El faro del fin del mundo

XIII

DURANTE TRES DÍAS.

A qué grado de exasperación habían llegado Kongre, Carcante y los otros, se imaginará sin dificultad. ¡En el momento mismo en que iban a abandonar definitivamente la isla, un último obstáculo los había detenido!... Y, en cuatro o cinco días, menos quizás, ¡el aviso podía presentarse a la entrada de la bahía de Elgor!... Ciertamente, si las averías de la goleta hubieran sido menos graves, Kongre no habría dudado en tomar otro fondeadero. Habría ido, por ejemplo, a refugiarse en el puerto Saint-Jean, que, al reverso mismo del cabo, se ahonda profundamente en la costa septentrional de la isla. Pero, en el estado actual del buque, habría sido una locura querer emprender tal travesía. Se habrían ido a pique antes de llegar a la altura de la punta. En la parte del recorrido que se habrían visto obligados a hacer viento en popa, la goleta no habría tardado en llenarse al balancearse de un costado a otro. Como mínimo, su carga se habría perdido irremediablemente.

El regreso a la cala del faro se imponía pues, y Kongre había hecho sabiamente en resignarse a ello.

Durante esta noche, en la que apenas se durmió a bordo, los hombres tuvieron que hacer guardia y someterse a una vigilancia de todos los instantes. ¿Se sabía si no se produciría un nuevo ataque?... ¿Se sabía si una tropa numerosa, superior a la banda de Kongre, no había desembarcado recientemente en algún otro punto de la isla?... ¿Se sabía si la presencia de esta banda de piratas no era finalmente conocida en Buenos Aires, y si el Gobierno argentino no buscaba destruirla?

Sentados a popa, Kongre y Carcante charlaban de todo esto, o más bien el segundo hablaba solo, pues Kongre estaba demasiado absorto para responderle de otra manera que con breves palabras.

Fue Carcante quien primero había emitido esta hipótesis: el desembarco en la Isla de los Estados de soldados enviados en persecución de Kongre y de sus compañeros. Pero, admitiendo que no se hubiera tenido conocimiento de su desembarco, no es así como una tropa regular habría procedido. Habría atacado francamente el lugar, o bien, si el tiempo de actuar así le hubiera faltado, habría tenido a la entrada de la bahía varias embarcaciones que habrían interceptado la goleta y se habrían apoderado de ella esa misma noche, sea a viva fuerza, al abordaje, sea después de haberla puesto en la imposibilidad de continuar su ruta. En todos los casos, no se habría escondido después de una única escaramuza, como lo hacían estos asaltantes desconocidos, cuya prudencia demostraba la debilidad.

Carcante abandonó pues esta hipótesis, y volvió a la suposición emitida por Vargas:

– Sí… los que han dado el golpe tenían únicamente por objetivo impedir a la goleta abandonar la isla, y, si son varios, es que algunos hombres del Century han sobrevivido… Habrán encontrado a ese guardián, y sabido por él la próxima llegada del aviso… ¡Ese cañón, es un resto encontrado por ellos!

– El aviso no está todavía aquí —dijo Kongre con una voz que la cólera hacía temblar—. Antes de su regreso, la goleta estará lejos.

En efecto, era muy improbable, admitiendo que el guardián del faro hubiera encontrado a náufragos del Century, que estos fueran más de dos o tres como máximo. ¿Cómo admitir que una tempestad tan violenta hubiera perdonado más existencias? ¿Qué podría este puñado de hombres contra una tropa numerosa y bien armada? La goleta, una vez reparada, se haría de nuevo a la vela y ganaría alta mar siguiendo, esta vez, el centro de la bahía. Lo que había sido hecho una primera vez no sabría serlo una segunda.

No era pues más que una cuestión de tiempo: ¿cuántos días duraría la reparación de la nueva avería?

No hubo ninguna alerta esa noche, y, al día siguiente, la tripulación se puso manos a la obra.

El primer trabajo consistió en desplazar la parte de la carga dispuesta en la bodega contra el costado de babor. No hizo falta menos de medio día para subir esta cantidad de objetos a cubierta. Por otra parte, no sería necesario ni desembarcar el cargamento ni halar la goleta sobre el banco de arena. Encontrándose los agujeros de las balas un poco por encima de la flotación, se lograría, atracando el bote cerca de la aleta, taparlos sin demasiada dificultad. Lo esencial era que el armazón no hubiera sido dañado por los proyectiles.

Kongre y el carpintero descendieron entonces a la bodega, y he aquí cuál fue el resultado de su examen:

Las dos balas no habían alcanzado más que el forro, que habían atravesado aproximadamente a la misma altura, y se las reencontró al desplazar la carga. No habían hecho más que rozar las cuadernas cuya solidez no estaba comprometida. Los agujeros, situados a dos o tres pies uno del otro, eran ambos de bordes limpios, como recortados a la sierra. Podrían ser cerrados herméticamente con tapones mantenidos por piezas de madera intercaladas entre el armazón, y por encima de las cuales se aplicaría una lámina de forro.

En suma, no eran estas grandes averías. No comprometían el buen estado del casco, e iban a ser prontamente reparadas.

– ¿Cuándo? —preguntó Kongre.

– Voy a preparar los travesaños interiores, y estarán colocados esta noche —respondió Vargas.

– ¿Y los tapones?

LISTOS PARA DISPARAR CUANDO EL GOLET PASARA POR EL LADO.

– Los tapones estarán hechos mañana por la mañana, y colocados por la tarde.

– ¿Así que podríamos arrumar la carga por la tarde y zarpar pasado mañana por la mañana?

– Ciertamente —declaró el carpintero.

Sesenta horas habrían pues bastado para estas reparaciones, y la partida del Carcante no se retrasaría en suma más que dos días.

Carcante preguntó entonces a Kongre si, por la mañana o por la tarde, no se proponía dirigirse al cabo San Juan.

– Para ver un poco lo que pasa por allí —dijo.

– ¿Para qué? —respondió Kongre—. No sabemos a quién nos enfrentamos. Habría que estar en grupo, de diez o doce, y, por consiguiente, no dejar más que dos o tres hombres de guardia en la goleta. ¿Y quién sabe lo que ocurriría durante nuestra ausencia?...

– Es justo —convino Carcante—, y además, ¿qué ganaríamos con ello? ¡Que los que han disparado contra nosotros se vayan a ahorcar a otra parte! Lo importante es abandonar la isla, y lo más rápido posible.

– Pasado mañana por la mañana, estaremos en el mar —declaró Kongre claramente.

Había pues todas las probabilidades de que el aviso, que no debía llegar hasta dentro de algunos días, no fuera señalado antes de la partida.

Por lo demás, si Kongre y sus compañeros se hubieran transportado al cabo San Juan, no habrían encontrado rastro de Vásquez y de John Davis.

He aquí lo que había pasado:

Durante la tarde de la víspera, la proposición hecha por John Davis los ocupó a ambos hasta la noche. El lugar elegido para colocar allí la carronada fue el ángulo mismo del acantilado. Entre las rocas que atascaban aquel recodo, John Davis y Vásquez pudieron fácilmente establecer la cureña, tarea fácil en suma. Pero tuvieron gran dificultad en arrastrar el cañón hasta allí. Hubo que tirarlo sobre la arena de la playa, y luego atravesar un espacio erizado de cabezas de rocas, donde el arrastre ya no era posible. De ahí la necesidad de levantar la pieza con palancas, lo que exigió tiempo y fatiga.

Eran cerca de las seis, cuando la carronada fue colocada sobre su cureña de manera a poder ser apuntada sobre la entrada de la bahía.

John Davis procedió entonces a la carga e introdujo un fuerte cartucho de pólvora, que fue atacado con un taco de algas secas, por encima del cual fue colocada la bala. El oído de la pieza fue luego cebado. No había más que prenderle fuego en el momento deseado.

John Davis dijo entonces a Vásquez:

– He reflexionado bien sobre lo que conviene hacer. Lo que hace falta no es hundir la goleta. Todos esos bribones ganarían la orilla, y quizás no podríamos escaparles. Lo esencial es que su goleta se vea forzada a regresar al fondeadero, y a permanecer allí algún tiempo para reparar sus averías.

– Sin duda —hizo observar Vásquez—, pero un agujero de bala puede ser tapado en una mañana.

– No —respondió John Davis—, puesto que estarán obligados a desplazar la carga. Estimo que eso durará cuarenta y ocho horas, al menos, y ya estamos a 28 de febrero.

– Y si el aviso no llega hasta dentro de una semana —objetó Vásquez—. ¿No valdría más disparar a la arboladura que al casco?

– Evidentemente, Vásquez, una vez desarbolada de su palo de trinquete o de su palo mayor —y no veo apenas cómo podrían reemplazarlos— la goleta estaría retenida por mucho tiempo. Pero alcanzar un palo es más difícil que alcanzar un casco, y es preciso que nuestros proyectiles den en el blanco con seguridad.

– Sí —respondió Vásquez—, tanto más cuanto que, si estos miserables no salen más que con la marea de la tarde, lo que es probable, ya habrá poca luz. Haga pues lo mejor, Davis.

Estando todo preparado, Vásquez y su compañero no tuvieron más que esperar, y se apostaron al lado de la pieza, listos para disparar, tan pronto como la goleta pasara por el través.

Se sabe cuál fue el resultado de este cañoneo y en qué condiciones el Carcante tuvo que regresar a su fondeadero. John Davis y Vásquez no abandonaron el lugar antes de haberlo visto regresar al fondo de la bahía.

Y ahora, lo que les ordenaba la prudencia, era buscar un refugio en algún otro punto de la isla.

En efecto, así como dijo Vásquez, quizás al día siguiente Kongre y una parte de sus hombres vendrían al cabo San Juan. ¿Quizás querrían ponerse a perseguirlos?...

Su decisión fue rápidamente tomada. Abandonar la gruta, buscar a una o dos millas de allí un nuevo abrigo situado de tal manera que pudieran ver todo navío que llegara por el norte. Si el Santa Fe aparecía, le harían señales, después de haber regresado al cabo San Juan. El comandante Lafayate enviaría un bote, los recogería a bordo y sería informado de la situación —situación que sería finalmente resuelta, ya fuera que la goleta estuviera todavía retenida en la cala, ya fuera, —lo que era desgraciadamente posible,— que se hubiera hecho de nuevo a la mar.

«¡Quiera Dios que eso no ocurra!» se repetían John Davis y Vásquez.

En medio de la noche, ambos se pusieron en camino, llevando provisiones, sus armas, y su reserva de pólvora. Siguieron la orilla del mar durante unas seis millas aproximadamente, contorneando el puerto Saint-Jean. Después de algunas búsquedas, acabaron por descubrir, del otro lado de este golfo, una cavidad que bastaría para albergarlos hasta la llegada del aviso.

Por otra parte, si la goleta llegaba a salir, les sería factible regresar a la gruta.

Durante toda la jornada, Vásquez y John Davis permanecieron en observación. Todo el tiempo que subía la marea, sabían que la goleta no podía zarpar, y no se inquietaban. Pero, con la marea bajante, el temor los volvía a asaltar de que las reparaciones hubieran sido terminadas durante la noche. Kongre no retrasaría seguramente su partida, ni siquiera una hora, tan pronto como la partida fuera posible. ¿No debía temer ver aparecer al Santa Fe, tanto como John Davis y Vásquez lo llamaban con todos sus deseos?

Al mismo tiempo, estos vigilaban el litoral. Pero ni Kongre, ni ninguno de sus compañeros se mostraron por allí.

En efecto, como se sabe, Kongre había decidido no perder su tiempo en búsquedas que habrían sido verosímilmente inútiles. Activar el trabajo, terminar las reparaciones en el más breve plazo, era lo que mejor podía hacer y es lo que hacía. Así como lo había dicho el carpintero Vargas, la pieza de madera fue colocada por la tarde entre el armazón. Al día siguiente, los tapones serían preparados y ajustados tal como lo había prometido.

Vásquez y John Davis no tuvieron pues ninguna alerta durante esta jornada del 1 de marzo. ¡Pero cuán larga les pareció!

Por la noche, después de haber vigilado la salida de la goleta, y cuando tuvieron la certeza de que no había abandonado su fondeadero, vinieron a acurrucarse en la cavidad, donde el sueño les procuró un reposo del que tenían gran necesidad.

Al día siguiente, estaban en pie desde el alba.

Sus primeras miradas fueron dirigidas hacia el mar.

Ningún navío a la vista. El Santa Fe no aparecía y ninguna humareda se mostraba en el horizonte.

¿Iba la goleta a hacerse a la mar con la marea de la mañana? La marea bajante acababa de establecerse. Si la aprovechaba, habría doblado el cabo San Juan en una hora…

En cuanto a reanudar la tentativa de la víspera, John Davis no podía ni pensarlo, Kongre estaría sobre aviso. Pasaría fuera de alcance, y las balas no alcanzarían la goleta.

La goleta estaba allí, flotando en la cala.

Se comprende a qué impaciencias, a qué inquietudes fueron presas John Davis y Vásquez hasta el final de esta marea. Finalmente, hacia las siete, el flujo se hizo sentir. En adelante, Kongre no podría ya zarpar más que en la próxima marea de la tarde.

El tiempo era bueno, el viento, que había rolado, se mantenía en la parte del nordeste. El mar ya no se resentía de la última tempestad. El sol brillaba entre ligeras nubes muy elevadas que no alcanzaba la brisa.

Otra interminable jornada para Vásquez y John Davis. No más que la víspera tuvieron alerta alguna. La banda no había abandonado la cala. Que uno de los piratas se alejara de ella por la mañana o por la tarde parecía muy improbable.

– Eso prueba que estos bribones están completamente en su tarea —dijo Vásquez. —¡Sí! se apresuran —respondió John Davis—. Pronto, esos agujeros de bala estarán tapados. Nada los retendrá ya. —Y quizás… esta noche… aunque la marea sea tarde —añadió Vásquez—. ¡Es verdad, esta bahía, la conocen! No necesitan una luz para iluminarla. La remontaron la noche pasada… Si la descienden la noche próxima, su goleta se los llevará… ¡Qué desgracia —concluyó con desesperación—, que usted no la haya desarbolado! —¡Qué quiere usted, Vásquez —respondió Davis—, hemos hecho todo lo que podíamos!... ¡A Dios hacer el resto! —Lo ayudaremos —dijo entre dientes Vásquez, que pareció tomar de repente una enérgica resolución.

John Davis permanecía pensativo, iba y venía por la playa, los ojos vueltos hacia el norte. Nada en el horizonte… ¡nada!

De repente, se detuvo. Volvió junto a su compañero, y le dijo:

– Vásquez… ¿y si fuéramos a ver lo que hacen allá? —¿Al fondo de la bahía, Davis? —Sí… reconoceríamos si la goleta está en estado… si se prepara a partir… —¿Y de qué nos servirá?... —¡Para saber, Vásquez! —exclamó John Davis—. Hiervo de impaciencia. Ya no puedo más… ¡Es más fuerte que yo!

Y, verdaderamente, el segundo del Century ya no era dueño de sí.

– Vásquez —prosiguió—, ¿cuánto hay de aquí al faro? —Tres millas como máximo, pasando por encima de las colinas y yendo en línea recta hasta el fondo de la bahía. —Bueno, iré, Vásquez… partiré hacia las cuatro… llegaré antes de las seis… me deslizaré tan lejos como me sea posible. Será todavía de día… pero no me verán… ¡y yo… veré!

Habría sido inútil tratar de disuadir a John Davis. Vásquez por otra parte no lo intentó, y, cuando su compañero le dijo:

– Usted se quedará aquí. Vigilará el mar… Habré regresado por la tarde… Iré solo…

Respondió, como hombre que tiene su plan:

– Lo acompañaré, Davis. No me disgustaría, a mí tampoco, ir a dar una vuelta por el lado del faro.

Estaba decidido, se haría.

Durante las algunas horas que debían transcurrir antes del momento de la partida, Vásquez, dejando a su compañero solo en la playa, se aisló en la cavidad que les había servido de refugio y se entregó a tareas misteriosas. El segundo del Century lo sorprendió una vez afilando cuidadosamente su ancho cuchillo sobre una esquirla de roca, otra vez, mientras rasgaba una camisa en tiras que trenzaba luego a manera de cuerda floja.

A las preguntas que le fueron hechas, Vásquez respondió evasivamente, asegurando que se explicaría más claramente llegada la noche. John Davis no insistió.

A las cuatro, después de haber comido una galleta y un trozo de corn-beef, ambos, armados con sus revólveres, se pusieron en camino.

Un estrecho barranco les facilitó la subida de las colinas cuya cresta alcanzaron sin demasiada dificultad.

Delante de ellos se extendía una ancha meseta árida, donde crecían solamente algunas matas de agracejos. Ni un solo árbol hasta donde la vista podía alcanzar. Algunos pájaros marinos chillones y ensordecedores volaban en bandadas, huyendo hacia el sur.

En cuanto a la dirección a seguir para ganar el fondo de la bahía de Elgor, estaba claramente indicada.

– Allí —dijo Vásquez.

Y, con la mano, mostraba el faro que se alzaba a menos de dos millas.

– ¡Marchemos! —respondió John Davis.

Ambos iban a paso rápido. Si tenían que tomar algunas precauciones, sería en las proximidades de la cala.

No fue hasta después de media hora de marcha que se detuvieron, jadeantes. Pero no sentían su fatiga.

Quedaba todavía media milla por franquear. La prudencia se volvía necesaria, en caso de que Kongre o uno de sus hombres hubiera estado en observación en la galería del faro. A esta distancia, podían ser vistos.

Con este tiempo muy claro, la galería era perfectamente visible. Nadie se encontraba allí en ese momento, pero quizás Carcante o cualquier otro se mantenía entonces en la cámara de guardia, desde donde, por las estrechas ventanas orientadas a todos los puntos cardinales, la mirada abarcaba la isla sobre una vasta extensión.

John Davis y Vásquez se deslizaron entre las rocas, esparcidas aquí y allá en un desorden caótico. Pasaban de una a otra, ocultándose, reptando a veces para atravesar un espacio descubierto. Su marcha fue considerablemente retrasada durante esta última parte del camino.

Eran cerca de las seis cuando alcanzaron el último resalte de las colinas que enmarcaban la cala. Clavaron sus miradas por debajo de ellos.

Que pudieran ser vistos, no era posible, a menos que uno de los hombres de la banda viniera a subir la colina. Incluso desde lo alto del faro, no habrían sido visibles, en medio de las rocas con las que se confundían.

La goleta estaba allí, flotando en la cala, sus palos y sus vergas listos, sus aparejos en buen estado. La tripulación estaba ocupada en volver a meter en la bodega la parte de la carga que había tenido que ser depositada en cubierta durante las reparaciones. El bote se mecía al extremo de su amarra a popa, y, puesto que ya no estaba contra el costado de babor, es que el trabajo había terminado, es que los agujeros de bala estaban tapados.

– Están listos —murmuró John Davis, comprimiendo su cólera a punto de estallar. —¿Quién sabe si no van a zarpar antes de la marea, dentro de dos o tres horas? —¡Y no poder nada… nada! —repetía John Davis.

En efecto, el carpintero Vargas había cumplido su palabra. La tarea había sido rápida y convenientemente ejecutada. Ya no quedaba rastro de la avería. Estos dos días habían bastado. La carga vuelta a colocar, las escotillas cerradas, el Carcante iba a estar en estado de partir de nuevo.

Sin embargo, el tiempo transcurrió; el sol descendió, desapareció; la noche se hizo, sin que nada permitiera creer en una próxima partida de la goleta. Desde su refugio, Vásquez y John Davis escuchaban los ruidos que subían hasta ellos desde la bahía. Eran risas, gritos, juramentos, el chirrido de los bultos arrastrados sobre la cubierta. Hacia las diez, oyeron netamente el ruido de una escotilla que se cerraba. Luego, fue el silencio.

Davis y Vásquez esperaron, el corazón encogido. Sin duda, terminado el trabajo, era el momento de la partida… No, la goleta se balanceaba siempre al fondo de la cala, el ancla siempre en el fondo, las velas siempre sobre sus cargaderas.

Pasó una hora. El segundo del Century agarró la mano de Vásquez:

– La marea cambia —dijo—. He aquí el flujo. —¡No partirán! —Hoy. ¿Pero mañana?... —Ni mañana, ni nunca —afirmó Vásquez—. Venga —añadió saliendo de la anfractuosidad donde habían permanecido emboscados.

Davis, muy intrigado, siguió a Vásquez, que avanzaba prudentemente hacia el faro. En pocos instantes, estuvieron al pie del montículo que servía de pedestal a la torre. Llegado allí, Vásquez, después de una corta búsqueda, desplazó una roca que hizo pivotar sin demasiado esfuerzo.

– Deslícese ahí dentro —dijo a Davis, designándole con la mano el debajo de la roca—. He aquí un escondite que descubrí por azar mientras estaba en el faro. No sospechaba entonces que me serviría un día. No es una caverna. Es un simple agujero en el que apenas podremos caber los dos. Pero se podría pasar mil veces delante de nuestra puerta sin adivinar que la casa está habitada.

Davis, obedeciendo a la invitación, se dejó deslizar en la cavidad, donde lo alcanzó inmediatamente Vásquez. Apretados uno contra otro al punto de no poder moverse, se hablaban boca a boca, a media voz.

– He aquí mi plan —dijo Vásquez—. Va a esperarme aquí. —¿Esperarle? —repitió Davis. —Sí; yo, voy a la goleta. —A la goleta —repitió todavía Davis estupefacto. —He resuelto que los bribones no partirán —declaró firmemente Vásquez.

Sacó de su chaquetón dos paquetes y un cuchillo.

– He aquí un cartucho que he hecho con nuestra pólvora y un trozo de camisa. Con otro trozo de camisa y el resto de pólvora, he fabricado una mecha, hela aquí. Pongo todo sobre mi cabeza y voy hasta la goleta a nado. Me alzo a lo largo del timón, y, con este cuchillo, cavo un agujero bajo la bóveda, entre el timón y el codaste. En este agujero, coloco mi cartucho, enciendo la mecha y regreso. Tal es mi proyecto, que nada en el mundo me impedirá cumplir. —¡Es maravilloso! —exclamó John Davis entusiasmado—. Pero no le dejaré correr solo tal peligro. Lo acompañaré. —¿Para qué? —replicó Vásquez—. Un hombre pasa mejor, cuando está solo, y un hombre basta para lo que quiero hacer.

Por más que Davis insistió, Vásquez permaneció inflexible. La idea era suya, y entendía ponerla en ejecución solo. A regañadientes, Davis tuvo que ceder.

En el momento más oscuro de la noche, Vásquez, después de haberse despojado de sus ropas, reptó fuera del agujero y comenzó a descender la pendiente de la colina. Llegado al mar, se metió en el agua y nadó con un brazo vigoroso hacia la goleta, que se balanceaba suavemente a un cable de la orilla.

A medida que se acercaba, la masa del buque se hacía más negra y más imponente. Nada se movía a bordo. Se vigilaba sin embargo. Pronto el nadador vio netamente la silueta del hombre de guardia. Sentado en el castillo de proa, las piernas colgando sobre el agua, el marinero silbaba una canción marina cuyas notas se desgranaban, claras en el silencio de la noche.

Vásquez describió una curva, y, acercándose al navío por la popa, se volvió invisible en la sombra más opaca proyectada por la bóveda. El timón se redondeaba por encima de él. Agarró con ambas manos la superficie resbaladiza, y, a costa de esfuerzos sobrehumanos, logró elevarse, agarrándose a los herrajes. Habiendo logrado ponerse a horcajadas sobre la cima de la pala, la apretó entre sus rodillas, como un jinete habría apretado su montura. Sus manos así vueltas libres, pudo tomar el saco fijado sobre la cima de su cabeza, y, reteniéndolo entre los dientes, explorar su contenido. El cuchillo que sacó de él comenzó enseguida su obra. Poco a poco, el agujero que cavaba entre la pala y el codaste se volvió más ancho y más profundo. Después de una hora de trabajo, la hoja del cuchillo salió por el otro lado. En este agujero vuelto bastante grande, Vásquez deslizó el cartucho preparado, le adaptó la mecha, luego buscó su mechero al fondo del saco.

En ese momento, sus rodillas cansadas aflojaron un cuarto de segundo su presión. Se sintió deslizar, y, deslizarse, era el irremediable fracaso de su tentativa. Su mechero una vez mojado, ya no le daría fuego. En el movimiento involuntario que hizo para recuperar su equilibrio, el saco osciló, y su cuchillo, que, la obra cumplida, había vuelto a meter allí, se escapó de él y cayó, haciendo salpicar el agua en ruidosas gotitas.

La canción del hombre de guardia había cesado bruscamente. Vásquez lo oyó descender del castillo, caminar sobre la cubierta, subir a la toldilla. Vio su sombra dibujarse en la superficie del mar. El marinero, inclinado sobre el coronamiento, buscaba sin duda discernir la causa del ruido insólito que había atraído su atención. Largo tiempo, permaneció así, mientras que Vásquez, las piernas rígidas, las uñas crispadas sobre la madera resbaladiza, sentía poco a poco que la fuerza le faltaba.

Finalmente, tranquilizado por el silencio, el marinero se alejó, y, regresando a proa, reanudó su canción.

Vásquez retiró el mechero del saco y golpeó el sílex a pequeños golpes. Algunas chispas saltaron. La mecha, encendida, comenzó a crepitar solapadamente.

Rápidamente, Vásquez, dejándose deslizar a lo largo del timón, entró de nuevo en el agua, y, a largas brazadas silenciosas, huyó hacia tierra.

En el escondite, donde había permanecido solo, el tiempo parecía interminable a John Davis. Media hora, tres cuartos de hora, una hora transcurrieron. Davis, no pudiendo más, salió del agujero reptando y miró ansiosamente hacia el mar. ¿Qué podía haberle ocurrido a Vásquez? ¿Había fracasado su tentativa? En todo caso, no debía haber sido descubierto, puesto que no se oía ningún ruido.

De repente, repercutida por el eco de la colina, una explosión sorda estalló en la calma de la noche, explosión inmediatamente seguida de un ensordecedor concierto de pisoteos y de gritos. Algunos instantes más tarde, un hombre, todo sucio de agua y de lodo, llegaba corriendo, empujaba a Davis, se deslizaba junto a él al fondo del escondite, y hacía volver a caer el bloque que disimulaba la entrada.

Casi enseguida una tropa de hombres pasó gritando. Los gruesos zapatos golpeando con gran ruido las rocas no lograban cubrir sus voces.

– ¡Ánimo! —decía uno—. Lo tenemos. —Lo he visto como te veo a ti —decía otro—. Está solo. —No lleva cien metros de ventaja. —¡Ah! ¡el canalla! Lo tendremos.

El ruido decreció, se extinguió.

– ¿Está hecho? —preguntó Davis a media voz. —Sí —dijo Vásquez. —¿Y piensa usted haber tenido éxito? —Lo espero —respondió Vásquez.

Al alba, un estruendo de martillos hizo desaparecer toda incertidumbre. Puesto que se trabajaba así a bordo de la goleta, es que tenía averías, y que la tentativa de Vásquez había tenido éxito. Pero, cuál era la importancia de estas averías, he aquí lo que ni uno ni otro podía saber.

«¡Quieran ellas ser lo bastante graves para retenerlos un mes en la bahía!» exclamó Davis, olvidando que, en ese caso, su compañero y él habrían muerto de hambre al fondo de su refugio.

«¡Silencio!» murmuró Vásquez, agarrándole la mano.

Una nueva tropa se acercaba, silenciosa esta. Quizás la misma regresando de su caza infructuosa. En todo caso, los hombres que la componían no pronunciaban una palabra.

No se percibía más que el ruido de los talones martilleando el suelo.

Toda la mañana, Vásquez y Davis oyeron así pisotear a su alrededor. Bandas pasaban, lanzadas en persecución del inasible asaltante. Sin embargo, a medida que las horas transcurrían, esta persecución pareció ralentizarse. Desde hacía mucho tiempo ya, nada había vuelto a turbar el silencio circundante, cuando, hacia mediodía, tres o cuatro hombres se detuvieron a dos pasos del agujero en el que Davis y Vásquez estaban acurrucados.

– ¡Decididamente, es inencontrable! —dijo uno de ellos, sentándose sobre la misma roca que obstruía el orificio. —Mejor renunciar a ello —afirmó otro—. Los camaradas ya han regresado a bordo. —Y vamos a hacer como ellos. Tanto más cuanto que, después de todo, el bribón ha fallado su golpe.

Invisibles, Vásquez y Davis se estremecieron, y prestaron oído con más atención todavía.

– Sí —aprobó un cuarto interlocutor—. ¡Mirad eso, que quería hacer saltar el timón! —¡El alma y el corazón de un buque, vamos! —¡Vaya cosa, como dice el otro, que eso nos habría hecho! —Afortunadamente su cartucho ha estallado a babor y a estribor. El mal se reduce a un agujero en la bóveda y a un herraje arrancado. En cuanto a la mecha del timón, apenas si la madera ha sido chamuscada. —Todo estará reparado hoy —prosiguió el primero que había hablado—. ¡Y esta noche, antes del flujo, vira al molinete, muchachos! ¡Después de eso, que el otro reviente de hambre, si le apetece! —¡Bueno, López! ¿estás bastante descansado? —interrumpió brutalmente una voz ruda—. ¿Para qué tanto parlotear? Volvamos. —¡Volvamos! —dijeron los otros tres, poniéndose de nuevo en marcha.

En el escondite donde estaban enterrados, Vásquez y Davis, aplastados por lo que acababan de oír, se miraban en silencio. Dos gruesas lágrimas hincharon los ojos de Vásquez, se deslizaron de sus pestañas, sin que el rudo marino se preocupara de ocultar este testimonio de su impotente desesperación. He aquí pues a qué resultado irrisorio había llegado su heroica tentativa. Doce horas de retraso suplementario, a eso se reducía el daño sufrido por la banda de piratas. ¡Esa misma noche, sus averías reparadas, la goleta se alejaría sobre el vasto mar y desaparecería en el horizonte!

El ruido de los martillos que subía de la orilla probaba que Kongre hacía trabajar con ardor para poner el Carcante en estado. Hacia las cinco y cuarto, para gran desesperación de Vásquez y de Davis, este ruido cesó bruscamente. Comprendieron que el último golpe de martillo había terminado el trabajo. Algunos minutos más tarde, el chirrido de la cadena raspando el escobén confirmó esta hipótesis. Kongre ponía el ancla a pique. El instante de la partida se acercaba.

Vásquez no pudo más. Haciendo pivotar la roca, arriesgó prudentemente una mirada al exterior.

Hacia el oeste, el sol declinante alcanzaba la cima de las montañas que limitaban la vista de este lado. En esta fecha, próxima al equinoccio de otoño, una hora no transcurriría antes de que se hubiera puesto.

En el lado opuesto, la goleta estaba todavía anclada al fondo de la cala. No existía ningún rastro visible de sus recientes averías. Todo parecía en regla a bordo. La cadena, vertical como lo había supuesto Vásquez, mostraba que un último esfuerzo bastaría para hacer garrear el ancla en el momento deseado.

Este, olvidando toda prudencia, había sacado la mitad del cuerpo fuera del agujero. Davis, detrás de él, se apretaba contra su hombro. Ambos, jadeantes, miraban.

La mayoría de los piratas ya habían regresado a bordo. Algunos, sin embargo, estaban todavía en tierra. Entre estos, Vásquez reconoció perfectamente a Kongre, que, en el recinto del faro, daba cien pasos con Carcante.

Cinco minutos más tarde, se separaron, y Carcante se dirigió hacia la puerta del anexo.

– Tengamos cuidado —dijo Vásquez a media voz—. Va sin duda a subir al faro.

Ambos se dejaron deslizar al fondo de su escondite.

En efecto, Carcante hacía una última vez la ascensión del faro. La goleta iba a partir en un instante. Quería todavía observar el horizonte, y ver si algún buque no aparecía a la vista de la isla.

Por otra parte, la noche sería calma, el viento había amainado con la tarde, y eso prometía un buen tiempo a la salida del sol.

Cuando Carcante hubo alcanzado la galería, John Davis y Vásquez lo vieron muy distintamente. Daba la vuelta a ella, paseando su catalejo hacia todos los puntos del horizonte.

De repente, un verdadero aullido se escapó de su boca. Kongre y los otros habían levantado la cabeza hacia él. Con una voz que fue oída por todos, Carcante gritaba:

– ¡El aviso… el aviso!

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