Un billete de loteria

Capítulo XII

¡Este era el secreto del joven marino! ¡Esta era la suerte con que contaba para traer una fortuna a su prometida! ¡Un billete de lotería, comprado antes de su partida…! ¡Y en el momento en el que el Viken naufragaba, lo había metido en una botella y tirado al mar, con un último adiós a Hulda!

Esta vez Sylvius Hog quedó anonadado. Sus ojos iban de la carta al documento, pero no pronunciaba ni una palabra. ¿Qué hubiera podido decir? Además, ¿qué duda podía existir ahora sobre la catástrofe del Viken, sobre la pérdida de todos los tripulantes que volvían a Noruega?

Mientras Sylvius Hog leía la carta, Hulda había podido resistir su angustia. Pero, después de las últimas palabras del billete de Ole, cayó desmayada en brazos de Joel. Tuvieron que transportarla a su cuarto, donde su madre le dio los primeros auxilios. Al volver en sí, quiso que la dejasen sola y, entonces, arrodillada a los pies de la cama, rogó fervorosa y largamente por el alma de Ole Kamp.

La señora Hansen había regresado al salón. Dio unos pasos hacia el profesor, como si quisiera dirigirle la palabra, pero, después, dio media vuelta y desapareció por la escalera.

Joel, después de dejar a su hermana en su habitación, salió en seguida también. Se ahogaba en aquella casa que parecía abierta a todos los malos vientos. Necesitaba respirar el aire fresco del exterior, el aire de la tempestad, y durante una buena parte de la noche, erró solitario por las orillas del Maan.

Sylvius Hog se había quedado solo. Pasado el primer momento, fue recobrando poco a poco su habitual energía. Después de dar dos o tres vueltas por el salón, escuchó por si la joven llamaba; pero, como no se oía nada, se sentó al lado de la mesa y dio curso a sus reflexiones.

“¡Pobre Hulda! -se decía-. ¡Hulda ya no verá más a su prometido! ¡Es posible una desgracia tan grande…! ¡No…! ¡Sólo al pensarlo, todo se revuelve en mí! ¡El Viken ha naufragado, sí! Pero, ¿tenemos una certeza absoluta de la muerte de Ole? ¡No puedo creerlo! En todos los casos de naufragio, el tiempo sólo puede afirmar que nadie ha podido sobrevivir a la catástrofe. ¡Sí! Dudo, quiero dudar todavía, aun cuando ni Hulda, ni Joel, ni nadie más comparta esta duda conmigo. Ya que el Viken ha naufragado, ¿puede explicarse que no se hayan encontrado los restos en el mar…? ¡No…! ¡Y no se ha encontrado nada más que esta botella en la cual el pobre Ole ha querido encerrar su último pensamiento y, con ella, todo lo que quedaba en el mundo!”

Sylvius Hog conservaba el documento entre sus manos, lo miraba, lo estrujaba, le daba vueltas. ¡Aquel pedazo de papel en el que el pobre muchacho había levantado toda una esperanza de fortuna!

No obstante, el profesor quería examinarlo más atentamente, y, levantándose, escuchó nuevamente si oía a la pobre Hulda llamando a su madre o a su hermano, y, convencido de que todo estaba en silencio, penetró en su habitación.

Aquel billete era de la lotería era de las Escuelas de Cristianía, una lotería muy popular entonces en Noruega. El primer premio era de cien mil marcos. El valor total de los demás premios se elevaba a noventa mil marcos. El número de billetes de la emisión era de un millón, todos vendidos.

El billete de Ole Kamp llevaba el número 9672. Pero, ahora, tanto si el número era bueno como no, si el joven marino tuviera alguna razón secreta para confiar en él, ya no estaría allí en el momento del sorteo de aquella lotería, que debería efectuarse el 15 de julio próximo, es decir dentro de veintiocho días. Hulda, siguiendo su última recomendación, debería presentarse en su lugar y responder por él.

Sylvius Hog, a la luz del candelabro, leía y releía con atención las líneas escritas al dorso del billete como si quisiera descubrir en aquellas palabras un sentido oculto.

Las líneas estaban escritas con tinta. Era evidente que la mano de Ole no temblaba mientras la escribía. Esto demostraba que el joven marino conservaba toda su sangre fría en el momento del naufragio. Esto le ponía en condiciones de poder aprovechar cualquier medio de salvación que se presentara, un madero flotante, un tronco a la deriva, si no se había hundido todo con el buque.

A menudo, estos documentos recogidos en alta mar dan a conocer aproximadamente el lugar en donde se ha producido la catástrofe. En aquel, no constaba ni la longitud ni la latitud, nada que pudiera indicar cuál era la tierra más cercana, el continente o las islas. Era de pensar, pues, que ni el capitán ni nadie de la tripulación sabía dónde se hallaba entonces el Viken. Arrastrado sin duda por una de aquellas tempestades a las cuales no puede resistirse, debería haber sido empujado fuera de su ruta y el estado del cielo no les permitió obtener una indicación solar, y no pudieron sin duda consignar la posición durante algunos días. Por esto es probable que no se supiera nunca en qué parte del Atlántico Norte, a lo largo de Terranova o de Islandia, se había abierto el abismo que había engullido al Viken.

Esta circunstancia era suficiente para eliminar toda esperanza, incluso los que no querían desesperar.

En efecto, con una indicación, por vaga que fuera, se habrían podido efectuar búsquedas, enviar algún barco al lugar de la catástrofe, quizá pudieron encontrarse algunos despojos reconocibles. ¿Quién sabe si uno o varios de los supervivientes de la tripulación habían conseguido llegar a un punto cualquiera sin auxilio de ninguna clase y sin ninguna posibilidad de repatriarse?

Esta era la duda que poco a poco iba tomando cuerpo en el espíritu de Sylvius Hog, duda inaceptable para Hulda y Joel, duda que el profesor vacilaba ahora a infiltrarles, ya que la desilusión, muy probable, hubiera sido más que dolorosa.

“Y no obstante -se decía-, si el documento no nos facilita ninguna indicación, sabemos por lo menos en qué lugar fue recogida la botella. La carta no lo dice, pero en el Departamento de Marina, en Cristianía, no pueden ignorarlo. ¿No es ya un indicio que podría ser aprovechado quizá? Estudiando la dirección de las corrientes, la de los vientos generales, calculando el día aproximado del naufragio, ¿no sería posible…? En fin, voy a escribir de nuevo. ¡Es necesario que se active la búsqueda, por pocas posibilidades de éxito que tengamos! ¡No! ¡Nunca abandonaré a esta pobre Hulda! ¡Nunca! ¡Mientras no tenga una prueba absoluta no creeré en la muerte de su prometido!

De esta forma razonaba Sylvius Hog. Pero, al propio tiempo, tomó la decisión de no hablar a nadie de las gestiones que iba a emprender, de los esfuerzos que iba a provocar usando toda su influencia. Ni Hulda ni su hermano supieron nada de lo que escribió a Cristianía. Además, la partida que tenía fijada para el día siguiente, resolvió aplazarla indefinidamente o, mejor dicho, partiría dentro de algunos días, pero sería para ir a Bergen. Allí sabría por boca de los señores Help todo lo que concernía al Viken, preguntaría directamente a la gente de mar su opinión, y determinaría la manera cómo deberían ser efectuadas las primeras pesquisas.

No obstante, por los detalles suministrados por el Departamento de Marina, los periódicos de Cristianía, primero, y después los de Noruega, Suecia y de toda Europa al fin, se habían amparado de aquel hecho del billete de lotería convertido en documento. Había algo conmovedor en aquel último envío de un muchacho a su prometida, y la opinión pública se emocionó con razón.

El decano de la prensa de Noruega, el Morgen-Blad, fue el primero en relatar la historia del Viken y de Ole Kamp. De los treinta y siete periódicos que se publicaban en el país por aquel entonces, ni uno solo omitió detalle al contar la historia, con términos llenos de ternura. El Illustreret-Nyhedsbland publicó un dibujo ideal de la escena del naufragio. En él se veía el Viken desamparado, con las velas hechas trizas, sus mástiles rotos, a punto de desaparecer entre las olas. De pie en la proa, se veía a Ole arrojando su botella al mar, con un último pensamiento para Hulda, mientras encomendaba su alma a Dios. En una esquina, en forma alegórica y dibujándose en medio de tenue neblina, se veía como una ola arrojaba la botella a los pies de su prometida. Todo ello encuadrado por aquel billete, cuyo número se destacaba en extremo. Era una imagen inocente, sin duda, pero que tuvo un gran éxito en aquellas tierras, tan compenetradas con las leyendas de las ondinas y las valkyrias.

Este hecho fue reproducido y comentado en Francia, en Inglaterra, hasta en los Estados Unidos de América. Con los nombres de Hulda y de Ole, su historia se popularizó por medio del lápiz y de la pluma. Esta joven noruega de Dal, sin saberlo, tuvo el privilegio de apasionar a la opinión pública. La pobre muchacha no podía imaginarse el alboroto que se formaba a su alrededor. Por otra parte, nada podía distraerla del dolor en el cual se absorbía enteramente.

Y ahora no debemos extrañarnos del efecto que se produjo en los dos continentes, efecto muy explicable, teniendo en cuenta que la naturaleza humana se deja llevar fácilmente por la pendiente de las cosas supersticiosas. Un billete de lotería, recogido en tales circunstancias, con el número 9672, arrancado a las olas de una forma tan providencial, no podía dejar de ser un billete predestinado. Entre todos los demás, ¿no estaba milagrosamente indicado para ganar el premio de cien mil marcos? ¿No valía una fortuna, aquella fortuna con la cual contaba el infortunado Ole Kamp?

Por esto no debemos extrañarnos que de todas partes llegasen a Dal serias ofertas de compra de aquel billete, si Hulda Hansen consentía en venderlo. En principio, los precios ofrecidos eran mediocres; pero iban aumentando de día en día. Podía preverse incluso que con el tiempo y a medida que se acercara el día del sorteo, se presentarían serias contraofertas.

Estas ofertas se producían no sólo en aquellos países escandinavos, tan propensos a aceptar la intervención de las potencias sobrenaturales en las cosas de este mundo, sino también en el extranjero, incluso en Francia. Los ingleses, muy flemáticos, también intervinieron, y después de éstos, los americanos, cuyos dólares no acostumbraban a gastarse en estas fantasías tan poco prácticas. Una gran cantidad de cartas fueron enviadas de todas partes a Dal. Los periódicos no se olvidaron de dar a conocer la importancia de las propuestas hechas a la familia Hansen. Puede decirse que se estableció una especie de pequeña bolsa, cuyos puntos variaban, pero siempre en alza.

Llegaron a ofrecerse varios centenares de marcos por aquel billete que, en resumen, sólo tenía una millonésima posibilidad de ganar el primer premio. Era absurdo, sin duda, pero nadie razona con las ideas supersticiosas. Por esto, las imaginaciones trabajaban incesantemente y con la fuerza adquirida, podían y debían ir más lejos todavía.

Y es lo que se produjo. Ocho días después de aquel acontecimiento, los periódicos anunciaban que el valor del billete pasaba ya de mil, de mil quinientos e incluso de dos mil marcos. Un inglés, de Manchester, había llegado a ofrecer cien libras esterlinas, o sea dos mil quinientos marcos. Un americano, de Boston, subió la oferta y propuso la adquisición del número 9672 del sorteo de la lotería de las Escuelas de Cristianía, por la cantidad de mil dólares.

Inútil es decir que Hulda no se preocupaba lo más mínimo de lo que apasionaba hasta aquel punto a cierto sector del público. De las cartas llegadas a Dal, referentes al billete, no había querido ni enterarse. No obstante, el profesor era de la opinión de que no podían dejarla en la ignorancia de las propuestas que se le hacían, ya que Ole Kamp le había legado la propiedad de aquel número 9672.

Hulda rehusó todas las ofertas. Aquel billete era la última carta de su prometido.

Y no se crea que la pobre muchacha pensaba en los premios de la lotería que podría sacar con él. ¡No! Ella sólo veía en él, el supremo adiós del náufrago, una última reliquia que quería conservar como una cosa preciosa. No pensaba siquiera en la posibilidad de obtener una fortuna que no podría compartir con Ole. ¡Que podía haber más conmovedor, de más delicado, que aquel culto a un recuerdo!

De todos modos, al enterarla de las diversas propuestas de compra que le eran dirigidas, ni Sylvius Hog ni Joel pretendían influir en Hulda. Ella sólo debía seguir los dictados de su corazón. Y ya sabemos lo que su corazón le había aconsejado.

Joel, por lo demás, aprobaba absolutamente la actitud de su hermana. El billete de Ole Kamp no debía ser cedido a nadie, por ningún precio.

Sylvius Hog hizo algo más que aprobar la posición de Hulda: la felicitó por no prestar oídos a todo aquel comercio. ¿Era posible vender aquel billete a cualquiera, para ser revendido a otro, pasando de mano en mano, transformando en una especie de billete de banco, hasta el momento en que el sorteo de la lotería lo convirtiese en un pedazo de papel sin valor?

Y Sylvius Hog aún iba más lejos. ¡Por casualidad sería también supersticioso? No, sin duda alguna. Pero si Ole Kamp hubiese estado allí, probablemente habría dicho:

-Guarde su billete, muchacho, guárdelo. Ha sido salvado de un naufragio, y usted también. ¡Bueno, ya veremos…! ¡Nunca se sabe…! ¡No…! ¡Nunca se sabe…!

Y cuando Sylvius Hog, profesor de legislación, diputado del Storthing, pensaba así, ¿podía sorprender a alguien el apasionamiento del público? No, y nada más natural que el número 9672 saliera ganador.

En la casa de la señora Hansen no hubo nadie que protestara, pues, contra el sentimiento, tan digno de respeto, que movía a la joven; nadie, salvo la madre.

Muy a menudo, en efecto, se oía a la señora Hansen recriminar la actitud de Hulda, sobre todo en ausencia de ésta. Esto no dejaba de producir mucha pena a Joel. Su madre pensaba, al menos- no se contentaría con recriminaciones. Seguramente querría interpelar secretamente a Hulda sobre las ofertas que recibía.

-¡Cinco mil marcos por ese billete! -repetía la señora Hansen-. ¡Le proponen cinco mil marcos!

La señora Hansen no quería ver nada, evidentemente, de lo que tenía de sentimental la negativa de su hija. Ella sólo pensaba en esta importante cantidad de cinco mal marcos. No creía, por otra parte, en el valor sobrenatural del billete, por noruega que fuese. Y sacrificar cinco mil marcos por aquella millonésima probabilidad de suerte de ganar cien mil marcos, no podía entrar en su espíritu frío y positivo.

Es evidente que, dejando aparte las supersticiones, rehusar lo seguro por lo inseguro, en aquellas condiciones tan aleatorias, no hubiera sido un acto de cordura. Pero, lo repito, aquel billete no era un billete de lotería para Hulda; era la última carta de Ole Kamp, y su corazón se hubiera destrozado al pensar sólo en desprenderse de él.

No obstante, la señora Hansen desaprobaba en forma manifiesta la conducta de su hija. Notábase que una sorda irritación iba a adueñándose de ella. Era de temer que un día u otro pondría a Hulda en un aprieto para hacerla cambiar de resolución. Ya había hablado en tal sentido a Joel, que no había dudado en tomar la defensa de su hermana.

Naturalmente, Sylvius Hog estaba al corriente de lo que pasaba en casa. Era una pena más a añadir a todas las que sufría Hulda, y el profesor lo sentía profundamente.

Joel hablaba de ello algunas veces.

-¿Es que no tiene razón mi hermana, de rehusar? -decía-. ¿Es que no hago bien aprobando su conducta?

-¡Sin duda! -le contestaba Sylvius-. Y no obstante, desde el punto de vista matemático, vuestra madre tiene mil veces razón. ¡Pero no todo es matemático en este mundo! ¡El cálculo no tiene nada que ver con las cosas del corazón!

Durante estas dos semanas, habían tenido que vigilar a Hulda. Abrumada por tanto dolor, se temió por su salud. Por suerte, no careció de cuidados y a petición de Sylvius Hog, su amigo, el célebre doctor Boek, vino a visitar a la joven enferma en Dal. Sólo le prescribió mucho reposo para el cuerpo y mucha calma para el alma, si era posible. Pero el único medio de curarla, era el regreso de Ole, y este medio, sólo Dios podía disponerlo. En todo caso Sylvius Hog no regateó sus consuelos a la muchacha, y no cesó de verterle en los oídos palabras de esperanza.

¡Y, aunque esto pueda parecer imposible, Sylvius Hog no desesperaba!

Trece días habían transcurrido desde la llegada del billete enviado por el Departamento de Marina a Dal. Estábamos a 30 de junio. Sólo quince días, y se celebraría el sorteo de la lotería, que tendría lugar, con gran solemnidad, en uno de los vastos establecimientos de Cristianía.

Precisamente aquel 30 de junio en la mañana, Sylvius recibió otra carta del Departamento de Marina en contestación a sus reiteradas instancias. En aquella carta le indicaban que se pusiera en contacto con las autoridades marítimas de Bergen. Además, le autorizaban a organizar inmediatamente las pesquisas relativas al Viken, con la cooperación del Estado.

El profesor no quiso decir nada a Joel ni a Hulda. Se limitó a anunciarles su partida, pretextando un viaje d negocios que sólo le ocuparía algunos días.

Joel se ofreció a acompañarle. No obstante, no queriendo que se enteraran de que iba a Bergen, sólo permitió que fuera hasta Moel. Además, no convenía dejar a Hulda sola con su madre. Después de varios días en cama, ahora empezaba a levantarse; y estaba aún más débil.

A las once, el kariol estaba delante de la puerta de la hostería. El profesor montó en él seguido de Joel, después de dar un último adiós a la joven. Luego, doblando el sendero, desaparecieron bajo los grandes árboles que bordeaban el camino. Al anochecer, Joel estaba de regreso en Dal.

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