona, se presentó:

– ¿Qué quieres, ciudadano? —le preguntó con tono brusco al bretón.

– Una habitación.

– ¿Y pagas?

– ¡Pues claro! —respondió Kernan—. No se desvalija a los chuanes para nada. Toma, por adelantado —añadió arrojando unas monedas sobre la mesa.

– ¡Plata! —exclamó el posadero, más acostumbrado al papel que al metal.

– Y buena, con la cara de la República encima.

– ¡Bien, se os atenderá! Pero ¿qué le pasa a tu amigo?

– A mi hermano, ¿me entiendes?, si no te rasca demasiado el gaznate; al espolear nuestro jaco para llegar a tiempo...

– ¡A la ejecución! —dijo el posadero frotándose las manos.

– Eso es —respondió Kernan sin pestañear—; ¡dimos un salto en el foso! El animal se mató en el acto, y este no está mucho mejor. Pero basta de charla por ahora. ¡He pagado! ¿Mi habitación?

– ¡Bien, bien, se os atenderá! No hace falta que te pongas bravucón. No es culpa mía que hayas llegado tarde. Pero ya que te has perdido la ejecución de los bandidos, te daré detalles.

– ¿Estabais allí?

– ¡Pues claro! A dos pasos del ciudadano Guermeur.

– ¡Un tipo duro, ese! —replicó Kernan, que no conocía siquiera ese nombre.

– ¡Ya lo creo! —respondió el posadero.

– ¡Pues hasta luego, ciudadano Scévola!

Scévola hizo subir al segundo piso al bretón, que había vuelto a cargar con su fardo.

– ¿Necesitas algo? —preguntó cuando llegaron.

– Ni a ti ni a nadie —respondió el bretón.

– No es muy cortés, pero paga —murmuró Scévola—; eso compensa.

Pocos instantes después, Kernan se encontraba a solas en presencia de su señor desmayado, y por fin daba rienda suelta a sus lágrimas; llorando, sin embargo, prodigó al conde los cuidados más solícitos; le humedeció la frente decolorada y logró hacerle recobrar el sentido. Pero tuvo la precaución de ponerle la mano en la boca y atajar el primer estallido de su dolor.

– Sí, nuestro señor —le dijo—, lloremos; pero lloremos en voz baja; no se nos permite gemir aquí.

– ¡Mi esposa, mi hija! —repetía el conde entre sollozos—. ¿Es verdad esto? ¿Es posible? ¡Muertas, asesinadas!... Y yo estaba allí... ¡y no pude!... ¡Ah, iré a buscar a su asesino!

El conde se debatía como un loco. Kernan, pese a su fuerza hercúlea, tenía mucho trabajo para contenerle y ahogar sus gritos.

– ¡Nuestro señor —decía—, os van a arrestar!

– ¡Qué me importa! —repetía el conde forcejando.

– ¡Os guillotinarán!

– ¡Mejor, mejor!

– ¡Y a mí también! —dijo el bretón.

– ¡Tú, tú! —exclamó el conde, y se hundió en una profunda postración.

Durante unos minutos, grandes sollozos le sacudieron el pecho; al fin se calmó, se arrodilló sobre las baldosas desnudas de la habitación y rezó por quienes tanto había amado y que ya no estaban.

Kernan se arrodilló junto a él y mezcló sus lágrimas con las suyas. Tras una larga oración, se levantó y dijo al conde:

– Ahora, nuestro señor, dejadme recorrer la ciudad; quedaos aquí; rezad y llorad; necesito saber lo que ha ocurrido.

– Kernan, me dirás todo lo que hayas averiguado —respondió el conde aferrando las manos de su servidor.

– Todo, os lo juro, nuestro señor... ¿Pero no saldréis de esta habitación?

– ¡Te lo prometo! ¡Ve, Kernan, ve!

Y el conde dejó caer la cabeza entre las manos, por entre las cuales se filtraban gruesas lágrimas.

Kernan bajó a la sala baja y encontró a Scévola en la puerta.

– ¡Vaya! ¿Y tu hermano? —le preguntó el posadero patriota.

– ¡Duerme! No será nada; pero que no me le molesten, ¿me oyes?

– ¡Tranquilo!

– Ahora —dijo Kernan—, te escucho.

– ¡Ah, quieres que te cuente la función! ¡Sí, lo comprendo! —añadió riendo—. ¡Hiciste cola, pero no pudiste entrar! ¡Había demasiada gente!

– Exacto.

– ¡Pero si tú puedes escuchar sin beber, ciudadano! Yo no puedo hablar sin humedecer las palabras.

– ¡Pues trae una botella —dijo Kernan—, y también un pan! Te escucharé mientras como algo.

– Trato hecho —replicó Mutius Scévola.

Un instante después, los dos hombres estaban codos sobre la mesa, y el ciudadano Scévola le hacía los honores a su provecho.

– Pues veréis la cosa —dijo tras apurar un vaso de vino—. Desde hace dos meses, las prisiones de la ciudad estaban a rebosar. Los fugitivos de la Vendée aportaban mucho, y se veía llegar el momento en que no se podrían hacer más prisioneros por falta de cárceles; así que había que vaciarlas más deprisa. Desgraciadamente, el ciudadano Guermeur es un buen patriota, pero no tiene la imaginación de Carrier o de Lebon, y quería proceder dentro de las formas.

Los puños de Kernan se crispaban bajo la mesa al escuchar esas palabras. Sin embargo, tuvo bastante dominio de sí para no solo contenerse, sino también para responder:

– ¡Un as, ese Carrier!

– ¡Ya lo creo, con sus ahogamientos! Además, tiene un río tan hermoso a su disposición... En fin, hemos hecho lo que hemos podido, durante dos meses; se procedía por cantón; los de antes no tenían derecho a quejarse; ¡todos los países morían juntos! Al fin, se ha marchado tan bien, que se ha conseguido casi vaciar las prisiones; pero ya se trabaja para volver a llenarlas.

– ¿Y esta mañana? —preguntó Kernan—. ¿No han ejecutado a una ex señorita de Chanteleine?

– Sí, ¡un buen pedazo de muchacha, a fe mía! y con su cura, para enseñarle el camino. ¡Eso lo hizo Karval!

– ¡Ah, el famoso Karval!

– ¡Él mismo! ¡Vaya un tipo que funciona bien! ¿Le conoces?

– ¡Si le conozco! ¡Dos amigos! ¡Uña y carne! —respondió tranquilamente Kernan—. ¿Está aquí?

– ¡No, salió en ronda hace ocho días! Hay que decir que el golpe no fue completo. Cuando hizo su excursión a Chanteleine, esperaba arrestar al ex conde, sobre el que tiene sus planes. Pero ¡el pájaro había volado!

– ¿Entonces? —preguntó Kernan.

– Entonces se incorporó al ejército de Kléber, con la idea de atrapar a su hombre, y no me sorprendería que, durante la derrota de Savenay, haya conseguido sus fines.

– Es posible, porque allí les dieron bien a los Blancos —respondió el bretón—. Pero dime, ¿y la joven?

– ¿Qué joven?

– La ex de esta mañana... ¿cómo se lo tomó?

– ¡Bah!... bastante mal —respondió el posadero llevando el vaso a los labios—; no hubo placer ninguno con ella; estaba medio muerta de miedo.

– Así que —dijo Kernan, conteniéndose a duras penas—, ¿está bien muerta?

– ¡Hombre, a no ser que tuviera algún secreto! —dijo el posadero riendo—. ¡Ah, pero, por cierto, ocurrió algo curioso durante la ceremonia!

– ¿Y qué fue, ciudadano Scévola? —respondió Kernan—. ¡Eres muy interesante!

– Sí —dijo el monstruo pavoneándose—, aunque preferiría no tener que contar lo que voy a decir.

– ¿Por qué?

– Porque no honra al Comité de salud pública.

– ¿Cómo, el Comité?

– ¡Uno de sus miembros concedió el indulto!

– ¿Y quién fue?

– ¡El virtuoso Couthon!

– ¿No es posible?

– ¡Juzgad! Esta mañana, la máquina funcionaba tranquilamente; los campesinos, los nobles, los curas, todo eso basculaba con una igualdad republicana; la pequeña Chanteleine ya había pasado, y no quedaban más que dos o tres condenados, cuando se produjo un alboroto en la muchedumbre; un joven, con el cabello en desorden, montado en un caballo que cae muerto en el acto, llega gritando: «¡Gracia, gracia para mi hermana!» Abre paso entre la muchedumbre, llega junto al ciudadano Guermeur, le entrega un papel firmado por Couthon con el indulto de su hermana.

– ¿Y bien?

– ¡Pues bien, no había manera de resistirse! Y sin embargo, ese muchacho era un ex noble.

– ¿Cómo se llama?

– El caballero de Trégolan, según me dijeron.

– No le conozco —respondió Kernan.

– Se acercó a la guillotina, y aquello le produjo un efecto singular, porque levantó los brazos con desesperación; se hubiera dicho que iba a desmayarse de sensiblería. Pero hizo bien en no perder el tiempo, porque su hermana ya subía los peldaños, desmayada en brazos del ciudadano verdugo. «¡Mi hermana, mi hermana!» exclamó, y tuvieron que devolvérsela. Así que si su caballo hubiera tropezado en el camino, ¡todo habría acabado!

– ¿Eso fue lo que causó el revuelo entre la muchedumbre?

– Sí; se gritaba: «¡No, no!» Pero Guermeur, ante la firma del virtuoso Couthon, tuvo que inclinarse. ¡En todo caso, es una mancha para el Comité de salud pública!

– Pues bien —respondió Kernan—, tuvo suerte ese Trégolan... ¿Y después?

– ¡Después, se llevó a su hermana, y se continuó con el trabajo!

– ¡Pues a tu salud, Scévola! —dijo Kernan.

– ¡A la tuya, muchacho! —respondió el posadero.

Los dos conversadores chocaron los vasos.

– ¿Y ahora, qué vas a hacer? —preguntó el patriota.

– Voy a ver si mi hermano sigue durmiendo, y luego daré una vuelta por la ciudad.

– A tu gusto, no te cortes.

– Yo tampoco me corto.

– ¿Piensas quedarte aquí algún tiempo?

– Habría querido ver a Karval y estrecharle la mano —respondió Kernan con aire despreocupado.

– Pero puede regresar a Quimper de un día para otro.

– Si estuviera seguro, esperaría —dijo el bretón.

– Hombre, no puedo decirte más.

– En todo caso —dijo el bretón—, ya le encontraré un día u otro.

– ¡Bien!

– ¿Para en tu casa?

– No, se aloja en el obispado, en casa del ciudadano Guermeur.

– Pues iré a verle.

Con esto, Kernan dejó al posadero; el esfuerzo que había hecho para contenerse durante toda aquella conversación le había quebrantado hasta el punto de que no podía subir la escalera.

– ¡Sí, Karval! —repitió—. ¡Te encontraré!

El acento con que pronunció estas palabras es imposible de reproducir.

Por fin volvió junto al conde; le encontró sumido en un dolor profundo, pero resignado. Kernan tuvo que referirle todo lo que había averiguado; tras cerciorarse bien de que nadie podía escucharle, tras sondar las paredes, hizo en voz baja su doloroso relato, durante el cual las lágrimas no dejaron de correr por el semblante alterado del conde.

Luego Kernan llamó su atención sobre lo que quedaba por hacer.

– Ya no tengo esposa, ya no tengo hija —respondió el conde—; no me queda más que morir, y moriré por la santa causa.

– Sí —dijo Kernan—; iremos a Anjou, a reunirnos con los chuanes que se agitan.

– Iremos.

– Hoy mismo.

– Mañana; esta noche tengo un último deber que cumplir.

– ¿Cuál, nuestro señor?

– Quiero ir al cementerio esta noche, a rezar sobre la fosa común donde han arrojado el cuerpo de mi hija.

– Pero... —dijo Kernan.

– Lo quiero —respondió el conde con voz suave.

– Rezaremos juntos —dijo el bretón dulcemente.

El resto del día transcurrió en llanto; aquellos dos pobres hombres, la mano del uno en la mano del otro, solo fueron sacados de su doloroso silencio por cánticos y manifestaciones de alegría que resonaron en la calle.

¡El conde no se movió! Nada podía distraerle; Kernan se fue hacia la ventana; un grito terrible estuvo a punto de escapársele, pero se contuvo y no quiso ni siquiera comunicar al conde lo que acababa de ver.

Karval, acompañado de su horda sangrienta, volvía a entrar en Quimper, horrible, ensangrentado, casi borracho, empujando ante él a ancianos, heridos, mujeres y niños, pobres prisioneros vendeanos arrancados a la derrota del gran ejército y destinados al cadalso.

Iba a caballo, y todos los bandidos de la ciudad le seguían colmándole de ruidosas aclamaciones.

Decididamente, ese Karval se estaba convirtiendo en un personaje.

Cuando hubo pasado, Kernan volvió junto al conde y le dijo en voz baja:

– Tenéis razón, nuestro señor, ¡hoy no es el día de partir!

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