El secreto de Maston

CAPÍTULO XIX

EN EL QUE J. T. MASTON ECHA ACASO DE MENOS EL TIEMPO EN QUE LAS TURBAS QUERÍAN LINCHARLO

Las capitales de las naciones, lo mismo que las poblaciones de alguna importancia, y hasta las aldeas más modestas, esperaban espantadas. Gracias a los periódicos repartidos con profusión por la superficie del globo, todo el mundo conocía la hora precisa que correspondía a la medianoche del Kilimanjaro, situado a los treinta y cinco grados Este, según la diferencia de longitudes.

Para no citar más que las ciudades principales –recorriendo el Sol un grado por minuto–, esa hora era:

En París . . . . . . . . . . . . . . 9 h. 40 m. noche En San Petersburgo . . . . 11 31 » En Londres . . . . . . . . . . . 9 30 » En Roma . . . . . . . . . . . . . 10 20 » En Madrid . . . . . . . . . . . . 9 15 » En Berlín . . . . . . . . . . . . . 11 20 » En Constantinopla . . . . . 11 26 » En Calcuta . . . . . . . . . . . . 3 04 mañana En Nanking . . . . . . . . . . . 5 05 »

Como ya se ha dicho, en Baltimore, doce horas después del paso del Sol por el meridiano del Kilimanjaro eran las cinco y veinticuatro minutos de la tarde. Inútil es insistir sobre las angustias de aquel instante. La más elocuente de las plumas modernas no sabría describirlas, ni aun con el estilo de la escuela decadente y delincuente. ¡Que los habitantes de Baltimore no corriesen el peligro de ser barridos por los mares lanzados fuera de su lecho, sea! [Que no se tratase para ellos más que de ver la bahía de Chesapeake vaciarse y el cabo Hatteras, que la termina, alargarse como una cresta de montaña por encima del Atlántico en seco, de acuerdo! Pero la población, como tantas otras no amenazadas de emersión o de inmersión, ¿no sería destruida por la sacudida, arruinados sus monumentos, sus barrios tragados por los abismos que podían abrirse en la superficie del suelo. Y estos temores, ¿no eran muy justificados para las diversas partes del globo que no debían cubrir las aguas desniveladas? Sí, evidentemente. Por esto, todo ser humano sintió el estremecimiento del espanto deslizarse hasta la medula de los huesos durante aquel minuto fatal. ¡Sí!, todos temblaban; menos uno: el ingeniero Alcides Pierredos. Faltándole tiempo para dar a conocer lo que un último trabajo acababa de revelarle, bebía una copa de champaña en uno de los mejores cafés de la ciudad, a la salud del Viejo Mundo. El vigesimocuarto minuto después de las cinco, correspondiente al minuto del Kilimanjaro, pasó... En Baltimore... ¡nada! En Londres, en París, en Roma, en Constantinopla, en Berlín, {nada...! ¡Ni el menor choque! M. John Milne, observando en la mina de hulla de Takoshima (Japón) el tronómetro (8) que había instalado, no notó el menor movimiento anormal en la corteza terrestre de aquella parte del mundo. En fin, en Baltimore, nada absolutamente. Por lo demás, el cielo estaba nublado y, llegada la noche, fue imposible reconocer si el movimiento aparente de las estrellas tendía a modificarse, lo que habría indicado desviación en el eje terrestre. ¡Qué noche pasó J. T. Maston en su retiro, ignorado de todos, menos de la señora Evangelina Scorbitt! El vehemente artillero estaba furioso. ¡No podía

8 El tronómetro es una especie de péndulo cuyas oscilaciones marcan los movimientos microsísmicos de la corteza terrestre.

permanecer quieto! ¡Qué prisas sentía que pasaran algunos días, para ver si la curva del Sol se modificaba –señal indiscutible del éxito de la operación–! Este cambio, en efecto, no podía ser notado en la mañana del 23 de setiembre, pues en esta fecha el astro del día se alza invariablemente por el Este para toda la Tierra.

Al día siguiente, el sol apareció sobre el horizonte siguiendo su costumbre.

Los delegados europeos estaban en aquel momento reunidos en la terraza de su hotel. Tenían a su disposición instrumentos de una precisión extrema, que les permitía comprobar si el Sol describía rigurosamente su curva por el piano del Ecuador.

Pero no ocurría nada, y algunos momentos después de su salida, el disco radiante inclinábase hacia el hemisferio austral. Nada, pues, había cambiado en su marcha aparente.

El mayor Donellan y sus colegas saludaron la antorcha celeste con hurras entusiastas, y le hicieron una ovación. ¡El cielo estaba soberbio en aquel momento; el horizonte enteramente despejado de los vapores de la noche y jamás el gran actor se presentó en una más hermosa escena en tales condiciones de esplendor, ante un público maravillado!

– ¡Y en el lugar mismo marcado por las leyes de la astronomía...! –exclamó Eric Baldenak.

– ¡De nuestra antigua astronomía –hizo observar Boris Karkov–, y que esos insensatos pretendían destruir!

– ¡Ellos lo serán para su ruina y su vergüenza! –añadió Jacques Jansen, por cuya boca parecía hablar Holanda entera.

– ¡Y el dominio ártico permanecerá eternamente bajo los hielos que lo cubren! –dijo el profesor Jan Harald.

– ¡Hurra por el Sol! –gritó el comandante Donellan–. ¡Tal es, y tal basta para las necesidades del mundo!

– ¡Hurra...! ¡hurra! –repitieron unidos en una sola voz los representantes de la vieja Europa.

En aquel momento fue cuando Dean Toondrik, que no había dicho nada hasta entonces, hizo esta observación, bastante juiciosa:

– Acaso no hayan disparado...

– ¿No disparado...? –exclamó el mayor–. ¡Haga el cielo que hayan disparado, al contrario, y mejor dos veces que una!

Esto es precisamente lo que se decían J. T. Maston y la señora Scorbitt. Esto también lo que se preguntaban los sabios y los ignorantes, unidos en este instante por la lógica de la situación.

Esto es lo mismo que se repetía Alcides Pierredos, añadiendo:

– ¡Que hayan disparado o no, poco importa...! ¡La Tierra no ha cesado de valsar sobre su viejo eje y de moverse como de costumbre!

En suma, se ignoraba lo que había pasado en el Kilimanjaro. Pero antes de que terminase el día, hubo una contestación a aquella pregunta que se hacía la humanidad.

Llegó un despacho a los Estados Unidos, enviado por Richard W, Trust, del consulado de Zanzíbar, y he aquí lo que contenía:

«Zanzíbar, 23 setiembre

(siete y veintisiete minutos de la mañana)

»A John S. Wright, ministro de Estado.

«Disparo hecho anoche, doce en punto, por cañón perforado en la ladera meridional del Kilimanjaro. Paso del proyectil con silbidos espantosos. Horrible detonación. Provincia devastada por tromba de aire. Mar levantado hasta canal Mozambique. Numerosos barcos lanzados sobre la costa. Caseríos y aldeas destruidas. Todo va bien.

RICHARD W. TRUST.»

¡Sí! Todo iba bien, puesto que no había habido ningún cambio, salvo los desastres producidos en el Wamasai, arrasado en parte por aquella tromba artificial, y los naufragios provocados por el movimiento de las capas de aire. ¿No había sucedido lo mismo cuando el famoso «Columbiad» había lanzado su proyectil hacia la Luna? ¿No se había sentido la sacudida comunicada al suelo de Florida, en un radio de cien millas? ¡Sí, ciertamente! Pero esta vez el efecto debía haber sido centuplicado.

Como quiera que sea, el despacho hacía saber dos cosas a los interesados del Antiguo y Nuevo Continente :

1.a Que el enorme aparato había podido ser fabricado en los mismos flancos del Kilimanjaro.

2.a Que el disparo se había efectuado a la hora marcada.

El mundo entero lanzó, entonces, un inmenso grito de satisfacción, seguido de una inmensa carcajada.

La tentativa de Barbicane y Compañía había fracasado vergonzosamente. ¡Las fórmulas de J. T. Maston eran buenas para tirarlas al cesto de los papeles! La North Polar Practical Association no tenía más remedio que declararse en quiebra.

¿Pero es que, por casualidad, se habría equivocado en sus cálculos el secretario del Gun Club?

– ¡Más bien creería haberme engañado en la afección que me inspira! –se dijo la señora Evangelina Scorbitt.

El ser humano más desconcertado que había entonces sobre la superficie del esferoide, era J. T. Maston. Viendo que nada había cambiado en las condiciones en que se movía la Tierra desde su creación, se había mecido en la esperanza de que cualquier accidente hubiera podido retrasar la operación de sus colegas...

Pero después del despacho de Zanzíbar no había más remedio que reconocer que la operación había fracasado.

¡Fracasado...! ¿Y las ecuaciones y las fórmulas de donde él había deducido el éxito de la empresa? ¿Es que un cañón de seiscientos metros de largo y de veintisiete de ancho, lanzando un proyectil de ciento ochenta millones de kilogramos, por la deflagración de dos mil toneladas de meli-melonita, con una velocidad inicial de dos mil ochocientos kilómetros, era insuficiente para provocar el cambio de los Polos? ¡No...! ¡Esto no era admisible!

¡Y, sin embargo...!

Así, J. T. Maston, presa de una violenta exaltación, declaró que quería abandonar su retiro. La señora Evangelina Scorbitt intentó vanamente impedirlo, no porque tuviese ya que temer por su vida, pues el peligro había concluido, sino porque hubiera querido evitarle las bromas que serían dirigidas al desventurado matemático, las pullas, las sátiras que lloverían sobre su obra.

Y, cosa más grave: ¿qué acogida le harían sus colegas del Gun Club? ¿No atribuirían a su secretario el fracaso que les cubría de ridículo? ¿No era a él, el autor de los cálculos, a quien correspondía íntegra la responsabilidad de aquel mal paso?

J. T. Maston no quiso oír nada, y resistió a las súplicas y a las lágrimas de la señora Evangelina Scorbitt. Salió de la casa donde estaba oculto, y apareció en las calles de Baltimore. Fue reconocido, y aquellos a quienes había amenazado en su fortuna y en su existencia, y cuyas angustias había mantenido por la obstinación de su mutismo, se vengaron mofándose de él e injuriándole de mil maneras.

¡ Había que oír a aquellos pilluelos de América!

– ¡Eh, anda, enderezador del eje!

– ¡Componedor de relojes!

En una palabra, el desconcertado, el burlado secretario del Gun Club viose obligado a volverse al hotel de New-Park, donde la señora Evangelina Scorbitt agotó todo el tesoro de sus caricias para consolarle. Pero fue en vano. J. T. Maston –a imitación de Niobe– noluit consolari, porque su cañón no había producido sobre el esferoide terrestre más efecto que un simple petardo.

Quince días transcurrieron en estas condiciones, y el mundo, repuesto de sus antiguos espantos, no pensaba ya en los proyectos de la North Polar Practical Association.

¡ Quince días, y ninguna noticia del presidente Barbicane ni del capitán Nicholl! ¿Habían perecido a consecuencia de la explosión en los estragos ocasionados en el Wamasai? ¿Habían pagado con su vida la mixtificación más inmensa de los tiempos modernos?

¡No!

Después de la detonación, derribados por tierra al mismo tiempo que el sultán, su corte y algunos millares de indígenas, se habían levantado sanos y salvos.

– ¿Ha salido bien? –preguntó Bali-Bali frotándose los hombros.

– ¿Lo dudáis?

– Yo... dudarlo... Pero ¿cuándo sabréis...?

– ¡Dentro de unos días! –respondió el presidente Barbicane.

¿Había comprendido que la operación había fallado...? ¡Acaso! Pero jamás lo habría confesado delante del soberano de Wamasai.

Cuarenta y ocho horas después, los dos colegas se despedían de Bali-Bali, no sin haber pagado una fuerte suma por los desastres causados en la superficie de su reino. Como aquella suma entró en las cajas particulares del sultán, y sus súbditos no recibieron ni un dólar, su majestad no tuvo nada que lamentar de aquel lucrativo negocio.

Luego, los dos colegas, seguidos de sus contramaestres, llegaron a Zanzíbar, donde se encontraba un barco dispuesto a zarpar para Suez. De aquí, con nombres supuestos, el vapor-correo de las Mensajerías Marítimas, Marie, los transportó a Marsella; el ferrocarril P. L. M, a París –sin descarrilamiento ni choque–; el del Oeste, a El Havre, y, en fin, el transatlántico Borgoña a América.

En veintidós días habían hecho el viaje desde Wamasai a Nueva York, Estado de Nueva York.

Y el 15 de octubre, a las tres de la tarde, llamaban ambos a la puerta del hotel New-Park.

Un instante después se encontraron en presencia de la señora Evangelina Scorbitt y de J. T. Maston.

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