El conde de Chanteleine

XV

La confesión.

El regreso de Kernan había sido en efecto retrasado por un encuentro inesperado. Eran las nueve de la noche; volvía desesperado; se anunciaba para el día siguiente la ejecución del ex conde de Chanteleine. Karval, al no poder encontrar a la joven, había ordenado por fin el suplicio.

Kernan estaba decidido a emplear los medios extremos para arrancar al conde de la funesta carreta que lo conduciría al cadalso. Pero antes de tomar una decisión, quiso ver al caballero y a su sobrina Marie por última vez quizás. Caminó pues a grandes zancadas, tras haber rondado largo tiempo en torno a la prisión.

Ya había cruzado el puerto de Brest, y subía por las calles empinadas y apartadas de Recouvrance, cuando vio caminar delante de él a un hombre cuya apostura le llamó la atención. La oscuridad no era aún suficiente para que pudiera equivocarse. Ciertos detalles le hicieron pensar que aquel hombre era quien tanto odiaba. Pronto no pudo dudarlo.

– ¡Karval! —se dijo—. ¡Karval!

El odio, la cólera, el deseo de venganza le cegaron un instante hasta el punto de que estuvo a punto de lanzarse sobre el miserable y matarle en el acto. Pero logró contenerse.

– Le tengo —dijo—. ¡Sangre fría!

Kernan se puso a seguir a Karval; se quitó los zapatos; le dejó tomar cierta ventaja para no ser notado, y, corriendo descalzo cuando su enemigo doblaba la esquina de una calle, volvía a seguirle la pista como un salvaje de las praderas de América.

Karval se adentró por las callejuelas empinadas tan numerosas en aquel barrio de la ciudad. La oscuridad crecía poco a poco, y las calles se iban quedando desiertas; Kernan tuvo que acercarse a Karval para no perderle de vista. Por lo demás el miserable, sin sospechar la presencia del bretón en la ciudad, no le habría reconocido. Sin embargo, no tardó en ver que le seguían, y apretó el paso. Kernan, temiendo a cada instante que una puerta se abriera ante él, resolvió abordarle. Apresuró pues la marcha, y le alcanzó cerca del camino de ronda, a lo largo de las fortificaciones de la ciudad.

Karval retrocedió vivamente, y con voz poco tranquila dijo al bretón:

– ¿Qué me quieres, ciudadano?

– Tengo una denuncia que hacerte —respondió Kernan.

– Ni el lugar ni la hora son los adecuados —replicó Karval, cuyo brazo el bretón había aferrado.

– Sí lo son, para un patriota como tú... Mi asunto interesa a la República.

– En fin, ¿qué quieres?

– Buscas a la ciudadana de Chanteleine.

– ¡Ah! —exclamó Karval recobrando confianza en su odio—. ¿Sabes dónde está?

– Está en mi poder —respondió Kernan—, y puedo entregártela.

– ¿Ahora mismo?

– En este instante.

– ¿Y qué pides a cambio? —dijo el miserable.

– Nada. Ven pues.

– Espera; el puesto de los adarves no está lejos. Voy a tomar algunos hombres, y, antes de mañana, la ciudadana hará la voltereta ante los ojos de su padre.

La muñeca de hierro del bretón apretó el brazo de Karval tan violentamente, que este no pudo reprimir un grito. En ese momento, la luz de un farol cayó sobre el semblante de Kernan, y Karval le miró. De repente sus facciones se descompusieron, y con voz entrecortada exclamó:

– ¡Kernan! ¡Kernan!

Quiso pedir socorro, pero la voz le faltó; temblaba; aquel bandido era el más cobarde de los hombres. Por lo demás, podía estar asustado con razón; el semblante de Kernan relampagueaba, y su mano estaba armada de un ancho cuchillo, cuya punta se apoyaba en el pecho del republicano.

– Una palabra, y caes muerto —dijo el bretón con voz grave—; vas a seguirme.

– ¿Pero qué quieres? —balbuceó el miserable.

– Hacerte ver a la señorita de Chanteleine; pon tu brazo bajo el mío. ¡Vamos, nada de remilgos! No eres de fuerza; vamos a pasar ante casas habitadas, ante puestos incluso; siempre sentirás esa hoja apoyada en tu corazón; al menor grito, la hundo. Pero sé que eres un cobarde; no gritarás.

Karval no pudo responder; aferrado en un tornillo de hierro, siguió al bretón; y aquellos dos hombres, del brazo, tenían el aire de dos amigos. Kernan se dirigió hacia la puerta de Recouvrance; varias veces transeúntes rezagados cruzaron a Kernan y Karval; este no se atrevió a abrir la boca; sentía la punta del puñal que desgarraba sus ropas.

Las calles se iban haciendo cada vez más desiertas; había grandes nubes negras que hacían la noche muy oscura. A veces Kernan apretaba tan fuerte a su compañero que sordos gemidos escapaban de la boca del miserable.

– Me haces daño —decía.

– No es nada —respondía el bretón.

Por fin llegaron a la poterna. Allí había una puerta bastante bien iluminada; Karval vio a los soldados yendo y viniendo en el cuerpo de guardia; no tenía más que un grito que lanzar para que le oyeran; calló no obstante.

A diez pasos, la centinela se paseaba de un lado a otro. Karval rozó al soldado al pasar; no tenía más que hacer una señal; no la hizo. El puñal de Kernan entraba en su pecho, y algunas gotas de sangre se filtraban a través de sus ropas.

Pronto el doble recinto amurallado fue rebasado; los dos hombres remontaron la carretera principal durante un cuarto de legua en el más profundo silencio, Karval siempre encadenado a Kernan; luego el bretón se metió por un camino cubierto a la izquierda, y no tardó en llegar a uno de esos campos incultos rodeados de piedras que forman la cima de los altos peñascos de la costa.

Se oía el mar romper al pie de los peñascos a cien pies de profundidad.

Allí, Kernan se detuvo:

– Ahora —dijo con voz grave, pero que indicaba una resolución irrevocablemente tomada, y en la que estaba impresa toda la terquedad bretona—, ahora, vas a morir.

– ¡Yo! —exclamó el miserable.

Quizás quiso llamar entonces, pero la voz se le quedó en la garganta.

– Puedes gritar —dijo el bretón—; puedes pedir gracia; nadie te oirá, ni siquiera yo. Nada te salvará. En tu lugar, a fe de bretón, moriría valientemente, y no como un cobarde.

Karval intentó debatirse; pero el bretón con una mano le sujetó y le doblό hasta el suelo.

– ¡Kernan! —dijo entonces Karval con voz entrecortada—. ¡Gracia! Soy rico, tengo oro; te daré mucho. ¡Mucho! ¡Gracia, gracia!

– ¡Gracia a ti, miserable! —exclamó Kernan con voz terrible—. ¡Tú que con tu mano asesinaste a nuestra buena señora, tú que con tu mano arrestaste a nuestro señor, tú que le has hecho condenar a muerte, tú que vas a arrojar a nuestra hija a la guillotina; tú, bretón renegado, ladrón, incendiario, que has saqueado, arruinado, quemado tu país! ¡Ah, Dios me condenaría, miserable, si no te matara con mi mano! ¡Muere pues!

Karval estaba tendido en tierra, el brazo de Kernan se levantaba para herirle, cuando el bretón se detuvo. Una idea repentina acababa de cruzar por su espíritu. En el transcurso de aquella guerra, esa misma idea suspendió a menudo la muerte de los prisioneros republicanos, y tomaba su origen en ese sentimiento religioso que levantó en masa a los vendeanos.

Kernan se había levantado diciendo:

– Morirás, pero no morirás sin confesión.

Karval apenas comprendía esas palabras; pero en fin, su muerte aplazada, aún tenía una débil oportunidad de escapar; era incapaz de hacer un movimiento. Kernan le levantó con una mano, hablándose a sí mismo, sin hacer mayor caso del miserable Karval.

– ¡Sí! Hay que confesarle. No tengo derecho a matarle sin confesión. ¡Pero un sacerdote! ¿Dónde encontrar uno? ¡Iré hasta dentro de Brest a buscar uno, si hace falta! ¡Un juramentado, un juroux! ¡Con eso bastará para ese bribón!

Entre tanto, el bretón caminaba; Karval, como una masa inerte, colgaba de su brazo, y gotas de sangre marcaban su paso sobre las piedras del camino.

Sin embargo, pronto aparecieron los muros de Brest, y Karval, en quien sobrevivía el instinto de conservación, comprendió cuál era la única oportunidad que se le ofrecía; una vez de vuelta en la ciudad, estaba decidido a pedir socorro aunque le costara caer muerto. Abrió pues los ojos, y vio poco a poco dibujarse los adarves en la sombra. Unos pasos más, y podría intentar su último medio de salvación.

En ese momento, al extremo de un camino hondo que cortaba la carretera, divisó a un hombre que pasaba. Entonces reunió un último resto de energía; se arrancó del abrazo del bretón, y corrió gritando:

– ¡Salvadme, salvadme!

Pero en dos saltos, Kernan alcanzó a Karval, y mirando a aquel hombre que el azar ponía ante él, lanzó un grito de feroz alegría:

– ¡Yvenat! —exclamó—. ¡El cura Yvenat! ¿Quién se atrevería a decir que la justicia de Dios no está en todo esto, Karval? Escucha: ¡es un sacerdote!

Karval retrocedió.

– Yvenat —dijo entonces Kernan—, os conozco; fui yo quien os salvé de la isla Tristán. Sois sacerdote; este hombre está condenado a morir; confesadle.

– ¡Pero...! —dijo el sacerdote.

– ¡No hay peros! ¡Nada de gracia que esperar! Obedeced.

Yvenat quiso resistirse; Kernan levantó su formidable mano diciéndole:

– No me obligues a alzar la mano sobre ti. Confiesa a este hombre. Si no puede hablar, voy a ayudar a sus recuerdos; ¡ha matado y robado! No le quedan más que algunos minutos para arrepentirse antes de comparecer ante Dios.

Ocurrió entonces una escena espantosa; el miserable, al que volvieron en un instante los recuerdos y los sentimientos de su juventud, las lecciones de su infancia, se acusó vagamente, llorando, dando lástima sin emocionar al bretón. No sabía lo que decía; Yvenat temblaba de todos sus miembros, un terror irresistible se apoderaba de él; el sacerdote apenas oía las palabras que el penitente pronunciaba sin comprenderlas, y al fin, sin poder más, dándole una absolución precipitada, huyó sin atreverse a volver la cabeza.

No había desaparecido aún en el ángulo del camino hondo, cuando un grito siniestro resonó en el aire, y pronto el sacerdote espantado pudo ver a un hombre que llevaba a otro hombre sobre sus hombros, pasar lentamente por los campos desiertos, y precipitar un cadáver desde lo alto de los peñascos en las oscuras aguas de la bahía.

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