CAPÍTULO VII
EL CIELO SE NUBLA
APENAS asomaba el alba cuando un estrépito ensordecedor interrumpió el sueño de los pasajeros del Seamew. Retumbaba la máquina; resonaba la cubierta por la caída de pesados cuerpos. Los más empedernidos dormilones tuvieron que ceder. De buen o mal grado, los pasajeros, del primero al último, hicieron antes de las siete su aparición en el spardek, privado aquel día de su habitual limpieza.
A todo lo largo del buque hallábanse amarradas barcazas conduciendo sacos de carbón que la cabria iba subiendo y precipitando en seguida en la sentina.
– ¡Esto es verdaderamente encantador! – dijo Saunders en voz alta, una vez que Thompson pasaba a su lado–. ¡Como si no se hubiera podido embarcar ese carbón dos horas después!
No dejó de hallar eco aquella justa observación.
– Es evidente –aprobó Hamilton con energía.
– Es evidente –repitió el pastor Cooley, más conciliador de ordinario, en medio de los murmullos de todos los pasajeros.
Thompson no vio nada, no oyó nada. Sonriente iba por entre los grupos y él, el primero, se reía de aquel contratiempo.
– Después de todo –decía–. ¿Hay algo mejor que madrugar?
¿Como no quedar desarmados ente aquella indestructible alegría?
El programa aquel día anunciaba una excursión a la Caldeira o Chimenea, nombre habitual de los volcanes en las Azores. La partida se efectuó correctamente a las ocho. Sobre el muelle, una tropa de asnos y de conductores esperaba ya a los viajeros. Pese a las promesas del hostelero ningún caballo se encontraba allí, humillando con su presencia a sus degenerados primos. Sólo había asnos. Sesenta y cinco asnos y sesenta y cinco conductores, a razón de un hombre por animal. A la vista de aquel numeroso rebaño grandes protestas alzáronse de nuevo entre los turistas. ¡Viajar en burros! Muchos se negaron, desde luego, a ello con energía. Los unos, tales como el pastor, alegaron sus reumatismos; otros, como Lady Heilbuth, tenían en cuenta razones de pudor; otros, en fin, y Sir Hamilton particularmente, hablaron de su dignidad comprometida. Saunders, por su parte, no dio ninguna razón y no fue, sin embargo, el más tímido en sus recriminaciones. Tuvo Thompson que parlamentar ampliamente. Durante un cuarto de hora los gritos de las mujeres, los juramentos de los conductores, las demandas, llamamientos, interjecciones, se fundieron en una discordante armonía.
En el fondo, la mayoría se hallaba muy divertida. Encerrados durante siete días, puestos en formación el octavo, alegrábanse los turistas de aquel imprevisto paseo. Aquellos magistrados, oficiales, negociantes y rentistas componían el cargamento humano del Seamew, gentes graves por su condición y su edad, volvíanse jóvenes por un día. Y pronto, jóvenes o no, humildes o altaneros, montaron alegremente en los indiferentes y tranquilos asnos. Saunders, con un aire de frialdad más acentuado a medida que crecía el bullicio de sus compañeros, montó el último, sin pronunciar una palabra.
Tigg fue el primero.
En tanto que la discusión seguía su curso,
Bess y Mary, sus dos ángeles custodios, no habían perdido el tiempo: habían examinado los sesenta y cinco asnos, pasado revista a las sillas y se habían asegurado, en fin, las tres monturas mejores y más confortablemente dispuestas.
De buen o mal grado tuvo Tigg que instalarse sobre uno de aquellos asnos, después de lo cual las señoritas Blockhead habían continuado rodeándole de sus tiernos cuidados. ¿Estaba bien? ¿No le faltaba nada? Sus blancas manos habían regulado la longitud de los estribos y le habrían puesto las bridas en la mano, si el asno de las Azores hubiera llevado ese accesorio o algo que se le pareciera.
En las Azores, las riendas son remplazadas por un conductor. Armado de un largo aguijón, con el que le dirige, el conductor marcha al lado del animal. Que el asno marcha demasiado aprisa, o baja una cuesta muy empinada, pues el conductor le retiene sencillamente por el rabo.
– ¡Cuestión de latitud! –dijo Roger, riendo–.
Entre nosotros, en nuestro país, el freno no se halla del mismo lado: ¡he ahí todo!
Cuando todo el mundo estuvo dispuesto, advirtió Thompson que tres asnos se quedaron sin propietario. El enérgico y temeroso Johnson se encontraba, según sus promesas, entre los ausentes. En cuanto a los otros dos restantes, no eran ni podían ser otros que los dos recién casados, invisibles desde la víspera.
A las ocho y media la cabalgata –asnalgata sería más exacto –se puso en movimiento. A la cabeza «asnalgaba» Thompson, flanqueado por su lugarteniente Roberto, y tras ellos seguía el regimiento de dos en dos.
Subiendo la calle principal de Horta, aquella tropa de sesenta y dos caballeros escoltados por sesenta y dos peatones, tenía necesariamente que causar una revolución. Cuantos no permanecían entregados a las dulzuras matinales del lecho, aparecieron en las puertas y en las ventanas y entre ellos el ceremonioso Luís Monteiro. Aun cuando privado de la ayuda de su lente, el baronet pudo, no obstante, reconocer a su inflexible profesor de educación, y, con la muerte en el alma, hízole un magnífico saludo.
El altivo Luis Monteiro devolvió aquel saludo, encorvándose hasta el suelo, y entró inmediatamente a su tienda. Sin duda aplacado ya, iba a proceder a la reparación prometida.
Pronto se llegó al lugar donde la calle principal se divide en dos ramas. La cabeza de la columna penetró por la de la derecha, cuando se alzó un grito, seguido al momento de ruegos y confusas exclamaciones. Todos se detuvieron, y Thompson, volviendo sobre sus pasos, acudió con rapidez al teatro del accidente.
En una de las últimas filas dos cuerpos rodaban sobre el desigual piso. Uno, el de un asno; otro, casi de igual corpulencia, el de Van Piperboom, de Rotterdam.
Este, al menos, no se hallaba herido. Viole Thompson levantarse tranquilamente y contemplar con aire triste y melancólico a su desdichada montura. El asno era, en verdad, un hermoso animal; pero todas las fuerzas tienen su límite. Y Van Piperboom había franqueado esos límites, y, ya a causa de la rotura de alguna vena, ya por cualquier otro motivo, el asno estaba muerto y bien muerto.
No sin grandes fatigas hubo constancia de la muerte del animal. Diez minutos transcurrieron entre la chacota de los turistas y las exclamaciones de los guías, antes de que la defunción del asno fuese oficialmente reconocida.
Faltaba hallar una solución, pues ¿no iba a correr igual suerte cualquier otra cabalgadura que montase el de Rotterdam?
– ¡Qué diablos! –gritó Thompson, impaciente–. No vamos a quedarnos aquí hasta la noche.
¡Si no basta con un asno, pónganse dos!
Al oír esta proposición, fielmente traducida por Roberto, el conductor se golpeó la frente y descendió la cuesta con rapidez. Al cabo de poco tiempo viósele regresar acompañado de tres de sus colegas y escoltando cuatro animales de refresco. Un extraño artilugio, hecho de dos fuertes varas que sostenían una resistente lona, dispuesta en forma de silla, reunía a los asnos de dos en dos. En medio del aplauso general, Piperboom fue izado tras largos esfuerzos sobre aquel improvisado asiento, y la caravana pudo proseguir entonces la marcha.
A ruegos de Thompson, preguntó Roberto cuál era la aplicación de los dos asnos aparejados que seguían a los otros. El guía interpelado midió con la mirada la inquietante mole de su viajero, y dijo:
– Son el relevo...
Por muy rápidamente que se hubiera realizado las anteriores operaciones, eran ya las nueve cuando la columna reemprendió la marcha. Thompson recomendó marcha rápida al guía que iba en cabeza. No había tiempo que perder si antes de la noche querían franquearse los dieciocho kilómetros que, entre ida y vuelta, separan Horta de la Caldeira. Pero el guía interpelado movió la cabeza de una manera poco satisfactoria, y los asnos no avanzaron más que antes. Como mejor pudo, Roberto trató de calmar al impaciente Thompson, explicándole que sería inútil intentar modificar la marcha, siempre igual de un asno de las Azores. Son bestias muy tranquilas. En cambio, había la ventaja de la firmeza y seguridad de sus pasos en los difíciles caminos que pronto iba a ser preciso afrontar.
– Por el momento, en todo caso, el camino es bueno –dijo Thompson.
El camino, bastante estrecho, no presentaba en efecto ninguna dificultad particular. Después de haber atravesado al salir de Horta por hermosas plantaciones de naranjos, la columna se hallaba a la sazón en un extenso valle con los flancos cubiertos de campos, cultivados y de praderas salpicadas de hayas. La pendiente, suave y regular, ofrecía un apoyo sólido a los pies de los animales. Pero a medida que los turistas iban alejándose del mar modificábase el aspecto del paisaje y el camino, convertido en sendero, dio una vuelta a la izquierda y se elevó formando lazos y zigzags por el flanco del valle, muy estrecho allí.
Entonces fue cuando los asnos demostraron de cuanto eran capaces. Bien secundados por sus conductores, que les excitaban con la voz y con el aguijón, los valientes animales subieron durante hora y media, sin dar un mal paso, por aquel piso rocoso y resbaladizo.
En el curso de esta ascensión ocurrió que Piperboom se encontró en una situación muy crítica. Con aquellos bruscos virajes, su hamaca quedó más de una vez suspendida fuera del sendero practicado. El, con todo, permaneció impasible, y, si acaso llegó a experimentar algún temor, la combustión de su pipa no se interrumpió ni perturbó un solo instante.
Llegados a la cima de aquel difícil sendero, desembocaron los turistas en un nuevo valle, mucho más ancho que el anterior y que se desarrollaba en una especie de meseta rodeada de colinas.
Cuando los viajeros lanzaron en torno suyo la primera mirada, pudieron creerse transportados a otro país. La pobreza remplazaba a la abundancia. De todos lados una tierra fértil que los indolentes habitantes abandonaban en barbecho.
Tan sólo algunos campos de altramuces o de batatas verdeaban de trecho en trecho, limitados por la desolación circundante. A grandes extensiones de hierbas silvestres sucedían bosques de mirtos, de robles, de cedros, que el sendero atravesaba o rodeaba. Algunas cabañas aparecían a largas distancias. Sólo una aldea, atestada de cerdos y perros, por entre los que apenas quedaba paso, se halló hacia las once y media de la mañana.
Aparte de esto, reinaba la más espantosa soledad. Los escasos habitantes que se encontraban, mujeres en su mayor parte, pasaban graves v silenciosos, envueltos entre los pliegues de sus amplios mantos, y con la cara oculta bajo un enorme capuchón. Todo indicaba la miseria de aquellas islas, cuya vida, a causa de la carencia de comunicaciones, se halla concentrada en el litoral.
Bastante más de la una era ya cuando se llegó al punto extremo de la Caldeira, a 1.021 metros de altitud. Extenuados, muertos de hambre, los viajeros se desahogaron en recriminaciones. Hamilton y Saunders no eran ya los únicos en quejarse del olvido y menosprecio en que se tenía el programa. Siendo los buenos caracteres consecuencia de tener buenos estómagos, no es de extrañar que las personas más tranquilas y pacientes se manifestasen entonces con las más encendidas protestas.
Pero pronto fueron olvidados aquellos agravios.
Acababan de llegar a la cima de la Caldeira.
Por ingleses, es decir, por indiferentes que fuesen, no pudieron permanecer tales ante el sublime espectáculo que a sus ojos se ofrecía.
Bajo la inmensidad del cielo, en medio del mar, inflamado por un sol espléndido, la isla se desplegaba a sus pies. Toda ella aparecía claramente dibujada, con sus picos secundarios, sus contrafuertes, sus valles, sus arroyos, sus arrecifes bordeados de nívea espuma. Hacia el Nordeste surgía en las lejanías la cumbre de Graciosa. Más cerca y más al Este la larga isla de San Jorge parecía extenderse muellemente sobre las ondas como sobre un blanco lecho, y por encima de sus montañas y sus mesetas un vapor indeciso indicaba el lugar de Tercera en los confines del remoto horizonte. Al Norte, al Oeste y al Sur no había nada más que el espacio. Las miradas, siguiendo en esas direcciones una curva, se veían de pronto detenidas hacia el Este por la masa gigantesca de Pico.
Por un azar sumamente raro, el Pico, desembarazado de brumas, se alzaba hacía el cielo luminoso. Excedía en más de mil metros al humilde cinturón de montes que le rodeaba, y se erguía orgulloso y soberbio en la gloriosa paz de aquel hermoso día.
Tras cinco minutos de contemplación, se volvió a emprender la marcha y doscientos metros más lejos apareció un espectáculo de otro género. Ante los turistas, alineados sobre la cresta, abríase, diseñado, un círculo regular de seis kilómetros, el antiguo cráter del volcán.
En aquel punto hundíase el suelo, descendiendo de golpe todo lo que con tanta fatiga se había tenido que subir... En el fondo, bajo los rayos perpendiculares del sol, brillaba un pequeño lago.
El programa hablaba de un descenso al fondo del cráter apagado. Sin embargo, en razón a lo avanzado de la hora, atrevióse Thompson a proponer no hacer caso por aquella vez.
Algunos, parece imposible, protestaron; pero los demás, en mucho mayor número, abogaron por un inmediato retorno.
Novedad verdaderamente impresionante.
Sir Hamilton fue el más decidido partidario de despreciar la ley. Verdad es que su situación era lamentable en extremo. En vano había seguido la dirección que señalaba el dedo de Roberto; en vano se había vuelto concienzudamente hacia Pico, San Jorge, Graciosa y Tercera, hacia aquel lago, en fin, encerrado en las profundidades de la montaña. Privado de su imprescindible lente, Sir Hamilton nada vio de aquellas maravillas, y la admiración, para él menos que para ningún otro, no podía contrabalancear los sufrimientos del estómago. La mayoría se impuso como de costumbre, y la columna realizó en sentido inverso el camino antes recorrido. A las dos y cuarto los turistas llegaron a la aldea que habían ya atravesado.
Allí era donde se debía almorzar; así lo había declarado Thompson.
Los más intrépidos se sintieron inquietos al penetrar en aquella aldea miserable que contaba apenas una docena de chozas.
No pudieron dejar de preguntarse cómo era posible que Thompson hubiera podido esperar nunca que allí se encontrase almuerzo para ciento veintisiete mandíbulas exasperadas por un prolongado ayuno. Púdose, además, comprobar que Thompson no se había procurado informar a aquel respecto y que contaba única y exclusivamente con su estrella para resolver tan arduo problema.
La caravana se había detenido en medio del sendero, que, ensanchado, formaba la calle del pueblo. Asnos, guías, turistas esperaban inmóviles, rodeados de una gran afluencia de cerdos y de perros, mezclados con chiquillos, cuyo número hacía honor a la fecundidad proverbial de las mujeres azorianas.
Después de haber paseado durante largo tiempo en torno suyo una angustiosa mirada,
Thompson tomó, por fin, su partido. Llamando a Roberto en su auxilio se dirigió hacia la choza mayor, en cuya puerta se hallaba apoyado un hombre de temible aspecto, contemplando el espectáculo, para él insólito, de la caravana británica. No sin grandes esfuerzos logró Roberto comprender el patois bárbaro de aquel individuo. Consiguiólo, no obstante, y Thompson pudo anunciar que el almuerzo se serviría una hora después.
A este anuncio violentos murmullos estallaron; aquello era ya demasiado; la paciencia tiene sus límites. Thompson tuvo que desplegar todo su genio: yendo de uno a otro, prodigó las amabilidades más delicadas, los cumplimientos más halagüeños. Suplicaba que se le diera crédito. Había él anunciado que el almuerzo estaría listo a las tres y media. Y lo estuvo.
Aquel individuo de marras se había alejado rápidamente. Pronto volvió acompañado de dos indígenas varones y de cinco o seis del sexo opuesto. Todos ellos conducían los animales que debían hacer el gasto del almuerzo, y entre los cuales figuraban una vaquilla con la cabeza adornada de graciosos cuernos, y cuya talla no rebasaba los ochenta centímetros, o sea aproximadamente la de un perro de buen tamaño.
– Es una vaca de Corvo –dijo Roberto–. En esa isla se da este género, de modelo perfecto pero de reducido tamaño.
El rebaño y sus conductores desaparecieron en el interior. Una hora más tarde pudo Thompson anunciar que el almuerzo estaba dispuesto.
Fue aquella una muy singular comida.
Solamente algunos de los turistas habían logrado encontrar sitio en la casa. Los demás habíanse instalado lo mejor posible al aire libre, quien bajo el dintel de una puerta, quien sobre una piedra grande. Puestos de rodillas, cada uno sostenía una calabaza, que desempeñaba el papel del ausente plato. En cuanto a cucharas y tenedores, constituían un lujo que hubiera sido insensato esperar.
Viendo aquellos preparativos, Saunders estallaba de gozo. ¿Era posible que personas de aquella clase tolerasen la increíble desenvoltura con que les trataba Thompson? Seguramente tenían que surgir protestas, sobrevenir disgustos y aun dramas. Ante aquel pensamiento,
Saunders sentíase de un excelente humor.
Y en realidad parecía que la cólera iba invadiendo a los pasajeros. Hablaban poco; evidentemente se tomaban muy mal aquellas libertades del administrador general.
También Roberto comprendía, tanto como Saunders, a qué dura prueba sometía Thompson, a causa de su imprevisión, la paciencia de sus suscriptores. | Qué comida para aquellos ricos burgueses habituados al lujo más refinado; para aquellas damas elegantes y educadas!
Pero, al contrario de Saunders, lejos de alegrarse de semejante situación, esforzábase por reparar, en la medida de sus fuerzas, los errores cometidos por su superior.
Huroneando entre las cabañas del villorrio, descubrió una mesita casi útil y dos escabeles casi completos. Ayudado por Roger, trasladó a la sombra de un cedro aquel botín, que fue ofrecido a las señoras Lindsay. Continuando su requisa los dos jóvenes tuvieron otras agradables sorpresas: servilletas, alguna tosca vasija, dos cuchillos, tres cubiertos de estaño... ¡Casi un lujo! En pocos minutos, las pasajeras americanas tuvieron ante sí una mesa del más seductor aspecto.
Si los dos franceses hubieran deseado cobrar por aquel trabajo, hubiéranse juzgado pagados con creces con la mirada con que les gratificaron las dos hermanas. Indudablemente, habíanles salvado algo más que la vida al evitarles comer con los dedos.
Aquella movida caza había constituido un placer por sí misma. Arrastrado por la alegría, abandonó Roberto su habitual reserva. Reía y bromeaba; y, ante la invitación de Roger, no tuvo inconveniente en ocupar un sitio a la mesa, dispuesta merced a su ingenioso celo.
Comenzábase, no obstante, a servir el almuerzo, si es lícito emplear este eufemismo.
Los improvisados cocineros habíanse transformado en pintorescos maitres d'hótel. Habiendo transportado en medio de los grupos diseminados una gran marmita, llenaban las calabazas de una especie de estofado extraño, sumamente picante, para hacer tragar el vino agrio del país.
Otros rústicos servidores disponían al lado de los convidados grandes rimeros de pan, propios para excitar el miedo en los más robustos estómagos, por sus colosales proporciones.
– País de pan éste –explicó Roberto respondiendo a una exclamación de Alice–. Ninguno de estos campesinos consume menos de dos libras diarias. Uno de sus proverbios afirma que «con el pan todo hombre está sano».
Dudoso era que los estómagos europeos tuvieran una capacidad equivalente. Todos los viajeros hicieron una mueca al probar de hincar el diente en aquella grosera pasta hecha con harina de maíz.
Los Lindsay y sus compañeros ponían a mal tiempo buena cara, y se reían de aquel insólito almuerzo. La mesa, blanca gracias a las servilletas yuxtapuestas, daba a la aventura su carácter de fiesta campestre. Todos se divertían juvenilmente. Roberto olvidaba que era el intérprete del Seamew. Durante una hora fue un hombre como los demás, y se mostró tal cual era: encantador y lleno de atractivos. Por desgracia, mientras se descargaba inconscientemente del fardo de su posición, éste no le dejaba. Un insignificante pormenor iba a volverle a la realidad.
Al estofado había sucedido una ensalada.
No era en verdad aquel el momento de andarse con remilgos. Sin embargo, a pesar del vinagre con que estaba pródigamente aliñada aquella execrable ensalada, hizo gritar a todos los convidados. Roberto, llamado por Thompson, tuvo que interrogar al campesino.
– Eso es el altramuz, excelencia –respondió éste.
– ¡Bueno! Pero ese altramuz está coriáceo.
– ¿Coriáceo?
– Sí, coriáceo, duro.
– No sé –dijo estúpidamente el indígena–.
Yo no lo encuentro duro.
– ¡Ah! ¿Usted no lo encuentra duro? ¿Y sin duda tampoco lo encuentra salado?
– ¡Ah! ¡Como salado, está salado! Eso es por el agua del mar, excelencia. Habrá estado mucho tiempo en ella el altramuz.
– Bueno –dijo Roberto–. ¿Mas a qué poner este altramuz en agua del mar?
– Para quitarle el amargor, excelencia.
– Pues, siento decirle a usted, amigo mío, que el amargor le ha quedado.
– Entonces –dijo el campesino sin inmutarse– es que no ha estado en agua bastante tiempo.
Nada, evidentemente nada se podía sacar de aquel rústico. Lo mejor era resignarse en silencio. Los excursionistas se arrojaron sobre el pan de maíz, del que, contra sus previsiones, más de un estómago británico hubiera deseado mayor cantidad.
Roberto hizo como los demás, pero su alegría le había abandonado. No volvió a ocupar su sitio a la mesa. Acabó solo su comida y volvió a encerrarse en su reserva, lamentando haberla dejado un momento.
Hacia las cuatro y media volvió a ponerse en marcha la caravana. Como el tiempo apremiaba, los asnos tenían que acelerar el paso, costárales lo que les costase. El descenso por el zigzagueante sendero fue muy emocionante.
Agarrados a las colas de sus bestias, los guías se dejaban arrastrar por la pendiente pronunciada y resbaladiza. Las mujeres, e incluso los hombres, lanzaban exclamaciones de inquietud.
Sólo Piperboom continuó mostrando una faz serena. Después de haber engullido ingentes cantidades de altramuces sin dar señal alguna de malestar, dejábase mecer tranquilamente por sus dos asnos. Cómodamente instalado, no hacía caso alguno a las dificultades del camino, y, tranquilo, rodeábase de la eterna nube de humo...
En la calle de Horta, Hamilton, acompañado de Roberto, se apresuró a reclamar su lente, que le fue entregado con grandes muestras de cortesía, a las que se abstuvo de corresponder.
Una vez satisfechos sus deseos, volvía inmediatamente a su natural insolencia.
Despedidos y pagados los guías, los viajeros todos se encontraron a las ocho, extenuados y hambrientos, en torno de la mesa del Seamew, y jamás tuvo tanto éxito la labor del cocinero.
Habiendo regresado unos momentos antes, los recién casados se encontraban también ante la mesa. ¿Dónde habían pasado aquellos dos días? Tal vez lo ignoraban ellos mismos. Seguramente que no habían visto nada, y aún entonces nada veían fuera de sí mismos.
No tenía Saunders iguales razones para estar distraído, y sus pensamientos le hacían sonreír. ¡Y qué diferencia entre aquella comida y la de la víspera! Ayer se conversaba alegremente y se era feliz. Hoy los pasajeros mostraban caras sombrías y comían en silencio. Decididamente, aquel almuerzo no había constituido el éxito que Thompson se atrevió a esperar. Saunders no pudo contener hasta el fin la expresión de su íntimo contentamiento. Era absolutamente preciso que Thompson recibiese alguna descarga:
– ¡Camarero! –llamó con resonante voz–.
Un poquito más de este plato, hágame el favor.
Después, dirigiéndose a través de la mesa al baronet:
– La alimentación de los hoteles de primer orden –añadió con irónico énfasis– tiene, cuando menos, la ventaja de hacer soportable la de a bordo.
Saltó Thompson sobre la silla, como si le hubiera picado un insecto... No replicó nada sin embargo. Y en realidad, ¿qué hubiera podido responder? La oposición tenía esta vez la opinión pública a su favor.