Los hermanos Kip

XI

PORT PRASLIN

El primero que se presentó a bordo del bergantín fue Zieger, negociante de Nueva Irlanda, en relaciones comerciales con la casa Hawkins. Este hombre, de edad madura, estaba instalado en Port Praslin desde hacía unos doce años, fundó su comptoir antes del tratado de partición entre Inglaterra y Alemania, que dio a la isla el nombre de Nueva Mecklenburg, y a la reunión de grupos insulares el de archipiélago Bismarck.

Las relaciones de Hawkins y Zieger fueron siempre muy cordiales. No se limitaban solamente al cambio de mercancías entre Hobart Town y Port Praslin. Varias veces había ido ya Zieger a la capital de Tasmania, donde el armador le había agasajado. Estos dos comerciantes se profesaban una verdadera estimación mutua. Nat Gibson tampoco era un extraño para los esposos Zieger, y el capitán era un amigo antiguo, a quien el corresponsal estrechó afectuosamente la mano.

Zieger, que hablaba correctamente el inglés, dijo al armador:

– Espero, señor Hawkins, que aceptarán ustedes la hospitalidad en nuestra casa de Wilhelmstaf…

– ¿Quieren ustedes que abandonemos el James Cook? —respondió el armador.

– Desde luego, amigo mío.

– A condición de que no les causemos el menor trastorno.

– Ninguno, se lo aseguro. La habitación de usted está ya preparada, y hay también otras para Gibson y su hijo.

El ofrecimiento estaba hecho con tan buena voluntad, que no era posible rehusarlo. Además, Hawkins, poco acostumbrado a vivir en el estrecho camarote de un navío, no deseaba otra cosa que cambiar aquél por la confortable habitación que de tan buen grado se le ofrecía.

La proposición fue también aceptada por Nat Gibson, pero el capitán la declinó, como había hecho siempre.

– Nos veremos todos los días, mi querido Zieger —le dijo—; pero mi presencia es necesaria a bordo, y profeso el principio de no dejar mi barco durante las escalas.

– Como usted quiera, Gibson; pero queda convenido que se le pondrá cubierto en mi mesa y que no faltará.

– Por supuesto; luego iré con Hawkins y Nat a saludar a la señora Zieger, y tomaré parte del almuerzo familiar.

El armador presentó a los dos náufragos, contando su historia a grandes rasgos. Zieger recibió a los hermanos Kip con gran simpatía, y les invitó a que fueran por su casa. No tenía habitación que ofrecerles, pero en Port Praslin encontrarían un alojamiento cómodo donde estar hasta la partida del james Cook.

Pieter Kip respondió:

– Nuestros recursos son muy escasos, mejor dicho, nulos. Hemos perdido en el naufragio cuanto poseíamos, y puesto que el señor Hawkins ha sido tan amable, admitiéndonos como pasajeros, es preferible que permanezcamos a bordo.

– Ustedes están en su casa, amigos míos —dijo el armador—; si necesitan proveerse de ropa o de alguna otra cosa, me tienen a su disposición.

– Y a mí también, señores —dijo Zieger.

– Le damos a usted las gracias, y en cuanto regresemos a Holanda le reembolsaremos…

– No se trata ahora de eso; no se preocupen ustedes de semejante cosa; ya se arreglará más tarde.

El capitán Gibson preguntó al corresponsal cuánto tiempo aproximadamente duraría la escala del bergantín en Port Praslin, para descargar las mercancías que llevaban y recibir otras nuevas.

– Unas tres semanas, caso de que le baste a usted una para descargar sus mercancías, que yo me encargo de colocar ventajosamente en la colonia.

– ¿Están dispuestas las trescientas toneladas de copra? —Tengo aquí ciento cincuenta en el almacén. Las otras ciento cincuenta habrá que ir a tomarlas a Kerawara…

– Bueno; la travesía es corta. Iremos a Kerawara, y luego el James Cook volverá a Port Praslin a completar el cargamento.

– Las cajas dé nácar están preparadas, y por este lado no habrá que sufrir ningún retraso.

– Estamos a 20 de noviembre —concluyó Gibson—, y como no tengo averías que reparar, el 14 de diciembre podremos hacernos a la vela.

– Y durante ese tiempo, señor Hawkins, pueden ustedes visitar los alrededores de Port Praslin. Valen la pena. Además, procuraremos por todos los medios posibles que no se les haga a ustedes largo el tiempo.

El armador, los hermanos Kip y Nat desembarcaron, dejando al capitán en sus ocupaciones de a bordo, con la promesa de unirse a ellos a la hora del almuerzo.

Port Praslin es un puerto muy abrigado en el fondo de su bahía, y ofrece excelentes fondeaderos a los barcos de gran tonelaje. La profundidad del agua es igual por todas partes, y entre Birara y Tombara los sondajes han registrado hasta 1400 metros. El bergantín había podido anclar a unas 30 brazas, en uno de esos fondos de arena madrepórica donde las anclas muerden sólidamente.

En aquella época constituían la población un centenar de colonos, de origen alemán la mayoría, y algunos emigrantes de nacionalidad inglesa. Ocupaban casas diseminadas al este y al oeste del puerto, bajo las magníficas umbrías del litoral.

La casa de Zieger estaba situada a una milla aproximadamente hacia el oeste remontando la costa. Pero el comptoir y los almacenes se agrupaban en una plazoleta irregular en el fondo del puerto, donde otros comerciantes habían establecido sus factorías y oficinas.

Los naturales de Nueva Irlanda viven también allí con la población colonial. Sus viviendas están edificadas sobre pilotes, y forman un grupo aparte, que se distingue de los demás. Frecuentan la población y el puerto; así es que al desembarcar el armador y sus compañeros, lo primero que encontraron fue unos cuantos indígenas sentados en el suelo.

Aunque los nativos sean poco trabajadores por naturaleza, pues la mayor parte se pasan el día sin hacer nada, el deseo de ganar algún dinero les saca de vez en cuando de su quietismo. No es, pues, raro que se ofrezcan para la carga y descarga de los barcos. Se les admite siempre, pero vigilándolos de cerca, porque arramblan con todo lo que pueden.

El indígena de Nueva Irlanda es de buena estatura, de piel amarillenta y vientre prominente. Su cabellera es lanosa y la deja caer a sus espaldas en trenzas rizadas o en tirabuzones, peinado propio de las mujeres en los países civilizados. De la nariz y de los lóbulos de las orejas cuelgan estos salvajes dientes de animales, manojos de plumas y otra porción de cosas. Estos indígenas no llevan más ropa que unos pedazos de tela, con los que han sustituido a los antiguos trozos de corteza. Para completar su indumentaria recurren a la pintura. Con ocre disuelto en aceite de coco se tiñen las mejillas, la frente, la extremidad nasal, la barbilla, las espaldas, el pecho y el vientre. Ya son pocos los que practican el tatuaje, que lo imprimen en sus miembros no por medio de pinchazos, sino surcando la carne con piedras cortantes. Toda esta ornamentación no consigue disimular la lepra de su epidermis, a pesar de las fricciones de aceite a que se someten, ni las cicatrices de heridas recibidas en los frecuentes combates con sus vecinos de Binara sobre todo.

Que los naturales de este archipiélago han sido antropófagos, no cabe duda, y hasta puede suceder que lo sean todavía si se les presenta ocasión. De todos modos, las prácticas del canibalismo han disminuido mucho, gracias a los misioneros instalados en la isla de Roon.

Los naturales agrupados en el muelle pertenecían al sexo fuerte.

– Haremos algunas excursiones al interior, y tendrán ustedes ocasión de estudiar estas hordas salvajes —dijo Zieger cuando se dirigían hacia su casa.

Era muy sombrío el camino que costeaba el litoral en dirección a Wilhelmstaf. Las plantaciones que se extendían hacia el interior llegaban a la misma orilla del mar. A la derecha, espesos bosques ascendían hasta las últimas cimas de la cadena central, dominada por los picos de Lanut. Las enredaderas, algunas de un amarillo áureo, rodeaban el tronco de los árboles, trepando hasta sus copas. Era preciso guardarse de las espinas, y Zieger no cesaba de repetir:

– Tengan ustedes mucho cuidado, si no van a llegar a casa medio desnudos.

Todo aquel dominio forestal es de colosales proporciones: cocoteros, árboles de nuez moscada, palmeras, innumerables plantas arborescentes, helechos, inocarpas de una talla superior a la que sus semejantes adquieren en otras islas del Pacífico, y cuyas raíces emergen del suelo, formando cabañas naturales capaces para cinco o seis personas.

De vez en cuando veíanse en el bosque algunos claros, con cauces de agua cristalina; eran parcelas de terreno acotadas para el cultivo de la caña de azúcar.

No había que preocuparse de las fieras, de otros animales peligrosos ni de los reptiles. No había más que cerdos salvajes, menos temibles que los jabalíes, domesticados la mayor parte; perros llamados poulis en lengua indígena, zarigüeyas y una multitud de ratas. Por último, hay una cantidad enorme de hormigas blancas, que suspenden sus esponjosos nidos de las ramas de los árboles, entre las cuales legiones de arañas tienden sus telas azul y púrpura.

– Parece que oigo ladridos —dijo Nat Gibson.

– No —contestó Zieger—, no son perros que ladran, son pájaros…

– ¿Pájaros? —repuso Hawkins muy sorprendido.

– Sí, unos cuervos que constituyen una especialidad del archipiélago Bismarck.

Nat y el armador se habían engañado, como Bougainville la primera vez que se aventuró a través de los bosques. Efectivamente, el cuervo de especie tan extraña imita perfectamente los ladridos del perro.

En un recodo del camino apareció la casa de Zieger. Era una especie de villa de madera, en medio de un vasto cercado, en el cual se alineaban los cocoteros, los naranjos y otra porción de árboles frutales. A la sombra de aquella frondosidad estaba Wilhelmstaf, de un solo piso, con una techumbre de gruesa tela alquitranada, necesaria por las frecuentes lluvias, que hacen soportable el clima de un archipiélago situado casi en el ecuador.

La señora Zieger era una mujer de unos cuarenta años, alemana como su marido, que se apresuró a salir al encuentro de sus huéspedes.

– ¡Ah, señor Hawkins! —exclamó, tendiendo la mano al armador—. ¡Cuánto gusto volver a verle!…

– Y yo también tengo una gran satisfacción en saludar a usted, querida señora —contestó Hawkins, que la besó en las dos mejillas—. Hace ya cuatro años que estuvo usted en Hobart Town.

– Cuatro y medio, señor Hawkins.

– Pues bien —declaró el armador sonriendo—, aun contando con esos seis meses más, la encuentro a usted lo mismo que estaba…

– No diré yo lo mismo de Nat —repuso la señora—. ¡Cuánto ha cambiado! Ya no es un muchacho, es todo un hombre.

– Que le pide a usted permiso para imitar al señor Hawkins —replicó Nat besándola a su vez.

– ¿Y el señor Gibson?

– Se ha quedado a bordo, pero no faltará a la hora del almuerzo.

Los Zieger no tenían hijos, y vivían en aquella villa de Wilhelmtsaf, con sus criados, un mobiliario alemán, como ellos, y una familia de colonos, alojada en un departamento próximo a la casa. Estos cultivadores tenían a su cargo la parte agrícola, en la que trabajaban también mujeres indígenas. Había campos de caña de azúcar, de batatas y de ñames, en una extensión de una milla cuadrada.

Delante de la casa el suelo estaba tapizado de finísimo césped, que la sombra de los plátanos y la frescura del agua de un arroyo conservaban siempre verde. En la parte posterior, también con mucho arbolado, había una pajarera, que encerraba los más hermosos volátiles del archipiélago, y una infinidad de gallinas domésticas, a las cuales los indígenas dan el nombre de gallo, por onomatopeya, en razón de su grito gutural.

No hay que advertir que el armador y sus acompañantes encontraron refrescos preparados en el salón de la villa.

Los hermanos Kip fueron presentados a la señora Zieger, que escuchó emocionada la historia del naufragio y del salvamento, poniéndose a la disposición de los náufragos, que agradecieron mucho tan simpático recibimiento.

Hawkins y Nat fueron a visitar sus habitaciones, amuebladas con sencillez, no exenta de confort. La señora Zieger se excusó por no poder ofrecer hospitalidad a los dos holandeses. Pero estaba convenido que no abandonarían su camarote del bergantín.

Un poco antes del mediodía llegó Gibson, acompañado del marinero Burnes, portador de diferentes objetos que Hawkins ofreció a la señora Zieger, entre ellos una pulsera, que le agradó en extremo. Inútil es decir que el capitán fue recibido con los brazos abiertos.

Se sentaron todos a la mesa, y los convidados, que tenían un apetito devorador, hicieron los honores al almuerzo, muy bien servido. Los platos fuertes los habían proporcionado él corral de la casa y el puerto de Port Praslin. Las legumbres procedían todas del cultivo de la villa. En cuanto a los vinos, se habían subido de la bien provista bodega, que los conservaba muy frescos.

Se felicitó a la señora Zieger por las excelencias de su mesa, que podía rivalizar con las mejores de Hobart Town.

– Pues hay un plato que no puedo ofrecerles, mis queridos amigos, porque ya no se hace en el país.

– ¿Cuál es?

– Un pastel compuesto de sagón, nuez de coco y sesos humanos…

– ¿Y estaba bueno?

– El rey de los pasteles.

– ¿Lo ha comido usted? —preguntó riendo Hawkins.

– No he tenido nunca ocasión —contestó la señora Zieger en el mismo tono jocoso.

– Consecuencia de haber destruido el canibalismo en el archipiélago — dijo Gibson.

El capitán debía volver a bordo del James Cook en cuanto concluyese de almorzar. Aunque tenía confianza en su contramaestre, no le gustaba ausentarse del barco, y menos con el temor de que los cuatro marineros desertaran en aquel puerto, donde no había de encontrar con quienes sustituirles.

Los recelos del capitán no eran infundados. Precisamente aquella mañana Flig Balt y Vin Mod habían estado hablando con Len Cannon y compinches, que insistían en su propósito de largarse. En vano Vin Mod había apurado su elocuencia; no lograba persuadirles de que debían permanecer a bordo.

– En fin —les dijo, como final de la argumentación—, ¿es que os disgusta el barco?

– Sí, desde el momento que lo manda un capitán —contestó Len.

– ¿Y si el capitán desapareciera?

– Es la centésima vez que nos vienes con esa tonada, Mod —contestó el marinero Kyle—; y lo cierto es que estamos en Port Praslin, y dentro de tres semanas habremos zarpado para Hobart Town.

– Donde no queremos ir —dijo Bryce.

– Y estamos decididos a largarnos —añadió Sexton.

– Esperad al menos unos días —dijo entonces Flig Balt—. Hasta que el bergantín se haga a la mar, ¡quién sabe lo que puede ocurrir!

– Y, por otra parte —observó Vin Mod—, vais a desertar, bueno; pero ¿qué es lo que vais a hacer aquí?

En aquel momento el grumete Jim, que andaba escamado de sus conciliábulos, se aproximó al grupo. Flig Balt, que lo advirtió, le dijo bruscamente:

– ¿Qué vienes a hacer tú aquí?

– Venía a almorzar.

– Ya almorzarás más tarde.

– Estoy seguro de que no has arreglado todavía el camarote de los hermanos Kip —añadió Vin Mod.

– ¡Largo, a tu obligación! —le ordenó el contramaestre. El grumete se dirigió hacia popa sin responder una palabra, y entró en el camarote de los náufragos.

El primer objeto que le llamó la atención fue un puñal que hasta entonces no había visto.

Era el que Vin Mod había robado en los restos de la Wilhelmina.

Jim cogió el puñal, examinó su hoja dentada, su mango guarnecido de clavos de cobre, y lo dejó sobre la mesita del camarote. Pensó que los hermanos Kip lo habrían recogido al registrar los restos de la goleta, y sin dar a la cosa más importancia, concluyó su tarea.

Los bribones continuaban discutiendo, sin que les oyesen los otros marineros. Len Cannon seguía obstinado y Vin Mod trataba de convencerle. Al menos, durante la escala del James Cook, sus compañeros y él no carecerían de nada, y siempre estarían a tiempo de desembarcar… ¿Quién les aseguraba que durante la travesía de Port Praslin a Kerawara, donde el bergantín había de completar su cargamento, no se presentaría una buena ocasión?… Era posible que Hawkins y Nat se quedaran en Port Praslin… Quién sabe si hasta los hermanos Kip… ¡Y entonces!…

A regañadientes, Len Cannon y sus compinches consintieron en permanecer a bordo hasta el día en que hubieran de zarpar con rumbo a Hobart Town.

Cuando Flig Balt y Vin Mod se quedaron solos, dijo éste con un tono preocupado:

– ¡Trabajo nos ha costado convencerles!…

– Sí, pero estamos en la misma situación.

– Paciencia —concluyó Vin Mod, con el tono que utiliza un hombre resuelto—; y cuando el capitán Balt tenga que escoger a su contramaestre, espero que no se olvidará de su fiel Vin Mod.

Telegram

Origin office: the World Wide Web · Destination: aboard the Nautilus

0 words · charge: 0 kreuzers (periods become STOP)