César Cascabel · Parte 3

CAPÍTULO IV

DEL 16 DE NOVIEMBRE AL 2 DE DI CIEMBRE

erced a la estima, el señor Sergio creía M haber reconocido aquel grupo de islas.

En lo posible, al hacer sus observaciones, había tenido en cuenta la estima, evaluada, por término medio, unos setenta y cinco kilómetros más que menos por cada veinticuatro horas.

El archipiélago de Aïon está situado, según la indicación de las cartas, a los 170° de longitud, 70° de latitud, o sea a unas cien leguas del continente.

El noble ruso no se engañaba. Con fecha 16 de noviembre, el témpano se encontraba al sur de aquel grupo de islas. Pero... ¿a qué distancia? Aún utilizando los instrumentos de que se valen por lo común los navegantes, no hubiera podido determinarse sino aproximadamente. La observación por medio del sol no habría dado ningún resultado, pues su disco no se mostraba más que algunos minutos a través de los vapores del horizonte. Habían entrado definitivamente en la larga noche polar.

Además, el tiempo era detestable, aunque el frío tendía a disminuir. La columna termométrica oscilaba un poco por debajo del cero del centígrado. La temperatura no era todavía bastante baja para hacer que los icebergs, extendidos sobre la superficie del mar Ártico, se soldasen; por consiguiente, ningún obstáculo pedía detener la deriva del témpano.

Sin embargo, entre las roturas de sus bordes se formaban ya solidificaciones parciales, a que los invernadores dan el nombre de bay-ices ( 12) , cuando nacen en el fondo de las estrechas caletas de una costa. El señor Sergio, ayudado por Juan, examinaba atentamente estas formaciones que no tardarían en extenderse a todo el mar.

El período glacial estaría entonces en su plenitud, y la situación de los náufragos se modificaría, «mejorando»; al menos así lo esperaban.

Durante la última quincena de noviembre no dejó de caer la nieve con extraordinaria abundancia. Arrojada horizontalmente por las ráfagas, se acumuló en espesas capas contra la barrera establecida alrededor de la Belle Roulotte, levantándola de una manera notable.

En suma, esta aglomeración no presentaba ningún peligro, y la familia Cascabel hasta encontraría en ello ventaja, pues estaría más protegida contra el frío. Cornelia podría entonces economizar el petróleo, reservándolo únicamente para las necesidades de la cocina. Esto era digno de tomarse en consideración; pues si este combustible llegaba a faltarles, ¿con qué lo substituirían?

Afortunadamente, la temperatura en el interior de los departamentos era soportable (tres o cuatro grados sobre cero), y subió más todavía cuando la Belle Roulotte estuvo rodeada por aquella masa de nieve. En tales condiciones no era el calor lo que amenazaba faltar, sino el aire, al que se le iba a impedir toda entrada.

Hubo necesidad de proceder a la limpie za de la barrera, y cada cual tomó su parte en tan penosa tarea.

Primeramente el señor Sergio hizo extraer la nieve del corredor que se había construido en el interior de la barrera. Después se practicó un paso, con el fin de asegurar la salida al exterior y tuvo cuidado de que el eje de este paso estuviera orientado al Oeste. Sin esta precaución se hubiera obstruido por las nieves que empujaban los vientos del Este.

Sin embargo, no se habían vencido todos los peligros, como veremos más adelante.

No hay para qué decir que los náufragos no dejaban sus habitaciones ni de día ni de noche.

Encontraban en ellas un abrigo seguro contra la tormenta; contra el frío, que tendía a aumentar, según lo indicaba la baja, lenta y continua, del termómetro. El noble ruso y Juan no dejaban de hacer sus observaciones cotidianas en el momento en que una vaga luz coloreaba el horizonte, bajo el cual el sol continuaría declinando hasta el solsticio del 21 de diciembre. ¡Y siempre a la expectativa de descubrir algún ballenero de invernada en aquellos sitios, o pretendiendo ganar algún puerto del estrecho de Behring!

¡Siempre con la esperanza, aún no realizada, de ver el témpano definitivamente soldado a algún icefield que se uniera al litoral siberiano!

Después los dos volvían al campamento y trataban de fijar sobre el mapa la supuesta dirección de su deriva.

Se ha dicho que la caza había dejado de suministrar alimento fresco a la cocina de la Belle Roulotte desde su partida de Port Clarence. En efecto: ¿qué hubiera podido hacer Cornelia con aquellas aves marinas aceitosas? A despecho de su talento culinario, los petreles y otras aves semejantes hubieran sido mal recibidos por los convidados. Así es que Juan se dispensaba de gastar sus plomos y su pólvora contra estos volátiles de origen demasiado ártico.

Siempre que sus servicios le llamaban fuera, no dejaba de llevar su escopeta, y un día, en la tarde del 26 de noviembre, tuvo ocasión de servirse de ella. En efecto: se dejó oír una detonación, y casi enseguida una fuerte voz, conque Juan reclamaba ayuda.

No dejó esto de causar sorpresa, mezclada de cierta inquietud. El noble ruso y Cascabel, Sandre y Clou, seguidos de los dos perros, se lanzaron fuera del carruaje.

– ¡Venid...! ¡Venid! –gritó Juan.

Y al mismo tiempo iba y venía como si tratara de cortar la retirada a algún animal.

– ¿Qué sucede? –quiso saber su padre.

– ¡Que he herido a una foca, y se nos va a escapar si la dejamos llegar al mar!

Era un anfibio de gran tamaño, y que con la sangre que brotaba de una herida que tenía en el pecho enrojecía la nieve. Con seguridad habría desaparecido sin la llegada del señor Sergio y sus compañeros. Clou se arrojó valientemente sobre el animal, que había derribado a Sandre de un coletazo. Pero la foca pudo ser dominada, no sin trabajo, y aplicándole Juan el cañón de la escopeta a la cabeza acabó de matarla de un balazo.

Si no era manjar excelente para los huéspedes habituales de Cornelia, era una importante reserva de carne para Wagram y Marengo. No cabía duda de que si los dos perros hubieran poseído el don de la palabra, habrían dado gracias a Juan por haberles procurado tan inesperada fortuna.

– ¿Y por qué no hablan los animales? –dijo, a propósito de esto, César Cascabel.

– Por una razón muy sencilla: porque no tienen bastante inteligencia para hablar – respondió el señor Sergio.

– ¿Pensáis, pues –preguntó Juan–, que el defecto de la palabra es debido a un defecto de la inteligencia?

– Ciertamente que sí, mi querido Juan; al menos en los animales superiores. El perro posee una laringe idéntica a la del hombre. Podría, pues, hablar, y si no lo hace es porque su inteligencia no está bastante desarrollada para que pueda expresar sus impresiones por medio de la palabra.

Tesis discutible la que allí sostenían el noble ruso, pero que admitan algunos fisiólogos modernos.

Conviene hacer constar la modificación que se producía poco a poco en el espíritu de César Cascabel. Aunque acusándose siempre de ser responsable de aquella situación, volvía a tener su antigua filosofía. Acostumbrado a salir de los peores pasos, no podía creer que se hubiera extinguido su estrella. ¡No! Se había únicamente oscurecido un poco. Hasta entonces, por otra parte, no había sido experimentada la familia Cascabel por sufrimientos físicos. Pero si los peligros se agravaban, como era de esperar, quizá su moral llegara a resentirse.

Por consiguiente en previsión del porvenir, el señor Sergio no cesaba de animar a aquel pequeño mundo. Durante las largas horas que estaban desocupados, sentados a la mesa bajo la claridad de la lámpara, hablaba, contaba los diversos incidentes de sus viajes por Europa y América. Juan y Kayette, cerca uno del otro, le escuchaban con gran provecho, y a sus preguntas respondía siempre con alguna réplica instructiva.

Y finalmente, autorizado por la experiencia, solía decir:

– Amigos míos, no hay que desesperar. Nos lleva un sólido témpano, y no se romperá ahora que los fríos han arreciado. Observad, además, que se dirige hacia donde queremos ir, y que viajamos sin trabajo, como si estuviéramos en un buque. Un poco de paciencia, y llegaremos a buen puerto.

-¿Y quién de nosotros desespera? ¿Hacéis el favor de decírmelo? –preguntó César Cascabel–. ¿Quién se permite desesperar, señor Sergio? ¡Al que desespere sin mi permiso, le pondré a pan seco!

– ¡No hay pan! –advirtió el pilluelo de Sandre.

– Pues bien, a bizcocho seco entonces; y sin contar con que se le prohibirá la salida.

– ¡No se puede salir! –observó ahora Clou.

– ¡Basta...! ¡He dicho!

Durante la última semana de noviembre, la nieve cayó en proporciones extraordinarias. La masa de los copos era tal, que había sido necesario renunciar a salir del carruaje, lo que estuvo a punto de ocasionar una verdadera catástrofe.

El día 30 al amanecer, Clou se sorprendió, en el momento de levantarse, de la dificultad con que respiraba, como si el aire fuera impropio para el juego de sus pulmones.

Los demás dormían aún en sus departamentos con un sueño pesado y difícil, haciendo creer que sufrían un principio de asfixia.

Clou quiso abrir la puerta de la delantera del carruaje, con el fin de renovar el aire...

No pudo conseguirlo.

– ¡Eh, patrón! –gritó con una voz tan poderosa, que despertó a todo el personal de la Belle Roulotte.

Enseguida se levantaron el señor Sergio, César Cascabel y sus dos hijos.

Juan exclamó:

– ¡Nos afixiamos aquí...! ¡Es necesario abrir la puerta!

– No he podido hacerlo –manifestó Clou.

– Entonces las ventanas.

Pero las ventanas, que giraban al exterior, resistían igualmente.

En pocos minutos, sin embargo, fue levantada la puerta, y se comprendió por qué había sido imposible abrirla.

El corredor practicado alrededor de la Belle Roulotte, se hallaba obstruido por las nieves que las ráfagas habían acumulado y no solamente el corredor, sino también el paso que establecía la comunicación a través de la barrera.

– ¿Habrá cambiado el viento? –preguntó papá Cascabel.

– No es probable –respondió el señor Sergio–, pues en ese caso no habría caído tanta nieve si hubiera soplado del Oeste...

– Entonces es preciso que el témpano haya girado sobre sí mismo –observó Juan.

– Sí, eso debe ser –replicó el señor Sergio–. Pero vamos primero a lo más importante .. Se trata de no asfixiarnos; ¡necesitamos aire respirable!

Y enseguida Juan y Clou, provistos de una pala y un pico, se pusieron a la obra con el fin de limpiar el corredor. Trabajo rudo, en verdad, porque la nieve, endurecida, lo llenaba por completo y hasta debía recubrir la Belle Roulotte.

Para operar rápidamente fue necesario que alternaran unos y otros. Como no se podía echar la nieve al exterior, era necesario reuniría en el primer compartimento, donde, bajo la acción de la temperatura interior, se reducía casi inmediatamente a agua y se deslizaba fuera.

Una hora más tarde el pico no había todavía atravesado la compacta masa del corredor.

Era imposible salir; imposible airear el interior del coche, y la respiración se tornaba cada vez más difícil, a causa de la falta de oxigeno y del exceso de ácido carbónico.

Todos ellos, jadeantes, buscaban en vano alguna bocanada de aire puro en aquella atmósfera casi irrespirable. Kayette y Napoleona se sentían víctimas de la asfixia. Mamá Cascabel era la que parecía más seriamente atacada. Kayette dominaba su malestar y procuraba prestarle sus cuidados. Lo que se necesitaba a toda costa era abrir las ventanas, con el fin de renovar el aire; pero ya hemos visto que estaban exteriormente atestadas de nieve, lo mismo que la puerta.

– ¡Ánimo...! Ánimo! –repetía el noble ruso–. Hemos ganado ya casi dos metros a través del bloque... La capa no puede ser mucho más espesa.

¡No, no debía serlo, si la nieve hubiera dejado de caer...! ¡Pero quizá continuaba cayendo todavía!

Juan tuvo entonces la idea de practicar un agujero en el techo del corredor, donde la capa sería menos considerable y probablemente menos dura.

Hallada buena la idea, este trabajo pudo hacerse en mejores condiciones y media hora después... ¡ya era tiempo!, el agujero practicado daba entrada al aire exterior.

Fue un consuelo inmediato para todos los huéspedes de la Belle Roulotte.

– ¡Ah, qué bueno es esto! –exclamó la pequeña Napoleona respirando a sus anchas.

– Sí –respondió Sandre, que se relamía–. ¡Esto es mejor que una golosina!

Pasaron algunos minutos antes de que Cornelia se recuperara de aquel principio de asfixia, que había estado a punto de hacerle perder el conocimiento.

Ensanchando el agujero, pudieron los hombres llegar hasta la cresta de la barrera de hielo. Todo estaba blanco hasta los últimos límites de la mirada. La Belle Roulotte había desaparecido completamente bajo el montón de nieve, que formaba informe montón en medio del bloque flotante.

El señor Sergio, consultando la brújula, pudo afirmar que el viento soplaba siempre del Este, y que el témpano, al dar media vuelta sobre sí mismo, había cambiado su orientación de izquierda a derecha. Esto es lo que había producido en el pasillo aquella acumulación de nieve.

El termómetro no marcaba al aire más que seis grados bajo cero, y el mar parecía libre, a juzgar por lo que podía percibirse en medio de una oscuridad casi completa. Conviene observar, por otra parte, que si el témpano había dado media vuelta, después de haber sido cogido sin duda por algún remolino, no había dejado de derivar hacia el Oeste.

Para obviar esta eventualidad, que podía tener consecuencias tan deplorables, el ruso creyó necesario tomar una nueva precaución. A propuesta suya se practicó a través de la barrera un segundo corredor, opuesto al primero. De esta manera, cualquiera que fuese la orientación del témpano, habría siempre una comunicación con el exterior. No había, pues, que temer que el aire faltase en lo sucesivo.

– ¡Vaya un país estrafalario éste! –continuó Cascabel–. Apenas si es bueno ni aun para focas; y ¡qué clima! ¡No vale lo que el clima normando!

– Convengo en ello –manifestó el señor Sergio–. ¡Sin embargo, hay que tomarlo tal cual es!

– ¡Ya lo creo! Lo tomo..., pero con repugnancia.

– Claro, buen Cascabel, que no es éste el clima de la Normandía, ni siquiera el de Suecia, Noruega o Finlandia durante la estación del invierno... Es el clima de los polos, con su noche de cuatro meses, sus violentas ráfagas, el continuo espolvoreo de la nieve y el espeso velo de brumas que le dejan sin horizonte.

¡Y cuántas inquietudes preveían para el porvenir! Después de la deriva, cuando el témpano se inmovilizara, cuando el mar no formase sino un inmenso icefield, ¿qué partido tomarían? Abandonar la Belle Roulotte, franquear sin ella algunos centenares de leguas hasta el litoral siberiano... ¡Era verdaderamente terrible sólo pensar en ello!

El señor Sergio se preguntaba si no sería más acertado el invernar en el punto mismo en que se detuviera, y aguardar hasta la buena estación al abrigo de aquella casa ambulante, que sin duda no volvería a rodar. Sí; pasar el período de los grandes fríos en estas condiciones, no hubieran sido imposible. Pero antes del cambio de temperatura, antes del deshielo del mar Ártico, sería necesario dejar el lugar de invernada, sería preciso atravesar el campo de hielo, que no tardaría en disolverse.

Por lo demás, los náufragos no se encontraban en ese caso, y cuando el invierno hubiera concluido se tomaría un determinación. Había que tener en cuenta la distancia que les separaba del continente asiático, admitiendo que hubiera algún medio para poderla estimar.

El señor Sergio esperaba que la separación no había de ser muy considerable, puesto que el témpano había seguido invariablemente la dirección Oeste, después de haber doblado los cabos Kekurnyi, Cheliagski, Baranoff, y pasado el estrecho de Long y el golfo de Kolyma.

¡Que no se hubiera detenido a la entrada de esa bahía! Desde allí hubiera sido relativamente fácil alcanzar la provincia de los Yukaghirs, en la que Kabatchkova, Nijni-Kolynsk y otros pueblecillos habrían ofrecido un refugio para el invierno. Un tiro de renos hubiera podido volver hasta el lugar de la invernada, y llevar a la Belle Roulotte hasta el continente. El señor Sergio comprendía perfectamente que aquella bahía debía de haber quedado atrás, dada la velocidad de la deriva, y también las desembocaduras del Chukotchia y del Alareïa. El mapa no ofrecía más que la barrera de los archipiélagos conocidos con el nombre de islas de Anjou, islas Liaknoff e islas de Long que lo hubiera podido detener. Y en aquellas islas, deshabitadas en su mayor parte, ¿cómo encontrar los recursos necesarios para la repatriación del personal y del material ?

Sin embargo, aquello hubiera valido más que el ir a perderse en los remotos confines de las regiones polares.

Acababa de terminar el mes de noviembre.

Hacía treinta y nueve días que la familia Cascabel había salido de Port Clarence para aventurarse a través del estrecho de Behring. Sin la ruptura del icefield haría la cinco semanas que estarían en Numana; y una vez llegados a las provincias meridionales de la Siberia, se hubieran instalado en algún pueblecillo, donde no habrían tenido que temer los rigores del invierno ártico. Sin embargo, la deriva no podía durar mucho tiempo. El frío arreciaba gradualmente y el termómetro descendía sin oscilaciones. El señor Sergio pudo afirmar, por el examen hecho del islote de hielo, que éste crecía cotidianamente por la adición de pedazos de icebergs, a través de los cuales se iba abriendo paso. Su superficie se había prolongado en un tercio, y en la noche del 30 de noviembre al 1.° de diciembre un enorme bloque vino a soldarse a él por la parte posterior. Como la base de este bloque se sumergía profundamente bajo las aguas y la corriente le imprimía una velocidad superior, resultó que el témpano tuvo que dar media vuelta y seguirle como si fuera llevado a remolque.

Con los fríos más vivos y secos, se serenó el cielo por completo. El viento entonces soplaba del Nordeste; dichosa circunstancia, puesto que se dirigía hacia la costa siberiana. Las brillantes estrellas del cielo ártico iluminaban estas largas noches polares, y las auroras boreales inundaban con frecuencia el espacio con sus luminosas efluencias, dispuestas como las varillas de una abanico. La mirada se extendía sin obstáculos hasta el horizonte extremo, limitado por los primeros escalones del icefield. Sobre el fondo menos sombrío, esta cadena de hielos eternos dibujaba sus agudas crestas, sus bóvedas redondas, el bosque de sus agujas. Era una maravilla, y los náufragos olvidaban por un instante su situación, admirando estos fenómenos cósmicos, peculiares a las regiones hiperbóreas.

La deriva había disminuido de velocidad por el cambio del viento, y ya sólo la producía la corriente. Era, pues, probable que el témpano no sería arrastrado muy lejos hacía el Oeste, porque el mar se congelaba en los espacios que quedaban libres entre los icebergs. Verdad es que hasta entonces, aquel young-ice (13), como dicen los balleneros, cedía al menor choque. Los bloques, dispersos mar adentro, no dejaban entre sí más que estrechos pasos, y el témpano tropezaba a cada momento con masas considerables; pero después de una inmovilidad de algunas horas, volvía a ponerse en marcha. Sin embargo, era preciso prever una detención muy próxima, que duraría todo el invierno.

El 3 de diciembre, hacia el mediodía, el señor Sergio y Juan estaban parados en la parte anterior del témpano. Kayette, Napoleona y Sandre les habían acompañado, perfectamente envueltos en pieles porque el frío se dejaba sentir vivamente. Hacia el Sur, apenas si una ligera luz indicaba que el sol pasaba por el meridiano. La claridad que flotaba en el espacio era debida sin duda a alguna lejana aurora boreal.

Su atención estaba fija entonces en los movimientos de los icebergs, en sus extrañas formas, los choques que se producían y las volteretas de algunos bloques cuya base, socavada por debajo, no podía asegurarse el equilibrio.

De repente, el iceberg que se había soldado algunos días antes, osciló, dio una vuelta sobre sí mismo, y en su caída rompió el borde del témpano, inundándolo con una enorme ola.

Todos habían retrocedido precipitadamente; pero casi enseguida se oyeron gritos:

– ¡A mí...! ¡A mí...! ¡Juan!

Era Kayette. El pedazo de hielo en que se encontraba, arrancado por el choque, la llevaba a la deriva.

– ¡Kayette...! ¡Kayette...! –gritó Juan.

Pero el pedazo desprendido, arrastrado por una corriente lateral, se alejaba, costeando la arista del témpano inmóvil entonces por un remolino. Después de algunos instantes, Kayette habría desaparecido en medio de los icebergs flotantes.

– ¡Kayette...! ¡Kayette...! –volvió a gritar Juan.

– ¡Juan...! ¡Juan...! –repitió la joven india.

Al oír estos gritos acudieron César Cas cabel y Cornelia. .. Estaban allí, aterroriza dos, cerca del señor Sergio, que no sabía lo que hacer para salvar a la desgraciada niña.

En aquel momento, habiéndose aproximado el bloque a una distancia de un metro largo, Juan se lanzó de un salto, antes de que hubieran podido detenerle, y cayó cerca de Kayette.

– ¡Hijo mío...! ¡Hijo mío...! –gritó la señora Cascabel.

Era imposible salvarlos.

Al caer Juan, había repelido el bloque en que se encontraba Kayette... Los dos desaparecieron bien pronto entre los icebergs, y cesaron de oírse sus gritos, perdiéndose en el espacio.

Después de dos horas de espera, el conde Narkin, César Cascabel y Cornelia volvieron al campamento, pues la noche se echaba encima. La pasaron toda yendo de un lado para otro de la Belle Roulotte, mientras que los perros aullaban de un modo lastimero. Juan y Kayette, desamparados, sin abrigo, sin alimentos... perdidos. Cornelia lloraba, Sandre y Napoleona mezclaban sus lágrimas a las de su madre. César Cascabel, anonadado por este nuevo golpe, no pronunciaba más que palabras incoherentes, culpándose de todas las desgracias que habían caído sobre su familia.

¿Y qué consuelo les hubiera podido prestar el noble ruso cuando él mismo estaba inconsolable?

Al día siguiente, 4 de diciembre, hacia las ocho de la mañana, el témpano se puso en marcha, después de haber salido del remolino que le había detenido durante toda la noche. Su dirección era la que habían seguido Juan y Kayette; pero como éstos llevaban dieciocho horas de delantera, era necesario renunciar a toda esperanza de encontrarlos y reunirse con ellos. ¡Muchos peligros les amenazaban para que pudieran salir sanos y salvos! El frío tan intenso, el hambre, que no podrían apaciguar, el encuentro de los icebergs, el menor de los cuales les hubiera aplastado...

¡Vale más renunciar a pintar el dolor de la familia Cascabel! A pesar del descenso de la temperatura, ni unos ni otros quisieron entrar en sus habitaciones, llamando a Juan, llamando a Kayette, que no podían oírles.

El día transcurrió sin que la situación se modificase; después vino la noche, y el señor Sergio exigió que el padre, la madre y hasta los hijos se pusieran al abrigo de la Belle Roulotte, donde nadie pudo encontrar ni un momento de descanso.

Hacia las tres de la madrugada un choque terrible hizo que el carruaje se zarandeara tan violentamente que faltó poco para ser derribado.

¿De qué provenía aquel choque? ¿Era algún enorme iceberg que había tropezado y quizá partido el témpano?

El conde Narkin se lanzó fuera.

Un reflejo de aurora boreal alumbraba el espacio, y era posible ver los objetos en un radio de tres kilómetros alrededor del campamento.

El primer pensamiento del noble ruso fue mirar en todas direcciones...

No se veía ni a Juan ni a Kayette.

En cuanto al choque, era debido a que el témpano se había encontrado con el icefield.

Gracias a un nuevo enfriamiento de la temperatura, cerca de veinte grados centígrados bajo cero, el mar se había solidificado por completo en su superficie. Allí donde todo era movimiento la víspera, no había más que inmovilidad. Ya no derivaban. Había cesado el correr por las aguas.

El señor Sergio entró enseguida e hizo conocer a la familia la súbita parada del témpano.

– ¿Luego todo el mar está congelado ante nosotros? –preguntó César Cascabel.

– Sí –respondió el conde–; ante nosotros, detrás de nosotros y a nuestro alrededor.

– ¡Entonces, dediquémonos a buscar a Juan y a Kayette...! No hay un instante que perder...

– ¡Partamos! –convino el señor Sergio.

Cornelia y Napoleona no quisieron quedarse en la Bella Roulotte. Se dejó de guardián a Clou, y todos partieron, precedidos de los perros.

Marcharon a buen paso sobre la nieve, tan endurecida como el granito, y en la dirección del Oeste. Si Wagram y Marengo daban con el rastro de su amo, sabrían encontrarlos. Media hora después no habían bailado nada todavía, y era necesario detenerse, porque se respiraba difícilmente en aquella temperatura tan baja: el aire parecía estar helado.

El icefield se extendía hasta perderse de vista al Norte, al Sur y al Este; pero al Oeste estaba dominado por algunas alturas que no presentaban la forma ordinaria de los icebergs. Quizá los contornos de un continente.

En aquel momento los dos perros ladraron con violencia y se precipitaron hacia una eminencia blanquecina, sobre la que se destacaba un gran número de puntos negros.

Se pusieron en marcha y bien pronto notó Sandre que dos de estos puntos hacían señales... Y los reconoció.

– ¡Juan...! ¡Kayette! –gritó, lanzándose detrás de Wagram y Marengo. Efectivamente, eran Kayette y Juan, sanos y salvos. Pero no estaban solos. Un grupo de indígenas les rodeaban, y éstos eran los habitantes de la isla Liakhoff.

Notas de la fuente

12. Bahías de hielo.

13. Hielo nuevo.

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