El pueblo aéreo

Capítulo XI

La jornada del 19 de marzo

En aquella parada, se podía estimar en doscientos kilómetros el recorrido efectuado mitad a pie, mitad con la balsa. ¿Quedaban aún otros tantos para alcanzar el Ubangui? No, en opinión del foreloper, y aquella segunda parte del viaje se haría rápidamente, a condición de que ningún obstáculo detuviese la navegación.

Se embarcaron desde el amanecer con el pequeño pasajero suplementario, del que Llanga no había querido separarse. Tras haberlo transportado bajo el toldo de follaje, quiso quedarse junto a él, esperando que abriese los ojos.

Que se trataba de un miembro de la familia de los cuadrumanos del continente africano —chimpancés, orangutanes, gorilas, mandriles, babuinos y demás—, eso no ofrecía duda en el ánimo de Max Huber y de John Cort. Ni siquiera se habían preocupado demasiado de mirarlo más de cerca, de concederle una atención particular. No les interesaba gran cosa. Llanga lo había salvado, quería quedárselo, como se queda uno con un pobre perro recogido por compasión, ¡pues bueno! Que se hiciera un compañero de él, nada mejor, y eso hablaba bien de su corazón. Después de todo, puesto que los dos amigos habían adoptado al joven indígena, bien le estaba permitido a este adoptar un monito. Según todas las probabilidades, en cuanto encontrase la ocasión de escabullirse bajo los árboles, este último abandonaría a su salvador con esa ingratitud de la que los hombres no tienen el monopolio.

Cierto es que, si Llanga hubiera ido a decirle a John Cort, a Max Huber, incluso a Khamis: «¡Habla, este mono! Ha repetido tres o cuatro veces la palabra "ngora"», quizá su atención se habría despertado, ¡y su curiosidad también! Quizá lo habrían examinado con más cuidado, a aquel animalito... Quizá habrían descubierto en él algún ejemplar de una raza desconocida hasta entonces, la de los cuadrumanos parlantes...

Pero Llanga calló, temiendo haberse equivocado, haber oído mal. Se prometió observar a su protegido, y, si la palabra «ngora» o cualquier otra escapaba de sus labios, avisaría enseguida a su amigo John y a su amigo Max.

Es, pues, una de las razones por las que permaneció bajo el toldo, intentando dar un poco de alimento a su protegido, que parecía debilitado por un largo ayuno. Sin duda, alimentarlo sería difícil, pues los simios son frugívoros. Ahora bien, Llanga no tenía ni un solo fruto que ofrecerle, nada más que carne de antílope que no le sentaría bien. Además, una fiebre bastante alta no le habría permitido comer, y permanecía en una especie de sopor.

– ¿Y cómo va tu mono? —preguntó Max Huber a Llanga cuando este se asomó, una hora después de la partida.

– Sigue durmiendo, mi amigo Max.

– ¿Y te empeñas en quedártelo?

– Sí... si me lo permiten...

– No veo ningún inconveniente, Llanga... Pero ten cuidado de que no te arañe...

– ¡Oh, mi amigo Max!

– ¡Hay que desconfiar! ¡Son malos como gatos, esos bichos!

– ¡Este no! Es tan pequeño... Tiene una carita tan dulce...

– A propósito, ya que quieres hacer de él tu camarada, ocúpate de ponerle un nombre...

– ¿Un nombre? ¿Y cuál?

– Jocko, ¡pardiez! ¡Todos los monos se llaman Jocko!

Es probable que aquel nombre no le convenía a Llanga. No respondió nada y volvió junto a su protegido.

Durante aquella mañana, la navegación fue favorable y no se sufrió demasiado del calor. La capa de nubes era lo bastante espesa para que el sol no pudiese atravesarla. Había motivos para felicitarse de ello, ya que el río Johausen discurría a veces a través de amplios claros. Imposible encontrar cobijo a lo largo de las riberas, donde los árboles eran escasos. El suelo volvía a ser pantanoso. Habría hecho falta alejarse medio kilómetro a derecha o izquierda para alcanzar los macizos más próximos. Lo que debía temerse era que la lluvia se reanudase con su violencia habitual, pero el cielo se limitó a amenazas.

No obstante, si las aves acuáticas volaban en bandadas sobre el pantano, los rumiantes apenas se dejaban ver, de donde vivo disgusto de Max Huber. A los patos y las avutardas de los días anteriores, habría querido sustituir antílopes sasabíes, inyalas, waterbucks u otros. Por eso, apostado a proa de la balsa, carabina lista, como un cazador al acecho, escrutaba con la mirada la orilla de la que el foreloper se aproximaba según el capricho de la corriente.

Hubo que contentarse con los muslos y alas de las aves para el almuerzo. En suma, nada de extraño en que aquellos supervivientes de la caravana del portugués Urdax se sintiesen cansados de su alimentación diaria. Siempre carne asada, hervida o a la brasa, siempre agua clara, ni frutas, ni pan, ni sal. Pescado, ¡y tan insuficientemente preparado! Les urgía llegar a los primeros establecimientos del Ubangui, donde todas aquellas privaciones serían pronto olvidadas gracias a la generosa hospitalidad de los misioneros.

Aquel día, Khamis buscó en vano un emplazamiento favorable para el alto. Las riberas, erizadas de gigantescos juncos, parecían inabordables. Sobre su base, medio empapada, ¿cómo efectuar un desembarco? El recorrido salía ganando, por lo demás, puesto que la balsa no interrumpió su marcha.

Se navegó así hasta las cinco. Entretanto, John Cort y Max Huber conversaban sobre los incidentes del viaje. Rememoraban los diversos episodios desde la partida de Libreville: las cacerías interesantes y fructíferas en las regiones del alto Ubangui, las grandes batidas de elefantes, los peligros de aquellas expediciones, de los que habían salido tan bien durante dos meses; luego el regreso efectuado sin contratiempos hasta el altozano de los tamarindos, los fuegos errantes, la aparición del formidable tropel de paquidermos, la caravana atacada, los porteadores en fuga, el jefe Urdax aplastado tras la caída del árbol, la persecución de los elefantes detenida en la linde de la gran selva...

– ¡Triste desenlace para una campaña tan afortunada hasta entonces! —concluyó John Cort—. ¿Y quién sabe si no irá seguido de un segundo no menos desastroso?

– Es posible, pero, en mi opinión, no es probable, querido John...

– En efecto, quizá exagero...

– Sin duda, ¡y esta selva no tiene más misterio que sus grandes bosques del Lejano Oeste! Ni siquiera tenemos que temer un ataque de pieles rojas. Aquí, ni nómadas, ni sedentarios, ni chilucs, ni denkas, ni monbutus, esas feroces tribus que infestan las regiones del noreste gritando: «¡Carne! ¡Carne!», como perfectos antropófagos que nunca han dejado de ser... No, y este curso de agua al que hemos dado el nombre del doctor Johausen, cuyo rastro tanto habría deseado encontrar, este río, tranquilo y seguro, nos conducirá sin fatigas hasta su confluencia con el Ubangui...

– El Ubangui, querido Max, al que habríamos alcanzado igualmente bordeando la selva, siguiendo el itinerario de ese pobre Urdax, ¡y eso en un carro confortable donde nada nos habría faltado hasta el final del viaje!

– Tiene usted razón, John, ¡y habría sido preferible! Decididamente, esta selva es de lo más banal y no merece ser visitada... No es más que un bosque, un gran bosque, ¡nada más! Y, sin embargo, había picado mi curiosidad al principio... ¿Recuerda aquellas llamas que iluminaban su linde, aquellas antorchas que brillaban entre las ramas de sus primeros árboles? Luego, ¡nadie! ¿Dónde diablos habrán ido a parar esos negros? A veces me sorprendo buscándolos en la copa de los baobabs, los bombax, los tamarindos y demás gigantes de la familia forestal... No... ni un ser humano...

– Max... —dijo en aquel momento John Cort.

– ¿John? —respondió Max Huber.

– ¿Quiere mirar en aquella dirección... aguas abajo, en la orilla izquierda?

– ¿Qué? ¿Un indígena?

– Sí... pero un indígena a cuatro patas... Allá abajo, por encima de los juncos, un magnífico par de cuernos curvados en quilla...

La atención del foreloper acababa de ser atraída hacia aquel punto.

– Un búfalo... —dijo.

– ¡Un búfalo! —repitió Max Huber echando mano de su carabina—. ¡He ahí un plato fuerte de primera, y si lo tengo a buena distancia!

Khamis dio un vigoroso golpe de espadilla. La balsa se acercó oblicuamente a la ribera. Unos instantes después no se encontraba a más de treinta metros.

– ¡Cuántos bistecs en perspectiva! —murmuró Max Huber, con la carabina apoyada en la rodilla izquierda.

– Suyo el primer disparo, Max —le dijo John Cort—, y mío el segundo... si es necesario...

El búfalo no parecía dispuesto a abandonar su puesto. Detenido contra el viento, olfateaba el aire a plenas narices, sin presentir el peligro que corría. Como no se le podía apuntar al corazón, había que apuntarle a la cabeza, y eso fue lo que hizo Max Huber en cuanto se aseguró de tenerlo en la línea de mira.

Resonó la detonación, la cola del animal giró por detrás de los juncos, un bramido de dolor atravesó el espacio, y no el mugido habitual de los búfalos, prueba de que había recibido el golpe mortal.

– ¡Ya está! —exclamó Max Huber lanzando, con acento triunfal, esta locución eminentemente francesa.

En efecto, John Cort no tuvo que duplicar el tiro, lo que ahorró un segundo cartucho. La bestia, caída entre los juncos, resbaló al pie de la ribera, lanzando un chorro de sangre que enrojeció a lo largo de la orilla el agua tan límpida del río Johausen.

Para no perder aquella soberbia pieza, la balsa se dirigió hacia el punto donde el rumiante se había desplomado, y el foreloper tomó sus disposiciones para despiezarlo allí mismo a fin de extraer las partes comestibles.

Los dos amigos no pudieron sino admirar aquel ejemplar de los bueyes salvajes de África, de talla gigantesca. Cuando estos animales cruzan las llanuras en manadas de doscientos a trescientos, ¡imagínese qué galopada furiosa entre las nubes de polvo levantadas a su paso!

Era un onja, nombre con que lo designan los indígenas, un toro solitario, más grande que sus congéneres de Europa, de frente más estrecha, hocico más alargado, cuernos más aplastados. Si la piel del onja sirve para fabricar correajes de solidez superior, si sus cuernos proporcionan la materia de tabaqueras y peines, si sus pelos duros y negros se emplean para rellenar sillas y monturas, es con sus solomillos, sus chuletas y sus entrecots con los que se obtiene un alimento tan sabroso como reconstituyente, ya se trate de los búfalos de Asia, de África o del búfalo de América. En suma, Max Huber había tenido un golpe afortunado. A menos que un onja caiga al primer disparo, resulta terrible cuando embiste contra el cazador.

Con la ayuda de su hachuela y su cuchillo, Khamis procedió a la operación del despiece, en la que sus compañeros debieron ayudarle lo mejor que pudieron. No había que cargar la balsa con un peso inútil, y veinte kilogramos de aquella carne apetitosa debían bastar para la alimentación durante varios días.

Ahora bien, mientras se llevaba a cabo aquella proeza, Llanga, de ordinario tan curioso por las cosas que interesaban a su amigo Max y a su amigo John, se había quedado bajo el toldo, y he aquí por qué motivo.

Al ruido de la detonación producida por la carabina, el pequeño ser se había despertado de su sopor. Sus brazos habían hecho un ligero movimiento. Si sus párpados no se habían levantado, al menos, de su boca entreabierta, de sus labios descoloridos, había escapado de nuevo la única palabra que Llanga le había sorprendido hasta entonces:

– Ngora... ngora...

Esta vez, Llanga no se equivocaba. La palabra llegaba bien a su oído, con una articulación singular y una especie de graseo provocado por la erre de «ngora».

Conmovido por el acento doloroso de aquella pobre criatura, Llanga tomó su mano ardiente de una fiebre que duraba desde la víspera. Llenó la taza de agua fresca, intentó verterle algunas gotas en la boca sin conseguirlo. Las mandíbulas, de dientes de una blancura deslumbrante, no se aflojaron. Llanga, mojando entonces un poco de hierba seca, humedeció delicadamente los labios del pequeño, y aquello pareció hacerle bien. Su mano apretó débilmente la que lo sostenía, y la palabra «ngora» fue pronunciada de nuevo.

Y, que no se olvide, esta palabra, de origen congoleño, los indígenas la emplean para designar a la madre... ¿Es que aquel pequeño ser llamaba a la suya?

La simpatía de Llanga se doblaba de una compasión muy natural ante la idea de que aquella palabra iba quizá a perderse en un último suspiro... ¿Un mono?, había dicho Max Huber. ¡No! ¡No era un mono! Lo que ocurría es que Llanga, en su insuficiencia intelectual, no habría sabido explicarse qué era.

Permaneció así durante una hora, unas veces acariciando la mano de su protegido, otras humedeciéndole los labios, y no lo dejó hasta que el sueño lo hubo adormecido de nuevo.

Entonces, Llanga, decidiéndose a contarlo todo, fue a reunirse con sus amigos, mientras la balsa, separada de la ribera, caía de nuevo en la corriente.

– Y bien —volvió a preguntar Max Huber sonriendo—, ¿cómo va tu mono?

Llanga lo miró, como si vacilase en responder. Luego, poniendo la mano en el brazo de Max Huber:

– No es un mono... —dijo.

– ¿No es un mono? —repitió John Cort.

– ¡Vamos, es tozudo nuestro Llanga! —repuso Max Huber—. ¿A ver? ¿Te has metido en la cabeza que era un niño como tú?

– Un niño... no como yo... pero un niño...

– Escucha, Llanga —prosiguió John Cort, y con más seriedad que su compañero—, ¿pretendes que es un niño?

– Sí... ha hablado... esta noche.

– ¿Ha hablado?

– Y acaba de hablar hace un momento...

– ¿Y qué ha dicho ese pequeño prodigio? —preguntó Max Huber.

– Ha dicho «ngora»...

– ¡Cómo! ¿Esa palabra que yo había oído? —exclamó John Cort, sin ocultar su sorpresa.

– Sí... «ngora» —afirmó el joven indígena.

Solo había dos hipótesis: o Llanga había sido víctima de una ilusión, o había perdido la cabeza.

– Verifiquémoslo —dijo John Cort—, y, con tal de que sea cierto, ¡será cuando menos extraordinario, querido Max!

Ambos penetraron bajo el toldo y examinaron al pequeño durmiente.

Ciertamente, a primera vista, se habría podido afirmar que debía de ser de raza simiesca. Lo que llamó la atención de John Cort de entrada fue que se encontraba en presencia no de un cuadrumano, sino de un bímano. Ahora bien, desde las últimas clasificaciones generalmente admitidas de Blumenbach, se sabe que solo el hombre pertenece a este orden en el reino animal. Aquella singular criatura no poseía más que dos manos, cuando todos los simios, sin excepción, tienen cuatro, y sus pies parecían conformados para la marcha, no siendo prensiles como los de los tipos de la raza simiesca.

John Cort, en primer lugar, se lo hizo notar a Max Huber.

– Curioso... ¡muy curioso! —replicó este.

En cuanto a la talla de aquel pequeño ser, no pasaba de los setenta y cinco centímetros.

Parecía, por lo demás, estar en su infancia y no tener más de cinco o seis años. Su piel, desprovista de pelo, presentaba un ligero vello rojizo. En la frente, el mentón, las mejillas, ninguna apariencia de sistema piloso, que solo proliferaba en el pecho, los muslos y las piernas. Sus orejas terminaban en una carne redondeada y blanda, diferentes de las de los cuadrumanos, las cuales carecen de lóbulos. Sus brazos no se alargaban desmesuradamente. La naturaleza no lo había agraciado con el quinto miembro, común a la mayoría de los simios, esa cola que les sirve para el tacto y la prensión. Tenía la cabeza de forma redonda, el ángulo facial de unos ochenta grados, la nariz chata, la frente poco huidiza. Si no eran cabellos lo que cubría su cráneo, era al menos una especie de vellón análogo al de los indígenas del África central. Evidentemente, aquel tipo se reclamaba más del hombre que del simio por su conformación general, y muy probablemente también por su organización interna.

A qué grado de asombro llegaron Max Huber y John Cort, cabe imaginarlo, ante un ser absolutamente nuevo que ningún antropólogo había observado jamás, y que, en suma, parecía estar a medio camino entre la humanidad y la animalidad.

Y además, Llanga había afirmado que hablaba, a menos que el joven indígena hubiese tomado por una palabra articulada lo que no era sino un grito que no respondía a idea alguna, un grito debido al instinto, no a la inteligencia.

Los dos amigos permanecían en silencio, esperando que la boca del pequeño se entreabriera, mientras Llanga seguía humedeciéndole la frente y las sienes. Su respiración, sin embargo, era menos jadeante, su piel menos caliente, y el acceso de fiebre tocaba a su fin. Al fin sus labios se distendieron ligeramente.

– Ngora... ngora... —repitió.

– ¡Esto sí que pasa de toda razón! —exclamó Max Huber.

Y ni el uno ni el otro querían creer lo que acababan de oír.

¡Cómo! ¡Aquel ser, fuera lo que fuese, que no ocupaba ciertamente el grado superior de la escala animal, poseía el don de la palabra! Si hasta entonces no había pronunciado más que esa única palabra de la lengua congoleña, ¿no cabía suponer que empleaba otras, que tenía ideas, que sabía traducirlas en frases?

Lo que era de lamentar era que sus ojos no se abriesen, que no se pudiera buscar en ellos esa mirada donde el pensamiento se refleja y que responde a tantas cosas. Pero sus párpados seguían cerrados, y nada indicaba que estuviesen a punto de levantarse...

Sin embargo, John Cort, inclinado sobre él, acechaba las palabras o los gritos que pudieran escapársele. Le sostenía la cabeza sin que se despertara, y cuál fue su sorpresa al ver un cordón enrollado alrededor de aquel cuellecito.

Hizo deslizar el cordón, hecho de una trenza de seda, para alcanzar el nudo de sujeción, y casi al instante dijo:

– ¡Una medalla!

– ¿Una medalla? —repitió Max Huber.

John Cort desató el cordón.

¡Sí! Una medalla de níquel, grande como una moneda de un sou, con un nombre grabado en un lado y un perfil grabado en el otro.

El nombre era el de Johausen; el perfil, el del doctor.

– ¡Él! —exclamó Max Huber—. ¡Y este crío, condecorado con la orden del profesor alemán, cuya jaula vacía hemos encontrado!

Que aquellas medallas se hubiesen repartido por la región del Camerún, nada de extraño, puesto que el doctor Johausen las había distribuido en numerosas ocasiones entre los congoleños y las congoleñas. Pero que una insignia de ese tipo estuviese colgada precisamente del cuello de aquel extraño habitante de la selva del Ubangui...

– Es fantástico —declaró Max Huber—, y, a menos que estos medio simios medio hombres hayan robado esta medalla de la caja del doctor...

– ¿Khamis? —llamó John Cort.

Si llamaba al foreloper, era para ponerlo al corriente de estos hechos extraordinarios y preguntarle qué pensaba de aquel descubrimiento.

Pero, en ese mismo momento, se oyó la voz del foreloper, que gritaba:

– ¡Señor Max... señor John!

Los dos jóvenes salieron del toldo y se acercaron a Khamis.

– Escuchen —dijo este.

A quinientos metros aguas abajo, el río torcía bruscamente hacia la derecha en un recodo donde los árboles reaparecían en espesos macizos. El oído, tendido en aquella dirección, percibía un bramido sordo y continuo que no se parecía en nada a mugidos de rumiantes ni a aullidos de fieras. Era una especie de estruendo que se acrecentaba a medida que la balsa ganaba en aquella dirección...

– Un ruido sospechoso... —dijo John Cort.

– Y del que no reconozco la naturaleza —añadió Max Huber.

– Quizá haya allí abajo una cascada o un rápido... —prosiguió el foreloper—. El viento sopla del sur, ¡y noto que el aire está todo mojado!

Khamis no se equivocaba. Por la superficie del río pasaba como un vapor líquido que solo podía provenir de una violenta agitación de las aguas.

Si el río estaba cortado por un obstáculo, si la navegación iba a verse interrumpida, aquello constituía una eventualidad lo bastante grave para que Max Huber y John Cort dejasen de pensar en Llanga y en su protegido.

La balsa derivaba con cierta rapidez y, más allá del recodo, se aclararían las causas de aquel lejano tumulto.

Franqueado el recodo, los temores del foreloper no se vieron sino demasiado justificados.

A unas cien toesas aproximadamente, un amontonamiento de rocas negruzcas formaba barrera de una orilla a otra, salvo en su centro, donde las aguas se precipitaban coronándola de espuma. A cada lado venían a estrellarse contra un dique natural y, en ciertos puntos, saltaban por encima. Era, a un tiempo, el rápido en el centro, la cascada lateralmente. Si la balsa no se arrimaba a una de las riberas, si no se conseguía sujetarla sólidamente, sería arrastrada y se estrellaría contra la barrera, a menos que zozobrase en el rápido.

Todos habían conservado la sangre fría. Además, no había un instante que perder, pues la velocidad de la corriente se acentuaba.

– ¡A la orilla... a la orilla! —gritó Khamis.

Eran entonces las seis y media y, con aquel tiempo brumoso, el crepúsculo no dejaba ya más que una claridad dudosa que apenas permitía distinguir los objetos.

Esta dificultad, sumada a tantas otras, complicaba la maniobra.

Fue en vano que Khamis intentó dirigir la balsa hacia la ribera. Sus fuerzas no bastaban. Max Huber se unió a él para resistir la corriente, que los arrastraba en línea recta hacia el centro de la barrera. Entre los dos obtuvieron cierto resultado, y habrían conseguido salir de aquella deriva si la espadilla no se hubiera roto.

– Estemos listos para saltar a las rocas, antes de vernos metidos en el rápido... —ordenó Khamis.

– No hay otra cosa que hacer —respondió John Cort.

En medio de todo aquel estruendo, Llanga acababa de salir del toldo. Miró, comprendió el peligro... En lugar de pensar en sí mismo, pensó en el otro, en el pequeño. Fue a tomarlo en brazos y se arrodilló a popa.

Un minuto después, la balsa era atrapada por el rápido. No obstante, quizá no chocaría contra la barrera y descendería sin zozobrar...

La mala suerte se impuso, y fue contra una de las rocas de la izquierda donde el frágil aparejo embistió con extrema violencia. En vano Khamis y sus compañeros intentaron agarrarse a la barrera, sobre la que lograron lanzar la caja de cartuchos, las armas, los utensilios...

Todos fueron precipitados en el torbellino en el instante en que la balsa se hacía añicos, cuyos restos desaparecieron aguas abajo entre las aguas mugientes.

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