Segunda patria

XXIV

CONVERSACIONES A PROPÓSITO DEL ALBATROS - BUENA AMISTAD ENTRE BOB Y EL PÁJARO - FABRICACIÓN DE VELAS - NUEVO MOTIVO DE DOLOR - PESQUISAS INÚTILES Y DESESPERACIÓN - UN GRITO DEL ALBATROS.

En el supuesto de que el capitán Gould no se equivocase respecto a la situación geográfica del islote, la estación de verano no debía de durar más que tres meses, tras los cuales llegaría el terrible invierno con sus fríos y sus furiosas tempestades. La débil probabilidad de ver algún navío en alta mar y atraerlo con señales habría desaparecido, pues en aquella época del año los marinos huían de tan peligrosos parajes. Pero antes tal vez se presentaría alguna circunstancia que modificase la situación, aunque no debiera esperarse.

La vida continuó, pues, lo mismo que desde el 26 de octubre, día funesto en que la chalupa había sido destruida. ¡Qué monotonía y qué dura parecía a aquellos hombres tan activos la imposibilidad de emprender trabajo alguno! Reducidos a vagar al pie del acantilado que les aprisionaba, fatigaban sus ojos observando el mar siempre desierto, y era preciso extraordinaria fuerza de espíritu para no sucumbir a la desesperación.

Los largos días se pasaban en conversaciones que siempre Jenny iniciaba. La animosa joven sentía vivísimo afecto por toda su gente, y se ingeniaba para distraerla, discutiendo proyectos sobre los que no se forjaba ilusiones. Fritz y ella cambiaban sus ideas sin necesidad de emplear palabras. El capitán Gould y John Block hablaban frecuentemente del porvenir, preguntándose alguna vez si la situación geográfica de la isla era la que suponían, al oeste del Pacífico. El contramaestre emitía alguna duda sobre este asunto.

– ¿Es la llegada del albatros lo que te hace dudar? —le preguntó un día el capitán.

– Lo confieso —respondió John Block—, y en mi opinión hay motivo.

– ¿Deduces que este islote está más al norte de lo que suponemos?

– Sí, mi capitán…, y ¿quién sabe si muy próximo al océano índico? Un albatros puede más fácilmente franquear centenares de leguas que miles de ellas sin descansar.

– Lo sé —respondió Harry Gould—; pero también sé que Borupt tenía interés en arrastrar el Flag hacia los mares del Pacífico. ¿De qué parte ha soplado el viento durante los ocho días que hemos permanecido prisioneros en la cala? Me ha parecido, y a ti también, que venía del oeste…

– Convengo en ello… ¡Pero… ese albatros! ¿Ha venido de cerca o de lejos?

– Sea lo que sea, Block, y aunque nos hayamos equivocado sobre la situación geográfica de este islote, aunque se encontrase a algunas leguas de la Nueva Suiza, ¿no sería lo mismo que si lo separasen centenares de este punto, puesto que no podemos salir de aquí?

La conclusión del capitán Gould era muy justa. Aparte de esto, todo hacía creer que el Flag había debido de dirigirse hacia los mares del Pacífico, lejos… muy lejos de la Nueva Suiza. Y, sin embargo, otros pensaban lo mismo que Block. Parecía que el pájaro de la Roca Humeante había traído alguna esperanza.

No hay que decir que el pájaro, repuesto pronto de sus fatigas, no se mostraba ni temeroso ni feroz. Su alimentación fue fácil, y no tardó en recorrer la playa encontrando en aquélla las hierbas y peces que pescaba con destreza suma, sin que manifestara deseos de escapar.

Algunas veces, después de elevarse a lo alto del promontorio, se colocaba en la cúspide del acantilado lanzando pequeños gritos.

– Vamos… —decía entonces el contramaestre—. Nos invita a subir… Si me pudiera prestar sus alas, yo me encargaría de remontar el vuelo hasta la cumbre y ver lo que hay al otro lado. Verdad que, probablemente, no será mejor que esto… pero se sabría…

¿Saberlo…? ¿No se sabía desde que Fritz había visto más allá del cerro las mismas rocas áridas y las mismas infranqueables alturas?

Uno de los mejores amigos del albatros fue Bob. Entre el niño y el pájaro se estableció bien pronto cordial amistad. Nada había que temer de las crueldades del uno ni de los picotazos del otro. Cuando el tiempo era malo, ambos entraban en la gruta, donde el albatros tenía reservado su sitio… En fin, salvo este incidente, que no autorizaba hipótesis alguna, nada vino a sacar al capitán Gould y a sus compañeros de la monótona existencia que arrastraban.

Entretanto la prudencia exigía que se pensara seriamente en la probabilidad de una próxima invernada. A menos de uno de esos cambios de suerte, a los que los náufragos no estaban acostumbrados, tendrían que sufrir cuatro o cinco meses de mal tiempo. En aquella latitud, en medio de los mares del Pacífico, las tormentas se desencadenan con extraordinaria violencia y pueden provocar notable descenso en la temperatura.

El capitán Gould, Fritz y John Block hablaban frecuentemente de este asunto. Puesto que no podían oponerse a las amenazas del porvenir, lo mejor era mirarlas frente a frente. Resueltos a luchar, no volverían a sentir el desaliento que la pérdida de la chalupa había provocado.

– ¡Ah…! —decía el capitán—. ¡Si Ja situación no estuviera agravada por la presencia de esas tres mujeres y de ese niño! ¡Si no estuviéramos aquí más que hombres…!

– Razón para hacer más de lo que en tal caso hubiéramos hecho —respondía Fritz.

En previsión del invierno se presentaba una cuestión grave. Si el frío era muy excesivo, sí era preciso mantener el fuego día y noche… ¿No llegaría a faltar el combustible?

No era de temer, pues se contentaban con hierbas que la marea ascendente arrojaba con regularidad a la playa, y que el sol secaba en seguida. Pero, como la combustión de estas plantas marinas producía acre humareda, no sería posible emplearlas para calentar la gruta, pues la atmósfera se haría irrespirable. Así es que convendría cerrar las puertas de aquélla con las velas de la chalupa, sujetas con la solidez necesaria para que resistiesen los huracanes que asaltaban la base del acantilado en la época del invierno.

Quedaba la cuestión de alumbrar el interior de la gruta cuando el tiempo impidiera trabajar fuera.

El contramaestre y François, ayudados por Jenny y Dolí, se ocuparon en fabricar gran número de gruesas velas con la grasa de los lobos de mar que frecuentaban la ensenada, y la captura de los cuales no ofrecía dificultad.

Como se había practicado en Felsenheim, John Block, fundiendo dicha grasa, obtuvo una especie de aceite, que, al enfriarse, se congelaba, y por no disponer del algodón que monsieur Zermatt recolectaba, se contentó con la fibra de las laminarias marinas, disponiéndolas a manera de mechas.

Otra cuestión difícil de resolver era la renovación de los vestidos.

– Decididamente —dijo un día el contramaestre—, cuando un naufragio os arroja a una isla desierta es bueno poder disponer de un navío, en el que se encuentre todo aquello de que se tiene necesidad. De lo contrario… ¡mal negocio!

Esto era lo que les había sucedido con el Landlord a los huéspedes de la Nueva Suiza.

En la tarde del 17 causó la inquietud más viva un suceso, cuyas consecuencias nadie hubiera podido prever.

Se sabe que a Bob le agradaba mucho jugar con el albatros. Cuando lo hacía en la playa su madre no cesaba de vigilarle, a fin de que no se alejase, pues al niño le gustaba tanto subir por las rocas bajas del promontorio como correr delante de las olas. Pero cuando el pájaro y Bob quedaban dentro de la gruta, no había inconveniente para dejarles solos.

Eran las tres. James Wolston ayudaba al contramaestre a disponer la cortina de gruesa tela que había de ser colocada en la entrada de la gruta, Jenny, Suzan y Doll, sentadas en el ángulo junto al hornillo donde la olla hervía, trabajaban en el repaso de sus vestidos. Se acercaba el instante en que Bob acostumbraba merendar. Mistress Wolston se dirigió entonces hacia la gruta llamando al niño. Bob no respondió. Suzan bajó hacia la playa y llamó con voz más fuerte sin obtener respuesta. Entonces gritó el contramaestre.

– ¡Bob! ¡Bob…! ¡Es hora de merendar! El niño no acudió, ni se le veía correr por la playa.

– Hace un momento estaba aquí… Cerca de nosotros —afirmó James.

– ¿Dónde diablos puede estar? —se preguntó John Block subiendo hacia el promontorio. El capitán Gould, Fritz y François se paseaban entonces al pie del acantilado. Bob no estaba con ellos. El contramaestre, haciendo bocina de sus manos, gritó varias veces:

– ¡Bob…! ¡Bob! El niño no aparecía. James se acercó al capitán y a los dos hermanos.

– ¿No habéis visto a Bob? —preguntó ya muy inquieto.

– No —respondió François.

– Hace media hora le he visto yo jugando con el albatros. Todos se pusieron a buscarle por distintos lados. Fue inútil. Fritz y James se dirigieron al promontorio, cuyas primeras piedras escalaron, y pasearon sus miradas por toda la extensión de la ensenada. Nadie… Ni el niño, ni el pájaro. Volvieron, pues, adonde estaban sus compañeros con Jenny, Doll y Suzan, pálida de inquietud.

– Pero ¿le habéis buscado en la gruta? —preguntó el capitán Gould. Bob, en efecto, podía estar dentro… ¿pero cómo no había contestado a tantas voces? Fritz corrió a la gruta, inspeccionó todos sus rincones y reapareció sin traer al niño. Mistress Wolston iba de un lado a otro enloquecida… Podía haber sucedido que Bob se hubiese deslizado entre las rocas, que hubiera caído al mar… En fin, puesto que no se le encontraba por ninguna parte, las más alarmantes suposiciones eran permitidas. Era menester, pues, continuar, sin perder un instante, las pesquisas por la playa hasta la ensenada.

– Fritz, James —dijo el capitán Gould—, venid conmigo, y sigamos por la base del acantilado… Tal vez Bob esté oculto entre algún montón de hierba.

– Entretanto —dijo el contramaestre— François y yo exploraremos la ensenada.

– Y el promontorio —añadió François—. Es posible que Bob haya subido por él y caído en algún agujero.

Los unos se dirigieron a la derecha y los otros a la izquierda. Jenny y Doll quedaron al lado de mistress Wolston, cuya angustia procuraban calmar.

Media hora después todos estaban de vuelta tras haber practicado inútiles pesquisas. Nadie en toda la extensión de la bahía. Ninguna huella del niño, y las voces no habían dado resultado.

La desesperación de Suzan estalló entonces en sollozos. Presa de espasmos que le desgarraban el pecho, fue preciso, a pesar suyo, conducirla a la gruta. Su esposo, que la acompañaba, no podía pronunciar palabra.

Fuera, Fritz decía:

– No es admisible que el niño se haya perdido… Repito que le he visto en la playa hace una hora, corriendo y saltando, y no por la parte del mar. Llevaba una cuerda en la mano con una piedra al final… El albatros y él jugaban juntos.

– Pero ¿dónde está el pájaro? —preguntó François mirando alrededor.

– Sí… ¿Dónde está? —repitió John Block.

Al principio no se había prestado gran atención a este punto.

– ¿Es que ambos han desaparecido? —dijo el capitán.

– Así parece —respondió Fritz.

Las miradas se dirigían a todas partes, y principalmente hacia las rocas, donde el pájaro tenía costumbre de posarse.

Nada se advirtió, ni se oyó su característico grito.

No era imposible que el albatros hubiera tendido el vuelo por encima del acantilado, que hubiera ganado alguna otra altura de la costa, por más que se hubiera acostumbrado a aquella playa, y a los que en ella vivían, y más particularmente a Jenny. ¡Pero el niño no había podido volar…! Lo más hubiera podido remontarse a lo largo del promontorio siguiendo al pájaro, y después de las pesquisas practicadas por François y el contramaestre, nada permitía admitir esta explicación.

Sin embargo… ¿cómo no relacionar la desaparición de Bob y la del albatros? De ordinario no se separaban, y ahora no se veía ni al uno ni al otro. La cosa era extraordinaria, por lo menos.

Al aproximarse la noche, y ante el inexpresable dolor del padre y de la madre, a la vista de Suzan, cuyas palabras incoherentes hacían temer por su razón, Jenny, Doll, el capitán Gould y sus compañeros no sabían qué intentar. Pensando que si el niño había caído en algún hoyo iba a permanecer en él toda la noche, se hicieron nuevas pesquisas. En la extremidad del promontorio se encendió una hoguera, a fin de que sirviera de guía al pequeño, en el caso de que hubiera llegado al fondo de la ensenada. Después de haber estado en pie hasta las últimas horas, fue preciso renunciar a la esperanza de encontrar a Bob. ¿Existía la probabilidad de que el siguiente día fuera más feliz? Todos volvieron a la gruta no para dormir, que no hubieran podido hacerlo; tan pronto uno como otro salía, miraba, prestaba oído, y volvía a su asiento sin pronunciar palabra. Aquella noche fue la más dolorosa, la más horrible de todas las que el capitán Gould y los suyos habían pasado sobre la desierta costa. A las dos de la madrugada el cielo, cuajado hasta entonces de brillantes estrellas, comenzó a nublarse. El viento había saltado al norte, y las nubes que venían en esta dirección se acumulaban en el espacio. Aunque no eran muy densas, caminaban con creciente velocidad, y seguramente al este y al oeste del acantilado la mar debía de estar agitada. Era la hora de la marea ascendente. En este momento mistress Wolston se levantó, y antes de que nadie pudiera sujetarla, lanzóse fuera de la gruta, presa del más espantoso delirio, gritando con voz desgarradora:

– ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! Fue preciso apelar a la fuerza para hacerla entrar de nuevo. James, que se había lanzado en pos de ella, la cogió en sus brazos y la condujo más muerta que viva a la gruta. La desdichada madre quedó tendida sobre el lecho de hierba donde normalmente Bob dormía. Jenny y Doll procuraron reanimarla, y al fin, tras no pocos esfuerzos, recobró el sentido. Durante el resto de la noche el viento no cesó de rugir. Veinte veces Fritz, François, Harry Gould y el contramaestre exploraron la playa, con el temor de que la marea ascendente arrojase a ella el cadáver del niño. Sin embargo, ¡nada!, ¡nada! ¿Significaba esto que el niño había sido arrastrado a alta mar? A las cuatro, ya en plena marea, el horizonte este empezó a blanquear. En este momento Fritz, echado en un rincón, creyó percibir un grito tras la pared. Prestó oído, y temiendo equivocarse se acercó al capitán.

– ¡Seguidme! —le dijo. Sin saber lo que Fritz quería, ni preguntándoselo, Harry Gould le siguió.

– ¡Escuchad! —dijo Fritz. El capitán prestó oído.

– Oigo el grito de un pájaro —dijo.

– Sí… ¡un grito de pájaro! —afirmó Fritz.

– Existe, pues, una cavidad tras esta pared.

– Sin duda, y tal vez algún pasadizo que comunique con la parte de afuera…

– Tenéis razón. John Block, que acababa de acercarse, se enteró del caso. Después de escuchar atentamente, dijo:

– Lo reconozco… Es el grito del albatros…

– Y si el albatros está ahí —dijo Fritz—, Bob debe de estar también.

– ¿Pero por dónde han podido introducirse en ese sitio? —preguntó el capitán.

– ¡Lo sabremos! —respondió John Block. François, Jenny y Doll fueron puestos al corriente de lo que sucedía. James y su esposa recobraron alguna esperanza.

– ¡Está allí! ¡Está allí! —repetía Suzan. John Block había encendido una de las antorchas. No se podía dudar de que el albatros estuviera tras la pared, pues seguían oyéndose sus gritos, y antes de ver si se había deslizado por algún agujero exterior convenía examinar si la pared del fondo presentaba algún orificio. Con la antorcha en la mano, el contramaestre examinó el estado de aquella pared, no advirtiendo en ella más que algunas rajas muy estrechas para que el albatros, y menos aún Bob, hubieran podido pasar. Verdad que en la parte inferior, junto al suelo, había un agujero de veinte a veinticinco pulgadas de diámetro, y, por consecuencia, suficiente para dar paso al pájaro y al niño. Entretanto, y por haber cesado el grito del pájaro, todos tuvieron el recelo de que el capitán, el contramaestre y Fritz se hubieran equivocado. Jenny ocupó entonces el sitio de John Block, y acercándose al agujero llamó varias veces al pájaro, que estaba tan acostumbrado a su voz como a sus caricias. Un grito le respondió, y casi en seguida salió el albatros por el agujero.

– ¡Bob! ¡Bob! —repitió Jenny. El niño no respondió ni salió… ¿Estaba solo el pájaro tras la pared? La madre no pudo contener un grito de desesperación.

– Esperad —dijo el contramaestre. Y poniéndose en cuclillas, agrandó el agujero echando fuera la arena. Algunos minutos bastaron para darle dimensiones suficientes para que él pudiera entrar. Un instante después traía desvanecido al pequeño Bob, que no tardó en recobrar el sentido bajo los besos de su madre.

Telegram

Origin office: the World Wide Web · Destination: aboard the Nautilus

0 words · charge: 0 kreuzers (periods become STOP)