Familia sin nombre · Parte 2

II

UN ANIVERSARIO

Eran las cinco de la tarde cuando Juan dejó el Champlain. Tres leguas, poco más o menos, le separaban de la ciudad de Chambly, hacia donde se dirigía.

¿Qué iba a hacer en Chambly? ¿No había acabado ya su obra de propaganda en los condados del Suroeste antes de su llegada a la villa Montcalm? Sí; pero esa parroquia no había recibido todavía su visita. ¿Por qué motivo? Nadie hubiera podido adivinarlo. No había hablado de ello a persona alguna, y apenas si se lo decía a él mismo. Iba allí, hacia Chambly, como si alguna cosa le atrajera y le rechazara a la vez, teniendo, sin embargo, conciencia del combate que se libraba en su corazón.

Doce años habían transcurrido desde que Juan abandonó el pueblo en que había nacido; y como nunca le habían vuelto a ver, con seguridad no le conocerían. Y él mismo, después de tan larga ausencia, ¿no habría olvidado la calle en donde jugaba cuando niño, ni la casa en que se había deslizado su infancia?

No. Esos recuerdos de los primeros años de su vida no podían haberse borrado de su memoria. Al salir del bosque se encontró en medio de las praderas que recorría en otros tiempos, cuando se dirigía a la barca para atravesar el San Lorenzo. No era un extranjero quien atravesaba ese territorio; era un hijo del país, que no titubeó un solo instante para tomar caminos de travesía o para evitar algunos recodos, a fin de abreviar el trayecto que tenía que recorrer; y seguramente que al llegar a Chambly no dejaría de reconocer la plazoleta en donde se elevaba la casa paterna; la estrecha callejuela que seguía, por lo regular, para retirarse por la noche; la iglesia a que le llevaba su madre, y el colegio en que había empezado sus estudios antes de que le llevasen a Montreal.

Juan quería volver a ver estos sitios, de los que se había alejado durante tantos años. En los momentos en que iba a jugar su cabeza en una suprema lucha, sintió irresistible deseo de volver allí, adonde su miserable existencia había empezado para él. No era Juan-Sin-Nombre el que se presentaba a los reformistas del condado; era el niño que volvía, quizá por última vez, al pueblo que le había visto nacer.

Juan andaba con paso rápido para llegar a Chambly antes de que cerrase la noche y salir antes del amanecer. Absorto en sus dolorosos recuerdos, su mirada no se detenía en nada de lo que en otro tiempo hubiera fijado su atención. Ni las parejas de antes que corrían por el bosque, ni los pájaros de mil colores que gorjeaban entre el ramaje, ni la caza que andaba por los surcos, nada era capaz de distraerle en su ensimismamiento.

Cuando encontraba algún labrador ocupado todavía en las faenas agrícolas, se desviaba de su camino para no tener que contestar a su cordial saludo; quería pasar sin ser visto a través de los campos, y volver a ver Chambly sin que le conociesen.

Eran las siete cuando divisó la punta del campanario de la iglesia, que sobresalía por encima de los árboles. Aun media legua, y se encontraría en su pueblo. El sonido de las campanas, traído por el aire, llegaba a sus oídos, y en vez de exclamar:

-¡Sí, soy yo¡... ¡Yo, que quiero hallarme en medio de cuanto he amado!... ¡Vuelvo al nido!...¡Vuelvo a la nada de mi infancia!...

Se callaba, preguntándose asustado:

-¿Qué vengo a hacer aquí?

Sin embargo, por los sonidos no interrumpidos de las campanas, Juan comprendió que no eran las oraciones las que tocaban en aquel momento. ¿Para qué fiesta llamaban a los feligreses de Chambly a una hora tan avanzada?

-¡Tanto mejor! se dijo Juan. Estarán todos en la iglesia. No tendré que pasar por delante de las puertas abiertas; así nadie me verá ni me hablará. Y puesto que a nadie quiero pedir hospitalidad, nadie sabrá tampoco que he venido aquí.

Esto se decía, y proseguía su camino. En algunos momentos quería volverse; pero no, una fuerza invencible le empujaba hacia adelante.

Cuanto más se acercaba Juan a Chambly, más fijaba su atención en lo que le rodeaba, y a pesar de los cambios operados en el país durante los últimos doce años, no dejaba de reconocer las casas, los cercados y las alquerías establecidas en las cercanías de la ciudad.

Llegado que hubo a la calle principal, se deslizó a lo largo de las casas, cuyo aspecto era tan francés, que cualquiera hubiera creído hallarse en la cabeza de partido de una bailía del siglo XVII. Aquí vivía un amigo de su familia, en cuya casa Juan pasaba algunas veces los días de asueto. Allí moraba el cura de la parroquia que le había dado sus primeras lecciones: ¿Vivirían todavía aquellas buenas gentes? Después distinguió un vasto edificio a su derecha; era el colegio adonde iba todas las mañanas, que se elevaba a algunos centenares de pasos, subiendo a la parte alta de Chambly.

Aquella calle llegaba a la plaza de la iglesia, en uno de cuyos ángulos estaba situada su casa paterna, con la fachada a la plaza, y a la espalda un jardín que llegaba hasta los árboles agrupados alrededor de la ciudad.

La noche era bastante oscura, pero la puerta entreabierta de la iglesia dejaba ver en el interior bastante gente, alumbrada por la araña suspendida en la bóveda.

Juan, no teniendo ya temor de ser conocido, admitiendo que hubiesen conservado de él algún recuerdo, tuvo un instante el pensamiento de entrar en aquella iglesia, de asistir a los oficios de la noche, de arrodillarse en aquellos bancos en que había rezado; pero se sintió atraído hacia el lado opuesto de la plaza, y dirigiéndose a la izquierda, llegó por fin al ángulo formado por la casa de su familia.

Se acordaba perfectamente de ella; allí era donde estaba edificada. Todos sus detalles se presentaban a su imaginación; la puerta enrejada, que cerraba un pequeño patio delante; el palomar, que dominaba el tejado, a la derecha; las cuatro ventanas del piso bajo, la puerta en medio, el balcón de la izquierda en el primer piso, donde había visto tantas veces a su madre en medio de las flores que le adornaban. Quince años tenía cuando salió de Chambly, y a esa edad todas las cosas quedan ya profundamente grabadas en la memoria. No podía dudarlo; en aquel sitio tenía que estar la casa construida por sus antepasados en los principios de la colonia canadiense.

Y, sin embargo, ningún edificio se veía allí. Un solar lleno de ruinas, y nada más. Ruinas siniestras, ocasionadas, no por el tiempo, sino por alguna violenta acción. La duda era imposible, pues se veían piedras calcinadas, trozos de pared renegridos, pedazos de vigas medio quemados y montones de cenizas, blancos en aquellos momentos, decían bastante que en una época, relativamente remota, la casa había sido pasto de las llamas.

Un horrible pensamiento atravesó el espíritu de Juan. ¿Quién había encendido aquel fuego? ¿Sería obra de la casualidad, de una imprudencia, o de la mano de un justiciero? Juan, irresistiblemente arrastrado, penetró en las ruinas y holló con los pies las cenizas amontonadas en el suelo. Algunos murciélagos, asustados por el ruido de sus pasos, empezaron a revolotear alrededor de su cabeza. Era indudable que nadie entraba allí nunca. ¿Por qué dejaban subsistir aquellas ruinas en una parte de las más frecuentadas de la ciudad? ¿Cómo es que después del incendio ni siquiera se habían tomado el trabajo de quitar los escombros? En los doce años que faltaba de allí, Juan no había oído decir nunca que la casa paterna había sido destruida y que no quedaba de ella más que un montón de piedras ennegrecidas por el fuego. Inmóvil, no cabiéndole el corazón en el pecho, pensaba en aquel triste pasado, y en el presente, más triste aún.

-¡Eh! ¿Qué hacéis ahí, caballero? le gritó un anciano que acababa de detenerse, yendo hacia la iglesia. Juan, no habiéndole oído, no respondió.

-¡Eh! repuso el buen hombre. ¿Sois sordo? No os quedéis ahí, pues si os vieran, sería muy posible que oyeseis algo que no os gustaría. Juan salió de las ruinas, entró en la plaza, y dirigiéndose a su interlocutor, le preguntó:

-¿Es a mí a quien habláis?

-Sí, señor. Está prohibido entrar en ese sitio.

-¿Por qué?

-¡Porque es un lugar maldito!

-¡Maldito! murmuró Juan. Pero esto fue dicho en voz tan baja, que el anciano no pudo oírlo.

-¿Sois forastero, caballero?

-Sí, respondió Juan.

-¿Y sin duda hará muchos años que no habéis venido aquí?

-Sí... muchos.

-Entonces no es extraño que no sepáis... Creedme... seguid mi consejo... No volváis a entrar allí.

-Pero... ¿por qué? Porque basta que piséis esas cenizas para que quede empañada vuestra honra. ¡Esa fue la casa del traidor!...

-¿Del traidor?

-¡Sí, de Simón Morgaz! El desgraciado lo sabía bastante bien. De la morada que había querido ver por última vez, y de donde su familia había sido echada doce años antes, que él creía existiera todavía, no quedaban más que algunos trozos de pared. La habían quemado, y la tradición la había infamado de tal modo, que nadie osaba acercarse a ella y ningún habitante de Chambly pasaba por delante de ella sin maldecirla. ¡Sí; doce años habían pasado, y allí, lo mismo que en las demás provincias canadienses, nada había podido disminuir el horror que inspiraba el nombre de Simón Morgaz! Juan, con la vista inclinada al suelo, las manos temblorosas, se sentía desfallecer, y si no hubiera sido por la oscuridad; el anciano hubiera notado el rubor de la vergüenza impreso en la cara del joven.

El anciano repuso:

-¿Sois canadiense?

-Sí, contestó Juan.

-¡Entonces no podéis ignorar el crimen cometido por Simón Morgaz!

-¿Quién lo ignora en el Canadá?

-Nadie, en verdad, caballero. ¿Sois de los condados del Este?

-Sí; de allí soy: del Nuevo Brunswick.

-Está lejos, muy lejos... Tal vez no supierais que esa casa había sido destruida.

-¡No! Una desgracia... sin duda...

-Nada de eso, caballero, nada de eso, repuso el anciano. Tal vez hubiera sido mejor que cayera en ella el rayo, lo que hubiera sucedido un día u otro, puesto que Dios es justo. Pero se han adelantado a su justicia, y al día siguiente en que Simón Morgaz fue echado de Chambly con su familia, prendiéronla fuego: Después, para que sirviera de ejemplo y para que no se olvide jamás la traición de aquel malvado; han dejado las ruinas en el estado en que las estáis viendo, y está prohibido acercarse a ellas; pero no era necesaria esa prohibición, pues tal es el horror que este sitio inspira, que nadie es capaz de entrar en él.

Juan, completamente inmóvil, escuchaba aquel relato, que le partía el corazón. La animación con que hablaba el anciano demostraba bien el odio que se conservaba a todo cuanto había pertenecido a Simón Morgaz.

Allí adonde iba el joven a buscar recuerdos de su familia, no los hallaba más que de vergüenza.

El anciano, hablando, se había alejado poco a poco de la casa maldita, y se dirigía hacia la iglesia. La campana acababa de lanzar sus últimas notas a través del espacio; el oficio iba a empezar, y algunos cantos se dejaban oír ya, interrumpidos por largos silencios.

El buen hombre dijo entonces:

-Voy a dejaros, caballero, como no sea que me acompañéis a la iglesia; si así es, oiréis un sermón que producirá gran efecto en la parroquia.

-No puedo acompañaros, respondió Juan; tengo que estar en Laprairie al amanecer.

-En ese caso, no tenéis tiempo que perder, caballero; los caminos están seguros, porque de algún tiempo a esta parte los agentes de policía recorren día y noche el condado de Montreal, persiguiendo a Juan-Sin-Nombre, que seguramente no cogerán, porque Dios es tan bueno que no nos negará esa gracia que le pide el país entero, pues contamos con ese joven héroe, caballero, para libertar nuestra patria del yugo que la oprime. Si se pueden creer los rumores que corren, hallará aquí buenos patriotas prontos a seguirle.

-Lo mismo sucede en todos los condados, respondió Juan.

-¡Aquí más que en ninguna parte, porque tenemos que borrar la mancha que nos ha dejado Simón Morgaz!

El anciano, según se ve, era bastante hablador; pero iba ya a despedirse de Juan, deseándole un feliz viaje, cuando éste le detuvo, diciéndole:

-Amigo mío, ¿habéis conocido a la familia de ese Simón Morgaz?

-Sí, señor; mucho. Tengo setenta años, y tenía cincuenta y ocho cuando sucedió lo que sabéis ya. He vivido siempre en este país, que lo era también suyo, y jamás, jamás hubiera pensado que dicho señor Simón fuera capaz de tal cosa. ¿Qué ha sido de él? ¡No lo sé! Tal vez haya muerto... Tal vez se haya expatriado, bajo un nombre supuesto, para que no le echaran el suyo al rostro. ¡Pero su pobre mujer, sus hijos! ¡Ah, desgraciados, qué lástima me inspiran!... La señora Bridget, tan buena, tan generosa, aun cuando no gozaba más que de una mediana fortuna... ¡Ella que era tan querida de todos... ella que encerraba en su corazón el más ardiente patriotismo!... ¡Cuánto ha debido sufrir aquella pobre mujer; cuánto ha debido sufrir!

Imposible es pintar lo que pasaba en el alma de Juan, oyendo hablar de su madre y de todas las desgracias de su vida, enfrente de las ruinas de la casa destruida, en la que se efectuó el último acto de la traición, y en donde fueron presos los compañeros de Simón Morgaz. Era más de lo que puede soportar la naturaleza humana, y era preciso que Juan estuviera dotado de una extraordinaria energía para contenerse y no dejar escapar de su pecho un grito de angustia.

Y el anciano proseguía:

-Lo mismo que a la madre he conocido también a los hijos. Se parecían mucho a ella. ¡Ah, qué lástima de familia!... ¿En dónde estarán? Todos aquí los queríamos mucho por su buen carácter, su franqueza, su excelente corazón. El mayor era ya muy serio y muy estudioso; el pequeño, más alegre y más determinado, tomaba siempre el partido del más débil contra el más fuerte. Este se llamaba Juan, y el otro Joann, precisamente lo mismo que el joven sacerdote que va a predicar.

-¡El abate Joann! exclamó Juan.

-¿Le conocéis?

-¡No, amigo mío, no! He oído hablar de sus sermones.

-Pues bien; si no le habéis visto nunca, caballero, se os presenta la ocasión de conocerle. Ha recorrido todos los condados del Oeste, y por todas partes se han apresurado para oírle. Si podéis retrasar por una hora vuestra partida, veréis el entusiasmo que despierta en los ánimos.

-Os sigo, pues, respondió Juan.

Y ambos entraron en la iglesia, costándoles algún trabajo hallar un sitio en donde colocarse.

Las preces habían concluido, y el predicador acababa de subir al púlpito.

El abate podía tener unos treinta años, a lo sumo. Su fisonomía era apasionada, su mirada penetrante, su voz sonora y persuasiva; se parecía a su hermano, siendo, como él, imberbe. En ellos se hallaban las características facciones de su madre. Viéndole, lo mismo que escuchando sus palabras, se comprendía la influencia que el abate Joann ejercía sobre el público, atraído por su fama. Orador de la fe católica y de la fe nacional, era un apóstol, en el verdadero sentido de la palabra, un hijo de esa fuerte raza de misioneros, capaces de verter toda su sangre por confesar sus creencias.

El predicador empezó su sermón. En todo cuanto decía respecto a Dios, se adivinaba lo que quería decir en pro de su país. Sus alusiones al estado actual del Canadá eran propias para apasionar a sus oyentes, cuyo patriotismo no esperaba más que una ocasión para manifestarse. Sus gestos, su palabra y su actitud, producían sordos estremecimientos, entre la gente que llenaba la iglesia, cuando invocaba el socorro divino contra los expoliadores de las libertades públicas. Parecía que su vibrante voz sonaba como un clarín, y que su brazo extendido agitaba, desde lo alto del púlpito, la tan deseada bandera de la independencia.

Juan, oculto en la sombra, escuchaba; le pareció que hablaba él por la boca de su hermano; y es que las mismas ideas, las mismas aspiraciones, movían a aquellos dos seres, tan iguales por el corazón. Ambos luchaban por su país, cada cual a su manera; el uno por la palabra, el otro por sus actos, igualmente prontos los dos a toda clase de sacrificios.

En aquella época, el clero católico poseía en el Canadá una influencia real, desde el doble punto de vista social e intelectual, considerándose allí a los sacerdotes como personas sagradas. Era la lucha de las antiguas creencias católicas, traídas por el elemento francés desde el origen de la colonia, con los dogmas protestantes que los ingleses procuraban introducir en todas las clases de la sociedad. Los feligreses se reconcentraban en derredor de sus curas, verdaderos jefes en sus parroquias; y la política, que tendía a desprender las provincias canadienses de las manos anglosajonas, no era extraña a aquella alianza del clero y de los fieles.

El abate Joann, lo sabemos ya, pertenecía a la orden de los sulpicianos; pero lo que el lector ignora tal vez, es que esa orden, poseedora de una parte del territorio, desde el principio de la conquista saca de él, aun en la actualidad, importantes rentas. Varias servidumbres, creadas principalmente en la isla de Montreal, en virtud de derechos señoriales que le habían sido concedidos, por Richelieu, se ejerce siempre en provecho de la Congregación. De esto resulta que los sulpicianos forman en el Canadá una corporación tan honrada como poderosa, y que los sacerdotes, siendo los propietarios más ricos del país, son, por lo mismo, los que gozar de más influencia.

El sermón, más bien pudiéramos decir la arenga patriótica del abate Joann, duró unos tres cuartos de hora, y entusiasmó de tal modo a sus oyentes, que, si no hubiese sido por la santidad del lugar, ruidosos y prolongados aplausos se hubieran escuchado.

La fibra nacional había sido profundamente conmovida por la elocuente palabra de aquel orador sagrado.

Causará tal vez extrañeza el que las autoridades no pusieran freno a aquellas predicaciones en que la propaganda reformista se hacía desde la cátedra del Espíritu Santo; pero semejante extrañeza desaparecerá al considerar que era difícil encontrar en ellas una provocación directa a la insurrección, y que el púlpito gozaba de una libertad que el Gobierno no quería atacar sino con gran reserva.

Concluido el sermón, Juan se retiró a un rincón de la iglesia, mientras que la gente salía. ¿Quería, tal vez, darse a conocer a Joann, apretarle la mano y cambiar con él algunas palabras antes de reunirse con sus compañeros en el cortijo de Chipogán? Sí; sin duda. Ambos hermanos no se habían visto hacía algunos meses, porque cada cual iba por su lado para cumplir la misma obra de patriótica abnegación.

Juan esperaba, pues, detrás de los primeros pilares de la nave, cuando un gran tumulto estalló fuera; eran gritos, vociferaciones y hasta aullidos. Parecía así como una especie de ira popular que se manifestaba con extraordinaria violencia. Al mismo tiempo, grandes luces iluminaban el espacio y su reflejo penetraba hasta el interior de la iglesia.

La turba de oyentes salió, y Juan, arrastrado a pesar suyo, los siguió hasta en medio de la plaza.

¿Qué pasaba allí?

Delante de las ruinas de la casa del traidor acaban de encender una gran fogata. Algunos hombres, ayudados por niños y por mujeres, avivaban el fuego echándole brazadas de leña seca.

Y a la par que gritos de horror, estas palabras de odio se oían por doquier:

-¡A la hoguera el traidor! ¡A la hoguera Simón Morgaz!

Y en aquel instante, una especie de maniquí, vestido con harapos, fue arrastrado hacia las llamas.

Juan comprendió.

La población de Chambly procedía, en efigie, a la ejecución del miserable, lo mismo que se hace todavía en Londres, en cuya población se arrastra por la calle la imagen de Guy Fawkes, el criminal héroe de la conspiración des Poudres.

Aquel día era el 27 de Septiembre; era el aniversario del inolvidable en que Walter Hodge y sus compañeros Francisco Clerc y Roberto Farran habían muerto en el cadalso. Sobrecogido de horror, Juan quiso huir. Pero no pudo moverse; parecía que sus pies habían echado raíces en el suelo. Allí veía a su padre, injuriado, golpeado, manchado por el lodo que le tiraba aquella turba presa del delirio del odio, y le parecía que todo aquel oprobio recaía sobre él, Juan Morgaz. En aquel momento el abate Joann apareció, y la gente se apartó para dejarle paso. Él también había comprendido el sentido de esa manifestación popular, y en aquel instante conoció a su hermano, cuya cara lívida le apareció entre el reflejo de las llamas, mientras cien voces gritaban la odiosa fecha del 27 de Septiembre, y el nombre aborrecido de Simón Morgaz. El abate Joann no fue dueño de sí; extendió el brazo, y se lanzó hacia la hoguera en el momento en que iban a echar en ella el maniquí.

-¡En nombre del Dios de misericordia, exclamó, tened piedad de la memoria de aquel desgraciado! ¡Dios perdona todos los crímenes!

-¡No tiene perdón para los qué hacen traición a su patria y a los que combaten por ella! respondió uno de aquellos energúmenos. Y en un instante el fuego devoró, como lo había hecho en los demás aniversarios, la efigie de Simón Morgaz. Los clamores redoblaron, y no cesaron sino cuando las llamas hubieron de apagarse. En la sombra, nadie pudo ver que Juan y Joann se habían reunido, y que allí, agarrados de las manos, ambos bajaban la cabeza. Después, sin pronunciar una palabra, abandonaron el teatro de tan horrible escena y huyeron de la ciudad de Chambly, a la que no habían de volver.

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