Dos años de vacaciones

Capítulo 26

En un primer momento, Gordon, Briant y Doniphan se habían quedado inmóviles ante aquella aparición tan inesperada de Evans. Luego, por un movimiento instintivo, se lanzaron hacia el master como si acudieran al encuentro de un salvador.

Era un hombre de veinticinco a treinta años, de hombros anchos, torso vigoroso, mirada viva, frente despejada, fisonomía inteligente y simpática, andar firme y resuelto, rostro que ocultaban en parte las marañas de una barba descuidada, que no había podido recortarse desde el naufragio del Severn.

Nada más entrar, Evans se volvió y fue a apoyar el oído contra la puerta que había cerrado de golpe. Al no oír nada fuera, avanzó hacia el centro del hall. Allí, a la luz del fanal colgado de la bóveda, contempló a ese pequeño mundo que lo rodeaba, y murmuró estas palabras:

– ¡Sí!… ¡Niños!… ¡Solo niños!…

De repente, sus ojos se animaron, su rostro resplandecía de alegría, sus brazos se abrieron…

Kate acababa de ir a su encuentro.

– ¡Kate!… —exclamó—. ¡Kate viva!

Y le tomó las manos, como para asegurarse bien de que no eran las de una muerta.

– ¡Sí, viva como usted, Evans! —respondió Kate—. ¡Dios me ha salvado como le ha salvado a usted, y es Él quien le envía al socorro de estos niños!

El master contaba con la mirada a los jóvenes reunidos en torno a la mesa del hall.

– Quince —dijo—, ¡y apenas cinco o seis en condiciones de defenderse!… ¡No importa!

– ¿Corremos peligro de ser atacados, master Evans? —preguntó Briant.

– No, muchacho, no, al menos por ahora —respondió Evans.

Que todos tuvieran prisa por conocer la historia del master, y en particular lo ocurrido desde que la chalupa había encallado en las Severn-shores, se comprende. Ni grandes ni pequeños habrían podido abandonarse al sueño sin haber escuchado ese relato, que para ellos era de la mayor importancia. Pero, antes, convenía que Evans se quitara la ropa mojada y tomara algún alimento. Si sus ropas chorreaban era porque había tenido que cruzar el río Zealand a nado. Si estaba agotado de fatiga y de hambre, era porque no había comido en doce horas, porque desde la mañana no había podido descansar ni un instante.

Briant le hizo pasar inmediatamente al Store-room, donde Gordon puso a su disposición buenas ropas de marinero. Después, Moko le sirvió venado frío, galleta, unas tazas de té hirviendo y un buen vaso de brandy.

Un cuarto de hora después, Evans, sentado ante la mesa del hall, relataba los hechos acaecidos desde que los marineros del Severn habían sido arrojados a la isla.

– Unos instantes antes de que la chalupa tomara tierra en la playa —dijo—, cinco de los hombres, yo incluido, habíamos sido lanzados sobre las primeras rocas de los arrecifes. Ninguno de nosotros resultó gravemente herido en el encallamiento. Solo contusiones, ninguna herida. Pero lo que no dejó de ser difícil fue desprenderse de las rompientes en medio de la oscuridad y con una mar furiosa que descendía contra el viento de alta mar.

»Sin embargo, tras largos esfuerzos, llegamos sanos y salvos fuera del alcance de las olas, Walston, Brandt, Rock, Book, Cope y yo. Faltaban dos: Forbes y Pike. ¿Habían sido arrastrados por algún golpe de mar, o bien se habían salvado cuando la chalupa alcanzó la playa? No lo sabíamos. En cuanto a Kate, creía que había sido arrastrada por las olas, y pensaba que nunca volvería a verla.

Y al decir esto, Evans no intentaba ocultar su emoción, ni la alegría que sentía por haber reencontrado a la valerosa mujer que había escapado con él de las matanzas del Severn. Después de haber estado ambos a merced de aquellos asesinos, los dos estaban ahora fuera de su poder, si no a salvo de sus asechanzas en el futuro.

Evans prosiguió:

– Cuando llegamos a la playa, hubo que buscar la chalupa durante algún tiempo. Debía haber tomado tierra hacia las siete de la tarde, y eran cerca de medianoche cuando la avistamos volcada sobre la arena. Es que primero habíamos bajado a lo largo de la costa de…

– Las Severn-shores —dijo Briant—. Es el nombre que le dieron algunos de nuestros camaradas, que habían descubierto la embarcación del Severn incluso antes de que Kate nos hubiese contado su naufragio…

– ¿Antes?… —respondió Evans, bastante sorprendido.

– Sí, master Evans —dijo Doniphan—. Habíamos llegado a ese lugar la misma tarde del naufragio, ¡cuando sus dos compañeros seguían tendidos en la arena!… Pero, llegado el día, cuando fuimos a rendirles los últimos honores, habían desaparecido.

– En efecto —retomó Evans—, y veo cómo encaja todo. Forbes y Pike, a quienes creíamos ahogados, y ojalá lo hubieran estado, pues eso habría significado dos canallas menos de siete, habían sido arrojados no lejos de la chalupa. Allí los encontraron Walston y los demás, que los reanimaron con unos tragos de ginebra.

»Afortunadamente para ellos, si es una desgracia para nosotros, los cofres de la embarcación no habían sido ni destrozados durante el encallamiento ni alcanzados por el agua del mar. Las municiones, las armas, cinco fusiles de abordo, lo que quedaba de las provisiones embarcadas precipitadamente durante el incendio del Severn, todo ello fue retirado de la chalupa, pues se temía que la destrozara la siguiente marea. Hecho esto, abandonamos el lugar del naufragio siguiendo la costa en dirección al este.

»En ese momento, uno de esos granujas, Rock, creo, hizo notar que no se había encontrado a Kate. A lo que Walston respondió: "¡La han arrastrado las olas! ¡Buena suerte la nuestra!" Lo que me hizo pensar que si la banda se felicitaba de haberse librado de Kate, ahora que ya no la necesitaban, lo mismo ocurriría con el master Evans cuando ya no lo necesitaran. Pero ¿dónde estabas tú, Kate?

– Estaba cerca de la chalupa, del lado del mar —respondió Kate—, en el lugar donde había sido arrojada tras el encallamiento… No podían verme y oí todo lo que se dijo entre Walston y los demás… Pero, después de que se marcharon, Evans, me levanté y, para no caer de nuevo en manos de Walston, huí dirigiéndome al lado opuesto. Treinta y seis horas después, medio muerta de hambre, estos valientes niños me recogieron y me condujeron a French-den.

– ¿French-den?… —repitió Evans.

– Es el nombre que lleva nuestra morada —respondió Gordon—, en recuerdo de un náufrago francés que la habitó mucho antes que nosotros.

– ¿French-den?… ¿Severn-shores?… —dijo Evans—. Veo, muchachos, que habéis puesto nombres a las distintas partes de esta isla. ¡Qué bonito!

– Sí, master Evans, bonitos nombres —replicó Service—, y hay muchos más: Family-lake, Downs-lands, South-moors, río Zealand, Traps-woods…

– ¡Bien!… ¡Bien!… Ya me lo contaréis todo… más tarde… ¡mañana! Mientras tanto, sigo con mi historia. ¿No se oye nada fuera?…

– Nada —respondió Moko, que montaba guardia junto a la puerta del hall.

– ¡Magnífico! —dijo Evans—. Continúo.

»Una hora después de haber abandonado la embarcación, habíamos llegado a una cortina de árboles donde establecimos el campamento. Al día siguiente y durante varios días, volvimos al lugar donde había encallado la chalupa e intentamos repararla; pero, no teniendo más herramientas que un simple hacha, fue imposible sustituir el forro destrozado y dejarla en condiciones de hacerse a la mar, incluso para una pequeña travesía. Además, el lugar era muy incómodo para un trabajo de esa índole.

»Partimos, pues, para buscar otro campamento en una zona menos árida, donde la caza pudiera cubrir nuestra alimentación diaria, y al mismo tiempo cerca de un río donde encontraríamos agua dulce, pues nuestra provisión estaba enteramente agotada.

»Tras seguir la costa durante unos veinte kilómetros, alcanzamos un pequeño río…

– ¡El East-river! —dijo Service.

– ¡Sea el East-river! —respondió Evans—. Allí, en el fondo de una vasta bahía…

– ¡Deception-bay! —replicó Jenkins.

– ¿Sea Deception-bay? —dijo Evans sonriendo—. Entre las rocas había un puerto…

– ¡Bear-rock! —exclamó Costar a su vez.

– ¡Sea Bear-rock, pequeño! —respondió Evans, aprobando con un gesto—. Nada más fácil que instalarse en ese lugar, y si podíamos conducir allí la chalupa, que la primera tempestad habría acabado de destrozar allá, quizás se conseguiría repararla.

»Se fue, pues, a buscarla, y una vez aligerada cuanto fue posible, se la puso a flote. Luego, aunque tenía agua hasta la regala, logramos remolcarla a lo largo de la orilla y llevarla al puerto donde ahora está a salvo.

– ¿La chalupa está en Bear-rock? —dijo Briant.

– Sí, muchacho, y creo que no sería imposible repararla si se tuviesen las herramientas necesarias…

– ¡Pero esas herramientas las tenemos nosotros, master Evans! —respondió Doniphan con viveza.

– ¡Vaya! Eso es precisamente lo que supuso Walston cuando el azar le hizo saber que la isla estaba habitada y por quiénes.

– ¿Cómo pudo saberlo? —preguntó Gordon.

– He aquí cómo —respondió Evans—. Hace ocho días, Walston, sus compañeros y yo, pues nunca me dejaban solo, habíamos ido en reconocimiento a través del bosque. Tras tres o cuatro horas de marcha, remontando el curso del East-river, llegamos a las orillas de un vasto lago del que nacía ese curso de agua. Y allí, imaginad nuestra sorpresa cuando encontramos un singular artefacto varado en la orilla… Era una especie de armazón de cañas cubierta de tela…

– ¡Nuestro cometa! —exclamó Doniphan.

– ¡Nuestro cometa, que había caído en el lago —añadió Briant—, y que el viento había empujado hasta allí!

– ¡Ah, era un cometa! —respondió Evans—. A fe mía, no lo habíamos adivinado, ¡y esa máquina nos intrigaba sobremanera! En todo caso, ¡no se había hecho sola!… ¡Había sido fabricada en la isla!… ¡Ninguna duda!… ¡Luego la isla estaba habitada!… ¿Por quién? Eso era lo que importaba saber a Walston. En cuanto a mí, desde ese día tomé la decisión de fugarme. Cualesquiera que fuesen los habitantes de esta isla, incluso si eran salvajes, ¡no podían ser peores que los asesinos del Severn! Desde ese momento, por lo demás, ¡me vigilaron día y noche!…

– ¿Y cómo se descubrió French-den? —preguntó Baxter.

– Ahí voy —respondió Evans—. Pero, antes de proseguir mi relato, decidme, muchachos, ¿para qué os sirvió ese enorme cometa? ¿Era una señal?

Gordon contó a Evans lo que se había hecho, con qué propósito se había intentado, cómo Briant había arriesgado su vida por la salvación de todos, y de qué modo había podido comprobar que Walston seguía en la isla.

– ¡Eres un muchacho valiente! —respondió Evans, tomando la mano de Briant y estrechándosela con franca amistad.

Luego, continuando:

– Comprenderéis —prosiguió— que Walston no tuvo entonces más que una preocupación: saber quiénes eran los habitantes de esa isla, que nos era desconocida. Si eran indígenas, quizás podría entenderse con ellos. Si eran náufragos, quizás poseían las herramientas que le faltaban. En tal caso, no le negarían su concurso para poner la chalupa en condiciones de hacerse a la mar.

»Comenzaron, pues, las pesquisas, con mucha prudencia, he de decirlo. Se avanzó poco a poco, explorando los bosques de la orilla derecha del lago para acercarse a su punta sur. Pero no se avistó ni un solo ser humano. Ninguna detonación se oía por esa parte de la isla.

– Eso se debía —dijo Briant— a que ninguno de nosotros se alejaba ya de French-den, y a que estaba prohibido disparar un solo tiro.

– ¡Sin embargo, fuisteis descubiertos! —retomó Evans—. ¿Y cómo podría haber sido de otro modo? Fue en la noche del 23 al 24 de noviembre cuando uno de los compañeros de Walston avistó French-den desde la orilla meridional del lago. La mala suerte quiso que, en un determinado momento, vislumbrara una luz que se filtraba a través de las paredes de la roca, sin duda la luz de vuestro fanal que la puerta, entreabierta un instante, había dejado pasar. Al día siguiente, el propio Walston se dirigió por ese lado y, durante parte de la tarde, permaneció oculto entre la hierba alta, a unos pasos del río…

– Lo sabíamos —dijo Briant.

– ¿Lo sabíais?…

– Sí, porque en ese lugar, Gordon y yo habíamos encontrado los fragmentos de una pipa que Kate reconoció como la pipa de Walston.

– ¡Exacto! —retomó Evans—. Walston la había perdido durante su excursión, lo que a su regreso pareció contrariarlo vivamente. Pero en ese momento ya conocía la existencia de la pequeña colonia. En efecto, mientras estaba agazapado entre la hierba, había visto a la mayoría de vosotros ir y venir por la orilla derecha del curso de agua… Allí no había más que muchachos, ¡con los que siete hombres darían buena cuenta fácilmente! Walston volvió a comunicar a sus compañeros lo que había visto. Una conversación que sorprendí entre Brandt y él me reveló lo que se tramaba contra French-den…

– ¡Monstruos! —exclamó Kate—. No habrían tenido piedad de estos niños…

– No, Kate —respondió Evans—, ¡no más que la tuvieron del capitán y los pasajeros del Severn! ¡Monstruos! Los habéis llamado bien, y están mandados por el más cruel de todos, ese Walston, que espero no escape al castigo de sus crímenes.

– Al fin, Evans, lograste escapar, ¡gracias a Dios! —dijo Kate.

– Sí, Kate. Hace unas doce horas pude aprovechar una ausencia de Walston y los demás, que me habían dejado bajo la vigilancia de Forbes y Rock. El momento me pareció propicio para poner pies en polvorosa. En cuanto a despistar a esos dos bribones, o al menos a distanciarlos si lograba llevarles alguna ventaja, ¡eso era cosa mía!

»Eran alrededor de las diez de la mañana cuando me lancé a través del bosque… Casi de inmediato Forbes y Rock lo advirtieron y se pusieron a perseguirme. Estaban armados con fusiles… Yo solo tenía mi cuchillo de marinero para defenderme, ¡y mis piernas para escabullirme como una marsopa!

»La persecución duró todo el día. Cortando en diagonal por el bosque, había llegado a la orilla izquierda del lago. Aún había que rodear su punta, pues, por la conversación que había escuchado, sabía que estabais instalados a orillas de un río que fluía hacia el oeste.

»En verdad, ¡nunca he corrido tanto en mi vida, ni durante tanto tiempo! ¡Casi veinticuatro kilómetros recorridos en esa jornada! ¡Mil diablos! Los granujas corrían tan rápido como yo, ¡y sus balas volaban aún más deprisa! En varias ocasiones, silbaron junto a mis oídos. ¡Pensad que conocía su secreto! Si lograba escaparme, podría denunciarlos. ¡Había que atraparme a toda costa! En verdad, ¡si no hubieran tenido armas de fuego, los habría esperado a pie firme, con el cuchillo en la mano! ¡Los habría matado o me habrían matado!… ¡Sí, Kate, habría preferido morir antes que volver al campamento con esos bandidos!

»Sin embargo, esperaba que esa maldita persecución cesara con la noche… No fue así. Ya había rebasado la punta del lago y remontaba por el otro lado, pero aún sentía a Forbes y Rock pisándome los talones. La tormenta, que amenazaba desde hacía unas horas, estalló entonces. Hizo mi huida más difícil, pues a la luz de los relámpagos esos canallas podían verme entre los cañaverales de la orilla. Por fin, había llegado a unos cien metros del río… ¡Si lograba ponerlo entre ellos y yo, me consideraría a salvo! Nunca se arriesgarían a cruzarlo, sabiendo bien que estaban en las inmediaciones de French-den.

»Corrí, pues, y estaba a punto de alcanzar la orilla izquierda del curso de agua, cuando un último relámpago iluminó el espacio. Al instante resonó una detonación…

– ¿La que nosotros oímos? —dijo Doniphan.

– ¡Evidentemente! —retomó Evans—. Una bala me rozó el hombro… Salté y me precipité en el río… En unas pocas brazadas estaba en la otra orilla, oculto entre la hierba, mientras Rock y Forbes, llegados a la orilla opuesta, decían: "¿Crees haberle dado?" "¡Te lo aseguro!" "¿Entonces está en el fondo?" "¡Seguro, y a estas horas muerto y bien muerto!" "¡Buena suerte la nuestra!" Y se largaron.

»¡Sí! ¡Buena suerte!… ¡para mí lo mismo que para Kate! ¡Ah, granujas! ¡Ya veréis si estoy muerto!… Pocos instantes después, salí de entre la hierba y me dirigí hacia el ángulo de la roca… Llegaron hasta mí unos ladridos… Llamé… La puerta de French-den se abrió… Y ahora —añadió Evans, extendiendo la mano en dirección al lago—, ¡a nosotros, muchachos, a acabar con esos miserables y a librar vuestra isla de ellos!

Y pronunció esas palabras con tal energía que todos se habían puesto de pie, dispuestos a seguirle.

Fue entonces preciso relatar a Evans lo sucedido durante los últimos veinte meses, contarle en qué condiciones el Sloughi había zarpado de Nueva Zelanda, su larga travesía del Pacífico hasta la isla, el descubrimiento de los restos del náufrago francés, la instalación de la pequeña colonia en French-den, las excursiones durante la temporada cálida, los trabajos durante el invierno, cómo la vida había sido relativamente segura y exenta de peligros, antes de la llegada de Walston y sus cómplices.

– ¿Y durante veinte meses no se ha visto ningún barco en torno a la isla? —preguntó Evans.

– Al menos no hemos visto ninguno en alta mar —respondió Briant.

– ¿Habíais establecido señales?…

– ¡Sí! Un mástil elevado en la cima más alta de la roca.

– ¿Y no fue avistado?…

– No, master Evans —respondió Doniphan—. Pero hay que decir que hace seis semanas lo abatimos para no atraer la atención de Walston.

– ¡E hicisteis bien, muchachos! Ahora, es cierto, ese canalla sabe a qué atenerse. Así pues, ¡noche y día estaremos en guardia!

– ¿Por qué —observó entonces Gordon—, por qué hemos de habérnoslas con semejantes miserables en vez de con gente honrada, con quienes habríamos tenido tanto gusto en prestar ayuda! ¡Nuestra pequeña colonia no habría hecho sino fortalecerse! A partir de ahora es la lucha lo que nos espera, es nuestra vida lo que hay que defender, es un combate, ¡y quién sabe cuál será su desenlace!

– Dios, que os ha protegido hasta aquí, hijos míos —respondió Kate—, ¡no os abandonará! Os ha enviado a este valiente Evans, y con él…

– ¡Evans!… ¡Hurra por Evans!… —gritaron a una sola voz todos los jóvenes colonos.

– Contad conmigo, muchachos —respondió el master—, y como también cuento con vosotros, os prometo que nos defenderemos bien.

– Y, sin embargo —retomó Gordon—, si fuera posible evitar esa lucha, si Walston consintiera en abandonar la isla…

– ¿Qué quieres decir, Gordon? —preguntó Briant.

– Quiero decir que sus compañeros y él ya habrían partido si hubieran podido servirse de la chalupa. ¿No es cierto, master Evans?

– Sin duda.

– ¡Pues bien! Si se entrara en conversaciones con ellos, si se les proporcionaran las herramientas que necesitan, quizás lo aceptarían… Sé muy bien que establecer relaciones con los asesinos del Severn debe repugnar. Pero, para librarnos de ellos, para evitar un ataque que podría costar mucha sangre, quizás… En fin, ¿qué piensa el master Evans?

Evans había escuchado atentamente a Gordon. Su propuesta denotaba un espíritu práctico que no se dejaba arrastrar por impulsos irreflexivos, y un carácter que le llevaba a encarar cualquier situación con calma. Pensó, y no se equivocaba, que debía de ser el más juicioso de todos, y su observación le pareció digna de discutirse.

– En efecto, señor Gordon —respondió—, cualquier medio sería bueno para librarse de la presencia de esos malhechores. Por eso, si una vez puestos en condiciones de reparar su chalupa consintieran en partir, eso sería mejor que empeñarse en una lucha cuyo resultado puede ser dudoso. Pero ¿es posible fiarse de Walston? Cuando estéis en trato con él, ¿no aprovechará para intentar sorprender French-den, para apoderarse de lo que os pertenece? ¿No puede imaginarse que habéis debido salvar algún dinero del naufragio? Creedme, esos granujas no buscarán más que haceros daño a cambio de vuestros servicios. ¡En esas almas no hay lugar para la gratitud! Entenderse con ellos es entregarse…

– ¡No!… ¡No!… —exclamaron Baxter y Doniphan, a quienes se sumaron sus camaradas con una energía que complació al master.

– ¡No!… —añadió Briant—. ¡No tengamos nada en común con Walston y su banda!

– Y además —retomó Evans—, no son solo herramientas lo que necesitan, ¡son municiones! Que les queden las suficientes para intentar un ataque es más que cierto… Pero, cuando se trate de recorrer otros parajes con las armas en la mano, la pólvora y el plomo que les quedan no bastarán… ¡Os las pedirán!… ¡Las exigirán!… ¿Se las daréis?…

– ¡No, desde luego! —respondió Gordon.

– ¡Pues bien, intentarán procurárselas por la fuerza! No habréis hecho más que aplazar el combate, ¡y este se librará en condiciones menos favorables para vosotros!…

– ¡Tiene razón, master Evans! —respondió Gordon—. Mantengámonos a la defensiva y esperemos.

– Sí, es la mejor decisión… Esperemos, señor Gordon. Además, para esperar, hay una razón que me mueve más aún que cualquier otra.

– ¿Cuál?

– ¡Escuchadme bien! Walston, ya lo sabéis, ¿no puede abandonar la isla más que con la chalupa del Severn?

– ¡Es evidente! —respondió Briant.

– Pues bien, esa chalupa es perfectamente reparable, lo afirmo, y si Walston ha renunciado a ponerla en condiciones de navegar, es por falta de herramientas…

– De lo contrario —dijo Baxter—, ¡ya estaría lejos de aquí!

– Como bien decís, muchacho. Así pues, si proporcionáis a Walston los medios para reparar la embarcación, admitiendo que abandone la idea de saquear French-den, se apresurará a partir sin preocuparse por vosotros.

– ¡Ah, ojalá lo hubiera hecho! —exclamó Service.

– ¡Mil diablos! Si lo hubiera hecho —respondió Evans—, ¿cómo podríamos aprovecharnos nosotros de ello, si la chalupa del Severn ya no estuviera allí?

– ¿Qué, master Evans —preguntó Gordon—, cuenta usted con esa embarcación para abandonar la isla?…

– Absolutamente, señor Gordon.

– ¿Para regresar a Nueva Zelanda, para cruzar el Pacífico? —añadió Doniphan.

– ¿El Pacífico?… No, muchachos —respondió Evans—, sino para alcanzar una estación no muy lejana, donde esperaríamos la ocasión de regresar a Auckland.

– ¿De veras, señor Evans? —exclamó Briant.

Y al mismo tiempo, dos o tres de sus camaradas quisieron acribillarlo a preguntas.

– ¿Cómo podría esa chalupa bastar para una travesía de varios centenares de millas? —observó Baxter.

– ¿Varios centenares de millas? —respondió Evans—. ¡De ningún modo! ¡Unas treinta solamente!

– ¿Pero no es el mar lo que rodea la isla? —preguntó Doniphan.

– ¡Al oeste, sí! —respondió Evans—. ¡Pero al sur, al norte, al este no hay más que canales que pueden cruzarse fácilmente en sesenta horas!

– ¿Con que no nos equivocábamos al pensar que existían tierras en las cercanías? —dijo Gordon.

– En absoluto —respondió Evans—, e incluso son tierras extensas las que se extienden al este.

– ¡Sí… al este! —exclamó Briant—. Esa mancha blanquecina, luego esa luz que divisé en esa dirección…

– ¿Una mancha blanquecina, decís? —replicó Evans—. Es evidentemente algún glaciar, ¡y esa luz es la llama de un volcán cuya posición debe estar indicada en los mapas! Ah, vamos, muchachos, ¿dónde creéis que estáis, si se puede saber?

– ¡En una de las islas aisladas del Océano Pacífico! —respondió Gordon.

– ¿Una isla?… ¡Sí!… ¿Aislada? ¡No! Tened por cierto que pertenece a uno de esos numerosos archipiélagos que salpican la costa de América del Sur. Y, a propósito, si habéis dado nombres a los cabos, bahías y cursos de agua de vuestra isla, ¡no me habéis dicho cómo la llamáis a ella!…

– La isla Chairman, por el nombre de nuestro internado —respondió Doniphan.

– ¡La isla Chairman! —replicó Evans—. Pues bien, así tendrá dos nombres, ¡ya que se llama también isla Hanóver!

Acto seguido, una vez tomadas las medidas de vigilancia habituales, todos fueron a descansar, después de que se hubo dispuesto un catre en el hall para el master. Los jóvenes colonos se hallaban entonces bajo una doble impresión, bien capaz de turbar su sueño: por un lado, la perspectiva de una lucha sangrienta; por el otro, la posibilidad de regresar a casa…

El master Evans había dejado para el día siguiente completar sus explicaciones indicando en el atlas cuál era la posición exacta de la isla Hanóver, y, mientras Moko y Gordon velaban, la noche transcurrió tranquilamente en French-den.

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