El soberbio Orinoco

3

DOS PIRAGUAS RÍO ARRIBA

Al día siguiente, una vez los cinco invitados del gobernador se despidieron de su amable anfitrión, tanto los tres geógrafos como Marcial y el joven muchacho se dispusieron a alquilar una embarcación.

Pero el reclutamiento de los marineros necesarios no resultaba cosa fácil: era menester buscar hombres diestros y osados, pues la mayoría del tiempo las piraguas tienen que navegar contra el viento durante la estación de las lluvias, y siempre contra la corriente durante los quinientos kilómetros que había desde Las Bonitas hasta llegar a San Fernando.

Quinientos kilómetros de río durante los cuales a veces hay que enfrentarse con impetuosos raudales muy peligrosos, así como tramos llenos de puntiagudas rocas o caprichosos bancos de arena, que obligan a rodeos y enormes esfuerzos, y es que el Orinoco tiene sus caprichos, sus cóleras como el océano, y no se le afronta sin innumerables riesgos y peligros.

No obstante, un gran número de indígenas tienen como único oficio el contratarse para navegar por el río. ¿Pero puede uno fiarse totalmente de tales marineros? A decir verdad, sólo medianamente. Y ello porque a veces resultan rapaces, no muy expertos y suelen desertar cuando las dificultades aumentan y llegan a temer por su propia vida.

Por otra parte, como los viajeros tienen que tratar con el patrón de tales piraguas y el precio del flete se fija, no por la distancia que se ha de recorrer, sino por el tiempo que la embarcación ha de prestar servicios, pensando que al reclutar una tripulación y una sola piragua los gastos y los riesgos se reducían, los tres geógrafos decidieron hablar con el adusto Marcial, máxime conociendo los motivos del viaje del joven muchacho al que deseaban ayudar.

Tratando sobre esto los tres científicos se preguntaron entre sí: ¿Conseguirían domar la ferocidad de aquel ex sargento? ¿Les permitiría estrechar las relaciones con su joven sobrino? ¿Triunfarían de la desconfianza, en verdad inexplicable, del antiguo soldado? ¿Dulcificarían las miradas del cancerbero? Difícil sería, pero don Felipe se arriesgó y buscándoles por los muelles le abordó:

– ¿No le parece que sería más conveniente, más ventajoso, más seguro y hasta más agradable hacer el viaje juntos hasta San Fernando en una misma embarcación?

Ante el gesto adusto de Marcial, don Miguel consideró oportuno remachar:

– Escogiendo una piragua de dimensiones suficientes, los cinco podremos viajar en condiciones más favorables.

Marcial miró a los tres geógrafos y al encararse con don Varinas indagó:

– ¿Y usted no tiene nada que añadir?

– Sólo esperar que usted y su sobrino decidan. Estoy de acuerdo con mis compañeros.

– ¡Pues yo no! —fue la seca respuesta.

– ¿Có…cómo? —balbuceó don Felipe.

– Lo siento… Sí, lo lamento, don Felipe —se dulcificó algo Marcial—, pero sólo con esa negativa puedo contestarles.

– ¿Pero por qué? Y en todo caso, al menos una negativa puede darse en forma más cortés.

– No soy ningún diplomático, don Felipe, sino un rudo ex soldado.

– De todas formas…

Fue cuando el joven se adelantó, diciendo al intervenir:

– Caballeros, les ruego perdonen la rudeza de mi «tío». Su intención no ha sido ofenderles. Lo que ustedes nos proponen atestigua gran cortesía por su parte, y en cualquier otra circunstancia habríamos sido los dos muy dichosos en aprovecharnos de su buena voluntad. Pero nuestro deseo es tener una embarcación para nosotros solos, de la que podamos disponer siempre, según las circunstancias, pues es posible que los informes que nos den nos obliguen a cambiar nuestro itinerario, a permanecer en algún poblado o en otro.

Hizo una pausa y al fin resolvió:

– En una palabra, amigos: tenemos necesidad de la más completa libertad.

– Muy bien, joven: no pretendemos molestarles en nada.

– Al contrario, don Felipe: no nos molestan ustedes.

– Sin embargo… En fin: pese a su negativa, si podemos ser útiles en algo…

– Se lo agradezco por mi «tío» y por mí, don Felipe. Y en caso necesario, crea usted que no dudaremos en acudir a ustedes.

Con gesto retador, don Felipe miró al ex militar, y consciente de que la negativa del joven era influencia suya, le retó:

– ¿Oye usted, señor sargento?

– Oigo, señor geógrafo.

Don Felipe tendió su mano al joven que se la estrechó cordialmente, lo que hizo que Marcial frunciera el ceño cuando los otros dos también parecieron ignorarle a él. Pero se vengó al quedar nuevamente solos al decir:

– Ya viste cómo despaché a esos tipos.

– Lo vi, Marcial. ¡Groseramente!

– ¡Tiene gracia! Lo hago por tu seguridad y encima…

– Eso te lo agradezco, pero lo podrías hacer todo de una forma más amable.

– ¡Bobadas! Todo, mientras no descubran quién eres. Y para eso, cuando más lejos de la gente… ¡Mejor!

Al fin tuvieron suerte y contrataron la embarcación de un mestizo indio llamado Vélez, con quien acordaron que si el viaje de sus dos pasajeros proseguía más allá de San Fernando sobre el curso del Alto Orinoco, él y su tripulación de nueve indios banivas gustosamente les llevarían, pues afirmó:

– No teman: yo ya navegué alguna vez por allí.

Las piraguas más pequeñas del Medio Orinoco están labradas en el tronco de un árbol grueso, entre otros, el del cachicamo. Pero aquélla era de las más grandes, con juncos muy unidos entre sí, redondeadas en los flancos y levantándose en gran arco en la popa. Estas embarcaciones, construidas con bastante solidez, resisten al arrastre sobre los bajos fondos y a los choques del acarreo, cuando es preciso transportarlas más allá de los caudales infranqueables.

En su centro se endereza un alto mástil sostenido por un estay y dos obenques, al que se apareja una vela cuadrada utilizable para el viento de popa. Una especie de pagaya, que sirve de timón, está dirigida por el patrón, colocado en la popa. La parte anterior de la piragua está descubierta desde la armazón del mástil hasta la proa. En este sitio está la tripulación durante el día y duerme también allí por la noche: tripulación compuesta, generalmente, por diez indios; el patrón y nueve hombres.

En la parte posterior tienen un cobertizo, especie de «camarote» general, donde van los pasajeros de categoría. Y allí se habían instalado Marcial y su «sobrino» cuando en el instante de partir una voz conocida les gritó:

– ¡Eh! ¿Pensaban marcharse sin nosotros?

De un manotazo, Marcial descorrió la lona, miró al exterior y fulminando con las pupilas a una embarcación muy parecida a la suya, anunció:

– ¡Ahí están esos pesados! ¡No se despegan de nosotros!

Pero al joven le dio alegría la noticia, también salió al exterior y agitando su mano deseó, al reconocer a los tres geógrafos:

– ¡Buen viaje, amigos!

– ¡Les seguimos! También estamos dispuestos a partir —les gritó don Miguel.

– ¡Eso si no les molesta! —voceó fuerte don Varinas.

Los marineros de una y otra embarcación subían los últimos bultos desde el muelle, cuando en aquella obligada espera el joven aún celebró, comunicándose con los tres geógrafos a gritos:

– ¡No nos molesta, don Varinas! Dicen que en las orillas hay ladrones y a veces asaltan las embarcaciones. Si las nuestras marchan cerca, mejor.

– Cierto, muchacho. Hoy mismo he oído que una pandilla de indios quivas mandada por un portugués evadido del penal de Cayena, opera río arriba.

Contra su costumbre, al oír aquello Marcial se adelantó para caminar sobre cubierta y acercarse al máximo a la vecina embarcación, para indagar:

– ¿Dijo un portugués, evadido del penal de Cayena, don Felipe?

– Eso dije: creo que se llama Alfañiz… o algo así.

Incapaz de contenerse, cerrando con fuerza los puños, Marcial renegó visiblemente irritado:

– ¡Diablos! Parece mentira, pero debe ser…, sí, debe ser-Observando la extraña reacción de su compañero de viaje, el joven también se adelantó y atosigó al indagar:

– ¿Qué pasa, Marcial? ¿Por qué pones esa cara?

– ¿Qué cara pongo, caray?

– Te conozco bien. El bigote y las cejas te se alteran cuando te preocupa algo.

– No me preocupa nada.

– ¡Tienes que decírmelo! Al oír el nombre de ese portugués huido de Cayena, tu rostro se alteró.

– ¡Sapos y culebras…! Sí: creo que tengo que decírtelo.

– ¿Quieres hablar de una vez, por favor?

– Bueno…, hace muchos años tu padre fue testigo de cargo contra un soldado portugués llamado así. ¡Aquel Alfañiz era una mala bestia!

– ¿Qué hizo?

– ¡Asesinar! ¡Robar y matar cruelmente! Y tu padre, como jefe del Regimiento, tuvo que declarar contra él.

– ¡Dios santo! ¿Y tú crees…, crees que será el mismo?

– Al menos le mandaron a Cayena, para que cumpliera la condena de veinte años que le echaron.

– O sea que, desde Francia, le enviaron aquí. ¡A América!

– Sí, a la Cayena francesa. ¡Pero antes juró vengarse de tu padre, aunque fuese lo último que hiciera en su perra vida!

El joven se puso a temblar, pero deseando darse ánimos a él mismo recordó:

– No habrá cumplido aún su condena y seguirá…

Volviendo a irritarse, Marcial señaló a la vecina embarcación y recordó bruscamente:

– ¿No acabas de oír que escapó del penal?

– ¡Ah, sí, perdona! Y tú temes… Temes que cumpla su venganza, ¿verdad?

– Tipos así jamás olvidan. ¡Son rencorosos hasta la muerte! Y yo conocí bien a ese Alfañiz, te lo aseguro…

Acercándose al hombre corpulento, el muchachito musitó:

– ¡Tengo miedo, Marcial! Ahora que por fin quizá es posible encontrar a mi padre, ese canalla también puede…

– Tranquilízate, por favor. Sólo fue un presentimiento.

– ¿Y si ronda con esa partida de indios quivas por aquí? Don Felipe dijo que suelen asaltar las embarcaciones.

– Tengo el rifle y no les será tan fácil. Y los indios de la tripulación lucharían, al menos para defender sus vidas, a nuestro lado.

Deseó seguir animando a su joven acompañante y, al señalar a la vecina embarcación por primera vez reconoció:

– Y además, llevaremos buena compañía. Esos tres geógrafos parecen hombres valientes y decididos.

– ¿Lo ves, Marcial? ¿No te alegras ahora de que nos sigan en su embarcación?

– ¡Por Cristo que sí! Esto varía las cosas. Te prometo que, en la primera ocasión, me disculparé con ellos.

Por fin las maniobras terminaron y las dos embarcaciones, casi a la par, empezaron su recorrido por el Medio Orinoco. ¡Qué largas horas, qué monótonos días habrían de transcurrir a bordo de aquellas piraguas!

Aunque tal monotonía no existiría para don Felipe y sus dos compañeros, ya que mientras llegaban al confluente del Guaviare y del Atabapo, tendrían que tomar notas geográficas, completarían el reconocimiento hidrográfico del Orinoco, estudiando la disposición de sus muchos afluentes no menos numerosos —tiene en el total de su recorrido más de trescientos— y de sus muchas islas.

Sí; tendrían que establecer las situaciones de sus raudales, y rectificar, en fin, los errores de que aún estaban llenos los mapas de tales territorios.

Que el tiempo transcurre velozmente para los sabios… que quieren saber más.

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