Familia sin nombre · Parte 4
V
EXPIACIÓN
¿Y cómo el nombre del traidor fue revelado a los defensores de la isla Navy, y denunciada a la muchedumbre la viuda de Simón Morgaz?
Nuestros lectores no habrán olvidado que cuando Vicente Hodge, a la cabeza de un centenar de patriotas, intentó sacar a Juan Sin Nombre de la fortaleza de Frontenac; encontró en la orilla del San Lorenzo a los realistas, prontos a impedirle el paso; y esto, unido a otros hechos observados por los patriotas, les probaba que en la isla Navy existía algún espía que enteraba al coronel Mac-Nab de cuantos proyectos y de cuantos preparativos de defensa se hacían en el campamento reformista. En vano procuraron buscar dicho espía para librarse de él, pues siempre escapó a las pesquisas que se hicieron hasta en los pueblos de la frontera.
Aquel espía era Rip, que, irritado por los reveses sufridos y que le ocasionaban pérdidas considerables, intentó arreglar sus negocios con un golpe audaz, y recuperar de este modo su perdido crédito. Había salido mal de su campaña en Chipogán; de donde tuvo que retirarse con todos sus agentes; en San Carlos, ya sabemos también cómo había dejado a Juan Sin Nombre, oculto en Casa Cerrada, la posibilidad de huir, y, en fin, no había sido él, sino los agentes del jefe de policía Comeau, los que capturaron al proscrito.
Rip, decidido a tomar su desquite, y no teniendo ya que ocuparse del «asunto de Juan Sin Nombre» puesto que todo hacia creer que éste había sido ejecutado en Frontenac, resolvió ir disfrazado a la isla Navy, y una vez allí, por medio de señales convenidas con el coronel Mac-Nab, indicar a éste cuáles eran los medios de defensa de los patriotas y cual el punto de la isla más propio para intentar penetrar en ella.
Es verdad que arriesgaba su vida aventurándose de este modo en medio de los patriotas, quienes no le perdonarían si llegasen a descubrirle, antes bien le matarían como a un perro; pero nada le arredraba con tal de llegar a cobrar la suma, bastante grande, que le habían prometido si facilitaba la entrada de los realistas en la isla; cosa que ocasionaría la pérdida de los jefes principales del reformismo y el fin de la insurrección de 1837.
Rip llegó, pues, a Schlosser, se embarcó en la Carolina como simple curioso, y entró en la isla Navy.
En realidad, merced a un disfraz bien disimulado, a ciertas modificaciones en el porte, al sonido de su voz, que no era el mismo, el atrevido polizonte desempeñó su papel con desembarazo, no obstante haber allí mucho gente que le conocía, como el señor de Vaudreuil y su hija, Tomás Harcher y los suyos, con quienes se había encontrado en Chipogán, y también el Sr. Nick, a quien con seguridad no esperaba encontrar en la isla. Pero, felizmente para Rip, su disfraz era tan perfecto, que nadie sospechó de su persona, y pudo, sin comprometerse, ejercer su espionaje y corresponder con Chippewa siempre que fuese necesario. Él fue quien avisó al coronel Mac-Nab del ataque de Frontenac proyectado por Vicente Hodge.
Una circunstancia, sin embargo, debía perderle.
Hacía ya ocho días que había llegado; y vistiendo lo mismo que los gorros azules, se había encontrado varias veces en presencia de Tomás Harcher, del Sr. Nick y de otros varios, a quienes conocía perfectamente; pero no había visto todavía a Bridget, ni podía sospechar siquiera que semejante mujer se hallase en la isla Navy. La viuda de Simón Morgaz entre los patriotas era una de las cosas que menos debía esperar, habiéndola dejado en Casa Cerrada y salvádola de las horribles represalias realizadas en San Carlos, en donde la vio por primera vez después de doce años transcurridos des-de la época en que él, Rip, entró en relaciones con el traidor y su familia en Chambly. No era de temer que Bridget, lo mismo que el Notario y que Tomás Harcher, le reconociesen.
Y, en efecto, aquella no le conoció. Él fue el que se hizo traición a sí mismo en una circunstancia que toda su meticulosa circunspección no pudo prever.
Aquella noche, 16 de Diciembre, Bridget salió de casa poco antes de que Vicente Hodge, citado por el señor de Vaudreuil, entrara en ella. Una profunda oscuridad envolvía el valle del Niágara; ningún ruido se oía, ni en el pueblo ocupado por los realistas, ni en el campamento reformista. Algunos centinelas iban y venían por la ribera, vigilando el brazo izquierdo del río.
Sin darse cuenta de adónde iba, Bridget, andando maquinalmente, llegó hasta el extremo de la isla, y allí, después de detenerse algunos momentos, se preparaba para volver atrás, cuando una claridad que se movía al pie del ribazo llamó su atención.
Sorprendida e inquieta, la desgraciada anciana avanzó hasta las rocas que dominan el río en aquel sitio, y vio a un individuo que movía un farol cuya luz había de verse fácilmente desde Chippewa; y, en efecto, otra luz apareció en el campamento enemigo, respondiendo sin duda a las señales que hacía aquel hombre.
Bridget no pudo contener una exclamación de ira al ver este sospechoso cambio de señales.
De -un salto, el hombre del-farol, sorprendido por el grito que acababa de oír, subió a las rocas, y, hallándose enfrente de una mujer, alzó vivamente la luz para verle la cara.
-¡Bridget Morgaz! exclamó.
Sobrecogida un instante en presencia de aquel hombre que sabía su apellido, la pobre mujer retrocedió; pero la voz del que lo pronunció, sin cuidar de disfrazarla, evidenció la personalidad del espía.
-¡Rip!... balbuceó Bridget. ¡Rip aquí!
-El mismo soy.
-¡Rip... haciendo el papel del...
-Y bien, señora Bridget, repuso aquel miserable; lo que yo hago, ¿no lo hacéis vos también? Porque no me explico que os halléis en el campamento de los patriotas sino para comunicar...
-¡Infame! exclamó Bridget.
-¡Ah! callad, dijo Rip cogiéndola con mucha violencia por un brazo; callad, si no...
Con un leve empujón podía precipitarla en la corriente del Niágara.
-¡Me mataréis, respondió Bridget retrocediendo algunos pasos; pero no será antes de que llame para denunciaros! Y empezó a gritar:
-¡A mí! ¡Socorro! ¡A mí!
Casi en seguida se oyó cierto ruido que indicaba que los centinelas se aproximaban al sitio en que sonaban los gritos.
Rip comprendió que no tenía tiempo suficiente para deshacerse de Bridget antes de que acudieran a sus voces.
-¡Cuidado, Bridget! la dijo. Si decís quién soy yo, a mi vez diré quién sois vos!
-¡Decidlo, pues! respondió Bridget, que no titubeó, a pesar de aquella amenaza.
Y luego, con voz más fuerte, repitió:
-¡A mí, socorro, a mí!
E inmediatamente se vio rodeada por una docena de patriotas, a quienes se unieron otros muchos que acudían de diferentes puntos.
-Este hombre, dijo la anciana, es el agente Rip: es un espía de los realistas.
-Y esta mujer, replicó el polizonte, es la mujer del traidor Simón Morgaz.
El efecto, producido por aquel nombre aborrecido fue instantáneo, o hizo olvidar el de Rip.
Los gritos de ¡Bridget Morgaz!... ¡Bridget Morgaz!» dominaron el tumulto, y las amenazas y las injurias fueron todas para la infeliz mujer. Rip, que nada había perdido de su sangre fría, aprovechó la ocasión, desapareció y atravesando sin duda aquella misma noche el brazo derecho del Niágara, llegó a Schlosser, para refugiarse en el campamento de Chippewa; pues por más que le buscaron con afán, no pudieron encontrarle.
Nuestros lectores saben ahora por qué Bridget se hallaba en medio de una turba exasperada que la conducía en dirección de la casa del señor de Vaudreuil, y no habrán olvidado que en el momento de caer bajo los golpes de la muchedumbre, apareció Juan; que con estas palabras: «¡Mi madre!» reveló el secreto de su nacimiento.
¡Juan Sin Nombre era hijo de Simón Morgaz! En pocas palabras diremos cómo se encontraba el fugitivo en la isla Navy.
Después de la descarga de fusilería que estalló en el recinto de Frontenac, Juan, accidentado, casi muerto, cayó sin movimiento en los brazos de Lionel, pues había comprendido que su hermano acababa de morir por él. Los cuidados del pasante del Sr. Nick le hicieron por fin volver en sí, y puestos en marcha, atravesaron el San Lorenzo por encima del hielo, siguieron la orilla del Ontario y al amanecer se hallaron bastante lejos del fuerte.
Juan, con grandes amarguras en el alma y sin otro cui-dado que el de morir o vengarse, resolvió marchar a la isla Navy, reunirse con los insurrectos; y batirse con los realistas a la desesperada, hasta conseguir la muerte, única cosa que podía librarle de tan azarosa y cruel vida.
Recorriendo los territorios limítrofes del lago adquirió la convicción de que los anglo-canadienses creían haber acabado con él. «Pues bien; se decía; apareceré otra vez a la cabeza de mis parciales y caeré como un relámpago sobre los soldados de Colborne; tal vez esa milagrosa aparición siembre el espanto en las filas enemigas, al par que dé aliento a los «Hijos de la Libertad»
Pero por más que Juan y Lionel se apresuraron para llegar al Niágara, tuvieron que dar muchos rodeos, que fueron la causa de largos retrasos en su marcha. Los peligros a que se vieron expuestos hasta hallarse en la frontera fueron tan grandes, que tuvieron necesidad de abstenerse de viajar de día; así es que no pudieron penetrar en Schlosser hasta el 16 de Diciembre por la noche, y desde allí, sin pérdida de tiempo, se dirigieron a la isla Navy.
¡Y qué cambio tan brusco operóse, al llegar, en los sentimientos de nuestro héroe! El goce de encontrarse entre loa suyos, después de tanta persecución y tantas fatigas, se trocó por la indignación que le produjo el ver a su madre acometida por una turba desenfrenada y al observar que aquellos forajidos no eran otros que los nobles y sufridos patriotas.
Juan se lanzó a defender a su madre; pero era tal el horror que inspiraba el nombre de Simón Morgaz, que los gritos no cesaron, no obstante que los amotinados habían conocido a Juan Sin Nombre. ¡Sí! ¡Reconocieron a Juan Sin Nombre, al héroe popular a quien casi veneraban y a quien creían muerto bajo el plomo de los ingleses!... Pero la sorpresa se desvaneció, el respeto se convirtió en odio y la gratitud dejó de influir en aquellos seres, pues a las amenazas que lanzaban a Bridget se unieron otras no menos fuertes, dirigidas a su hijo.
Juan estaba impasible. Sosteniendo a su madre con un brazo, rechazaba con el otro a la multitud impetuosa que le acometía. Los señores de Vaudreuil, Farran, Clerc y Lionel en vano procuraban contenerla; y en cuanto a Vicente Hodge, al encontrarse frente a frente con el hijo del que vendió a su padre, del hombre que sabía era amado de Clary, sintió la cólera y el odio invadir su cerebro; pero, rechazando sus ideas de venganza, sólo pensaba en defender a la joven de las hostiles disposiciones que le valían su adhesión a Bridget.
Que tan duros sentimientos de aversión y de venganza se manifestasen respecto a aquella desgraciada mujer, haciéndola responsable de las traiciones de Simón Morgaz, era una solemne injusticia que no se comprende sino viniendo de una muchedumbre que no reflexiona; pero que la presencia de Juan Sin Nombre, del ciudadano que era el alma de la independencia canadiense, no detuviera aquellos excesos, no se podía explicar, después de lo que sabían había hecho por el país.
La indignación que Juan experimentó ante acto tan reprensible fue tal, que, pálido de ira y no rojo de vergüenza, exclamó con una voz que dominó el tumulto:
-¡Pues bien, sí, soy Juan Morgaz, y he aquí a Bridget Morgaz!... ¡Heridnos!... ¡No queremos ni vuestra compasión, ni vuestro desprecio!... ¡Tú, madre mía, alza la cabeza y per-dona a los que te ultrajen! ¡Tú, la más respetable de entre todas las mujeres, lanza al rostro de los que se llaman patriotas tu honradez inmaculada y tus sacrificios por la libertad y la independencia de la patria!
Ante tan valiente actitud, los brazos que amenazaban cayeron; pero las bocas vociferaban todavía:
-¡Fuera de aquí la familia del traidor! ¡Fuera de aquí los Morgaz! Y la muchedumbre apretó el círculo en derredor de las víctimas para expulsarlas de la isla; pero Clary, poniéndose delante de ellas, exclamó:
-¡Desgraciados, escuchad; que no se juzga a nadie sin oírle!
Sorprendidos por la enérgica protesta de la joven, aquellos furiosos se detuvieron.
Entonces Juan, con una voz en que el desdén se mezclaba con la indignación, dijo:
-Todo cuanto ha sufrido mi madre por causa de la infamia que ha recaído en nuestro nombre, es ocioso decirlo; pero lo que ha hecho para compensar los efectos de aquella traición y lavar la afrenta, es preciso que lo sepáis.
Ha criado a sus hijos haciéndoles comprender que tenían que sacrificarse por la patria, y que habían de renunciar para ello a toda felicidad, en este mundo.
«Vuestro padre, nos decía, ha hecho traición a la libertad, y vosotros no debéis vivir más que para devolver al país su independencia» Y después de renegar de un nombre que nos inspiraba gran horror como patriotas y gran conmiseración como hijos, el uno se fue de condado en condado, de parroquia en parroquia excitando el patriotismo de sus habitantes, mientras que el otro figuraba a la cabeza de los liberales en todas las insurrecciones. Éste se halla delante de vosotros. Aquel, el mayor, era el abate Joann, que se ha sacrificado tomando mi sitio en la prisión de Frontenac, y ha muerto bajo las balas anglo-canadienses.
-¡Joann, Joann muerto!... exclamó Bridget.
-Sí, madre mía; ha muerto como nos has mandado que muramos. ¡Ha muerto por su patria!
Y Bridget se arrodilló al lado de Clary de Vaudreuil, que, rodeándola con sus brazos, mezclaba sus lágrimas a las de la pobre madre.
La muchedumbre, conmovida ante aquella patética escena, no dejaba oír ya sino un sordo murmullo, en el que sin embargo, se notaba todavía el horror que inspiraba el nombre de Morgaz.
Juan repuso con más animación:
-Ya sabéis lo que hemos hecho, no con el objeto de rehabilitar un nombre para siempre infamado, un nombre que la casualidad os ha hecho conocer, y que esperábamos sepultar en el olvido. ¡Dios no lo ha querido! Y ahora que todo lo sabéis ¿responderéis todavía con palabras de desprecio o gritos de odio?
Era tal el horror que había provocado el recuerdo del traidor, que uno de los más furiosos se atrevió a contestar:
-¡Jamás sufriremos que la mujer y el hijo de Simón Morgaz manchen con su presencia el campamento de los patriotas!
-¡No! ¡no!... respondieron los demás; cuya ira tomó nuevo incremento.
-¡Miserables! exclamó Clary.
Bridget se levantó.
-¡Perdónalos, hijo mío! dijo. ¡Es preciso que los perdones!
-¡Perdonarlos! exclamó Juan, cuya exaltación había llegado a su colmo ante tamaña injusticia. ¡Perdonar a los que nos hacen responsables de un crimen que no hemos cometido, y que hemos querido rescatar a costa de nuestra propia sangre! ¡Perdonar a los que persiguen la traición en la mujer y en los hijos, uno de los cuales ha muerto ya por la patria, no pidiendo yo sino verter hasta la última gota de mi sangre en pro de la independencia de mi país! ¡No!... ¡Jamás! Nosotros somos los que no queremos quedarnos con estos patriotas que creen mancharse a nuestro contacto. ¡Ven, madre mía, ven!
-¡Hijo mío! dijo Bridget. ¡El sufrimiento en este mundo es la expiación!
-¡Juan! murmuró Clary.
Algunos gritos se dejaron oír todavía; pero en seguida todos callaron; abriendo paso a Bridget y a su hijo, que se dirigieron hacia el ribazo.
La infeliz madre no tenía ni siquiera fuerzas para dar un paso; esta horrible escena la había aniquilado, y Clary y Lionel iban sosteniéndola, sin poder consolarla.
Mientras que Vicente Hodge, Clerc y Farran permanecieron en medio de la muchedumbre para calmarla, el señor de Vaudreuil siguió a su hija. Como ella, sentía su corazón rebelarse ante tan grande injusticia, y, contra la abominable preocupación que hacía responsables a los inocentes del crimen cometido por otro. Para él, como para su hija, el pasado del padre se borraba ante la conducta de los hijos; así es que cuando Juan y Bridget llegaron cerca de una de las embarcaciones que hacían al servicio de Schlosser, les dijo:
-¡Dadme la mano, señora Bridget!... ¡Dadme la vuestra, Juan!... ¡Olvidad los ultrajes de aquellos desgraciados! ¡Algún día conocerán que estáis muy por encima de esos oprobios, y os pedirán que los perdonéis!
-¡Nunca! exclamó Juan, dirigiéndose hacia la embarcación, pronta a alejarse de la orilla.
-¿Adónde vais? le preguntó Clary.
-A cualquiera parte, en donde no nos alcance el desprecio de los hombres.
-Señora Bridget, repuso entonces la joven en voz bastante alta para ser oída de todos; os respeto como si fuerais mi madre. Hace poco, creyendo muerto a vuestro hijo, juré ser fiel a la memoria de aquel a quien hubiera yo querido consagrar mi vida entera... ¡Juan, os amo!... ¿Me queréis por esposa?
Juan, pálido de emoción, estuvo a punto de caer a los pies de la noble joven.
-¡Clary! la contestó. ¡Acabáis de darme la única alegría que he sentido desde que arrastro mi existencia maldita! Mas ¡ay! ya lo habéis presenciado; nada ha podido disminuir el horror que inspira nuestro nombre, y no quiero que recaiga sobre vos.
-¡No! añadió Bridget ¡Clary de Vaudreuil no puede ser la mujer de un Morgaz!
-Ven, madre mía, ven, dijo Juan.
Y, cogiendo a Bridget en brazos, la sentó en la embarcación, que se alejó, mientras que la muchedumbre pronunciaba todavía a grandes voces el nombre del traidor.
Al día siguiente, en una cabaña aislada, de los alrededores de Schlosser, en donde había llevado a su madre, Juan, arrodillado a su lado escuchaba sus últimas palabras.
Nadie sabía que en aquella choza se hallaban la mujer y el hijo de Simón Morgaz, que no estarían mucho tiempo, pues Bridget se estaba muriendo. Dentro de algunas horas iba a acabar aquella existencia llena de todos los sufrimientos y de todos los sinsabores que puede experimentar una criatura humana.
Cuando su madre hubiera muerto; cuando le hubiese cerrado los ojos y hubiera visto la tierra cubrir aquel ser tan querido, Juan estaba resuelto a huir del país que la rechazaba; desaparecería, y no volverían a oír hablar de él, ni siquiera cuando la muerte le librara a su vez de tantas penas.
Pero las últimas recomendaciones de su madre iban a echar por tierra su proyecto de abandonar la tarea que se había impuesto de rescatar el crimen de su padre.
He aquí lo que le dijo Bridget con una voz tan débil como es la que se tiene cuando se exhala el último aliento:
-Hijo mío, tu hermano ha muerto, y yo voy a morir también, después de haber sufrido mucho. ¡No me quejo!, ¡Dios es justo!... ¡Era la expiación!... ¡Juan, para que tu obra sea completa, es preciso, que olvides el ultraje que te han hecho! ¡Es preciso que empieces de nuevo tu tarea!... ¡No tienes el derecho de abandonarla!.. ¡Tu deber, hijo querido, es el de sacrificarte por tu país hasta que caigas!...
No habló más: su alma había abandonado aquel cuerpo en cuya compañía tanto hubo de sufrir.
Juan besó el rostro de su madre y cerró aquellos ojos que tanto habían llorado.