II
La ruta de Guérande.
Una inmensa muchedumbre aterrada, desatinada, huía en dirección a Guérande; descendía las laderas de la ciudad como un torrente, chocando contra las esquinas y rebotando más allá del terraplén. Más de uno acababa de morir allí mismo, a quien el sable de los Azules había mutilado durante la batalla. La confusión era indescriptible.
Sin embargo, en menos de una hora la ciudad quedó enteramente evacuada; la resistencia de Marigny había dado a los fugitivos tiempo de reunir a mujeres, ancianos y niños y empujarlos por la ruta. Podían oír sobre sus cabezas el cañón que protegía la retirada. Pero cuando este enmudeció, los Blancos acogieron su silencio con gritos de desesperación. Iban a tener tras ellos a todo el ejército enemigo. En efecto, disparos de fusil cada vez más numerosos y cercanos estallaron pronto en los flancos de la larga columna, y los desgraciados cayeron en gran número para no levantarse más.
El espectáculo de aquella desbandada es imposible de describir; la lluvia arreciaba en medio de una niebla iluminada aquí y allá por los disparos; inmensas charcas de agua mezcladas con sangre viva cortaban la ruta. Pero había que cruzarlas a toda costa. La única oportunidad de salvación estaba hacia adelante; a la derecha, pantanos inmensos; a la izquierda, el río crecido y desbordado; imposible apartarse de la línea recta, y si algún realista desesperado se hubiera arrojado hacia el Loira, habría encontrado sus orillas todavía atestadas de los cadáveres de Carrier.
Los generales republicanos hostigaban a los fugitivos, diezmándolos o dispersándolos; los heridos, los ancianos, las mujeres retrasaban la marcha del fúnebre cortejo; niños nacidos la víspera quedaban expuestos desnudos a todos los rigores de la estación; las madres no tenían con qué cubrirlos; el hambre y el frío añadían sus torturas a todos esos sufrimientos; el ganado que huía por la misma ruta dominaba la tempestad con sus mugidos y, presa a menudo de terrores insuperables, arremetía de cabeza contra los grupos y abría con sus cuernos sangrientas brechas en la muchedumbre.
Allí, en medio de aquel atasco, los rangos, las clases, todo se confundía; un gran número de jóvenes mujeres de las más nobles familias de la Vendée, Anjou, el Poitou y Bretaña —las que habían seguido a sus hermanos, padres y maridos durante la gran guerra— compartían el sufrimiento de las más humildes campesinas. Algunas de aquellas valerosas muchachas, de una valentía a toda prueba, protegían ellas mismas los flancos de la columna. Con frecuencia, alguna de ellas gritaba:
– ¡Al fuego, vendeanas!
Entonces, a la manera de los Blancos, se desplegaban entre los matorrales del camino y tiroteaban a los soldados republicanos.
Entretanto, la noche se acercaba; el conde de Chanteleine, sin pensar en sí mismo, animaba a aquellos desventurados; levantaba a los que se hundían en el barro, a los que flaqueaban; se preguntaba si la oscuridad protegería a los fugitivos o permitiría a sus enemigos rematarlos. Su corazón sangraba ante tanta desgracia, y las lágrimas le venían a los ojos; no podía acostumbrar la mirada a aquel siniestro espectáculo.
Y sin embargo ya había visto mucho en aquellos diez meses de guerra; desde el primer levantamiento de Saint-Florent, al abandonar su castillo de Chanteleine, su esposa, su hija, todo lo que amaba, voló a la defensa del altar. Audaz, entregado, heroico, el primero en entrar en fuego en todos los combates del ejército real, era de esos hombres que hicieron decir al general Beaupuy:
«Tropas que han vencido a tales franceses pueden ufanarse de vencer a todos los pueblos de Europa unidos contra uno solo.»
Sin embargo, su tarea no había concluido con la derrota de Savenay; se mantenía en la retaguardia de la inmensa columna, avivando y apretando las filas de los fugitivos, consumiendo sus últimos cartuchos y rechazando con el sable a los Azules que avanzaban demasiado. Pero a pesar de todo, veía a sus compañeros caer poco a poco rezagados, y oía sus gritos mientras los degollaban en la sombra.
Entonces, con los brazos extendidos, empujaba a aquella muchedumbre por la ruta de Guérande, la exhortaba, la apremiaba con sus palabras.
– ¡Venga, andad! —decía a los rezagados.
– Mi oficial, no puedo más —le respondía uno.
– Me muero —gritaba otro.
– ¡Ayuda, ayuda! —exclamaba una mujer a la que una bala enemiga acababa de herir a su lado.
– ¡Mi hija, mi hija! —clamaba una madre bruscamente separada de su criatura.
El conde de Chanteleine, consolando, sosteniendo, auxiliando, iba de uno a otro; pero se sentía desbordado.
Hacia las cuatro de la tarde, le alcanzó un campesino al que reconoció a pesar de la oscuridad y la niebla.
– ¡Kernan! —exclamó.
– ¡Sí, nuestro señor!
– ¡Vivo!
– ¡Sí! Pero ¡andemos, andemos! —respondió el campesino intentando arrastrar al conde.
– Y esos desgraciados —dijo este, señalando los grupos dispersos—, ¡no podemos abandonarlos!
– Vuestro valor no servirá de nada, nuestro señor... ¡Venid, venid!
– ¡Kernan! ¿Qué me quieres?
– Quiero deciros que grandes desgracias os aguardan.
– ¿A mí?
– Sí, nuestro señor. Madame la condesa, mi sobrina Marie...
– ¡Mi esposa, mi hija! —exclamó el conde aferrando el brazo de Kernan.
– ¡Sí! He visto a Karval.
– ¡Karval! —exclamó el conde, sacando de entre la muchedumbre al hombre que le hablaba.
Era un campesino tocado con un gorro de lana parda; encima, un sombrero de ala ancha, rodeado de un rosario, mantenía en la sombra su semblante enérgico y rudo: sus largos cabellos manchados de sangre le caían sobre los anchos hombros; unos calzones de lienzo descendían en pliegues flotantes hasta sus rodillas desnudas y rojas de frío; más abajo, unas polainas drapeadas se sujetaban con ligas multicolores; sus pies, metidos en enormes zuecos medio rotos, descansaban sobre una yacija de paja y sangre. Una piel de cabra echada sobre la espalda del bretón completaba su atuendo; el mango de un cuchillo asomaba de su cinturón de gran hebilla, y con la mano derecha sostenía el fusil por la mitad del cañón.
Aquel campesino debía de ser de una fuerza extrema; en efecto, pasaba en su tierra por tener una fuerza formidable, sobrehumana; se contaban de él rasgos asombrosos, y jamás el temible luchador había encontrado su maestro en los pardones de Bretaña.
Sus ropas desgarradas, sucias y ensangrentadas mostraban bien a las claras la parte que había tenido en los últimos combates del ejército católico.
Siguió al conde de Chanteleine a grandes zancadas; este, para abrirse un camino más rápido, tomó por los fosos medio llenos de agua y cieno. Las palabras que acababa de pronunciar Kernan le habían aterrado. Cuando llegó a la cabeza de la columna, se encontró junto a un pequeño bosque, una especie de monte bajo, dentro del cual empujó al bretón y con voz alterada le dijo:
– ¿Has visto a Karval?
– ¡Sí, nuestro señor!
– ¿Dónde?
– ¡En la refriega! ¡Entre los Azules!
– ¿Y te ha reconocido?
– ¡Sí!
– ¿Y te ha hablado?
– Sí, después de descargar sus pistolas sobre mí.
– ¿No estás herido? —exclamó vivamente el conde.
– ¡No, todavía no! —respondió el bretón con una triste sonrisa.
– ¿Y qué te dijo ese miserable?
– «Te esperan en el castillo de Chanteleine» —gritó al desaparecer entre el humo. Quise seguirle, pero en vano.
– «Te esperan en el castillo de Chanteleine» —repitió el conde—. ¿Qué habrá querido decir con esas palabras?
– Cosas malas, nuestro señor.
– ¿Y qué hacía en el ejército republicano?
– Mandaba a una tropa de bandidos de su calaña.
– ¡Ah! Un digno oficial de los ejércitos de la Convención, al que eché de casa por ladrón.
– Sí, los bandidos hacen carrera en los tiempos que corren. Pero las palabras de Karval no son por eso menos terribles. «Al castillo de Chanteleine», dijo; hay que correr allí.
– ¡Sí, sí! —respondió el conde con una exaltación dolorosa—. Pero estos desgraciados y la causa católica...
– Nuestro señor —dijo Kernan gravemente—, antes que la patria está la familia. ¿Qué sería de la señora condesa y de mi sobrina Marie sin nosotros? Habéis cumplido vuestro deber como hidalgo: habéis luchado por Dios y por el rey. Volvamos al castillo, y una vez los nuestros a salvo, regresaremos. El ejército católico está destruido, ¡pero no todo ha terminado! Creedme, algo se mueve en el Morbihan; conozco allí a cierto Jean Cottereau que dará mucho que hacer a los republicanos, y le ayudaremos a enredar la madeja.
– Ven, pues —dijo el conde—. ¡Tienes razón! Las palabras de ese Karval encierran una amenaza; debo sacar a mi esposa y a mi hija de Francia, y luego volveré a que me maten aquí.
– Volveremos juntos, nuestro señor —respondió Kernan.
– Pero ¿cómo llegar al castillo?
– Mi parecer —retomó el campesino— es que debemos alcanzar Guérande, desde allí seguir la costa hasta Le Croisic o Piriac, y ganar por mar alguna de las bahías del Finisterre.
– ¿Pero una barca? —exclamó el conde.
– ¿Lleváis oro encima?
– Sí, cerca de mil quinientas libras.
– Pues bien, con eso se compra un barco de pesca, y si hace falta, también al pescador.
– Sin embargo...
– No hay más opción, nuestro señor; por tierra caeríamos pronto en manos de un destacamento de Azules, o bien, obligados a escondernos, a evitar las rutas, a tomar por los atajos, perderíamos tiempo en marchas y contramarchas y correríamos el riesgo de llegar demasiado tarde, si es que llegáramos...
– Pues en marcha —repuso el conde.
– En marcha —respondió Kernan.
El conde de Chanteleine tenía plena confianza en Kernan, su hermano de leche; aquel valiente bretón formaba parte de la familia; llamaba «mi sobrina» a la señorita Marie de Chanteleine, y la joven le llamaba «tío Kernan». Desde la infancia, el señor y el servidor no se habían separado jamás; el bretón, por la educación que había recibido, se encontraba por encima de las gentes de su condición. Tras compartir los juegos del niño y las fatigas del joven, acababa de tomar con él su parte de miserias y desventuras de la guerra. El conde, al partir para unirse a Cathelineau, hubiera querido dejar a Kernan en el castillo de Chanteleine, pero separar al hermano del hermano habría sido imposible; otros criados quedaban además para proteger a la condesa. Por otro lado, la situación del castillo en el fondo del Finisterre, lejos de Quimper, lejos de Brest, donde bullían los clubes republicanos, en un rincón perdido entre Fouesnant y Plougastel, tranquilizaba al conde, y creyendo a su familia a salvo, no había dudado en lanzarse al movimiento realista.
Solo el encuentro de Karval, antiguo sirviente del castillo expulsado un año antes por robo, sus amenazas y sus palabras creaban un peligro inmediato al que era preciso salir al encuentro.
El conde y Kernan se apartaron pues de la ruta en el momento en que los fugitivos llegaban a los pantanos de Saint-Joachim. Vislumbraron por última vez aquella columna aterrada que se perdía entre las tinieblas y cuyos gritos fueron apagándose poco a poco en la sombra de la noche.
A las ocho de la noche, el conde y Kernan llegaron a Guérande. Se adelantaban por apenas media hora a los más veloces de los fugitivos; las rastras de la ciudad estaban levantadas, pero por la poterna penetraron en sus calles desiertas.
¡Qué sombría tranquilidad comparada con el horrible estrépito de Savenay! Ni una luz en las ventanas, ni un transeúnte rezagado; el terror encerraba a los habitantes en sus negras casas, tras los cerrojos y pestillos de las puertas; los ciudadanos de Guérande habían oído el cañón durante toda la mañana. Cualquiera que fuera el resultado del combate, debían temer la invasión de vencidos desesperados, lo mismo que la invasión de vencedores implacables.
Los dos compañeros de huida caminaban con rapidez sobre los adoquines desiguales, y sus pasos resonaban de manera siniestra; llegaron a la plaza de la Iglesia y pronto a las murallas.
Desde allí pudieron oír el ruido creciente que venía del campo, un murmullo amenazador en el que a veces estallaban detonaciones de armas de fuego.
La lluvia había cesado; la luna aparecía a través de las nubes desgarradas, bajas y oscuras, que el viento del oeste retorcía en sus ráfagas; a causa de una ilusión óptica, el astro de la noche, como preso de vértigo, parecía huir en una carrera insensata; su luz, muy viva por instantes, iluminaba violentamente el campo, del que relevaba los menores contornos con notable nitidez, y paseaba sobre el suelo sombras amplias y veloces.
El conde y Kernan echaron entonces una mirada hacia el mar; la bahía de Guérande se abría ante ellos más allá del inmenso tablero de ajedrez de las salinas. A la izquierda, el campanario del burgo de Batz asomaba sobre las dunas amarillentas; más lejos, la flecha del Croisic, difuminada por la bruma, terminaba aquella lengua de tierra que se perdía en el Océano; a la derecha, en el extremo de la bahía, los excelentes ojos de Kernan pudieron distinguir aún el campanario de Piriac. Más allá, el mar relucía bajo el haz de los rayos lunares y se confundía en un mismo resplandor con la línea del cielo.
El viento soplaba con violencia; los escuálidos árboles agitaban su esqueleto descarnado, y de vez en cuando una piedra, desprendida de su alvéolo, rodaba desde lo alto de las murallas al foso cenagoso.
– ¡Pues bien! —dijo el conde de Chanteleine a su compañero, apuntalándose contra el viento—. Allá, Le Croisic; allá, Piriac. ¿Adónde vamos?
– En Le Croisic encontraríamos con más facilidad una barca de pescador; pero si luego tuviéramos que desandar el camino, una vez adentrados en esa lengua de tierra, nos veríamos muy apurados, y no sería difícil cortarnos toda retirada.
– A tus órdenes, Kernan. Te sigo, pero toma por el camino más corto, si no por el más seguro.
– Mi parecer es rodear la bahía y marchar hacia Piriac. Son apenas tres leguas y, a buen paso, llegaremos en menos de dos horas.
– En marcha —respondió el conde.
Los dos fugitivos abandonaron la ciudad en el momento en que las primeras filas de los vendeanos entraban por la muralla opuesta, forzando las puertas, escalando los fosos, dando un verdadero asalto. Luces aparecían rápidamente en las ventanas; la tranquila Guérande se llenaba de un ruido y un desorden inusitados. Detonaciones sacudían sus viejos muros, y pronto la campana de su iglesia lanzó al aire los jadeantes sones del toque a rebato.
El conde sintió una violenta opresión en el pecho; su mano se crispó sobre el fusil; hubiera dicho que iba a regresar en socorro de sus desventurados compañeros.
– ¿Y Madame la condesa? —dijo Kernan con voz grave—. ¿Y mi sobrina Marie?
– ¡Ven, ven! —respondió el conde bajando a paso rápido los terraplenes de la ciudad.
Pronto el señor y el servidor estuvieron en campo abierto; ganaron la costa para evitar la ruta ordinaria y rodearon las salinas, cuyos montones de sal relucían bajo los rayos de la luna. Murmullos siniestros llegaban a través de los raquíticos árboles combados bajo el viento del mar, y se oía la ensordecedora melancolía de la marea que subía.
Varias veces llegaron gritos dolorosos; alguna bala perdida venía a aplastarse con un ruido seco contra las rocas de la costa. Llamas de incendio iluminaban el horizonte con reflejos lívidos, y manadas de lobos hambrientos, oliendo la carne viva, lanzaban en la sombra sus siniestros aullidos.
El conde y Kernan marchaban sin intercambiar una palabra; pero los mismos pensamientos los agitaban y se comunicaban de uno a otro con tanta claridad como si hubieran hablado.
De vez en cuando se detenían para mirar atrás y examinar el campo; luego, al no verse perseguidos, reanudaban la marcha a grandes pasos.
Antes de las diez llegaron al burgo de Piriac; no quisieron aventurarse por sus calles y se dirigieron directamente a la punta Castelli.
Desde allí su mirada se extendió sobre el mar abierto; a la derecha se erguían los escollos de la isla Dumet; a la izquierda, el faro de Four lanzaba sus destellos intermitentes hacia todos los puntos del horizonte; en el horizonte se extendía la masa oscura y confusa de Belle-Île.
El conde y su compañero, al no divisar ninguna barca de pescador, regresaron a Piriac. Allí, varias chalupas fondeadas sobre la arena se balanceaban al oleaje de la marea que subía.
Kernan reparó en una de ellas, que un pescador se disponía a dejar tras haber recogido su vela.
– ¡Eh, amigo! —le gritó.
El pescador interpelado saltó a la arena y se acercó con aire bastante inquieto.
– Ven aquí —le dijo el conde.
– No sois de aquí —dijo el pescador tras dar unos pasos—. ¿Qué queréis de mí?
– ¿Puedes hacerte a la mar esta misma noche —dijo Kernan— y llevarnos...?
Kernan se detuvo.
– ¿Adónde? —preguntó el pescador.
– Adónde te lo diremos una vez a bordo —respondió el conde.
– El mar está bravo y el viento de suroeste no es bueno.
– ¿Si se te paga bien? —respondió Kernan.
– Nunca se pagará bien mi pellejo —dijo el pescador, que intentaba reconocer a sus interlocutores.
Después de un momento les dijo:
– ¡Venís del lado de Savenay! Allí retumbaba con fuerza.
– ¡Qué os importa! —repuso Kernan—. ¿Queréis llevarnos a bordo?
– La verdad, no.
– ¿Encontraremos en el pueblo algún marino más intrépido que vos? —preguntó el conde.
– No lo creo —respondió el pescador—. Pero, oíd —añadió guiñando el ojo—, no decís más que la mitad de lo que hace falta decir para que os lleven a bordo. ¿Qué ofrecéis?
– Mil libras —respondió el conde.
– ¡Papel sin valor!
– Oro —respondió Kernan.
– Oro, oro de verdad, veamos.
El conde desató su faja y sacó unos cincuenta luises.
– Vuestra barca apenas vale la cuarta parte de esa suma.
– ¡Sí! —respondió el pescador con los ojos encendidos de codicia—, pero mi pellejo vale bien el resto.
– ¡Pues bien!
– Embarcad —dijo el pescador tomando el oro del conde.
Arrastró su chalupa hacia la orilla. El conde y Kernan entraron en el agua hasta las rodillas y saltaron a la embarcación; el ancla fue arrancada del fondo de arena. Mientras tanto, Kernan izó la entena, y el trinquete rojizo se tensó al viento.
En el momento en que el pescador iba a embarcarse a su vez, Kernan le empujó con fuerza y, de un golpe de bichero, alejó la chalupa una decena de pies mar adentro.
– ¡Pero qué...! —exclamó el pescador.
– Guardad vuestro pellejo —le gritó Kernan—; no lo necesitamos. Vuestro barco está pagado.
– ¡Pero...! —dijo el conde.
– Yo entiendo de esto —respondió Kernan, que, cobrando su escota y manejando el timón, lanzó la chalupa al viento.
El pescador, estupefacto, se había quedado mudo, y cuando recobró la voz fue para gritar:
– ¡Ladrones de republicanos!
Pero la embarcación ya desaparecía en la sombra, entre la espuma oscurecida de las olas.