Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO VII

UNA DISCUSIÓN CARTOLÓGICA

URANTE estos preparativos de inver- D nada, Altamont había recobrado completamente sus fuerzas y su salud, y hasta pudo tomar parte activa en la descarga del buque. Su poderosa constitución le valió, y su anemia no pudo resistir mucho tiempo al vigor de su sangre. En él se vio renacer al individuo robusto y sanguíneo de los Estados Unidos, al hombre enérgico e inteligente, dotado de un carácter resuelto, al americano emprendedor, audaz, dispuesto a todo. Era oriundo de Nueva York, y navegaba desde niño, según dijo a sus compañeros. Su buque, el Porpoise, había sido tripulado y fletado por una sociedad de ricos negociantes de la Unión, a cuyo frente se hallaba el famoso míster Grimmel.

Entre Hatteras y Altamont existían semejanzas de carácter, pero no simpatías. Estas semejanzas no eran a propósito para hacer de aquellos dos hombres dos amigos. Todo lo contrario. Además, un observador hubiera notado en el acto entre ellos graves desacuerdos. Altamont, al mismo tiempo que parecía mostrar más franqueza que Hatteras, era menos franco que éste. Con más llaneza, había en él menos sinceridad, y su carácter abierto inspiraba menos confianza que la índole sombría del capitán británico. Éste concebía una idea, la manifestaba una sola vez y se aferraba a ella. El otro, hablaba de sus propósitos, los comentaba mil veces, y sus palabras, con mucha frecuencia, nada significaban.

He aquí lo que el doctor fue reconociendo poco a poco en el carácter del americano, y tenía razón en presentir una enemistad futura, ya que no un odio a muerte, entre el capitán del Porpoise y el del Forward.

Y, sin embargo, eran dos, y no podía mandar más que uno. Hatteras tenía, sin duda alguna, todos los derechos a la obediencia del americano, los derechos de la prioridad y los de la fuerza. Pero si el uno se hallaba a la cabeza de los suyos, el otro se hallaba a bordo de su buque, lo que también era algo.

Por política o por instinto, Altamont contrajo desde luego con el doctor amistosas relaciones. Le debía la vida, pero la simpatía le inclinaba hacia aquel digno hombre más aún que el reconocimiento. Tal era el inevitable efecto del carácter del digno Clawbonny, a cuyo alrededor nacían los amigos como los trigos al calor del sol. Se ha hablado de personas que se levantaban a las cinco de la mañana para crearse enemigos; el doctor no lo hubiera conseguido, aunque se hubiese levantado a las cuatro.

Resolvió, no obstante, sacar partido de la amistad de Altamont para conocer la verdadera razón de su presencia en los mares polares.

Pero el americano, con toda su verbosidad, respondió sin responder, y volvió a su acostumbrado tema del paso del Noroeste.

El doctor sospechaba que el motivo de la expedición era otro, el mismo precisamente que tenía Hatteras. Resolvió, por lo mismo, no provocar acerca del particular ninguna cuestión entre los dos adversarios, pero no siempre lo consiguió, pues las más insignificantes conversaciones tomaban a pesar suyo un giro peligroso, bastaba una palabra cualquiera para hacer brotar la chispa al choque de los intereses rivales. Así sucedió, en efecto. Concluida la casa, el doctor resolvió celebrar tan fausto suceso con una comida espléndida. Clawbonny tenía la idea de introducir en aquel continente desierto las costumbres y placeres de Ja vida europea.

Bell había muerto precisamente algunos ptarmigans y una liebre blanca, primer mensajero de la nueva primavera.

El festín se celebró el 14 de abril, segundo domingo de Cuasimodo, haciendo un tiempo muy seco, pero el frío no se atrevía a penetrar en la casa de hielo, seguro de ser vencido por las estufas que estaban atestadas de combustible. Se comió perfectamente. La carne fresca formó un agradable contraste al lado del pem- mican y de la cecina. Un maravilloso pudding, obra del doctor, mereció los honores de la repetición, y el sabio cocinero, con su mandil y su cuchillo al cinto, no hubiera deshonrado las cocinas del gran canciller de Inglaterra.

A los postres aparecieron los licores, pues el americano no estaba sometido al régimen de los teetotalers ingleses (5), y no había ninguna razón para que él se privase de un vaso de ginebra o de brandy. Los otros invitados, sobrios ordinariamente, podían, sin inconveniente, permitirse en tan señalado día una infracción a la regla, sobre todo cuando para ello les autorizó el mismo médico. Durante los brindis, dirigidos a la Unión, Hatteras no hizo más que guardar silencio.

Entonces fue cuando el doctor suscitó una cuestión interesante.

– Amigos míos –dijo–, no basta haber salvado los estrechos, los bancos y los campos de hielo, y haber llegado hasta aquí; nos quedan aún por hacer algunas cosas. Os propongo dar 5 Régimen que excluye todas las bebidas espirituosas.

nombres a esta tierra hospitalaria, en que hemos encontrado la salvación y el reposo. Esta es la costumbre seguida por todos los navegantes del mundo, sin que ninguno haya faltado nunca a ella, y, por consiguiente, nosotros, al regresar a nuestra patria, debemos enseñar, al mismo tiempo que la configuración hidrográfica de las costas, los nombres con que se distinguen los cabos, las bahías, las puntas y los promontorios. Eso es absolutamente necesario.

– Muy bien dicho –exclamó Johnson–.

Además, cuando se puede dar a todas estas tierras un nombre especial parecen ya una cosa distinta, y se adquiere el derecho de no considerarse como abandonado en un continente desconocido.

– Sin contar –replicó Bell– con que así se simplifican las instrucciones durante un viaje, y se facilita la ejecución de las órdenes. Podrá ser que nos veamos obligados a separarnos durante alguna expedición o en una cacería, y nada mejor para encontrar un camino que saber cómo se llama.

– Pues bien –dijo el doctor–, puesto que acerca del particular estamos todos de acuerdo, procuremos ahora entendernos respecto de los nombres que vamos a dar, y no olvidemos ni nuestro país, ni a nuestros amigos, en la nomenclatura. En cuanto a mí, cuando recorro un campo, nada me causa tanta alegría como ver el nombre de un compatriota en el extremo de un cabo, al lado de una isla o en medio del mar.

Así interviene de una manera encantadora la amistad en la geografía.

– Tenéis razón, doctor –respondió el americano–. Y, además, decís las cosas de una manera que aumenta mucho su precio.

– Veamos –respondió el doctor–, procedamos con orden.

Hatteras no había tomado aún parte en la conversación. Reflexionaba. Sin embargo, notando que se fijaban en él las miradas de sus compañeros, se levantó y dijo:

– Salvo mejor parecer, y nadie aquí me contradirá, yo opino –en aquel momento Hatteras miraba a Altamont– que debemos dar a nuestra habitación el nombre de su hábil arquitecto, el mejor de los aquí presentes, y llamarla Casa del Doctor.

– Perfectamente –respondió Bell.

– Perfectamente –repitió Johnson–. ¡ Casa del Doctor!

– Es lo mejor que puede hacerse –respondió Altamont–. ¡Hurra por el doctor Clawbonny!

Se echó un triple hurra de común acuerdo, y también Duck ladró, sin duda en señal de aprobación.

– Así, pues –repuso Hatteras–, que esta casa sea así llamada en tanto que una tierra nueva nos permita distinguirla con el nombre de nuestro amigo.

– ¡Ah! –exclamó el viejo Johnson–. ¡Si el paraíso terrestre no tuviese aún nombre, el de Clawbonny le sentaría a las mil maravillas!

El doctor, muy conmovido, quiso excusarse por modestia, pero tuvo que pasar por lo que querían todos. Quedó, pues, debidamente decretado que aquella alegre comida se había celebrado en el gran salón de la Casa del Doctor, después de haberse preparado en la cocina de la Casa del Doctor, y que se irían a acostar tranquilamente en el dormitorio de la Casa del Doc- tor.

– Ahora –dijo el doctor– pasemos a otros puntos más importantes de nuestros descubrimientos.

– Hay –respondió Hatteras– este mar inmenso que nos rodea, y cuyas olas no ha surcado aún ningún buque.

– ¡Ningún buque! Me parece, sin embargo – dijo Altamont–, que el Porpoise no merece que se le olvide, a no ser que haya venido por tierra– añadió sarcásticamente.

– Bien podría creerse –replicó Hatteras–, al ver las rocas sobre las que duerme en este momento.

– En verdad, Hatteras –dijo Altamont, algo amoscado–, que, mal por mal, vale más estar varado en las rocas, como el Porpoise, que desparramarse por los aires, como ha hecho el Forward.

Hatteras iba a replicar con vehemencia, cuando el doctor intervino:

– Amigo –dijo–, aquí no se trata de buques, sino de un mar nuevo...

– No es nuevo –respondió Altamont–. Es un mar que se halla indicado en todas las cartas del polo. Se llama Océano Boreal, y no creo sea oportuno variar su nombre. Más adelante, si descubrimos que no es más que un estrecho o un golfo, veremos lo que hay que hacer.

– Sea –dijo Hatteras.

– Sea –respondió el doctor, sintiendo casi haber suscitado una discusión preñada de rivalidades nacionales.

– Lleguemos, pues, a la tierra que pisamos en este momento –replicó Hatteras–. Yo no sé que tenga nombre alguno en las cartas más modernas.

Tal diciendo, fijó una mirada en Altamont, el cual no bajó los ojos, y respondió:

– Acaso estéis engañado, Hatteras.

– ¡Engañado! ¡Cómo! Esta tierra desconocida, este país nuevo...

– Tiene ya un nombre –respondió tranquilamente el americano.

Hatteras calló. Sus labios temblaron.

– ¿Qué nombre tiene? –preguntó el doctor, a quien la rotunda afirmación del americano dejó casi atónito.

– Mi querido Clawbonny –respondió Altamont–, todo navegante tiene la costumbre, por no decir el derecho, de dar nombre al continente a que él llega el primero. Me parece, pues, que en esta ocasión puedo y debo usar de este derecho incontestable.

– Sin embargo... –dijo Johnson, a quien tenía en ascuas la mordaz sangre fría de Altamont.

– Me parece –repuso éste– que sería temeridad ridícula empeñarse en sostener que el Porpoise no ha atracado en esta costa, y, aun admitiendo que hubiese venido por tierra – añadió, mirando a Hatteras–, no habría cuestión.–Es una pretensión que yo no admito – respondió gravemente Hatteras, conteniéndose–. Para nombrar, es por lo menos necesario descubrir, y supongo que no es descubrimiento lo que vos habéis hecho. Además, sin nosotros,

¿dónde estaríais vos, caballero; vos, que queréis imponernos condiciones? ¡A veinte pies debajo de la nieve!

– Y sin mí, caballero –replicó con energía el americano–, sin mí y sin mi buque, ¿qué sería de vosotros en este momento? ¡ Estaríais muertos de hambre y de frío!

– Amigos –dijo el doctor, interviniendo como pudo–, un poco de calma, y todo puede arreglarse. Oídme.

– El caballero –continuó Altamont designando al capitán– podrá dar nombre a todas las demás tierras que descubra, si alguna descubre: pero este continente me pertenece. Ni siquiera podría admitir la pretensión del que quisiera que llevase dos nombres, como la Tierra Grinnell, que se llama igualmente Tierra del Príncipe Alberto, porque un inglés y un americano la reconocieron casi al mismo tiempo. Aquí es otra cosa. Mis derechos de prioridad son incontestables. Ningún buque, antes que el mío, ha rozado esta costa con su borda. Ningún ser humano, antes que yo, ha puesto el pie en este continente, al cual yo he dado un nombre, y lo conservará.

– ¿Y qué nombre le habéis dado? –preguntó el doctor.

– Nueva América –respondió Altamont.

Los puños de Hatteras se crisparon sobre la mesa. Pero, naciendo un violento esfuerzo sobre sí mismo, se contuvo.

– ¿Podéis probarme –repuso Altamont– que un inglés haya pisado nunca este suelo antes que un americano?

Johnson y Bell callaban, no obstante irritarles tanto como al capitán el imperioso aplomo de su contradictor. Pero comprendían que nada podían oponer a sus afirmaciones.

El doctor volvió a tomar la palabra, después de algunos instantes de un silencio penoso. –Amigos míos –dijo–, la primera ley humana es la ley de la justicia, que contiene todas las otras. Seamos, pues, justos y no nos dejemos avasallar por los malos sentimientos.

La prioridad de Altamont me parece incontestable. No hay para qué discutirla. Nosotros tomaremos el desquite más adelante, y tendrá Inglaterra una buena parte en nuestros descubrimientos futuros. Dejemos, pues, a esta tierra el nombre de Nueva América. Pero supongo que Altamont, al darle este nombre, no habrá dispuesto de las bahías, de los cabos, de las puntas, de los promontorios que contiene, y no creo que pueda haber inconveniente en que llamemos a esta bahía la bahía Victoria.

– Ninguno –respondió Altamont–, si el cabo que se extiende allá abajo, en el mar, lleva el nombre de cabo Washington.

– Habríais podido, caballero –exclamó Hatteras fuera de sí–, escoger un nombre menos desagradable a un oído inglés.

– Pero no más querido a un oído americano

– respondió Altamont con mucha altanería.

– ¡Veamos, veamos! –respondió el doctor, que tenía no poco que hacer para conservar la paz en aquella pequeña sociedad–. ¡No haya discusión acerca del particular! ¡Que sea permitido a un americano estar orgulloso de sus grandes hombres! Honremos el genio dondequiera que se encuentre, y, puesto que Altamont ha hecho su elección, hablemos ahora en pro de nosotros y de los nuestros. Que nuestro capitán...

– Doctor –respondió Hatteras–, siendo esta tierra una tierra americana, deseo que mi nombre no figure en ella.

– ¿Es una decisión irrevocable? –preguntó el doctor Clawbonny.

– Absoluta –respondió Hatteras.

El doctor no insistió.

– Pues bien, ahora, nosotros –dijo dirigiéndose al viejo marino y al carpintero–, dejemos aquí alguna huella de nuestro paso. Os propongo llamar a la isla que vemos a tres millas de aquí isla Johnson, en honor de nuestro contramaestre.

– ¡Oh! –dijo éste algo confuso–. ¡Señor Clawbonny?

– En cuanto a esta montaña que hemos reconocido hacia el Oeste, le ¿aremos el nombre de monte Bell, si nuestro carpintero lo consiente. –Es demasiado honor para mí –respondió Bell.–Es justicia –replicó el doctor.

– Perfectamente –dijo Altamont.

– Ya no nos queda que bautizar más que nuestro fuerte –repuso el doctor–. Y respecto al particular no habrá discusión, pues no es ni a su graciosa majestad la reina Victoria ni a Washington, a quienes debemos el albergue que tenemos en este momento, sino a Dios, cuya inmensa bondad nos ha salvado a todos. ¡Que este fuerte se llame, pues, Fuerte Providencia!

– Muy acertado –respondió Altamont.

– El Fuerte Providencia –dijo Johnson– viene muy bien. Así, pues, al volver de nuestras excursiones del Norte, tomaremos por el cabo Washington para ganar la bahía Victoria, y desde allí el Fuerte Providencia, donde hallaremos alimento y descanso en la Casa del Doc- tor.

– Está entendido –respondió el doctor–.

Más adelante, a medida que vayamos descubriendo, tendremos que dar otros nombres que no provocarán desavenencias. Así lo espero.

Porque, amigos míos, aquí es preciso sostenerse y amarse. Nosotros representamos la humanidad entera en este extremo de costa; no nos abandonemos, pues, a estas detestables pasiones que destrozan las sociedades; reunámonos de modo que seamos fuertes e inquebrantables contra la adversidad. ¡Quién sabe los peligros que el cielo nos reserva y los padecimientos que tendremos que arrostrar antes de volver a ver a nuestro país! Seamos, pues, cinco en uno solo, y dejemos a un lado rivalidades que no tienen jamás razón de ser, y aquí menos que en ninguna otra parte. ¿Me entendéis, Altamont? ¿Y vos, Hatteras?

Los dos capitanes no respondieron, pero el doctor hizo como si hubiesen respondido.

Después se habló de otra cosa. Se trató de organizar cacerías para renovar y variar las provisiones de carne. Con la primavera debían volver las liebres, las perdices, las zorras y hasta los osos, por lo que se resolvió no dejar pasar un solo día favorable sin practicar un reconocimiento por las tierras de Nueva América.

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