Clovis Dardentor

XI

QUE NO ES MÁS QUE UN CAPÍTULO

PREPARATORIO PARA EL SIGUIENTE.

Era llegado el momento de formar la caravana. Para ir desde Saida a Sidi- bel- Abbes no hay línea férrea; los carros sustituirían al ferrocarril.

Había que recorrer una extensión de trescientos cincuenta kilómetros, o sea cien leguas, en las más agradables condiciones, según repetía el señor Dardentor. Se iría a caballo, en mulo, en camello, en carruaje, al través de aquellos interminables bosques, que en los mapas aparecen como verdes cestas bañadas por la red de los arroyos de la montañosa región.

Desde la partida de Orán, y durante el recorrido de ciento setenta y seis kilómetros, era notorio que el heredero de los Desirandelle no se había acercado al objeto a que le empujaba su familia. Por otra parte, ¿cómo la señora de Elissane no había de haber notado que Marcel Lornans buscaba las ocasiones de aproximarse a su hija, y de hacer, en una palabra, todo lo que el imbécil de Agatocles no hacía, aunque tuviera el derecho de hacerlo? ¿Era Luisa sensible a las atenciones del joven? Sí, tal vez, pero de ahí no pasaba, se respondía la señora de Elissane. Y al fin de cuentas, ella no era mujer que se retractase. Jamás Luisa, a la que sermonearía en caso necesario, se atrevería a negar su consentimiento al matrimonio proyectado.

Respecto a Juan Taconnat, ¿podía encontrarse satisfecho?

-Pues bien, ¡no!- exclamó aquella mañana.

Marcel Lornans estaba aun en el cuarto de la fonda al que había sido transportado la víspera, y extendido sobre el lecho, en plena posesión, es cierto, de sus facultades respiratorias.

-¡No!- repitió-, y parece que todas, las desventuras del mundo se combinan.

-¡No contra mí!- dijo su primo.

-¡También contra ti, Marcel!

-No, pues nunca tuve la intención de convertirme en hijo adoptivo del señor Dardentor.

-¡Diablo! ¡Es el enamorado el que habla!

-¿Cómo... el enamorado?

-Es claro como la luz que tú amas a la señorita Luisa Elissane.

-¡Chist!, Juan. Si te oyeran...

-Y cuando me oyeran, ¿qué se sabría que ya no se sepa? ¿Es que esto no es claro como la luz? ¿Hace falta el anteojo del Sr. Oriental para verlo? ¿Acaso la señora de Elissane no comienza a preocuparse? ¿Es que los Desirandelle, padre, madre o hijo, no desearían que te fueses con mil diablos?

-¡Exageras, Juan!

-¡No! Sólo uno lo ignora: el señor Dardentor... y tal vez también la señora Elissane.

-¡Ella! ¿Tú crees?- preguntó nuevamente Marcel Lornans.

-Vaya, cálmate, señor asfixiado de ayer. ¿Es que una joven puede engañarse respecto a ciertos latidos de su corazón?

-¡Juan!

-En cuanto al desdén que siente por esa obra maestra de los Desirandelle; que responde al nombre de Agatocles...

-Sabe, mi pobre amigo Juan, que la señorita Elissane me ha vuelto loco.

-¡Loco!, ésa es la palabra; porque ¿dónde te llevará esto? Evidente es que la señorita Elissane es encantadora, y también yo la hubiera adorado. Pero está comprometida; y si en este matrimonio falta la inclinación, las conveniencias le exigen y el deseo de los padres respectivos. Trátase de un edificio cuyos cimientos se han echado desde la infancia de los novios; y ¿tú te figuras que vas a derribarle de un soplo?

-Yo no me figuro nada, y dejo ir las cosas...

-Pues bien; has cometido una torpeza, Marcel.

-¿Cuál?

-La de abandonar nuestros primeros proyectos.

-Prefiero dejarte la plaza libre, Juan.

-Y, sin embargo, reflexiona, Marcel. Si llegas a hacerte adoptar...

-¡Sí... tú! Calcúlate cortejando a la señorita Elissane con una buena bolsa en la mano, en vez de los galones, hundiendo a Agatocles con tu superioridad pecuniaria, sin olvidar la influencia que tu padre adoptivo, que está encantado de Luisa, pondría a tu disposición. ¡Ah! él no dudaría en hacerla su hija adoptiva, si la Providencia quisiera que le salvase en un combate, de las olas o de las llamas.

-¡Cómo disparatas!

-Disparato con todo lo serio de una razón trascendente, y te doy un buen consejo.

-Vamos, Juan; confesarás que no he comenzado bien. Se declara un incendio en el tren, y no solamente no soy yo quien no salva al señor Dardentor, sino que éste me salva a mí.

-¡Diablo! Marcel, ¡cuestión de suerte! Y ahora que lo pienso, puesto que estás en condiciones de adoptar, adopta al señor Dardentor. ¡Al fin y al cabo el resultado será el mismo! Adóptale, y él dotará a su padre.

-¡Imposible!- exclamó Marcel riendo.

-¿Por qué?

-Porque es preciso que el adoptante sea de más edad que el adoptado.

-¡Ah, querido Marcel! ¡Todo sale al revés!...; y ¡qué difícil es procurarse una paternidad por los medios legales!

En este momento oyóse una voz sonora en el pasillo.

-¡Es él- dijo Juan Taconnat,- Clovis Dardentor se presentó alegre, expansivo, y de un salto llegó desde el umbral al lecho de Marcel Lornans.

-¡Cómo!- exclamó.- ¿ Aun en la cama? ¿Está usted, enfermo? ¿Es que respira usted con dificultad? ¿Es menester que se le eche aire en los pulmones? ¡Pues yo tengo el pecho lleno de un oxígeno superior, del que poseo el secreto!

-¡Señor Dardentor..., salvador mío!- dijo Marcel irguiéndose.

-¡No!... ¡No!

-Sí... sí- respondió Juan Taconnat- Sin usted ya estaría asfixiado; sin usted estaría asado, quemado; sin usted, no quedaría de Marcel más que un puñado de cenizas, y mi única misión sería llevarla en una urna.

-¡Pobre joven!; ¡pobre joven!- repetía el señor Dardentor, levantando las mano al cielo.

Después añadió:

-Y no obstante, ¡es verdad que yo le he salvado!

Y le miraba con cariñosos ojos; y le abrazó en un verdadero acceso de emoción aguda, que pasaría tal vez al estado crónico.

Hablaron de cómo se había declarado el incendio en el departamento ocupado por Marcel Lornans... Probablemente por efecto de alguna chispa de la locomotora que penetró por la ventanilla abierta. Después las colchonetas quemadas, el incendio en aumento por la velocidad del tren...

-¿Y esas señoras?- preguntó Marcel Lornans.

-Están bien, y han vuelto de su espanto, mi querido Marcel.

-¡Ya, mi querido Marcel!- pareció decir Juan Taconnat moviendo la cabeza.

-¡Pues le miro a usted como a un hijo!- insistió Dardentor.

-¡Cómo a su hijo!- murmuró el primo.

-Y- continuó, el buen hombre,- ¡si hubiera, usted visto a la señorita Elissane, cuando el tren se detuvo, precipitarse hacia el vagón entre las llamas! ¡Sí! ¡Tan de prisa como yo! Y cuando yo le deposité a usted sobre la vía, ¡si la hubiera usted visto tomar su pañuelo y verter algunas gotas de un frasco de sales... y humedecerle a usted los labios! ¡Ah!, el estado de usted la causó miedo, y he creído que iba a desmayarse.

Marcel Lornans, más conmovido de lo que hubiera deseado aparecer, cogió las manos del señor Dardentor y le agradeció todo lo que por él había hecho... sus cuidados..., el pañuelo de la señorita Luisa Elissane...

Bien... Nuestro héroe se enterneció y sus ojos se humedecieron.

-¡Una gota de lluvia entre dos rayos de sol!- se dijo Juan Taconnat, que contemplaba el conmovedor cuadro con aire ligeramente burlón.

-En fin, mí querido Marcel, ¿es que no puede usted abandonar el lecho- preguntó el señor Dardentor.

-Me iba a levantar cuando usted ha entrado...

-¡Si puedo ayudarle a usted! y...

-¡Gracias!... ¡Gracias!... Juan está aquí.

-Es que usted me pertenece ahora...

Tengo el derecho de prodigarle a usted mis cuidados.

-Paternales- murmuró Juan.

-Todo lo más paternales que pueden ser... ¡Y que el rabo del demonio me aprieta el gaznate!...

Felizmente Patricio no estaba allí.

-En fin, amigos míos, despachemos. Les esperamos a ustedes en el comedor; una taza de café, o iremos a la estación, donde deseo ver por mis propios ojos si falta algo para la organización de la caravana. Después recorreremos la ciudad... En seguida los alrededores, y mañana, entre nueve y diez, en camino a la manera árabe... ¡En ruta los turistas! ¡En ruta los excursionistas! Ya verán ustedes si me cae bien mi zerbani... mi cheik..., ¡un verdadero cheik de Cheikardie!

Al fin, después de haber estrechado la mano de Marcel Lornans, que él le tendió desde su lecho, salió canturriando una balada de su país.

Cuando se alejó, Juan Taconnat dijo a Marcel:

-¡Eh! ¿Dónde encontrar un hombre parecido a él con su zerbani africano, y una mujer semejante a ella con su perfumado pañuelo?

-Juan- dijo el otro...- Tu jovialidad se me antoja excesiva.

-¿No me has querido alegre? ¡Pues alegre me tienes!respondió Juan, haciendo una pirueta.

Marcel comenzó a vestirse, aun un poco pálido.

-Y además- añadió su primo-, ¿acaso no estaremos expuestos a otras aventuras muy diferentes cuando figuremos en el 7.º de cazadores? ¡Puf!... Caídas de caballos... coces de ese noble animal; y durante la batalla, una pierna o un brazo de menos, el pecho agujereado, la nariz rota, la cabeza por los aires y la imposibilidad de reclamar contra la brutalidad de los proyectiles de doce centímetros y hasta de menos... ¡Hermosa perspectiva!

Marcel Lornans creyó prudente no interrumpir la verbosidad de su amigo, y esperó a que concluyera para decirle:

-¡Búrlate lo que quieras, Juan! Pero no olvides que yo he renunciado, a toda tentativa para hacerme adoptar por mi salvador, salvándole a mi vez... Maniobra, combina, obra a tu gusto... Te deseo buena suerte.

-Gracias, Marcel.

-No hay de qué, Juan... Dardentor.

Media hora después, los dos jóvenes penetraban en el comedor, una habitación pequeña pero limpia. Las familias Elissane y Desirandelle estaban agrupadas ante la ventana.

-¡Aquí está! ¡Aquí está!- exclamó Clovis Dardentor.- ¡Hele aquí completo, con todas sus facultades respiratorias y estomacales... escapado de las parrillas!

Patricio volvió la cabeza, pues la palabra «parrilla» le parecía propia para evocar ciertas comparaciones que no eran del mejor gusto.

La señora de Elissane dirigió algunas frases amables a Marcel y le felicitó por haber escapado de aquel peligro.

-Gracias al señor Dardentor- respondió Marcel Lornans.- Sin su sacrificio...

Patricio vio con satisfacción que su amo se contentó con estrechar la mano del joven sin responderle nada.

En lo que concierne a los Desirandelle, con los labios plegados, el rostro seco y la faz adusta, apenas se inclinaron a la entrada de los dos parisienses.

Luisa no pronunció una palabra, pero su mirada se cruzó con la de Marcel Lornans, y tal vez sus ojos dijeron más que lo que hubieran podido decir sus labios.

Después del desayuno, el señor Dardentor suplicó a las señoras que se preparasen mientras volvían, y los dos jóvenes, él y los señores de Desirandelle, padre e hijo, se dirigieron a la estación.

Como se ha dicho, el camino de hierro de Arzeu a Saida se interrumpe en esta última ciudad. Más allá, al través de los terrenos de alfa de la Sociedad francoargelina, la Compañía del Sur- Orán ha llevado su línea por Tafararoua hasta la estación de Kralfalla, de donde parten tres ramales: el uno, en explotación, desciende por el Kreider hasta Mecheria y Ain-Safra; el segundo, en construcción, recorre la región del Este en la dirección de Zraguet; el tercero, en proyecto, debe ir por Ain-Sfissifa, prolongarse hasta Géryville, cuya altura llega a cerca de mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar.

Pero el viaje circular no comprendía una internación tan profunda hacia el Sur. Desde Saida, los turistas iban a avanzar al Oeste hasta Sebdou, y después á subir al Norte hasta Sidi-bel-Abbes-, donde volverían a tomar la línea de Orán.

Así es que, si Clovis iba a la estación de Saida, era con el objeto de examinar los medios de transporte puestos a disposición de los excursionistas, y quedó satisfecho.

Carros con bancos, cubiertos y tirados por mulas, caballos, asnos y camellos, no esperaban más que las órdenes de los viajeros para ponerse en camino. Por lo demás, ninguno de los otros turistas salidos de Orán había abandonado aún a Saida, y era preferible que el personal de la caravana fuese numeroso para aquella excursión al través de los territorios del Sur, por más que no hubiese peligro que temer por parte de las tribus nómadas.

Marcel Lornans y Juan Taconnat, hábiles jinetes, eligieron dos caballos que les parecieron buenos. El señor Desirandelle, después de reflexionarlo mucho, se decidió por un asiento en uno de los carros, juntamente con las tres señoras. Agatocles, poco seguro de montar bien, se decidió por un mulo.

Dardentor, excelente jinete, miró los caballos como conocedor, meneó la cabeza y no pronunció una palabra.

No hay que decir que la dirección de la caravana estaba confiada a un agente de la Compañía llamado Derivas, y que tenía a sus órdenes, un guía llamado Moktán y varios criados árabes. Las provisiones, en cantidad suficiente, serían conducidas en un carro; provisiones que podrían ser renovadas en Daya, Sebdou y Tlemcen. Por lo demás, no sería preciso acampar durante la noche. La caravana no andaría, conforme al plan acordado, más que unas diez leguas durante el día, y al llegar la noche se detendría en los pueblos o aldeas diseminadas por el camino.

-Perfectamente- declaró el señor Dardentor.- La organización honra al director de los Caminos de hierro de Argel. No tenemos más que felicitarnos de las medidas tomadas. Mañana a las nueve, cita en la estación; y puesto que tenemos un día de asueto... en camino, amigos míos, y visitemos Saida la Bella.

En el momento en que salían el señor Dardentor y sus compañeros, vieron u unos cien pasos a una persona que conocían. Era el señor Oriental, que iba a la estación por igual motivo que a ellos les había llevado.

-¡Hele aquí en persona!...- dijo Clovis en tono declamatorio.

Nuevo saludo del Presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar, pero ninguna palabra cambiada. El señor Oriental parecía no querer entablar relaciones, lo mismo que había hecho a bordo del Argelés.

-¿De forma que será de los nuestros?- preguntó Marcel Lornans.

-Sí... - respondió Clovis Dardentor.

-Supongo- añadió Juan Taconnat- que la Compañía tendrá víveres suplementarios.

-¡Exagera usted, señor Taconnat!- replicó Clovis.- Y, sin embargo, ¡quién sabe si ese astrónomo nos será útil en el viaje! Supongan ustedes que la caravana se pierde; pues él la pondría en camino con sólo consultar los astros.

En fin; se vería de aprovechar la presencia del sabio si las circunstancias lo requerían.

Como lo había propuesto el señor Dardentor, la mañana y la tarde fueron consagradas a paseos por el interior y el exterior de la ciudad.

La población de Saida cuenta unos tres mil habitantes, población mixta, compuesta en una sexta parte de franceses, de una docena de judíos y el resto de indígenas.

El pueblo, originario de un círculo de la subdivisión militar de Mascara, fue fundado en 1854. Pero diez años antes no subsistían más que ruinas de la antigua ciudad, tomada y destruida por los franceses. Este cuadrilátero, cercado de murallas, formaba una de las plazas fuertes di Abd- el- Kader. Desde aquella época, la nueva ciudad ha sido reconstituida a dos kilómetros al SE. Está regada por el Meniarin, que sale de una profunda garganta. Preciso es convenir en que Saida la Bella no ofrecía a los turistas más que una copia de Saint- Denis del Sig y de Mascara, con su organización moderna mezclada a las costumbres indígenas. Siempre el inevitable juez de paz, el recaudador, el guardabosque, el tradicional registro árabe. Nada de artístico que atraiga la atención, ningún resto de color local, lo que no es de extrañar, pues se trata de una ciudad de fundación relativamente reciente.

El señor Dardentor no pensó en quejarse. Su curiosidad quedó satisfecha, y experimentó de nuevo sus instintos de industrial ante los molinos y las serrerías, cuyo tic-tac agudo y estridentes chirridos encantaron sus oídos. Lo único que pudo disgustarle fue no haber llegado a Saida en miércoles, día de gran mercado de lanas. Aparte de esto, su natural disposición a admirarlo todo no debía desfallecer durante la excursión, y tal como se le veía al principio se le vería al término del viaje.

Felizmente, los alrededores de Saida ofrecen más pintoresco aspecto, paisajes dispuestos para el encanto de los ojos, puntos de vista encantadores propios para tentar la paleta de un pintor. Allí también vense opulentos viñedos y ricos planteles, donde se admiran todas las variedades de la flora argelina. En suma, como en las tres provincias de la colonia francesa, el campo de Saida revela sus cualidades productoras. Se cuentan quinientas mil hectáreas destinadas al cultivo del alfa; las tierras son de primer orden, y el Oued-Meniarin les da el agua suficiente; de forma que los resultados son grandes en aquel suelo soberbio, que la Naturaleza ha gratificado, por otra parte, de ricas canteras de mármol de amarillas venas.

De aquí la reflexión del Sr. Dardentor:

-¿Cómo Argelia con sus recursos naturales no puede bastarse a sí misma?

-Tiene demasiados funcionarios y pocos colonos- respondió Juan.

Prosiguióse el paseo hasta dos kilómetros al NO. de Saida. Allí, sobre un talud en cuya base corre el Meniarin a trescientos pies de profundidad, se elevaba la antigua ciudad. Nada más que ruinas de la fortaleza del famoso conquistador árabe, que tuvo la suerte final de todos los conquistadores.

El grupo Dardentor regresó a la fonda a la hora de comer, y después cada uno se retiró a su cuarto a terminar sus preparativos de viaje.

Si Juan Taconnat tuvo que apuntar aquel día como perdido, Marcel Lornans pudo inscribir un feliz renglón en su activo. Había tenido ocasión de hablar con Luisa y darla las gracias por sus cuidados.

-¡Ah, caballero!- había respondido la joven.- Cuando le he visto a usted desmayado, respirando apenas, he creído que... ¡No!..., ¡jamás lo olvidaré!

Preciso es convenir en que aquellas palabras eran más significativas que el hermoso temor de que el señor Dardentor había hablado.

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