Robur el conquistador

Capítulo XIV

En el cual el Albatros hace lo que tal vez no podrá consumarse jamás

Estamos en el siguiente día, 24 de julio. Pues bien, el 24 de julio del hemisferio austral es el 24 de enero del hemisferio boreal. Además, el grado cincuenta y seis de latitud había quedado atrás, y este grado corresponde al paralelo que, en el Norte de Europa, atraviesa Escocia a la altura de Edimburgo.

Así es que la atmósfera se mantenía constantemente en una temperatura inferior a cero. Era necesario, por tanto, obtener algo de calor artificial por parte de los aparatos destinados para calentar los camarotes de la aeronave.

Es ocioso decir igualmente que si la duración de los días tendía a aumentar desde el solsticio del 21 de junio del invierno austral, esta duración disminuía en proporción mucho más considerable, por efecto que el Albatros descendía a las regiones polares.

En su consecuencia, había escasa claridad en aquella parte del Pacífico meridional que confina con el círculo antártico. Naturalmente, durante la noche se experimentaba un frío bastante vivo. Para resistirlo, era menester vestirse como los esquimales.

Como tales ropas no faltaban a bordo, los dos yanquis, bien abrigados, pudieron permanecer sobre la plataforma, no pensando más que en su proyecto, y buscando constantemente la ocasión de ejecutarlo. Por lo demás, veían muy poco a Robur, y desde las amenazas que se habían proferido mutuamente en Tombuctú, el ingeniero y los dos globistas no cruzaron apenas la palabra.

En cuanto a Frycollin, no salía de la cocina, donde Tapage le daba la más generosa hospitalidad, a condición que hiciese el oficio de pinche de cocina. Cuando esto ofrecía alguna ventaja, el negro aceptó gustoso la ocupación, previo el permiso de su amo. Encerrado de esta manera, no veía nada de lo que pasaba fuera, y podía creerse al abrigo del peligro. ¿No era él una especie de avestruz no sólo en cuanto a lo físico por su prodigioso estómago, sino en lo moral por su rara imbecilidad?

En aquel instante, ¿hacia qué punto del Globo iba a encaminarse el Albatros? ¿Era admisible que en pleno invierno se determinase a aventurarse en los mares australes o los continentes del Polo? En aquella atmósfera glacial, admitiendo que los agentes químicos de las pilas pudiesen resistir a una congelación, ¿no era la muerte para toda la tripulación, la horrible muerte por el frío lo que les esperaba? Que Robur hubiera intentado atravesar el Polo durante la estación calurosa, ¡pase! Pero en medio de esta noche permanente del invierno antártico; ¡era un acto de locura!

De este modo razonaban el presidente y secretario del Weldon Institute, llevados en aquel momento al extremo del continente del Nuevo Mundo, que es siempre la América, pero no la de los Estados Unidos.

¿Qué pensaba hacer aquel intratable Robur? ¿No debía ser aquél el momento de terminar el viaje destruyendo el aparato volador?

Lo cierto fue que durante el día 24 de julio, el ingeniero Robur mantuvo frecuentes diálogos con el contramaestre. En reiteradas ocasiones Tom Turner y él consultaron el barómetro, y esta vez no para computar la altura conseguida, sino para observar las indicaciones relativas al tiempo. Indudablemente algunos síntomas se producían, ante los cuales era necesario permanecer con los sentidos alerta.

Uncle Prudent creyó también ver que Robur procuraba inventariar lo que restaba de todas las provisiones, así como lo correspondiente al suministro de las máquinas propulsoras y suspensoras de la aeronave, como para el de las máquinas humanas, cuyo funcionamiento no debía estar menos asegurado a bordo.

Todo esto indicaba proyectos de regreso.

-¡De regreso! -decía Phil Evans-. ¿Hacia dónde?

-Donde Robur pueda avituallarse - respondió Uncle Prudent.

-Debe de ser en alguna isla del Océano Pacífico, con una colonia de malhechores dignos de su jefe.

-Soy del mismo parecer, Phil Evans. Yo creo, en efecto, que piensa llevarnos al Oeste, y con la velocidad de que dispone, pronto habrá logrado su objetivo....

-Pero nosotros no podremos ya poner nuestros proyectos en ejecución... si llega a ese sitio.

-No llegará Phil Evans.

Evidentemente, los dos yanquis habían adivinado en parte los planes del ingeniero. Durante aquel día, no fue ya dudoso que el Albatros, después de haber avanzado a los límites del mar Antártico, iba definitivamente a retroceder. Cuando los hielos hubieran invadido aquellos parajes hasta el cabo de Hornos, todas las bajas regiones del Pacífico estarían cubiertas de icefields y de icebergs. Las masas de hielo formarían entonces una barrera impenetrable a los buques más sólidos, como a los más intrépidos navegantes.

Desde luego que volando con más rapidez, el Albatros podía atravesar las montañas de hielo acumuladas sobre el Océano; luego las montañas de tierra levantadas sobre el continente del Polo, si es un continente lo que forma el casco austral. Pero afrontar en medio de la noche polar una atmósfera que puede enfriarse hasta los sesenta grados bajo cero, ¿se atrevería a ello? Indudablemente que no.

Así, después de haber avanzado unos cien kilómetros hacia el Sur, el Albatros volvió al Oeste, como para tomar la dirección sobre alguna isla desconocida situada entre los grupos del Pacífico. Debajo se extendía la llanura líquida, entre la tierra americana y la tierra asiática. En aquel momento, las aguas habían tomado aquel color singular que les hace dar el nombre de «mar de leche».

En la penumbra, que no lograban disipar los rayos debilitados del Sol, la superficie del Pacífico era de un blanco lechoso. Se hubiera pensado observar un vasto campo de nieve, cuyas ondulaciones no eran perceptibles a dicha altura. Aquella porción de mar hubiera sido, de estar congelada, un grande icefield, y de seguro su aspecto no hubiera variado.

Sábese hoy que son miles de partículas luminosas, de corpúsculos fosforescentes, lo que produce semejante fenómeno. Lo que no podía sorprender era encontrar este conjunto opalescente en otra parte, más bien que en las aguas del océano Índico. De pronto, el barómetro, después de haberse sostenido a bastante altura durante las primeras horas del día, cayó bruscamente. Existían, de seguro, síntomas según los cuales hubiera debido de preocuparse un buque, ya que podía suponerse que alguna formidable tempestad había turbado las aguas del Pacífico. Era la una de la tarde cuando Tom Turner se aproximó al ingeniero y le indicó:

-Señor Robur, mirad aquel punto negro en el horizonte... ¡Allí!... ¡Justamente hacia nuestro Norte!... ¿Será alguna roca?

-No, Tom; no hay tierras por este lado.

-Entonces debe de ser un buque... o por lo menos una lancha. Uncle Prudent y Phil Evans, que se habían colocado en la proa, miraban el punto indicado por Tom Turner.

-Robur pidió un anteojo marino y se puso a observar el objeto señalado.

-Es una embarcación... -dijo-, y afirmaría que hay gente a bordo.

-¿Náufragos? - exclamó Tom.

-¡Sí! Unos náufragos que se han visto obligados a abandonar su buque -manifestó Robur-. ¡Desgraciados que no sabiendo dónde está la tierra, acaso se hallen muertos de hambre y sed! Vamos, ¡que no se diga que el Albatros no ha intentado socorrerlos! Diose una orden al mecánico y sus ayudantes, y la aeronave comenzó a descender. A los cien metros se detuvo, y sus propulsores le empujaron rápidamente al Norte. Era, en efecto, una lancha. Su vela flotaba sobre el mástil. Falta de viento, no podía navegar. A bordo, sin duda, nadie tenía la fuerza necesaria para manejar un remo. En el fondo de la embarcación aparecían cinco hombres, dormidos o inmóviles por la fatiga, a menos que no estuvieran todos muertos.

El Albatros, colocándose encima de ellos, descendió lentamente. En la popa de esta embarcación se pudo leer el nombre de un barco, que era el de Jeannette, de Nantes, un buque francés que su tripulación debió haber abandonado.

-¡Ohé!, - gritó Tom Turner.

Se le debió oír, pues la lancha se encontraba a ochenta pies de distancia.

No hubo respuesta.

-¡Disparad un tiro de fusil! - dijo Robur.

La orden fue ejecutada; y la detonación se propagó a lo largo de la superficie de las aguas. Se vio entonces a uno de los náufragos levantarse trabajosamente, con la vista extraviada, verdadera imagen de un esqueleto.

Al distinguir al Albatros, hizo al principio un gesto de espanto.

-¡No temáis nada! -exclamó Robur en francés- ¡Venimos a socorrerlos!... ¿Quiénes sois?

-Marineros de la Jeannette, barco de tres palos, del cual yo era segundo -respondió aquel hombre-. Hace quince días que le hemos abandonado en el momento en que iba a zozobrar... ¡No tenemos ya víveres!...

Los otros náufragos se habían incorporado poco a poco. Lívidos, extenuados, en un espantoso estado de flacidez, alzaban las manos hacia la aeronave.

-¡Atención! - exclamó Robur.

Una cuerda se deslizó en la plataforma y un cubo lleno de agua dulce fue descolgado hasta la embarcación.

Aquellos desgraciados se arrojaron sobre él y bebieron con tal avidez que daba pena mirarlos.

-¡Pan, pan!... - gritaron.

Al momento, una gran canasta que contenía algunos víveres, conservas, un frasco de coñac, y unas pintas de café, descendió hasta ellos. Al segundo le costó mucho trabajo contenerlos.

Después, preguntaron:

-¿Dónde estamos?

-A cincuenta millas de la costa de Chile y del archipiélago de los Chonos- respondió Robur.

-Gracias, pero nos falta viento, y...

-¡Nosotros os remolcaremos!

-¿Quién sois?...

-¡Gentes que se sienten felices de haber podido socorreros!- respondió sencillamente Robur.

El segundo comprendió que había alguna incógnita que debía respetarse. Respecto a la máquina voladora, ¿era posible que tuviera bastante fuerza para remolcarlos?

Sí; sin duda, porque la embarcación, atada a un cable de un centenar de pies, fue arrastrada hacia el Este por el poderoso aparato.

A las diez de la noche diose vista a tierra; o más bien se veían brillar los fuegos que indicaban su situación. Había llegado a tiempo este socorro del cielo para los náufragos de la Jeannette, y tenían el perfecto derecho para creer que su salvación había sido un verdadero milagro.

Luego, cuando los condujo a la entrada de los pasos de las islas Chonos, Robur les gritó que soltasen el cable, lo cual efectuaron bendiciendo a sus salvadores, y el Albatros se desvió al momento.

¡Decididamente había mucha bondad en la aeronave; pues se dedicaba a socorrer a marinos perdidos en el mar! ¿Qué globo, por perfeccionado que fuera hubiera estado en condiciones para prestar servicio semejante? Y Uncle Prudent y Phil Evans, interiormente debieron convencerse y admitirlo, aún cuando se hallaban en una disposición de espíritu capaz de negar la evidencia.

El mar seguía empeorando. Síntomas alarmantes. El barómetro bajó unos milímetros más; se notaban ráfagas terribles de la brisa que silbaba con violencia en las hélices del Albatros, y entorpecía la maquinaria por momentos. En tales circunstancias, un buque de vela hubiera tenido ya dos rizos en sus gavias y un rizo en su trinquete. Todo indicaba que el viento iba a saltar al Noroeste. El tubo del stormglass comenzaba a turbarse de una manera inquieta.

A la una de la madrugada se desencadenó el viento con una extremada violencia. Sin embargo, aunque se mantenía recto el aparato movido por sus propulsores, pudo caminar contra el viento y remontarse a razón de cuatro o cinco leguas por hora. Pero no hubiera podido pedírsele más.

Evidentemente se preparaba un ciclón, lo cual es raro en aquellas latitudes; que se le llame huracán sobre el Atlántico, tifón en los mares de China, simún en el Sahara, tornado en la costa occidental, siempre sería una tempestad giratoria y muy terrible. ¡Sí! Muy terrible para cualquier embarcación, cogida por este rotativo movimiento que se acrecienta desde la circunferencia al centro, y no deja más que un solo paraje en calma, en medio de este maelstrom de los aires.

Robur lo sabía. Y también sabía que era prudente huir de un ciclón saliendo de su zona de atracción por medio de su ascensión a las capas superiores. Hasta entonces había triunfado, pero no podía perderse ni una hora de tiempo, ni siquiera un minuto.

En efecto, la violencia del viento acrecentaba. Las oleadas cubiertas de espuma, hacían esparcir una polvareda blanquecina en la superficie del mar. Era cosa evidente ya, que el ciclón, desatándose, iba caer a las regiones del Polo con una vertiginosidad increíble.

-¡Alto!- dijo Robur.

-¡Alto!- repitió Tom Turner.

Una gran fuerza ascensional fue dada a la aeronave, que se levantó oblícuamente, como si hubiese seguido un plano inclinado hacia el Sudoeste.

En aquel momento el barómetro bajó hasta cero; una rápida caída de la columna de mercurio, que había bajado a ocho, luego de hacerlo hasta doce milímetros. Y de pronto, el Albatros se detuvo en su movimiento ascensional.

¿A qué obedecía esta detención? Evidentemente a una masa pesada de aire, o a una formidable corriente que, propagándose de arriba a abajo, disminuía la resistencia del punto de apoyo.

Cuando un buque de vapor remonta un río, su hélice hace un trabajo tanto menos útil, cuanto la corriente tiende a huir bajo sus paletas. El retroceso es considerable, y puede llegar a ser igual la caída a sotavento. Esto era lo que le ocurría al Albatros en aquel momento.

Sin embargo, el ingeniero no abandonó la partida; sus setenta y cuatro hélices que trabajaban con una simultaneidad perfecta, llegaron hasta el máximo de su rotación. Pero irresistiblerriente atraído por este ciclón, el aparato no podía escaparse. Durante, unas breves calmas lograba su movimiento ascensional. Pero, luego, la pesada masa de aire le empujaba y volvía a caer como una embarcación que zozobra. Podía decirse que aquello era realmente zozobrar en este mar aéreo, en medio de una noche en la que los fanales del aparato no rasgaban sus tinieblas más que por un rayo de luz muy restringido.

Evidentemente, si la violencia del ciclón aumentaba más, el Albatros no sería sino una brizna de paja sin dirección, llevada por uno de esos torbellinos que arrancan los árboles de raíz, derriban las techumbres y destruyen las más fuertes murallas.

Robur y Tom no podían hablarse más que por señas. Uncle Prudent y Phil Evans, acurrucados en su cabina, se preguntaban si el meteoro haría su juego destruyendo a la aeronave y a su inventor, y con el inventor el secreto de su invención.

En fin, ya que el Albatros no lograba desprenderse verticalmente de aquel ciclón, parecía que no tenía que hacer más que una cosa ganar el centro, relativamente en calma, donde sería dueño de sus maniobras. Sí; pero para alcanzarle era necesario romper estas corrientes circulares que le arrastraban a su periferia. ¿Poseía bastante potencia mecánica para llegar a este resultado?

De pronto se rompió la parte superior de la nube. Los vapores se condensaron en torrentes de lluvia.

Eran ya las dos de la mañana. El barómetro, oscilando entonces alrededor de doce milímetros, había caído hasta setecientos nueve, lo que en realidad, debía disminuirse de la baja en la altura alcanzada por la aeronave sobre el nivel del mar.

¡Un fenómeno bastante raro! Aquel ciclón se había formado fuera de las zonas que recorría habitualmente, es decir, entre el 30º latitud Norte y el 26º latitud Sur. Tal vez esto explique por qué la tempestad giratoria se convirtió de súbito en una tempestad rectilínea. Pero ¡qué huracán! El vendaval del Connecticut, el 22 de marzo de 1882, hubiera podido compararse con esa borrasca; su velocidad fue ciento dieciséis metros por segundo, o sea más de cien leguas por hora.

Tratábase, pues, de huir al viento de popa, como un buque ante la presencia de una tempestad, o más bien dejarse arrastrar por la corriente que el Albatros no podía remontar, y de la que no podía salir. Pero siguiendo el imperturbable trayecto, huía hacia el Sur, y se lanzaba sobre las regiones polares, cuya aproximación había querido evitar Robur, más no era dueño de su dirección e iría donde le llevase el huracán.

Tom Turner se había apoderado del timón; se necesitaba toda su destreza para no embarrancarse.

A primeras horas de la mañana, si puede llamarse así esa tinta vaga del horizonte, el Albatros había atravesado quince grados desde el cabo de Hornos, es decir, más de cuatroceintas leguas, y rebasaba el límite del Círculo polar.

Allí, en aquel mes de julio; la noche dura todavía diecinueve horas y media. El disco del Sol, sin calor, sin luz, no aparece sobre el horizonte más que para desaparecer al instante. En el Polo, tal noche se prolonga por espacio de ciento setenta y nueve días. Todo indicaba que el Albatros iba a sumergirse en un gran abismo.

Aquel día, si hubiera sido posible una observación, habría dado 66º 40' de latitud austral. La aeronave no estaba más que a mil cuatrocientas millas del Polo antártico.

Irresistiblemente llevado a aquel inaccesible punto del Globo, su rapidez consumía, por decirlo así, su pesantez, aún cuando era un poco más fuerte; por consecuencias del achatamiento de la tierra en el Polo. Sus hélices suspensoras parecían innecesarias. Bien pronto la violencia del huracán llegó a ser tal, que Robur creyó deber reducir los propulsores al mínimo del movimiento, a fin de evitar algunas averías graves, y poder gobernar conservando la menor posible de su propia velocidad.

En medio de aquellos peligros, el ingeniero mandaba con sangre fría, y el personal obedecía como si el alma de su jefe estuviese en él.

Uncle Prudent y Phil Evans no habían abandonado por un instante la plataforma. Se podía estar en ella sin inconvenientes. El aire no hacía resistencia, o, si la hacía, era muy débil. La aeronave era en aquel momento semejante a un aerostato que marcha con la masa fluida en la cual se ha sumergido.

El dominio del Polo austral comprende, según se afirma, cuatro millones quinientos mil metros cuadrados. ¿Es un continente? ¿Un archipiélago? ¿Es un mar paleocrístico cuyos hielos no se derriten más que durante el largo período del estío? Se ignora. Pero lo que sí resulta cierto es que el Polo austral es más frío que el Polo boreal, fenómeno debido a la posición de la Tierra con respecto de su órbita durante el invierno de las regiones antárticas.

Durante aquel día, nada indicó que la tempestad iba a aminorarse. Se estaba a los 75° del meridiano al Oeste, donde el Albatros iba abandonar la región del círculo Polar. ¿Por qué meridiano saldría; si es que salía?

En todo caso, a medida que descendía más hacia el Sur, disminuía la duración del día. Dentro de poco se encontraría sumergido en aquella noche permanente, que sólo se ilumina a la claridad de la Luna o a las pálidas luces de las auroras australes. Pero la Luna era nueva entonces, y los compañeros de Robur no veían nada de las regiones, cuyo secreto se escapa todavía a la curiosidad humana.

Era más que probable que el Albatros pasase sobre algunos puntos ya conocidos, un tanto por el Círculo polar, al Oeste de la Tierra de Graham, descubierta por Biscoe en 1832 y de la Tierra de Luis Felipe, descubierta en 1838 por Dumont d'Urville, últimos límites alcanzados sobre este continente desconocido.

Sin embargo, a bordo no se sufría la temperatura, mucho menos baja entonces de lo que debía temerse. Parecía que este huracán había sido una especie de Gulf Stream aéreo, que llevaba consigo cierto calor.

¡Cuán sensible era que toda aquella región se hallara sumergida en una oscuridad tan profunda! Es necesario observar, sin embargo, que aún cuando la Luna hubiese alumbrado el espacio, la parte de las observaciones hubiera sido muy reducida. En tal época del año, una inmensa cortina de nieve, un gran manto helado cubre toda la superficie polar. No se distingue ni aún ese blink de los hielos, tinta blanquecina cuya reverberación falta en los horizontes sombríos. Y en semejantes condiciones, ¿cómo poder distinguir la forma de las tierras, la extensión de los mares y la disposición de las islas? El enlace hidrográfico del país, ¿cómo reconocerlo? Su misma configuración orográfica, ¿cómo establecerla, puesto que las colinas o las montañas se confunden con los bancos de hielo? Serios problemas en realidad.

Un poco antes de la noche, una aurora boreal iluminó las tinieblas. Con sus franjas argentadas, sus ráfagas que surcaban a través del espacio, el meteoro presentaba la forma de un gran abanico, abierto sobre una mitad del cielo. Sus últimos resplandores venían a perderse en la Cruz del Sur, cuyas cuatro estrellas brillaban en el cenit. El fenómeno fue de una magnificencia incomparable, y su claridad bastó para mostrar el aspecto de esta región, confundida en una inmensa blancura.

Ocioso es decir que sobre estas comarcas tan cercanas al polo magnético austral, la aguja de la brújula, incesantemente alterada, no podía dar ya ninguna indicación exacta relativa a la dirección que seguía la aeronave. Pero fue tal su inclinación en un momento, que el ingeniero pudo tener por cierto que pasaba sobre el polo magnético, situado casi sobre los 78° del paralelo.

Más tarde, a la una de la madrugada, calculando el ángulo que formaba esta aguja con la vertical, esclamó:

-¡El Polo austral está bajo nuestros pies!

Una masa blanca apareció, pero sin dejar ver nada de lo que se escondía debajo de los hielos.

La aurora boreal se extinguió poco a poco, y este punto ideal, en donde vienen a cruzarse todos los meridianos del Globo, no fue examinado aún20.

Ciertamente, si Uncle y Phil hubieran querido sepultar en la más misteriosa de las soledades al aparato y a los que llevaba a través del espacio, la ocasión no podía ser más propicia. Si no lo hicieron, fue porque les faltaba el ingenio preciso para ello.

No obstante, el huracán continuaba desencadenándose con tal rapidez, que si el Albatros hubiese encontrado alguna montaña en su camino, se habría estrellado como un buque que se arrima a la costa.

En efecto, no sólo no podía ya dirigirse horizontalmente, sino que ni aún era dueño de su vuelo en la altura.

Sin embargo, algunas cimas aparecían sobre las tierras antárticas. A cada instante hubiera sido posible un choque que habría ocasionado la destrucción del aparato.

Esta catástrofe fue todavía más de temer, cuanto que el viento se inclinó hacia el Este, pasando el meridiano cero. Dos puntos luminosos aparecieron entonces a unos cien kilómetros delante del Albatros.

Eran los dos volcanes que forman parte del vasto sistema de los montes Ross: el Erebus y el Terror.

El Albatros, ¿iba a quemarse en sus llamas como una mariposa gigantesca?

Hubieron momentos de pánico. Uno de los volcanes, el Erebus, parecía precipitarse sobre la aeronave, que no podía separarse del rumbo del huracán. Los haces de llamas aumentaban, a pesar de la distancia a que se les miraba. Un torrente de fuego barría el camino. Intensos relámpagos iluminaban ahora el espacio. Los rostros, vivamente alumbrados a bordo, tomaban un aspecto infernal. Todos inmóviles sin lanzar un grito, sin hacer un gesto, esperaban el espantoso instante en que les envolvería esa horrible masa de fuego.

Pero el huracán que le impelía al Albatros, le salvó de tan espantosa catástrofe. Las llamas del Erebus impelidas por la tempestad, le abrieron paso. En medio de una lluvia de lava rechazada afortunadamente por acción centrífuga de las hélices suspensoras, atravesó este cráter en plena erupción.

Una hora después, la lejanía escondía a las miradas, las dos antorchas colosales que alumbran los confines del mundo durante la prolongada noche del Polo.

A las dos de la madrugada, la isla Balleny fue atravesada en la extremidad de la costa de la Descubierta, sin que se pudiese reconocer, pues estaba unida a las tierras antárticas por un cimiento de hielo.

Y entonces, a partir desde el Círculo polar, que el Albatros volvió a costear sobre el meridiano ciento setenta y cinco, el huracán le empujó sobre masas de hielo contra las cuales estuvo a punto de estrellarse cien veces. La suerte no estaba ya en la mano del timonel, sino en la mano de Dios… ¡Que es un excelente piloto!

La aeronave remontaba entonces el meridiano de París, que formaba un ángulo de ciento cinco grados, con el que había seguido para atravesar el corazón de este mundo antártico.

Al fin, más allá del paralelo setenta y seis, el huracán mostró marcada tendencia a calmarse. Su violencia disminuyó sensiblemente. El Albatros comenzó a ser dueño de sí mismo. Luego, lo que fue un gran alivio, volvió a entrar en las regiones alumbradas del Globo, y el día reapareció a las ocho de la mañana.

Robur y los suyos, después de haberse salvado del ciclón del Cabo de Hornos, se habían sobrevivido al huracán. Fueron llevados hacia el Pacífico del Sur, por encima de toda la región austral, después de haber atravesado siete mil kilómetros en diecinueve horas, o sea, cerca de una legua por minuto, velocidad casi el doble de la que podía obtener el Albatros en circunstancias ordinarias, bajo la acción de sus propulsores.

Pero Robur no sabía dónde se encontraba ahora, a consecuencia del trastorno de la aguja imantada en la vecindad del polo magnético. Era necesario esperar a que el Sol se mostrase en condiciones convenientes para realizar una observación. Por desgracia, el cielo se cargaba de gruesas nubes aquel día, y el Sol no apareció.

Había que esperar.

Este fue un contratiempo aún más sensible, cuanto que las dos hélices propulsoras habían experimentado ciertas averías durante la tormenta.

Robur, muy contrariado por el incidente, no pudo marchar en todo el día más que con una velocidad relativamente moderada. Cuando pasó sobre los antípodas de París, no avanzaba más que a razón de seis leguas por hora. Era urgente cuidar de que no aumentasen las averías. Si sus dos propulsores se hubieran inutilizado por completo, la situación del aparato en esos vastos mares del Pacífico habría sido muy comprometida.

Por eso el ingeniero se preguntaba si debía proceder a las reparaciones en el lugar en que se encontraba, para poder continuar el viaje.

El día 27 de julio, a las siete de la mañana, se distinguió tierra hacia el Norte. Se vio muy pronto que era una isla. Pero, ¿cuál entre los millares de que está sembrado el Pacífico? Sin embargo, Robur resolvió detenerse allí pero sin tocar tierra. Según creía, un día sería suficiente para reparar las averías y emprender la marcha aquella misma noche.

El viento soplaba con calma, una circunstancia favorable para las maniobras que se trataba de ejecutar. Al menos, puesto que quedaba estacionario, el Albatros no sería arrastrado sin dirección fija.

Un extenso cable de ciento cincuenta pies, con un ancla en el extremo, fue echado fuera, y cuando el aparato llegó al borde de la isla, el ancla rozó los primeros escollos, y luego se clavó sólidamente entre dos rocas.

El cable se tendió entonces bajo el impulso de las hélices suspensoras, y el Albatros quedó inmóvil como un buque cuya ancla se ha clavado a la costa.

Aquélla era la primera vez que se acercaba a tierra desde su partida de Filadelfia.

Notas de la fuente

20. El polo austral, situado a 3.070 m. de altura sobre el nivel del mar, fue alcanzado por Amudsen, el

14. de diciembre de 1911, y por el infortunado Falcon Scott, el 18 de enero de 1912.

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