César Cascabel · Parte 1

CAPÍTULO III

SIERRA NEVADA

Cuántos habrán soñado alguna vez con realizar un viaje en un coach house, como viajan los saltimbanquis! ¡Eso de no tener que impacientarse ni por hoteles, posadas, camas inseguras, cocinas más inseguras todavía, cuando se trata de atravesar un país en el que escasean, como escaseaban entonces, las aldeas o pueblecillos!

Esto que los ricos a ello aficionados hacen comúnmente a bordo de sus yates de recreo, con todas las comodidades de una casa que cambia de lugar, hay muy pocos que lo hayan verificado en un coche ad hoc. Y, sin embargo, el coche, ¿no es la casa que marcha? ¿Por qué los ambulantes son los únicos en conocer este placer «de la navegación en tierra firme»?

En efecto, el carruaje del saltimbanqui es la habitación completa, con sus cuartos y su mobiliario; es el home (4) movible, y el de César Cascabel respondía perfectamente a las exigencias de esta vida nómada.

Se llamaba Belle Roulotte, como si se tratase de una goleta normanda; y creed que justificaba este título, después de peregrinaciones tan diversas a través de Estados Unidos. Comprada unos tres años atrás escasamente, con las primeras economías del matrimonio, remplazaba a la vieja galera cubierta sólo por un toldo y totalmente desprovista de muelles que por largo tiempo había servido para alojar a toda la familia. Y como habían transcurrido más de veinte años desde que Cascabel corría por las ferias y mercados de la Confederación, fácil es deducir que el vehículo era de fabricación americana.

La Belle Roulotte descansaba sobre cuatro ruedas. Provista de buenos muelles de acero, unía la ligereza a la solidez. Cuidadosamente

Hogar conservada, jabonada, frotada, lavada, hacía resplandecer sus tableros revestidos de vivos colores, en que el amarillo de oro se mezclaba agradablemente con el rojo cochinilla, exponiendo a las miradas esta razón social ya célebre: Familia César Cascabel. Por su longitud hubiera podido rivalizar con las carretas que recorren todavía las praderas del Far West, donde el Great-Trunk, el ferrocarril de Nueva York a San Francisco no ha proyectado todavía sus ramificaciones. Evidentemente, dos caballos no podían arrastrar más que al paso este pesado vehículo. En efecto, la carga era pesada: sin contar los huéspedes que la habitaban, la Belle Roulotte llevaba en su galería superior las telas de la tienda, amén de las estacas y cuerdas. Además, por debajo, entre el juego delantero y el trasero, llevaba un canasto oscilante cargado de objetos diversos, una gran caja, tambor, cornetín, trombón y otros utensilios y accesorios, que son los verdaderos útiles del titiritero.

Anotemos, además, los vestidos de una célebre pantomima: Los bandidos de la Selva Negra, que figuraba en el repertorio de la familia Cascabel.

En el interior, la distribución estaba muy bien efectuada, y, a decir verdad, con una li gereza notable; una limpieza maravillosa, gracias a Cornelia, que respecto a esto no bromeaba.

En la parte anterior, cerrado por una vidriera de corredera, se encontraba el primer departamento, que calentaba el fogón de la cocina. Después venía un salón o comedor, en el que se daban las consultas de buenaventura; enseguida un dormitorio, con hamacas colocadas una encima de otra, como en los camarotes de un buque, donde dormían, separados por un tabique, a la derecha los dos hermanos y a la izquierda su hermana; por último, en el fondo, el cuarto de los esposos Cascabel, con una cama de buenos colchones y una colcha multicolor. Cerca de esta cama había sido colocada la famosa arca de hierro. En todos los rincones, tableros que podían subirse o bajarse, formando mesillas o graderíos, y estrechos armarios donde se guardaban los trapos, pelucas y postizos de la pantomima. Las lámparas de petróleo que iluminaban el conjunto eran verdaderas lámparas de navío, que se balanceaban cuando el vehículo seguía caminos mal nivelados; además, a fin de dejar penetrar en los diversos departamentos la luz del día había media docena de ventanillos con cristales ajustados por plomos, y cortinillas de ligera muselina con cordones de color. Todo esto, pues, daba a la Belle Roulotte el aspecto de la garita de un queche holandés.

Clou de Girofle, al que no hemos mencionado, era poco exigente por naturaleza. Dormía en el primer departamento, sobre una hamaca que extendía por la noche entre las dos paredes y que levantaba por la mañana a los primeros rayos del sol.

Queda por nombrar a los dos perros, Wagram y Marengo, que, en su calidad de guardianes de noche, dormían en el cesto, bajo el coche, donde toleraban la presencia del mono John Bull, a pesar de su petulancia y su gusto por las travesuras. El papagayo Jako estaba colocado en una jaula, suspendida en el interior del segundo departamento.

En cuanto a los dos caballos. Gladiador y Vermout, teman completa libertad de pastar alrededor de la Belle Roulotte, sin que fuera preciso trabarlos. Y después de haber comido los retoños de la hierba de aquellos excelentes prados, en que la mesa estaba siempre dispuesta, como también la cama, no tenían más que tenderse para dormir sobre el suelo que les había alimentado.

Lo cierto es que, cuando llegaba la noche, con los fusiles, los revólveres de sus huéspedes y los dos perros que la guardaban, la Belle Roulotte ofrecía completa seguridad.

Tal era el coche de familia. ¡Cuántas millas y millas había recorrido desde tres años atrás, a través de la Confederación norteamericana, de Nueva York a Albany, del Niágara a Búfalo, a San Luis, a Filadelfia, a Boston, a Washington, siguiendo el curso del Mississipí, hasta Nueva Orleans, a lo largo del Grent-Frunk, hasta las Montañas Rocosas, al país de los mormones, y hasta el fondo de California! Viaje higiénico si los hay, puesto que nadie de la compañía había estado jamás enfermo, a excepción de John Bull, cuyas indigestiones eran frecuentes.

¡Gran alegría iba a ser para ellos llevar a Europa aquella Belle Roulotte, llegando a conducirla luego por los caminos del viejo continente. ¡Qué curiosidad tan simpática excitaría al atravesar Francia y las campiñas del país normando! ¡Ah! ¡Volver a ver su Francia, «volver a ver su Normandía», como en la célebre canción de Bérat, era a lo que tendían todos los pensamientos, todas las aspiraciones de César Cascabel!

Una vez en Nueva York, el vehículo debía ser desarmado, empaquetado, embarcado a bordo de un paquebote con destino a El Havre, y una vez allí no tendrían más que volverle a poner sobre sus ruedas para tomar el camino de la capital.

¡Ah! ¡Cuánto apremio mostraba Cascabel, y también su mujer y sus hijos, por ponerse en marcha! Fue por esta causa que dejaron la gran ciudad de Sacramento, al amanecer el 15 de febrero, unos a pie, otros en el coche, cada cual a su gusto.

La temperatura era todavía muy fresca, pero hacía buen tiempo. No hay para qué decir que no se pusieron en camino sin bizcochos; dicho de otra manera, sin conservas variadas de carnes y legumbres.

Por otra parte, fácilmente habrían de poder proveerse de víveres en villas y pueblecillos. Y, después de todo, la caza, bisontes, gamos, liebres y perdices, abundaban en aquellos territorios. Juan no se privaría seguramente de coger su escopeta y hacer de ella buen uso, puesto que la caza no estaba prohibida ni se exigía licencia en las vastas praderas del Far West. Juan era un diestro tirador, y Wagram, a falta del perro de aguas Marengo, se distinguía por sus cualidades cinegéticas de primer orden.

Al abandonar Sacramento, la Belle Roulotte tomó la dirección del Nordeste. Se trataba de llegar a la frontera por el camino más corto, y franquear la Sierra Nevada, o sea aproximadamente doscientos kilómetros hasta el Paso de Sonora, que da acceso a las interminables llanuras del Este.

No era todavía el Far West propiamente dicho, donde las pequeñas villas se encuentran muy lejos unas de otras. No era la pradera con sus horizontes lejanos, sus anchos espacios desiertos, sus indios nómadas que la civilización rechazaba lentamente en aquellos tiempos hacia las regiones poco frecuentadas de América del Norte. Casi al salir de Sacramento se elevaba ya el país. Se notaban las ramificaciones de la Sierra que recuadra admirablemente la vieja California entre sus cadenas cubiertas de pinos negrales, dominadas acá y allá por picos de cinco mil metros de altura. Era una barrera de verdor que la Naturaleza ha dado a este país donde vertiera tanto oro, agotado ahora por la rapacidad humana. En la dirección seguida por la Belle Roulotte no faltaban villas importantes: Jackson, Mocquelenne, Placerville, célebres puertos avanzados de Eldorado y del Calaveras. Pero Cascabel no se paraba en ellas más que el tiempo necesario para hacer algunas compras, o cuando quería pasar una noche más tranquila. Tenía prisa por franquear las montañas de Nevada, el país del gran lago Salado y la enorme muralla de las Montañas Rocosas, donde su tiro tendría algunos buenos empujones que dar; después, hasta la región del Erié o del Ontario, el coche no tendría más que seguir a través de la pradera, por caminos hollados ya por el pie de los caballos y las carretas de las caravanas.

Sin embargo, no se andaba deprisa por aquellos territorios montañosos. El camino se alargaba por rodeos inevitables. Además, aunque esta comarca está atravesada por el paralelo 38°, que es en Europa el de Sicilia y España, los últimos fríos del invierno habían conservado todo su rigor. Se sabe que, por consecuencia del alejamiento del Gulf Stream –esa cálida corriente que a partir del Golfo de Méjico se dirige oblicuamente hacia Europa– el clima de América del Norte es mucho más frío, siendo su latitud la misma que la del antiguo continente. Pero esto es por poco tiempo. Pasadas algunas semanas California volvería a ser la tierra generosa entre todas, la madre fecunda en que el grano de los cereales se multiplica al céntuplo, en que las producciones más variadas de las zonas tropicales y templadas se mezclan con profusión; la caña de azúcar, el arroz, el tabaco, los naranjos, los olivos, los limoneros, los ananás, los bananos. No es sólo el oro el que ha motivado la riqueza del suelo californiano; es la extraordinaria vegetación que ha salido de sus entrañas.

– ¡Echaremos de menos este país! –decía Cornelia, que no era indiferente a los buenos manjares.

– ¡Glotona! –le respondía Cascabel.

– ¡Oh! No es por mí, sino por los niños.

Varios días transcurrieron caminando por los linderos de los bosques a través de verdes y dilatadas praderas.

Por numerosos que fuesen los rumiantes por ellas alimentados, no conseguían agotar el tapiz de hierba que la Naturaleza renueva sin cesar. No se insistirá nunca demasiado sobre la potencia vegetal de este territorio californiano, al que ningún otro puede ser comparado. Es el granero del Pacífico, y las flotas de comercio que exportan sus productos no han de poder agotarlo.

La Belle Roulotte marchaba al paso ordinario, por término medio, solamente unas seis o siete leguas por día. En estas condiciones había ya paseado su personal a través de Estados Unidos, donde el nombre de los Cascabel era tan ventajosamente conocido, desde las bocas del Mississipí hasta Nueva Inglaterra. Cierto que entonces se detenía en cada villa de la Confederación con el objeto de hacer colecta. Ahora, en este viaje del Oeste al Este, no se trataba de maravillar al público. No era una jira artística esta vez; era la vuelta a la vieja Europa, con sus granjas normandas en el horizonte.

La travesía se hacía alegremente, y ¡cuántas casas sedentarias hubieran envidiado la dicha que contenía aquella casa ambulante! Se reía, se cantaba, se cambiaban burlas y algunas veces el cornetín, vigorosamente tocado por el joven Sandre, ponía en fuga a los pájaros, no menos gorjeantes que esta dichosa familia.

Sin embargo, a pesar de que todo esto estaba muy bien, a juicio de Cascabel, los días invertidos en el viaje no debían ser necesariamente días de vacaciones.

– Niños –repetía–, es menester no enmohecerse.

Y durante las paradas, si sus caballos reposaban, la familia no lo hacía. Más de una vez los indios se apresuraron a mirar a Juan, ensayando sus juegos de malabarista; a Napoleona, ejecutando algunos pasos graciosos; a Sandre, dislocándose como un ser de goma; a la señora Cascabel, dedicándose a los ejercicios de fuerza, y Cascabel, a los efectos de ventriloquia, sin olvidar a Jako, que charlaba en su jaula, los dos perros que trabajaban en conjunto, y John Bull, que se deshacía en muecas.

Advirtamos, asimismo, que Juan no descuidaba sus estudios en el camino. Leía y releía algunos libros, que componían la pequeña biblioteca de la Belle Roulotte, un poco de geografía y de aritmética, y diversas narraciones de viaje. Llevaba también el diario de «a bordo», donde se relataban de agradable manera los incidentes de la navegación.

– ¡Llegarás a ser demasiado instruido! –le decía a veces su padre–. ¡Pero ya que es tu gusto...!

Y Cascabel se guardaba muy bien de contrariar la afición de su primogénito. En el fondo, su mujer y él eran dichosos por contar con un sabio en la familia.

Hacia el 27 de febrero, después del mediodía, la Belle Roulotte llegó al pie de las gargantas de Sierra Nevada. Durante cuatro o cinco días el rudo paso de la cadena iba a ocasionar grandes fatigas. Sería duro, tanto para las personas como para las bestias, ascender la pendiente hasta media montaña. Habría necesidad de empujar las ruedas sobre los estrechos caminos que rodean los flancos de la enorme barrera.

Aunque el tiempo continuaba dulcificándose por precoces influencias de la primavera californiana, el clima era, sin embargo, poco caluroso a ciertas horas.

Nada tenía más temible que las lluvias torrenciales, los ventisqueros, las ráfagas desencadenadas que giran alrededor de las gargantas, donde el viento se precipita como en un embudo.

Por otro lado, la parte superior de los pasos se eleva por encima de la zona de las nieves perpetuas, y es necesario caminar lo menos a dos mil metros antes de bajar al país de los mormones.

Cascabel contaba con hacer lo que había ya hecho en semejantes ocasiones; tomaría caballos de refuerzo, que alquilaría en las villas o granjas de la montaña, y hombres, indios o americanos para conducirlos. Esto sería sin duda un aumento de gastos, pero necesario si la familia no quería comprometer sus propios caballos.

En la tarde del 27 se llegó a la entrada del Paso de Sonora. Los valles atravesados hasta entonces no presentaban más que desniveles de poca importancia. Vermout y Gladiador los habían subido sin demasiadas fatigas. Pero no hubieran podido ir más allá, aunque contasen con la ayuda de toda la compañía.

Se hizo alto a corta distancia de una aldea perdida en el fondo de las gargantas de la sierra.

Solamente se veían algunas casas, y a dos tiros de fusil una granja, a la que Cascabel resolvió dirigirse aquella misma tarde. Quería tener para el día siguiente otros caballos, que los suyos acogerían con satisfacción.

Por el momento era necesario tomar las medidas necesarias a fin de pasar la noche en aquel paraje.

Cuando el campamento quedó montado según las disposiciones acostumbradas se pusieron en relaciones con los habitantes de la aldea, que consintieron de buena gana en suministrar alimentos frescos para las personas y forraje para los animales.

Aquella tarde no hubo ocasión de ensayar los ejercicios. Todos estaban rendidos de fatiga. Jornada ruda, porque había sido necesario hacer una gran parte del camino a pie para aliviar un poco el tiro. Cascabel acordó, pues, reposo completo, que seria respetado mientras durase la travesía de la sierra.

Después que Cascabel echó una investigadora mirada al campamento, dejando la Belle Roulotte al cuidado de su mujer y sus hijos, acompañado de Clou se dirigió hacia la granja.

Esta granja estaba habitada por un californiano y su familia, que hicieron buen recibimiento al saltimbanqui. El granjero se apresuró a suministrarle tres caballos y dos conductores. Estos debían guiar a la Belle Roulotte hasta el punto en que se suavizan las pendientes que bajan hacia el Este; después se volverían, llevando el tiro suplementario. Solamente que esto costaría bastantes dólares.

Cascabel regateó, como hombre deseoso de no echar su dinero por la ventana, y, finalmente, convino en una suma que no excedía del crédito asignado a esta parte del viaje.

A las seis de la mañana del día siguiente llegaron los dos hombres, y los tres caballos fueron enganchados delante de Vermout y Gladiador. La Belle Roulotte partió, subiendo una garganta estrecha, muy cubierta de bosques sobre sus flancos.

Dos horas después, en una vuelta del desfiladero, los maravillosos territorios de California, que la familia dejaba con cierta pena habían desaparecido completamente detrás del macizo de la sierra.

Los tres caballos del granjero eran sólidos animales, con los que se podría contar. Pero no sucedía lo mismo con los conductores. Eran dos fuertes mocetones, especie de mestizos mitad indios mitad ingleses... ¡Ah! Si Cascabel hubiera sabido lo que iba a pasar, ¡qué prisa se hubiera dado para despedirlos!

Lo cierto es que Cornelia los encontraba de bastante mala traza. Juan participaba de la opinión de su madre, y ésta era igualmente la de Clou; Cascabel no parecía haber tenido acierto al escogerlos. Menos mal que, al fin y al cabo, no eran más que dos, y habrían tenido que habérselas con gente dispuesta a la defensa si hubiesen abrigado la idea de atacarlos.

En cuanto a los malos encuentros de la sierra, no eran de temer. Los caminos eran seguros en aquella época. No estaban en los tiempos en que los mineros californianos, a los que se llamaba loafers y rowdies, se unían a los malhechores llegados de todos los rincones del mundo para maltratar a la gente honrada. La ley de Lynch había acabado por hacerles entrar en razón.

Sin embargo, como hombre prudente, Cascabel resolvió ponerse en guardia por lo que pudiese ocurrir.

Los hombres alquilados en la granja resultaban, eso sí, hábiles carreteros. Así, la jornada transcurrió sin accidente, y de eso se debían felicitar ante todo. Una rueda partida, un eje roto, y los huéspedes de la Belle Roulotte, lejos de toda habitación, no teniendo ningún medio de reparar sus averías, se hubieran encontrado en el mayor aprieto.

El paso presentaba un aspecto extremadamente salvaje. Nada más que pinos negrales, y por toda vegetación, musgos que tapizaban el suelo. Aquí y allí, enormes montones de rocas, multiplicando los rodeos, sobre todo a lo largo de uno de los afluentes del Walkner, salido del lago de este nombre, y que se precipitaba tumultuosamente al fondo de los precipicios. A lo lejos, perdido en las nubes, apuntaba el Castle Peak, dominando las demás cimas, pintorescamente proyectadas por la cadena de Nevada. Hacia las cinco de la tarde, cuando la sombra subió de las profundidades de la estrecha garganta, hubo una vuelta que dar. La pendiente era tan fuerte en aquel punto, que fue necesario descargar en parte el coche y dejar detrás el cesto y la mayor parte de los objetos colocados sobre la galería superior. Todo el mundo se puso a trabajar, y, fuerza es reconocerlo, los dos conductores dieron prueba de vigor y celo en esta circunstancia.

Cascabel y los suyos modificaron algo su primera impresión con respecto a estos hombres. Además, al cabo de dos días se llegaría al punto más alto del desfiladero, y entonces, no teniendo más que bajar, sería llegada la hora de que el tiro de refuerzo volviese a la granja.

Cuando aquel atardecer se hubo escogido el sitio para acampar, y mientras que los carreteros se ocupaban de sus caballos, Cascabel, sus dos hijos y Clou volvieron atrás y transportaron los objetos que habían sido depositados al principio de la rampa.

Una buena cena terminó esta jornada, y sólo se pensó en descansar.

Cascabel ofreció a los dos conductores lugar en uno de los departamentos de la Belle Roulotte; pero rehusaron, asegurando que el abrigo de los árboles les bastaría. Allí, envueltos en gruesas mantas, podrían velar más eficazmente por el tiro de su amo.

Pocos instantes después, el campamento estaba sumido en un profundo sueño.

Al día siguiente, a los primeros albores de la mañana, todo el mundo estaba en pie.

Cascabel, Juan y Clou bajaron los primeros de la Belle Roulotte, y se dirigieron al punto en que Gladiador y Vermout habían sido instalados la víspera.

Los dos estaban allí; pero los tres caballos del granjero habían desaparecido.

Como no podían estar lejos, Juan iba a dar orden a los conductores para que se pusieran en su busca, pero entonces observó que tampoco aquellos hombres se encontraban en el campamento.

– ¿Dónde estarán? –dijo.

– Sin duda –respondió Cascabel– corren en busca de sus caballos.

– ¡Ohé...! ¡Ohé...! –gritó Clou, con voz aguda, que debió de oírse a gran distancia.

No obtuvieron respuesta.

Igual resultado obtuvieron nuevos gritos, lanzados a pleno pulmón por Cascabel y Juan, quienes, al final volvieron pasos atrás.

Los dos conductores no aparecían.

– ¡A ver si habremos acertado sobre su traza! –exclamó Cascabel.

– ¿Por qué nos habrán dejado? –preguntó Juan.

– ¡Porque habrán hecho algo malo!

– Pero, ¿qué será?

– ¿Qué será, dices? ¡Espera...! ¡Vamos a saberlo...!

Y seguido de Juan y Clou, volvió corriendo a la Belle Roulotte.

Franquear el estribo, abrir la puerta, atravesar los departamentos y precipitarse en el cuarto del fondo, donde había sido colocada la preciosa arca de hierro, fue obra de un instante. Un momento después Cascabel reapareció, gritando:

– ¡Robada!

– ¿El arca de hierro...? –dijo Cornelia.

– ¡ Sí, el arca de hierro! ¡Ha sido robada por esos canallas !

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