CAPÍTULO XXX
CONCLUSIÓN
CON el asalto victorioso de los franceses se termina, en realidad, la historia del viaje tan bien organizado por la Agencia Thompson y Cía.
Cierto que hasta San Luis el camino fue duro y penoso. No obstante, el botín conquistado a los moros permitió endulzarlo en grado sumo. En los odres y sobre los camellos que hablan quedado en poder de los vencedores, pudo fácilmente transportarse toda el agua de la Santa María, y a medida que esa agua se agotaba dar reposo a las mujeres y a los enfermos.
En esas condiciones de relativa comodidad no tardaron Hamilton y Blockhead en recobrar su salud habitual y en volver a ostentar sus caracteres respectivos: optimista el uno y gruñón el otro.
Entre los europeos, Jack Lindsay había sido muy felizmente la única víctima que había costado la rápida escaramuza.
Las circunstancias que rodearon su muerte permanecieron desconocidas y por eso no faltaron a Mrs. Lindsay las muestras de sentimiento y pésame, y ésta recibió la expresión unánime de simpatía; de manera que el triste drama de familia continuó manteniéndose en el secreto.
Ningún otro turista había sido alcanzado por las balas de los moros, y el daño se redujo a dos soldados, tan ligeramente heridos, que en menos de tres días pudieron volver a prestar servicio.
Y no fue porque todos y cada uno hubiesen dejado de cumplir su deber. La caravana mal armada de los náufragos había aportado, por el contrario, bajo la dirección del capitán Pip, un apreciable concurso a la reducida tropa de soldados franceses. Todos se habían lanzado a lo más fuerte de la lucha: Roberto Morgand, Roger de Sorgues, Baker, Piperboom, el reverendo Cooley y hasta el aburrido y desesperado Tigg, cuyo ardor había sido particularmente notado.
¿Por qué defender tan calurosamente una vida que se juzga odiosa?
– ¡Pardiez! –no pudo por menos de decirle Baker al día siguiente de la refriega–. Fuerza es confesar que golpea usted de firme, pese a que no tiene apego a la vida. ¡ Era aquélla, no obstante, una tan excelente ocasión de acabar!
– Pero ¿por qué diablos no habría de tener apego a la vida? –preguntó Tigg, manifestando viva extrañeza.
– ¿Lo sé yo? –respondió Baker–. No conozco las razones que pueda usted tener para ello.
Pero creo que debía indudablemente tenerlas desde el momento en que se decidió a entrar en el Club de los Suicidas.
-¿Yo?
Baker, sorprendido a su vez, contempló a su interlocutor con más atención de lo que hasta entonces lo hiciera. Viose obligado a reconocer que aquellos labios carnosos, aquellos ojos rientes, aquel semblante de líneas regulares y bien equilibradas nada tenían de lúgubre.
– ¡Ah! ¡Ah! –repuso–. ¿No es, sin embargo, exacto que usted había formado el proyecto de quitarse la vida?
– ¡Nunca!
– ¿Y no es usted miembro del Club de los Suicidas?
– ¡Pero eso es una locura! –exclamó Tigg, mirando con inquietud a su interlocutor, a quien creyó atacado de enajenación mental.
Tranquilizóle éste en seguida, refiriéndole de qué manera y a consecuencia de qué circunstancias se había formado entre los turistas la opinión que él por su parte acababa de expresarle.
Tigg se rió enormemente.
– Ignoro –dijo, por fin– dónde ha podido inspirar su información el diario que diera la noticia, y no sé a quién podrá designar la letra T. Lo que sí puedo asegurar es que no puede en modo alguno referirse a mí, a mí, que tengo por objetivo principal el de llegar a ciento diez años y aún más.
Divulgada aquella explicación por Baker, divirtió mucho a la caravana.
Tan sólo Miss Mary y Miss Bess Blockhead parecieron tomar la cosa a mal.
– ¡Oh! Bien sabíamos nosotras que ese caballero... –respondió Miss Mary a su hermana, que le trajo la nueva.
– ...era un impostor –acabó Miss Bess, frunciendo desdeñosamente los labios.
Y ambas dirigieron una mirada desprovista de benevolencia hacia el antiguo objetivo de su afección; el cual en aquel mismo instante estaba entretenido con Miss Margaret en un animado aparte, asegurándole, sin duda, que no tendría odio a la vida más que en el caso de que no le fuera posible consagrársela.
Pero era muy poco probable que Miss Margaret le redujera a semejante extremo. Ninguna duda era posible abrigar viendo la manera alentadora como le escuchaba.
Salvo las señoritas Blockhead, todo el mundo era, por consiguiente, feliz en la caravana, cosa perfectamente natural cuando se ha estado en un trance tan apurado.
Roberto vivía sin separarse un ápice de Alice; Roger reía de la mañana a la noche con Dolly; Baker hacía chasquear alegremente sus articulaciones; el reverendo Cooley enderezaba al cielo acciones de gracias; Van Piperboom, de Rotterdam, comía.
Tan sólo dos semblantes permanecían tristes entre todos aquellos semblantes gozosos.
El uno paseaba su frente meditabunda por medio de sus compañeros, pensando en la desaparición de cierta bolsa que él lloraría eternamente.
El otro, privado de su ordinaria ración, extrañábase de no estar borracho, y pensaba que algo se había trastrocado en el orden del universo, o que la tierra no daba ya vueltas.
Había allí para Thompson un negocio que intentar. Johnson habría, ciertamente, reemplazado la bolsa perdida por una provisión de los líquidos que tan queridos le eran. Por desgracia, la mercancía faltó al comerciante, ya que el jefe de la escolta francesa no había comprendido el alcohol entre las cosas cuyo transporte juzgara necesario.
Debió, en consecuencia, privarse Johnson de sus bebidas favoritas durante los veinte días que se emplearon en llegar a San Luis.
Pero, en cambio, ¡ cómo se desquitó! Apenas llegado a las primeras casas de la ciudad, abandonó a sus compañeros, y desde aquella noche cuantos le encontraron comprendieron que estaba recuperando concienzudamente el tiempo perdido.
Si no sin fatiga, aquel viaje de regreso se hizo también sin peligro, bajo la protección de las bayonetas francesas.
Ni un accidente siquiera digno de notarse señaló aquella marcha de trescientos cincuenta kilómetros a través del Sahara.
No faltaban los socorros en San Luis, y todo el mundo se esforzó en reconfortar a aquellos seres tan cruelmente probados.
Pero tenían prisa para volverse a su país y a sus ocupaciones, y pronto un cómodo paquebote condujo a los administrados de la agencia Thompson, así como a su infortunado administrador general.
Menos de un mes después de haber escapado tan felizmente a los moros y a los tuaregs, desembarcaban todos en seguridad, sanos y salvos, en el muelle del Támesis.
En aquel momento experimentó Thompson una verdadera satisfacción viéndose, al fin, desembarazado de Van Piperboom, de Rotterdam.
El plácido holandés, cuyas impresiones nadie podía alabarse de haber nunca conocido,
«abandonó» a su administrador tan pronto como puso el píe sobre el suelo de Londres. Con su maleta en la mano, desapareció por la primera calle, llevándose consigo su misterio.
Y a imitación suya, fueron dispersándose los demás turistas, volviendo a sus placeres o a sus negocios.
El reverendo Cooley encontró intacto el rebaño de fieles que lloraba ya a su pastor.
El capitán Pip, seguido siempre de Arti- món, volvió a su puesto reglamentario, Bishop,
Flyship y los demás marinos no tomaron tierra más que para volver a partir muy pronto sobre la mar incierta, y Mr. Bistec y Mr. Panecillo no tardaron en volver a ponerse al servicio de pasajeros, ora contentos, ora descontentos. Antes, no obstante, de reconquistar su libertad, el capitán Pip tuvo que recibir las acciones de gracias de los antiguos turistas del difunto Seamew.
No quisieron éstos abandonar a su comandante sin haberle expresado el reconocimiento por todo lo que ellos debían a su tranquilidad y firme energía.
Muy apurado el capitán, bizqueó de una manera sensible, jurando por la barba de su madre que Artimón habría hecho otro tanto.
Salió, no obstante, un poco de su reserva al decir adiós a Roberto Morgand. Estrechóle la mano con un calor que, mucho mejor que largos discursos, ponía claramente de manifiesto en qué particular estimación tenía él al antiguo intérprete del Seamew, y Roberto quedó sumamente conmovido ante la ardiente simpatía de un tan excelente juez en materias de honra y de valor.En lo que respecta a la familia Hamilton, había reconquistado toda su altanera tiesura al verse definitivamente en seguridad.
Sin decir una sola palabra a todas aquellas gentes que el azar igualitario mezclara un instante a su aristocrática existencia, Sir George Hamilton, Lady Evangelina y Miss Margaret apresuráronse a dirigirse hacia su confortable residencia en un excelente carruaje, en el que Tigg fue invitado a tomar asiento, asiento que pareció ser aceptado muy gustosamente.
La suerte de aquellos estaba muy claramente señalada.
Por el contrario, sola completamente se hallaba la familia Blockhead cuando desembarcó a su vez, después de que su jefe, rebosante de satisfacción, hubo estrechado cuantas manos se hallaban a su alcance.
Ningún representante del sexo feo en situación de casarse tomó asiento en el carruaje que la conducía a ella y a su equipaje. Aquella interesante familia llegó sola a su domicilio, y sola vivió en él; pasando Mr. Blockhead su tiempo en narrar a sus conocidos las incidencias del viaje en que había participado; Mrs.
Georgina se consagró a la educación de su hijo Abel, y las señoritas Bess y Mary encarnizadas en la persecución de un marido fabuloso. Pero esta caza se hace muy difícil. Miss Bess y Miss Mary han llegado hasta aquí desalentadas de esa difícil caza.
Llamado a Francia por la necesidad de dar explicaciones acerca de la irregular prolongación de su licencia, Roger de Sorgues no hizo más de tocar en Inglaterra.
Salió de Londres el mismo día en que desembarcó, y algunas horas más tarde se hallaba en París.
Sin embargo, solicitó y obtuvo una nueva licencia que le fue concedida, pues, ¿puédese rehusar una licencia a quien va a contraer matrimonio?
Ahora bien: Roger se casaba. Así se había convenido en pocas palabras entre Miss Dolly y él, como una cosa perfectamente natural y lógica y que no requería ningún examen. La ceremonia tuvo lugar el 3 de septiembre. Pero también el mismo día cambió Alice su apellido por el de Roberto.
Desde ese momento aquellos cuatro corazones felices no tienen ya historia. El tiempo para ellos sigue su curso tranquilo, y el mañana trae una aventura semejante a la del ayer.
La marquesa de Gramond y la condesa de Sorgues han adquirido dos hoteles gemelos en la avenida del Bosque de Bolonia. Con frecuencia reviven en el recuerdo los acontecimientos diversos que precedieron a su matrimonio, y con mucha frecuencia hablan de ellos téte-á-téte.
En ello encuentran nuevas razones para amar a los maridos que han elegido sus corazones. En tales pláticas suenan muchas veces los nombres de sus compañeros de viaje y de infortunio. No es posible olvidarse por completo de aquéllos en cuya compañía se ha sufrido, y con algunos de entre ellos han conservado muy amistosas relaciones.
Cuatro años después de haber terminado el viaje de la agencia Thompson, dos de estos privilegiados llamaban al mismo tiempo a la hora de comer a la puerta del hotel de la marquesa de Gramond.
– ¡ Por la barba de mi madre, me alegro de verle a usted, Mr. Saunders! –exclamó uno de los dos visitantes.
– Mr. Baker no está menos satisfecho de encontrarse con el capitán Pip –rectificó el otro visitante, tendiendo amistosamente la mano al bravo comandante del difunto Seamew.
Era aquel, día de reunión familiar en el hotel de la marquesa de Gramond. El señor y la señora de Sorgues tomaron sitio en la mesa, a la que se sentaron el capitán Pip y Mr. Baker.
Hallándose ambos al corriente de los diversos episodios de la historia del anfitrión y de su encantadora esposa, no estaban en manera alguna sorprendidos del lujo que rodeaba al antiguo intérprete de la agencia Thompson y Compañía.
Por lo demás, ambos habían visto demasiadas cosas en el transcurso de su existencia para admirarse fácilmente; y el capitán Pip, que conocía y sabía apreciar a los hombres, juzgaba al anfitrión muy digno de todos los favores de la fortuna.
-Era evidente que no fue aquella la primera vez en que se sentaron en torno de tan hospitalaria mesa, que los criados servían discretamente. Nada embarazaba sus actitudes; antes, por el contrario, usaban de la franca libertad que conviene a unos amigos verdaderos.
Detrás de la silla del capitán habíase sentado tranquilamente Artimón sobre sus patas. Era aquel un lugar que le correspondía de derecho y del que ningún cataclismo hubiera podido alejarle.
Ni siquiera, por lo demás, se pensaba en ello, y el capitán no temía ni se privaba de alargarle, de cuando en cuando, algún selecto trozo, que Artimón aceptaba con mucha dignidad.
Artimón había envejecido, pero su corazón continuaba siendo joven. Sus ojos continuaban fijándose todavía tan inteligentes y tan vivos como siempre sobre los de su amo, cuyas confidencias seguía recibiendo, agitando sus largas orejas con un aire de profundo interés.
También él conocía perfectamente la casa en la que estaba invitado aquella noche. Muy cuidado y atendido por la dueña, que no echaba en olvido al salvador de su marido, respetado de los criados, apreciaba asimismo extraordinariamente la comida, y aprobaba con energía a su amo y amigo cuando éste le confiaba su proyecto de ir a darse una vuelta por París.
– ¿De qué país, mi querido comandante, nos llega usted esta vez? –preguntóle Roberto durante la comida.
– De Nueva York –respondió el capitán, que, empleado en la Cunard-Line, se encontraba lleno de fastidio por la monotonía de las eternas travesías entre Inglaterra y América–. ¡ Eso es diabólicamente aburrido, caballero!
– Uno de estos días nos encontrará usted allí
– repuso Roberto–, pues las señoras de Sorgues y de Gramond desean iniciar nuevas travesías por mar. Están terminando de construirnos un yate de mil toneladas en un astillero de El Havre. Y a este propósito quisiera preguntarle si usted podría indicarnos para capitán alguna persona de toda su confianza.
– No conozco más que uno –respondió Pip tranquilamente–. Es uno llamado Pip, que, según se dice, no es muy mal marino. Solamente que hay un inconveniente: ese Pip ha encontrado medio de casarse sin tomar mujer: con él hay que tomar su perro. Pero el pobre animal está viejo y no tiene ya para mucho –añadió dirigiendo a Artimón una mirada rebosante de melancolía.
– ¿Cómo, capitán? ¿Consentiría usted? – exclamó Roberto.
– ¡Sí, consiento! –afirmó el capitán–. Tengo ya bastante de buques de pasajeros. Es ésta una mercancía que molesta mucho. Y después, ir eternamente de Liverpool a Nueva York y de Nueva York a Liverpool..., ¡es una peripecia del diablo, caballero!
– ¡Es, pues, cosa convenida! –dijeron a un tiempo Roberto y Roger.
– Sí –declaró el capitán–. Artimón tendrá con ustedes su hospital, a bordo del... ¿Han bautizado ya a su futuro yate?
– Sí –dijo Dolly–. En recuerdo del Seamew, mi hermana y yo hemos convenido en llamarle La Moutte ( La Gaviota) (4).
4 Seamew también significa en inglés Gaviota.
– ¡ Buena idea! –dijo irónicamente Baker–. ¡ Ya les estoy viendo a ustedes camino de Tombuctú!
– Ya trataremos de evitar esa desdicha – replicó prontamente el capitán–. Pero, a propósito del Seamew. ¡A ver si adivinan a quién encontré en Londres nada menos que ayer!
– ¡A Thompson! –exclamaron a coro todos los comensales.
– ¡Justamente! A Thompson. Alegre, elegante, altivo, cubierto de alhajas, como en otros tiempos. ¿Tenía por consiguiente otra bolsa que el cheik no logró descubrir...? ¿0 bien no ha realizado usted sus amenazas? –preguntó el capitán, volviéndose hacia Baker.
– ¡No me hable de eso! –respondió éste–.
Ese Thompson es un hombre infernal, que será la causa de mi muerte. Sí, he mantenido mis amenazas. Otros veinte pasajeros y yo hemos aplastado a este farsante con procesos que han sido ganados en toda la línea. Thompson, incapaz de pagar, tuvo que declararse en quiebra.
Ha tenido que cerrar la oficina y su nombre ha sido borrado de la lista de las agencias de viajes. Pero mi satisfacción no ha sido completa. A cada instante me encuentro yo al personaje ese en mi camino. No hace nada, que yo sepa, y, sin embargo, tiene aspecto de estar nadando en oro. Tengo la convicción de que tenía algún gato encerrado, y que yo he sido verdaderamente burlado.
Durante la diatriba de Baker ambas hermanas se miraban sonriendo.
– Esté usted tranquilo, mi querido Mr. Baker –dijo por fin Alice–. Mr. Thompson está completa y definitivamente arruinado.
– ¿Y cómo puede vivir entonces? –insistió Baker con incredulidad.
– ¡Quién sabe! –respondió Dolly, sonriendo–. Tal vez algún socorro que le haya dado algún pasajero reconocido.
Baker se echó a reír.
– ¡Ya, ya! ¡He ahí un pasajero a quien yo tendría muchos deseos de conocer!
– Pregunte usted a Dolly –sugirió Alice.
– Pregunte usted a Alice –contestó Dolly.
– ¡Ustedes...! –exclamó Baker en el colmo de la admiración–. ¿Habrían sido ustedes? Pero ¿qué razones han podido tener para acudir en ayuda de un tal farsante? ¿No se burló bastante de ustedes y de todos los demás? ¿No faltó cínicamente a todas sus promesas...? ¿No estuvo a punto de hacernos morir en varias ocasiones aplastados en San Miguel, de la fiebre en Santiago, abrasados por el sol o fusilados por los moros en África.. ? En verdad, no veo qué es lo que pueden ustedes imaginar deberle.
– ¡La felicidad! –dijeron a un tiempo las dos hermanas.
– Si su viaje hubiese estado mejor organizado, ¿sería yo condesa? –preguntó Dolly sonriendo.
– ¿Y yo marquesa? –añadió Alice, dirigiendo a Roberto una profunda mirada, que le fue devuelta al momento.
Nada halló Baker que contestar. Sin embargo, pese a las razones que se le habían dado, estuvo descontento, se veía claramente. Con dificultad perdonaba a sus amigos el haber atenuado con su caridad sentimental una vergüenza que habría deseado fuese más completa.
– ¡He ahí a las mujeres! –gruñó, al fin, entre dientes.
Guardó todavía silencio, mascullando palabras confusas. Era evidente que no podía tragar aquella nueva que acababa de dársele.
– ¡No importa! –dijo al fin–. ¡He ahí una extraña aventura! ¿Qué piensa usted de todo ello, comandante?
El capitán, bruscamente interpelado, se turbó. Sus ojos divergieron por la emoción;
levemente, si se quiere, pero incontestablemente bizqueó.
Un hábito llama al segundo, y un segundo al tercero. Habiendo bizqueado, el capitán se pellizcó delicadamente la punta de la nariz;
habiendo satisfecho esta segunda manía, la tercera se imponía a su vez, y dióse la vuelta con la idea de escupir en el mar con finura. Pero el mar se hallaba un poco lejos, y un espeso tapiz ostentaba en su lugar flores verdes sobre fondo blanco. A la vista de aquello el capitán se aturdió, perdiendo por completo la noción de las cosas.
En vez de contestar a Baker, juzgó prudente dar parte de sus sentimientos al solo y único Artimón. Inclinóse, pues, hacia el perro, bajo las miradas alegres de sus amigas.
– ¡ Por la barba de mi madre; es ésta una diabólica peripecia, caballero! –dijo sentenciosamente al buen animal, que de una manera aprobatoria sacudía de antemano sus orejas.
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