El conde de Chanteleine

X

La isla Tristán.

El mes de enero transcurrió apaciblemente, y los huéspedes de Locmaillé fueron recuperando poco a poco la confianza. Trégolan se sentía cada día más vivamente atraído hacia la joven; pero, siendo Marie su deudora, ponía en disimular su amor todo el esmero que otro menos delicado habría puesto en exhibirlo; nadie lo sospechaba, pues, a no ser quizás Kernan, que tenía buenos ojos y se decía:

– Esto se hará, y nada más feliz podrá hacerse.

El pueblo de Douarnenez estaba tranquilo, y esa calma solo fue turbada una vez, en las circunstancias siguientes.

Al otro lado del río, frente a la casa de Locmaillé, a apenas un cuarto de legua, había una isla muy cercana a la costa, formada únicamente por un gran peñasco sin cultivar; un fuego encendido en su cima señalaba de noche la entrada del puerto. La llamaban la isla Tristán, y justificaba bien su nombre; Kernan había advertido que los pescadores parecían tenerle horror; la evitaban cuidadosamente; varios de ellos sacudían incluso el puño al pasar ante ella; otros se santiguaban, y sus mujeres amenazaban a los niños traviesos con «la isla maldita».

Hubiera dicho que encerraba una leprosería o un lazareto. Era un verdadero lugar de proscripción que infundía miedo.

Los pescadores decían a veces:

– El viento sopla de la isla Tristán; el mar estará bravo, y más de uno se quedará allí.

Aquel temor no estaba evidentemente justificado; sin embargo, aquel lugar pasaba por peligroso y funesto. Y sin embargo estaba habitado, pues de vez en cuando se divisaba, errando sobre los peñascos, a un hombre vestido de negro al que la gente de Douarnenez señalaba con el dedo gritando:

– ¡Ahí está! ¡Ahí está!

A menudo incluso, a esos gritos se unían amenazas.

– ¡Muerte, muerte! —repetían los pescadores con cólera.

Entonces el hombre vestido de negro se refugiaba en una cabaña destartalada situada en la cima del islote.

Aquel incidente se repitió varias veces; Kernan se lo hizo notar al conde, e interrogaron a Locmaillé al respecto.

– ¡Ah! —dijo este—. ¿Le habéis visto, pues?

– ¡Sí! —respondió el conde—. ¿Podéis decirme, amigo mío, quién es ese desgraciado que parece rechazado por la sociedad de los hombres?

– ¡Ese es el maldito! —replicó el pescador con aire amenazador.

– ¿Pero qué maldito? —preguntó Kernan.

– Yvenat, el juramentado.

– ¿Qué Yvenat? ¿Qué juramentado?

– Más vale no hablar de ello —replicó el buen hombre.

No había nada que sacar del viejo terco; pero una tarde, en los primeros días de febrero, la cuestión fue retomada a raíz de una reflexión del propio Locmaillé. Toda la pequeña familia estaba reunida ante el vasto fuego de la sala baja. El tiempo era malo; la lluvia y el viento silbaban afuera; se oía gemir penosamente la madera de la puerta y las contraventanas; se producían también, en el ancho cañón de la chimenea, grandes remolinos de aire que abatían la llama y el humo dentro de la habitación.

Cada uno estaba sumido en sus pensamientos; escuchaban rugir la tempestad, cuando el buen hombre dijo, como si hablara para sí:

– ¡Buen tiempo y buena noche para el juramentado! ¡No se podía elegir una más hermosa!

– ¡Ah, hablas de ese Yvenat! —dijo Henry.

– ¡Del maldito! ¡Sí! Pero pronto, si se sigue hablando de él, ya no se le verá, al menos!

– ¿Qué quieres decir?

– Me entiendo.

Y el buen hombre volvió a sumirse en sus reflexiones, prestando oído a algún rumor esperado.

– Henry —dijo entonces el conde—, parecéis conocer la historia de ese desgraciado; ¿podríais decirnos quién es ese Yvenat, y cuál es ese maldito?

– Sí, señor Henry —dijo la joven—; he oído hablar de él, incluso he visto a un infeliz en la isla Tristán, pero no he podido averiguar más.

– Señorita —respondió Trégolan—, ese Yvenat es un cura constitucional, un juramentado, un juroux como dicen ellos, y desde que el municipio de Quimper vino a instalarlo en su parroquia, no ha tenido más recurso que refugiarse en esa isla para escapar a la furia de sus feligreses.

– ¡Ah! —exclamó el conde—. ¡Es un juramentado, uno de esos curas que han adherido a la constitución civil del clero!

– Como decís, señor conde —respondió Trégolan—; así que, en cuanto la fuerza armada que lo había instalado se fue, ya veis en qué ha quedado ese desgraciado. Tuvo que escapar en una barca y refugiarse en la cima de esa isla, donde vive de algunos mariscos.

– ¿Y por qué no huye? —preguntó Kernan.

– No se deja acercar ninguna chalupa a la isla, y ese infeliz acabará por perecer.

– No tardará —murmuró Locmaillé.

– ¡El desgraciado! —dijo el conde dando un profundo suspiro—. ¡Pues bien, lo que ha ganado adhiriéndose a la constitución civil! No comprendió el sublime papel del sacerdote durante esas épocas de trastorno y de terror.

– Sí —dijo Trégolan—, ¡es una noble misión!

– Ciertamente —repuso el conde con entusiasmo—. ¡Más bella incluso que la del vendeano y del bretón que corrieron a las armas en defensa de la santa causa! He visto de cerca a esos ministros del cielo; los he visto bendiciendo y absolviendo a un ejército entero arrodillado antes de la batalla; los he visto celebrando la misa en un montículo aislado con una cruz de madera, vasos de barro y ornamentos de lienzo; los he visto luego lanzarse a la refriega con el crucifijo en la mano, socorriendo, consolando, absolviendo a los heridos incluso bajo el fuego de los cañones republicanos, y allí me parecieron más envidiables que antaño en la pompa de las ceremonias religiosas.

Al hablar así, el conde parecía animado del fuego sagrado de los mártires; su mirada brillaba con un ardor del todo católico; se sentía en él una convicción inquebrantable que lo habría hecho un decidido confesor de la fe.

– En fin —añadió—, durante esos terribles tiempos de prueba, si no hubiera sido esposo ni padre... ¡habría querido ser sacerdote!

Todos miraron el semblante del conde. Resplandecía.

En ese momento, un sordo rumor se hizo oír en medio de los silbidos de la tempestad; amenazas humanas se mezclaban con la amenaza de los elementos. Era aún un ruido indeciso; pero sin duda Locmaillé sabía a qué atenerse, pues se levantó diciendo:

– ¡Bien! ¡Ya están, ya están!

– ¿Qué ocurre? —preguntó Kernan.

Fue hacia la puerta; esta, apenas entreabierta, fue empujada con tal violencia por el viento, que el robusto bretón necesitó toda su fuerza para cerrarla.

Pero en el breve instante en que había mirado afuera, había visto en la línea de la orilla antorchas encendidas que se agitaban en las ráfagas; gritos terribles resonaban en los breves apaciguamientos de la tempestad. Escenas siniestras se preparaban para esa noche.

Antes, antes de la Revolución, los sacerdotes eran muy venerados en toda Bretaña; no habían participado en los excesos ni en los abusos de poder que caracterizaron al clero de las provincias más avanzadas. En ese rincón de Francia eran buenos, humildes, serviciales, y hechos, por así decirlo, de lo mejor de la población. Los había en gran número, y nadie pensaba en quejarse de ello; llegaba a haber hasta cinco sacerdotes por parroquia, y a veces incluso doce; en suma, más de mil quinientos religiosos en el solo departamento del Finisterre. Los curas, o, para llamarlos como en Bretaña, los rectores, gozaban de un poder considerable, pero respetado. Nombraban a sus coadjutores, registraban los actos del estado civil, los contratos, los testamentos; eran casi todos inamovibles y tenían bajo sus órdenes a numerosos jóvenes clérigos, que vivían con los campesinos, les instruían en sus deberes religiosos y les enseñaban cánticos.

Cuando llegó el juramento, cuando se decretó la constitución civil del clero y todos los sacerdotes de Francia tuvieron que adherirse a ella, el clero francés se dividió en juramentados e insermentados. Estos últimos fueron los más numerosos; se negaron a jurar, y tuvieron que optar entre la prisión o el exilio; se fijó una suma de treinta y dos libras a quien entregara a los recalcitrantes al distrito, y finalmente una ley del 26 de agosto de 1792 decretó su deportación en masa.

Durante bastante tiempo, los sacerdotes refractarios pudieron sustraerse a las denuncias y a las persecuciones de sus enemigos; pero el odio no se cansó; pronto fueron todos apresados, deportados o masacrados, y departamentos enteros se vieron privados de sus viejos amigos.

Eso fue lo que ocurrió en el Finisterre, donde el clero fue muy activamente perseguido; los sacerdotes desaparecieron pronto, y los auxilios de la religión faltaron por completo.

Entonces los municipios introdujeron a los curas constitucionales; los feligreses se negaron a recibirlos. Hubo lucha y batalla en más de un lugar; los campesinos expulsaron a los juramentados; varias tomas de posesión de parroquias fueron ensangrentadas.

En Douarnenez, el 23 de diciembre de 1792, los guardias nacionales de Quimper vinieron a instalar al cura Yvenat; no era un hombre malo, ni mucho menos; antes de este desgraciado asunto del juramento, había cumplido siempre dignamente su sacerdocio; era ciertamente un hombre de bien, cuya conciencia no le impedía adherirse a una constitución que Luis XVI había firmado, después de todo, y aunque juramentado, habría cumplido dignamente su ministerio.

Pero era un juramentado; los campesinos no lo quisieron; no razonaban al respecto; era una cuestión de sentimiento; así que, desde el principio, empezaron los sinsabores para el cura Yvenat; no encontró a nadie que le sirviese en el presbiterio; se cortaron las cuerdas de sus campanas; no podía hacer tañer los oficios; ningún niño quiso responder a la misa, ningún padre lo habría permitido; preferían prescindir de ella; finalmente, le faltaba el vino para el santo sacrificio; ningún tabernero se habría atrevido a vendérselo. Por más que Yvenat lo intentó, por más que tuvo paciencia, no obtuvo nada; no se le hablaba, y luego, cuando se le habló, fue para insultarle; de los insultos a los malos tratos no había más que un paso, y fue franqueado; luego se mezcló la superstición; se vio en ese juramentado al genio maligno, al maldito, se le acusó de las tempestades; se puso a su cuenta las barcas volcadas; se amotinó la gente, y finalmente la cólera pública tomó tales proporciones, que el sacerdote tuvo que abandonar el presbiterio; se refugió en la isla Tristán, donde los pescadores le dejaron morir de hambre; llevaba más de un mes habitando aquel peñasco aislado, viviendo de malas legumbres, pescando cuando hacía falta; la caridad no parecía hecha para él.

Pero la paciencia de los campesinos debía de tener un límite, y su cólera volvió con las calamidades que cada día se abatían sobre ellos. Los bretones escapados de las balas republicanas durante la guerra de la Vendée volvían a sus hogares, agotados, heridos, arrastrándose; la miseria crecía; el hambre amenazaba al país. Tantos males no podían imputarse más que al maldito en una tierra supersticiosa. Después de haber dejado a ese infeliz vegetar en un peñasco desnudo, el odio se volvió hacia él; hasta dónde llegaría, era imposible preverlo de parte de aquellos rudos campesinos. Por fin llegó el día de la explosión, anunciado por esos gritos que Kernan acababa de oír.

Henry de Trégolan había referido a sus compañeros todos los detalles de la vida de Yvenat. Y cuando Kernan le contó lo que había visto por la puerta entreabierta, comprendió que aquellas amenazas se dirigían al juramentado, y que se atentaba contra su vida.

No entraba en el pensamiento de gentes valerosas como el conde y sus amigos que un hombre solo, cualesquiera que fueran sus faltas, pudiera ser abandonado a los furores de toda una población amotinada, y de común acuerdo se levantaron.

– ¡Padre! —exclamó Marie—. ¿Adónde vais?

– ¡A impedir un crimen! —respondió el conde.

– Quedaos, nuestro señor —dijo Kernan—; el señor de Trégolan y yo estamos aquí; mi sobrina Marie no puede quedarse sola. ¡Venid, señor Henry, venid!

– Os sigo —respondió el joven, que estrechó precipitadamente la mano del conde; luego Kernan y él se lanzaron afuera, mientras el buen Locmaillé sacudía la cabeza con aire de desaprobación.

Henry y Kernan se precipitaron hacia la playa, por el lado de donde llegaban más distintos los gritos. Allí la gente de Douarnenez, mezclada con la de Pont-Croix, Poullan y Crozon, marchaba en plena tempestad, acompañada de mujeres y niños, agitando sus antorchas de resina encendida; cruzaron en barca el río del Guet, y tomando por la costa opuesta, llegaron ante la isla Tristán.

El bretón y el joven habían maniobrado tan bien, que se encontraron en primera fila de la muchedumbre. Pensar en detenerla habría sido una locura; más valía intentar arrebatarle a su víctima.

En ese momento, los más enfurecidos de los pescadores se lanzaron en unas veinte barcas y remaron hacia la isla.

La muchedumbre, que se había quedado en la playa, aullaba, y se oían esos gritos de odio:

– ¡Muerte, muerte al juramentado!

– ¡Rompele la cabeza de un golpe de pen-bas!

– ¡Un buen golpe de ferte al maldito!

El desgraciado sacerdote, despertado por esas voces, había salido de su cabaña; se le veía correr por aquella isla sin salida, espantado, aterrado; se sentía entregado a una muerte horrible; iba y venía, con el pelo erizado, vestido con una mala sotana toda desgarrada en las aristas agudas de los peñascos.

Pronto los asaltantes tocaron la isla y se dirigieron hacia el maldito; corrían agitando sus antorchas. Kernan, como si hubiera sido el más ardiente a la venganza, los precedía a todos.

Yvenat, desesperado, había huido hacia el mar; pero al fin, acorralado contra un peñasco, no tenía ya modo de escapar, había que perecer; los gritos resonaban a su alrededor, y todas las angustias del último momento se pintaban en su semblante lívido.

Dos o tres pescadores, el bastón levantado, se precipitaron hacia él; pero, más rápido, Kernan lo aferró por la cintura, lo levantó, y con él se lanzó a las olas negras y espumantes.

– ¡Kernan! —exclamó el caballero.

– ¡Muerte, muerte! —gritaron los asaltantes, inclinándose sobre el abismo—. ¡Ahógalo como a un perro!

Sin embargo, Kernan, invisible en la sombra, subió a la superficie del agua con Yvenat, que no sabía nadar; lo sostuvo, y cuando el sacerdote recobró el conocimiento:

– Aferraos bien —le dijo.

– ¡Gracia! —exclamó el infeliz.

– ¡Os salvo!

– ¿Vos?

– Sí; ganemos un punto de la costa. ¡No tengáis miedo! Apoyaos en mí.

El sacerdote, sin darse cuenta de ese socorro inesperado, solo comprendió una cosa: que su vida podía ser salvada. Se aferró al vigoroso bretón, que nadaba con brazo robusto mientras los gritos de muerte retumbaban en las tinieblas.

Al cabo de media hora, Kernan y el sacerdote tomaron tierra en la costa, muy por debajo de la isla. El sacerdote estaba agotado.

– ¿Podéis caminar? —le preguntó el bretón.

– ¡Sí, sí! —exclamó Yvenat haciendo un esfuerzo supremo.

– ¡Pues bien, tomad por los campos, evitad las casas, tenéis la noche por delante! Que el amanecer os encuentre camino de Brest o de Quimper.

– ¿Pero quién sois vos? —preguntó el sacerdote con vivo acento de gratitud.

– Un enemigo —respondió Kernan—. ¡Id! Que el cielo os guíe, si aún tiene piedad de vos.

Yvenat quiso estrechar la mano de su salvador; pero este ya se había alejado; el sacerdote entonces, arrastrándose hacia las llanuras incultas, desapareció en la noche.

Kernan había tomado el camino de la costa; volvió hacia la muchedumbre de los pescadores.

– ¡El maldito, el maldito! —le gritaron cien voces llenas de odio.

– ¡Muerto! —respondió el bretón.

Un inmenso silencio sucedió a esa respuesta, y sin embargo nadie oyó a Kernan murmurar al oído del joven:

– ¡Está salvado, señor Henry! ¡He aquí una buena acción de la que haré penitencia!

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