Clovis Dardentor

VII

EN EL QUE CLOVIS DARDENTOR VUELVE DEL CASTILLO DE BELLVER MÁS DEPRISA DE LO QUE HA IDO.

Eran las cuatro y media. Quedaba, pues, tiempo bastante para prolongar la excursión hasta aquel castillo, cuya buena situación había alabado el guía, para visitar su interior, para subir a su alta torre, y tomar una vista del litoral que rodea la bahía de Palma.

En menos de cuarenta minutos, un carruaje con buenos caballos puede hacer el trayecto. Esto no es más que cuestión de duros, y será fácil resolverla a gusto de los excursionistas, a los que el capitán Bugarach no esperará si se retrasan. Clovis Dardentor sabe algo de esto.

Precisamente, en la puerta de Jesús había una media docena de galeras que no deseaban más que lanzarse al camino al galope de sus mulas. Tal es la costumbre de estos carruajes de construcción ligera, que ruedan bien y que en terreno llano como en pendientes, no conocen más marcha que el galope.

Llamó el guía a uno de los cocheros, cuya galera agradó a Dardentor. Con frecuencia él iba en coche por las calles de Perpignan, y a tener que desempeñar el oficio de cochero, no necesitaría de aprendizaje. Pero no era aquella ocasión para lucir sus talentos de sportman, y dejó al cochero el cuidado de conducirles.

El trayecto, pues, se efectuaría sin peligro, y Juan Taconnat vería huir sus esperanzas de «adopción traumática», como decía Marcel Lornans.

-¿De modo que esta galera les basta?- preguntó el guía.

-Sí- respondió Marcel Lornans-, y si el señor Dardentor quiere subir...

-Al momento, amigos míos... Usted primero, señor Marcel.

-No, usted...

-De ningún modo...

Deseando poner fin a aquel cambio de cumplimientos, Marcel Lornans se decidió.

-¿Y usted, señor Taconnat?- dijo Dardentor.- ¿Pero qué tiene usted? ¿Qué aire de preocupación? ¿Dónde está su buen humor habitual?

-¡Yo, señor Dardentor!... No tengo nada; se lo aseguro...

-¿Cree usted que puede ocurrirnos algún accidente en este coche?

-¡Un accidente, señor Dardentor!- respondió Juan Taconnat encogiéndose de hombros.- ¿Por qué ha de ocurrirnos? ¡Yo no creo en accidentes!

-Ni yo tampoco, y les aseguro a ustedes que nuestra galera no naufragará en el camino.

-Además- añadió Juan Taconnat,- si naufragase convendría que lo hiciese en un río, en un lago, en un estanque... en una cubeta. O no entraría en cuenta.

– ¿Cómo?- exclamó Dardentor lleno de asombro.

-Quiero decir- añadió el otro- que el texto del Código está bien claro. Es preciso... En fin, yo me entiendo.

Marcel Lornans reía al oír las confusas explicaciones de su primo, que buscaba una paternidad adoptiva.

-¡No entraría en cuenta! ¡No entraría en cuenta!- repitió Clovis Dardentor. Verdaderamente, no he oído nunca cosa semejante. Vamos... Andando...

Juan Taconnat tomó asiento junto a su primo. El señor Dardentor se sentó delante, al lado del cochero, y el guía, invitado a ir con ellos, se colocó en el estribo.

Franqueada la puerta de Jesús, los turistas distinguieron el castillo de Bellver sobre su verde colina.

No, era campo raso lo que la galera tenía que atravesar; debía seguir primero el Terreno, especie de arrabal de la capital de las Baleares, que con razón está considerado como estación balnearia en las cercanías de Palma, y cuyas quintas elegantes y lindas alquerías se extienden bajo la fresca sombra de los árboles, más particularmente de viejas higueras.

Este conjunto de casas blancas se halla colocado sobre una eminencia, cuya base rocosa está bordeada por las espumas de la resaca. Después de dejar atrás aquel gracioso Terreno, Clovis Dardentor y los dos parisienses pudieron, al volverse, abrazar con la mirada la ciudad de Palma, su bahía azulada hasta el límite de la alta mar y los caprichosos dibujos de su litoral.

La galera caminó entonces por una calle ascendente, perdida bajo la profundidad de un bosque de pinos de Alep que rodea la ciudad y tapiza la colina coronada por los muros del castillo de Bellver.

Pero conforme se subía, el aspecto del sitio era más alegre... Las casas se esparcen bajo palmeras, naranjos, granados, higueras y olivos.

Clovis Dardentor, siempre expansivo, no economizaba sus frases de admiración, por más que estuviere acostumbrado a paisajes semejantes en el Mediodía de Francia. Verdad que, en lo que concierne a los olivos, nunca los había visto más gibosos, más llenos de nudosidades ni más gigantescos. Después, aquellas cabañas de paja de los campesinos, rodeadas de campos de legumbres, esparciéndose fuera de los chaparros de mirtos y de citisos, llenas de profusión de flores, entre otras esas «lágrimas» de nombre poético y triste... ¡Cómo regocijan los ojos con sus tejados con aleros cubiertos de racimos de rojos pimientos!

Hasta entonces, el viaje se había efectuado con toda comodidad. La galera no marchaba con ayuda de remos por el pérfido elemento. En aquel campo no era de temer ninguna agresión de bárbaros piratas. Había aquella navegado felizmente por un camino menos caprichoso que la mar, y eran las cinco cuando llegó a buen puerto, o sea ante el puente del castillo de Bellver.

El castillo fue construido en aquel sitio para defender la bahía y la ciudad de Palma. Con sus fosos profundos, sus espesas murallas de piedra, la torre que le domina ofrece el aspecto militar común a las fortalezas de la Edad Media.

Cuatro torres flanquean su muralla circular, dentro de la cual se ven dos pisos de un doble estilo romano y gótico. Fuera de la muralla se yergue la torre del Homenaje, de feudal aspecto.

A la plataforma de ésta es donde iban a subir los tres turistas a fin de tomar una vista general del campo y de la ciudad, vista más completa que la que pudieran haber tomado desde una de las torres de la catedral.

La galera quedó ante el puente de piedra echado sobre el foso, y el cochero recibió la orden de aguardar a los excursionistas que, acompañados del guía, penetraron en el castillo.

La visita no podía ser larga. En realidad, más que de escudriñar los rincones de la antigua fortaleza, tratábase de pasear, una mirada por el lejano horizonte.

Así es que, después de lanzar una ojeada a los cuartos bajos al nivel del patio, Clovis Dardentor dijo:

-Y bien; ¿subimos a lo alto, amigos míos?

-Cuando usted quiera- respondió Marcel Lornans-; pero no nos retrasemos. ¡Fuera bueno que el señor Dardentor, después de haber faltado una vez a la partida del Argelés!...

-¿Faltara otra?- interrumpió Dardentor.- Esto sería más imperdonable, porque en Palma no encontraría una chalupa de vapor que me llevara a bordo del paquebote. ¡Y qué sería de ese pobre Desirandelle!

Dirigiéronse, pues, hacia la torre del Homenaje, que se eleva fuera de la muralla, y que dos puentes unen al castillo.

La torre, redonda y maciza, de un tono cálido de piedra cocida, tiene por base el fondo de un foso. En su parte SO. vese una puerta rojiza a la altura de aquel. Encima se abre una ventana con arco de bóveda, dominada por dos estrechas troneras, y después la repisa, que soporta el parapeto de la plataforma superior.

Siguiendo al guía, Clovis Dardentor y sus compañeros subieron por una escalera de caracol labrada en el interior del muro y débilmente iluminada por las troneras.

Después de una penosa ascensión, llegaron a la plataforma.

A decir verdad, no podía acusarse al guía de haber exagerado. Desde aquel punto la vista era magnífica. Al pie del castillo, la colina verde con su manto negro de pinos de Alepo. Más allá el encantador barrio de Terreno. Más abajo la azulada bahía, tachonada de puntitos blancos semejantes a pájaros de mar, y que son las velas de los barcos. Más lejos, y en forma de anfiteatro, la ciudad, su catedral, sus palacios, sus iglesias, resplandeciente conjunto bañado en aquella atmósfera luminosa, que el sol hiere con sus dorados rayos al declinar hacia el horizonte. En fin, a lo largo resplandece la mar inmensa, y aquí y allá navíos desplegando sus blancas velas, los steamer, que barren el cielo con su larga cola fuliginosa. Nada de Menorca al E., nada de Ibiza al SO.; pero al Sur el abrupto islote de Cabrera, donde tantos soldados franceses perecieron miserablemente durante las guerras del primer Imperio.

Desde la torre del castillo de Bellver, la parte occidental de la isla da una idea de lo que es Mallorca, la única del archipiélago que posee verdaderas sierras plantadas de encinas y de lotos, sobre las que sobresalen agujas porfiríticas, dioríticas o calcáreas. La llanura está sembrada de tumescencias que llevan el nombre de «puys», lo mismo en las Baleares que en Francia, y no se encontrará una que no esté coronada por un castillo, por una iglesia o una ermita en ruinas. Añádase que por todas partes culebrean tumultuosos torrentes, que al decir del guía pasan de doscientos en la isla.

– ¡Doscientas ocasiones para que el señor Dardentor pudiera caer al agua! pensó Juan Taconnat- , ¡pero seguramente no caerá!

Lo que se veía de más moderno era el camino de hierro de la parte central de Mallorca. Va desde Palma a Alcudia, por los distritos de Santa María y de Binisalem, y se trata de extenderle al través de los valles de la montaña, que yergue su pico a más de mil metros de altura.

Siguiendo su costumbre, Clovis Dardentor se entusiasmaba al contemplar aquel maravilloso espectáculo. Marcel Lornans y Juan Taconnat participaban de su justificada admiración. Realmente era una lástima que la visita al castillo de Bellver no pudiera prolongarse, que no fuera posible volver, y que la escala del Argelés fuera tan breve.

-¡Sí!- dijo Clovis Dardentor.- Sería preciso permanecer aquí semanas, meses.

-¡Ah!- respondió el guía, que sabía muchas anécdotas-; es precisamente lo que pasó a un compatriota de ustedes.

-¿Cómo se llamaba?- preguntó Marcel Lornans.

-Francisco Arago.

-Arago... Arago...- exclamó Clovis Dardentor-; una de las glorias de Francia.

Efectivamente, el ilustre astrónomo fue en 1808 a las Baleares con el objeto de completar la medida de un arco del Meridiano entre Dunkerque y Formentera. Sospechoso a la población mallorquina, amenazado de muerte, fue encerrado en el castillo de Bellver durante dos meses, y no se sabe lo que su prisión hubiera durado a no conseguir escapar por una de las ventanas del castillo, y fletar después un barco que le condujo a Argel.

-Arago- repetía Clovis Dardentor.- ¡Arago, el célebre hijo de Estagel, el glorioso hijo de mis Pirineos Orientales!

Entretanto apremiaba el tiempo, y era preciso abandonar la plataforma, desde la que se dominaba aquel país incomparable como desde la barquilla de un aerostato. Clovis Dardentor no acertaba a separarse de allí. Iba y venía de un lado a otro, inclinándose sobre el parapeto de la torre.

-¡Cuidado!- le gritó Juan Taconnat, sujetándole por la chaqueta.

-¿Cuidado?

-Sin duda..., por poco se cae usted... ¿A qué causarnos este susto?

Susto muy legítimo, pues si el digno hombre hubiese dado la vuelta por encima del parapeto, Juan Taconnat no hubiera podido más que asistir, sin poder darle socorro, a la caída de su padre adoptante en las profundidades del foso.

En suma; lo más lamentable era la falta de tiempo, que no permitía organizar la completa exploración de la admirable Mallorca.

No es bastante haber recorrido los diversos barrios de Palma, su capital; es preciso visitar las demás ciudades... ¿y cuáles más dignas de atraer a los turistas que Soller, Inca, Manacor, Valldemosa? ¡Y las grutas naturales de Artá y Drach, consideradas como las más bellas del mundo, con sus lagos legendarios, sus capillas de estalactitas, sus baños de aguas límpidas y frescas, su teatro, su infierno, denominaciones fantásticas si se quiere, pero que merecen las maravillas de aquellas inmensidades subterráneas!

¡Y que diremos de Miramar, el incomparable dominio del archiduque Luis Salvador; de los bosques milenarios, cuyos árboles ha respetado este príncipe sabio y artista; y de su castillo, edificado sobre un alto que domina el litoral; y de “hospedería”, cuyos gastos paga S.A., abierta a todos los que pasan, que les ofrece lecho y comida durante dos días gratuitamente, y hasta, los que en ello tienen empeño, procuran inútilmente agradecer por una gratificación a las gentes del Archiduque la acogida!

¿Y no es digna también de ser visitada la Cartuja de Valldemosa, desierta ahora, silenciosa, abandonada, y en la que Jorge Sand y Chopin han pasado una temporada, lo que nos ha valido bellísimas obras del gran artista, y del gran novelista la relación de Un invierno en Mallorca y la extraña novela Spiridión?

Esto es lo que con su inagotable verbosidad decía el guía, empleando frases estereotipadas desde mucho tiempo en su cerebro de cicerone. No hay, pues, que extrañarse que Clovis Dardentor manifestase el pesar que le causaba abandonar aquel oasis mediterráneo, prometiendo volver a las Baleares en compañía de sus dos jóvenes amigos, por poco lugar que ellos tuvieran para ello.

-Son las seis- advirtió Juan Taconnat.

-Y no podemos dilatar nuestra partida- añadió Marcel Lornans-. Tenemos aun que recorrer un barrio de Palma antes de ir a bordo.

-Partamos, pues- respondió Clovis Dardentor suspirando.

Arrojóse una última mirada a los múltiples paisajes de la costa occidental, a aquel sol cuyo disco se balanceaba sobre el horizonte y doraba con sus oblicuos rayos las blancas quintas de Terreno.

Clovis Dardentor, Marcel Lornans y Juan Taconnat descendieron por la escalera de caracol, franquearon el puente, entraron en el patio y salieron por la poterna.

La galera esperaba en el sitio que la dejaron. El cochero ganduleaba al borde del foso. Llamado por el guía, reunióse a los turistas con paso tranquilo e igual; el paso de los mortales privilegiados que por nada se apresuran en ese país dichoso, en el que la existencia no exige nunca apresuramiento.

El señor Dardentor montó el primero en el vehículo, antes que el cochero tomara asiento en el pescante.

Pero en el momento que Marcel Lornans y Juan Taconnat ponían el pie en el estribo, la galera se conmovió bruscamente, y los dos jóvenes se vieron en la precisión de retroceder rápidamente para evitar el choque del eje.

Lanzóse el cochero a la cabeza del tronco para sujetarle. ¡Imposible! Las mulas se encabritan y derriban al hombre, que por un milagro no es aplastado por las ruedas del coche, que arranca como una flecha.

Gritos simultáneos del cochero y del guía. Ambos se precipitan por el camino de Bellver, que la galera cruza a gran galope, con riesgo de hundirse en los precipicios laterales o de reventarse contra los árboles del sombrío bosque.

-¡Señor Dardentor! ¡Señor Dardentor!- exclamaba Marcel Lornans con toda la fuerza de sus pulmones- ¡Se va a matar! ¡Corramos, Juan, corramos!

-Sí- respondió Juan Taconnat-; y sobre todo, si esta ocasión debe de ser contada...

Fuese como fuese, en esta ocasión era preciso sujetar los caballos; es decir, las mulas. Pero, mulas o caballos, iban con tal rapidez que dejaban poca esperanza de detenerlos.

El cochero, el guía, los dos jóvenes y algunos campesinos que se les reunieron, se lanzaron tras el coche corriendo lo más que podían.

Entretanto, Clovis Dardentor, al que su sangre fría no abandonaba nunca, había cogido las riendas con vigorosa mano, y procuraba sujetar al tronco.

Era lo mismo que querer detener un proyectil en el momento en que escapa de la escopeta, y lo mismo para los que pasaban y lo procuraron.

El camino fue descendido locamente, y atravesado el torrente en la misma forma. Clovis Dardentor, siempre en posesión de sí mismo, habiendo conseguido mantener la galera en línea recta, pensaba que aquello acabaría ante la muralla, que el vehículo no franquearía por ninguna de sus puertas. No pensó en dejar las riendas y arrojarse del coche, por saber que en esto hay gran exposición y que vale más permanecer en el coche, aunque éste haya de volcar o estrellarse contra algún obstáculo.

¡Y aquellas malditas mulas sin cesar en su velocidad, con un arranque como no se había visto nunca en Mallorca ni en ninguna de las islas del Archipiélago!

Después de pasar por Terreno, la galera siguió la muralla por su parte exterior, haciendo ziszás terribles, saltando como una cabra, pasando ante las puertas de la muralla y llegando a la puerta Pintada, en el ángulo NE. de la ciudad.

Preciso es admitir que las mulas conocían particularmente esta puerta, pues la franquearon sin vacilar, y se puede tener por cierto que no obedecían ni a la mano ni a la voz de Clovis Dardentor. Ellas dirigían la galera a triple galope, sin cuidarse de los transeúntes que huían, arrojándose a las puertas y dispersándose por las calles vecinas. Las maliciosas bestias parecían decirse a la oreja: «Iremos así mientras nos plazca, y a menos que no naufrague... ¡bogue la galera!»

Y por el dédalo de aquel rincón de la ciudad, un verdadero laberinto, el alocado tronco se lanzó con ardor terrible.

Desde el interior de las casas y tiendas la gente gritaba. Cabezas asustadas aparecían en las ventanas. El barrio se agitaba como en otra época, algunos siglos antes, cuando escuchaba el grito de, «¡Los moros, los moros!» No se explica cómo no se produjo ningún accidente en las calles estrechas y tortuosas que terminan en la de los Capuchinos.

Clovis Dardentor procuraba hacer algo. A fin de moderar aquel galope insensato tiraba de las riendas a riesgo de romperlas o de dislocarse los brazos. En realidad, las riendas eran las que tiraban de él, amenazando sacarle del coche en condiciones difíciles.

-¡Ah! ¡Qué galope del infierno!- se decía.- No veo razón para que se detengan mientras tengan sus cuatro patas cada una. Y esto..., baja...

Bajaban, en efecto, y bajarían hasta el puerto, donde la galera tal vez se daría un chapuzón en las aguas de la bahía; lo que seguramente calmaría el ardor del tronco.

Tomó primero a la derecha, luego a la izquierda, desembocó en la plaza de Olivar, a la que dio la vuelta como los antiguos carros romanos en la pista del Coliseo aunque ahora no había ni enemigos a quien vencer, ni premio que ganar. En vano, en dicha plaza, tres o cuatro agentes de policía se arrojaron sobre las mulas, queriendo prevenir una catástrofe imposible de evitar. Su heroísmo fue inútil. El uno fue derribado y se levantó herido; los otros tuvieron que dejar escapar su presa. La galera siguió su vertiginosa carrera, como sometida a las leyes de la caída de los cuerpos.

Era de presumir que aquello terminara de desastrosa manera cuando entraron en la calle de Olivar, pues en la mitad de ésta, muy pendiente, hay una escalera de unos quince escalones, y ya se comprende que tal sitio no es muy propio para carruajes.

Entonces redoblaron los clamores, a los que se unieron los ladridos de los perros. Bah!... ¡Por violentos que éstos fuesen las mulas no se inquietaban por algunos escalones!... Y he allí a la carroza bajando por la escalera a riesgo de romperse en mil pedazos.

Pero no se rompió. Resistieron la caja y los ejes, y las manos de Clovis Dardentor no abandonaron las riendas durante aquel descenso extraordinario.

Tras la galera se amontonaba una multitud cada vez más numerosa, de la que Marcel Lornans, Juan Taconnat, el cicerone y el cochero no formaban parte todavía.

Después de la plaza del Olivar, la calle de San Miguel, a la que sucedió la plaza de Abastos, donde una de las mulas, después de caer, se levantó sana y salva; después la calle de la Platería, después la plaza de Santa Eulalia.

-Es evidente- se dijo Clovis Dardentor- que la galera irá así hasta que le falte el terreno, y si no es en la bahía de Palma, no veo donde puede suceder esto.

En la plaza de Santa Eulalia se elevaba la iglesia destinada a esta santa mártir, que es para los de las Baleares objeto de particular veneración. No mucho tiempo antes la dicha iglesia servía como lugar de asilo, y los malhechores que conseguían refugiarse en ella escapaban a las garras de la policía.

Esta vez no fue a un malhechor al que su buena suerte arrastró allí, sino a Clovis Dardentor, fijo en la banqueta del vehículo.

¡Sí! En aquel momento la magnífica puerta de Santa Eulalia estaba abierta de par en par. Los fieles llenaban la iglesia. Se celebraban los oficios de salud, que tocaban a su fin, y el oficiante, vuelto hacia la piadosa reunión, levantaba las manos para bendecirla.

¡Qué tumulto, qué agitación, que gritos de espanto cuando la galera botó y rebotó sobre las losas de la nave! Pero, también ¡qué prodigioso efecto cuando el tronco cayó al fin ante las gradas del altar, en el instante en que el sacerdote decía:

Et Spiritui Sancto!

– ¡Amén!- respondió una voz sonora.

Era la voz de Clovis Dardentor, que acababa de recibir una bendición bien ganada.

Que vieran un milagro en este inesperado desenlace, no es de extrañar en un país tan profundamente religioso, y no seria asombroso que todos los años, el día 28 de Abril, se celebrase en la iglesia de Santa Eulalia la fiesta de Santa Galera di Salute.

Una hora después Marcel Lornans y Juan Taconnat se habían reunido con Clovis Dardentor en una fonda de la calle de Miramar, donde el último fue a descansar de tantas fatigas y emociones si se puede hablar de emociones tratándose de un carácter tan bien templado.

-¡Señor Dardentor!- exclamó Juan Taconnat.

-¡Ah, amigos míos!...- respondió el héroe del día.- ¡Buena carrera!

-¿Está usted sano y salvo?- preguntó Marcel Lornans.

-¡Completamente! ¡Y hasta me parece que nunca me he encontrado tan bien!... ¡A su salud, señores!

Y los dos jóvenes tuvieron que vaciar algunos vasos del excelente vino de Binisalem, cuya fama se extiende más allá del archipiélago de las Baleares.

Cuando Juan Taconnat pudo hablar aparte con su primo, le dijo:

-¡Una ocasión perdida!

-No, Juan, no...

-Sí, Marcel, pues no me harás creer que si yo hubiese salvado al señor Dardentor deteniendo su galera, aunque no le hubiese librado de las olas, ni de las llamas, ni en un combate...

– ¡Brava tesis para defenderla ante un tribunal civil!- se contentó con responder Marcel Lornans.

En fin, a las ocho de la noche todos los pasajeros del Argelés estaban a bordo. Esta vez no se retrasó ninguno, ni los señores Desirandelle, padre e hijo, ni el señor Eustache Oriental.

En lo que se refiere al astrónomo, ¿había pasado el tiempo en observar el sol en el horizonte de las Baleares? Nadie lo hubiera podido decir.

Llevaba diversos paquetes encerrando productos comestibles propios de estas islas, «ensaimadas», especie de pasteles de hojaldre, en los que la manteca está reemplazada por la grasa; y muy sabrosa, y una media docena de «tourds», pescado muy buscado por los pescadores del cabo Formentor, y que el jefe del comedor recibió el encargo de hacer preparar con particular cuidado para el astrónomo.

Realmente, el presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar se servía más de la boca que de los ojos, por lo menos desde que salió de Francia.

A las ocho y media largó sus amarras el Argelés y abandonó el puerto de Palma, sin que el capitán Bugarach hubiese concedido a sus pasajeros la noche completa en la ciudad mallorquina, razón por la que Clovis Dardentor no oyó la voz de los serenos, ni los cantos nocturnos, ni las habaneras y jotas nacionales, acompañadas de los melodiosos sonidos de la guitarra, que suenan hasta el amanecer en los patios de las casas de las Baleares.

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