CAPÍTULO XII
EN EL CUAL SE VE A MRS. ARCADIA STANFORT ESPERAR, A SU VEZ, NO
SIN UNA GRAN IMPACIENCIA; Y EN EL QUE MR. JOHN PROTH SE
DECLARA INCOMPETENTE
EL juez John Proth, aquella mañana, estaba asomado a su ventana, mientras que su sirvienta Kate iba y venía por la habitación. Que el bólido pasase o no por encima de Whaston era cosa que le tenía completamente sin cuidado; sin género alguno de preocupaciones, recorría él con la mirada la plaza de la Constitución, sobre la que se abría la puerta de su pacífica morada.
Pero lo que Mr. Proth juzgaba sin interés, no dejaba de tener alguna importancia para Kate.
– Así, pues, señor, ¿sería de oro? —preguntó ella, deteniéndose ante su amo.
– Así parece —contesto el juez.
– No tiene trazas la cosa de producirle gran efecto.
– Exacto.
– Y, sin embargo, si es de oro debe valer muchos millones.
– Millones y millares de millones, Kate… Sí; son unos cuantos millares de millones los que se pasean por encima de nuestra cabeza.
– ¡Y que van a caer, señor’
– Así ío dicen, Kate.
– No obstante…
– ¿Se imagina usted siquiera, Kate, lo que es un millar de millones?
– Es… Es…
– Mil veces un millón.
– ¡Tanto…!
– Sí, Kate, y aunque viviese cien años no tendría tiempo de contarlo, aun cuando emplease en ello diez horas diarias…
– ¿Es posible, señor?
– Es cierto.
La sirvienta permaneció como espantada ante el pensamiento de que un siglo no bastaría para contar aquella cantidad. En seguida cogió de nuevo su escoba y su plumero y reanudó su tarea. Pero en cada instante se detenía como sumida en su reflexiones.
– ¿Y cuánto tocaría de eso a cada uno?
– ¿De qué Kate?
– Del bólido, señor, si se le distribuyese por igual entre todo el mundo.
– Hay que calcularlo, Kate.
El juez cogió un papel y un lápiz.
– Admitiendo —dijo— que la Tierra tenga mil quinientos millones de habitantes, tocaría…, tocaría tres mil ochocientos cincuenta y nueve francos y veinte céntimos por cabeza.
– ¿Nada más? —preguntó Kate desilusionada.
– Nada más —afirmó John Proth, mientras Kate miraba el cielo con ojos soñadores.
Cuando descendió de nuevo a la Tierra, percibió a la entrada de Exeter Street un grupo de dos personas, sobre el que llamó la atención de su amo.
– Mire, señor, las dos señoras que esperan allí.
– Ya las veo, Kate.
– Observe a una de ellas, la mayor… Aquella que da señales de impaciencia.
– Se impacienta, en efecto… Pero yo no sé quién es esa señora.
– ¡Cómo, señor! ¡Es aquella que vino a casarse ante usted hace dos meses, sin bajarse del caballo!
– ¿Miss Arcadia Walker? —preguntó John Proth.
– Mrs. Stanfort, ahora.
– Ella es, en efecto.
– ¿Qué viene a hacer aquí esa señora?
– Lo ignoro en absoluto —respondió Mr. Proth—, y añado que no daría un céntimo por saberlo.
– ¿Tendrá nuevamente necesidad de nuestros servicios?
– No es probable, no hallándose como no se halla permitida la bigamia en el territorio de la Unión —dijo el juez, cerrando la ventana—. Por lo demás, y sea de ello lo que quiera, no debo olvidar que es la hora de irme al Palacio de Justicia, donde se ventila hoy un asunto importante, relativo, precisamente, al bólido que tanto alboroto arma. De modo que si esa señora viniera a presentarse en mi casa, dígale usted esto.
Sin dejar de hablar, Mr. John Proth había hecho sus preparativos para la marcha. Con un paso tranquilo bajó la escalera, salió por la puertecilla que daba a Potomac Street y desapareció en el Palacio de Justicia, que se alzaba precisamente enfrente de su casa, al otro lado de la calle.
No se había equivocado la sirvienta; era ella, en efecto, Mrs. Arcadia Stanfort, quien se encontraba aquella mañana en Whaston con Bertha, su doncella. Ambas iban y venían con un paso impaciente, siguiendo con las miradas la pendiente de Exeter Street. Diez golpes sonaron en el reloj municipal. —¡Y decir que no está todavía aquí! —exclamó Mrs.
Arcadia.
– Tal vez se haya olvidado del día de la cita —sugirió Bertha.
– ¡Olvidado! —dijo la señora con indignado acento. —A menos —repuso Bertha— que no haya reflexionado.
– ¡Reflexionado! —repitió por segunda vez su ama, aún más indignada.
La camarera dio algunos pasos por Exeter Street.
– ¿No le ves? —preguntó Mrs. Arcadia al cabo de algunos minutos.
– No, señora.
– ¡Esto es demasiado fuerte!
Volvióse entonces a mirar del lado de la plaza.
– ¡No…! ¡Nadie aún…! ¡Nadie! —repetía—. ¡Hacerme esperar… después de lo convenido entre nosotros…! Y, sin embargo, no me equivoco, es hoy dieciocho de mayo…
– Sí, señora.
– ¡Y van a ser las diez y media!
– Dentro de diez minutos.
– Pues bien: que no se figure que va a agotar mi . paciencia… Me estaré aquí todo el día y más aún si es necesario.
Las gentes de la plaza de la Constitución hubieran podido notar las idas y venidas de esta joven señora, como habían notado dos meses antes las impaciencias del caballero que la aguardaba entonces para conducirla ante el magistrado. Pero ahora, todos, hombres, mujeres y niños, pensaban en una cosa muy distinta… Una cosa en la que en toda Whaston era seguramente Mrs. Arcadia la única que no pensaba. Nadie se preocupaba más que del maravilloso meteoro, de su paso por el cielo, de su caída anunciada para días fijos, aun cuando diferentes, por los dos astrónomos de la ciudad. Los grupos reunidos en la plaza de la Constitución, los criados de servicio o a la puerta de los hoteles apenas se inquietaban ante la presencia de Mrs. Stanfort.
Esta tenía indudablemente cuidados distintos de lo del bólido.
– ¿No le ves, Bertha? —repetía.
– No, señora.
En ese momento, algunos gritos se alzaron en la extremidad de la plaza; los transeúntes se precipitaron en aquella dirección. Al propio tiempo las ventanas de los hoteles se llenaban de curiosos.
– ¡Ahí está…! ¡Ahí está…!
Tales eran las palabras que corrían de boca en boca. Y de tal modo respondían esas palabras a los deseos de Mrs. Arcadia Stanfort, que ésta dijo: «¡Por fin!», como si se hubiesen dirigido a ella.
– No es por usted, señora, por quien se grita —hubo de decirle su doncella.
Todas las cabezas se alzaban hacia el cielo. ¿Era el famoso bólido, que hacía su aparición por encima de la ciudad?
No; a aquella hora cruzaba el espacio en el otro hemisferio; y aunque así no hubiese sido, no habría podido descubrirse a simple vista en pleno día.
¿A quién, pues, se dirigían las aclamaciones de la muchedumbre?
– ¡Señora, es un globo! —exclamó Bertha—. ¡Mírele usted…! Asoma por detrás de la torre de San Andrés.
Descendiendo lentamente de las capas superiores de la atmósfera, un aeróstato aparecía, en efecto, saludado por los acogedores aplausos de la muchedumbre. ¿Por qué esos aplausos? ¿Ofrecía aquella ascensión algún interés particular? ¿Había razones para que el público le hiciese aquel recibimiento?
Sí, en verdad.
La tarde del día anterior habíase elevado el globo de una ciudad próxima, llevando a bordo al célebre aeronauta Walker Vragg, acompañado de un ayudante; y aquella ascensión no tenía otro fin que el de intentar una observación del bólido en condiciones más favorables. Tal era la causa de la emoción de la multitud, ávida de conocer los resultados de esa original tentativa.
Un viento ligero empujaba al aeróstato por encima de Whaston y la población se propom’a hacer a sus tripulantes una recepción triunfal.
Continuando el globo su tranquilo descenso, tomó tierra en medio precisamente de la plaza de la Constitución. Cien brazos se cogieron inmediatamente a la navecilla, mientras Walker Vragg y su ayudante echaban pie al suelo.
El ayudante avanzó con un paso rápido hacia la impaciente Mrs. Arcadia Stanfort.
Cuando estuvo cerca de ella:
– Heme aquí, señora —dijo inclinándose.
– A las diez y treinta y cinco —dijo con un tono seco Mrs. Arcadia Stanfort, señalando con el dedo el reloj municipal.
– Y nuestra cita era para las diez y media, ya lo sé —dijo el recién llegado con deferente cortesía—; pero le ruego que me excuse, ya que los aeróstatos no obedecen siempre a nuestra voluntad con la puntualidad que sería de desear.
– ¿No me he equivocado, pues…? ¿Era usted realmente quien venía en ese globo con Walker Vragg?
– Yo era, en efecto.
– ¿Me explicará usted…?
– Nada más sencillo. Parecióme original, he ahí todo, el llegar de esta manera a nuestra cita. Así, pues, compré, a fuerza de dólares, un sitio en la navecilla, con la promesa de Walker Vragg de dejarme aquí a las diez y media en punto. Creo que bien puede disculpársele el haberse equivocado solamente en cinco minutos.
– Sí —contestó Mrs. Arcadia Stanfort—, puede disculpársele, ya que está usted aquí.
¿No habrán cambiado sus intenciones, creo yo?
– En manera alguna.
– ¿Su opinión es que obraremos con gran prudencia renunciando a la vida en común?
– Esa es mi opinión.
– La mía es que no estamos hechos el uno para el otro.
– Soy de la misma opinión.
– Ciertamente, Mr. Stanfort, que yo me hallo muy lejos de desconocer sus excelentes cualidades…
– Las de usted las aprecio yo en su justo valor.
– Puede uno estimarse y no agradarse; la estimación no es el amor. La estimación no sería bastante para hacernos soportar una tan gran incompatibilidad de caracteres.
– Habla usted como un libro.
– Evidente es que si nosotros nos hubiésemos amado…
– Sería todo muy diferente.
– Pero no nos amamos.
– Perfectamente; exacto.
– Nos casamos sin conocernos y hemos tenido algunas desilusiones recíprocas… ¡Ah, si nosotros nos hubiésemos prestado algún señalado servicio capaz de herir nuestra imaginación, tal vez las cosas no serían lo que actualmente son!
– Desgraciadamente, no ha sucedido así. Usted no ha tenido que sacrificar su fortuna para evitar la ruina.
– Lo habría hecho, Mr. Stanfort. Por su parte, no le ha sido dado el salvarme la vida con riesgo de la suya propia.
– En lo que no habría vacilado un punto, Mrs. Arcadia.
– Estoy convencida de ello, pero no se ha presentado la ocasión.
– Extraños éramos el uno para el otro y extraños hemos continuado siendo.
– Deplorablemente exacto.
– Habíamos creído tener los mismos gustos, en lo que concierne a los viajes, por lo menos…
– Y jamás hemos podido ponernos de acuerdo acerca de la dirección que deberíamos tomar.
– En efecto; cuando yo deseaba que nos dirigiésemos hacia el Sur, el deseo de usted era que nos dirigiésemos hacia el Norte.
– Y cuando mi intención era la de,ir hacia el Oeste, la de usted era la de ir hacia el Este.
– La cuestión del bólido ha hecho desbordar la copa.
– Así es.
– Porque usted continuará decidido, supongo yo, a colocarse al lado de Mr. Dean Forsyth.
– Absolutamente decidido.
– ¿Y a marchar al Japón para asistir a la caída del meteoro?
– En efecto.
– Ahora bien; como yo, por mi parte, estoy resuelta a seguir la opinión del doctor Sydney Hudelson…
– Y marchar a la Patagonia…
– No hay reconciliación posible.
– No la hay.
– Sólo, pues, nos queda una cosa que hacer.
– Una sola.
– La de dirigirnos a casa del juez.
– Estoy dispuesto.
Los dos en fila, y a distancia de unos tres pasos, se dirigieron a la casa de Mr. Proth, seguidos a respetuosa distancia por Bertha, la doncella.
La vieja Kate estaba a la puerta.
– ¿Mr. Proth? —preguntaron a la vez los Stanfort.
– Está ausente —respondió Kate.
– ¿Por mucho tiempo? —preguntó Mrs. Stanfort.
– Hasta la hora de comer.
– ¿Y come…?
– A la una.
– Volveremos a la una —dijeron Mr. y Mrs. Stanfort al unísono, alejándose. Llegados al centro de la plaza, hicieron alto un instante en ella.
– Tenemos que perder dos horas —dijo la señora Arcadia Stanfort.
– Dos horas y cuarto —dijo, precisando algo más, Mr. Seth Stanfort.
– ¿Le agradaría a usted que pasásemos juntos esas dos horas?
– Si usted consiente en ello…
– ¿Qué diría usted de un paseo por las orillas del Potomac?
– Iba a proponérselo.
Marido y mujer comenzaron a alejarse en la dirección de Exeter Street, mas se detuvieron a los tres pasos.
– ¿Me permitirá usted una observación? —dijo Mr. Stanfort.
– La permito —respondió Mrs. Arcadia.
– Haré entonces constar que estamos de acuerdo; es la primera vez, Mrs. Arcadia.
– Y la última —respondió ésta reanudando la marcha.
Para llegar al principio de Exeter Street, tuvieron que pasar a través de la muchedumbre, que seguía rodeando el globo aerostático; y si no era más densa esa muchedumbre, si todos los habitantes de Whaston no se hallaban reunidos en la plaza de la Constitución, era porque una atracción más sensacional absorbía entonces a gran parte del público, que desde las primeras horas de la mañana se había situado en el Palacio de Justicia, donde había de discutirse la causa más gigantesca en el pasado y en el porvenir.
Cierto que el delirio de las multitudes pareció llevado a sus límites extremos cuando el observatorio de París hizo conocer que el bólido era de oro puro; pero ese delirio no puede compararse al que se manifestó en todos los puntos de la tierra cuando Mr. Dean Forsyth y Mr. Sydney Hudelson afírmaron categóricamente que el asteroide caería.
Pero entre todos los locos, los mayores a buen seguro fueron los autores de la emoción que sacudía la tierra.
Hasta aquel momento ni Mr. Dean Forsyth ni el doctor Hudelson habían entrevisto semejante eventualidad. Si con tanto ardor habían reclamado la prioridad en el descubrimieno del bólido, no era a causa de su valor, sino porque se le diera su respectivo nombre al meteoro.
La situación cambió por completo cuando comprobaron la desviación del asteroide. Una cuestión más candente que las otras se impuso en seguida a su espíritu.
¿A quién pertenecería el bólido después de su caída?
– ¡A mí! —había dicho sin vacilar Mr. Dean Forsyth—; ¡a mí, que fui el primero en señalar su presencia en el horizonte de Whaston!
– ¡A mí! —había exclamado con igual convicción el doctor Hudelson—, toda vez que soy el autor de su descubrimiento!
No habían dejado de hacer valer en la Prensa estas pretensiones, contradictorias e inconciliables. Durante dos días los periódicos de Whaston habían llenado sus columnas con la prosa furiosa de los dos adversarios. Lanzáronse éstos a la cabeza los epítetos más malsonantes a propósito del bólido inaccesible, que parecía verdaderamente burlarse de ellos desde las alturas.
Compréndese que en semejantes condiciones no era posible tratar del proyectado matrimonio. Así, la fecha del 15 de mayo pasó sin que Francis y Jenny hubiesen dejado de ser prometidos.
¿Hallábanse siquiera en condiciones de poderse llamar prometidos? Mr. Dean Forsyth había respondido textualmente a su sobrino, que había hecho una última tentativa:
– Tengo yo al doctor por un miserable, y jamás daré mi consentimiento para tu matrimonio con la hija de un Hudelson.
Y casi a la misma hora el susodicho doctor Hudelson cortaba las lamentaciones de su hija, y se expresaba en los siguientes términos:
– El tío de Francis es un malvado, y jamás mi hija se casará con el sobrino de un Forsyth.
Esto era terminante y categórico, y no quedaba otro remedio que resignarse.
El injuriarse no constituye, empero, una solución. Cuando se está en desacuerdo, no hay sino obrar como todo el mundo en semejante caso y remitir el asunto a la Justicia. Esto es lo mejor; este es el único medio de zanjar diferencias.
Ambos antagonistas habían acabado por convenir en ello.
A eso se debió que el 16 de mayo una citación para comparecer ante el tribunal del estimable Mr. John Proth, al día siguiente, había sido dirigida por Mr. Dean Forsyth al doctor Hudelson, y una citación idéntica había sido inmediatamente enviada por el doctor Hudelson a Mr. Dean Forsyth; y por esto, aquella mañana del 17 de mayo, una enorme multitud había invadido el tribunal.
Mr. Dean Forsyth y el doctor Sydney Hudelson se hallaban presentes. Recíprocamente citados ante el juez, ambos rivales se encontraban frente a frente.
Muchos negocios habían sido ya despachados, y las partes habían abandonado la sala.
– El negocio siguiente —ordenó el juez.
– Forsyth contra Hudelson y Hudelson contra Forsyth —proclamó el escribano.
– Que se acerquen esos señores.
Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson avanzaron hasta salir fuera del grupo de los respectivos partidarios que les escoltaban.
– ¿De qué se trata, señores? —preguntó el juez Proth.
Mr. Dean Forsyth fue el primero en hablar:
– Yo acudo a hacer valer mis derechos.
– Y yo los míos —interrumpió Mr. Hudelson.
– Ruégoles, señores, que tengan la bondad de explicarse uno después de otro.
Ateniéndome al orden alfabético, concedo la palabra a Mr. Forsyth; Mr. Hudelson responderá en seguida a su gusto.
Mr. Dean Forsyth fue, por lo tanto, el primero en exponer el asunto, mientras el doctor, sólo a costa de grandes esfuerzos, lograba contenerse. Refirió de qué modo el día 16 de marzo, a las siete, treinta y siete minutos y veinte segundos de la mañana, hallándose en observación en su torre de Elisabeth Street, había descubierto un bólido, atravesando el cielo de Norte a Sur; cómo había seguido a ese meteoro durante todo el tiempo que fue visible, y cómo, en fin, algunos días más tarde había enviado una carta al observatorio de Pittsburg para señalar ese descubrimiento y establecer la prioridad.
El doctor Hudelson, cuando le tocó el turno de hablar, dio, por supuesto, una explicación idéntica, de tal suerte, que el tribunal, después de oír a ambos, no debía quedar mejor enterado que antes.
Parecía, no obstante, que lo estaba bastante, toda vez que Mr. Proth no pidió ninguna explicación complementaria. Reclamó sencillamente silencio y, cuando lo obtuvo, dio lectura del juicio, que había redactado mientras hablaban los dos adversarios.
Considerando por una parte —decía este juicio— que Mr. Dean Forsyth declara haber descubierto un bólido que atravesaba la atmósfera por encima de Whaston el día 6 de marzo, a las siete, treinta y siete minutos y veinte segundos de la mañana; Considerando, por otra parte, que Mr. Hudelson declara haber visto el mismo bólido a la misma hora, al mismo minuto y al mismo segundo…
– ¡Sí…! ¡Sí! —gritaron los partidarios de Mr. Forsyth, golpeando el suelo con el pie.
Pero visto que la instancia reposa sobre una cuestión de minutos y de segundos y que es de orden exclusivamente científico;
Por tal motivo nos declaramos incompetentes y condenamos a ambas partes solidariamente a las costas.
Era evidente que el magistrado no podía responder de otra manera.
Pero ni los litigantes ni sus partidarios respectivos creían que el asunto debía terminar de esa suerte. Si el juez Proth había esperado verse libre con una declaración de incompetencia, le fue preciso renunciar a esa esperanza.
Dos voces dominaron el murmullo unánime que había acogido la lectura del juicio.
– ¡Pido la palabra! —gritaban a un tiempo los señores Forsyth y Hudelson.
– Aun cuando no tenga por qué volver de mi acuerdo —respondió el magistrado, con aquel tono amable que nunca abandonaba, ni aun en las circunstancias más graves—, concedo de buen grado la palabra a Mr. Dean Forsyth y al doctor Hudelson, a condición de que ambos consentirán en no usar de ella sino uno después de otro.
Mr. Proth comprendió que lo más prudente era dejarlos despacharse a su sabor y prestó oído como mejor pudo, llegando de esta suerte a comprender el sentido de la nueva argumentación. No se trataba ya de una cuestión astronómica, sino de una cuestión de intereses, de una reivindicación de propiedad. En una palabra, toda vez que el bólido había de caer, ¿a quién pertenecería? ¿Sería a Mr. Dean Forsyth? ¿Sería al doctor Hudelson?
– ¡A Mr. Forsyth! —gritaban los partidarios de la torre.
– ¡Al doctor Hudleson! —gritaron a su vez los partidarios de la torrecilla.
El juez Proth reclamó silencio, y, una vez obtenido, dijo:
– Señores, me permitirán ante todo danés un consejo: en el caso de que, como creen, el bólido caiga efectivamente…
– ¡ Caerá! —repitieron a una los partidarios de Mr. Dean Forsyth y del doctor Hudelson.
– ¡Sea! —concedió el magistrado con una condescendiente cortesía, de la que ni aun en América da siempre muestras la magistratura—. Por mi parte, no veo en ello inconveniente, y tan sólo deseo que no llegue a caer sobre las flores de mi jardín para evitar una hecatombe.
Algunas sonrisas corrieron entre los asistentes.
– En ese caso —prosiguió el paternal magistrado—, y ya que se trata de una cantidad tan enorme, yo les invito a que se la repartan.
– ¡Jamás!
Esta palabra, tan claramente negativa, estalló por tod.as partes.
Con su conocimiento de las debilidades humanas, no quedó muy sorprendido Mr. John Proth de que su consejo, por prudente y acertado que fuera, tuviese en contra suya la unanimidad de los asistentes. No por ello se desconcertó, y esperando nuevamente a que se calmasen la agitación y el tumulto, tan pronto como le fue posible hacerse oír, dijo:
– Puesto que toda conciliación es imposible, el tribunal va a emitir su juicio.
A estas palabras prodújose, como por encanto, un profundo silencio y ninguno se permitió interrumpir a Mr. Proth, que dictaba tranquilamente a su escribano: El Tribunal,
Oídas las partes en sus quejas y conclusiones;
Visto que las alegaciones producidas tienen igual valor de una y otra parte y se hallan apoyadas sobre las mismas pruebas;
Visto que del descubrimiento de un meteoro no se deriva necesariamente un derecho de propiedad; que la Ley nada dice a este respecto y que en defecto de la Ley no existe argumento análogo en la Jurisprudencia;
Que aun cuando se hallase fundado ese pretendido derecho de propiedad podría dar lugar en realidad a insuperables dificultades;
Visto, en fin, que la instancia recae sobre un hecho hipotético que puede no realizarse; Que el meteoro puede, por otra parte, caer en él seno de los mares, que cubren las tres cuartas partes de la superficie del globo terrestre; Que en uno y otro caso no habría lugar a discutir por ausencia de materia en litigio; Por estos motivos,
Dilata el sentenciar hasta después de la caída efectiva y debidamente comprobada del bólido en cuestión.
– Punto —terminó Mr. Proth, que se alzó al propio tiempo de su silla.
La audiencia estaba terminada.
El auditorio había quedado bajo la impresión de los acertados considerandos de Mr.
Proth. No era imposible, en efecto, que el bólido cayese en el fondo de los mares. Por otra parte, ¿a qué «dificultades insuperables» se refería el juez?
Todo esto hacía reflexionar, y la reflexión devuelve de ordinario la calma y la tranquilidad a los espíritus excitados.
Es de suponer que Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson no reflexionaban, porque ellos al menos no se tranquilizaban; muy lejos de ello. Desde los extremos de la sala se amenazaban mutuamente con los puños y arengaban a sus respectivos partidarios.
– No calificaré yo este juicio —clamaba Mr. Dean Forsyth con voz estentórea—. ¡Es completamente insensato!
– ¡Este juicio es absurdo! —gritaba al propio tiempo Mr. Hudelson.
– ¡Decir que mi bólido no caerá…!
– ¡Dudar de la caída de mi bólido…!
– ¡Caerá donde yo he dicho…!
– ¡Yo he señalado el lugar de su caída…!
– Y ya no se me hace justicia…
– En vista de que no hay aquí justicia…
– Iré a defender mis derechos hasta el fin, y parto esta misma tarde…
– Sostendré mi derecho hasta el último extremo, y hoy mismo me pongo en camino.
– Para el Japón —dijo Mr. Dean Forsyth.
– Para la Patagonia —agregó a su vez el doctor Hudelson.
– ¡Hurra! —respondieron a un mismo tiempo los hombres de los dos campos contrarios.
Cuando todo el mundo estuvo fuera, la muchedumbre se dividió en dos grupos, a los que se unieron los curiosos que no habían podido encontrar sitio en la sala de audiencia.
Aquello fue un verdadero tumulto; gritos, provocaciones y amenazas enconadas de una y otra parte. Y no habrían estado lejos, sin género alguno de duda, las vías de hecho, porque era bien claro que los partidarios de Mr. Dean Forsyth querían nada menos que linchar a Mr. Hudelson; y los partidarios de éste estaban ansiosos de linchar a Mr. Dean Forsyth, lo cual hubiera sido indudablemente una manera ultraamericana de terminar de una vez el enojoso asunto… Mas, por fortuna, las autoridades habían tomado sus precauciones. Numerosos policías intervinieron, con tanta resolución como oportunidad, y separaron a los combatientes.
Apenas fueron separados unos de otros los adversarios, cuando su cólera, un poco superficial, desapareció.
Como necesitaban, sin embargo, un pretexto para hacer el mayor estrépito posible, si cesaron sus gritos contra el jefe del partido que no contaba con sus preferencias, continuaron lanzándolos en honor de aquel cuya bandera habían adoptado y hecho suya.
– ¡Hurra por Dean Forsyth!
– ¡Hurra por Hudelson!
Pronto estas exclamaciones se fundieron en un solo grito:
– ¡A la estación! —gritaron ambos bandos de acuerdo.
Los policías dejaban hacer con indiferencia, hallándose ya descartado todo temor de perturbaciones graves. Ningún riesgo había, en efecto, en que sobreviniese una colisión entre los dos cortejos, uno de los cuales conducía triunfalmente a Mr. Dean Forsyth a la estación del Oeste, primera etapa para el Japón; y el otro escoltaba, no menos triunfalmente, al doctor Sydney Hudelson a la estación del Este, término de la línea de Nueva York, en donde él se embarcaría para la Patagonia.
Poco a poco fueron decreciendo las vociferaciones de ambos grupos, hasta que se extinguieron por completo en la lejanía.
Mr. John Proth, que desde el umbral de su puerta se había entretenido en mirar a la vociferante multitud, pensó entonces que era ya hora de almorzar, e hizo un movimiento para entrar en su casa.
En aquel momento fue abordado por un caballero y una señora que habían avanzado hasta él.
– Una palabra, señor juez —dijo el caballero.
– A la disposición de usted, Mr. y Mrs. Stanfort —respondió el juez con amabilidad.
– Señor —continuó Mr. Stanfort—, cuando, hace dos meses, comparecimos ante usted, fue para contratar nuestro matrimonio.
– Y yo me felicito de haberles conocido en tal ocasión.
– Hoy nos presentamos ante usted, señor juez, para divorciarnos… El juez, como hombre de experiencia, comprendió que no era aquél momento de intentar una reconciliación.
– No me felicito menos de esta nueva ocasión de renovar nuestro conocimiento.
Ambos comparecientes se inclinaron.
– Tengan la bondad de pasar —propuso el magistrado.
– ¿Es necesario? —preguntó Mr. Seth Stanfort como lo había hecho dos meses antes.
Y lo mismo que dos meses antes, el juez respondió flemáticamente:
– En manera alguna.
Imposible ser más acomodaticio.
– ¿Traen ustedes las actas en regla? —inquirió el juez.
– He aquí las mías —dijo Mrs. Stanfort.
– He aquí las mías —agregó Mr. Stanfort.
Cogió Mr. Proth los papeles, los examinó, asegurándole de que estaban en debida forma, y se limitó a responder:
– Y he aquí el acta de divorcio impresa; no hay que hacer otra cosa que inscribir los nombres y firmar. Pero no sé si podremos nosotros aquí…
– Permítame proponerle esta estilográfica perfeccionada —intervino Mr. Stanfort, tendiendo el instrumento al juez.
– Y este cartón, que hará perfectamente oficio de carpeta —agregó Mrs. Stanfort, cogiendo aquél de manos de su doncella.
– Tienen ustedes respuesta para todo —dijo el juez, que comenzó a llenar los huecos del acta impresa.
Terminado este trabajo, presentó la pluma a Mrs. Stanfort.
Sin una sola observación, sin que la más ligera vacilación hiciera temblar su mano, Mrs.
Stanfort firmó con su nombre; Arcadia Walker.
Con la misma sangre fría, Mr. Stanfort firmó después que ella.
Luego, lo mismo que dos meses antes, presentando cada uno de ellos un billete de quinientos dólares:
– Como honorarios —dijo de nuevo Mr. Stanfort.
– Para los pobres —replicó Mrs. Arcadia Walker.
Sin detenerse un instante, se inclinaron ante el magistrado, se saludaron recíprocamente y se alejaron sin volver la cabeza, subiendo el uno hacia el Faubourg de Wilcox, y la otra en una dirección opuesta.
Cuando hubieron desaparecido, Mr. John Proth entró definitivamente en su casa, en la que le esperaba el almuerzo largo tiempo hacía.
– ¿Sabe usted, Kate, lo que yo debería poner encima de mi puerta? —dijo a su vieja sirvienta, al mismo tiempo que se ponía la servilleta bajo la barba.
– No, señor.
– Pues debería poner lo siguiente: «Aquí se casa a las gentes a caballo y se las divorcia a pie.» Y sin más, atacó la comida.