Segunda patria

XII

EN FALKENHORST - EN WALDEGG - EN ZUCKERTOP - EN PROSPECT-HILL - LA MAR DESIERTA - PREPARATIVOS DE VIAJE AL INTERIOR - LOS QUE PARTEN Y LOS QUE SE QUEDAN - TRANSPORTE AL DESFILADERO DE CLUSE - DESPEDIDA.

La estación de las lluvias, que se había prolongado aquel año, terminó en la última semana de agosto. En previsión del viaje proyectado al interior de la isla, se dio inmediatamente principio a los trabajos de laboreo y siembra. Monsieur Zermatt no pensaba emprender la excursión antes de la segunda quincena de septiembre, y este tiempo bastaría para las primeras faenas.

Las dos familias decidieron no instalarse en Falkenhorst. La casa aérea había sufrido algunos destrozos con las últimas tempestades, y era preciso hacer reparaciones en ella. Se pasarían allí algunos días, destinados a la siembra, poda de los viñedos y al cuidado de los animales, y no se emplearían más en Waldegg, Zuckertop y Prospect-Hill.

– Hay que tener en cuenta —dijo monsieur Zermatt— que cuando vuelvan los ausentes con los nuevos amigos que les acompañan, el coronel Montrose, vuestro hijo James y su mujer, y tal vez algunos otros, será preciso ensanchar Falkenhorst y las demás granjas. Para estos trabajos se necesitarán más brazos; así es que, por ahora, no nos ocupemos más que de nuestros campos, establos y corrales. Hasta que llegue la Licorne tendremos bastante que hacer.

Como la presencia de madame Zermatt y mistress Wolston era indispensable en Felsenheim, las dos declararon que ellas se encargaban de cuanto al interior y al exterior se refería: al cuidado de los animales, de los volátiles, de la charca de los patos, de la huerta. Permitieron que Annah acompañase a su padre en las visitas a las granjas, lo que causó tanto placer a la joven como a Ernest. Estos viajes no serían muy fatigosos, puesto que el transporte se efectuaría en el carro, arrastrado por los búfalos y los tres asnos. En él irían monsieur Zermatt y mister Wolston, Annah y Ernest, precedidos por Jack, montado en el onagro Leichtfuss, su cabalgadura favorita. Al principio dudó entre el toro Brummer y el avestruz Brausewind, acabando por dar la preferencia al onagro, y Brummer y Brausewind tuvieron que resignarse a no abandonar Felsenheim.

El 25 de agosto llegaron a Falkenhorst, cuyo cercado encerraba regular número de animales domésticos. El tiempo era bueno y fresco merced al vientecillo que venía de la bahía del Salvamento. Caminar bajo los árboles de la ribera era, más que fatigosa jornada, agradable paseo.

Además, en aquella estación del año, monsieur Zermatt y sus hijos experimentaban la viva impresión que siempre les producía la vuelta de la primavera; esa influencia sana de la naturaleza en sus primeros días hermosos, que, como decía el jefe de la familia en el relato de sus aventuras, «volvía, como un amigo, tras algunos meses de ausencia, trayendo placeres y bendiciones».

Durante su estancia en Felsenheim nuestros amigos no tuvieron que ocuparse en los trabajos de cultivo. Los campos que había que sembrar dependían de otras granjas más alejadas. Todos los momentos fueron consagrados al cuidado de los animales y al renuevo de sus provisiones, a hacer algunas reparaciones indispensables en los establos y a limpiar el arroyuelo que regaba aquel dominio.

Los magníficos árboles del bosque vecino habían resistido a los rudos asaltos de la tormenta, no sin haber perdido algunas ramas. Todo aquel bosque muerto se almacenó en las laderas del cercado.

Advirtióse que uno de los mayores nopales había sido herido por el rayo. Aunque el que soportaba la casa aérea no hubiera sufrido la misma suerte, Ernest pensó en la conveniencia de protegerlo con un pararrayos que sobresaliera por encima de los árboles más altos, y que un alambre uniría al suelo.

Estos trabajos exigieron tres días justos, y hasta el cuarto monsieur Zermatt no volvió a Felsenheim, de donde sus compañeros y él partieron veinticuatro horas después, dirigiéndose a Waldegg.

En la mañana recorrieron la distancia que separa Felsenheim de la referida granja. Así que llegaron, todos se pusieron al trabajo. Allí había rebaños de carneros y cabras, cuyo número aumentaba de año en año; había también un gallinero, que contaba sus animales por docenas. Fue preciso hacer algunas reparaciones en el henil, donde se había depositado el heno de la última cosecha. La casa no había sufrido gran cosa por el mal tiempo. No era ésta ya la cabaña de cañas y troncos de los primeros días. La casita estaba ahora construida con materiales de albañilería, de forma que la humedad no pudiera hacer desperfectos en ella. Y con gran satisfacción observó monsieur Zermatt que las plantaciones de algodoneros presentaban buen aspecto. Lo mismo pasaba con el pantano transformado en un verdadero arrozal. Aunque el lago de los Cisnes mantenía su nivel a bastante altura, no había temor de que los campos vecinos se inundasen. Gran número de pájaros acuáticos animaban entonces el lago, garzas reales, pelícanos, becadas, gallinetas, y los más graciosos de todos, cisnes de negro plumaje, que se paseaban emparejados por la superficie de las aguas.

No había razón para que Jack no eligiese entre estos volátiles aquellos que ordinariamente figuraban en la mesa de la granja de Waldegg. Mató, pues, algunas docenas de ánades, sin hablar de un magnífico cobayo, muerto en el bosque, y que el carro transportó a Felsenheim.

Respecto a las bandadas de monos se podía estar tranquilo. No se veía ni uno solo de estos malditos cuadrumanos, muy hábiles en lanzar piñas a modo de proyectiles, que en otra época infestaban los bosques, y cuyos destrozos eran tan temibles. Después de las grandes batidas organizadas contra ellos, habían tomado el sabio partido de abandonar aquellos lugares.

Terminados los primeros trabajos, nuestros amigos se ocuparon en sembrar los campos de Waldegg. Aquella fecunda tierra no necesitaba ni ser arada, ni los abonos que la granja hubiera suministrado con abundancia. El paso del rastrillo, arrastrado por los asnos, bastaba para poner el suelo en condiciones. Sin embargo, estas siembras exigieron el concurso de todos, incluso el de Annah, y el regreso a la casa de Felsenheim no pudo efectuarse antes del 6 de septiembre.

Monsieur Zermatt y sus compañeros felicitaron a mistress Wolston y Betsie por el celo y actividad que habían desplegado durante su ausencia. El patio y el establo estaban perfectamente; la huerta limpia, y en ella bien distribuidas las legumbres. Las dos señoras habían, igualmente, procedido a la limpieza de las habitaciones, mullido de las camas, y, en suma, a todos los cuidados que exige una casa bien dispuesta. No ocultaron sus deseos de que terminasen aquellas visitas a las granjas, donde ellas no iban.

En vista de estos naturales deseos, decidióse que en los siguientes días se efectuaría la última excursión. Comprendería ésta la visita a las granjas de Zuckertop y de Prospect-Hill. Extenderla hasta la altura de la Esperanza Perdida exigiría ocho días, y no era posible regresar antes de mediados de septiembre.

– Respecto a Eberfurt —dijo monsieur Zermatt—, tendremos ocasión de visitarlo cuando efectuemos el viaje proyectado al interior de la isla, pues para salir de la Tierra Prometida no existe más paso que el desfiladero de Cluse, cerca de nuestra granja…

– Es cierto —dijo mister Wolston—, ¿pero no hay que ejecutar trabajos de cultivo en esa parte?

– Querido Wolston —dijo monsieur Zermatt—, tenemos que esperar la época en que la siega y la recolección reclamarán nuestros cuidados, lo que sucederá dentro de algunas semanas… Acabemos, pues, en Zuckertop y Prospect-Hill.

Admitido el proyecto, decidióse que Annah no acompañaría a su padre, pues el viaje se podía prolongar más de una semana. Mistress Wolston hubiera encontrado demasiado larga esta ausencia. Además los servicios de su hija en Felsenheim serían de gran utilidad para ciertas faenas de la casa, coladas, arreglos de vestidos y de ropa blanca, etc. La plancha y la aguja iban a sustituir al azadón, a la reja y al rastrillo… mistress Wolston, aparte de su solicitud maternal, hizo valer estas serias razones, a las que a pesar suyo tuvo que rendirse Annah.

Se comprende que Ernest encontrase estas razones poco conformes con su gusto, y hasta llegó a preguntarse si su presencia no era indispensable en Felsenheim.

Jack le ayudó en la empresa. La víspera de la partida, cuando todos se encontraban reunidos en la sala, hizo la siguiente observación:

– Padre, bien sé que mistress Wolston, su hija y mi madre no corren riesgo alguno en Felsenheim. Pero pensemos que ahora se trata de dejarlas solas durante una semana, ¿y quién sabe si más?

– Tienes razón, hijo mío —respondió monsieur Zermatt—, y no pasaré hora tranquila durante el tiempo que dure nuestra ausencia aunque no haya peligro que temer. Hasta ahora nuestras separaciones no han excedido de dos o tres días, y ésta se prolongará una semana… ¡Mucho tiempo es! Por tanto, sería muy dificultoso que partiéramos todos.

– Si queréis —dijo mister Wolston—, yo permaneceré en Felsenheim.

– No, mi querido Wolston… Vos menos que ninguno… Es preciso que nos acompañéis a Zuckertop y a Prospect-Hill, en previsión de los trabajos futuros. Pero si uno de mis hijos quedase aquí, yo partiría sin inquietud. Así se ha hecho varias veces… Jack, por ejemplo…

Jack miró a Ernest sonriendo.

– ¿Cómo? —exclamó—. ¿Me mandáis a mí que guarde la casa? ¡Queréis quitar a un cazador la ocasión de practicar sus aficiones! No… Si es preciso que alguien quede en Felsenheim, ¿por qué no ha de ser Ernest?

– Ernest o Jack. Es lo mismo —dijo monsieur Zermatt—. ¿No es verdad, mister Wolston?

– Ciertamente, monsieur Zermatt.

– Y en compañía de Ernest, ¿no tendréis ningún miedo? Ni tú, Betsie, ni vos, mi querida Annah…

– Absolutamente ninguno —respondió la joven ruborizándose un poco.

– Habla tú, Ernest —dijo Jack—. ¿Te conviene?

Sí… El arreglo le convenía, y monsieur Zermatt podía confiar en aquel joven tan prudente como animoso.

La partida había sido fijada para el siguiente día. Al alba, monsieur Zermatt, mister Wolston y Jack se despidieron de los que quedaban, prometiendo abreviar la ausencia cuanto fuera posible.

El camino más corto para ir de Felsenheim a Zuckertop se inclinaba a la izquierda; el de Waldegg bordeaba el litoral.

El carro en que se colocaron los expedicionarios iba cargado con sacos que contenían las semillas y algunos instrumentos de labranza, y víveres y municiones en suficiente cantidad.

Jack, que no había querido separarse de Leichtfuss, marchaba junto al carro. Los dos perros, Braun y Falb, les seguían.

Tomaron primero la dirección noroeste para dejar el lago de los Cisnes a la derecha. Vastos prados de pastos naturales se extendían hasta el canal de derivación del arroyo de los Chacales, que fue atravesado a una legua de Falkenhorst, por el puentecillo. En tal dirección no existía camino propio para el carro como el que conducía a Waldegg. Sin embargo, los muchos y pesados carros que por allí transitaron habían aplanado el suelo y destruido las hierbas, así es que el vehículo, arrastrado por los dos robustos búfalos, avanzaba sin gran trabajo.

En cuatro horas se franqueó la distancia hasta Zuckertop, que era de unas tres leguas.

Monsieur Zermatt, mister Wolston y Jack llegaron, pues, a la casa para la hora del almuerzo. Después de comer con gran apetito, se pusieron a la faena.

Antes de todo fue preciso colocar algunas estacas en el cercado donde los cerdos habían pasado la estación lluviosa. Este cercado había sido invadido por otros congéneres de la especie porcina, esos cochinos olorosos, ya vistos en Zuckertop, y que vivían en buena amistad con los otros. No se les arrojó de allí. Monsieur Zermatt sabía por experiencia que la carne de estos animales era aprovechable quitándoles la bolsa que tienen en la espalda.

Las plantaciones de aquel dominio, gracias a su alejamiento del mar, fueron encontradas intactas. Se advirtió el buen estado de los bananos y palmeras, y principalmente de los ravendsaras, árboles de grueso tronco y piramidal copa, cuya corteza une al gusto de la canela el del alhelí.

En la época en que monsieur Zermatt y sus hijos lo habían visitado aquel sitio no era más que un pantano, que fue bautizado con el nombre del Pantano de las Cañas de Azúcar, y habían llegado a él en los primeros días de su desembarco en la isla. Ahora rodeaban la granja de Zuckertop extensos campos de cultivo y herbazales donde pastaban algunas vacas. En vez de la sencilla choza de ramas, alzábase una casa protegida por los árboles. No lejos de ella había espeso bosque de bambúes, cuyas fuertes espinas podían servir de clavos, de donde el que lo atravesara saldría con los vestidos hechos pedazos.

La estancia en Zuckertop duró ocho días, durante los cuales se hizo la siembra del centeno, trigo, avena y maíz. Los cereales prosperaban rápidamente en aquel suelo regado por la derivación del lago de los Cisnes, pues mister Wolston había practicado una abertura en aquella parte y las aguas se extendían por la superficie del terreno. Consecuencia de esto era que Zuckertop debía ser considerado como la más rica de las tres granjas establecidas en el distrito de la Tierra Prometida.

Inútil es decir que en el transcurso de aquella semana Jack pudo satisfacer sus aficiones a la caza. El tiempo de que podía disponer lo dedicaba a ella, haciendo buena provisión de perdices, avutardas, codornices, pécaris y agutíes. Respecto a las hienas, ya señaladas en los alrededores, Jack no encontró ninguna de ellas, ni tampoco fieras de otra clase, que decididamente huían delante del hombre.

Caminando a orillas del lago, Jack, más afortunado que su hermano Fritz algunos años antes, tuvo ocasión de matar un animal del tamaño de un asno grande y oscura piel, especie de rinoceronte sin cuernos, semejante al tapir. Era un anta, que no cayó al primer disparo hecho a una distancia de veinte pasos, pero que, al lanzarse sobre Jack, otra bala le atravesó el corazón.

En fin, todo trabajo quedó terminado en Zuckertop en la noche del 15 de septiembre. Al siguiente día, y después de cerrar herméticamente la casa y el cercado defendido por una sólida valla, el carro tomó la dirección norte con el fin de llegar a Prospect-Hill, cercano al cabo de la Esperanza Perdida.

Dos leguas separaban la granja de la punta que se alargaba como el pico de un buitre entre la bahía de los Nautilos y la alta mar. La mayor parte del trayecto efectuóse por terreno plano de fácil camino; pero cerca del acantilado el suelo mostró una pendiente bastante acentuada.

Dos horas después de la partida, más allá de un verde campo rejuvenecido tras la estación de las lluvias, monsieur Zermatt, mister Wolston y Jack llegaron al bosque de los Monos, que no merecía ya este nombre después de la desaparición de aquellos malditos bichos. Llegados al pie de la colina hicieron alto.

Las pendientes de Prospect-Hill no eran tan escarpadas que los búfalos y el onagro no pudieran subir por ellas siguiendo el sendero de uno de los flancos; así es que el carro llegó a la plataforma.

La casa, muy expuesta a los vientos del este y del norte, había experimentado bastantes destrozos con motivo de las últimas tormentas. Era preciso proceder inmediatamente a la reparación del tejado, pues los huracanes habían arrancado parte de él. Sin embargo, tal como estaba y en pleno estío, la casa era habitable, lo que permitió a los excursionistas albergarse en ella por algunos días.

En el corral hubo que hacer grandes reparaciones. Después fue preciso limpiar el orificio de la fuentecilla que llegaba casi a la cúspide de la colina. Respecto a las plantaciones, el trabajo se reducía a enderezar los árboles abatidos por el huracán y que aún estaban sujetos al suelo por sus raíces.

Durante la estancia en aquel sitio, los excursionistas llegaron en sus paseos hasta la extremidad del cabo de la Esperanza Perdida. Desde aquel lugar la mirada abarcaba gran extensión de mar en dirección este y una parte de la bahía de los Nautilos al oeste. ¡Cuántas veces, en tantos años, los náufragos habían espiado inútilmente la aparición de un barco en aquel sitio!

Así es que cuando monsieur Zermatt y sus dos compañeros fueron allí, Jack dijo:

– Hace doce años el nombre de cabo de la Esperanza Perdida era muy propio, pues desesperábamos de encontrar a ninguno de nuestros compañeros del Landlord. Pero hoy, si la Licorne se mostrara a lo lejos… deberíamos dar a este cabo el nombre de Buen Arribo.

– Seguramente, mi querido Jack —respondió mister Wolston—; pero el caso no es probable. La Licorne está aún en medio del Atlántico y han de transcurrir dos meses para que llegue a Nueva Suiza.

– No se sabe, mister Wolston… no se sabe… —-repitió Jack—. Y a falta de la Licorne, ¿por qué no había de aparecer otro barco a tomar posesión de la isla? Verdad que el capitán tendría el derecho de llamar a esta la isla de la Esperanza Perdida, porque la posesión ya está tomada.

En resumen: como ningún navío aparecía en alta mar, no hubo causa para cambiar el nombre del cabo.

Por la tarde, desde la pequeña terraza que ante la casa había, nuestros amigos pudieron asistir al espléndido espectáculo de la puesta del sol en un horizonte completamente diáfano. En aquel instante el cabo del Este, a cuatro leguas de allí, hundíase en la sombra, avivada a veces por los resplandores de la resaca al chocar contra las rocas bajas. La mar estaba tranquila. Las llanuras, sombreadas por magníficos árboles, confundían su verde color con el amarillento de las playas. Atrás y hacia el sur, a unas ocho leguas, se difuminaba la cordillera transversal que atraía las miradas de mister Wolston, y a la que los últimos rayos solares festoneaban de una línea de oro.

Al día siguiente, el carro, después de haber bajado por el talud de Prospect-Hill, se puso en camino, y a las dos llegaba al cercado de Felsenheim. ¡Con qué alegría fueron recibidos los ausentes, cuya expedición no había exigido menos de dos semanas! No era mucho, pero los disgustos de la separación no se miden únicamente por el tiempo que ésta dura.

No hay que decir que ni madame Zermatt, ni mistress Wolston, ni Annah habían perdido el tiempo. Los trabajos del lavado estaban muy adelantados. Daba verdadero placer ver las sábanas, servilletas y demás ropa blanca colocadas convenientemente, y destacándose su blancura sobre el verde de la huerta, y balanceándose sobre las cuerdas tendidas entre los árboles.

Tampoco Ernest había vagado. Cuando las mujeres no tenían necesidad de sus servicios, habíase encerrado en la biblioteca, sin decir cuál era la tarea en que se ocupaba.

Tal vez, no obstante, Annah lo sabía.

Aquella noche, estando las dos familias reunidas en la sala, y una vez que monsieur Zermatt refirió lo acontecido en la excursión a las granjas, Ernest puso sobre la mesa una hoja de papel en la que había un dibujo con líneas de colores.

– ¿Qué es esto? —preguntó Jack—. ¿Será el plano de la futura capital de la Nueva Suiza?

– No… Aún no —respondió Ernest.

– Entonces no adivino.

– Es el proyecto del decorado interior de nuestra capilla —dijo Annah.

– Así es —añadió Ernest—, y era ocasión de ocuparse en ello, pues los muros alcanzan ya la mitad de su altura.

Vivo placer causó esta declaración, y Ernest recibió calurosas felicitaciones por su trabajo, que a todos pareció perfecto.

– ¿Y habrá un campanario? —preguntó Jack.

– Seguramente —respondió Annah.

– ¿Con una campana?

– Sí. La del Landlord.

– ¡Y Annah tendrá el honor de tocarla la vez primera! —dijo Ernest.

Era el 24 de septiembre, es decir, la época en que el proyecto de mister Wolston debía ejecutarse. ¿Qué resultados daría el reconocimiento del interior de la isla? Durante los doce años transcurridos, los náufragos se habían contentado con el distrito de la Tierra Prometida, que, como se sabe, había bastado para asegurarles la existencia y hasta el bienestar. Así, independientemente de la inquietud que debía inspirarles la ausencia de alguno de los suyos, madame Zermatt, sin poder explicar por completo la razón de ello, se inclinaba a creer que las consecuencias de dicha excursión serían desagradables.

Y aquella noche, a solas con monsieur Zermatt, expuso a éste sus preocupaciones. Su marido le respondió:

– Querida mía, si estuviéramos en las condiciones de antes te concedería que esta exploración no era necesaria. Más aún: si mister Wolston y su familia hubiesen sido arrojados a esta isla a consecuencia de un naufragio, yo les diría: Lo que nos ha bastado a nosotros debe bastaros, y no veo la necesidad de lanzarse a aventuras cuando el provecho no es cierto y hay peligros que correr… Pero por interés de los futuros colonos de la Nueva Suiza conviene que se conozca la extensión de ella, la disposición de sus costas… los recursos que puede ofrecer.

– Bien… bien… —respondió madame Zermatt—. Pero esta exploración, ¿no debería ser practicada por los que vinieran?

– Evidentemente —dijo monsieur Zermatt— y no habría inconveniente en esperar, y la operación podría ser emprendida en mejores condiciones. Pero lo sabes, Betsie, mister Wolston está muy encariñado con ese proyecto, y, por otra parte, Ernest desea completar el mapa de la Nueva Suiza. Creo que es conveniente satisfacer los deseos de ambos.

– Nada opondría yo a ello si no tuviéramos que separarnos…

– ¡Bah! ¡Una ausencia de quince días!

– A no ser que mistress Wolston, Annah y yo hiciéramos también el viaje…

– No sería prudente, querida esposa —declaró monsieur Zermatt—. Si no peligros, la excursión puede ofrecer dificultades y grandes fatigas. Será preciso caminar por una región árida, bajo un sol abrasador… La ascensión por la cordillera será muy penosa.

– ¿De modo que mistress Wolston, Annah y yo permaneceremos en Felsenheim?

– Sí, Betsie; pero no quedaréis solas. Después de maduras reflexiones he tomado la siguiente resolución, que supongo aprobarán todos: mister Wolston practicará la exploración en compañía de nuestros dos hijos; Ernest para estudiar el terreno y levantar los planos, y Jack, que no había de consentir en perder esta ocasión de ir de exploración… Yo permaneceré en Felsenheim… ¿Te agrada la idea, Betsie?

– ¡Qué pregunta, amigo mío! —respondió madame Zermatt—. Podemos tener completa confianza en mister Wolston. Es hombre serio que no cometerá ninguna imprudencia. Nuestros dos hijos no correrán riesgo alguno yendo en su compañía.

– Pienso que esta idea agradará igualmente a mister Wolston y a Annah.

– ¡Ésta lamentará la ausencia de Ernest! —dijo madame Zermatt.

– Como Ernest lamentará partir sin ella. Sí… Esos dos seres tan buenos se sienten atraídos el uno al otro… y creo que algún día, en la capilla cuyo plano nos ha enseñado, Ernest se unirá con la que ama.

– A su tiempo hablaremos de su matrimonio, que agradará a los Wolston tanto como a nosotros —dijo Betsie.

El proyecto de monsieur Zermatt mereció la aprobación general. Ernest y Annah tuvieron que admitirlo. Comprendía el uno que las mujeres no debían aventurarse en expediciones de aquel género, pues fácil era que retrasasen o comprometiesen el buen éxito de las mismas, y la otra comprendía asimismo que Ernest debía ser de la partida.

Convenido, pues, todo, fijóse para la marcha la fecha del 25 de septiembre, ocupándose cada cual en los preparativos, que no serían largos. Mister Wolston y los dos jóvenes habían resuelto que el viaje se haría a pie, ante el temor de que la comarca que confinaba con la base de las montañas no ofreciera más fácil camino que el que atravesaba el alto curso del río Montrose.

Se iría, pues, pedestremente, con el bastón en la mano y el fusil al hombro, en compañía de dos perros. Jack era diestrísimo tirador, y mister Wolston y Ernest tampoco eran de despreciar en este punto; de modo que los tres cazadores tenían la seguridad de procurarse en el camino alimentación abundante.

Hubo, sin embargo, necesidad de disponer el carro y el tiro de búfalos para el transporte de las dos familias a Eberfurt. No se habrá olvidado que monsieur Zermatt quería aprovechar la ocasión de visitar esta granja situada en el límite del distrito de la Tierra Prometida.

El proyecto de acompañar a mister Wolston, a Jack y a Ernest hasta más allá del desfiladero de Cluse fue acogido con gran alegría.

Quizá convendría prolongar durante veinticuatro o cuarenta y ocho horas la estancia en Eberfurt si había necesidad de dedicarse a trabajos en los que todos tomarían parte.

El 25 al amanecer, el carro salió de Felsenheim seguido de los perros Braun y Falb. Todos habían podido acomodarse en él. La jornada era de más de tres leguas, y los búfalos la harían antes de que llegase el mediodía.

El tiempo estaba hermoso; el cielo azul. Ligeras nubes tamizaban los rayos solares, moderando su ardor.

A las once, después de haber caminado en sentido oblicuo a través del fértil y verde campo, el carro llegó a Eberfurt.

En el bosquecillo que precedía a la granja se vio aún una docena de monos, que abandonaron el campo a los primeros tiros disparados contra ellos. Las dos familias fueron a instalarse en la casa. Bien defendida por los árboles que la rodeaban, no había sufrido mucho con el mal tiempo.

Mientras mistress Wolston, Betsie y Annah se ocupaban en preparar el almuerzo, los hombres se alejaron a la distancia de un tiro de fusil con el objeto de visitar el desfiladero de Cluse, que se abría en el interior de la isla.

En aquel sitio había que practicar un importante y duro trabajo, pues los animales habían intentado forzar la barrera y era preciso reforzarla. Había motivo para suponer que algunos elefantes intentaron franquear el desfiladero, y de haberlo conseguido, ¡qué destrozos, no solamente en la granja de Eberfurt, sino también en las de Zuckertop y Waldegg! ¡Quién sabe si hasta Felsenheim hubiera podido defenderse del ataque de aquellos formidables paquidermos!

El dicho trabajo ocupó la tarde y el siguiente día, y requirió los brazos de todos. Una vez terminado, monsieur Zermatt quedó seguro de que el paso no podía ser forzado.

La granja de Eberfurt no era ya la cabaña que, apoyada en cuatro árboles, se elevaba veinte pies sobre el suelo. No… Se disponía de una casa cerrada y con su empalizada, que contenía varias habitaciones, suficientes para servir de alojamiento a las dos familias. A cada lado de ella, y dispuestos bajo las ramas de los nogales y las verdes encinas, había anchos establos, en uno de los cuales fueron encerrados los búfalos, a los que se echó forraje en abundancia.

La caza pululaba en los alrededores: liebres, conejos, perdices, cobayos, agutíes, avutardas, gallos silvestres, antílopes. Jack pudo, pues, satisfacer su pasión con gran beneficio para la mesa. Parte de esta caza, después de asada a la fuerte llama del hogar, fue reservada para las necesidades futuras de los excursionistas. Con el zurrón al costado, el saco al hombro, provistos de yesca para encender fuego, conformándose con carnes asadas y tortas de cazabe, pólvora y plomo en abundancia y calabazas con aguardiente, ellos no debían concebir ni despertar en los que quedaban inquietud alguna por lo que se refería a la alimentación cotidiana. Aparte de esto, a través de aquellas fértiles llanuras, entrevistas ya más allá del valle de Grünthal, ya en la parte sur de la bahía de las Perlas, no faltaban ni raíces comestibles, ni variados frutos.

En 27 de septiembre, al alba, todos se dirigieron al desfiladero de Cluse, donde se cambiaron los últimos adioses. ¡Durante quince días se estaría sin noticias de los ausentes! ¡Qué largo iba a parecer el tiempo!

– ¿Sin noticias? —dijo Ernest entonces—. No, madre; no, querida Annah. Las recibiréis.

– ¿Por correo? —preguntó Jack.

– Sí… por correo aéreo —respondió Ernest—. ¿No os habéis fijado en estas dos palomas que he traído en su jaula…? ¿Pensáis que era para dejarlas en Eberfurt? No. Las soltaremos en la cúspide de la cordillera y os llevarán noticias nuestras.

Todos aplaudieron tan excelente idea y Annah se prometió espiar diariamente la llegada de las mensajeras de Ernest.

Mister Wolston y los dos hermanos franquearon un estrecho portillo colocado entre dos maderos en el desfiladero, que fue cuidadosamente cerrado tras ellos, y desaparecieron tras la barrera rocosa.

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