Capítulo XVIII
Brusco desenlace
La suerte se declaraba a favor de los fugitivos. Todo aquel alboroto en el interior de la vivienda no había atraído a nadie. Desierta la plaza, desiertas las calles que desembocaban en ella. Pero la dificultad estaba en orientarse en medio de aquel dédalo oscuro, en circular entre las ramas, en alcanzar por el camino más corto la escalera de Ngala.
De pronto, un wagddi se presentó ante Khamis y sus compañeros.
Era Lo-Maï, acompañado de su hijo. El pequeño, que los había seguido mientras se dirigían a la morada de Msélo-Tala-Tala, había ido a avisar a su padre. Este, temiendo algún peligro para el foreloper y sus compañeros, se apresuró a reunirse con ellos. Comprendiendo entonces que buscaban huir, se ofreció a servirles de guía.
Fue una suerte, pues ninguno de ellos habría podido encontrar el camino de la escalera.
Pero, cuando llegaron a aquel punto, ¡cuál no fue su decepción!
La entrada estaba custodiada por Raggi y una docena de guerreros.
Forzar el paso, entre cuatro, ¿sería posible con esperanza de éxito?
Max Huber creyó llegado el momento de utilizar su carabina.
Raggi y otros dos acababan de abalanzarse sobre él...
Max Huber, retrocediendo unos pasos, disparó sobre el grupo.
Raggi, alcanzado en pleno pecho, cayó muerto en el acto.
Sin duda, los wagddis no conocían ni el uso de las armas de fuego ni sus efectos. La detonación y la caída de Raggi les causaron un espanto del que no es posible dar idea. Un rayo fulminando la plaza durante la ceremonia de aquel día los habría aterrorizado menos. Aquella docena de guerreros se dispersó, unos volviendo al pueblo, otros precipitándose escalera abajo con una presteza de cuadrumanos.
El camino quedó libre en un instante.
– ¡Abajo! —gritó Khamis.
No había más que seguir a Lo-Maï y al pequeño, que tomaron la delantera. John Cort, Max Huber, Llanga y el foreloper se dejaron por así decirlo deslizar, sin encontrar obstáculo. Después de pasar bajo el pueblo aéreo, se dirigieron hacia la orilla del río, la alcanzaron en pocos minutos, desataron una de las canoas y se embarcaron con el padre y el hijo.
Pero entonces se encendieron antorchas por todas partes, y de todas partes acudieron un gran número de wagddis que vagaban por los alrededores del pueblo. Gritos de cólera, gritos de amenaza fueron respaldados por una nube de flechas.
– Vamos —dijo John Cort—, ¡no hay más remedio!
Max Huber y él se echaron las carabinas al hombro, mientras Khamis y Llanga maniobraban para apartar la canoa de la orilla.
Una doble detonación resonó. Dos wagddis cayeron, y la multitud aullante se dispersó.
En aquel momento, la canoa fue atrapada por la corriente y desapareció aguas abajo al amparo de una hilera de grandes árboles.
No hay por qué relatar —al menos en detalle— lo que fue aquella navegación hacia el suroeste de la gran selva. Si existían otros pueblos aéreos, los dos amigos no debían saber nada al respecto. Como las municiones no faltaban, la alimentación quedaría asegurada por el producto de la caza, y las diversas clases de antílopes abundaban en aquellas regiones vecinas del Ubangui.
La noche siguiente, Khamis amarró la canoa a un árbol de la orilla.
Durante aquel trayecto, John Cort y Max Huber no habían escatimado las muestras de agradecimiento a Lo-Maï, por quien sentían una simpatía enteramente humana.
En cuanto a Llanga y al niño, era entre ellos una verdadera amistad fraternal. ¿Cómo habría podido el joven indígena percibir las diferencias antropológicas que lo situaban por encima de aquel pequeño ser?
John Cort y Max Huber tenían la firme esperanza de lograr que Lo-Maï los acompañase hasta Libreville. El regreso sería fácil descendiendo aquel río, que debía de ser uno de los afluentes del Ubangui. Lo esencial era que su curso no estuviese obstruido ni por rápidos ni por cascadas.
Fue la tarde del 16 de abril cuando la embarcación hizo alto, después de una navegación de quince horas. Khamis estimaba que se habían cubierto de cuarenta a cincuenta kilómetros desde la víspera.
Se convino en que la noche se pasaría en aquel lugar. Organizado el campamento, terminada la cena, con Lo-Maï velando, los demás se durmieron con un sueño reparador que no fue perturbado en modo alguno.
Al despertar, Khamis hizo los preparativos de partida, y la canoa no tenía más que lanzarse a la corriente.
En aquel momento, Lo-Maï, que sostenía a su hijo de una mano, esperaba en la orilla.
John Cort y Max Huber se reunieron con él y lo apremiaron para que los siguiera.
Lo-Maï, sacudiendo la cabeza, señaló con una mano el curso del río y con la otra las espesas profundidades de la selva.
Los dos amigos insistieron, y sus gestos bastaban para hacerse comprender. Querían llevarse a Lo-Maï y a Li-Maï con ellos, a Libreville...
Al mismo tiempo, Llanga colmaba al niño de caricias, abrazándolo, estrechándolo entre sus brazos... Intentaba arrastrarlo hacia la canoa...
Li-Maï no pronunció más que una palabra:
– ¡Ngora!
Sí... su madre, que se había quedado en el pueblo, y junto a la cual su padre y él querían regresar... ¡Era la familia, que nada podía separar!
Se hicieron los adioses definitivos, después de que la comida de Lo-Maï y del pequeño quedó asegurada para su regreso hasta Ngala.
John Cort y Max Huber no ocultaron su emoción al pensar que no volverían a ver jamás a aquellas dos criaturas afectuosas y buenas, por inferior que fuese su raza...
En cuanto a Llanga, no pudo contener el llanto, y gruesas lágrimas humedecieron también los ojos del padre y del hijo.
– Y bien —dijo John Cort—, ¿creerá usted ahora, querido Max, que estos pobres seres están emparentados con la humanidad?
– Sí, John, ¡puesto que tienen, como el hombre, la sonrisa y las lágrimas!
La canoa tomó el hilo de la corriente y, en el recodo de la orilla, Khamis y sus compañeros pudieron enviar un último adiós a Lo-Maï y a su hijo.
Las jornadas del 18, 19, 20 y 21 de abril fueron empleadas en descender el río hasta su confluencia con el Ubangui. Siendo la corriente muy rápida, hubo razones para estimar en cerca de trescientos kilómetros el recorrido hecho desde el pueblo de Ngala.
El foreloper y sus compañeros se encontraban entonces a la altura de los rápidos de Zongo, más o menos en el ángulo que forma el río al torcer hacia el sur. Aquellos rápidos habría sido imposible franquearlos en canoa, y, para reanudar la navegación aguas abajo, se haría necesario un porteo. Cierto es que el itinerario permitía seguir a pie la orilla izquierda del Ubangui en aquella parte limítrofe entre el Congo independiente y el Congo francés. Pero a aquella marcha penosa debía ser infinitamente preferible la canoa. ¿No era tiempo ganado, fatiga ahorrada?
Muy afortunadamente, Khamis pudo evitar aquella dura operación del porteo.
Aguas abajo de los rápidos de Zongo, el Ubangui es navegable hasta su confluencia con el Congo. Las embarcaciones no son raras que trafican en aquella región donde no faltan ni las aldeas, ni los poblados, ni los establecimientos de misioneros. Aquellos quinientos kilómetros que los separaban de la meta, John Cort, Max Huber, Khamis y Llanga los cubrieron a bordo de una de esas anchas embarcaciones a las que el remolque a vapor comienza a prestar ayuda.
Fue el 26 de abril cuando se detuvieron cerca de un poblado de la orilla derecha. Repuestos de sus fatigas, en buena salud, no les restaban más que cien kilómetros para alcanzar Libreville.
Una caravana fue organizada de inmediato por los cuidados del foreloper y, marchando directamente hacia el oeste, atravesó aquellas largas llanuras congoleñas en veinticuatro días.
El 20 de mayo, John Cort, Max Huber, Khamis y Llanga hacían su entrada en la factoría, a las puertas del poblado, donde sus amigos, muy inquietos por una ausencia tan prolongada, sin noticias de ellos desde hacía cerca de seis meses, los recibieron con los brazos abiertos.
Ni Khamis ni el joven indígena debían ya separarse de John Cort y de Max Huber. ¿No estaba Llanga adoptado por ellos, y no había sido el foreloper su abnegado guía durante aquel azaroso viaje?
¿Y el doctor Johausen? ¿Y aquel pueblo aéreo de Ngala, perdido bajo los macizos de la gran selva?
Pues bien, tarde o temprano, una expedición deberá tomar con aquellos extraños wagddis un contacto más íntimo, en interés de la ciencia antropológica moderna.
En cuanto al doctor alemán, está loco, y, admitiendo que la razón le vuelva y lo lleven de regreso a Malimba, ¿quién sabe si no echará de menos el tiempo en que reinaba bajo el nombre de Msélo-Tala-Tala, y si, gracias a él, aquella tribu de primitivos no pasará un día bajo el protectorado del Imperio alemán?
Sin embargo, sería posible que Inglaterra...
FIN
[1] Fue en el cuaternario inferior de Sumatra donde el señor E. Dubois, médico militar holandés en Batavia, encontró un cráneo, un fémur y un diente en buen estado de conservación. Siendo la capacidad de la caja craneal muy superior a la del gorila más grande, e inferior a la del hombre, aquel ser parece haber sido realmente el intermediario entre el antropoide y el hombre. Así pues, para establecer las consecuencias de este descubrimiento, se proyecta un viaje a Java que sería emprendido por un joven sabio americano, el doctor Walters, financiado por el millonario Vanderbilt.
[2] Padre, en alemán.
[3] Expresión de Quatrefages.
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