Capítulo XVIII
Sin duda, nadie habría tenido jamás la explicación de los últimos fenómenos de los que el castillo de los Cárpatos había sido escenario, puesto que el joven conde había perdido la razón, de no ser por las revelaciones que se hicieron en las circunstancias que siguen:
Durante cuatro días, Orfanik había esperado, tal como estaba convenido, a que el barón de Gortz fuese a reunirse con él en la localidad de Bistritz. Al no verlo reaparecer, se había preguntado si no habría sido víctima de la explosión. Impulsado entonces tanto por la curiosidad como por la inquietud, había abandonado la localidad, había vuelto a tomar el camino de Werst, y había regresado a merodear por los alrededores del burgo.
Mal le fue en ello, pues los agentes de policía no tardaron en apoderarse de su persona, siguiendo las indicaciones de Rotzko, que lo conocía desde hacía tiempo.
Una vez en la capital del condado, ante los magistrados a los que fue conducido, Orfanik no puso ningún reparo en responder a las preguntas que se le formularon en el curso de la investigación ordenada sobre aquella catástrofe.
Confesaremos incluso que el triste fin del barón Rodolphe de Gortz no pareció conmover demasiado a aquel sabio egoísta y maniático, que solo tenía en el corazón sus invenciones.
En primer lugar, ante las apremiantes preguntas de Rotzko, Orfanik afirmó que la Stilla estaba muerta y —estas son las expresiones mismas de que se sirvió— que estaba enterrada, y bien enterrada, desde hacía cinco años en el cementerio del Campo Santo Nuovo, en Nápoles.
Esta afirmación no fue el menor de los asombros que habría de provocar aquella extraña aventura.
En efecto, si la Stilla estaba muerta, ¿cómo se explicaba que Franz hubiese podido oír su voz en la gran sala de la posada, luego verla aparecer sobre el explanada del bastión, luego embriagarse con su canto cuando estaba encerrado en la cripta?... Por último, ¿cómo la había encontrado viva en la habitación de la torre del homenaje?
He aquí la explicación de estos diversos fenómenos, que parecían destinados a ser inexplicables.
Se recordará la desesperación que se había apoderado del barón de Gortz cuando corrió el rumor de que la Stilla había tomado la resolución de dejar el teatro para convertirse en condesa de Télek. El admirable talento de la artista, es decir, todas sus satisfacciones de diletante, iban a faltarle.
Fue entonces cuando Orfanik le propuso recoger, por medio de aparatos fonográficos, las principales piezas de su repertorio que la cantante se proponía cantar en sus funciones de despedida. Aquellos aparatos estaban maravillosamente perfeccionados en aquella época, y Orfanik los había vuelto tan perfectos que la voz humana no sufría en ellos ninguna alteración, ni en su encanto ni en su pureza.
El barón de Gortz aceptó la oferta del físico. Se instalaron fonógrafos, sucesiva y secretamente, al fondo del palco enrejado durante el último mes de la temporada. Así se grabaron en sus placas cavatinas, romanzas de ópera o de concierto, entre otras, la melodía de Stéfano y aquel aire final de Orlando que quedó interrumpido por la muerte de la Stilla.
He aquí en qué condiciones había venido el barón de Gortz a encerrarse en el castillo de los Cárpatos, y allí, cada noche, podía oír los cantos que habían sido recogidos por aquellos admirables aparatos. Y no solo oía a la Stilla, como si estuviese en su palco, sino que —lo cual puede parecer absolutamente incomprensible— la veía como si estuviese viva, ante sus ojos.
Era un simple artificio de óptica.
No se habrá olvidado que el barón de Gortz había adquirido un magnífico retrato de la cantante. Ese retrato la representaba de cuerpo entero, con su traje blanco de la Angélica de Orlando y su magnífica cabellera suelta. Pues bien, por medio de unos espejos inclinados según cierto ángulo calculado por Orfanik, cuando un foco potente iluminaba aquel retrato colocado frente a uno de ellos, la Stilla aparecía, por reflejo, tan «real» como cuando estaba llena de vida y en todo el esplendor de su belleza. Gracias a ese aparato, transportado durante la noche al explanada del bastión, había hecho aparecer Rodolphe de Gortz a la Stilla cuando quiso atraer a Franz de Télek; gracias a ese mismo aparato había vuelto a ver el joven conde a la Stilla en la sala de la torre del homenaje, mientras su fanático admirador se embriagaba con su voz y sus cantos.
Tales son, muy resumidos, los datos que dio Orfanik de manera más detallada en el curso de su interrogatorio. Y, hay que decirlo, fue con un orgullo sin igual como se declaró autor de aquellas geniales invenciones, que había llevado al más alto grado de perfección.
Sin embargo, si Orfanik había explicado materialmente aquellos diversos fenómenos, o más bien aquellos «trucos», por emplear la palabra consagrada, lo que no se explicaba era por qué el barón de Gortz, antes de la explosión, no había tenido tiempo de huir por el túnel del puerto de Vulkan. Pero, cuando Orfanik supo que una bala había destrozado el objeto que Rodolphe de Gortz llevaba entre los brazos, comprendió. Aquel objeto era el aparato fonográfico que encerraba el último canto de la Stilla, era el que Rodolphe de Gortz había querido oír una vez más en la sala de la torre del homenaje, antes de su derrumbamiento. Ahora bien, destruido aquel aparato, quedaba destruida también la vida del barón de Gortz, y, loco de desesperación, había querido sepultarse bajo las ruinas del burgo.
El barón Rodolphe de Gortz ha sido enterrado en el cementerio de Werst con los honores debidos a la antigua familia que se extinguía en su persona. En cuanto al joven conde de Télek, Rotzko lo ha hecho trasladar al castillo de Krajowa, donde se consagra por entero a cuidar de su amo. Orfanik le ha cedido de buen grado los fonógrafos en que están recogidos los demás cantos de la Stilla, y, cuando Franz oye la voz de la gran artista, le presta cierta atención, recobra su antigua lucidez, parece que su alma intenta revivir en los recuerdos de aquel inolvidable pasado.
En efecto, algunos meses después, el joven conde había recobrado la razón, y por él se han conocido los detalles de aquella última noche en el castillo de los Cárpatos.
Digamos ahora que la boda de la encantadora Miriota y Nic Deck se celebró en la semana que siguió a la catástrofe. Después de que los novios recibieran la bendición del pope en el pueblo de Vulkan, volvieron a Werst, donde maese Koltz les había reservado la mejor habitación de su casa.
Pero, aunque estos diversos fenómenos hayan sido puestos en claro de manera natural, no habría que imaginar que la joven ya no cree en las fantásticas apariciones del burgo. Por más que Nic Deck intenta hacerla entrar en razón —Jonas también, pues le interesa recuperar la clientela de la posada del Rey Matías—, ella no está en absoluto convencida, como tampoco lo están, por lo demás, maese Koltz, el pastor Frik, el magíster Hermod y los demás habitantes de Werst. Habrán de pasar, verosímilmente, no pocos años antes de que estas buenas gentes renuncien a sus creencias supersticiosas.
No obstante, el doctor Patak, que ha vuelto a sus fanfarronadas habituales, no deja de repetir a quien quiera oírlo:
– ¡Vaya! ¿No lo había dicho yo?... ¡Genios en el burgo!... ¡Como si existieran los genios!
Pero nadie lo escucha, y hasta se le pide que se calle cuando sus burlas pasan de la raya.
Por lo demás, el magíster Hermod no ha dejado de basar sus lecciones en el estudio de las leyendas transilvanas. Durante mucho tiempo aún, la joven generación del pueblo de Werst creerá que los espíritus del otro mundo rondan las ruinas del castillo de los Cárpatos.
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