Los quinientos millones de la begun
CAPÍTULO XIX
UN ASUNTO DE FAMILIA
Acaso en el transcurso de este relato no se haya concedido suficiente importancia a los asuntos personales de los que son sus héroes. Razón de más, pues, para que nos sea permitido tratar, por fin, de ellos y por ellos mismos.
Conviene decir que el buen doctor no pertenecía al ser colectivo, a la humanidad, hasta el punto de que la individualidad no existiese para él, aun cuando se hubiese entregado por entero al ideal. Le extrañó, pues, la palidez súbita que cubrió el semblante de Marcelo, cuando él acababa de pronunciar sus últimas palabras... Sus ojos trataron de leer en los del joven el sentido oculto de aquella repentina emoción. El silencio del práctico anciano interrogaba al silencio del joven ingeniero, y esperaba, quizás, a que éste lo rompiese; pero Marcelo, después de hacerse dueño de sí mediante un rudo esfuerzo de voluntad, no tardó en recobrar toda su sangre fría. Su tez recuperó los colores naturales, y su actitud sólo era, al fin, la de un hombre que espera seguir una conversación comenzada.
El doctor Sarrasin, un poco impacientado, quizá, por aquel rápido cambio de Marcelo, se acercó de nuevo a su joven amigo. Luego, con un movimiento propio de su profesión de médico, se apoderó de su brazo, y lo retuvo como pudiera haberlo hecho con el de un enfermo al cual hubiera querido tomar el pulso discreta o distraídamente.
Marcelo le dejó hacer, sin darse bien cuenta de la intención del doctor, y, como quiera que no desplegase los labios, le dijo su anciano amigo:
– Mi buen Marcelo, más adelante continuaremos nuestra conversación acerca de los futuros destinos de Stahlstadt, pues no nos está prohibido, ya que nos consagraremos al mejoramiento de la suerte de todos, a ocuparnos también en la suerte de aquellos a quienes amamos, de aquellos a quienes tenemos más cerca... Pues bien; creo que ha llegado el momento de decirte lo que una joven, cuyo nombre te revelaré luego, respondía, no hace mucho tiempo aún, a su padre y a su madre, a quienes, por vigésima vez, se la pedían en matrimonio... Los partidos han sido, en su mayor parte, de aquellos que, aun en las circunstancias más difíciles, se hubiera tenido derecho a aceptar, y, sin embargo, la hija decía siempre que no, y que no...
En aquel momento, Marcelo, con un movimiento un poco brusco, rescató su muñeca que, hasta entonces, había retenido en su mano el doctor.
Y fuera porque éste se considerase suficientemente informado acerca de la salud del paciente, o fuera porque no se dio cuenta que el joven le había retirado a la vez su brazo y su confianza, continuó su relato, sin tomar en consideración, al parecer, aquel pequeño incidente.
– «Pero, bueno —decía a su hija la madre de la joven de quien te estoy hablando—; haznos saber, al menos, los motivos de esas continuadas repulsas... Educación, fortuna, buena situación, salud física; todo lo tienes a tu alcance... ¿Por qué esas negativas tan firmes, tan resueltas, tan rápidas ante las solicitaciones que ni siquiera te tomas el trabajo de examinar...? De ordinario, tú eres menos perentoria...» Ante aquella insistencia de su madre, la joven se decidió, por fin, a hablar, y, como tiene una inteligencia clara y un corazón recto, una vez resuelta a romper el silencio, dijo lo siguiente: «Respondo que "no", con tanta sinceridad como pondría al responder que "sí", mamá querida, si el "si" se hallase, en realidad, dispuesto a salir de mi corazón... Estoy de acuerdo con usted en que un buen número de partidos de los que ustedes me ofrecen son muy aceptables, por diversos conceptos; aunque, por otra parte, imagino que todas esas pretensiones se dirigen más bien a lo que llaman lo mejor, es decir, el mejor partido de la ciudad, que a mi persona, y sólo esta idea es suficiente para que no me den deseos de decir que "sí"; y me atreveré a decirle, puesto que usted lo quiere, que ninguna de esas pretensiones es la que yo esperaba, la que espero, aún, y añadiré, además, que la que espero podría hacerse aguardar mucho tiempo, por desgracia, si es que llega alguna vez...» «¡Vaya, señorita!», dijo la madre, estupefacta. «Usted...» No acabó la frase, por no saber cómo terminarla, y, en su turbación, se volvió hacia su marido, implorándole visiblemente con su mirada ayuda y socorro... Pero, fuera porque él no quisiese tomar parte en aquella cuestión, o porque considerase necesario que se hiciese un poco más de luz entre la madre y la hija antes de intervenir, el marido aparentó no haber oído nada, y la pobre niña, roja de turbación, y quizá también por algo de ira, adoptó de pronto la resolución de llegar hasta el final. «Le he dicho, querida madre —continuó—, que la pretensión que espero pudiera hacerse aguardar por mucho tiempo, y que no es imposible que no llegue... Añadiré que ese retraso, aunque fuese indefinido, no llegará a extrañarme ni a herirme... Tengo la desgracia de ser, según dicen, muy rica, y el que debería hacer su demanda es muy pobre, y tiene sus razones para no hacerla... Es de esperar que...» «¿Y por qué no ha de llegar?», dijo la madre, queriendo, quizá, detener en los labios de su hija las palabras que temía oír... Entonces intervino el marido... «Querida amiga —dijo, requiriendo afectuosamente las manos de su mujer—; una madre, que es tan atendida por su hija como lo es usted, no hace ante ella, desde que está en el mundo, o poco menos, las alabanzas de un buen muchacho que casi es de nuestra familia, y hace observar a todos la solidez de su carácter, aplaudiendo, además, lo que dice su marido, cuanto éste tiene ocasión de elogiar a su vez la portentosa inteligencia del joven y habla con enternecimiento de las mil pruebas de abnegación que tiene recibidas de él... Si la que veía a ese joven distinguido entre todos por su padre y por su madre no le hubiese distinguido también, habría faltado a todos sus deberes...» «¡Ah, padre —exclamó entonces la joven, arrojándose en los brazos de su madre para ocultar en ellos la turbación—. Si había usted adivinado mi pensamiento, ¿por qué me obligó a hablar...?» «¿Por qué? —preguntó el padre—. Para tener la satisfacción de oírte, preciosa mía; para quedar más seguro aún de que no me engañaba; para poder decirte, en fin, y hacer que tu madre te lo diga, que aprobamos el camino emprendido por tu corazón, que tu elección colma todos nuestros deseos, y que, para ahorrar al joven pobre y orgulloso de que se trata una demanda que repugna a su delicadeza, esa demanda la haré yo... Sí; la haré yo, porque he leído en su corazón como en el tuyo... ¡Está tranquila, pues...! En la primera ocasión propicia que se presente, me permitiré preguntar a Marcelo si, aunque lo considere imposible, le agradaría ser mi yerno.»
Ante lo inopinado de aquella brusca peroración, Marcelo se había puesto en pie como movido por un resorte. Octavio le había estrechado silenciosamente la mano mientras el doctor Sarrasin le tendía los brazos... El joven alsaciano estaba pálido como un muerto... Pero éste es uno de los aspectos que adquiere la felicidad en las almas fuertes cuando entra en ellas sin hacerse anunciar...
CONCLUSIÓN
Libre de toda inquietud, en paz con todos sus vecinos, bien administrada y feliz, France-Ville, gracias a la sabiduría de sus habitantes, se halla en plena prosperidad. Su dicha, tan justamente merecida, no le proporciona envidiosos, y su fuerza impone el respeto a los más batalladores.
La Ciudad del Acero no era más que una fábrica formidable, un temible antro de destrucción, en manos de Herr Schultze; pero, gracias a Marcelo Bruckmann, se ha operado su liquidación sin perjuicio para nadie, y Stahlstadt se ha convertido en un centro de producción incomparable para todas las industrias útiles.
Desde hace un año, Marcelo es el afortunado esposo de Juana, y el nacimiento de un niño acaba de aumentar su felicidad.
En cuanto a Octavio, está incondicionalmente a las órdenes de su cuñado y le secunda en todos sus esfuerzos. Su hermana trata ahora de casarle con una de sus amigas —desde luego, encantadora—, cuyas cualidades de buen juicio e inteligencia preservarán a su marido contra todas las recaídas.
Los deseos del doctor y de su mujer se han cumplido, y, a decir verdad, podrían considerarse en la cúspide de la felicidad y aun de la gloria si la gloria hubiera figurado alguna vez en el programa de sus honradas ambiciones.
Puede asegurarse, pues, desde ahora que el porvenir pertenece a los esfuerzos del doctor Sarrasin y de Marcelo Bruckmann, y que el ejemplo de France-Ville y de Stahlstadt
– fábrica y ciudad modelos— no se habrá perdido para las generaciones futuras...
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