Robur el conquistador

Capítulo IX

En el cual el Albatros recorre unos diez mil kilómetros, terminando en un salto prodigioso

Uncle Prudent y Phil Evans estaban resueltos a fugarse. Si no hubiesen tenido que habérselas con ocho hombres extremadamente vigorosos que componían el personal del aparato, acaso habrían intentado la lucha. Un golpe de audacia hubiera podido hacerles dueños de la máquina y permitirse descender sobre algún punto de Estados Unidos. Pero eran dos (Frycollin no debía considerarse sino como cantidad negativa), y no había que pensar en ello. Ahora bien, puesto que no podía emplearse la fuerza, convenía recurrir a la astucia cuando el Albatros tomase tierra. Esto fue lo que Phil Evans procuró hacer comprender a su irascible colega, de quien temía siempre una violencia importuna, que hubiera agravado la situación.

En todo caso, éste no era el momento. La aeronave volaba a una gran altura por encima del Norte del Pacífico.

Al día siguiente por la mañana, 16 de junio, no se veía ya ninguna costa. Como el litoral se redondeó desde la isla de Vancouver hasta el grupo de las Aleutianas, parte de la América rusa cedida a los Estados Unidos en 1867, verosímilmente el Albatros le cruzaría por su extrema curvatura, si su dirección no se modificaba.

¡Cuán largas parecían las noches a los dos colegas! Por esto tenían afán de salir de su camarote. Esa misma mañana, cuando se presentaron sobre el puente, horas antes el alba había iluminado ya el horizonte del Este. Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal, y bajo el sexagésimo paralelo apenas era de noche.

En cuanto a Robur, por costumbre o con segunda intención, no se apresuraba en salir de su departamento. Ese día, cuando salió, se limitó a saludar a sus huéspedes en el momento en que se cruzaba con ellos en la popa de la aeronave.

Poco después; con los ojos inyectados en sangre a causa del insomnio, la mirada extraviada y las piernas vacilantes, Frycollin se atrevió a salir de su garita. Marchaba como un hombre que siente que el terreno que pisa no es sólido. Su primera mirada fue para el aparato suspensor que funcionaba con una regularidad tranquilizadora y sin grande rapidez.

Hecho esto, el negro, siempre titubeando, se dirigió a la barandilla del aparato, asiéndose a ella con ambas manos, a fin de asegurar mejor el equilibrio. Se entendía que deseaba formarse una idea del país en que el Albatros se cernía, a doscientos metros como máximo.

Frycollin debió forzar mucho su valor para arriesgarse a semejante tentativa. Era mucha su audacia, desde luego, someter su persona a una prueba de tal naturaleza y más aún dada su cobardía. Primero, se mantuvo con el cuerpo inclinado hacia atrás, ante la barandilla; luego la sacudió para comprobar su solidez; luego se enderezó para encorvarse en seguida hacia delante, y finalmente echó la cabeza afuera. No está demás decir que mientras ejecutaba estos movimientos, tenía los ojos cerrados. Pero cuando al fin los abrió, ¡qué grito! ¡Y cuán pronto se retiró! ¡De qué manera hundió la cabeza entre los hombros!

En el fondo del abismo había visto el inmenso océano. Sus cabellos se hubiesen puesto de punta, si no los hubiera tenido ensortijados.

-¡El mar!... ¡El mar!... - exclamó.

Y Frycollin se hubiera caído contra la plataforma, de no haberse hallado cerca el cocinero para recibirle en sus brazos. Este cocinero era francés, y tal vez un gascón, a pesar que se llamaba Francisco Tapage. Si no era gascón, por lo menos había acaso aspirado las brisas del Garona durante su infancia. ¿Pero cómo se encontraba este Francisco Tapage al servicio del ingeniero? ¿Por qué serie de circunstancias formaba parte del personal del Albatros? Nada se sabe absolutamente. En todo caso, este pillete hablaba inglés lo mismo que un yanqui.

-¡Eh! ¡Firme! ¡Enderézate! - exclamó, sosteniendo al negro Frycollin, dándole un golpe vigoroso en la cintura.

-¡Señor Tapage!... - respondió el pobre diablo arrojando miradas desesperadas sobre las hélices.

-¡Firme, Frycollin!

-¿Se rompe eso algunas veces?

-No; pero esto concluirá por romperse.

-¿Por qué? ¿Por qué?... Porque todo cansa, todo pasa y todo se rompe, como se dice en mi país.

-¡Y el mar que está debajo!...

-En caso de caer, más vale que sea en el mar.

-¡Pero uno se ahoga!...

-Antes que uno se ahogue, se cuidan de comérselo los tiburones -afirmó Francisco Tapage acentuando la frase. Un instante después, merced a una reacción de terror, Frycollin se había sepultado en el fondo de su cabina.

Durante este día, 16 de junio, la aeronave iba a una marcha moderada. Parecía rasar la superficie de ese mar tranquilo, impregnado del Sol que avanza a poca altura.

Uncle y su compañero permanecían en su camarote, a fin de no encontrarse con Robur, que se paseaba fumando, unas veces solo, otras con el contramaestre Tom Turner. No había más que un corto número de hélices funcionando, y esto bastaba para mantener el aparato con toda seguridad en las bajas zonas de la atmósfera.

En estas condiciones, las gentes del Albatros hubieran podido entregarse al placer de la pesca para dar variedad a su vida monótona, si las aguas del Pacífico hubieran contenido abundante pesca.

Pero en la superficie del mar aparecían solamente algunas ballenas de la especie de vientre amarillo que miden hasta veinticinco metros de longitud, y son los cetáceos más temibles de los mares boreales. Los pescadores de profesión se guardan bien de atacarlas: ¡tan prodigiosa es su fuerza!

Sin embargo, arponeando una de estas ballenas, sea con el arpón ordinario, o sea con el cohete Fletcher o la jabalina bomba, de la cual había gran surtido a bordo, esta pesca hubiera podido hacerse sin peligro.

Pero ¿a qué conducía esta muerte inútil? Sin embargo, y sin duda con la finalidad de demostrar a los dos miembros del Weldon Institute lo que podía obtener con su aeronave, Robur quiso pescar uno de estos formidables cetáceos. Al grito de ¡Ballena! ¡Ballena! Uncle Prudent y Phil Evans salieron de su camarote. Tal vez habrían divisado algún buque ballenero. En este caso, para salir de su prisión volante, ambos hubieran sido capaces de precipitarse en el mar, contando con la eventualidad de ser recogidos por una embarcación. Desgraciadamente, no era así.

A todo esto, el personal entero del Albatros se había formado sobre la plataforma. Esperaba.

-¿Así que vamos a pescar, señor Robur? - preguntó el contramaestre Turner.

-Sí, Tom - respondió el ingeniero.

En sus puestos junto a la maquinaria se hallaban el mecánico y sus dos ayudantes, preparados para ejecutar las maniobras que se les mandase por medio de gestos. El Albatros no tardó en descender al mar, deteniéndose a unos cincuenta pies sobre el nivel del agua.

No había ningún buque a la vista lo que pudieron ver los dos colegas, ni tierra en donde hubieran podido saltar, admitiendo que el ingeniero Robur no hubiera hecho nada para volver a subir.

Muchos chorros de vapor y de agua lanzados por sus fosas nasales, anunciaron muy pronto la presencia de las ballenas que venían a respirar a la superficie del mar.

Tom Turner, ayudado por uno de sus camaradas, se había calocado delante. A su alcance tenía una de las jabalinas bombas, de fabricación californiana, que se lanzan con un cañoncito. Es un tipo de cilindro de metal que acaba en una bomba cilíndrica, armada de una espiga con punta a manera de anzuelo.

Desde el banco de la proa, sobre el cual acababa de subir, indicaba Robur con la diestra a los mecánicos, y con la izquierda al timonel, las maniobras que éstos tenían que ejecutar. De esta manera mandaba a la aeronave en todas las direcciones, tanto horizontal como vertical. No podría imaginarse con qué rapidez, y con qué precisión obedecía el aparato. Se habría dicho que era un ser organizado, cuya alma era la del ingeniero Robur.

-¡Ballena!... ¡Ballena!... - exclamó de nuevo Tom Turner.

En efecto, observábase surgir el lomo de un cetáceo a unos cuatro cables por la proa del Albatros.

El Albatros fue a colocarse encima y se detuvo cuando se encontró a unos sesenta pies de la ballena.

Tom Turner apuntó su arma que reposaba sobre una horquilla fija en la baranda. Salió el tiro, y el proyectil, llevando consigo una larga cuerda, cuyo extremo hallábase sujeto a la plataforma, hirió el cuerpo de la ballena. La bomba, llena de una materia fulminante, hizo explosión, y estallando, lanzó una especie de pequeño arpón de dos ramas, que se incrustó en las carnes del animal.

-¡Atención! - exclamó Turner.

Uncle y Phil, pese a su animosidad, se interesaron en el espectáculo.

La ballena, herida gravemente, agitó su larga cola en el agua hasta el extremo de hacer saltar grandes masas de líquido que se introdujeron en la proa de la aeronave. Luego, el animal se sumergió a gran profundidad, arrastrando la cuerda previamente enroscada en una tina llena de agua a fin de que no se incendiara con el frotamiento. Cuando por fin la ballena volvió a la superficie, quiso huir a todo escape en dirección Norte.

Puede imaginarse la rapidez con que el Albatros se lanzó en su persecución. Los propulsores se detuvieron, dejándose libre al animal, sosteniéndose en línea con él. Tom Turner estaba dispuesto a cortar la cuerda, en caso que el monstruoso cetáceo hubiera vuelto el remolque demasiado peligroso. Por espacio de media hora, y acaso a una distancia de seis millas, el Albatros fue arrastrado de esta manera; luego, notóse que la ballena comenzaba a debilitarse.

Entonces, a un gesto de Robur, los ayudantes mecánicos dieron marcha atrás, y los propulsores comenzaron a oponer cierta resistencia a la ballena, que poco a poco se aproximó a bordo.

Al instante la aeronave colocóse a unos veinticinco pies encima del animal. Su cola batía todavía el agua con increíble violencia y revolviéndose, mostrando unas veces el lomo y otras el vientre, producía enormes remolinos.

De repente se incorporó, por decirlo así, levantó la cabeza y la sumergió luego con tal rapidez, que Tom Turner apenas tuvo el tiempo necesario para darle cuerda.

De pronto la aeronave fue arrastrada hasta la superficie de las aguas. Formóse un gran remolino en el lugar donde el animal había desaparecido. Un golpe de mar saltó sobre la baranda, de la misma manera que cae sobre las empavesadas de un buque que corre contra el viento y las olas.

Felizmente, Tom Turner de un hachazo, cortó la cuerda, y el Albatros, desprendido de su remolque, se remontó a doscientos metros, merced a la potencia de sus hélices ascensionales.

En cuanto a Robur, había maniobrado el aparato sin que le hubiese abandonado ni un instante su sangre fría.

Algunos minutos después, la ballena volvió a aparecer sobre la superficie, esta vez muerta, y de todas partes acudieron las aves marinas para arrojarse sobre el cadáver, lanzando graznidos capaces de aturdir o ensordecer a todo un Congreso.

El Albatros, no teniendo nada que hacer con aquel despojo, tornó a emprender su marcha hacia el Oeste.

Al día siguiente, 17 de junio, a las seis de la mañana, se perfiló una tierra en el horizonte. Eran la península de Alaska y la larga cordillera de rocas de las Aleutianas.

El Albatros saltó por encima de esta barrera, donde pululan las focas con piel, que cazan los aleutianos por cuenta de la Compañía rusoamericana. ¡Excelente negocio la captura de estos anfibios, de seis a siete pies de largo, y peso trescientas a quinientas libras! Se veían hileras interminables, enfiladas en frente de batalla, y que se habrían podido contar por millares.

Si no tropezaron al paso del Albatros con estos animales, no sucedió lo mismo con los somormujos, lumnos e imbienas, cuyos roncos graznidos atronaron en el espacio, y que desaparecieron bajo las aguas como si se hubieran visto amenazados por alguna formidable fiera del aire.

Los dos mil kilómetros del mar de Bhering, desde las primeras Aleutianas hasta la punta extrema de Kamchatka; los atravesaron durante las veinticuatro horas del día y de la noche siguiente. Para poner en ejecución su proyecto de fuga, Uncle Prudent y Phil Evans no se encontraban ya en condiciones favorables. Ni en las desiertas riberas de la Alta Asia, ni en los parajes del mar de Okhotsk podía efectuarse una evasión con probabilidades de éxito. Visiblemente, el Albatros se encaminaba hacia las tierras del Japón o de la China. Aquí, aunque tal vez no fuera prudente entregarse a la discreción de los chinos y japoneses, los dos colegas estaban resueltos a fugarse, si la aeronave hacía alto en un punto cualquiera de estos territorios.

Pero, ¿haría alto? No se trataba de él como de un pájaro que acaba por fatigarse de un prolongado vuelo, o de un globo que a falta de gas se ve obligado a descender. Había provisiones para muchas semanas aún, y sus órganos de solidez maravillosa, no sentían debilidad ni cansancio.

Diose un salto sobre la península de Kamchatka, de la que apenas se percibió el establecimiento de Petropavlosk y el volcán Klontschen durante el 18 de junio; luego otro salto por encima del mar de Okhotsk, cerca de la altura de las islas Kuriles, que forman una barrera quebrada por centenares de pequeños canales. El 19 de junio, al amanecer, el Albatros pudo alcanzar el estrecho de Laperouse, cerrado entre la punta septentrional del Japón y la isla Sajalin, en esa pequeña Mancha en donde desagua el gran río siberiano, el Amur.

En esto, se levantó una densa neblina, que la aeronave superó sin dejar de seguir su ruta. La altitud que mantenía, sin embargo, no debía hacerle temer la presencia de ningún obstáculo temible, ni monumentos elevados con los que pudiera impactar, ni montañas contra las cuales hubiera corrido el riesgo de encontrarse en su vuelo. Este país era poco escabroso, repetimos, pero la precaución se tomaba para evitar aquellos vapores que habría sido poco agradables, amén que todo se hubiera mojado a bordo.

La capa de brumas se elevaba de trescientos a cuatrocientos metros. La acción de las hélices fue más rápida, y más allá de la neblina, encontró el Albatros las regiones deslumbradas del cielo.

En estas condiciones, Uncle y Phil hubieran encontrado algún trabajo para realizar sus proyectos de evasión, admitiendo que hubiesen podido salir del aparato.

Aquel día, en ocasión de que Robur pasaba cerca de ellos, se detuvo un instante, y les dijo, con el aparente aire de no dar al asunto la menor importancia:

-Caballeros, un buque de vela o de vapor perdido en las brumas, de las cuales no puede salir, ha de hallarse siempre muy molesto. No navega sino al toque del silbato o del cuerno. Necesita detener su marcha, y a pesar de tantas precauciones, a cada instante hay que temerse una colisión. El Albatros no experimenta ninguno de estos cuidados. ¡Que se le presenten brumas! Sabrá librarse de ellas. El espacio es suyo, enteramente suyo. No ha de sentir temores.

Dicho esto Robur continuó tranquilamente su paseo sin esperar alguna respuesta que él no había pedido, y el humo de su pipa se perdió en el azul.

-Uncle Prudent -dijo Phil Evans-: Parece que este asomobroso Albatros no tiene nada que temer.

-Ya lo veremos - respondió el presidente del Weldon Institute.

Aquella neblina continuó tres días: el 19, 20 y 21 de junio, con una persistencia sensible. Fue necesario elevarse para evitar tropezar con las montañas japonesas del Fujiyama. Pero habiéndose disipado la cortina de brumas, se distinguió una inmensa ciudad con palacios, quintas, casas de recreo, jardines y parques. Todavía sin verla, Robur la hubiese reconocido solo por los ladridos de sus millares de perros, por los graznidos de sus aves de rapiña, y sobre todo, por el olor cadavérico que arrojan al espacio los cuerpos de los ajusticiados.

Los dos colegas se hallaban sobre la plataforma, en el instante que el ingeniero tomaba notas para el caso en medio de la neblina.

-Señores -dijo-, no tengo ninguna razón para ocultaros que esta ciudad es Yedo, la capital del Japón.

Uncle Prudent no respondió. En presencia de Robur se sofocaba, como si el aire faltase en sus pulmones.

-Esta vista de Yedo -prosiguió- es verdaderamente curiosa.

-Por curiosa que sea no vale... - empezó a replicar Phil Evans.

-¿No vale lo que Pekín? -interrumpió el ingeniero-. Soy de la misma opinión, y vos podréis juzgar de ello dentro de poco tiempo.

No era posible ser más amable.

El Albatros, que tomaba rumbo hacia el Sudeste, cambió entonces su dirección, a fin de buscar en el Este un nuevo sendero.

Durante la noche se disipó la neblina, y aparecieron síntomas de un tifón no muy lejano; bajada rápida del barómetro, desaparición de vapores, grandes nubarrones en forma elipsoidal, signos extraños en el fondo cobrizo del cielo; en el horizonte opuesto, manchas largas de carmín perfectamente trazadas en un mantel de pizarra, y un ancho sector enteramente claro en el Norte; además, el mar aparecía tranquilo, pero sus aguas, que eran del color del Sol, tomaron un tono sombrío de escarlata que parecía amenazador.

Afortunadamente, este tifón se desencadenó más al Sur, y no tuvo otro resultado que el de disipar las brumas amontonadas durante los tres días anteriores.

En el espacio de una hora se atravesaron los doscientos kilómetros del estrecho de Corea, y después la punta extrema de esta península.

En tanto que el tifón batía las costas Sudeste de China; el Albatros se balanceaba sobre el mar Amarillo, y durante los días 22 y 23, por encima del golfo de Petcheli; el 24 remontaba el valle de Pei-Ho y se cernía al fin, sobre la capital del Celeste Imperio.

Inclinados fuera de la plataforma, los colegas del Weldon Institute, como lo había anunciado el ingeniero, pudieron ver distintamente esta ciudad inmensa, el muro que la divide en dos partes, ciudad manchú y ciudad china, los doce barrios que la rodean, los anchos bulevares que confluyen hacia el centro, los templos, cuyos techos colores amarillos y verdes se bañaban en el Sol levante, los parques que rodean los hoteles de los mandarines; luego, en medio de la ciudad manchú, las seiscientas setenta y ocho hectáreas de aquella Ciudad Amarilla con sus pagodas, sus jardines imperiales, sus lagos artificiales, su montaña de carbón que domina a toda la capital; y en fin, en el centro de la Ciudad, como un cuadro de tejido chino embutido en oro; la ciudad Roja; es decir, el Palacio Imperial, con todas las fantasías de su inverosímil arquitectura.

En este momento, bajo el Albatros, el aire estaba lleno de una armonía singular. Se habría pensado oír un concierto de arpas eólicas. En el aire cerníanse un centenar de escarabajos de diferentes formas, posadas en hojas de palmeras o de pandanos, provistos en su parte superior de una especie de aro de madera ligero, sostenido por una caña delgada de bambú. Bajo el soplo del viento, todas aquellas hojas, de notas tan variadas como las de un armonio, exhalaban un murmullo de efecto melancólico. Parecía que en aquel lugar se respiraba oxígeno musical.

Robur tuvo entonces el capricho de aproximarse a la orquesta aérea, y el Albatros vino a bañarse en las ondas sonoras que los insectos emitían a través de la atmósfera.

Pero de repente se produjo un extraordinario efecto en medio de esta numerosa población. Redobles de tambores y otros instrumentos formidables de las orquestas chinas, disparos de fusiles por millares, disparos de morteros por centenares, todo lo motivó la presencia del aparato. Si los astrónomos de China reconocieron aquel día que la máquina aérea que veían, era el objeto cuya aparición había motivado tantas disputas, los miles de chinos, desde los de humilde túnica, hasta los mandarines más elegantes, lo tomaron por un monstruo apocalíptico que acababa de aparecer sobre el cielo de Buda.

No se inquietó nadie por estas demostraciones en el inabordable Albatros, pero las cuerdas que sujetaban a los ciervos volantes en las pértigas clavadas en los jardines imperiales, fueron cortadas o desatadas vivamente. De aquellos ligeros insectos, unos volvieron rápidamente a tierra, acentuándose sus acordes, mientras que otros cayeron como pájaros heridos en sus alas por el plomo.

Una formidable sonata, producida por la trompeta de Tom Turner, fue lanzada en la capital y cubrió las últimas notas del concierto aéreo. Pero esto no impidió el tiroteo terrestre. Sin embargo, a causa de una bomba que estalló a unos veinte pies de su plataforma, el Albatros ascendió a las zonas inaccesibles.

¿Qué pasó durante los días siguientes? Ningún incidente del cual hubieran podido aprovecharse los prisioneros. ¿Qué dirección tomó la aeronave? Invariablemente, la del Suroeste, lo que denotaba el propósito de aproximarse al Indostán. De otra parte, ocurrió que la tierra, ascendiendo sin cesar, obligaba al Albatros elevarse más y más, según convenía. Doce horas después de dejar a Pekín, Uncle y Phil pudieron entrever una parte de la Gran Muralla china sobre el límite de Chan-Si. Luego, apartándose de los montes del Kuen-Lun oriental, pasaron encima del valle de Wang-Ho y atravesaron la frontera del Imperio sobre el límite del Tibet.

El Tibet se compone de una serie de altas mesetas sin vegetación, acá y allá picos nevados, barrancos llenos de arbustos raquíticos, torrentes alimentados por los hielos derretidos, hondonadas cubiertas con brillantes capas de sal, lagos encajonados en los verdosos bosques, y sobre todo, un viento constantemente glacial.

El barómetro, que bajó a cuarenta y cinco milímetros, indicaba una latitud de más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar. A esta altura la temperatura, aún cuando fuera en los meses más calurosos del hemisferio boreal, no llegaba a cero. Este frío, combinado con la rapidez del Albatros, hacía que la situación fuese poco soportable. Por ello, aún cuando los prisioneros tenían a su disposición mantas de viaje, preferían entrar y permanecer en su camarote.

Será ocioso decir que hubo necesidad de dar una extremada rapidez a las hélices suspensoras, a fin de mantener al aparato en vuelo, y que funcionaban por igual, de manera tan perfecta, que parecía mecerse por el estremecimiento de sus alas.

Este día, Gartok, ciudad del Tibet Occidental, obra maravillosa de la provincia de Guarikhorsum, pudo ver pasar al Albatros del tamaño de una paloma mensajera.

El 27 de junio, Uncle Prudent y Phil Evans notaron una enorme barrera dominada por algunos picos elevados confundidos entre las nieves, y que cortaba el horizonte.

Ambos colegas, encorvados en su camarote de proa para resistir a la rapidez del movimiento, observaban estas masas colosales.

-¡El Himalaya, sin duda! -exclamó Phil Evans-. Y es probable que este Robur vaya a continuar la ruta sin cuidarse de pasar por la India.

-¡Tanto peor! -murmuró Uncle Prudent-. Sobre este gigantesco territorio, tal vez habríamos podido…

-A menos que no quisiera dar la vuelta a la cordillera por Birmania al Este, o por Nepal al Oeste.

-En este caso, le desafío a que pueda atravesarla.

Al día siguiente, 28 de junio, el Albatros se encontraba en frente de la gran masa, encima de la provincia de Zang. Al otro lado del Himalaya estaba la región de Nepal.

En realidad, tres cordilleras cortan sucesivamente el camino de la India cuando se viene del Norte. Las dos septentrionales, entre las que se había deslizado el Albatros como buque entre enormes escollos, son las primeras que aparecen en esta barrera del Asia Central. En primer lugar, el Kuen-Lun, y en segundo Kara-Korun, que dibujan este valle longitudinal y paralelo al Himalaya, casi en la misma línea que se dividen los grandes lagos del lndo al Oeste, y del Brahmaputra al Este.

-¡Qué soberbio panorama orográfico! ¡Más de doscientas cimas cuyas alturas han sido ya medidas, de las cuales diecisiete alcanzan más de veinticinco mil pies! Delante del Albatros, a 8.840 metros, se elevaba el monte Everest. A la derecha, el Dwalaghiri, con 8.800 metros. A la izquierda, el Kinchanjunga; con 8.592, relegado a segundo lugar desde las últimas medidas del Everest.

Evidentemente, Robur no tenía pretensión de tocar la cima de los picos; pero sin duda que conocía los diversos pasos del Himalaya, entre otros, el paso de Ibi-Gamin, el cual atravesaron los hermanos Schlagirtweit, en 1856, a una altura de 6.800 metros. Hacia allí se lanzó resueltamente.

Pasaron algunas horas angustiosas. Sin embargo, si la rarefacción del aire no llegó a ser tal, que fuese necesario recurrir a aparatos especiales para renovar el oxígeno en los camarotes, el frío por lo menos fue extraordinario.

Robur, colocado en proa con la cara oculta por un capuchón, dirigía las maniobras. Tom Turner tenía en la mano la barra del timón. El mecánico vigilaba atentamente sus pilas, cuyas substancias ácidas no tenían que temer nada respecto a la congelación. Las hélices, lanzadas al máximo de su velocidad, daban sonidos cada vez más agudos, cuya intensidad fue extrema, a pesar de la poca densidad del aire. El barómetro dejó a doscientos noventa milímetros, lo que indicaba siete mil metros de altura.

¡Magnífica disposición de este caos de montañas! Por todas partes cimas nevadas. No se observaban lagos, sino hielos que descendían hasta diez mil pies desde su base, ni hierbas; solo unas raras fanerógamas sobre el límite de la vida vegetal. Tampoco se divisaban esos admirables pinos y cedros que se agrupan en bosques espléndidos en los flancos inferiores de la cordillera. Ni siquiera los gigantescos helechos propios de los bosques asiáticos, ni las interminables lianas tendidas de un tronco a otro. Ningún animal, ni caballos selváticos, ni búfalos, ni bueyes tibetanos. Sólo, de vez en cuando, alguna gacela extraviada entre aquellas alturas. Ni pájaros, a no ser alguna pareja de esas chovas que se elevan hasta las últimas capas del aire respirable.

Cruzado el paso, el Albatros comenzó a descender. Al salir de esta garganta, fuera ya de la región de los bosques, no se distinguía más que una campiña infinita, que se extendía hasta el límite del horizonte.

Entonces Robur avanzó hacia sus huéspedes, y con un solemne acento mordaz les dijo:

-Caballeros, ¡La India!

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