El soberbio Orinoco

8

TORMENTA Y PELIGRO EN EL ORINOCO

Los primeros relámpagos cruzaron las nubes que amenazaban estallar; ni un soplo de viento venía del norte. La tempestad, pues, ganaba terreno extendiendo sus alas eléctricas de levante a poniente; toda la extensión del cielo sería rápidamente invadida por aquellas masas fuliginosas.

Por prudencia, en las dos embarcaciones las velas habían sido arriadas, tanto más cuanto de momento ningún servicio prestaban. Así pasaron cerca de la isla Amanameni, para dejar atrás al poco la conocida con el nombre de Guayartivari, de extensión no menos considerable en medio del ancho río Orinoco.

Unas horas después, casi amanecía el nuevo día, las embarcaciones llegaron a la altura donde —según el criterio de don Felipe— el río Guaviare desembocaba en la corriente del Orinoco, a menos de que no fuese el Orinoco el que hubiera desembocado en el Guaviare. Es decir, en el caso de que el señor Miguel tuviera la razón.

Seguía haciendo un calor insoportable y el aire parecía cargado de electricidad, pero don Felipe tuvo el humor de comentar, al observar la conjunción de las dos corrientes:

– ¿Qué arroyuelo es éste?

– ¿Un arroyuelo el Guaviare, que los barcos pueden remontar cosa de mil kilómetros? —se apresuró a rechazar con indignación don Miguel—. ¡Es mi Guaviare!

– ¿Ah, sí? —se unió a la broma don Varinas—. Creí que era un afluente sin importancia.

– Ustedes dos quieren hacerme perder los estribos —admitió don Miguel—. Pues han de saber que ese «arroyuelo», riega los pies de los Andes y es capaz de arrojar un caudal de tres mil doscientos metros cúbicos por segundo.

La discusión se habría prolongado como tantas otras veces, de no anunciar en aquel instante uno de los marineros nativos de la embarcación de los tres geógrafos:

– ¡Chubasco! ¡Chubasco!

Tal es, en efecto, el nombre indio del terrible ramalazo de viento que acababa de desencadenarse en el límite del horizonte. Y el chubasco anunciaba que pronto caería como una formidable avalancha sobre el lecho del río Orinoco.

Un momento antes, la atmósfera aparecía tranquila; más que en calma, pesada, espesa, como si el aire, por el intenso calor, estuviera solidificado. Las nubes, saturadas de electricidad, invadían el cielo. Pero el viento pronto encontró en el cenit cúmulos que con gran furia los dispersó, amontonó a otros y terminó produciendo lluvia y granizo que agitaron aquella encrucijada fluvial, donde se mezclaban las aguas de un río poderoso y las de uno de sus más grandes tributarios.

El primer efecto del chubasco fue separar a las dos embarcaciones de la embocadura del Guaviare; el segundo, no solamente mantenerlas contra la corriente, sino arrastrarlas oblicuamente, con lo que las aguas del Orinoco chocaban contra ellas.

Desgraciadamente, los naturales del país saben muy bien que tales chubascos son fecundos en desastres. Quien no ha sido testigo de ninguno de ellos no puede formarse idea de su formidable impetuosidad. Engendran húmedas ráfagas mezcladas con granizo, cuyo choque no se soportaría impunemente; agua metralla que atraviesa las paredes de los cobertizos.

Al oír el grito de «¡Chubasco! ¡Chubasco!», los pasajeros habían buscado refugio bajo los chamizos, mientras los marineros nativos luchaban con las dificultades de la navegación, cada vez más críticas.

Desde su puesto de mando, el mestizo Vélez se puso a gritar en la embarcación donde viajaban Marcial y el joven muchacho:

– ¡Cuidado! ¡Ahí están los saltos de Aji! ¡Tendremos que ir sorteando todos esos escollos!

Todo crujía cuando la embarcación chocaba con alguna ola monstruosa, que precipitaba a bordo enormes cantidades de agua. Medio hundida por esta sobrecarga, le hizo temer al jovencito:

– ¡Nos hundiremos, Marcial!

La ribera derecha del Orinoco quedaba a más de mil metros de distancia, por motivo de la curva que describe el río rodeando la embocadura del Guaviare; se la veía a través de la lluvia y el granizo, blanca por la espuma que cubría sus peligrosos arrecifes, así como en los escollos que sobresalían en la agitada corriente.

Y, de pronto, la embarcación sufrió una terrible sacudida.

Acababa de chocar violentamente contra uno de los escollos, dando tan bandada que, si bien no naufragó por completo, con el encontronazo lanzó al joven muchacho al agua.

Un grito terrible dominó por un instante el ensordecedor estruendo de la tempestad:

– ¡Ah…! ¡Marcial…!

Presenciando el alarmante espectáculo desde la otra embarcación, don Felipe anunció:

– ¡Miren! ¡Han zozobrado!

– ¡Y ese muchacho no tendrá fuerzas para luchar con las aguas! —temió don Miguel

– Eso, suponiendo que sepa nadar —musitó don Varinas.

Marcial no dudó un instante y se disponía a arrojarse a la corriente, cuando las musculosas manos del mestizo Vélez le sujetaron al pedir:

– ¿Está loco, señor? ¡Se ahogará también!

– ¡Aparte! ¡Nadie me lo impedirá!

– ¡Pero es…!

– ¡Le digo que me suelte! ¡Tengo que hacer algo!

Pese a sus cincuenta años cumplidos, Marcial continuaba siendo un hombre vigoroso. En aquellos instantes ni tres Vélez juntos habrían sido capaces de sujetarle, por lo que empujándoles con fuerza, consiguió su objetivo.

Pero se equivocó al pensar que con unas cuantas brazadas podría llegar hasta quien precisaba ayuda. En su confluencia con las aguas del Guaviare la corriente del Orinoco había multiplicado su rapidez; las aguas bajaban revueltas por los efectos del chubasco que había terminado en furiosa tempestad, y el otro náufrago, pese a sus esfuerzos por mantenerse a note, también era violentamente arrastrado.

– ¡Marcial! ¡Marcial! ¡Socorro! ¡Me…!

Los gritos de angustia tenían la virtud de multiplicar las fuerzas de los vigorosos brazos del ex militar. Miles de veces aquel hombre había tenido que confiar en su fortaleza física para salir airoso de otras tantas empresas, sobre todo en las batallas que Francia tuvo que librar cuando la guerra de 1870.

Pero ahora no se trataba de luchar contra otros hombres, de disparar con puntería, correr, atacar o mostrarse duro y resistente durante las marchas. Ahora tenía que enfrentarse a las ciegas fuerzas de la Naturaleza desatada, donde la más decidida voluntad del hombre generalmente pocas veces vence.

Fugazmente pensó en todo esto y se desesperó. Pero intentando darse ánimos a él mismo continuó nadando, sin dejar de gritar:

– ¡Aquí! ¡Sigue aguantando! ¡Voy para…!

Las botas y la ropa no le permitían nadar bien. Su propio cuerpo pesaba una tonelada, pero se dijo que no disponía ni de un solo segundo para entretenerse en librarse de todo aquello.

– ¡Tengo que seguir! ¡Tengo que seguir! —se repetía mentalmente.

Y también angustiado, azotado el rostro por las revueltas aguas que lo envolvían todo, de vez en cuando:

– ¿Dónde estás? ¡Dios mío! ¡No… no te veo!

Notó que la impetuosa corriente le estaba acercando a la orilla izquierda, enfadándose consigo mismo. Eso indicaba que también le empezaban a fallar las fuerzas, puesto que su vigoroso nadar le apartaba de la mitad de la corriente, adonde debía volver si quería conseguir algo.

– ¡Ahí! ¡Ahí estás! ¡Ahora veo tu mano alzada! —farfulló lleno de esperanza.

Se había aferrado a uno de los escollos, procurando mantenerse a flote mientras se orientaba. Pero lo terrible era que no podía permitirse el lujo de descansar ni un instante allí, para recuperar las fuerzas. Por eso nuevamente se lanzó a luchar contra la caprichosa corriente, sin advertir que con su propia desesperación a la vez se lanzaba contra el escollo que le había servido de asidero. Bajo el agua sus rodillas chocaron contra las rocas cortantes y afiladas por la incesante corriente, haciéndole exclamar de dolor:

– ¡Ah! ¡Mis rodillas!

Aquel nuevo retraso fue suficiente para las fuerzas del que pretendía salvar, aun a costa de arriesgar su propia vida. Por última vez Marcial vio cómo una mano aleteaba sobre las revueltas aguas, en una muda, pero angustiosa petición de ayuda.

– ¡Dios mío! ¡Se hunde! ¡No… no puede más!

Olvidó sus doloridas rodillas, desechó su propia incapacidad física mermada por el constante esfuerzo, olvidó la terrible tormenta y todo lo que le rodeaba, para lanzarse a bucear bajo las aguas en un último intento.

Y lo hizo dispuesto a morir ahogado también, si no conseguía lo que más anhelaba en aquellos trágicos momentos.

Mientras el valeroso Marcial buceaba bajo las aguas, en la superficie del embravecido Orinoco la tragedia también seguía. En el tremendo encontronazo contra el escollo, la embarcación del mestizo Vélez amenazaba con partirse en dos y su patrón bramó a los marinos nativos:

– ¡Todos al agua, o nos hundiremos también con estos despojos!

El mismo se lanzó a la corriente, con la esperanza de que si habían sido vistos por los de la otra embarcación maniobrarían para ayudarlos. Le seguían sus marineros quienes, hábiles nadadores, no sólo sabían sortear los peligrosos escollos, sino también aprovechar el furioso oleaje para acercarse más a su objetivo.

En efecto, aunque con mil dificultades y ayudándose con los remos, la otra embarcación procuraba acercarse y en una lucha titánica la tripulación conseguía uno a uno ir rescatando a sus compañeros. El forzudo Vélez fue el último en ser atrapado por las manos ansiosas de los tres geógrafos, animándole don Felipe:

– ¡Arriba, amigo!

– ¡Uf! ¡Cuidado! Creo…, creo que mi pierna derecha está herida. ¡Casi no la puedo mover!

– Un poco más y… —jadeó el fatigado don Varinas.

Cuando al fin el mestizo quedó tendido sobre la cubierta, olvidándose de su pierna herida con los escollos y hasta de los tres geógrafos que se inclinaban para atenderle, se puso a pedir:

– ¡Hay que subir a ese loco!

– ¿Se refiere a Marcial?

– ¡Sí! Se lo advertí. ¡Estúpidamente se lanzó al agua!

– Vimos lo ocurrido. Se lanzó porque el muchacho…

– No le podrá salvar. ¡Yo conozco bien estas tormentas!

– Bien, pero ahora…

– ¡Hay que maniobrar, señores! ¡Y hacerlo rápido! Si no salimos pronto de aquí, esta embarcación correrá la misma suerte que la mía.

Con gran esfuerzo, el mestizo consiguió ponerse en pie, para ordenar al instante señalando a dos de los marinos nativos:

– ¡Tú y tú! ¡A por ese hombre! ¡Y rápidos!

Los tres geógrafos silenciosamente admiraron la disciplina de aquellos indios. Ni un solo instante parecieron dudar en cumplir lo que podía significar su muerte, lanzándose con habilidad y rapidez a la agitada corriente del Orinoco que rugía como un auténtico océano en medio de aquella furiosa tormenta.

Los vieron nadar vigorosamente en busca de Marcial, sorteando con suma pericia los peligrosos escollos de las rocas en espera de que, cuando saliera a respirar para tomar aire en sus pulmones, pudieran acercarse a él.

Y cuando lo consiguieron le escucharon gritar:

– ¡No…, no! ¡Uf! ¡Tengo que seguir! ¡Seguir!

– ¡No le hagáis caso! —bramó con su recio vozarrón el mestizo Vélez desde la embarcación—. ¡Arrastradle hacia aquí!

No fue tarea fácil, pese a que el visible agotamiento de Marcial permitió a los dos valerosos indios arrastrarle hacia la embarcación. Pero aun ya estando en ella rodeado por los tres geógrafos que pretendían consolarle, le escucharon musitar terriblemente apenado:

– ¡Dios mío! ¡Déjenme seguir buscando! ¡Déjenme!

– Todo sería inútil, amigo mío —dijo don Felipe.

– ¿No lo comprende, Marcial? —le secundó don Varinas. Menos amable por la firmeza empleada, el mestizo Vélez se puso a decir:

– ¿Es que quiere ahogarse también? Levantando la cabeza abrumada, Marcial reprochó:

– ¡Usted tiene la culpa!

– ¿Yo, señor?

– ¡Sí, usted!

– Por favor, Marcial —solicitó don Felipe.

– ¡Es cierto! ¡No supo maniobrar hábilmente y la embarcación zozobró!

– ¿No ve cómo está la corriente? —se defendió el mestizo—. ¡Ni el más hábil marino puede con el Orinoco, cuando baja así! Nadie podía dudar de que Vélez tenía razón, por lo que don Miguel suplicó al hombre medio trastornado por el dolor:

– Debe calmarse, Marcial. Nada se adelanta reprochándonos cosas.

– Y menos, si nos entretenemos en discutir

– remachó el mestizo—. ¡Lo que hace falta es salir de esta zona! Está cuajada de escollos muy peligrosos y con esta tormenta-Realista como siempre, don Felipe apuntó:

– ¿Qué sugiere usted, Vélez?

– Muy sencillo: en vez de seguir empeñándonos en remontar el río, bajar por él.

– Eso retrasara el…

– Ahora nada importan los retrasos, señores. ¡Lo importante es salvarse! Será más fácil navegar y saldremos pronto de esta zona. Se puede atravesar bien normalmente, pero insisto que con esta tormenta…

– ¡No se hable más! —indicó don Miguel, aunque vuelto hacia los otros indagó—: ¿Están ustedes de acuerdo?

– Por mí, sí —consintió don Varinas.

– Y por mí —aceptó don Miguel.

– Al fin de cuentas, Vélez es el que más entiende de estas cosas —remachó don Felipe.

Marcial seguía como anonadado por el dolor y no intervenía, pero al oír el acuerdo musitó lloroso:

– Al menos, si tenemos un poco de suerte río abajo podremos rescatar su cadáver.

– No debe atormentarse usted, Marcial — pidió don Varinas.

– ¿Y cómo evitarlo, don sabiondo? ¿Poniéndome a pensar en lo que a ustedes les interesa? A mí no me importa si este maldito río es el Orinoco, el Guaviare o el Atabapo. Nosotros…, mi sobrino y yo, sólo veníamos para intentar localizar al comandante Kermor y ahora…, ahora…

Se interrumpía en su desahogo y terminó:

– En caso de encontrarle… ¿Qué le digo de su hijo? ¿Que he permitido que este condenado río se lo trague? '

– Usted hizo todo lo posible. Y en cuanto a nuestro interés científico sobre este río, tiene que saber que… Don Varinas se interrumpió ante el gesto de don Felipe que le pidió:

– No ha querido ofendernos, don Varinas. Debemos comprender que sus palabras son fruto del dolor que siente. Juan era un muchacho lleno de vida y simpatía que se hacía querer y nuestro buen amigo Marcial…

– ¡Nada de «buen Marcial»! —volvió a estallar, furioso contra él mismo—. ¡Soy un inútil!

– Por favor…

– ¡Sí! Eso es lo que soy… Un pobre viejo que no tuvo fuerzas suficientes para acercarme a él y salvarle. Yo…, yo… ¡Me quisiera morir!

Ya hacía algunos minutos que el mestizo Vélez se había hecho cargo de la embarcación, maniobrando con una habilidad en medio de la impetuosa corriente que le acreditaba como excelente marino. Pero llegó un momento en el que, incapaz de resistir más, cuando vio acercarse a don Felipe le confió:

– Señor, van a tener que entablillarme esta pierna. ¡La tengo medio rota!

– Deje el mando a uno de sus hombres, túmbese y…

– No, señor, no podemos permitirnos esos lujos. ¡Debo seguir aquí, en pie!

– Pero así…

– ¡Háganlo como puedan, por favor! ¡Lo primero es seguir conduciendo esta embarcación!

Viendo los ímprobos esfuerzos de aquel hombre rudo pero valiente y pundonoroso, el geógrafo extendió su mano y reconoció:

– ¡Es usted todo un hombre, Vélez!

Telegram

Origin office: the World Wide Web · Destination: aboard the Nautilus

0 words · charge: 0 kreuzers (periods become STOP)