Robur el conquistador

Capítulo XVIII

Donde termina esta verídica historia del Albatros, sin terminar

El 29 de abril del año siguiente, siete meses después del regreso imprevisto de Uncle Prudent y de Phil Evans, toda Filadelfia estaba en movimiento. Nada de política esta vez. No se trataba ni de elecciones ni mítines. El aerostato Go ahead, terminado por los miembros del Weldon Institute, iba a tomar posesión de su elemento natural.

Como aeronauta, el célebre Harry W. Tinder, cuyo nombre ya se ha pronunciado al principio de esta relación.

Como pasajeros, el presidente y el secretario del Weldon Institute. ¿No merecían semejante honor? ¿No les pertenecía ir en persona sobre el aparato que descansaría en el principio opuesto de la teoría del «más pesado que el aire»?

Sin embargo, después de siete meses, no habían hablado nada de sus aventuras. El mismo Frycollin, a pesar de las ganas que tenía de ello, no había dicho una palabra de Robur ni de su prodigiosa máquina. Sin duda, como globistas intransigentes, cual lo eran Uncle Prudent y Phil Evans, no querían que se provocasen cuestiones sobre la aeronave ni ningún otro aparato volador. En tanto que el globo Go ahead no ocupase el primer lugar entre los ingenios de la locomoción aérea, no tenían intención admitir invenciones debidas a otras personas. Creían además, querían creer siempre, que el verdadero vehículo atmosférico era el aerostato, y que solamente a él le pertenecía el porvenir.

Por otra parte, aquel de quien habían tomado una venganza tan terrible, tan justa en su opinión, no existía ya. Ninguno de los que le acompañaban se había salvado. El secreto del Albatros estaba a la sazón sepultado en las profundidades del Pacífico.

En cuanto a admitir que Robur tuviese un retiro, una isla de descanso en medio del vasto Océano, no era más que una hipótesis. En todo caso, los dos colegas se reservaron a decidir más tarde, si convendría o no, practicar algunas investigaciones sobre ese asunto.

Íbase al fin, a proceder con el gran experimento que el Weldon Institute preparaba desde tan larga fecha y con tantos cuidados. El Go ahead era el modelo más perfecto de todo lo que se había inventado hasta esta época en el arte aerostático, lo que se llamaba un Inflexible o un Formidable en el arte naval.

El Go ahead poseía todas las cualidades que debe tener un aerostato. Su volumen permitía elevarlo a las máximas alturas que un globo puede ir; su impermeabilidad, poderse mantener indefinidamente en la atmósfera; su solidez, desafiar la dilatación de gas así como las violencias de la lluvia y el viento; su capacidad para disponer de una fuerza ascensional bastante considerable para elevarse con todos sus accesorios, una maquinaria eléctrica que debía dar a sus propulsores una potencia de locomoción superior a todo lo que se había obtenido hasta entonces. El Go ahead tenía una forma longitudinal, que facilitaría su marcha siguiendo la horizontal. Su navecilla plataforma, casi similar a la del globo de los capitanes Krebs y Renard, llevaba todos los utensilios necesarios para los aerostatos: instrumentos de física, cables, anclas, armarios, entre otras cosas; además de las hélices, pilas y acumuladores que constituían su potencia mecánica. Aquella navecilla estaba provista, en la proa, de una hélice, y en la popa de otra hélice y un timón. Pero, probablemente, la potencia de las máquinas del Go ahead debía ser muy inferior al movimiento de los aparatos del Albatros.

El Go ahead había sido transportado, luego de su inflado, a la llanura de Fairmont Park, al mismo sitio sobre el que habíase mecido la aeronave durante algunas horas.

Inútil será decir que su potencia ascensional se la suministraba el más ligero de todos los cuerpos gaseosos. El gas de alumbrado no posee más que una fuerza de setecientos gramos aproximadamente por metro cúbico, lo que no proporciona más que un insuficiente rompimiento de equilibrio con el aire aspirante. Pero el hidrógeno posee una fuerza de ascensión que puede estimarse en mil cien gramos. El hidrógeno puro, era preparado según los procedimientos y en los aparatos especiales con que el célebre Henry Giffard llenaba a su enorme globo. Ya que la capacidad del Go ahead era cuarenta mil metros cúbicos, la potencia ascensional de su gas era la de cuarenta mil veces multiplicadas por mil cien.

En la mañana del 29 de abril todo estapa dispuesto. Desde las once, el enorme aerostato se balanceaba a algunos pies del suelo, preparado para elevarse en medio de los aires.

Hacía un tiempo formidable y muy a propósito para esta clase de experimentos. Tal vez se habría preferido que la brisa hubiese sido más fuerte puesto que la prueba habría sido más espectacular. En efecto, jamás se ha puesto en duda que un globo pueda ser dirigido con aire tranquilo; pero en medio de una atmósféra en movimiento, ya es otra cosa, y en estas condiciones debían hacerse las pruebas.

En fin, no hacía viento, ni apariencia de que pudiera levantarse. Aquel día, como cosa extraordinaria, América del Norte no se disponía a enviar a la Europa Occidental una de las buenas tempestades de su inagotable reserva, y jamás hubo un día tan bien escogido para el éxito de un experimento aeronáutico.

¿Será necesario hablar de la inmensa multitud reunida en el Fairmont Park, de los numerosos trenes que habían vertido sobre la capital de Pennsylvania los curiosos de todos los Estados circunvecinos, de la suspensión de la vida industrial y comercial, que permitían a todos ir a apreciar el espectáculo, patrones, empleados, obreros, mujeres, ancianos, niños, miembros del Congreso, representantes del ejército, magistrados, periodistas, indígenas blancos y negros, apiñados en la vasta llanura? ¿Será necesario describir las emociones de aquella masa humana, sus movimientos inexplicables, sus exclamaciones repentinas que tenían lugar en la muchedumbre palpitante y ansiosa? ¿Será menester repetir los vivas que estallaban por todas partes como detonaciones extraordinarias, cuando Uncle Prudent y Phil Evans aparecieron en la plataforma bajo el aerostato empavesado con todos los colores de la Unión? ¿Será necesario, en fin, confesar que el mayor número de los curiosos no habían venido acaso para ver el Go ahead, sino a contemplar a aquellos hombres extraordinarios que el Antiguo Mundo enviaba al Nuevo?

¿Por qué dos y no tres? ¿Por qué no Frycollin? Pues porque Frycollin encontraba que la hazaña del Albatros bastaba para su celebridad. Él había declinado el honor de acompañar a su amo, y de esta forma no recibió las aclamaciones frenéticas con que fueron acogidos el presidente y el secretario del Weldon Institute.

Ocioso es decir que de todos los miembros de la ilustre asamblea, ninguno faltó a los sitios reservados dentro de las cuerdas y vallas que formaban el recinto en medio de la llanura. Allí estaban Truk Milnor, Bat T. Fyn, William T. Forbes, dando el brazo a sus hijas, miss Doll y miss Mat. Todos habían acudido para confirmar con su presencia que nada podía jamás separar a los partidarios del «más ligero que el aire».

A las once y veinte, un cañonazo anunció el fin de los últimos preparativos.

El Go ahead no esperaba más que una señal para partir. Y un segundo cañonazo resonó a las once y veinticinco.

El Go ahead, sujetado por sus cuerdas, se elevó a unos quince metros de la llanura. Así, la plataforma dominaba a aquella multitud tan profundamente conmovida. Uncle Prudent y Phil Evans, de pie en la proa, pusieron la mano izquierda sobre su pecho, lo cual significaba que se elevaban en el globo, de corazón, con toda la concurrencia. Luego extendieron el brazo derecho hacia el cenit, lo que significaba que el mayor de los globos conocidos hasta el día iba, por fin, a tomar posesión del aire.

Cien mil manos se colocaron entonces sobre otros tantos pechos, y otras cien mil se levantaron al cielo.

Otro cañonazo, y fue el tercero, resonó a las once y media.

-¡Cortad las cuerdas! -gritó Uncle Prudent, que tal era su fórmula sacramental.

Y el Go ahead se elevó majestuosamente, un adverbio consagrado por el uso en las descripciones aerostáticas.

Fue, en verdad, un espectáculo soberbio. Se habría dicho que se asistía a la salida de un buque que dejaba su arsenal de construcción. ¿Y no era aquel globo un buque lanzado al mar aéreo?

El Go ahead subió siguiendo una rigurosa vertical, lo que probaba la calma absoluta de la atmósfera, y se detuvo a una altura de doscientos cincuenta metros.

Allí comenzaron las maniobras para su marcha horizontal. El Go ahead, empujado por sus hélices, se puso delante del Sol a una velocidad de doce metros por segundo. Era la velocidad de una ballena en las capas líquidas. Y no está mal compararle con este gigante de los mares boreales puesto que también tenía la forma de este enorme cetáceo.

Una nueva salva de vivas se elevó hasta los hábiles aeronautas. Después, bajo la acción del timón, el Go ahead se entregó de lleno a todas las evoluciones circulares, oblícuas y rectilíneas que le imprimía la mano del timonel. Giró en un círculo limitado, marchó hacia delante y hacia atrás, con el objeto de convencer a los refractarios a la dirección de los globos: si había alguno, debió convencerse.

Pero les faltaba viento para aquel magnífico experimento. Esto fue muy sensible. Indudablemente se habría visto al Go ahead ejecutar sin la menor vacilación, todos los movimientos: ora desviándose por la oblícua, como un buque de vela que marcha a todo andar... ora subiendo las corrientes de aire, como un barco de vapor.

En ese momento el aerostato se volvió a elevar en el espacio a algunos centenares de metros más.

Se comprendió la maniobra: Uncle Prudent y sus compañeros se proponían hallar una corriente cualquiera en las más altas zonas, a fin de completar la prueba. Por lo demás, un sistema de balanzas interiores, análogas a las aletas de los peces, y en las cuales se le podía introducir cierta cantidad de aire por medio de bombas, le permitía ir verticalmente. Sin arrojar nunca lastre para subir, ni perder gas para descender, se hallaba en disposición de subir o descender en el espacio, a voluntad del aeronauta. Sin embargo, estaba provisto de una válvula en su hemisferio superior, para el caso en que se viera obligado a descender rápidamente. Esta era, en suma, la aplicación del sistema ya conocido, pero llevado a un grado de perfección extraordinaria.

El Go ahead se elevaba pues, siguiendo la línea vertical. Sus enormes dimensiones disminuían gradualmente a las miradas de la multitud como un efecto de óptica. Esto no era lo menos curioso para los espectadores, cuyas vértebras del cuello parecían a punto de romperse mientras dirigían sus ojos hacia arriba. La enorme ballena se iba convirtiéndo poco a poco en un marsupial, con la esperanza de observarle reducido al estado de simple gubio.

No habiendo cesado el movimiento ascensional, el Go ahead alcanzó una altura de cuatro mil metros. Pero en aquel cielo tan puro sin un átomo de bruma, quedó visible constantemente.

Sin embargo, manteníase siempre sobre la llanura, como si se hallase atado por cuerdas invisibles. Una inmensa campana hubiese aprisionado la atmósfera menos de lo que se encontraba en dicho instante. Ni un soplo de viento, ni en esta altura ni en ninguna otra. El aerostato desarrollaba sus fuerzas sin encontrar alguna resistencia, muy achicado por el alejamiento como si se le estuviese observando por el óvalo más pequeño de un lente para no perder nunca su visión.

De pronto, salió un grito de la multitud, un grito al que le siguieron otros cien mil. Todos los brazos se extendieron a un punto del horizonte. Aquel punto estaba hacia el Noroeste.

Allí, en el profundo azul había aparecido un cuerpo móvil que se aproximaba y que crecía. Parecía un ave batiendo sus alas en las altas capas del espacio; un aerolito, cuya trayectoria corta oblícuamente la atmósfera. En todo caso, se le veía dotado de una excesiva velocidad, y no podía tardar en pasar por encima de la muchedumbre.

Una sospecha se transmitió eléctricamente a todos los cerebros asistentes, corrió, propagándose por toda la llanura.

Pero al parecer, también a bordo del Go ahead habían visto aquel extraño objeto. Seguro entendieron que los amenazaba un grave peligro, pues su velocidad aumentó tomando la dirección hacia el Este.

¡Sí, la multitud había entendido! Un nombre pronunciado por uno de los miembros del Weldon Institute, se había repetido por cien mil voces:

-¡El Albatros!... ¡El Albatros!

En efecto; era el Albatros. Robur, que reaparecía en las alturas del cielo. ¡Era él, que como una gigantesca ave de rapiña, se lanzó sobre el Go ahead!

Y sin embargo, nueve meses antes, la aeronave, rota por la explosión, sus hélices destruidas, su plataforma partida en dos mitades, se había sumergido, y sin la sangre fría prodigiosa del ingeniero, que modificó el sentido giratorio del propulsor de la proa y la convirtió en hélice suspensiva, todo el personal del Albatros hubiera sido asfixiado por la rapidez misma de la caída. Pero si pudieron escapar de la asfixia, ¿cómo él y los suyos no se ahogaron en las aguas del Pacífico?

Porque los restos de su plataforma, las alas de los propulsores, los tabiques de los camarotes y todo lo que quedaba del Albatros, constituía un pavimento o una especie de casco. Si el ave herida cayó en las olas, sus alas le sostuvieron todavía sobre ellas. Durante unas horas, Robur y sus hombres permanecieron a bordo de aquel despojo, y luego se embarcaron en la canoa de caucho del Albatros, que hallaron en la superficie del Océano.

La Providencia, para los que creen en la intervención divina en las cosas humanas; la casualidad, para aquellos que tienen la debilidad de no creer en la Providencia, vino en socorro de los náufragos.

Los distinguió un buque algunas horas después de la salida del Sol. Y este buque lanzó un bote al mar y recogió, no solamente a Robur y sus compañeros, sino también los restos flotantes de la aeronave. El ingeniero se limitó a decir que su nave se había perdido en una colisión, y fue respetado su incógnito.

Aquel buque era inglés, el Two Friends, de tres mástiles de Liverpool. Se dirigía a Melbourne, donde llegó algunos días después.

Hallábanse, entonces, en Australia, pero todavía lejos de la isla Equis, a la cual era preciso llegar lo más pronto posible.

En los vestigios del camarote de popa pudo hallar el ingeniero una suma bastante considerable, que le permitió subvenir a todas las necesidades de sus compañeros, sin pedir nada a nadie. Poco después de su llegada a Melbourne, adquirió una pequeña goleta de más de cien toneladas, y de esta manera Robur, que tenía conocimientos marítimos, pudo llegar a la isla Equis.

Allí no tuvo más que una idea fija, una necesidad: vengarse. Pero para vengarse era menester construir su segundo Albatros. Una tarea fácil, después de todo, para el que pudo construir el primero. Se usó lo que podía servir de la antigua aeronave, sus propulsores entre otros objetos, que fueron embarcados con todos los restos sobre la goleta. Se rehizo así el mecanismo con nuevas pilas y nuevos acumuladores. En una palabra, en menos de ocho meses estaba terminado el trabajo, y un nuevo Albatros, idéntico al destruido por la explosión, y tan poderoso, tan rápido, se dispuso a surcar el aire.

Decir que tenía la misma tripulación, que esta tripulación estaba indignada contra Unele Prudent y Phil Evans en particular, y contra todo el Weldon Institute en general, debe omitirse por cosa sabida, sin que haya necesidad de insistir en ello.

El Albatros dejó la isla Equis el primer día de abril. Durante esta travesía aérea, no quiso que su tripulación pudiera ser señalada en ningún punto de la tierra, y por esto viajó casi siempre entre las nubes. Al llegar sobre América del Norte, en un territorio desierto del Far West, saltó a tierra. Allí el ingeniero, guardando el incógnito, supo lo que debía serle más agradable saber: esto es, que el Weldon Institute se encontraba dispuesto a comenzar sus experimentos, es decir que el Go ahead tripulado por Uncle Prudent y Phil Evans, iba a partir de Filadelfia el 29 de abril.

¡Qué ocasión para satisfacer aquella venganza que residía en el corazón de Robur y en el de los suyos! ¡Una venganza terrible, a la que no podía escapar el Go ahead!

¡Venganza pública, que probaría al mismo tiempo la superioridad de la aeronave sobre los aerostatos y sobre otros aparatos del mismo género!

Y he aquí por qué este día, como un buitre que se precipitaba desde lo alto de las nubes, la aeronave aparecía encima de Fairmont Park.

¡Sí! ¡Era el Albatros, fácil de reconocer, aún por aquellos que jamás le habían visto!

El Go ahead huía siempre. Pero comprendió muy pronto que no podría escaparse nunca por una fuga horizontal; así que su salvación la buscaba por una fuga vertical, no aproximándose al suelo, pues la aeronave hubiera podido cerrarle el camino, sino elevándose en el aire y metiéndose en una zona donde acaso no podría ser alcanzado. Esto era muy audaz, y al mismo tiempo muy lógico.

Sin embargo, el Albatros comenzaba a elevarse con él. Aunque más pequeño que el Go ahead, era el arpón en persecución de la ballena, a la cual hiere con su dardo; era el torpedo corriendo sobre el acorazado, al cual quiere hacer estallar de un golpe.

Todo se veía muy claramente ¡y con qué ansia! En algunos instantes el aerostato alcanzó los cinco mil metros de altura. El Albatros le había seguido en su movimiento ascensional. Jugaba sobre los flancos, le estrechaba en su círculo, cuyo radio disminuía de un salto, rompiendo su frágil envoltura. Entonces Uncle Prudent y sus compañeros se hubieran visto lanzados a una espantosa caída.

El público, mudo de horror, jadeaba, se hallaba sobrecogido de aquella especie de espanto que oprime el pecho, que hace flaquear las piernas cuando se ve caer alguien de gran altura. Preparábase un combate aéreo, combate en el que ni aún se ofrecerían los cambios de saludo de un combate naval, el primero de aquel género, pero que no sería el último, sin duda, puesto que el progreso es una de las leyes de este mundo. Y si el Go ahead llevaba en su popa los colores de los Estados Unidos, el Albatros había enarbolado su pabellón, la bandera estrellada con el sol de oro, símbolo de Robur el Conquistador.

El Go ahead quiso entonces aumentar la distancia que le separaba de su enemigo, elevándose más alto todavía. Se desembarazó del lastre que había reservado. Dio un nuevo salto de mil metros. No era ya más que un punto en el espacio. El Albatros, que le seguía siempre, dando a sus hélices el máximo de rotación, llegó a ser invisible.

De repente, salió de la multitud un grito aterrador.

El Go ahead aumentaba su volumen y la aeronave reaparecía también, bajando con él. Ésto era ya una caída. El gas, demasiado dilatado en las altas zonas, había roto la envoltura, y el globo caía con la mayor rapidez.

Pero la aeronave, moderando sus hélices suspensivas, descendía con una velocidad igual. Reunióse al Go ahead cuando se hallaba a unos mil doscientos metros del suelo, y se acercó a él. ¿Quería Robur acabar con el globo? No. ¡Quiso socorrerle, salvar su tripulación!

Y fue tal la habilidad de su maniobra, que el aeronauta, y su ayudante, pudieron lanzarse sobre la plataforma de la aeronave.

Uncle Prudent y Phil Evans, ¿iban a rechazar el socorro del ingeniero, rehusar ser salvados por él? ¡Eran capaces de hacerlo! Pero los hombres de Robur se arrojaron sobre ellos, y por la fuerza les obligaron a transbordar del Go ahead al Albatros.

Luego, la aeronave se desprendió y permaneció estacionada, mientras el globo enteramente vacío, caía en los árboles de la llanura, donde quedó suspendido como un gigantesco pingajo.

Un tremendo silencio reinaba en tierra firme. Parecía que la vida estaba suspensa en todos los pechos. Muchos ojos se habían cerrado para no ver nada de la suprema catástrofe.

Uncle Prudent y Phil Evans, habían llegado a ser nuevamente los prisioneros de Robur. Puesto que los había vuelto a coger, ¿era su intento llevarlos otra vez por el espacio, donde hubiera sido imposible seguirle?

Podía creerse.

Pero en lugar de remontarse por los aires, el Albatros seguía descendiendo hacia el suelo. ¿Quería saltar hasta tierra? Se pensó en ello, y la multitud se apartó para hacerle lugar en medio de la pradera.

La emoción llegó al máximo de intensidad.

El Albatros se detuvo a tres metros de tierra. Luego, en medio del más profundo silencio, se oyó la voz del ingeniero Robur. ¡Ciudadanos de Estados Unidos!, dijo: El presidente y el secretario del Weldon Institute están de nuevo en mi poder.

Guardándolos, no haría más que hacer uso de mi derecho de represalia, pero por la pasión encendida en su alma por los éxitos del Albatros, he comprendido que el estado de los espíritus no esta dispuesto a la importante revolución que la conquista del aire debe traer un día. ¡Uncle Prudent y Phil Evans, estáis libres!

El presidente, el secretario del Weldon Institute, el aeronauta y su ayudante, no tuvieron más remedio que saltar a tierra.

El Albatros subió al instante unos doce metros más sobre la multitud:

Luego, Robur continuó:

-¡Ciudadanos de los Estados Unidos!, dijo: Mi experimento está hecho, pero mi opinión ahora es que no se necesita apresurarse aún el progreso. La ciencia no debe adelantarse a las costumbres: son evoluciones y no revoluciones las que conviene hacer. En una palabra, es menester que llegue su hora. Yo llegaría aquí demasiado pronto para tener razón sobre los intereses contradictorios y divididos. Las naciones no están todavía bastantes civilizadas para la unión. Parto, pues, y llevo mi secreto conmigo. Pero no se perderá para la humanidad. Le pertenecerá el día en que esté bastante perfeccionado para sacarle provecho, y bastante estudiado para no abusar de él. ¡Salud, ciudadanos de los Estados Unidos, salud! El Albatros, batiendo el aire con sus setenta y cuatro hélices, y llevado por sus dos propulsores, desapareció al Este, en medio de una tempestad de hurras, que esta vez eran de admiración.

Los dos globistas, profundamente humillados, así como todos los miembros del Weldon Institute, hicieron la única cosa que podían hacer: formar un círculo entre sí, mientras que la multitud, por una emoción súbita, se preparaba a recibirlos con sus más vivas censuras, justas en tal momento.

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Y ahora, siempre la misma pregunta: ¿quién era Robur? ¿No se sabrá nunca? Sábese hoy. Robur era la ciencia futura: tal vez la de mañana, indudablemente la del porvenir. En cuanto al Albatros, ¿viajó, viaja todavía a través de esta atmósfera terrestre en medio de aquel dominio, al cual nadie había podido aún llegar? ¿Quién sabe? Robur el Conquistador, ¿reaparecería un día, como había anunciado? Sí. Vendrá a revelar el secreto de una invención que puede modificar las condiciones sociales y políticas del mundo.

Y en cuanto al porvenir de la locomoción aérea, le pertenece a la aeronave, no al aerostato.

La conquista del aire está reservada a los Albatros.

FIN

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