Capítulo 16
Todo había marchado bien en French-den durante la ausencia de Gordon. El jefe de la pequeña colonia no tenía sino que felicitarse de Briant, a quien los pequeños profesaban un afecto muy sincero. De no haber sido por su carácter altivo y envidioso, Doniphan, él también, habría apreciado —en su justo valor— las cualidades de su camarada; pero no era así, y gracias al ascendiente que había adquirido sobre Wilcox, Webb y Cross, estos le apoyaban de buen grado cuando se trataba de hacer oposición al joven francés, tan diferente en porte y carácter de sus compañeros de origen anglosajón.
Briant, por lo demás, no se preocupaba de ello. Hacía lo que consideraba su deber, sin inquietarse jamás por lo que pensaban de él. Su mayor preocupación era la inexplicable actitud de su hermano.
Últimamente, Briant había vuelto a acuciar a Jacques con preguntas, sin obtener más respuesta que esta:
– No… hermano… ¡no!… ¡No me pasa nada!
– ¿No quieres hablar, Jacques? —le había dicho—. ¡Haces mal!… ¡Sería un alivio para ti como para mí!… Noto que te vuelves cada vez más triste, más sombrío… ¡Vamos!… ¡Soy tu hermano mayor!… ¡Tengo derecho a conocer la causa de tu pena!… ¿Qué tienes que reprocharte?…
– ¡Hermano!… —había respondido al fin Jacques, como si no hubiera podido resistir algún secreto remordimiento—. ¿Lo que he hecho?… Tú, quizás… tú me perdonarías… mientras que los demás…
– ¿Los demás?… ¿Los demás?… —había exclamado Briant—. ¿Qué quieres decir, Jacques?
Las lágrimas habían brotado de los ojos del niño; pero, pese a la insistencia de su hermano, no había añadido más que esto:
– Más tarde lo sabrás… ¡más tarde!…
Después de esta respuesta, se comprende cuál debía ser la inquietud de Briant. ¿Qué había de tan grave en el pasado de Jacques? Eso era lo que quería saber a toda costa. En cuanto Gordon regresó, Briant le habló de aquellas medias confesiones arrancadas a su hermano, rogándole incluso que interviniese al respecto.
– ¿Para qué? —le respondió sabiamente Gordon—. ¡Mejor es dejar que Jacques actúe por su propio impulso! En cuanto a lo que ha hecho… ¡sin duda alguna tontería cuya importancia él exagera!… ¡Esperemos a que él mismo se explique!
Desde el día siguiente —9 de noviembre— los jóvenes colonos se habían puesto de nuevo a la tarea. El trabajo no faltaba. Y ante todo, hubo que atender las reclamaciones de Moko, cuya despensa empezaba a vaciarse, aunque los lazos tendidos en los alrededores de French-den habían funcionado en diversas ocasiones. En realidad, era la caza mayor lo que escaseaba. De ahí la necesidad de pensar en construir trampas suficientemente sólidas para que las vicuñas, los pecaríes y los guazúes pudieran caer en ellas sin gastar ni un grano de plomo ni un grano de pólvora.
A trabajos de este tipo dedicaron los mayores todo el mes de noviembre —el mes de mayo de las latitudes del hemisferio septentrional.
Se pusieron manos a la obra y se organizó un verdadero taller bajo la dirección de Baxter. Era un placer ver a aquellos chicos tan aplicados manejar con mayor o menor destreza las herramientas que habían encontrado en el cofre de carpintería del goleta: unos la sierra, otros el hacha o la azuela. Si a veces estropeaban el trabajo, no se desanimaban. Árboles de grosor mediano, cortados por la raíz y bien podados, proporcionaron el número de postes necesarios para cercar un espacio lo bastante grande para que una docena de animales pudiesen vivir holgadamente. Estos troncos, firmemente hincados en el suelo y unidos entre sí mediante travesaños, eran capaces de resistir cualquier intento de las alimañas que trataran de derribarlos o de saltarlos. En cuanto al cobertizo, se construyó con las tablas del Sloughi —lo que evitó a los jóvenes carpinteros la penosa tarea de cortar los árboles en tablas, trabajo muy difícil en aquellas condiciones—. Luego, su techo se recubrió con una espesa lona embreada para que no tuviese nada que temer de las ráfagas. Una buena y gruesa cama de paja que se renovaría con frecuencia, un fresco alimento de hierba, musgo y follaje del que se haría abundante provisión: eso era todo lo necesario para mantener en buen estado a los animales domésticos. Garnett y Service, encargados más especialmente del cuidado del cercado, pronto se vieron recompensados de sus desvelos al ver cómo el guanaco y la vicuña se domesticaban día a día.
Además, el cercado no tardó en recibir nuevos huéspedes. Primero un segundo guanaco, que había caído en una de las trampas del bosque; luego una pareja de vicuñas, macho y hembra, de las que Baxter se apoderó con la ayuda de Wilcox, quien también empezaba a manejar con bastante destreza las boleadoras. Hubo incluso un ñandú al que Phann obligó a detenerse en la carrera. Pero se vio bien que con este ocurriría lo mismo que con el primero. Pese al empeño de Service, que todavía se obstinó en intentarlo, no se pudo hacer nada con él.
Huelga decir que hasta que el cobertizo estuvo terminado, el guanaco y la vicuña habían sido encerrados cada noche en Store-room. Los gritos de los chacales, los ladridos de los zorros y los rugidos de las fieras resonaban demasiado cerca de French-den para que fuera prudente dejar a aquellos animales al descubierto.
Mientras tanto, Garnett y Service se ocupaban más especialmente del cuidado de los animales, pero Wilcox y algunos de sus camaradas no cesaban de preparar trampas y lazos que iban a visitar a diario. Además, hubo aún tarea para dos de los pequeños, Iverson y Jenkins. En efecto, las avutardas, las perdices, las pintadas y los tinamúes exigieron la habilitación de un corral que Gordon mandó disponer en un rincón del cercado, y a esos niños les tocó en suerte la tarea de cuidarlos —lo que hicieron con mucho celo.
Como puede verse, Moko tenía ahora a su disposición no solo la leche de las vicuñas, sino también los huevos de las aves. Y ciertamente, habría preparado en más de una ocasión algún postre a su modo, de no haber sido porque Gordon le había recomendado economizar el azúcar. Solo los domingos y en algunos días de fiesta aparecía sobre la mesa un plato extraordinario del que Dole y Costar se regodeaban a placer.
Sin embargo, si era imposible fabricar azúcar, ¿no podría hallarse alguna sustancia idónea para reemplazarlo? Service —con sus Robinsones en la mano— sostenía que no había más que buscar. Gordon buscó, pues, y acabó por descubrir, en medio de los matorrales de Traps-woods, un grupo de árboles que tres meses más tarde, a los primeros días del otoño, se cubrirían de un follaje púrpura de bellísimo efecto.
– Son arces —dijo—. ¡Árboles del azúcar!
– ¡Árboles de azúcar! —exclamó Costar.
Era uno de los descubrimientos más importantes que los jóvenes colonos habían hecho desde su instalación en French-den. Practicando una incisión en el tronco de aquellos arces, Gordon obtuvo un líquido producido por la condensación, y esta savia, al solidificarse, dio una materia azucarada. Aunque inferior en cualidades sacarinas a los jugos de la caña y de la remolacha, esta sustancia no era menos preciosa para las necesidades de la despensa, y mejor, en todo caso, que los productos similares que se extraen del abedul en primavera.
Si tenían el azúcar, no tardaron en tener el licor. Por consejo de Gordon, Moko intentó tratar por fermentación las semillas de trulca y de algarrobo. Previamente majadas en una cuba mediante un pesado pisón de madera, estas semillas proporcionaron un líquido alcohólico cuyo sabor habría bastado para endulzar las bebidas calientes, a falta del azúcar de arce. En cuanto a las hojas recogidas del árbol del té, se comprobó que valían casi tanto como la olorosa planta china. Por eso, durante sus excursiones por el bosque, los exploradores nunca dejaban de hacer una abundante cosecha de ellas.
En resumen, la isla Chairman proporcionaba a sus habitantes, si no lo superfluo, al menos lo necesario. Lo que faltaba —y había motivos para lamentarlo— eran las verduras frescas. Hubo que contentarse con las verduras en conserva, de las que había un centenar de latas que Gordon racionaba en la medida de lo posible. Briant había intentado cultivar aquellos ñames vueltos al estado silvestre, de los que el náufrago francés había sembrado algunas plantas al pie del acantilado. Vano intento. Por fortuna, el apio —que no se ha olvidado— crecía abundantemente a orillas del lago Family, y, como no había motivo para economizarlo, reemplazaba a las verduras frescas no sin ventaja.
Por supuesto, las redes tendidas durante el invierno en la orilla izquierda del río habían sido convertidas en redes de caza al llegar la buena estación. Con ellas se capturaron, entre otras aves, perdices de pequeño tamaño y aquellas barnaclas que llegaban sin duda de las tierras situadas fuera de la isla.
Doniphan, por su parte, habría deseado explorar la vasta región de South-moors, al otro lado del río Zealand. Pero habría sido peligroso adentrarse por aquellos pantanos que las aguas del lago, mezcladas con las del mar en época de crecidas, cubrían en gran parte.
Wilcox y Webb capturaron asimismo un cierto número de agutíes, tan grandes como liebres, cuya carne blanquecina, algo seca, ocupa un término medio entre la del conejo y la del cerdo. Desde luego, habría sido difícil dar alcance a aquellos raudos roedores en la carrera —incluso con la ayuda de Phann—. Sin embargo, cuando se hallaban en su madriguera, bastaba con silbar suavemente para atraerlos a la entrada y apoderarse de ellos. En diversas ocasiones, los jóvenes cazadores también trajeron zorrillos, hurones grises y zorinos, muy parecidos a las martas con su hermosa piel negra rayada de blanco, pero que despedían emanaciones fétidas.
– ¿Cómo pueden soportar semejante olor? —preguntó un día Iverson.
– ¡Bah!… ¡Cuestión de costumbre! —respondió Service.
Si el río proporcionaba su cuota de galaxias, el lago Family, poblado de especies más grandes, daba, entre otros peces, hermosas truchas que, pese a la cocción, conservaban un sabor algo salobre. Siempre quedaba, es cierto, el recurso de ir a pescar entre las algas y los fucos de Sloughi-bay aquellas especies de merluzas que se refugiaban allí por miríadas. Y luego, cuando llegara el momento en que los salmones intentaran remontar el curso del río Zealand, Moko procuraría aprovisionarse de esos peces que, conservados en sal, asegurarían un excelente alimento para la temporada de invierno.
Fue por entonces, a petición de Gordon, cuando Baxter se ocupó de fabricar arcos con elásticas ramas de fresno y flechas de caña armadas con un clavo en la punta, lo que permitió a Wilcox y Cross —los más hábiles después de Doniphan— abatir de vez en cuando alguna pieza de caza menor.
Sin embargo, si Gordon se mostraba siempre opuesto al gasto de municiones, sobrevino una circunstancia en la que tuvo que apartarse de su habitual parsimonia.
Un día —era el 7 de diciembre— Doniphan, habiéndole tomado aparte, le dijo:
– Gordon, ¡estamos infestados de chacales y zorros! Vienen en manadas durante la noche y destruyen nuestros lazos junto con la caza que ha caído en ellos… ¡Hay que acabar con esto de una vez!
– ¿No se pueden poner trampas? —observó Gordon, viendo bien adónde quería ir a parar su camarada.
– ¿Trampas? —respondió Doniphan, que no había perdido nada de su desdén por esos vulgares ingenios de caza—. ¡Trampas!… Bueno, a lo mejor, si se tratara de chacales, que son bastante torpes para caer en ellas a veces. En cuanto a los zorros, es otra cosa. ¡Esos animales son demasiado listos y desconfían, pese a todas las precauciones que toma Wilcox! ¡Una noche de estas, nuestro cercado será devastado y no quedará nada de las aves del corral!…
– Pues bien, ya que es necesario —respondió Gordon—, autorizo algunas docenas de cartuchos. ¡Sobre todo, procurad no disparar sino a tiro seguro!…
– ¡Bien!… ¡Gordon, puedes contar con ello! ¡La próxima noche nos apostamos en el paso de esos animales y haremos tal matanza que no se verá ninguno en mucho tiempo!
Aquella exterminación era urgente. Los zorros de estas regiones, los de América del Sur en particular, son, según parece, aún más astutos que sus congéneres de Europa. En efecto, en los alrededores de las haciendas causan estragos incesantes, pues tienen la inteligencia suficiente para cortar las correas de cuero que sujetan a los caballos o al ganado en los pastizales.
Llegada la noche, Doniphan, Briant, Wilcox, Baxter, Webb, Cross y Service fueron a apostarse en los aledaños de un covert —nombre que se da en el Reino Unido a las grandes extensiones de terreno sembradas de matorrales y maleza—. Este covert estaba situado cerca de Traps-woods, del lado del lago.
Phann no había sido invitado a unirse a los cazadores. Más bien les habría estorbado dando la alarma a los zorros. Tampoco se trataba, por lo demás, de rastrear ninguna pista. Incluso cuando está acalorado por la carrera, el zorro no deja rastro de su olor tras de sí, o, al menos, las emanaciones son tan tenues que los mejores perros no pueden detectarlas.
Eran las once de la noche cuando Doniphan y sus camaradas se pusieron al acecho entre los manojos de brezo silvestre que bordeaban el covert.
La noche era muy oscura.
Un profundo silencio, que ni el más leve soplo de brisa turbaba, permitiría oír el deslizarse de los zorros sobre las hierbas secas.
Poco después de medianoche, Doniphan señaló la aproximación de una manada de aquellos animales que atravesaban el covert para ir a abrevar al lago.
Los cazadores esperaron, no sin impaciencia, a que se reunieran en número de una veintena —lo que llevó cierto tiempo, pues avanzaban con gran cautela, como si presintieran alguna emboscada—. De repente, a la señal de Doniphan, resonaron varios disparos simultáneamente. Todos hicieron blanco. Cinco o seis zorros rodaron por el suelo, mientras que los demás, enloquecidos, al lanzarse a derecha e izquierda, fueron en su mayoría heridos de muerte.
Al amanecer, se encontró una decena de aquellos animales tendidos entre las hierbas del covert. Y como esta matanza se repitió durante tres noches consecutivas, la pequeña colonia quedó pronto libre de aquellas visitas peligrosas que ponían en peligro a los huéspedes del cercado. Además, les valió unas cincuenta hermosas pieles de color gris plateado que, ya como alfombras, ya como prendas de abrigo, añadieron al confort de French-den.
El 15 de diciembre, gran expedición a Sloughi-bay. Como el tiempo era muy hermoso, Gordon decidió que todos participarían en ella —lo que los más pequeños acogieron con grandes muestras de alegría.
Muy probablemente, partiendo al despuntar el día, el regreso podría efectuarse antes de anochecer. Si se producía algún retraso, no habría más remedio que acampar bajo los árboles.
Esta expedición tenía como objetivo principal una cacería de focas que frecuentaban el litoral de Wreck-coast en época de frío. En efecto, el alumbrado, consumido en gran parte durante las veladas y las noches de aquel largo invierno, estaba a punto de agotarse. De la provisión de velas fabricadas por el náufrago francés, no quedaban más que dos o tres docenas. En cuanto al aceite contenido en los barriles del Sloughi, que servía para alimentar los faroles del hall, la mayor parte se había gastado, y eso preocupaba seriamente al previsor Gordon.
Sin duda, Moko había podido poner en reserva una notable cantidad de aquellas grasas que le proporcionaba la caza —rumiantes, roedores o aves—; pero era demasiado cierto que se agotarían rápidamente por el consumo cotidiano. ¿No era posible reemplazarlas por una sustancia que la naturaleza facilitara ya preparada, o casi? A falta de aceite vegetal, ¿no podría la pequeña colonia asegurarse un stock, por así decirlo, inagotable de aceites animales?
Sí, evidentemente, si los cazadores conseguían matar cierto número de aquellas focas y otarias peleteras que venían a retozar en el banco de arrecifes de Sloughi-bay durante la estación cálida. Había incluso que darse prisa, pues aquellos anfibios no tardarían en buscar aguas más meridionales en los parajes del océano Antártico.
Así pues, la expedición proyectada tenía gran importancia, y los preparativos se hicieron de modo que pudiera dar buenos resultados.
Desde hacía algún tiempo, Service y Garnett se habían aplicado con éxito a adiestrar a los dos guanacos como animales de tiro. Baxter les había fabricado un ronzal de hierbas enfundadas en gruesa lona de vela y, si todavía no se los montaba, al menos era posible engancharlos al carro. Eso era preferible a engancharse uno mismo.
Aquel día, pues, el carro fue cargado de municiones, provisiones y diversos utensilios, entre otros una gran palangana y media docena de barriles vacíos que regresarían llenos de aceite de foca. En efecto, mejor era despiezar a aquellos animales in situ que traerlos a French-den, donde el aire habría quedado impregnado de olores malsanos.
La partida se efectuó al salir el sol, y la marcha transcurrió sin dificultad durante las dos primeras horas. Si el carro no fue muy rápido, fue porque el terreno desigual de la orilla derecha del río Zealand se prestaba muy imperfectamente a la tracción de los guanacos. Pero donde se hizo bastante difícil fue cuando la pequeña tropa bordeó el barrizal de Bog-woods, entre los árboles del bosque. Las piernecillas de Dole y Costar lo acusaron. Por eso Gordon, a petición de Briant, tuvo que autorizarlos a subir al carro para descansar mientras hacían el camino.
Hacia las ocho de la mañana, mientras el tiro bordeaba penosamente los límites del barrizal, los gritos de Cross y Webb, que marchaban algo por delante, hicieron acudir primero a Doniphan y luego a los demás.
En medio del fango de Bog-woods, a una distancia de unos cien pasos, se revolcaba un enorme animal que el joven cazador reconoció al instante. Era un hipopótamo, gordo y rosado, el cual —afortunadamente para él— desapareció bajo la espesa maraña del pantano antes de que hubiera sido posible disparar contra él. ¡Y para qué, por otra parte, un disparo tan inútil!
– ¿Qué es ese bicho tan gordo? —preguntó Dole, bastante inquieto con solo haberlo vislumbrado.
– Es un hipopótamo —le respondió Gordon.
– ¡Un hipopótamo!… ¡Qué nombre tan raro!
– Es como quien dice un caballo de río —respondió Briant.
– ¡Pero no se parece a un caballo! —observó Costar, con mucha razón.
– ¡No! —exclamó Service—. ¡Y yo creo que habría sido mejor llamarlo cerdopótamo!
Observación que no carecía de fundamento y que provocó la alegre carcajada de los pequeños.
Era un poco más de las diez de la mañana cuando Gordon desembocó en la orilla de Sloughi-bay. Se hizo un alto cerca de la ribera del río, en el lugar donde se había establecido el primer campamento durante el desguace del yate.
Un centenar de focas estaban allí, retozando entre las rocas o calentándose al sol. Las había incluso que se recreaban en la arena, a este lado del cordón de arrecifes.
Aquellos anfibios debían de estar poco habituados a la presencia del hombre. Quizá, al fin y al cabo, nunca habían visto un ser humano, pues la muerte del náufrago francés se remontaba ya a más de veinte años. Por eso, aunque es una medida de prudencia habitual entre los que se los persigue en los parajes árticos o antárticos, los más viejos de la manada no habían puesto centinelas para vigilar el peligro. Sin embargo, había que guardarse bien de asustarlos prematuramente, pues en pocos instantes habrían abandonado el lugar.
Y ante todo, en cuanto llegaron frente a Sloughi-bay, los jóvenes colonos habían dirigido la mirada hacia aquel horizonte, tan ampliamente abierto entre el cabo American y False-Sea-point.
El mar estaba absolutamente desierto. Había razones para reconocerlo una vez más: aquellos parajes parecían hallarse fuera de las rutas marítimas.
Podía ocurrir, sin embargo, que algún navío pasara a la vista de la isla. En ese caso, un puesto de observación establecido en la cresta de Auckland-hill, o incluso en la cumbre del promontorio de False-Sea-point —donde se habría izado uno de los cañones del goleta—, habría valido más que el mástil de señales para atraer la atención. Pero eso habría exigido quedarse de guardia día y noche en ese puesto, y, por consiguiente, lejos de French-den. Gordon consideraba, pues, aquella medida como impracticable. El propio Briant, al que la cuestión del regreso a casa preocupaba siempre, tuvo que reconocerlo. Lo lamentable era que French-den no estuviera situado en ese lado de Auckland-hill, frente a Sloughi-bay.
Tras un almuerzo rápido, cuando el sol del mediodía invitaba a las focas a calentarse en la orilla, Gordon, Briant, Doniphan, Cross, Baxter, Webb, Wilcox, Garnett y Service se prepararon para darles caza. Durante esta operación, Iverson, Jenkins, Jacques, Dole y Costar debían permanecer en el campamento bajo la guardia de Moko —al igual que Phann, al que importaba no soltar en medio del rebaño de anfibios—. Tendrían, además, que vigilar a los dos guanacos, que se pusieron a pacer bajo los primeros árboles del bosque.
Todas las armas de fuego de la colonia —fusiles y revólveres— habían sido llevadas con municiones en cantidad suficiente, que Gordon no había escatimado esta vez, pues se trataba del interés general.
Cortar la retirada a las focas por el lado del mar: a eso había que atender ante todo. Doniphan, a quien sus camaradas cedieron de buen grado el cuidado de dirigir la maniobra, los instó a descender por el río hasta su desembocadura, ocultándose al amparo de la orilla. Hecho esto, sería fácil avanzar pegados a los arrecifes de modo que rodearan la playa.
El plan se ejecutó con mucha cautela. Los jóvenes cazadores, espaciados de veinte a treinta metros el uno del otro, formaron pronto un semicírculo entre la orilla y el mar.
Entonces, a una señal que dio Doniphan, todos se levantaron a la vez, las detonaciones estallaron simultáneamente y cada disparo hizo una víctima.
Las focas que no habían sido alcanzadas se irguieron agitando la cola y las aletas. Asustadas sobre todo por el estruendo de las detonaciones, se precipitaron a saltos hacia los arrecifes.
Se las persiguió a tiros de revólver. Doniphan, completamente entregado a sus instintos, hacía maravillas, mientras sus camaradas le imitaban lo mejor que podían.
Aquella matanza no duró sino unos minutos, aunque los anfibios fueron acosados hasta el borde de las últimas rocas. Más allá, los supervivientes desaparecieron, dejando abandonadas en la orilla una veintena de muertas o heridas.
La expedición había tenido pleno éxito, y los cazadores, de regreso al campamento, se instalaron bajo los árboles de modo que pudieran pasar allí treinta y seis horas.
La tarde se ocupó en un trabajo que no dejaba de ser harto repugnante. Gordon tomó parte en él en persona y, como era una faena indispensable, todos se aplicaron a ella con decisión. Hubo que llevar primero a la arena las focas que habían caído entre los arrecifes. Aunque aquellos animales eran de talla mediana, ello dio algún trabajo.
Mientras tanto, Moko había dispuesto la palangana sobre un fuego establecido entre dos gruesas piedras. Los trozos de foca, despiezados en pedazos de dos a tres kilos cada uno, fueron depositados en aquella palangana previamente llenada de agua dulce tomada del río en hora de bajamar. Bastaron unos instantes para que la ebullición desprendiera un aceite claro que sobrenadó en la superficie y con el que se fueron llenando sucesivamente los toneles.
Aquel trabajo hacía el lugar verdaderamente insoportable por la infección que desprendía. Todos se tapaban la nariz, pero no los oídos —lo que permitía escuchar las bromas que provocaba aquella desagradable operación—. El delicado «lord Doniphan» tampoco se remoloneó ante la faena, que se reanudó al día siguiente.
Al final de esta segunda jornada, Moko había recogido así varios centenares de litros de aceite. Pareció suficiente detenerse ahí, puesto que el alumbrado de French-den quedaba asegurado para toda la duración del próximo invierno. Por lo demás, las focas no habían vuelto a los arrecifes ni a la orilla y, ciertamente, no frecuentarían de nuevo el litoral de Sloughi-bay antes de que el tiempo hubiera calmado su espanto.
A la mañana siguiente, el campamento se levantó al amanecer —con satisfacción general, puede afirmarse—. La víspera por la noche, el carro había sido cargado con los barriles, herramientas y utensilios. Como había de ser más pesado al regreso que a la ida, los guanacos no podrían arrastrarlo muy deprisa, pues el suelo subía sensiblemente en dirección al lago Family.
En el momento de la partida, el aire estaba lleno de los ensordecedores gritos de miles de aves de presa —aguiluchos o halcones— que, llegados del interior de la isla, se encarnizaban en los restos de las focas, de los que pronto no quedaría huella alguna.
Tras un último saludo enviado a la bandera del Reino Unido que ondeaba en la cresta de Auckland-hill, y tras un último vistazo al horizonte del Pacífico, la pequeña tropa se puso en marcha remontando la orilla derecha del Zealand.
El regreso no estuvo marcado por ningún incidente. Pese a las dificultades del camino, los guanacos cumplieron tan bien su cometido y los mayores los ayudaron tan oportunamente en los pasos difíciles, que todos habían regresado a French-den antes de las seis de la tarde.
El día siguiente y los días sucesivos se dedicaron a las tareas habituales. Se probó el aceite de foca en los faroles, y se comprobó que la luz que daba, aunque de calidad bastante mediocre, bastaba para el alumbrado del hall y de Store-room. Así pues, ya no había que temer quedarse sumidos en la oscuridad durante los largos meses de invierno.
Sin embargo, se acercaba el Christmas, celebrado con tanta alegría entre los anglosajones, el día de Navidad. Gordon quiso, con razón, que se celebrase con cierta solemnidad. Sería como un recuerdo enviado al país perdido, como un envío del corazón hacia las familias ausentes. ¡Ah! ¡Si todos aquellos niños hubieran podido hacerse escuchar, cómo habrían gritado: «Estamos aquí… ¡todos! ¡vivos, muy vivos!… ¡Nos volveréis a ver!… ¡Dios nos devolverá junto a vosotros!»! Sí… Ellos podían abrigar todavía una esperanza que sus padres ya no tenían allá, en Auckland —la esperanza de volver a verlos algún día.
Gordon anunció, pues, que los días 25 y 26 de diciembre habría vacaciones en French-den. Los trabajos quedarían suspendidos durante esos dos días. Aquel primer Christmas sería, en la isla Chairman, lo que es en diversos países de Europa el primer día del año.
¡Cuál fue la acogida que tuvo esta propuesta, es fácil imaginarlo! Estaba claro que el 25 de diciembre habría un festín de gala, para el que Moko prometía maravillas. Por eso, Service y él no cesaban de conferenciar misteriosamente al respecto, mientras Dole y Costar, golosos de antemano, intentaban descubrir el secreto de sus deliberaciones. La despensa, por lo demás, estaba bastante bien provista para proporcionar los elementos de una comida solemne.
Llegó el gran día. Sobre la puerta del hall, por el exterior, Baxter y Wilcox habían dispuesto artísticamente la serie de flámulas, gallardetes y banderas del Sloughi, lo que daba un aire de fiesta a French-den.
Desde por la mañana, un cañonazo despertó ruidosamente los alegres ecos de Auckland-hill. Era una de las dos piezas, apuntada a través de la tronera del hall, que Doniphan acababa de disparar en honor del Christmas.
Al instante, los pequeños vinieron a ofrecer a los mayores sus saludos de año nuevo, que les fueron devueltos paternalmente. Hubo incluso, dirigido al jefe de la isla Chairman, un cumplido que recitó Costar y del que no salió demasiado mal.
Todos habían vestido sus mejores ropas para la ocasión. El tiempo era magnífico; hubo, antes y después del almuerzo, paseo a lo largo del lago y juegos variados en Sport-terrace, en los que todos quisieron tomar parte. A bordo del yate se habían llevado todos los artilugios especiales tan usados en Inglaterra: bolas, pelotas, mazas, raquetas —para el golf, que consiste en enviar pelotas de goma a diferentes agujeros cavados a larga distancia—, para el foot-ball, cuyo balón de cuero se lanza con el pie—, para los bowls, bolas de madera que se lanzan a mano y cuya desviación debida a su forma ovalada hay que corregir hábilmente—, y finalmente para los fives, que recuerdan al juego de pelota contra la pared.
La jornada estuvo bien aprovechada. Los pequeños, sobre todo, se divirtieron a sus anchas. Todo transcurrió bien. No hubo ni discusiones ni riñas. Es cierto que Briant se había encargado más especialmente de entretener a Dole, Costar, Iverson y Jenkins —sin haber podido conseguir que su hermano Jacques se uniera a ellos—, mientras que Doniphan y sus habituales compañeros, Webb, Cross y Wilcox, formaban grupo aparte, pese a las observaciones del sensato Gordon. Finalmente, cuando la hora de la cena fue anunciada por una nueva descarga de artillería, los jóvenes comensales acudieron alegremente a tomar asiento en el festín, servido en el refectorio de Store-room.
Realmente, Moko se había superado en la elaboración de su menú, y se mostró muy orgulloso de los elogios que le fueron dirigidos, así como a Service, su amable colaborador. Un agutí en daube, un salmis de tinamúes, una liebre asada trufada de hierbas aromáticas, una avutarda con las alas levantadas y el pico al aire como un faisán en bella postura, tres latas de verduras en conserva, un pudding —¡y qué pudding!—, dispuesto en forma de pirámide, con sus tradicionales uvas de Corinto mezcladas con frutos de algarrobo, y que desde hacía más de una semana se empapaba en un baño de brandy; luego, algunas copas de clarete, de jerez, licores, té, café en el postre: había allí, hay que reconocerlo, con qué celebrar espléndidamente el aniversario del Christmas en la isla Chairman.
Y entonces Briant brindó cordialmente por Gordon, quien le respondió bebiendo a la salud de la pequeña colonia y al recuerdo de las familias ausentes.
Finalmente —y esto fue muy emocionante—, Costar se levantó y, en nombre de los más pequeños, agradeció a Briant el devotísimo empeño del que había dado tantas pruebas en su favor.
Briant no pudo evitar una profunda emoción cuando los hurras resonaron en su honor —unos hurras que no encontraron eco en el corazón de Doniphan.